UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

Reflexión de Semana Santa: \»Cosas veredes\»

Después de que la dupla Trump-Netanyauh, decidiera de forma subrepticia con sobrada premeditación y cálculos errados el asesinato del Ayatollah Alí Jameneí; acontecido el 28 de febrero, cuando los ejércitos coaligados de Estados Unidos e Israel, bombardearon la residencia de Jameneí como parte de una serie de ataques con misiles en los alrededores de Teherán, provocándole la muerte. Y donde también, fallecieron su esposa Mansoureh Khojasteh Bagherzadeh, dos días después, su hija Boshra Jameneí, una nieta de 14 meses, Zahra Mohammadi Golpayegani, su nuera Zahra Haddad-Adel y su yerno Mesbah Bagheri Kani y parte de su estado mayor incluyendo el ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, y el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohamed Pakpur. Justo en el Sagrado mes del Ramadán, acción que, según sus cálculos provocaría la caída del régimen en una semana y a casi un mes de la arriesgada, aventurera y criminal acción, la situación es totalmente diferente y los resultados no son los esperados. Después de cuatro semanas el gobierno iraní sigue en pie, y la esperada revuelta del pueblo en su contra fue un invento para justificar su aventura. Los ataques de las fuerzas coaligadas estadounidenses e israelitas han dejado centenares de víctimas en la población civil y destruido partes de estructuras económica y militar iraní, pero no han logrado doblegar a las autoridades a aceptar las condiciones que le quieren imponer para su llamado cese al fuego y a una negociación bajo sus dictámenes. Mientras Irán no ha sido derrotado en la semana prevista, los sistemas de defensa de Israel han sido vulnerados, creando un pánico en la administración sionista; los contribuyentes estadounidenses han visto malgastar sobre los 20 mil millones en 4 semanas,  una parte de aliados han tenido que sufrir la consecuencia de esta acción aventurera y la gran mayoría no se ha dejado arrastrar a la misma. Los cálculos han fallado y la situación no ha salido como ilusamente la planearon, por lo que hoy buscan un desesperado alto al fuego y acuerdo de paz. La mayor demostración del fracaso de esa aventura es el llamado de Benjamín Netanyahu, para que el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), organización global que protege los derechos de niños, niñas y adolescentes, condene a Irán por violación de los derechos humanos por la lamentable pérdida de tres niños israelitas muertos y 18 heridos por la respuesta iraní a sus constantes ataques, algo sumamente doloroso. Pero Netanyauh olvida que dentro de los 72 mil muertos que su ejército ha causado al pueblo palestino de la Franja de Gaza, hay casi 20,000 niños, de los cuales más de 1,000 no tenían un año, según Save the Children. Cuarenta y dos mil han resultado heridos, 21 mil han resultado con discapacidad permanente, una cantidad indeterminada de desaparecidos y más de 17 mil huérfanos según la misma institución. Aunque, su pedido a la ONU causó risa, de verdad que lo que causa es indignación, porque hay que sufrir de amnesia o ser muy caradura para pedir lo que usted no ha hecho, convirtiéndose en el presente siglo, en la principal causa de muerte infantil en el mundo después de la COVID 19. Por eso repito, ante el pedido insólito de Netanyahu a UNICEF, como dijo Don Quijote a su escudero Sancho Panza, \» Cosas Verdes…\»

Un giro en la tormenta: Estados Unidos retira a Delcy Rodríguez de su lista de sancionados

La decisión del Departamento del Tesoro, canalizada a través de la OFAC, pone fin a restricciones que pesaban sobre la dirigente venezolana desde 2018. Aunque persisten las medidas contra otras figuras e instituciones, el gesto se interpreta como un paso hacia la normalización diplomática. En paralelo, una delegación venezolana viajó a Washington para retomar el control de su embajada, mientras el gobierno estadounidense reconoce a Rodríguez como interlocutora válida, facilitando encuentros bilaterales y la recuperación de sedes diplomáticas. Por Julio Guzmán Acosta En un movimiento que reconfigura silenciosamente el tablero diplomático entre Caracas y Washington, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos anunció la remoción de Delcy Rodríguez —vicepresidenta sectorial de Economía y figura central del chavismo— de su lista de sancionados. La medida, ejecutada a través de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), desmantela un cerco que se extendía desde 2018, cuando el primer mandato de Donald Trump la incluyó entre sus objetivos de presión máxima. Sin embargo, el alivio es parcial. Las sanciones contra otros altos funcionarios y entidades venezolanas continúan vigentes, revelando que el camino hacia una desescalada plena sigue atado a condiciones políticas y económicas aún en negociación. Una diplomacia que se restaura La decisión no ha surgido en el vacío. En las últimas semanas, una delegación venezolana encabezada por Félix Plasencia viajó a la capital estadounidense para avanzar en la restitución del control de la embajada venezolana, que desde 2023 permanecía bajo resguardo del Departamento de Estado. Washington, por su parte, ha reconocido explícitamente a Rodríguez como contraparte válida, impulsando contactos diplomáticos directos que ya han permitido reuniones entre funcionarios de ambos países y la recuperación progresiva de sedes diplomáticas. La voz de Rodríguez: “Sigamos avanzando” La reacción de la dirigente no se hizo esperar. Con una prosa que alterna la mesura institucional con el énfasis político, Rodríguez calificó el gesto estadounidense como un avance hacia una relación más fluida. “Un paso en la dirección de la normalización y fortalecimiento de las relaciones”, escribió en su cuenta de la red social X, refiriéndose a los siete años de tensiones que mantuvieron a ambos países sin vínculos formales. “Confiamos en que este avance permita el levantamiento de las sanciones vigentes sobre nuestro país, que permita edificar y garantizar una agenda de cooperación binacional efectiva en beneficio de nuestros pueblos”, agregó. Y remató con un llamado que resuena como consigna: “¡Sigamos avanzando en la construcción de una Venezuela próspera para todos!”. El contexto de un cambio gradual El retiro de sanciones a Rodríguez se inscribe en una transformación más amplia. En semanas recientes, Estados Unidos retomó oficialmente las conversaciones con actores venezolanos, y sectores de la oposición —incluyendo aquellos que respaldan al gobierno que asumió tras la detención de Nicolás Maduro en enero— han interpretado la medida como una señal política de cambio en el vínculo bilateral. Para ellos, se trata de un paso genuino hacia la normalización, aunque advierten que la arquitectura de sanciones sigue en pie. Lo cierto es que el gesto hacia Rodríguez, otrora símbolo de la lista negra del Tesoro, hoy se lee como un indicio: el reconocimiento de que la diplomacia, incluso después de la tormenta, busca sus resquicios para renacer.

Marea ciudadana sacude Estados Unidos: más de 3.300 protestas exigen el fin del “autoritarismo” de Trump

Bajo el lema ‘No Kings’, la mayor movilización contra el mandatario recorre los 50 estados con un reclamo doble: frenar los abusos del ICE y detener la “guerra ilegal” en Irán. Bernie Sanders y Jane Fonda encabezan la jornada central en Minnesota, donde la muerte de dos ciudadanos estadounidenses a manos de la Patrulla Fronteriza encendió la chispa del descontento nacional. La desaprobación al presidente alcanza el 59%, su nivel más alto en dos mandatos. Por Redacción Internacional umbral.local/ No son las primeras, pero sí son las las más numerosas hasta el momento. Este sábado, Estados Unidos asistió a la tercera jornada del movimiento ‘No Kings’ —“No reyes”—, una convocatoria que ha logrado tejer una coalición de unos 400 grupos, entre los que figuran Amnistía Internacional, la Unión de Libertades Civiles Estadounidenses (ACLU), centrales sindicales y organizaciones vecinales, para plantar cara frontal a la Casa Blanca. La cita, ha sido superior a las dos ediciones anteriores —la de octubre pasado congregó a 7 millones de personas en 2.700 eventos, y la de junio de 2025 sumó 5 millones en 2.100 puntos—, ha desplegado más de 3.300 concentraciones en los 50 estados del país. El detonante inmediato es doble y se ha ido alimentando en los últimos meses. Por un lado, los operativos migratorios del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) y la Patrulla Fronteriza, que en enero dejaron dos ciudadanos estadounidenses asesinados en Minnesota: Renee Good y Alex Pretti. El suceso, que aún no ha sido esclarecido en su totalidad, encendió la indignación más allá de las fronteras estatales y se convirtió en el símbolo de lo que los manifestantes denominan “los abusos de un poder sin freno”. Por otro lado, la guerra en Irán —que este sábado cumplió su primer mes— ha sido calificada por los organizadores como “una guerra ilegal”, impulsada por el presidente Donald Trump sin el debido escrutinio del Congreso ni consenso internacional. “Los estadounidenses están hartos de este caos constante, y están listos para unirse en solidaridad contra los actos excesivos y atroces de la Administración de Trump contra las familias trabajadoras y los inmigrantes”, señaló la coalición en un comunicado difundido horas antes del inicio de las marchas. El lema ‘No Kings’ resume una crítica de fondo: la percepción generalizada de que el segundo mandato del magnate ha derivado hacia prácticas autoritarias que socavan las bases republicanas del sistema. La jornada principal tuvo como epicentro Mineápolis, la mayor ciudad de Minnesota. Allí, a las 14:00 horas del centro de Estados Unidos (19:00 GMT), se reunieron e intervinieron dos figuras emblemáticas del progresismo estadounidense: el senador Bernie Sanders, cuya candidatura presidencial movilizó a millones de jóvenes en las últimas décadas, y la actriz y activista Jane Fonda, veterana de las luchas sociales desde los años de Vietnam. Junto a ellos, Liz Schuler, presidenta de la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO), dio voz al malestar de los trabajadores organizados, un sector que en anteriores movilizaciones se mantuvo más cauto y que ahora se sumó sin ambages. Pero el pulso no se limita al Medio Oeste. Desde las plazas de Nueva York hasta los parques de Los Ángeles, pasando por las capitales del sur y las ciudades medianas del cinturón industrial, las protestas han brotado como una reacción en cadena. La consigna es clara: frenar los operativos migratorios que, denuncian, han sembrado el terror en comunidades enteras, y exigir el cese de una guerra que consideran una aventura unilateral sin salida clara. El contexto político añade combustible a las calles. Una encuesta publicada el miércoles por Fox News —medio habitualmente afín al trumpismo— reveló que el 59% de los estadounidenses reprueba la gestión del presidente, la cifra más alta registrada en sus dos mandatos. El dato ha sido interpretado por los analistas como un termómetro del desgaste acelerado que sufre la Administración, especialmente tras el inicio del conflicto en Irán y la escalada retórica contra los inmigrantes. Las marchas de este sábado no solo han medido fuerzas: también han ensayado una oposición articulada y con capacidad de convocatoria sostenida. El movimiento ‘No Kings’, que nació en 2025 como una respuesta dispersa a las primeras órdenes ejecutivas de Trump, ha logrado en menos de un año consolidar una estructura nacional con capacidad para movilizar a millones de personas en tres jornadas sucesivas. Los organizadores han informado que en esta tercera edición se han superado los 7 millones de asistentes de octubre pasado, un récord que, ha enviado una señal inequívoca a la Casa Blanca y al Congreso. Mientras tanto, en las calles de Mineápolis, los manifestantes ya ondean pancartas que mezclan el rechazo a la guerra con la defensa de los derechos migrantes. “No Kings, no war, no ICE”, se lee en una de ellas. “Trump escucha: el pueblo no se arrodilla”, advierte otra. El eco de estas consignas recorre hoy cada rincón del país, desde las metrópolis costeras hasta los pequeños condados del interior. Estados Unidos vuelve a salir a la calle, y esta vez lo hace con la determinación de quien ya no cree en las promesas, sino en la presión colectiva como única herramienta para doblegar lo que percibe como un desborde autoritario. La jornada ha transcurrido sin incidentes mayores y las fuerzas de seguridad se han mantenido en alerta. La pregunta que flota en el aire es si esta marea ciudadana logrará traducirse en un freno efectivo a las políticas de Trump o si, por el contrario, el presidente redoblará la apuesta en su pulso contra las instituciones. Por ahora, las calles hablan. Y su mensaje es inequívoco: no quieren reyes.

La ultraderecha europea entierra a Trump: la guerra en Irán quiebra la lealtad de sus mayores aliados

Giorgia Meloni denuncia una violación del derecho internacional, Marine Le Pen califica los bombardeos de “error”, Viktor Orbán confiesa que aconsejó negociar y Nigel Farage admite su temor a “otra guerra extranjera”. El giro de los antiguos amigos del presidente estadounidense evidencia un cambio de paradigma en el populismo conservador del Viejo Continente. Por Julio Guzmán Acosta La pólvora aún no se disipa sobre el golfo Pérsico, pero ya ha encendido una grieta insospechada en el flanco más fiel de Donald Trump: la ultraderecha europea. Lo que comenzó como una sintonía visceral —el culto al líder fuerte, la cruzada contra el globalismo, la admiración por el magnate que agitaba las banderas del “América primero”— se ha ido desmoronando en apenas un mes de conflicto. Desde Roma a París, desde Berlín a Budapest, aquellos que posaron sonrientes en Mar-a-Lago ahora alzan la voz contra lo que consideran una aventura bélica errática, unilateral y contraria al derecho internacional. Italia, bastión privilegiado de esa amistad trasatlántica, ha sido testigo del desencuentro más simbólico. La primera ministra Giorgia Meloni, quien se jactaba de una relación “privilegiada” con la Casa Blanca, no recibió siquiera una llamada de cortesía antes de los bombardeos sobre Irán. El silencio de Washington fue la primera grieta. Luego llegó el revés doméstico: la derrota en un referéndum que los analistas atribuyen al desgaste por su respaldo incondicional al aliado norteamericano. Meloni, obligada a rectificar, se presentó ante el Parlamento el 11 de marzo para sentenciar que la intervención de Estados Unidos e Israel “vulnera el derecho internacional”. Y subrayó, como quien traza una frontera: “Italia no forma parte de esta guerra ni tiene intención de hacerlo”. Más al norte, la voz de Marine Le Pen resuena con una contundencia inusual incluso en su propio espectro. La líder de Agrupación Nacional, acostumbrada a matizar sus críticas a Trump, ha optado esta vez por el desgarro. En la Asamblea Nacional francesa, el pasado 25 de marzo, recordó los fantasmas de Irak, Siria y Afganistán para advertir que la historia se repite con idéntica arrogancia. “¿Alguien sabe cuál es el objetivo final de esta guerra?”, se preguntó luego en France Inter. Horas antes, había condenado también el secuestro de Nicolás Maduro como un acto que “vulnera flagrantemente” el orden internacional. Un doble frente de crítica que ni los halcones de su propio partido esperaban. Alemania, por su parte, asiste a una división interna en Alternativa para Alemania (AfD), uno de los movimientos más entusiastas con el trumpismo. Alice Weidel y Tino Chrupalla, sus colíderes, firmaron un comunicado conjunto el mismo día en que comenzaron los ataques: “Hacemos un llamamiento a todas las partes a refrenarse de manera incondicional”. Weidel fue más lejos al señalar que la petición de Trump para que intervenga la OTAN transforma a la alianza de un ámbito defensivo a uno ofensivo. El partido, antes monolítico en su admiración por el republicano, hoy cojea entre la lealtad ideológica y el temor a una guerra sin fin. En el Reino Unido, la decepción adquiere tintes personales. Nigel Farage, el viejo amigo que cruzó el Atlántico para visitar Mar-a-Lago, regresó de su último viaje con la sensación de un desaire. Según publicó el Financial Times, Farage acudió a la mansión de Trump convencido de que se reunirían; el anfitrión nunca apareció. Fuentes de su partido, Reform UK, aseguran que el enfriamiento viene gestándose desde 2024. Y aunque Farage respaldó con efusividad los bombardeos en sus primeras declaraciones, dos semanas después dio un giro: “No nos podemos meter en otra guerra extranjera. No tenemos una armada y ni siquiera podemos defender nuestras propias bases en Chipre”, confesó en rueda de prensa. El mito de la camaradería se desvanece entre calculadoras realidades geopolíticas. Hungría ofrece el ejemplo más paradójico: Viktor Orbán, el aliado que aúna la sintonía con Trump y la cercanía a Putin, ha optado por la vía diplomática. “Yo mismo le dije que no era necesario atacar, que debía seguir negociando”, reveló en una entrevista. El primer ministro magiar no ha señalado directamente a Trump, pero no cesa de advertir sobre las consecuencias de la guerra: desestabilización global, crisis energéticas, oleadas migratorias. Su pragmatismo, siempre a caballo entre Moscú y Washington, ahora se inclina hacia la prudencia. Y si un símbolo hace falta para sellar esta mudanza, que sea el de Morten Messerschmidt, líder del Partido Popular de Dinamarca. Quien posó sonriente en Mar-a-Lago hoy escribe en Facebook con mayúsculas: “TRUMP DEBERÍA RECIBIR UN RECHAZO FIRME. ES EL ÚNICO IDIOMA QUE ENTIENDE”. En el Parlamento Europeo, uno de sus correligionarios fue aún más explícito: “Trump, vete a la mierda”. La obsesión del magnate por Groenlandia —territorio danés— ha terminado de dinamitar cualquier afecto residual. Solo Vox, el partido español de ultraderecha de Santiago Abascal, se mantiene al margen de esta corriente de desafección. La formación española ha sido de las pocas en felicitar a Trump por los ataques, calificándolos de “gran esperanza”. Sin embargo, en las últimas jornadas, sus portavoces han ido modulando el tono, sin terminar de fijar una posición clara. En la ultraderecha europea, incluso la lealtad tiene fecha de caducidad cuando la guerra quema los puentes del cálculo político. La ofensiva sobre Irán, lanzada a finales de febrero sin el consenso de los aliados tradicionales, ha logrado lo que parecía imposible: que los más fervientes aduladores de Donald Trump le den la espalda. No por convicción ética, sino por puro instinto de supervivencia. El cambio de paradigma no es moral: es estratégico. Y en el tablero europeo, los peones han empezado a moverse solos.

El Papa clama contra el “escándalo” de la guerra: “El odio aumenta, la violencia se agrava”

El sumo pontífice conminó a las autoridades mundiales a dejar las armas y apostar por el diálogo sincero, al tiempo que denunció el sufrimiento de más de un millón de personas aisladas por los bombardeos en Medio Oriente, en un nuevo llamado urgente a detener las hostilidades. Por: Brendalis Reyes En medio del recrudecimiento de los conflictos que ensangrientan a Medio Oriente y otras regiones del planeta, el papa León XIV alzó nuevamente la voz con la firmeza de quien asiste a una conciencia que no puede callar. Desde la residencia papal de Castel Gandolfo, el santo padre instó a los gobernantes a abandonar la lógica de la violencia y a transitar, sin demora, los caminos de la paz. “El odio aumenta, la violencia se agrava”, lamentó el pontífice en declaraciones ofrecidas la víspera ante los periodistas que aguardaban su salida de Villa Barberini. Sus palabras llegaron a falta de una semana para que se cumpla un mes del inicio de la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán, el pasado 28 de febrero, un conflicto que, advirtió, amenaza con arrastrar a la humanidad a un “abismo irreparable”. Con el peso de una verdad que se impone sobre el estruendo de los bombardeos, León XIV señaló con crudeza las dimensiones de la tragedia. “Más de un millón de personas están aisladas y se registran muchas muertes”, aseveró, en un llamado desgarrador a la comunidad internacional. La información fue recogida por el sitio digital del diario Vatican News, que destacó la conminación del obispo de Roma a “todas las autoridades a trabajar verdaderamente, mediante el diálogo, para resolver los problemas”. La fórmula del pontífice fue taxativa: “Alto el fuego”. Y a renglón seguido, la condición ineludible: trabajar por la paz, “pero no con armas”, sino “con diálogo, buscando verdaderamente una solución para todos”. No se trató de un mero gesto retórico, sino de una exigencia ética profunda, dirigida a que cesen las hostilidades y se abran, por fin, senderos duraderos basados en el diálogo sincero y el respeto irrestricto a la dignidad de cada persona. El llamado se inscribe en una escalada de pronunciamientos que el líder de la Iglesia católica ha sostenido desde los primeros compases de la ofensiva. El domingo anterior, tras el rezo del Ángelus, instó a la comunidad a no permanecer en silencio ante el sufrimiento de las víctimas indefensas, al calificar “la muerte y el dolor causados por las guerras” como “un escándalo para la humanidad”. Su voz se hizo eco, además, de la profunda preocupación expresada el pasado 15 de marzo, cuando denunció que “miles de personas inocentes han muerto y muchísimas más se han visto obligadas a dejar sus hogares” a causa de la guerra estadounidense e israelí contra Irán, así como de los ataques que desde el 2 de marzo fuerzas sionistas perpetran contra el Líbano. El primer aldabonazo del Papa se remonta al mismo 1 de marzo, a solo 24 horas del inicio de los bombardeos de Washington y Tel Aviv sobre varias ciudades iraníes. En aquella jornada, durante el rezo dominical del Ángelus, León XIV advirtió ya que el mundo enfrentaba una “tragedia de enormes proporciones”, con el riesgo cierto de precipitarse en un “abismo irreparable”. Hoy, con los muertos multiplicándose y la esperanza suspendida en el filo de la espada, la voz del Papa resuena como un último llamado a la cordura en medio del fragor de la sinrazón.

Irán desmiente a Trump y eleva la tensión en el golfo: “No llames acuerdo a tu derrota”

El Ejército iraní califica de “falsas” las negociaciones que el presidente estadounidense asegura mantener con Teherán, mientras advierte que la estabilidad energética global dependerá de la voluntad de sus Fuerzas Armadas en el estratégico estrecho de Ormuz.   Por: Redacción Internacional umbral.local/ La contundencia retórica marcó una nueva escalada en el pulso geopolítico entre Teherán y Washington. En las primeras horas de este miércoles, el Ejército de Irán respondió con dureza a las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien se había mostrado confiado en alcanzar un acuerdo con la República Islámica. A través de un comunicado difundido por la agencia Tasnim —vinculada a la Guardia Revolucionaria—, el portavoz del Comando Unificado de Operaciones Khatam al-Anbiya desmintió categóricamente cualquier avance diplomático y sentenció: “No llames acuerdo a tu derrota. La era de tus promesas ha terminado”. El pronunciamiento castrense no solo rechazó las versiones provenientes de la Casa Blanca, sino que trazó una línea divisoria entre lo que denominó “el frente de la verdad y el frente de la mentira”. En un tono que evoca las máximas tensiones previas, el comunicado advirtió que ningún “buscador de la verdad” se dejará seducir por lo que calificaron como una campaña mediática orquestada desde Washington. Más allá del intercambio verbal, la advertencia iraní se extendió al corazón de la economía global. El Ejército dejó claro que los precios del petróleo no recuperarán su estabilidad habitual hasta que las Fuerzas Armadas iraníes “garanticen la seguridad de la región”. La declaración surge en medio de las crecientes afectaciones al tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz, arteria vital por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial. Irán ha mantenido un bloqueo parcial en la zona, una presión que ha disparado los precios de los hidrocarburos y encendido las alarmas en los mercados financieros internacionales, que ya acumulan jornadas de alta volatilidad. Horas antes, Trump había asegurado desde Washington que ambas naciones están “manteniendo conversaciones” y que se vislumbra un acuerdo. El mandatario afirmó que los representantes iraníes habrían aceptado no desarrollar armas nucleares e insinuó que Teherán le habría otorgado un “regalo muy grande” en relación con el control del estrecho de Ormuz. Sin embargo, Teherán ha negado reiteradamente cualquier negociación directa, admitiendo apenas contactos indirectos esporádicos. La postura iraní, leída en clave de desafío, cierra cualquier puerta a una interpretación conciliadora. “Nadie como nosotros llegará a un acuerdo con alguien como ustedes”, enfatizó el texto castrense, en un intento por desmarcarse de las declaraciones presidenciales estadounidenses y reafirmar que, hasta que se imponga su “voluntad”, el statu quo en la región permanecerá en vilo. Mientras tanto, el efecto dominó de esta confrontación sigue sacudiendo los mercados energéticos globales, que oscilan entre la esperanza de una distensión que Trump intenta proyectar y la realidad de un estrecho de Ormuz donde la mano militar iraní dicta, por ahora, el ritmo de la estabilidad regional.

La guerra que no empezó en 2026 ni terminó en dos días

La confrontación actual entre Estados Unidos, Israel e Irán no comenzó el 28 de febrero de 2026, sino en 1979, tras la Revolución iraní. Durante décadas se desarrolló de forma indirecta, mediante operaciones encubiertas y conflictos por intermediarios en Siria, Líbano e Irak. El punto de quiebre llega en junio de 2025, cuando Estados Unidos bombardea instalaciones iraníes. La escalada culmina el 28 de febrero de 2026, con un ataque directo de Estados Unidos e Israel que marca el inicio de la guerra abierta. En ese escenario inicial, la contundencia de los ataques generó una percepción clara: que el conflicto sería breve. La combinación de Estados Unidos —la mayor potencia militar— e Israel —con sistemas como Iron Dome y David’s Sling— hacía difícil imaginar que Irán pudiera resistir más allá de los dos días proyectados. Al 25 de marzo de 2026, la fase abierta del conflicto supera las tres semanas y entra en su día 25, desmontando esa expectativa. Irán no colapsó. Mostró capacidad de reacción inmediata, sugiriendo estructuras de mando alternas. En un primer momento respondió con misiles de alcance medio y drones de bajo costo, en gran medida interceptados. Sin embargo, la dinámica comenzó a cambiar. Con el paso de los días, Irán introdujo misiles más rápidos y ataques simultáneos para saturar defensas. Entre ellos, el Fattah-1, descrito con velocidades entre Mach 13 y Mach 15 —más de 18,000 km/h—, muy por encima de un avión comercial. Para dimensionar estas capacidades, basta observar que las grandes potencias operan con sistemas intercontinentales: el Trident II D5 estadounidense alcanza unos 12,000 kilómetros; Rusia dispone del RS-28 Sarmat, entre 10,000 y 18,000; y China cuenta con el DF-41, entre 12,000 y 15,000 kilómetros. A medida que avanzaba el conflicto, comenzaron a registrarse impactos en territorio israelí y una creciente saturación de los sistemas defensivos. Paralelamente, el conflicto se trasladó al plano económico. La tensión sobre el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial— afecta no solo el flujo energético, sino también el comercio global de gas natural licuado, fertilizantes, petroquímicos y rutas marítimas clave. Antes del inicio de la fase abierta, a finales de febrero de 2026, el Brent rondaba los 72 dólares por barril, mientras el crudo estadounidense (WTI) se situaba en torno a los 67 dólares. Desde entonces, el mercado ha cambiado de forma abrupta. El Brent ha oscilado entre los 100 y 112 dólares, con picos cercanos a los 119, mientras el WTI se ha movido entre 95 y 104 dólares, lo que representa incrementos de entre 35% y 50% en pocas semanas. El impacto también se reflejó en los mercados financieros. En los primeros días de la escalada, el Dow Jones perdió entre 600 y 700 puntos, mientras el S&P 500 y el Nasdaq retrocedieron entre 1.5% y 3%, evidenciando mayor cautela de los inversionistas. El impacto no se queda en los mercados. En Estados Unidos se traduce en gasolina más cara, mayores costos de transporte, alimentos y servicios. A esto se suma la caída en los mercados financieros, que reduce el valor de los 401(k) y genera mayor cautela en el gasto. El resultado es presión directa sobre el bolsillo del ciudadano: menor poder adquisitivo, más incertidumbre y menor consumo. En República Dominicana, el impacto llega por varios frentes. Un petróleo más caro presiona la inflación y la factura energética, mientras la economía dominicana, altamente dependiente del exterior, puede verse afectada vía remesas, turismo y financiamiento. Otro elemento que agrava el conflicto es su propagación. La participación de grupos aliados de Irán, con ataques contra bases estadounidenses, confirma su expansión regional. El efecto en la población de las partes envueltas en el conflicto no es solo económico. También están las pérdidas físicas: la muerte de un soldado, de un familiar, de niños inocentes, y la constante exposición a tener que correr hacia un refugio en cuestión de segundos, con hijos en brazos y la incertidumbre de no llegar a tiempo, situaciones estas que generan un nivel de estrés que altera el comportamiento y la estabilidad emocional. Esta presión sostenida afecta el ritmo normal de vida, provocando pérdida de sueño, ansiedad y otros efectos que pueden derivar en trastornos como el estrés postraumático (PTSD), dejando como secuela una alteración persistente en el comportamiento humano. Irán no necesita ganar tradicionalmente. Le basta con resistir y prolongar el conflicto hasta que los costos se vuelvan insostenibles para sus adversarios. En ese mismo sentido, la prolongación del conflicto se convierte en una desventaja para Estados Unidos: cada día incrementa los costos, la presión sobre los mercados energéticos y el desgaste político. En ese contexto, Donald Trump lanzó un ultimátum de 48 horas para que Irán reabriera el Estrecho de Ormuz, bajo la amenaza de destruir su infraestructura eléctrica, en lo que podría interpretarse —por su peculiar estilo— como un intento de frenar la estrategia iraní de prolongar el conflicto y, paradójicamente, forzar una situación extrema que abra la puerta a un entendimiento. Teherán respondió advirtiendo represalias proporcionales, incluyendo ataques a instalaciones energéticas en la región. Posteriormente, el plazo fue extendido a cinco días, mientras Washington hablaba de posibles conversaciones que Irán negó. Y mientras tanto, todo apunta a que una guerra que se estimó breve ha terminado desmintiendo ese diagnóstico inicial: como diría Bonny Cepeda, “ay doctor, ay doctor, usted me dijo le quedan tres meses, y ya pasaron diez y míreme usted”. Es en ese punto donde la percepción puede alejarse de la realidad, como en la obra de Cervantes, donde Don Quijote ve gigantes donde hay molinos y emprende una lucha convencido de que tiene razón, acompañado por un Sancho que termina compartiendo esa misma visión. En este contexto, el intercambio de amenazas puede interpretarse como una dinámica de presión mutua, como en esas disputas entre dos bravucones que se enfrentan con fuerza, pero en el fondo ansían que alguien los separe antes de hacerse un daño mayor. Es ahí donde cobra relevancia la mediación. Ojalá se produzca pronto una

Trump revela un pacto nuclear en ciernes y un \»regalo\» de Irán que agita las aguas del golfo

El presidente estadounidense asegura que los representantes iraníes han aceptado renunciar definitivamente al arma atómica, mientras insinúa una concesión estratégica sobre el estrecho de Ormuz que reconfiguraría el tablero energético global Por: Redacción Internacional umbral.local/   En el vértigo de la diplomacia y el estruendo de las amenazas, surge a veces un instante suspendido, una pausa donde la posibilidad de un acuerdo se abre paso entre las grietas del conflicto. Ese instante, según lo describe la voz desde la Casa Blanca, ha llegado. El presidente Donald Trump reveló este martes, con la naturalidad de quien anuncia un desenlace largamente esperado, que los representantes de Irán con los que Washington sostiene diálogos han aceptado una condición hasta hace poco impensable: nunca poseerán un arma nuclear. “Están hablando con nosotros, y lo que dicen tiene sentido”, afirmó el mandatario en la ceremonia de juramentación del nuevo secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin. La declaración, vertida casi al pasar, condensaba en pocas palabras la compleja trama de negociaciones que, según la administración republicana, se teje en paralelo al pulso militar que aún sacude la región. Trump enumeró sus exigencias con la contundencia de quien dicta los términos: “Los puntos uno, dos y tres son: ustedes no pueden tener un arma nuclear”. Y luego, la afirmación que todo lo cambia: “Han acordado que nunca tendrán un arma nuclear”. No hubo en sus palabras matices ni ambages. Lo que por meses se presentó como una amenaza existencial —el umbral atómico iraní— se transformó, según la versión oficial estadounidense, en una concesión pactada en el silencio de las salas de negociación. Una metamorfosis que contrasta con los bombardeos que Washington inició a finales de febrero, justificados entonces en la urgencia de una amenaza directa e inminente. Los analistas han señalado desde entonces las contradicciones de esos razonamientos, pero la narrativa de la Casa Blanca ha mutado: ya no es la inminencia del peligro, sino la promesa de su desactivación, lo que ocupa el centro del relato. Trump describió a los interlocutores actuales de Teherán como figuras “muy diferentes” de aquellas con las que Estados Unidos negoció en el pasado. Sin dejar de confesar que no deposita en ellos una confianza plena, el presidente introdujo un elemento que añade una capa de misterio y expectativa a este incipiente entendimiento: Irán, según sus palabras, le ha hecho a su país “un regalo muy grande”. El presidente se permitió insinuar sin explicar. “Tiene un valor económico tremendo”, dijo, antes de revelar que el obsequio está “relacionado con el petróleo y el gas” y con el flujo de crudo en el estrecho de Ormuz, ese paso angosto y estratégico por donde navega una quinta parte del petróleo que mueve al mundo. La frase, deliberadamente críptica, encendió de inmediato las especulaciones en los mercados energéticos y las capitales extranjeras, donde se interpreta como un posible acuerdo para desbloquear la vía marítima que Irán ha mantenido parcialmente cerrada en los últimos meses. El contexto de estas revelaciones no es casual. Un día antes, Trump había anunciado el aplazamiento por cinco días de los ataques contra centrales eléctricas iraníes, una amenaza que había suspendido sobre la infraestructura energética de la república islámica. La condición para esa pausa, según el mandatario, era que Irán desbloqueara el estrecho de Ormuz. Ahora, con la mención de ese “regalo”, la administración estadounidense sugiere que la respuesta iraní podría estar en camino. La diplomacia, en este caso, avanza sobre un suelo movedizo. Irán no ha confirmado oficialmente los términos que Trump atribuye a sus representantes, y el silencio de Teherán se ha convertido en otro actor de esta contienda. Pero las palabras del presidente estadounidense trazan ya una narrativa de desenlace: la guerra que parecía inminente se convierte, en su versión de los hechos, en un acuerdo que reescribe las reglas de la energía global y desactiva, al menos sobre el papel, el fantasma nuclear que ha obsesionado a Occidente durante más de dos décadas. Mientras tanto, el mundo observa ese estrecho de Ormuz, ese umbral de aguas turbulentas donde confluyen el petróleo, la geopolítica y la voluntad de dos naciones que, por ahora, han encontrado en el diálogo un puente precario pero no menos real. Queda por saber si el puente resistirá el peso de la historia o será apenas un espejismo en medio del desierto de la desconfianza.

\»Genocida, criminal e inhumano\»: el grito de Cuba contra el cerco que la asfixia

En medio del recrudecimiento del bloqueo y las presiones de Washington sobre América Latina, Miguel Díaz-Canel recibe en La Habana al Convoy Nuestra América, una oleada solidaria de 650 activistas de 30 países que desafían el cerco imperial con donativos, banderas cubanas y la promesa de defender la isla con las armas si fuera necesario. \»Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución\», sentenció el mandatario. Por: JULIO GUZMÁN ACOSTA Hay momentos en que la historia se concentra, se vuelve densa como la humedad del trópico, y en cada esquina de La Habana Vieja se respira algo más que el azúcar quemado de los barcos en la bahía. Este viernes fue uno de esos días. El presidente Miguel Díaz-Canel, con la voz entera y la mirada fija en un horizonte que se obstina en cercarlo, recibió a centenares de políticos, intelectuales y activistas que llegaron a la isla no con las manos vacías, sino con la generosidad a cuestas y la convicción de que el aislamiento, esa vieja apuesta imperial, puede ser derrotado con puentes de solidaridad. Ellos conforman el Convoy Nuestra América, una iniciativa que en su décimo aniversario —cuando Barack Obama pisó La Habana en un deshielo que nunca culminó— se presenta como un desafío tangible al cerco. Más de 650 personas de 30 países, envueltas en guayaberas y banderas cubanas, colmaron el acto de recibimiento. \»Cuba, Cuba, Cuba; libre y testaruda\», coreaban mientras alzaban carteles que decían: \»Levanten el bloqueo en Cuba\» y \»Cuba vencerá\». En medio de ellos, también ondeaban banderas de Palestina, como si las resistencias del mundo hubieran decidido citarse en el mismo lugar. El presidente no escatimó calificativos para referirse al embargo que durante más de seis décadas ha asfixiado a la isla y que, en las últimas semanas, Washington ha recrudecido con una virulencia que muchos califican de exponencial. Lo llamó \»genocida, criminal e inhumano\». Y su voz se hizo más grave al denunciar la \»brutal\» presión de Estados Unidos sobre los gobiernos de América Latina para que se sumen al aislamiento. Sin mencionar nombres, señaló las decisiones recientes de Ecuador y Costa Rica de romper en la práctica sus relaciones diplomáticas con Cuba, y la salida de las misiones médicas de países vecinos como Jamaica, Guatemala y Honduras. \»Lamiéndole la bota a los representantes del imperio\», dijo de aquellos que, según su visión, se subordinan vergonzosamente a las órdenes de aislar a Cuba. Pero no fue solo un discurso de denuncia. Díaz-Canel, con la solemnidad de quien sabe que las palabras también son un campo de batalla, se detuvo en la realidad concreta del sistema sanitario cubano: más de 96.000 pacientes esperando una operación, 11.000 de ellos niños. Esa cifra, fría como un quirófano vacío, fue el argumento para preguntarse en voz alta: \»¿Cómo es posible que una nación tan poderosa tenga que acudir a la mentira para asesinar la reputación de un país?\». Y remató con una máxima que parece salida de un manual de resistencia: \»Como decía el Che, del imperialismo no se puede fiar uno ni tantito así\». El momento más simbólico de la jornada llegó cuando el presidente entregó al cantautor Silvio Rodríguez un fusil AKM —el mismo que el trovador había solicitado para defender a Cuba si Estados Unidos se lanza—. Ada Galano, miembro de la organización Mujeres contra la Guerra, hizo la misma promesa: \»Tengan prontas nuestras AKM, porque como hoy venimos con medicinas, mañana venimos con las armas si es necesario\». Díaz-Canel sonreía emocionado ante la declaración de la cubano-italiana. Era la sonrisa de quien sabe que la lealtad no se compra y que la solidaridad, a veces, se viste de acero. \»Esta es una caravana de dignidad\», celebró el presidente mirando a los líderes con los que se había reunido previamente en una jornada que describió como \»de infarto\». \»Ustedes construyen los puentes que el imperio no puede destruir. Esto desmonta la falacia yanki de que Cuba está sola\». Entre los asistentes destacaba Medea Benjamin, fundadora de la ONG Code Pink, quien quiso dejar claro que Donald Trump no representa al pueblo de los Estados Unidos. \»Vamos a volver a nuestro país con los relatos de lo que estamos viendo y viviendo aquí para convencer a los que gobiernan para que acaben con esa política tan cruel e inhumana\», exclamó. Más contundente fue Michele Curto, activista italiano: \»Si me tocara a mí vivir en esta situación no aguantaba ni 15 días. Y si él [Donald Trump] dice que con gusto va a tomarse la isla, con más gusto la vamos a defender\». El Convoy Nuestra América cuenta con el respaldo de la Flotilla Global Sumud, conocida por su labor en la Franja de Gaza, y de figuras como la activista sueca Greta Thunberg. Aunque estaba previsto que llegara a La Habana este sábado, problemas administrativos y climáticos han retrasado el arribo. Parte de los tripulantes zarparon alrededor de las 15.15 hora local y calculan que la travesía durará al menos 58 horas. Estiman llegar el domingo en la noche o el lunes. Los donativos que traen como equipaje —costeados de su propio bolsillo— serán entregados a través del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), que se encargará de que la ayuda llegue directamente a la población y a los centros médicos de la isla. Fernando González, al frente del Instituto, celebró la capacidad de convocar y traer ayuda en este momento crítico. \»Cada uno de ustedes con su voz nos devuelven la certeza de que la lucha por la justicia no es solitaria\», dijo antes de lanzar un desafío: \»Nos quieren ver rendidos y en el suelo, pero la historia será el mejor testigo: No lo lograrán. Aquí hay un pueblo dispuesto a defender incluso con la vida los logros de la Revolución. Si algo define a los cubanos no es la escasez que nos imponen, sino la capacidad de resistir\». Mientras las banderas seguían ondeando en la tarde habanera, Díaz-Canel insistió en una idea que el Ejecutivo repite como

Cuba Convertida en el Muro de la Dignidad 

Hay momentos en la historia de las naciones en que las palabras se convierten en la primera trinchera. A veces, la única. Ayer, desde La Habana, Miguel Díaz-Canel ocupó esa posición con la firmeza de quien sabe que, detrás de su voz, se yergue un pueblo que ha hecho de la resistencia su principal divisa. \»Cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable\», advirtió el mandatario cubano. Y no era retórica. Era la historia hablando por su conducto. Porque si algo ha demostrado Cuba a lo largo de más de seis décadas es que la dignidad no se rinde, no se pliega, no se negocia. Lo han intentado todo contra la isla: invasiones, atentados, terrorismo, aislamiento, asfixia. Y, sin embargo, ahí está. De pie. Con las heridas abiertas por un bloqueo que es, en esencia, el castigo más prolongado y cruel que se haya infligido jamás a pueblo alguno, pero con la frente en alto. Las declaraciones de Donald Trump, manifestando su deseo de \»tomar o liberar\» Cuba, no son una simple bravata de quien se siente con derecho a disponer del destino de otras naciones. Son la expresión más cruda de una mentalidad imperial que nunca ha terminado de asumir que Cuba no es una propiedad, ni un feudo, ni una pieza de caza mayor. Es una patria. Con toda la carga de soberanía, de historia y de sacrificio que esa palabra encierra. Llama poderosamente la atención, eso sí, el contraste entre el tono de la respuesta de Díaz-Canel y la disposición al diálogo que el propio gobierno cubano había mostrado apenas días antes. El viernes, el presidente cubano admitía conversaciones con representantes de la Administración republicana, en busca de un entendimiento sobre bases de igualdad y respeto mutuo. El domingo, Trump confirmaba esos contactos. Pero el lunes, el inquilino de la Casa Blanca ya estaba hablando de \»tomar\» la isla. Algo se rompió en el camino. O quizá no. Quizá lo que ocurrió es simplemente que el rostro amable de la diplomacia dejó paso al rostro real del poder cuando se siente con la fuerza suficiente para imponer sus condiciones. Las filtraciones sobre una transición sin Díaz-Canel al frente, emulando el modelo aplicado en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, despejan cualquier duda sobre las verdaderas intenciones de Washington. No se trataba de negociar. Se trataba de rendir. Y Cuba no se rinde. Esa es la lección que el imperio parece no terminar de aprender. Puede que la economía esté debilitada, que las dificultades sean inmensas, que el pueblo cubano lleve demasiado tiempo soportando lo insoportable. Pero rendirse no es una opción. No lo fue en Playa Girón. No lo fue en los años del Período Especial. No lo será ahora. Marco Rubio, desde su posición de secretario de Estado, ha condicionado cualquier acercamiento a que La Habana realice \»cambios drásticos\» en su política económica. Lo hace, además, justo cuando el gobierno cubano anuncia su disposición a entablar una relación comercial fluida con empresas estadounidenses. Es decir, cuando da un paso al frente en la dirección que supuestamente se le reclama. La respuesta es más exigencias. Siempre más. Porque el objetivo no es el cambio, sino la rendición. Conviene recordar, aunque parezca obvio, que Cuba es un país independiente. Que sus problemas, que son muchos y profundos, deben ser resueltos por los cubanos que habitan la isla, no por burócratas sentados en Washington ni por políticos que ven en la isla un trofeo que exhibir ante sus electores. El aporte que legítimamente corresponde hacer a Estados Unidos no es la injerencia, ni las amenazas, ni los ultimátum. Es, sencillamente, la eliminación de ese bloqueo criminal que durante más de sesenta años ha sofocado la economía cubana y lastrado el bienestar de su pueblo. Todo lo demás es ruido. Un ruido que, ayer, encontró enfrente un muro. No de silencio, sino de fuego retórico. El muro de la dignidad. Ese que los cubanos llevan construyendo, piedra sobre piedra, desde mucho antes de que a nadie en la Casa Blanca se le ocurriera que la isla podía ser tomada como quien toma una mesa de juego. Que quede claro: Cuba no se toma. Se respeta. Y si algo ha demostrado su historia reciente es que, contra todo pronóstico, contra toda lógica del poderoso, contra toda asfixia, la resistencia sigue siendo inexpugnable. Díaz-Canel lo ha dicho. La historia lo avala. Y el pueblo, ese pueblo que llena las gradas de los estadios de Miami cuando juega la selección de béisbol, que envía remesas a sus familiares, que mantiene viva la llama de la cubanía a pesar de la distancia, lo sabe mejor que nadie. El muro está en pie. Y no será un tuit, por altisonante que sea, el que consiga derribarlo.