UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

Una Decisión Costosa: La Exclusión que Empaña Nuestro Liderazgo Regional

En el delicado arte de la diplomacia, existen decisiones que trascienden el momento político inmediato y marcan el rumbo de un país en el escenario internacional. La exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela de la X Cumbre de las Américas, que celebraremos en diciembre en Punta Cana, representa precisamente uno de esos momentos definitorios – y, nos tememos, un error estratégico que pagaremos caro como nación. El gobierno del presidente Luis Abinader ha cometido un grave desatino al alinearse tan explícitamente con la política exterior estadounidense, ignorando una verdad elemental de las relaciones internacionales: en la diplomacia, como en la vida, no se ganan amigos demostrando sumisión ante el poder, sino ejerciendo soberanía e independencia de criterio. Al asumir como propia una postura exclusionaria que replica la aplicada por Washington en 2022, República Dominicana ha convertido lo que debió ser un triunfo diplomático -la organización de la cumbre hemisférica más importante- en un campo minado de divisiones y resentimientos. Como bien advierten destacadas figuras de la diplomacia dominicana, esta decisión tendrá consecuencias tangibles e inmediatas. La exclusión de tres naciones con significativa influencia en Latinoamérica inevitablemente generará un efecto dominó de ausencias entre sus aliados. Ya lo vimos en Los Ángeles: México, Bolivia, Honduras y países del CARICOM no dudaron en expresar su descontento mediante la ausencia de sus mandatarios. ¿Qué nos hace pensar que esta vez será diferente? La miopía política del gobierno del PRM que encabeza Luis Abinader detrás de esta exclusión resulta particularmente preocupante. Cuba, Venezuela y Nicaragua, independientemente de las diferencias ideológicas con sus gobiernos, son actores centrales en el entramado geopolítico regional. Sus economías, su influencia cultural y sus alianzas estratégicas les otorgan un peso específico que no puede ignorarse sin consecuencias. Al marginarlos, no solo debilitamos la representatividad de la cumbre, sino que gratuitamente nos creamos enemistades que obstaculizarán futuras negociaciones en otros foros multilaterales. Resulta particularmente paradójico que siendo República Dominicana una nación que ha luchado históricamente por defender su soberanía -desde la gesta restauradora hasta la resistencia contra las dos intervenciones de EE.UU.- hoy aparezcamos ante el mundo como complacientes ejecutores de una agenda ajena. Peor aún, lo hacemos precisamente cuando el orden mundial transita hacia la multipolaridad y los países del Sur Global reclaman con mayor fuerza su derecho a definir sus propias políticas exteriores. El costo de esta decisión se medirá no solo en las sillas vacías de Punta Cana, sino en el capital diplomático perdido, en las oportunidades de cooperación frustradas y en el desgaste de nuestra imagen como anfitriones imparciales y conciliadores. Cuando el último discurso haya sido pronunciado y las delegaciones extranjeras abandonen nuestro territorio, nos quedará la amarga realidad de haber convertido una cumbre que pudo ser histórica en un evento disminuido, y de haber alienado a socios que, en otros contextos, hubieran sido aliados valiosos para nuestros intereses nacionales. La verdadera sabiduría diplomática no consiste en excluir a quienes piensan distinto, sino en crear espacios donde hasta los desacuerdos puedan convertirse en oportunidades de diálogo y entendimiento. Lamentablemente, hemos optado por el camino fácil de la exclusión en lugar del desafío superior de la inclusión. El precio de esta elección, tememos, será más alto de lo que imaginamos.

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El Espectáculo de la Vergüenza: Cuando la Inmoralidad se Viste de Entretenimiento

La Casa de Alofoke: El Reflejo de una Sociedad que Baila al Son de su Propia Degradación No es novedad que el ansía de fama rápida y la sed de audiencias fácilmente impresionables hayan encontrado en la televisión y las redes sociales un caldo de cultivo perfecto. Pero lo que se exhibe en La Casa de Alofoke trasciende lo meramente vulgar: es la consagración ritualística de la decadencia moral como espectáculo público. Lejos de ser una idea original, este reality show es un remedo mal concebido de formatos que, en otros contextos —como el español—, supieron albergar talento y promover valores artísticos. Allí, programas como Gran Hermano o Operación Triunfo, conducidos por profesionales como Mercedes Milá, sirvieron de plataforma a voces como las de David Bisbal o David Bustamante, artistas hoy consagrados gracias a una combinación de talento, disciplina y —sobre todo— respeto por la audiencia. Pero en suelo dominicano, este formato muta intoesperpentizante. La Casa de Alofoke no es solo un programa: es un síntoma. Un espejo deformante que refleja no solo la pobreza creativa de sus realizadores, sino también la complicidad de una sociedad cada vez más habituada a consumir basura emocional e intelectual. Las cámaras registran sin rubor escenas que deberían sonrojar, palabras que hieren la dignidad, gestos que envilecen. Y todo, amparado en la bandera del rating y el engagement digital. Las redes sociales, ese territorio sin ley donde el algoritmo premia el escándalo por sobre la sustancia, son el hábitat natural de este fenómeno. No se trata de censurar —nunca la censura es camino—, sino de exigir responsabilidad. Los gobiernos, las instituciones culturales, los educadores, los padres… todos tenemos el deber de demandar contenidos que no confundan libertades con libertinaje, que no vendan como \»auténtico\» lo que solo es soez, ni como \»divertido\» lo que es meramente ofensivo. El éxito de La Casa de Alofoke no mide triunfos artísticos; cuenta fracasos éticos. Cada risa complaciente ante el mal gusto, cada share a un clip bochornoso, cada comentario que normaliza lo innombrable, son pequeños actos de complicidad colectiva. Son la prueba de que una sociedad puede perder el rumbo cuando confunde espectáculo con vacío, y audacia con falta de decoro. No todo vale en el entretenimiento. El verdadero talento no necesita recurrir a lo bajo para conmover, ni a lo grotesco para captar miradas. La cultura dominicana —rica en música, en narrativa, en tradiciones llenas de dignidad— merece escenarios más altos. Espacios donde el talento brille por sí mismo, no donde la oscuridad moral se disfrace de contenido. Bien haríamos en recordar que el entretenimiento también educa. También forma carácter. También define quiénes somos y qué valoramos. Y hoy, La Casa de Alofoke nos está diciendo algo triste sobre nosotros mismos. Ojalá supiemos escuchar —y cambiar— el mensaje. –

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La complicidad del silencio ante la barbarie en Gaza

Las palabras del Papa León XIV, resonantes y claras, no son solo un llamado piadoso. Son un espejo moral que devuelve a la comunidad internacional la imagen de su propia complicidad con una de las mayores barbaries del siglo XXI: la destrucción sistemática y el castigo colectivo del pueblo palestino en la Franja de Gaza por parte del Estado de Israel. Cuando el pontífice exige el fin del \»castigo colectivo\» y el \»desplazamiento forzoso\», no describe abstractos conceptos legales. Nombra con precisión la realidad diaria de miles de civiles desarmados: familias enteras aniquiladas bajo los escombros, una hambruna declarada utilizada como arma de guerra, y una maquinaria militar que avanza implacable sobre hospitales, refugios de la ONU y, como bien señala la nota, incluso sobre los sagrados recintos de iglesias que se han convertido en el último bastión de humanidad. La exigencia israelí de evacuar la Ciudad de Gaza, donde la hambruna ya campa a sus anchas, no es una medida de protección. Es un acto de crueldad calculada. Como bien señalan los patriarcas de Jerusalén, para los ancianos, los niños y los enfermos que se refugian en la iglesia de la Sagrada Familia y en San Porfirio, salir es una \»sentencia de muerte\». ¿Qué clase de estrategia militar justifica la muerte por inanición y exposición de los más vulnerables? La respuesta es ninguna. Esto no es guerra; es una carnicería. Detrás de esta ofensiva, que se prepara ante la mirada impotente del mundo, se esconde un objetivo político tan claro como abominable: el desplazamiento forzoso permanente. Las declaraciones del primer ministro Netanyahu abogando por una \»migración voluntaria\» son un eufemismo cínico para una limpieza étnica. Los palestinos lo saben, las organizaciones de derechos humanos lo denuncian, y la historia, que ya vivió su Nakba en 1948, les da la razón. Temen, con justa causa, que si salen, nunca podrán volver. Y ante esta realidad incontestable, ¿dónde está la comunidad internacional? Estados Unidos y la Unión Europea, que se erigen como defensores del orden global basado en normas, llevan meses firmando cheques en blanco con su apoyo político, financiero y armamentístico a Israel. Mientras emiten débiles declaraciones pidiendo \»moderación\» en un lado, facilitan las bombas que caen del otro. Su complicidad no es pasiva; es activa, deliberada y manchada de sangre. El aplauso que interrumpió al Papa en el Vaticano es el clamor de una ciudadanía global que ve la obscenidad de lo que ocurre. Es un repudio moral a la doble vara que aplican los poderosos. El derecho internacional humanitario, ese que Occidente invoca a conveniencia, es pisoteado a diario en Gaza con total impunidad. La barbarie no se detendrá con más llamados a la calma. Se detendrá cuando los cómplices dejen de armarla, cuando se impongan sanciones reales y cuando se exija, con la fuerza de la ley y la diplomacia, la rendición de cuentas por los crímenes cometidos. El mundo no debe ser recordado como el espectador que silbó mientras Gaza ardía. La historia juzgará este silencio cómplice como lo que es: una traición a la humanidad.

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El PLD y las Cuentas Pendientes

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD),  ha levantado su voz para denunciar lo que considera una persecución política tras la reciente condena a Alexis Medina, hermano del expresidente Danilo Medina. Sin embargo, en su defensa apasionada, la organización política parece olvidar que durante sus veinte años en el poder, la corrupción se instaló en el Estado como un invitado permanente. La historia reciente del país está marcada por los escándalos que salpicaron a numerosos funcionarios del PLD, muchos de los cuales llegaron al gobierno con modestos recursos y terminaron sus mandatos con fortunas inexplicables. Urbanizaciones lujosas, vehículos de alta gama y cuentas en el exterior se convirtieron en el patrimonio común de una clase política que, en teoría, debía servir al pueblo. El modus operandi fue variado pero constante: sociedades creadas expresamente para facturar al Estado, obras públicas con sobreprecios escandalosos, contratos adjudicados a dedo y un sistema de influencias que permitía monetizar cualquier gestión gubernamental. El caso de Alexis Medina, condenado por crear una red de empresas para beneficiarse de contratos estatales, parece más bien la punta visible de un iceberg de irregularidades. Resulta llamativo que el PLD, en su comunicado oficial, no haya hecho ninguna autocrítica sobre este periodo. Tampoco ha explicado cómo cuadran los patrimonios actuales de muchos de sus dirigentes con los salarios que percibieron como servidores públicos. La justicia dominicana, que durante años pareció mirar hacia otro lado, ahora comienza a pedir cuentas. Más allá de las acusaciones de lawfare o persecución política, lo cierto es que el país asiste a un momento de rendición de cuentas. La condena a Alexis Medina no cierra el capítulo, sino que abre uno nuevo en el que la sociedad dominicana espera que todos los responsables, sin excepción, respondan por sus actos. El PLD tiene derecho a defenderse, pero la ciudadanía tiene aún más derecho a saber la verdad sobre lo ocurrido durante dos décadas en las que el Estado pareció convertirse en botín de unos pocos. La justicia, aunque tardía, debe seguir su curso. Porque como bien dice el refrán popular: \»No hay atajo sin trabajo, ni fortuna sin razón\».

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El ajusticiamiento de Trujillo: un episodio que no debe ser olvidado

Hoy se conmemora el ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo, un hecho que marcó un antes y un después en la historia de la República Dominicana. Este acontecimiento no solo puso fin a una de las dictaduras más largas y opresivas del continente, sino que también abrió las puertas a la esperanza de un país que anhelaba libertad, justicia y democracia. El legado de Trujillo, con sus décadas de autoritarismo, represión y control absoluto, dejó profundas cicatrices en la sociedad dominicana. Su régimen se caracterizó por la violación sistemática de los derechos humanos, la censura y el miedo que paralizaba a la población. Sin embargo, su caída simbolizó el despertar de una nación dispuesta a reconstruirse desde los cimientos, a enfrentar sus heridas y a edificar un futuro más justo. Recordar este día es imprescindible para no olvidar las lecciones del pasado. La memoria histórica debe ser un faro que guíe a las nuevas generaciones, para que jamás se repitan los errores de la tiranía. La República Dominicana ha avanzado mucho desde entonces, pero el compromiso con la democracia, la transparencia y el respeto a los derechos fundamentales debe mantenerse firme. Con la muerte del dictador no murieron sus ideas, ni desaparecieron sus admiradores y seguidores. Hoy más que nunca debemos estar alertas y enfrentar a sus viejos y nuevos representantes para el país avance. Decir que tenemos una democracia imperfecta no es renunciar a ella, sino reconocer que para llegar hasta aquí ha sido necesario el sacrificio y la valentía de nuestros héroes contemporáneos: los mártires de 1959, los aguerridos guerrilleros de 1963 liderados por Manolo Tavares Justo, la gesta de la Guerra Patria de 1965 encabezada por el coronel Francisco Alberto Caamaño, y las luchas del pueblo dominicano frente a la dictadura de Joaquín Balaguer, cuyos doce años sangrientos se cobraron la vida de figuras emblemáticas como Guido Gil, Henry Segarra, Otto Morales, Amín Abel, Maximiliano Gómez (El Moreno), Amauri Germán Aristy, y cientos de militantes revolucionarios y ciudadanos anónimos. Rendir homenaje a los caídos y tributo a quienes ajusticiaron a Trujillo es, en esencia, un acto de denuncia contra los nuevos voceros de las corrientes dictatoriales que resurgen en nuestros tiempos. Es un llamado a la vigilancia constante y a la defensa irrestricta de la democracia, para que la memoria de aquellos que entregaron su vida por la libertad sea la semilla que impida el retorno de la oscuridad autoritaria. En este día, honramos la valentía, la resistencia y la esperanza que nos legaron. Que su ejemplo inspire a todos los dominicanos a preservar con firmeza los valores que sostienen nuestra dignidad y bienestar como nación libre.

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José “Pepe” Mujica: un legado político que trasciende la imagen

En un mundo donde la política se asocia con el poder ostentoso y el brillo efímero, la figura de José “Pepe” Mujica emerge como un faro distinto, un liderazgo auténtico que desafía los estereotipos y que ha dejado una huella imborrable en la historia reciente de América Latina y el mundo. Sin embargo, el legado de Mujica frecuentemente es reducido por la prensa internacional y ciertos sectores políticos a su imagen de “presidente en sandalias”, un hombre austero que renunció a las comodidades materiales y habitó una modesta chacra. Si bien esa sencillez forma parte de su identidad, es solo una faceta de un político excepcional cuya obra política transformó a Uruguay y aportó un ejemplo de coherencia y compromiso que merece ser valorado en toda su dimensión. Desde su juventud, Mujica mostró un compromiso inquebrantable con la justicia social. Su militancia en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y su paso por la lucha armada no fueron simples actos de rebeldía, sino respuestas firmes a un contexto marcado por la desigualdad y la represión. Su vida ha sido una lección de resistencia y evolución: supo transitar de la militancia guerrillera a la política institucional, ejerciendo como diputado, senador y presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, siempre fiel a sus convicciones. Durante su gobierno, Mujica desplegó un liderazgo pragmático y visionario, consolidando uno de los periodos más exitosos en la historia contemporánea de Uruguay. Logró que más de un millón de uruguayos —en un país de apenas tres millones de habitantes— salieran de la pobreza, a través de políticas sociales integrales y leyes progresistas que ampliaron derechos y fortalecieron la inclusión. Su gestión fue un ejemplo de cómo la política puede ser una herramienta para transformar realidades y mejorar vidas. Además, Mujica fue pionero en el mundo al impulsar la regulación del consumo de marihuana, una medida innovadora destinada a combatir el narcotráfico y a promover el uso terapéutico, adelantándose a debates globales y posicionando a Uruguay en la vanguardia de políticas públicas progresistas. La austeridad que caracterizó a Mujica no fue un acto simbólico ni un recurso mediático, sino la expresión genuina de sus profundas convicciones ideológicas: la política debe estar al servicio del pueblo, no del poder ni del interés personal. Vivir con sencillez fue su coherencia ética, un mensaje que desafía la cultura política tradicional y que invita a repensar el verdadero significado del liderazgo. Reducir a Mujica a un “presidente humilde” que vive en una chacra y conduce un viejo Fusca es simplificar un legado lleno de valentía, visión y transformaciones sociales. Su historia es la prueba palpable de que la coherencia entre palabra y acción puede cambiar el rumbo de una nación y poner en marcha un proyecto político de justicia y equidad. José “Pepe” Mujica fue mucho más que un símbolo de austeridad: fue un líder capaz de interpretar los tiempos históricos, de transformar la política con coraje y de abrir caminos para quienes sueñan con sociedades más justas y solidarias. En honor a su vida y obra, debemos recordarlo y valorarlo por su aporte político profundo, más allá de las imágenes que a veces se quieren imponer.

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Unidad y diálogo frente a la crisis haitiana

La convocatoria realizada por el presidente Luis Abinader para reunir el próximo 14 de mayo a los expresidentes Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Danilo Medina en un encuentro dedicado a la crisis migratoria y de seguridad derivada de la inestabilidad en Haití, representa una oportunidad histórica para la República Dominicana. En un país donde la política suele estar marcada por la polarización y las diferencias partidarias, este gesto de diálogo entre los principales líderes de las últimas décadas es un mensaje esperanzador. Desde umbral.local/ valoramos profundamente esta iniciativa que trasciende intereses electorales o personales, para centrarse en un desafío que afecta la estabilidad, la seguridad y el futuro de toda la nación. El historial de intercambios respetuosos entre presidentes y expresidentes, aunque no es nuevo, nunca había alcanzado esta magnitud ni se había orientado a un tema tan crítico y urgente como la crisis haitiana. La decisión de elegir un espacio neutral —el Ministerio de Defensa— para este encuentro, y la voluntad expresa de incorporar al Consejo Económico y Social y a otros sectores de la sociedad, son señales claras de que se busca un diálogo serio, inclusivo y con visión de Estado. Desde umbral.local/ creemos que este tipo de conversaciones debe consolidarse como una práctica permanente en la política dominicana. La institucionalidad se fortalece cuando los líderes, más allá de sus diferencias, acuerdan estrategias comunes para proteger al país y promover el bienestar colectivo. Sin embargo, también advertimos que el éxito de esta cumbre no solo dependerá de la presencia y acuerdos entre estos cuatro líderes, sino de la capacidad real de abrir el diálogo a todos los sectores sociales y políticos. La crisis haitiana es compleja y multifacética, y solo una respuesta integral, que incluya a la sociedad civil, el sector privado, los gremios y las comunidades afectadas, podrá generar soluciones sostenibles y legítimas. Además, es imprescindible que los acuerdos que surjan de esta reunión se traduzcan en acciones concretas, transparentes y coordinadas, evitando que queden en meros pronunciamientos. La paciencia y la comprensión de la población dominicana están en juego, así como la estabilidad regional. En resumen, desde umbral.local/ saludamos esta cumbre como un paso valioso hacia la unidad nacional y la gobernabilidad responsable. Esperamos que este diálogo sea el punto de partida para una política migratoria y de seguridad basada en la cooperación, el respeto a los derechos humanos y el compromiso firme con la paz social. La República Dominicana merece que sus líderes actúen con altura, visión y responsabilidad. El país y su gente están observando.

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9 de mayo, un hito decisivo para la democracia y la libertad de los pueblos

Cada 9 de mayo la humanidad conmemora un día que marcó un antes y un después en la historia: la victoria sobre el fascismo nazi. Este acontecimiento no solo significó el fin de una dictadura genocida y expansionista, sino que sentó las bases para la defensa de la democracia, la soberanía nacional y la libertad de los pueblos frente a las fuerzas oscuras de la opresión y el totalitarismo. Sin embargo, para honrar esta fecha con justicia, es imprescindible reivindicar con rigor quiénes fueron los verdaderos protagonistas de aquella epopeya, y reconocer el papel fundamental que desempeñó el pueblo y el Ejército Rojo de la antigua Unión Soviética (URSS), bajo el liderazgo indiscutible de José Stalin. La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más devastador y definitorio del siglo XX. Frente al avance implacable del nazismo, que amenazaba con subyugar a Europa y extender su hegemonía totalitaria, el Ejército Rojo asumió la mayor carga bélica, enfrentando y derrotando aproximadamente el 80% de las divisiones alemanas. La resistencia soviética fue crucial para liberar vastos territorios, desde las propias tierras soviéticas, asoladas por la brutal ofensiva alemana, hasta Europa del Este, incluyendo Polonia, Hungría, Checoslovaquia, culminando con la toma de Berlín en mayo de 1945. El sacrificio del pueblo soviético fue inmenso: más de 27 millones de soviéticos perdieron la vida en la guerra, cifra que subraya el valor y la determinación de un pueblo dispuesto a defender su tierra y la libertad de toda la humanidad. En contraste, aunque los aliados occidentales —Reino Unido y Estados Unidos— jugaron un papel importante en términos políticos, estratégicos y logísticos, su contribución en los campos de batalla principales contra Hitler fue relativamente limitada. Esta realidad histórica, sin embargo, ha sido sistemáticamente minimizada o distorsionada por discursos  que buscan borrar el papel decisivo de Stalin y la URSS en la derrota del fascismo. Negar el liderazgo de Stalin en esta gesta es desconocer una verdad fundamental: en momentos de crisis extremas, la personalidad y su liderazgo efectivo son categorías históricas esenciales. Stalin no solo dirigió con mano firme la defensa y reconstrucción soviética, sino que fue la cabeza estratégica que guió al Partido Comunista, al pueblo y al Ejército Rojo hacia una victoria que cambió el rumbo del mundo. Su rol fue análogo al de otros grandes líderes en la historia. Además de derrotar al nazismo, el liderazgo de Stalin y la victoria soviética sentaron las bases para un nuevo orden internacional. La URSS emergió como un contrapeso imprescindible a los imperialistas , dando impulso a un potente movimiento de liberación nacional en Asia, África y América Latina. La revolución china, la derrota del colonialismo en Vietnam, y los procesos emancipatorios en el Sur Global tienen sus raíces en ese equilibrio de fuerzas propiciado por la victoria soviética. En esencia, el triunfo sobre el fascismo no solo fue militar, sino también político e ideológico, ampliando las fronteras de la libertad y la autodeterminación. El 9 de mayo es, por tanto, mucho más que un recuerdo militar. Es un símbolo de la fuerza de los pueblos organizados bajo una dirección firme y comprometida con la justicia social. Es un llamado permanente a combatir la desmemoria histórica, a resistir las manipulaciones interesadas que buscan reescribir la historia para despojar a los pueblos de sus verdaderos héroes y logros. En este día histórico, reafirmamos que la emancipación de los pueblos solo es posible cuando existen vanguardias comprometidas que guían con claridad y valentía el camino hacia la libertad y la justicia. La derrota del fascismo y la defensa de la democracia mundial se deben recordar con fidelidad y respeto, honrando el sacrificio y la valentía de millones que hicieron posible un futuro más justo para la humanidad. Este 9 de mayo es, entonces, una lección viva de liderazgo, sacrificio y victoria que debe inspirar a las generaciones presentes y futuras a continuar la lucha por un mundo libre, soberano y democrático.

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Intolerancia y Manipulación Histórica: El Caso del Instituto Duartiano

La reciente destitución del doctor Julio Manuel Rodríguez Grullón de la dirección del Instituto Duartiano no es solo un acto de injusticia contra un hombre honorable, sino un síntoma preocupante del fanatismo ideológico que busca reescribir la historia para justificar discursos de exclusión. Rodríguez Grullón, un médico e historiador de reconocida trayectoria, cuyo nombre honra el Hospital Pediátrico de la Ciudad Sanitaria Luis E. Aybar, fue removido por afirmar una verdad incómoda para algunos: que República Dominicana y Haití deben coexistir con respeto y diálogo. Una postura que, lejos de ser antipatriótica, refleja el pensamiento mismo de Juan Pablo Duarte, quien, pese a luchar por la independencia dominicana, nunca predicó el odio racial ni la aniquilación del vecino pueblo. ¿Qué Hubiera Dicho Duarte? Duarte admiró al pueblo haitiano por su lucha anticolonial y su amor a la libertad. En sus escritos, dejó claro que la separación no se debía a un odio étnico, sino a la defensa de la soberanía frente a un gobierno opresor. Incluso, en 1843, colaboró con haitianos reformistas para derrocar al dictador Boyer, demostrando que su lucha era contra la tiranía, no contra un pueblo. Hoy, sin embargo, el Instituto Duartiano —creado originalmente para diluir el legado revolucionario del patricio— parece empeñado en convertirlo en un símbolo de xenofobia, ignorando su verdadero pensamiento. ¿Cómo es posible que una institución que debería velar por su memoria condene a un intelectual por hablar de convivencia, mientras algunos de sus miembros marchan junto a grupos que exaltan a Trujillo y Santana, los mayores enemigos de Duarte? El Peligro de Reemplazar la Historia con Dogma La suspensión de Rodríguez Grullón no es un simple conflicto interno: es un intento de imponer una versión distorsionada del nacionalismo, donde el patriotismo se mide por cuánto se demoniza a Haití. Este revisionismo histórico no solo deshonra a Duarte, sino que alimenta las narrativas de sectores extremistas como la Antigua Orden, que usan el \»amor a la patria\» para justificar la violencia. Peor aún, este fanatismo da armas a los enemigos de la dominicanidad. Cuando se presenta a Duarte como un racista, se facilita que grupos haitianos radicales lo ataquen, como ya intentaron en Nueva York. La mejor defensa de nuestra soberanía no es el odio, sino el apego a la verdad histórica. Un Llamado a la Razón Rodríguez Grullón no es un traidor: es un dominicano que ha servido a su país desde la medicina, la academia y la investigación histórica. Su error fue recordar que, como dijo Duarte, la libertad no se construye sobre el desprecio al otro. Exigimos que Estado dominicano tome distancia de estos grupos que manipulan la historia y haga que el Instituto Duartiano actúe con apego a sus principios y deje de acompañar como institución a grupos promotores del odio. Si algunos de sus miembros se sienten comprometidos con las ideas del odio y el racismo, que renuncien a formar parte de esa entidad. El verdadero patriotismo no se demuestra con purgas ideológicas, sino con el compromiso con la justicia, la educación y la memoria auténtica de nuestros próceres. ¡Que vivan Duarte y la verdad histórica! ¡Abajo la intolerancia!

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La Revolución de Abril, un estallido esperado y legítimo del pueblo dominicano

Por más que hoy, a 60 años de distancia, parezca increíble la espontaneidad con que el pueblo dominicano se volcó a las calles aquel 24 de abril de 1965, la verdad es que la insurrección fue la consecuencia lógica de una crisis profunda y prolongada, alimentada por un régimen golpista que había usurpado el poder y ahogado la voz constitucional. En aquellos días, la rutina estuvo marcada por rumores constantes de un golpe revolucionario contra el Triunvirato, cuyo gobierno de facto representaba la negación de la voluntad popular expresada en las urnas. Sin embargo, nadie esperaba que la insurrección estallara justo al día siguiente de la Semana Santa. Fue de repente, casi como un acto natural, que miles de dominicanos —obreros, estudiantes, profesionales y vecinos de barrios como Villa Francisca— corrieron a la Avenida Duarte para apoyar a los militares que se habían levantado en defensa del gobierno legítimo de Juan Bosch. La espontaneidad de aquel levantamiento, lejos de ser una casualidad, fue una respuesta histórica a años de atropellos y violencia política. La represión contra movimientos democráticos y la masacre de los guerrilleros del Movimiento 14 de Junio a finales de 1963, sumados a la concentración abusiva del poder político y económico en manos de pocos —como denunció en su momento el Listín Diario— crearon un caldo de cultivo insostenible. Las tensiones internas se agravaron con la lucha de sectores militares patrióticos, como el grupo Enriquillo encabezado por el teniente coronel Rafael Fernández Domínguez y el coronel Francisco Caamaño Deño, quienes clandestinamente preparaban la restauración constitucional. La protesta contra el jefe vitalicio de la Policía Nacional y la destitución forzada que siguió evidenciaron la crisis institucional que atravesaba el país. La prohibición de manifestaciones, la represión a estudiantes y obreros, y la brutal violencia contra la histórica huelga del Central Romana a inicios de 1965, demostraron la incapacidad y la falta de voluntad del régimen para escuchar a su pueblo. Frente a este panorama, la insurrección del 24 de abril no fue una sorpresa, sino una explosión legítima de un pueblo cansado de la opresión y de la negación de sus derechos fundamentales. Recordar y reflexionar sobre esos días es entender que la Revolución de Abril no solo fue un levantamiento militar, sino una manifestación popular que clamaba por la democracia, la justicia y el respeto a la Constitución. Es también un recordatorio del valor del compromiso cívico y la necesidad permanente de defender la soberanía y los derechos ciudadanos frente a cualquier forma de autoritarismo. Hoy, a seis décadas de distancia, honramos el sacrificio de aquellos dominicanos que se atrevieron a desafiar el poder ilegítimo, y renovamos el compromiso de seguir luchando por los ideales de libertad y justicia que inspiraron aquel memorable abril de 1965.

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Con el presidente Mao

En octubre de 1967, en pleno auge de la Revolución Cultural china y en un escenario internacional atravesado por profundas tensiones ideológicas, un grupo...

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