A 67 años de la gesta de Constanza, Maimón y Estero Hondo, la histórica expedición del 14 de junio de 1959 sigue siendo el desafío más osado contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo: 198 hombres, tres oleadas de muerte, una Cuba revolucionaria como cómplice silenciosa, y el germen del Movimiento 14 de Junio que, junto a las hermanas Mirabal, enterró al régimen más sangriento del Caribe.
Por Julio Guzmán Acosta
Director de Umbral
I. El día en que el cielo escupió fuego sobre Constanza
El sol llevaba apenas una hora sobre la cordillera Central cuando el zumbido rompió la falsa paz del martes. Los campesinos de Constanza alzaron la vista y vieron lo que nunca debían haber visto: un avión Curtis C-46 con las insignias de la Aviación Militar Dominicana volando bajo, tan bajo que parecía querer raspar los pinos.
Pero las insignias mentían.
Adentro, 54 hombres sudaban con el peso de las armas y el vértigo de la historia. El comandante Enrique Jiménez Moya, un militar que había dicho no al tirano, apretaba la culata de su fusil. A su lado, el cubano Delio Gómez Ochoa repasaba mentalmente cada paso del plan. Y en la cabina, el piloto Juan de Dios Ventura Simó —desertor, héroe a su pesar, hombre con una sentencia de muerte escrita antes de nacer— alineaba el aparato con la pista improvisada.
Era el 14 de junio de 1959.
Abajo, la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo cumplía veintinueve años de ordeñar el miedo. El tirano había llegado al poder en 1930 montado en un fraude tan obsceno que hasta sus aliados se ruborizaron: 99% de los votos, una oposición forzada a la abstención, y un socio incómodo llamado Rafael Estrella Ureña, que pronto aprendería que sentarse junto al diablo quema. En 1932, Estrella Ureña renunció por «problemas de salud» —el eufemismo favorito de los que querían seguir vivos.

Los que no corrieron la misma suerte fueron el periodista Virgilio Martínez Reyna (asesinado junto a su esposa embarazada en San José de las Matas), los generales Cipriano Bencosme y Desiderio Arias, y centenares de dominicanos cuyos nombres sólo sobrevive en fosas comunes. Treinta y un años de la peor dictadura que haya conocido el Caribe, incluida la época colonial. Treinta y un años de la 40, de las desapariciones, del exilio forzado.
Pero aquella mañana, la historia decidió cambiar de guion.
El Curtis C-46 tocó tierra. Las puertas se abrieron de golpe. Y por primera vez en casi tres décadas, un puñado de hombres armados pisó suelo dominicano con la intención de matar al tirano.
II. La conspiración de las olas (o el griego que vendió la libertad por monedas)
La historia, sin embargo, es una señora caprichosa que se escribe con fortunas y naufragios. La expedición no era una sola, sino tres. Y dos de ellas llegaron tarde, porque el destino —o la traición— quiso ponerle obstáculos a la épica.
Mientras el avión de Jiménez Moya aterrizaba en Constanza, dos embarcaciones navegaban hacia el mismo sueño. El Carmen Elsa, un frágil cascarón de acero, llevaba 96 hombres al mando de José Horacio Rodríguez, hijo del legendario general antirrujillista Juancito Rodríguez. La lancha Tinina, más pequeña, transportaba 48 expedicionarios capitaneados por José Antonio Campos Navarro.
Ambas habían zarpado de Cuba el 13 de junio, bendecidas por el gobierno revolucionario de Fidel Castro Ruz. Porque hay que decirlo y que quede claro: a diferencia de la fallida expedición de Cayo Confites en 1947 —saboteada desde dentro por agentes del gobierno cubano de Ramón Grau San Martín que trabajaban para Trujillo—, esta vez Cuba dijo sí. Entrenamiento, armas, naves, fragatas de escolta. Fidel, el barbudo recién llegado al poder el 1 de enero de 1959, tendió la mano a los exiliados dominicanos como quien devuelve un favor pendiente.

Pero el Carmen Elsa cojeaba.
El capitán original era un griego de nombre Stelio Bellelis, un hombre con la lealtad tan líquida como el mar que navegaba. Pronto se supo —aunque la verdad completa aún gotea como sangre de una hermal cerrada— que Bellelis tenía vínculos con la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos y, peor aún, con los servicios de inteligencia del tirano. Una avería misteriosa. Días a la deriva. La fragata cubana José Martí remolcando el cascarón hasta el islote Gran Iguana. Y cuando el Carmen Elsa por fin llegó a las costas de Maimón, no era el 14 de junio.
Era el 20 de junio.
Seis días tarde. Seis días en los que Trujillo ya sabía todo.
III. La masacre de los dos mares
El 20 de junio de 1959, el cielo de Puerto Plata no era azul. Era plomo y plomo y plomo.
La Marina de Guerra Dominicana y la Fuerza Aérea del régimen esperaban. Los cañones estaban cargados. Los aviones, en el aire. Y cuando el Carmen Elsa y la Tinina se asomaron al horizonte, escoltadas por las fragatas cubanas José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez (que sólo podían acompañarlas hasta aguas internacionales), el infierno se desató.
El Carmen Elsa fue bombardeado antes de tocar tierra. José Horacio Rodríguez murió en el agua, junto a parte de su tripulación. Los que lograron nadar hasta la playa e internarse en las lomas fueron perseguidos durante días por el ejército y por una jauría de civiles que el régimen soltó como perros de caza. Los capturados vivos no lo fueron por mucho tiempo.
La Tinina tuvo mejor suerte —si es que la suerte existe en la guerra—. Logró atracar en Estero Hondo. Sus 48 hombres pisaron suelo patrio. Pero los perros ya olfateaban la presa. Los acorralaron, los cazaron, los mataron.

El saldo, recogido con la precisión de un forense por el historiador Emilio Cordero Michel (él mismo un sobreviviente, años después, de otro levantamiento), es una de las cifras más crueles de la historia dominicana:
De 198 expedicionarios, sólo seis sobrevivieron.
El 29% murió en combate.
El 16% fue apresado herido y rematado en el lugar.
El 15% fue capturado ileso y fusilado en el sitio de su rendición.
El 40% fue apresado —con vida, aún con vida— y llevado a la Base Aérea de San Isidro. Allí esperaban la cárcel de la 40, la cárcel del KM 9 de la carretera Mella, la silla eléctrica, los golpes, las preguntas que no tenían respuesta porque la única respuesta era morir.
Y luego, la ejecución final. Ordenada por Ramfis Trujillo, el hijo primogénito del tirano, un hombre que aprendió la crueldad como otros aprenden a montar a caballo.
IV. Los nombres que la dictadura quiso borrar (y no pudo)
Entre los caídos había 148 dominicanos. Pero también 24 cubanos que cruzaron el mar para morir en tierra ajena. También 14 venezolanos. Ocho puertorriqueños. Dos norteamericanos. Dos españoles. Dos guatemaltecos.
Una Internacional del Valor, derrotada a balazos en las costas de su propia esperanza.

Pero hubo dos ejecuciones que la memoria se niega a soltar.
La primera: José Messon, el sargento de la Marina dominicana que reemplazó al traidor Stelio Bellelis como capitán del Carmen Elsa. Lo capturaron vivo. Lo llevaron a la silla eléctrica de la 40 —que funcionaba, sí, funcionaba, porque el régimen era moderno hasta en la tortura. Lo dejaron moribundo. Y luego, para que el escarmiento fuera público, lo ahorcaron frente a una formación de marinos en la avenida Abraham Lincoln, frente al hospital infantil Robert Read. Para que todos vieran. Para que todos temblaran.
La segunda: Juan de Dios Ventura Simó, el piloto que había desertado de la Aviación Dominicana en abril de 1959 llevándose un avión entero hacia el exilio. El mismo que aterrizó el Curtis C-46 en Constanza. Lo asesinaron, dicen, y luego lanzaron su cuerpo al mar simulando una acrobacia aérea que salió mal. Cayó al Caribe. O eso dijeron los partes oficiales.
Nadie lo creyó.
V. La semilla que creció en la fosa común
La dictadura creyó que había ganado. Había masacrado a los invasores. Había colgado a Messon. Había arrojado al mar a Ventura Simó. Había llenado la 40 de cadáveres.
Pero seis meses después, el 10 de enero de 1960, una nueva organización nació en la clandestinidad. La llamaron Agrupación 14 de Junio. Luego sería el Movimiento Revolucionario 14 de Junio. Sus miembros eran jóvenes profesionales, estudiantes, trabajadores, campesinos, intelectuales. Gente que había visto los cuerpos en las noticias (las pocas que el régimen dejaba pasar) y había decidido que no, que no podían seguir viviendo de rodillas.

Se reunieron en Mao, provincia Valverde. Redactaron un programa mínimo inspirado en los ideales de los expedicionarios. Y en poco tiempo, el movimiento se extendió por todo el país: seis mil miembros en su punto más alto.
La represión fue inmediata. Cientos cayeron presos. El propio líder, Manuel Aurelio Tavárez Justo —Manolo para los suyos— fue encarcelado. La 40 volvió a llenarse.
Pero cada preso político era una grieta más en el muro. Cada tortura que se filtraba al exterior era un voto contra el tirano.
Y entonces llegó el crimen que ni siquiera Trujillo pudo silenciar.
VI. Las mariposas que rompieron la jaula
El 25 de noviembre de 1960, tres hermanas regresaban de visitar a sus esposos presos en la cárcel de Puerto Plata. Minerva, Patria y María Teresa Mirabal —las Mariposas, las llamaba la clandestinidad— viajaban en su jeep junto a su chofer, Rufino de la Cruz.
En la Cumbre, un paraje de montaña que debía su nombre a la altura, los agentes del régimen las interceptaron.
Las mataron a golpes. Las mataron a estrangulamiento. Las mataron de la manera más cobarde que pueda concebirse.
Y luego colocaron sus cuerpos en el jeep y lo hicieron rodar por un barranco, para que pareciera un accidente.
Nadie lo creyó.
El crimen de las hermanas Mirabal conmocionó a la nación como ningún otro. Aceleró el aislamiento internacional del régimen. Y encendió una mecha que ya nadie pudo apagar.
Siete meses después, el 30 de mayo de 1961, Rafael Leónidas Trujillo Molina moría acribillado en la avenida George Washington de Santo Domingo.
Entre los fusiles que lo mataron —quizá sin saberlo, quizá con plena conciencia— iba la memoria de aquellos 198 hombres que seis años antes habían desafiado al minotauro. Los olvidados. Los caídos. Los que nunca recibieron un funeral, pero recibieron la historia.

VII. Epílogo en la orilla (67 años después)
Hoy, en las costas de Maimón y Estero Hondo, el mar sigue rompiendo como si nada hubiera pasado. Los turistas toman sol donde la sangre tiñó la arena. Los pescadores echan las redes sobre huesos que quizá nunca serán encontrados.
Pero el 14 de junio sigue siendo una fecha grabada en la memoria de quienes saben que la libertad no cayó del cielo. Cayó de un avión Curtis C-46. Cayó de un barco llamado Carmen Elsa. Cayó de una lancha llamada Tinina. Y fue regada con la sangre de 192 hombres que no vieron el resultado de su apuesta.
Sobrevivieron seis. Seis para contar la historia. Seis para que no fuera mentira.
Y luego, de aquella semilla de horror, creció el Movimiento 14 de Junio, crecieron las Mariposas, creció el tiro de gracia en la avenida George Washington. Creció, finalmente, la democracia dominicana que hoy —con todos sus defectos, con todas sus heridas abiertas— es mejor que el imperio del terror.
Loor eterna a los hombres de la raza inmortal que aquí cayeron por la libertad.
Y gracias a Cuba. A su pueblo. A su gobierno. Por habernos ayudado a salir de la más cruel y sanguinaria dictadura que haya padecido América y el Caribe.
Porque la historia no la escriben los verdugos.
La escriben, con sus huesos blanqueados en las costas, los que un día dijeron:
—Basta.
Datos clave para dimensionar el acontecimiento:
· 198 expedicionarios: 148 dominicanos, 24 cubanos, 14 venezolanos, 8 puertorriqueños, 2 estadounidenses, 2 españoles, 2 guatemaltecos.
· Solo 6 sobrevivieron.
· 3 puntos de desembarco: Constanza (14 de junio), Maimón y Estero Hondo (20 de junio).
· El 40% de los capturados fue torturado en la cárcel de la 40 y ejecutado en la Base Aérea de San Isidro por orden de Ramfis Trujillo.
· El Movimiento Revolucionario 14 de Junio llegó a tener 6.000 miembros.
· Las hermanas Mirabal asesinadas el 25 de noviembre de 1960, siete meses antes del ajusticiamiento del tirano.
· 31 años de dictadura trujillista (1930-1961).
· Apoyo explícito del gobierno de Fidel Castro Ruz, a diferencia del sabotaje en Cayo Confites (1947).
· Stelio Bellelis, el capitán griego vinculado a la CIA y a los servicios de inteligencia de Trujillo, figura como el traidor que condenó al Carmen Elsa.