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«Genocida, criminal e inhumano»: el grito de Cuba contra el cerco que la asfixia

En medio del recrudecimiento del bloqueo y las presiones de Washington sobre América Latina, Miguel Díaz-Canel recibe en La Habana al Convoy Nuestra América, una oleada solidaria de 650 activistas de 30 países que desafían el cerco imperial con donativos, banderas cubanas y la promesa de defender la isla con las armas si fuera necesario. «Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución», sentenció el mandatario.

Por: JULIO GUZMÁN ACOSTA

Hay momentos en que la historia se concentra, se vuelve densa como la humedad del trópico, y en cada esquina de La Habana Vieja se respira algo más que el azúcar quemado de los barcos en la bahía. Este viernes fue uno de esos días. El presidente Miguel Díaz-Canel, con la voz entera y la mirada fija en un horizonte que se obstina en cercarlo, recibió a centenares de políticos, intelectuales y activistas que llegaron a la isla no con las manos vacías, sino con la generosidad a cuestas y la convicción de que el aislamiento, esa vieja apuesta imperial, puede ser derrotado con puentes de solidaridad.

Ellos conforman el Convoy Nuestra América, una iniciativa que en su décimo aniversario —cuando Barack Obama pisó La Habana en un deshielo que nunca culminó— se presenta como un desafío tangible al cerco. Más de 650 personas de 30 países, envueltas en guayaberas y banderas cubanas, colmaron el acto de recibimiento. «Cuba, Cuba, Cuba; libre y testaruda», coreaban mientras alzaban carteles que decían: «Levanten el bloqueo en Cuba» y «Cuba vencerá». En medio de ellos, también ondeaban banderas de Palestina, como si las resistencias del mundo hubieran decidido citarse en el mismo lugar.

El presidente no escatimó calificativos para referirse al embargo que durante más de seis décadas ha asfixiado a la isla y que, en las últimas semanas, Washington ha recrudecido con una virulencia que muchos califican de exponencial. Lo llamó «genocida, criminal e inhumano». Y su voz se hizo más grave al denunciar la «brutal» presión de Estados Unidos sobre los gobiernos de América Latina para que se sumen al aislamiento. Sin mencionar nombres, señaló las decisiones recientes de Ecuador y Costa Rica de romper en la práctica sus relaciones diplomáticas con Cuba, y la salida de las misiones médicas de países vecinos como Jamaica, Guatemala y Honduras. «Lamiéndole la bota a los representantes del imperio», dijo de aquellos que, según su visión, se subordinan vergonzosamente a las órdenes de aislar a Cuba.

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Cuba no está sola.

Pero no fue solo un discurso de denuncia. Díaz-Canel, con la solemnidad de quien sabe que las palabras también son un campo de batalla, se detuvo en la realidad concreta del sistema sanitario cubano: más de 96.000 pacientes esperando una operación, 11.000 de ellos niños. Esa cifra, fría como un quirófano vacío, fue el argumento para preguntarse en voz alta: «¿Cómo es posible que una nación tan poderosa tenga que acudir a la mentira para asesinar la reputación de un país?». Y remató con una máxima que parece salida de un manual de resistencia: «Como decía el Che, del imperialismo no se puede fiar uno ni tantito así».

El momento más simbólico de la jornada llegó cuando el presidente entregó al cantautor Silvio Rodríguez un fusil AKM —el mismo que el trovador había solicitado para defender a Cuba si Estados Unidos se lanza—. Ada Galano, miembro de la organización Mujeres contra la Guerra, hizo la misma promesa: «Tengan prontas nuestras AKM, porque como hoy venimos con medicinas, mañana venimos con las armas si es necesario». Díaz-Canel sonreía emocionado ante la declaración de la cubano-italiana. Era la sonrisa de quien sabe que la lealtad no se compra y que la solidaridad, a veces, se viste de acero.

«Esta es una caravana de dignidad», celebró el presidente mirando a los líderes con los que se había reunido previamente en una jornada que describió como «de infarto». «Ustedes construyen los puentes que el imperio no puede destruir. Esto desmonta la falacia yanki de que Cuba está sola».

Entre los asistentes destacaba Medea Benjamin, fundadora de la ONG Code Pink, quien quiso dejar claro que Donald Trump no representa al pueblo de los Estados Unidos. «Vamos a volver a nuestro país con los relatos de lo que estamos viendo y viviendo aquí para convencer a los que gobiernan para que acaben con esa política tan cruel e inhumana», exclamó. Más contundente fue Michele Curto, activista italiano: «Si me tocara a mí vivir en esta situación no aguantaba ni 15 días. Y si él [Donald Trump] dice que con gusto va a tomarse la isla, con más gusto la vamos a defender».

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El Convoy Nuestra América cuenta con el respaldo de la Flotilla Global Sumud, conocida por su labor en la Franja de Gaza, y de figuras como la activista sueca Greta Thunberg. Aunque estaba previsto que llegara a La Habana este sábado, problemas administrativos y climáticos han retrasado el arribo. Parte de los tripulantes zarparon alrededor de las 15.15 hora local y calculan que la travesía durará al menos 58 horas. Estiman llegar el domingo en la noche o el lunes.

Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba.

Los donativos que traen como equipaje —costeados de su propio bolsillo— serán entregados a través del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), que se encargará de que la ayuda llegue directamente a la población y a los centros médicos de la isla. Fernando González, al frente del Instituto, celebró la capacidad de convocar y traer ayuda en este momento crítico. «Cada uno de ustedes con su voz nos devuelven la certeza de que la lucha por la justicia no es solitaria», dijo antes de lanzar un desafío: «Nos quieren ver rendidos y en el suelo, pero la historia será el mejor testigo: No lo lograrán. Aquí hay un pueblo dispuesto a defender incluso con la vida los logros de la Revolución. Si algo define a los cubanos no es la escasez que nos imponen, sino la capacidad de resistir».

Mientras las banderas seguían ondeando en la tarde habanera, Díaz-Canel insistió en una idea que el Ejecutivo repite como un mantra estos días: «La dirección de la Revolución está unida». Y añadió: «Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución». No era una frase retórica. En el contexto de un bloqueo recrudecido, de presiones diplomáticas y de un convoy que desafía el cerco, era una declaración de principios. Porque en Cuba, donde la escasez se ha convertido en una forma de vida impuesta desde fuera, la resistencia no es una opción: es la única manera de seguir siendo.

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