Milton Ray Guevara pide a Abinader resistir presiones en elección de la Suprema Corte
El expresidente del Tribunal Constitucional, Milton Ray Guevara, pidió al presidente Luis Abinader actuar sin presiones en la renovación de la Suprema Corte de...
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El gigantesco acuerdo petrolero alcanzado entre el Gobierno encargado de Delcy Rodríguez y la administración de Donald Trump ha abierto una fractura que trasciende la histórica confrontación entre chavismo y oposición. Las acusaciones de entrega comienzan a surgir también desde sectores bolivarianos que consideran que, después de los acontecimientos del 3 de enero, Venezuela ha realizado concesiones incompatibles con el legado de soberanía petrolera construido por Hugo Chávez. Dos décadas después de que Hugo Chávez advirtiera que las enormes reservas petroleras venezolanas podían convertirse en el verdadero objetivo de una ofensiva estadounidense, un fragmento de aquella entrevista vuelve a circular en las redes sociales con una vigencia inquietante. No hace falta hablar de profecías. Chávez entendía el valor estratégico del petróleo venezolano y sabía que un país con las mayores reservas probadas del planeta siempre estaría en el centro de las disputas de poder. El punto de ruptura fue el 3 de enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses penetraron en territorio venezolano y capturaron al presidente Nicolás Maduro. Desde aquella madrugada quedaron demasiadas preguntas abiertas. Meses después llegó el gigantesco acuerdo petrolero entre el Gobierno encargado de Delcy Rodríguez y la administración de Donald Trump. La secuencia resulta difícil de ignorar: acusaciones de narcotráfico, operaciones en el Caribe, intervención militar, captura de Maduro y, finalmente, petróleo. Cada quien podrá sacar sus conclusiones. Yo tengo la mía. ¿Negociación o capitulación? Venezuela necesita inversiones y tecnología para recuperar su industria petrolera. Eso es indiscutible. Pero este acuerdo no fue negociado en condiciones normales. Se produjo después de una intervención militar que modificó por completo la correlación de fuerzas. Por eso entiendo que lo ocurrido tiene apariencia de capitulación. Quizá inevitable. Pero capitulación al fin. Puedo comprender que Delcy Rodríguez negociara. Probablemente tenía pocas alternativas. Lo que resulta difícil de aceptar es presentar esas concesiones como una gran demostración de soberanía. La soberanía no se demuestra con discursos. Se demuestra en los contratos. En quién decide. En quién controla. Y en quién termina beneficiándose de los recursos. Una herida dentro del chavismo La crítica ya no proviene únicamente de la oposición. Desde sectores que se reivindican chavistas comienzan a escucharse acusaciones de entrega y traición al legado de Hugo Chávez. Esas expresiones son posiciones políticas, pero no pueden ser ignoradas. El petróleo fue uno de los pilares simbólicos del proyecto bolivariano. Chávez lo convirtió en bandera de independencia y soberanía nacional. Por eso el actual Gobierno tiene que explicar con transparencia qué se firmó, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones. Demasiadas preguntas ¿Qué relación existe entre la operación del 3 de enero y el acuerdo petrolero posterior? ¿Cuál será el verdadero papel de PDVSA? ¿Qué capacidad tendrá Venezuela para revisar esos compromisos en el futuro? Son preguntas esenciales. He defendido durante años el derecho de Venezuela a decidir soberanamente su destino y también he defendido al chavismo en momentos difíciles. Precisamente por eso considero legítimo señalar sus contradicciones. No cuestiono que se haya negociado. Quizá no había otra salida. Cuestiono que se quiera convertir una concesión impuesta por una correlación de fuerzas profundamente desigual en una victoria política. Tal vez Hugo Chávez no profetizó nada. Tal vez simplemente comprendió la historia. Primero llegaron los pretextos. Después llegó la fuerza. Y finalmente llegó el petróleo. Por ahora, sigo encontrando una palabra difícil de evitar: capitulación. Tal vez inevitable. Pero capitulación al fin.

Dos décadas después de que Hugo Chávez advirtiera que las enormes reservas petroleras de Venezuela podían convertirse en el verdadero objetivo de una ofensiva estadounidense, un fragmento de aquella entrevista vuelve a circular en las redes sociales con renovada fuerza. Los acontecimientos posteriores al 3 de enero de 2026 y el anunciado acuerdo petrolero con Washington han reavivado el debate sobre unas palabras que hoy sus partidarios presentan como una anticipación casi profética del rumbo que tomarían las relaciones entre ambos países. En las redes sociales circula un fragmento de una entrevista que el líder venezolano Hugo Chávez Frías, concedió hace 20 años a una periodista fiel exponente de la ultraderecha colombiana, en la cual el ya fallecido presidente hacía unas aseveraciones que más bien parecían revelaciones proféticas. La puesta en escena de aquella entrevista viene a empalmar con el momento actual, debido a que las previsiones de Chávez se han cumplido con una efectividad pasmosa, siendo el 3 de enero de 2026 el punto de partida. Debemos recordar que la madrugada de aquel día se produjo la cruenta incursión militar de los Estados Unidos, durante la cual fue secuestrado el presidente Nicolás Maduro, en una operación que dejó como saldo más de 100 personas muertas. Chávez advertía la posibilidad de que Venezuela fuese atacada por Estados Unidos con cualquier pretexto, pero la justificación tenía nombre y apellido: las reservas petroleras venezolanas, las más grandes del planeta. Según la premonición chavista, estos inmensos depósitos resultaban demasiado apetecibles para Estados Unidos, dado el hecho de que la gran nación “del norte revuelto y brutal” como le llamaba José Martí, estaba agotando sus reservas naturales. No es precisamente así, pero la realidad es que Washington no podía permitir que ese filón petrolero no estuviera a su alcance, para lo cual montó toda suerte de narrativas para justificar la agresión del 3 de enero. El colofón de las advertencias de Chávez, ajustado a las narrativas del cartel de los Soles; las operaciones en el Caribe “contra el narcotráfico” y otras tonterías; el episodio del 3 de enero y otros acontecimientos, se ha coronado con una precisión quirúrgica con el anuncio del presidente Donald Trump sobre “el histórico acuerdo petrolero” que implica la impresionante cantidad de 65,000 millones de barriles de crudo. Este acuerdo—suscrito evidentemente con una pistola en la cabeza—, ha sido elogiado por la aún “antiimperialista” presidenta encargada Delcy Rodríguez, quien continúa reivindicando “la soberanía venezolana” sobre sus recursos, una propaganda que ni ella misma se traga. Pienso que el Gobierno venezolano carecía de opciones en las condiciones actuales. Sin embargo, con la modesta autoridad que me confiere haber defendido al chavismo a todo riesgo cuando la cobardía es abundante y creciente, asumo que la entrega debió hacerse sin los falsos alardes de soberanía. Me disculpan…

En un escenario internacional marcado por guerras, tensiones geopolíticas y nuevas barreras comerciales, los bancos centrales enfrentan un desafío cada vez más difícil: contener la inflación sin frenar economías ya debilitadas. El encarecimiento de la energía, los aranceles, las interrupciones en las cadenas de suministro y la volatilidad cambiaria han convertido la política monetaria en un delicado ejercicio de equilibrio entre estabilidad de precios y crecimiento. En la nueva geoeconomía del conflicto, los bancos centrales enfrentan una tarea cada vez más compleja: cumplir sus metas de inflación en un mundo donde las tensiones geopolíticas y las guerras comerciales reescriben las reglas del juego. La estabilidad de precios, ese objetivo aparentemente técnico, se ha convertido en una misión estratégica en medio de choques externos que no respetan calendarios monetarios. Los episodios geopolíticos que aún persisten lo confirman. La guerra en Medio Oriente ha elevado la incertidumbre global y presionado los precios del petróleo, un canal directo hacia la inflación. Y los principales bancos centrales, incluyendo la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra, advirtieron que los ataques a infraestructuras energéticas elevarían los riesgos inflacionarios y endurecerían su política monetaria si los precios escalaran. A esto se suma la guerra comercial. Los nuevos aranceles y represalias entre grandes potencias han generado un “impuesto al crecimiento” y provocado un impulso inflacionario difícil de controlar. Los aumentos de aranceles han encarecido las importaciones, alteraron cadenas de suministro y han provocado volatilidad cambiaria, todo lo cual complica la labor de mantener las metas de inflación establecidas por muchos bancos centrales. Por lo tanto, el problema es doble: por un lado, los bancos centrales deben evitar que estos shocks externos se filtren hacia expectativas de inflación y presiones salariales, y por otro, deben hacerlo sin asfixiar economías que ya muestran señales de fragilidad. Por eso, la combinación de tensiones geopolíticas y mercados “sobresaltados” obliga a una postura más cautelosa por parte de los bancos centrales, donde cualquier movimiento puede desencadenar más volatilidad. Es en este contexto, que la política monetaria se vuelve un ejercicio de equilibrio extremo. Subir tasas demasiado rápido podría frenar la actividad; actuar tarde podría permitir que la inflación se enquiste. Y mientras los conflictos y disputas comerciales continúen, los bancos centrales seguirán navegando un mar donde la inflación ya no responde solo a la economía, sino también a la geopolítica.

En octubre de 1967, en pleno auge de la Revolución Cultural china y en un escenario internacional atravesado por profundas tensiones ideológicas, un grupo de militantes dominicanos del Movimiento Revolucionario 14 de Junio se encontraba en la República Popular China recibiendo formación política y militar. Entre ellos estaba el autor de este testimonio, quien tuvo la oportunidad excepcional de observar de cerca a Mao Tse-tung durante un encuentro celebrado en el Palacio del Pueblo de Pekín. La aparición del líder chino, acompañado por figuras centrales del poder revolucionario como Lin Piao, Chou En-Lai, Chen Po Ta, Kang Sheng y Chiang Ching, quedó grabada en su memoria como una escena irrepetible: breve, solemne y marcada por el fervor político de una época en la que China se proyectaba como uno de los grandes referentes de los movimientos revolucionarios del mundo. Pekín, 3 de octubre de 1967. Era yo uno de los catorce “cuadros de élite”, como dice Fidelio, enviados por el Catorce de Junio a realizar estudios políticos y militares en República Popular China. Al entrar la noche y sin decirnos de lo que se trataba, nos llevaron a una enorme sala del Palacio del Pueblo, donde había ya numerosas delegaciones extranjeras. A poco, entró al salón el presidente Mao Tse-tung, seguido de la plana mayor del Partido Comunista de China. Ya dos días antes, en el acto conmemorativo del 18 aniversario de la proclamación de la República Popular, desde mi puesto en la tribuna de la plaza Tien an Men, había alcanzado a ver al timonel. Ahora lo veía de cerca, con traje gris a la moda china, la apariencia normal de un hombre de 74 años, la mano levantada saludando a los presentes, una leve expresión de simpatía era lo único que modificaba esa expresión hierática, inconmovible, reflejada en las omnipresentes fotos y las estatuas diseminadas en la inmensidad de aquella tierra grande y legendaria. Detrás en orden inalterable, Lin Piao, mariscal del Ejército Popular de Liberación, ministro de defensa, pequeño, delgado, con el libro rojo en alto en señal de saludo. Chou En-Lai, con su permanente sonrisa diplomática; Chen Po Ta, gordo, con lentes de aumento, uniforme y gorra de soldado; Kang Sheng, eminente teórico del marxismo, de apariencia modesta; cerraba el desfile, Chiang Ching, la altiva y elegante esposa del timonel, ojos expresivos detrás de sus lentes recetados, vestida de arriba a abajo de uniforme militar. La sala se llenó de aplausos y resonaron vítores en todos los idiomas. Mao caminó lentamente, sin detenerse, en silencio. En ocasiones juntaba las manos y las levantaba en señal de amistad. Teníamos instrucciones muy rígidas de quedarnos parados donde estábamos, al parecer todas las delegaciones tenían la misma instrucción. No obstante, al pasar cerca de nosotros, el líder fue interceptado por un compañero uruguayo que se decidió a romper la regla protocolar y salir en pos de la mano que había dirigido una heroica guerra de veinte y ocho años y ahora regía el destino del país más poblado de la tierra. Fue el único afortunado, porque el líder, que había entrado al salón entre vítores y aplausos, también entre vítores y aplausos se retiró con su séquito para poner fin a este encuentro, casi impersonal, pero inolvidable y que nunca jamás volvería a repetirse.
La madrugada del 14 de junio de 1959 no fue una fecha más en el calendario patrio. Fue el instante en que 198 hombres —dominicanos, cubanos, puertorriqueños, guatemaltecos, nicaragüenses, norteamericanos y españoles— desafiaron con el pecho descubierto la maquinaria de terror de la dictadura trujillista. Bajo el mando del comandante Enríquez Jiménez Moya, aquellos combatientes del Ejército de Liberación Dominicana plantaron la bandera de la liberación en las montañas de Constanza, Maimón y Estero Hondo. Fue una gesta que, aunque derrotada en sangre por el régimen, encendió la llama de la insurrección popular y demostró que la unidad del exilio anti-trujillista, nutrida por el espíritu internacionalista de la Revolución Cubana, era posible. El significado histórico de aquella expedición no se agota en el heroísmo de sus protagonistas. Aquellos 198 luchadores no solo combatían contra un tirano. Luchaban por una patria soberana, independiente y solidaria con los demás pueblos de América y el mundo. Luchaban por una República Dominicana que no se arrodillara ante potencias extranjeras, que no permitiera que sus territorios fueran usados como base de operaciones contra naciones hermanas. Esa fue su bandera. Ese fue su legado. Hoy, a 67 años de aquella gesta, el país que ellos soñaron parece más lejano que nunca. El gobierno que preside Luis Abinader ha optado por un camino diametralmente opuesto al de aquellos mártires. Mientras los combatientes del 14 de junio daban su sangre por una nación libre y soberana, el gobierno actual ha convertido la soberanía en una mercancía de cambio. No se puede entender la posición de la administración Abinader frente al criminal bloqueo que Estados Unidos mantiene contra Cuba sin sentir una profunda vergüenza histórica. Y no se puede aceptar que el territorio dominicano sea utilizado como plataforma para que el gobierno estadounidense golpee al gobierno y al pueblo venezolano. El 14 de junio es un testigo incómodo. Su memoria nos interpela. Aquellos 198 hombres no murieron para que hoy tengamos un gobierno que entrega la dignidad nacional a cambio de migajas diplomáticas o favores económicos. Ellos lucharon por una patria que no se doblega, que no se presta al juego de las potencias imperiales, que no traiciona a sus hermanos latinoamericanos. Y el gobierno de Luis Abinader, con su política entreguista, los deshonra y los traiciona. Por eso, tener presente el 14 de junio no es solo un acto de memoria. Es un acto de exigencia. Hoy, más que nunca, la lección de aquellos 198 combatientes debe guiar la conducta de un pueblo que se niega a ser cómplice del bloqueo contra Cuba y de la agresión contra Venezuela. La dignidad que ellos ofrecieron en el altar de la patria no puede ser mancillada por gobernantes que han olvidado que la verdadera soberanía no se negocia, se defiende. Que el ejemplo de Constanza, Maimón y Estero Hondo sea la brújula que marque el rumbo de la República Dominicana. Que su memoria nos recuerde que un país que traiciona sus ideales de independencia y solidaridad está condenado a ser, para siempre, un país sin honor.

A 67 años de la expedición del 14 de Junio de 1959, seguimos su lucha. Eddy, en el barrio de Villa Juana, contaba a los niños de ocho y nueve años cómo se había enrolado en las tropas que enfrentaron a los expedicionarios de junio de 1959. Su historia era tan aterradora como real. Frente a los cuerpos sin vida de varios guerrilleros, un oficial impartió una orden macabra: abrirles el abdomen para verificar qué habían comido. Sin vacilar, Eddy se ofreció como voluntario. Con una bayoneta cumplió la orden y descubrió restos de plátanos y mangos verdes. Si hubiera encontrado arroz cocido o cualquier evidencia de ayuda campesina, los habitantes de la zona habrían sido fusilados. Aquel episodio revela la crueldad desatada contra los héroes de junio, una brutalidad capaz de estremecer hasta al criminal más insensible. Pero la barbarie no terminaba ahí. Algunos expedicionarios, agonizantes por las heridas, los golpes y las torturas, eran amarrados en grupos de dos o tres en la Base Aérea de San Isidro. Un soldado los sometía al fuego de un lanzallamas; segundos después, otro apagaba las llamas con un extintor, solo para reiniciar el macabro ritual. El olor de la carne quemada, los gritos de dolor y las risas de los verdugos quedaban grabados para siempre en la memoria de quienes presenciaban semejante horror. En diciembre de 1963, las mismas bayonetas y los mismos verdugos volvieron a matar. Manolo Tavárez Justo y sus compañeros cayeron en Las Manaclas, víctimas del odio de un poder que negaba derechos y libertades. Dos años después, durante la Guerra de Abril de 1965, aquellas bayonetas recorrieron nuevamente el país. Hombres, mujeres, niños y ancianos fueron asesinados por defender la constitucionalidad, la justicia y la soberanía nacional. Entre las víctimas estuvieron Yolanda Guzmán, Luis Reyes Acosta, el padre Arturo Mackinnon y Teófilo Ortiz, fusilados en Haras Nacionales. En San Francisco de Macorís, a Baldemiro Castro lo colocaron sobre una mesa y lo mataron a garrotazos. También fusilaron a Jimmy Vargas, Rubén Díaz Moreno, Pasito Polanco, Franklin de la Rosa, Abraham Vargas, Rodrigo Lozada, Sóstenes Peña y una veintena de luchadores por la libertad. Terminada la contienda, los sicarios continuaron sembrando el terror. Todavía provoca espanto recordar el secuestro, la tortura y el asesinato del mayor Arias Collado y de decenas de constitucionalistas, cuyos cuerpos, destrozados por los tormentos, aparecían abandonados en los terrenos del antiguo aeropuerto General Andrews y en los montes de Arroyo Hondo. La vorágine de terror y sangre continuó durante los doce años de Balaguer. En 1970, Eddy reapareció ejerciendo violencia desde una organización denominada Frente Democrático Anticomunista y Antiterrorista, conocida popularmente como La Banda Colorá. Entre sus víctimas estuvo el veterano antitrujillista Boyoyo Álvarez, cuyo cadáver fue lanzado a un canal de Santiago con múltiples heridas de arma blanca. En Santo Domingo, cinco adolescentes fueron fusilados y abandonados como escarmiento. Han transcurrido más de seis décadas desde los acontecimientos de junio de 1959. Sin embargo, las bayonetas, los verdugos y sus herederos políticos e ideológicos continúan presentes, aguardando la oportunidad de repetir la violencia y el odio que marcaron aquellos años. Recordar a los expedicionarios no significa únicamente honrar su muerte. Significa mantener viva la bandera por la que lucharon y continuar el legado que defendieron con sus vidas: la lucha permanente contra la injusticia, la opresión y los privilegios. Una causa que sigue viva mientras exista memoria y mientras haya quienes se atrevan a contar la verdad.

No se hagan en la primera vuelta heridas que no sean capaces de cicatrizar en la segunda vuelta, o la segunda vuelta se vuelve una tragedia”. Cita el expresidente de Colombia Ernesto Samper, un consejo que le hizo el expresidente Rodrigo Borja, de Ecuador. La población, lo que espera es respuestas ante problemas concretos, y difícilmente se sentirá convocada por una oposición que consuma sus energías en disputas intestinas mientras el país demanda soluciones. La relación entre el Partido de la Liberación Dominicana y la Fuerza del Pueblo parece haber entrado en una fase de guerra fría política, unas veces abierta y otras veces solapada, en la que dos organizaciones nacidas de una misma matriz histórica se observan, se miden, se disputan espacios y se lanzan mensajes cruzados, mientras el país avanza hacia un proceso electoral que exigirá más inteligencia estratégica que resentimiento acumulado. La expresión guerra fría no supone aquí una confrontación total, sino un estado de tensión permanente, donde las partes evitan declararse una guerra definitiva, pero actúan como si cada movimiento del otro representara una amenaza existencial. En ese terreno se mezclan heridas no cerradas, memorias de poder, liderazgos enfrentados, bases electorales compartidas y una lucha simbólica por decidir quién representa con mayor legitimidad la continuidad, la renovación o la superación del universo que algunos definen como el morado y el verde. La Trampa de Tucídides, formulada a partir de la rivalidad entre Atenas y Esparta en la antigua Grecia, describe el riesgo que surge cuando una fuerza emergente altera el equilibrio existente y provoca temor, reacción o resistencia en la fuerza establecida. Trasladada a la política dominicana, no se trata de identificar mecánicamente quién hace de Atenas ni quién actúa como Esparta, porque esa lectura colocaría al autor en una posición de parte, sino de observar cómo el crecimiento, la recomposición o la supervivencia de una fuerza puede activar reflejos defensivos en la otra. Una misma matriz, dos proyectos en disputa La Fuerza del Pueblo no nació como una organización ajena al PLD, sino como resultado de una división profunda de ese partido, encabezada por quien fue presidente de la República, líder histórico del peledeísmo y figura central de su etapa de mayor acumulación de poder. Esa circunstancia hace que la competencia entre ambas organizaciones no sea una rivalidad cualquiera, porque en ella pesan el pasado compartido, las lealtades rotas, las migraciones de dirigentes, la disputa por la memoria de gobierno y la búsqueda de hegemonía dentro de la franja opositora que capitalizan. El problema no está en que compitan, porque la competencia forma parte natural de la democracia, sino en el peligro de que esa competencia se transforme en una guerra de desgaste permanente. Cuando cada adhesión, cada encuesta, cada declaración y cada movimiento territorial se interpreta como una provocación o una amenaza, la política deja de ser cálculo estratégico y se convierte en ajuste de cuentas, con lo que el adversario principal podría terminar beneficiándose de una oposición entretenida en administrar sus propias heridas. En esa lógica aparece la versión dominicana de la Trampa de Tucídides: no necesariamente como una guerra inevitable, sino como una tendencia peligrosa a convertir la rivalidad en destino. FP y PLD compiten por un electorado con raíces comunes, por una narrativa de futuro y por el lugar de principal fuerza opositora, pero si esa disputa se maneja bajo la lógica de suma cero, donde todo lo que gana uno debe ser asumido como pérdida absoluta del otro, ambos podrían terminar debilitando el campo opositor. Entre suma cero y suma necesaria La política no siempre se decide por la intensidad del golpe que se lanza, sino por la claridad con que se identifica el momento. En una coyuntura marcada por el deterioro de los servicios públicos, la inseguridad, la crisis educativa, el endeudamiento creciente, las promesas incumplidas y el desgaste del gobierno, la oposición (FP-PLD) tendría que preguntarse si su tarea principal es derrotarse entre sí o construir una alternativa capaz de interpretar el malestar social que se acumula en amplios sectores de la población. Ahí cobra sentido el concepto de coopetencia, tomado del mundo empresarial, pero útil para explicar una dinámica política donde dos actores pueden competir sin destruir todos los puentes que mañana podrían necesitar. La coopetencia no exige borrar diferencias, decretar una unidad artificial ni renunciar a identidades propias, sino reconocer que en ciertas coyunturas la colaboración mínima puede ser más rentable que la hostilidad permanente, sobre todo cuando el adversario común administra el poder, los recursos públicos y la narrativa institucional. La guerra fría entre FP y PLD podría convertirse en una trampa si ambas organizaciones olvidan que el electorado no necesariamente premia a quien más golpea al potencial aliado, sino a quien demuestra mayor madurez, sentido de oportunidad y capacidad para ofrecer horizonte. La población, lo que espera es respuestas ante problemas concretos, y difícilmente se sentirá convocada por una oposición que consuma sus energías en disputas intestinas mientras el país demanda soluciones. En definitiva, la Trampa de Tucídides a la dominicana no tendría que desembocar en una guerra política sin retorno, porque todavía puede ser leída como advertencia. FP y PLD pueden competir, diferenciarse y defender sus espacios, pero si convierten al otro en blanco permanente, podrían regalarle al oficialismo una ventaja que no siempre obtiene por méritos propios. La gran prueba será saber si ambas fuerzas logran salir de la lógica de suma cero para entrar, aunque sea por cálculo estratégico, en una suma necesaria. “No se hagan en la primera vuelta heridas que no sean capaces de cicatrizar en la segunda vuelta, o la segunda vuelta se vuelve una tragedia”. Cita el expresidente de Colombia Ernesto Samper, un consejo que le hizo el expresidente Rodrigo Borja, de Ecuador.

DEFENSA CIVIL La Defensa Civil de la República Dominicana se encamina a cumplir, este próximo 17 de junio, 60 años de existencia. Esta trayectoria comenzó en 1966 bajo el Decreto-Ley 257-66, una normativa que nació para formalizar y reconocer el esfuerzo solidario de un grupo de radioaficionados. Estos ciudadanos se articulaban de manera voluntaria en el país cada vez que un evento hidrometeorológico amenazaba las costas nacionales. Orígenes e inserción global Siguiendo los mandatos de las Convenciones de Ginebra —cuyos tratados sobre el derecho internacional humanitario establecieron en 1864, 1906, 1929 y 1949 las pautas para proteger a las víctimas de conflictos armados, civiles, heridos y prisioneros—, el país se insertó en la dinámica global de la protección. En 1966, mientras el Estado dominicano apenas comenzaba a recomponerse de la Revolución de Abril de 1965, asumió como miembro de las Naciones Unidas el compromiso de institucionalizar formalmente una entidad dedicada a salvar vidas. Hoy en día, la institución cuenta con una matrícula de más de 15 mil voluntarios comprometidos con la protección de personas, bienes y medios de vida. Seis décadas de liderazgo Desde su fundación, la Defensa Civil ha sido dirigida por 13 funcionarios que han trabajado tenazmente por mantener viva la organización: Ing. Carlos D’ Franco (1966-1971) Dr. Mariano Ariza Hernández (1971-1974) Dr. Pedro Justiniano Polanco (1974-1982) Dr. Domingo Porfirio Rojas (1982-1985) Lic. Alfonso Julia Mera (1985-1986) Dr. Eugenio Cabral Martínez (1986-1998) Lic. Manuel Elpidio Báez (1998-1999) José Antonio De los Santos (1999-2000) Radhamés Lora Salcedo (2000-2004) Lic. Luis Antonio Luna Paulino (2004-2014) Rafael Emilio De Luna Pichirilo (2014-2017) Rafael Antonio Carrasco Paulino (2017-2021) Lic. Juan Cesario Salas Rosario (actualidad) Hacia un enfoque sistémico y preventivo A seis décadas de aquel inicio, la Defensa Civil sigue impulsando iniciativas de crecimiento que la consolidan. Un hito fundamental en esta historia fue la promulgación de la Ley 147-02 sobre Gestión de Riesgos de Desastres, durante el gobierno del presidente Hipólito Mejía. Esta avanzada pieza legislativa plantea el involucramiento directo de la comunidad, asociaciones y organizaciones de base en los procesos de prevención. Asimismo, otorga a la institución la secretaría permanente de los comités de prevención, mitigación y respuesta en provincias y municipios, además de la presidencia de la Comisión Nacional de Emergencias, sombrilla del sistema nacional. En estos tiempos donde el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad cotidiana que golpea nuestras costas, la prevención es nuestra mejor defensa. Por eso, el mayor homenaje que el país puede rendirle a la institución en sus 60 años es fortalecer ese carácter sistémico y preventivo de la gestión de riesgos. Al final del día, apoyar a la Defensa Civil y a sus miles de voluntarios es asegurar el escudo protector de la nación ante los desafíos de una naturaleza cada vez más impredecible.
Este 12 de junio, cuando la Red de Medios Libres convocó al cadenazo internacional “Amor con amor se paga”, no estará realizando simplemente una jornada comunicacional. Estará levantando una trinchera de dignidad frente a una de las agresiones más prolongadas, crueles e injustificables de la historia contemporánea: el bloqueo económico, comercial, financiero y energético impuesto por Estados Unidos contra Cuba. Durante más de seis décadas, el imperialismo norteamericano ha intentado rendir a la Revolución Cubana por hambre, carencias y sufrimiento. Ha apostado al desgaste de un pueblo heroico, convencido de que la asfixia económica lograría lo que no pudieron conseguir las invasiones, los sabotajes, el terrorismo, las campañas de desinformación y el aislamiento diplomático. Sin embargo, una y otra vez, la historia ha demostrado que la dignidad de un pueblo consciente vale más que cualquier arsenal de sanciones.El bloqueo no es una política abstracta. Tiene rostros concretos. Se expresa en las dificultades para adquirir combustible, medicamentos, equipos médicos, materias primas y tecnologías. Se traduce en apagones, limitaciones productivas y obstáculos para el desarrollo. Es una guerra económica diseñada deliberadamente para generar desesperación y provocar un cambio político favorable a los intereses de Washington. Quienes hoy hablan de “crisis cubana” y callan sobre el bloqueo son cómplices de esa agresión. Pretenden presentar las consecuencias como si fueran causas, ocultando el papel central que desempeña la política criminal de la Casa Blanca en las dificultades que enfrenta la isla. Frente a esta realidad, la respuesta del pueblo cubano no ha sido la rendición. Ha sido la resistencia. Cuba continúa defendiendo su independencia, su soberanía y el derecho a construir su propio destino sin tutelajes extranjeros. Millones de cubanos siguen apostando por un proyecto social que, aun bajo las condiciones más adversas, ha sido capaz de garantizar salud, educación, cultura y solidaridad internacional. Porque si existe una nación que ha practicado el internacionalismo como principio y no como discurso, esa es Cuba. Médicos cubanos han llegado donde otros no quisieron llegar. Brigadas de salud han enfrentado epidemias, terremotos, huracanes y pandemias en decenas de países. Miles de profesionales formados en la isla han servido a los pueblos del mundo. Cuba ha compartido lo que tiene, no lo que le sobra. Por eso, cuando la Red de Medios Libres afirma que “amor con amor se paga”, está expresando una verdad profunda: la solidaridad con Cuba no es un acto de caridad. Es un compromiso ético, político y humano con un pueblo que durante décadas ha estado al lado de las causas justas de la humanidad. Hoy más que nunca es necesario romper el cerco mediático que acompaña al bloqueo económico. Es imprescindible denunciar la hipocresía de quienes hablan de democracia mientras castigan colectivamente a once millones de personas por el simple hecho de defender su soberanía. Es urgente desmontar la narrativa imperialista que intenta presentar a la víctima como culpable y al agresor como defensor de la libertad. La batalla por Cuba es también la batalla por el derecho de todos los pueblos a decidir su destino. Lo que está en juego no es solamente el futuro de una isla caribeña. Lo que está en juego es la posibilidad de que una nación pequeña pueda existir sin someterse a los dictados de una potencia imperial. El cadenazo internacional “Amor con amor se paga” es una convocatoria a la conciencia. Es una invitación a convertir la solidaridad en acción, la indignación en denuncia y el compromiso en movilización. Porque cuando Cuba resiste, resisten también los sueños de justicia de millones de hombres y mujeres en el mundo. Y porque frente al bloqueo, frente a la agresión y frente a la arrogancia imperial, la respuesta de los pueblos seguirá siendo la misma: más solidaridad, más resistencia y más lucha. Cuba no está sola. Jamás lo estará.

El 16 agosto de 1930 fue juramentado como presidente de la República el General Rafael Leónidas Trujillo Molina y como vicepresidente el Licenciado Rafael Estrella Ureña, quien encabezó el derrocamiento del presidente Horacio Vasquez. En las elecciones celebradas el 16 de mayo de 1930 la fórmula Trujillo-Estrella Ureña, había ganado con 99% de los votos válidos emitidos, ante la ausencia forzosa de sus contrincantes. Rafael Leónidas Trujillo Molina, era en el gobierno del Viejo Caudillo, Horacio Vasquez, la principal figura militar, quien atrincherado en la vieja fortaleza Ozama apoyó con silencio e inmovilidad cómplice; el llamado Movimiento Cívico, que dirigido por Rafael Estrella Ureña, derrocó al gobierno de Vásquez el 23 de febrero del 1930. Postulado por una confederación de partidos, llamada Coalición Patriótica de Ciudadanos, la que ante la ausencia de competidores y una abstención electoral que superaba el 40%, ganó todos los escaños al congreso. El 1 de junio del año 1930, cuando apenas habían transcurrido 15 días de haber pasado la farsa que había ganado el binomio Trujillo-Estella Urena, desconocidos asesinaron a uno de los más radicales de sus enemigos, el periodista Virgilio Martínez Reyna y a su esposa Altagracia Almánzar, quien se encontraba embarazada en su residencia en San José de las Matas, provincia Santiago. Igual suerte corrieron los generales Cipriano Bencosme, Desiderio Arias, y decenas de dominicanos que expresaron su desacuerdo con la política de terror implementada por el régimen. El propio Estrella Ureña, artífice de la llegada de Trujillo al poder, trató de marcar distancia de un gobierno del que supuestamente era la segunda figura más importante, siendo obligado a renunciar en 1932 a la posición de vicepresidente, alegando problemas de salud. Fueron 31 años de la peor época de terror que haya vivido el país en toda su historia incluida la colonial, donde los presos, los desaparecidos, los exiliados y los muertos se contaron en miles. Una parte importante de los que lograron escaparse a Trujillo, tuvieron a Cuba como destino: Juan Bosch, Juan Isidro Jiménez Grullón, Mauricio Báez, Pablo Martínez, Máximo López Molina, los hermanos Ramos Peguero (Andrés, Francisco Elizardo y Francisco Eleuterio), Juancito Rodríguez, Ángel Morales, José Dolores Alfonseca, Luis Felipe Mejía y muchos otros más. No todos tuvieron la misma suerte de sobrevivir a la persecución trujillista, porque algunos fueron alcanzados por el brazo largo de la dictadura, como fueron los casos de Mauricio Báez y Pablo Martínez, que fueron asesinado en La Habana por órdenes de Trujillo. Cuba fue sede de muchas actividades para el restablecimiento de la democracia en nuestro país. En el gobierno de Ramón Grau San Martín fue que se organizó la fallida expedición de Cayo Confites de 1947, saboteada por agentes de su gobierno al servicio de Trujillo. En el gobierno liberal de Carlos Prío Socarrás, del que el profesor Juan Bosch había sido secretario, se toleró la presencia de los dominicanos en Cuba. Pero el mayor apoyo recibido por nuestros compatriotas fue el brindado por el gobierno revolucionario encabezado por el Dr. Fidel Castro Ruz, a partir de su llegada al poder el primero de enero de 1959. Proporcionó ayuda significativa para que patriotas dominicanos vinieran al país el 14 por Constanza, y el 20 de junio por Maimón y Estero Hondo a derrocar la dictadura de Trujillo. A diferencia de cayo Confites que fue interceptada y obligada a abortar con la complicidad de agentes del gobierno de Grau San Martín al servicio de Trujillo, la expedición del 14 y 20 de junio de 1959 recibió todo el apoyo del gobierno de Fidel. Fue el mayor contingente de hombres decididos a luchar contra el régimen trujillista, que, organizado en el exterior, pudo llegar al país. Un total de 198 expedicionarios salieron en tres grupos de Cuba \» enamorados de un puro ideal\». El primero al mando Enrique Jiménez Moya y el cubano Delio Gómez Ochoa, compuesto por 54 expedicionarios que aterrizaron en Constanza el 14 de junio en un avión Curtis C-46. Con insignias de la Aviación Militar Dominicana, trayendo como ingeniero de vuelo e instructor para el aterrizaje a Juan de Dios Ventura Simó, piloto dominicano que había desertado de la aviación dominicana en abril de 1959 llevándose un avión hacia el exilio. Un segundo grupo comandado por José Horacio Rodríguez, hijo del general Juancito Rodríguez, acérrimo opositor a Trujillo, desembarcó por Maimón en la embarcación Carmen Elsa; en la que venían la mayor cantidad de expedicionarios, 96 en total, la cual por un desperfecto o supuesto sabotaje de parte del capitán de la embarcación Stelio Bellelis; un ciudadano de origen griego que tenía vínculos con la Agencia Central de Inteligencia Estadounidense (CIA) y los servicios de inteligencia de Trujillo, lo que retrasó su llegada para el día 20; cuando ya los organismos de seguridad del Estado estaban al tanto de dicho desembarco, lo que produjo una verdadera masacre de los mismos. Stelio, fue relevado de su puesto al frente de la embarcación, la cual pasó a ser capitaneada por el diestro marinero dominicano y ex sargento de la Marina Dominicana, José Messon, quien se había asilado en los Estados Unidos para luego integrarse a la acción para el derrocamiento de la dictadura. Igual suerte corrió el grupo que llegó por Estero Hondo en la Lancha Tinina, con 48 expedicionarios, al mando de José Antonio Campos Navarro; que navegó sin rumbo fijo y sin contacto con el Carmen Elsa por varios días. Ambas embarcaciones habían zarpado de Cuba, el 13 de junio de 1959. Pero dificultades en el Carmen Elsa motivó su retraso y la pérdida de contacto en ambas. El Carmen Elsa permaneció prácticamente a la deriva, teniendo que ser rescatada por la Marina de Guerra de Cuba, con la Fragata José Martí, que la remolcó hasta el islote de Gran Iguana, donde los tripulantes recibieron asistencia médica, además de agua y alimentos. Esos inconvenientes no aminoraron la decisión del mayor contingente de expedicionarios, los cuales decidieron seguir adelante en búsqueda de lograr liberar al pueblo dominicano de la dictadura

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