UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

¡La Vega arde en fuego olímpico!

Entre aplausos, lágrimas y orgullo patrio, la llamada Ciudad Olímpica se vistió de gala para recibir la antorcha centroamericana; gobernadora, alcaldesa y glorias del deporte encabezaron una jornada inolvidable que dejó claro por qué esta tierra es cuna de campeones dentro y fuera de la arena. Por Julio Guzmán Acosta  LA VEGA. — “Nunca será igual ser, que aparentarlo”. Y La Vega, culta y olímpica, no necesita aparentar nada. Lo demostró este domingo cuando sus calles —por décadas testigos de hazañas y sacrificios— se vistieron de colorido, sudor y fervor popular para recibir la llama de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, esa que llevará el nombre de los valores Wiche García Saleta hasta lo más alto del espíritu deportivo de la región. No fue una simple ruta. Fue un estallido de identidad. Desde temprano, miles de veganos —hombres, mujeres, niños y ancianos— se lanzaron a las aceras y avenidas con la alegría desbordada de quien reconoce en el fuego sagrado un espejo de su propia historia. Al primer acorde de la canción oficial de los juegos, previstos para julio próximo, la ciudad entera coreó, caminó, abrazó y celebró. Decenas de manos ilustres —de todas las aristas sociales vinculadas al deporte— se turnaron la antorcha en un recorrido de aproximadamente diez kilómetros que atravesó los barrios más entrañables del municipio. Pero más allá de los cambios de testigo, lo que cautivó fue la estampa de un pueblo prudente, urbano, hospitalario con los visitantes y, sobre todo, exigente: un pueblo que no mendiga triunfos, sino que los forja desde la cuna. “¡Somos felices!”, tronó la gobernadora de la provincia, Luisa Jiménez de la Mota, al tomar la llama entre sus manos. Y la multitud —como un solo pecho— confirmó el grito. “Somos felices porque todos unidos resolvemos nuestros problemas. No andamos tapando errores, sino superándolos. Y el deporte es uno de esos ejes que nos ha bendecido, permitiendo forjar generaciones de hombres y mujeres que han puesto muy en alto a La Vega y han sabido darlo todo por el país”. Su voz, elevada y firme, también llevó un mensaje sin destinatario velado: “Esto no es asunto de ganar una medalla, un pedazo de metal y traerlo al país. Hay que tener la formación de juego limpio, de saber perder, de ser un buen ser humano, buenos padres, ciudadanos que respeten las leyes, los dirigentes, al maestro, a la patria. ¡Nunca desdeñar los principios ni los valores familiares por obtener riquezas! ¡No solamente somos la Ciudad Olímpica, sino también cultos y carnavalescos!” Y cerró con una metáfora que incendió el ánimo colectivo: “Esta antorcha en tierra vegana simboliza la unión de todos los pueblos cibaeños, los que formamos campeones desde arriba hasta abajo para que representen bien alto al país”. La alcaldesa Amparo Custodio tomó luego la palabra con la serenidad de quien ha visto crecer campeones en las esquinas más humildes. “El deporte, cuando no forma, no crea verdaderos ciudadanos ni padres ni nada —advirtió—. No es que los demás pueblos no cumplan; hay muchos que al igual que nosotros han pasado por el proceso. Pero La Vega ha tenido una base sólida, de décadas formando un personal humano que ha dado los mejores productos en términos sociales. El deporte no es hacer un robot: es hacer una persona cabal en todos sus roles”. Y si de figuras emblemáticas se trata, la jornada tuvo dos nombres propios que hicieron temblar el asfalto con su memoria: Teruel y Popo Veras. Fernando Teruel, viceministro técnico del Ministerio de Deportes, observaba emocionado los 34 cambios de antorcha —una coreografía de pueblo que solo los veganos saben ejecutar— y sentenció: “Solo La Vega se da estos lujos. Llevamos el deporte en la sangre. Esto no es de ahora: aquí hay ordenanza, se planifican cosas para muchos años venideros y trabajamos para lograrlo. Nosotros no andamos compitiendo con nadie, ni si ganamos una medalla u otra. De aquí han salido seres humanos que a través del deporte han dado lo mejor en lo social, educativo, político, profesional… y nunca, nunca, se han visto en vilezas”. Porfirio “Popo” Veras Mercedes, aquel exvelocista de los años 70 que hizo vibrar las pistas con su relevo, aún reside en esta tierra que lo vio nacer. Con la voz pausada de quien ha corrido más kilómetros que años, confesó: “Supe representar a mi país con honestidad, le di medallas, estudié cuando no había forma, cuando al deportista no se le ayudaba. Quizás solo recibíamos un buen consejo de un entrenador o un maestro, pero había que fajarse duro. Así me hice abogado”. Su testimonio, breve y profundo, fue un guantazo a la nostalgia y un faro para los jóvenes. La otra gladiadora, de tiempos más recientes, fue María García. Exjudoca de temple olímpico, dueña de medallas centroamericanas, panamericanas y mundiales, se plantó frente a la multitud con la mirada de quien aún siente el tatami bajo los pies. “Exhorto a mis colegas —dijo— a que piensen en el país, en su compromiso, y que hagan una preparación al doscientos por ciento para salir airosos. Al menos, terminar con una actuación decorosa. Esto es un asunto de compromiso. Así lo asumí en mis días de atleta: cuando subía al tatami lo dejaba todo, hasta el último aliento, en pos de que República Dominicana tenga resultados de mí. Luego me fui a estudiar para tener una carrera”. Y así, entre discursos que supieron a lección de vida y antorchas que pasaron de manos nobles a manos nobles, La Vega confirmó lo que nadie puede ya aparentar: que ser olímpico no es un título, sino una forma de estar en el mundo. La llama sigue su camino. Pero en esta ciudad, el fuego nunca se apaga.

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El despertar del gigante caribeño: historia, gloria y futuro de los Juegos Centroamericanos y del Caribe

Santo Domingo 2026 Del 24 de julio al 8 de agosto  Por Julio Guzmán Acosta Prólogo: una sola crónica para una gesta centenaria Treinta y siete naciones y territorios. Seis mil almas de competición. Cuarenta deportes en llamas. Del 24 de julio al 8 de agosto de 2026, Santo Domingo no será solo la capital de República Dominicana: será el ombligo del universo deportivo regional. Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe regresan a tierra quisqueyana por tercera vez en su historia centenaria, y lo hacen con la promesa de silenciar a los escépticos y ensanchar la leyenda. Esta crónica, que hoy presentamos bajo la firma de quien escribe, no necesita entregas ni capítulos sucesivos. Es un solo viaje de principio a fin. En sus páginas recorreremos primero el nacimiento de la justa en 1926 y su evolución hasta hoy. Luego reviviremos las dos gestas dominicanas como sede, en 1974 y 1986. Finalmente, desglosaremos las disciplinas, los países participantes y las proyecciones de medallas para el equipo local en la cita de 2026. Pero antes de sumergirnos en la épica, detengámonos en el mapa y el programa. Porque una fiesta de esta magnitud se mide por sus convocados y su arsenal. Los convocados: un Caribe sin fronteras Serán 37 los países y territorios afiliados a Centro Caribe Sports los invitados a la justa. La nómina es un censo de la diversidad regional: desde las potencias continentales hasta las islas que luchan por dejar su huella. La lista completa de participantes esperados incluye a: · América Central y México: Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá y México. · El Gran Caribe insular: Antigua y Barbuda, Aruba, Bahamas, Barbados, Cuba, Curazao, Dominica, Granada, Guadalupe, Haití, Islas Caimán, Islas Vírgenes Británicas, Islas Vírgenes de los Estados Unidos, Jamaica, Martinica, Puerto Rico, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Santa Lucía, Trinidad y Tobago, y la República Dominicana como anfitriona. · Sudamérica y otros: Colombia, Guyana, Surinam, Venezuela, y la delegación de Bermudas. Un total de 37 comitivas que, según los registros de clasificación, ya suman más de 2.800 atletas confirmados, aunque se espera superar los 6.000 cuando suene el silbatazo inicial. El arsenal: 40 deportes para un mismo ritual El Comité Organizador y Centro Caribe Sports han afinado el programa de competencia, y el veredicto es contundente: habrá deporte para todos los gustos y todas las furias. Las 40 disciplinas que encenderán los escenarios de Santo Domingo y sus subsedes son las siguientes: · Deportes de combate y fuerza: Boxeo, Judo, Karate, Lucha, Taekwondo, Halterofilia. · Deportes de conjunto y pelota: Béisbol, Sóftbol, Baloncesto (5×5 y 3×3), Balonmano, Voleibol (sala y playa), Fútbol, Hockey sobre césped, Rugby 7, Netball. · Deportes de precisión y raqueta: Tenis, Tenis de mesa, Bádminton, Squash, Ráquetbol, Boliche, Golf, Tiro con arco, Tiro deportivo (escopeta). · Deportes acuáticos y náuticos: Natación, Clavados, Natación artística, Waterpolo, Aguas abiertas, Remo, Canotaje, Vela, Esquí náutico, Surf. · Deportes de tiempo y espacio: Atletismo, Gimnasia (artística, rítmica y trampolín), Patinaje (artístico y velocidad), Ciclismo (pista, ruta, BMX y MTB). · Deportes de nueva era y ecuestres: Triatlón, Pentatlón moderno, Deportes ecuestres (salto, adiestramiento y completo), Ajedrez. · La gran novedad: E-Sports, que harán su debut en la región demostrando que el deporte también habita en el mundo digital. Este es el campo de batalla. Estas son las naciones. Ahora solo falta el rugido. Acompáñenos a recorrer la historia, la épica y las posibilidades de lo que está por venir. I. La llama que cruzó el istmo: nacimiento y vigencia de los juegos mayores Fue en los albores de 1926, cuando México aún cicatrizaba las heridas de su revolución, que un grupo de visionarios encendió la mecha de una hazaña regional. Los Juegos Centroamericanos y del Caribe no nacieron como un simple certamen; emergieron como un grito de unidad deportiva en un territorio fragmentado por volcanes, selvas y mares. El bautizo de fuego ocurrió en Ciudad de México, con apenas tres países: el anfitrión, Cuba y Guatemala. Nadie imaginó entonces que aquella chispa se convertiría en la hoguera que hoy convoca a treinta y dos naciones. Década tras década, el evento forjó su identidad. En los años treinta, San Salvador y Panamá se sumaron al ritual; en los cuarenta, la pausa impuesta por la Segunda Guerra Mundial no logró extinguir el fervor. Fueron los Juegos de 1954, en México nuevamente, los que elevaron la competencia a su mayoría de edad: se estrenaron el atletismo femenino y el basquetbol, y la sombra de Teófilo Stevenson aún no asomaba, pero ya se respiraba el aroma de las grandes gestas. Hoy, cuando se acerca la edición de Santo Domingo 2026 —la número veintiséis—, las medallas han dejado de ser simples discos de metal. Son el mapa de sueños rotos y triunfos épicos, el espejo donde se miran potencias como Cuba, Colombia y México, y también las pequeñas islas que escriben su historia en cada podio. De los 120 atletas de aquel primer juego, hemos pasado a miles. La llama, encendida hace casi un siglo, no se ha apagado: se ha vuelto tempestad. II. Quisqueya en la cima: cuando el Caribe entero bailó al ritmo de la hazaña República Dominicana ha sido dos veces tierra sagrada del deporte regional. La primera, en 1974, cuando Santo Domingo —recién salida de una dictadura y ansiosa de abrazar el mundo— vistió sus calles de gala y sus estadios de gloria. Fueron unos Juegos de presentación: el país demostró que podía organizar, que su gente vibraba con la hazaña y que sus atletas comenzaban a rugir. Las gradas del olímpico Félix Sánchez (aún sin ese nombre) temblaron con cada marca personal, y el espíritu caribeño impregnó cada competencia. Pero la consagración llegó en 1986, cuando Santiago de los Caballeros tomó la posta. Aquellos Juegos fueron una declaración de principios. Por primera vez, la justa se alejaba de la capital para demostrar que el fervor deportivo no tenía centro único. Santiago se convirtió en una caldera:

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