UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

¡Sabor a Revancha ! La vinotinto se Corona ante EE. UU. y le Responde en el Diamante a 100 Kilómetros de MAR-A-LAGO

La novena sudamericana derrota 3-2 al Dream Team estadounidense en una final de infarto, con una reacción en la novena entrada que silenció el LoanDepot Park de Miami y desató la fiesta en toda Venezuela, en una victoria con sabor a revancha deportiva y a reivindicación patriótica a solo 100 kilómetros de Mar-a-Lago. Por Redacción de Deportes umbral.local/ Pocas cosas dan un mejor guion que el deporte. Y pocos deportes escriben historias como el béisbol. Anoche, en el LoanDepot Park de Miami, la selección de Venezuela firmó la página más gloriosa de su historia al conquistar por primera vez el Clásico Mundial de Béisbol, derrotando 3-2 a un combinado estadounidense que llegó a esta cita con un rooster de superestrellas equiparable, por calidad y nombres, al Dream Team del baloncesto en Barcelona 1992. Pero aquella constelación de superdotados, encabezada por Aaron Judge, Bryce Harper y Alex Bregman, no hizo temblar a la novena criolla. Por el contrario, los dirigidos por Omar López tejieron una gesta que será contada de generación en generación: remontaron en la parte alta de la novena entrada, rompieron el corazón del gigante del norte y exorcizaron, de paso, los fantasmas de la eliminación sufrida en cuartos de final durante la edición de 2023, cuando Trea Turner les conectó un grand slam en la octava. El encuentro de esta noche tenía, sin embargo, un doble valor simbólico que trascendía lo meramente deportivo. Por un lado, el contexto político: las recientes declaraciones de Donald Trump sugiriendo que Venezuela debería ser anexionada a Estados Unidos, la captura del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores por fuerzas estadounidenses hace algo más de dos meses, y el trato vejatorio hacia los migrantes venezolanos, que paradójicamente fueron mayoría en las gradas del estadio de Miami, convirtieron este partido en una especie de revancha existencial. Por el otro, estaba la deuda pendiente con la historia: esa eliminación de 2023 que aún escocía en el alma del fanático venezolano. Nada en el juego de los sudamericanos tuvo la sombra del nerviosismo o de los complejos de quien se percibe como inferior. Desde el primer instante, Venezuela saltó al diamante con la agresividad de los predestinados. Ronald Acuña Jr., el primer bate, conectó imparable al primer lanzamiento del partido, marcando el tono de lo que sería una noche de puro vértigo. Pelota que parecía bateable, pelota a la que le daban con la madera. Como si los muchachos de la Vinotinto quisieran demostrar que el béisbol no es el mismo deporte cuando se juega con el corazón desbocado. Esa intensidad no se perdió ni siquiera cuando el gigante pareció despertar de su letargo en la parte baja de la octava entrada. Los venezolanos mostraron una concentración prácticamente perfecta en un deporte que cobra caro los errores. Fue un partido de picheo, como no podía ser de otra forma en una finalísima a un solo juego. La apuesta estadounidense fue arriesgada: abrieron con el novato de 24 años Nolan McLean, de los Mets de Nueva York, con apenas ocho aperturas en Grandes Ligas. Del otro lado, Caracas apostó por la experiencia del veterano Eduardo Rodríguez. Y fue ahí, en ese duelo de estilos, donde los amantes del deporte reafirmaron su conexión más íntima con el diamante. McLean jugó con la mente de los bateadores caribeños con una navaja suiza que pasaba del sweeper al sinker con una naturalidad pasmosa. Mientras, el experimentado Rodríguez pasmó a jonroneros de época como Judge y Bregman con una técnica confiable y efectiva: el cambio de velocidad y la recta cortada. En ese toma y daca, los dos equipos llegaron a cero hasta que, en la tercera entrada, Maikel García —uno de los jugadores más valiosos del torneo— impulsó la primera carrera con un elevado de sacrificio. El éxito de McLean terminó abruptamente en la quinta, cuando Wilyer Abreu, el jardinero de los Red Sox que ya había sido verdugo de Japón en cuartos de final, conectó un jonrón solitario para poner el 2-0. Los venezolanos colgaron el cero hasta la fatídica octava. Fue entonces cuando el guion cambió, los fantasmas regresaron y los depredadores olieron la sangre. El relevista Andrés Machado regaló base por bola a Bobby Witt Jr. y, acto seguido, Bryce Harper —la gran figura de los Phillies de Filadelfia— mandó la pelota a volar para empatar el partido 2-2. Pero así no podía terminar. El contexto, el ambiente en el estadio y las sensaciones en el dugout venezolano al entrar en la alta de la novena no daban señales de rendición. Ni siquiera cuando subió a la loma Garrett Whitlock, el lanzador que hasta ese momento había tenido un torneo para enmarcar. El béisbol es también un ajedrez humano. Quienes no lo conocen piensan muchas veces que se trata de un deporte inerte. La realidad es que el movimiento es constante, pero ocurre en la cabeza de los estrategas. Y esa fue la diferencia en el momento más importante de la final. Luis Arráez trabajó a Whitlock en una batalla psicológica de la que terminó arrancando una base por bola. Acto seguido, los sudamericanos colocaron a Javier Sanoja como corredor emergente. Minutos más tarde, en una jugada de fotografía que quedará grabada en la memoria colectiva de un país, Sanoja robó la segunda base para poner en circulación la carrera de la victoria. Fue, probablemente, la jugada más importante en la historia del béisbol venezolano. Como acto de cierre del suspense, emergió Eugenio Suárez para cerrar la pinza de una estrategia impecable: conectó un doblete remolcador que permitió a Sanoja anotar el 3-2 definitivo. Quedaba la baja de la novena. Tensión máxima. El lanzador venezolano Daniel Palencia consumó la hazaña con tres outs de rutina que sonaron como un estallido de liberación para todo un pueblo. Venezuela conquistó su primera corona mundial, frente a Estados Unidos y a solo 100 kilómetros de Mar-a-Lago, la residencia de Donald Trump. La alegría desbordó las gradas del LoanDepot Park y se extendió como pólvora por cada rincón de Venezuela.

Díaz-Canel Erige un Muro de Fuego Retórico Frente a Trump: “Cualquier Agresor Externo Chocará con una Resistencia Inexpugnable”

El mandatario cubano responde con inusitada dureza a las declaraciones del presidente estadounidense, quien manifestó su deseo de \»tomar o liberar\» la isla, en una escalada diplomática que contrasta con los recientes contactos entre ambos gobiernos para explorar un acercamiento bilateral. Por: JULIO GUZMÁN ACOSTA  La Habana ha roto su silencio con la contundencia de quien se sabe observado desde el poderoso vecino del norte. El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, elevó este martes el diapasón de su discurso hasta alcanzar notas de una gravedad poco comunes, erigiéndose en baluarte de la soberanía insular frente a lo que calificó como amenazas públicas y sistemáticas provenientes de la Casa Blanca. En una extensa declaración difundida a través de sus redes sociales, el mandatario cubano lanzó una advertencia directa al expresidente y actual inquilino del Despacho Oval, Donald Trump: \»Cualquier agresor externo que avance sobre la isla chocará con una resistencia inexpugnable\». La respuesta de Díaz-Canel, envuelta en la prosa encendida de quien invoca la historia patria, no es un hecho aislado, sino la culminación de una semana de tensiones diplomáticas que han transitado de los cauces discretos de la negociación al estruendo de las declaraciones públicas. El detonante inmediato fueron las palabras de Trump el pasado lunes, cuando, ante periodistas congregados en el Salón Oval, manifestó sin ambages que tendría \»el honor\» de \»tomar o liberar Cuba\». \»Creo que puedo hacer lo que quiera con ella. Es una nación muy debilitada en este momento\», agregó el mandatario republicano, en una afirmación que ha sido interpretada en La Habana como una amenaza existencial. \»Estados Unidos amenaza públicamente a Cuba, casi a diario, con derrocar por la fuerza el orden constitucional\», escribió Díaz-Canel en su alegato. \»Y usa un indignante pretexto: las duras limitaciones de la debilitada economía que ellos han agredido y pretendido aislar hace más de seis décadas\». Con estas palabras, el presidente cubano no solo respondía a la bravata trumpista, sino que tejía un argumento histórico que sitúa el actual momento de crisis como consecuencia directa de la política de asfixia económica mantenida por sucesivas administraciones estadounidenses. El mensaje presidencial denuncia que desde Washington \»pretenden y anuncian planes para adueñarse del país, de sus recursos, de las propiedades y hasta de la misma economía que buscan asfixiar para rendirnos\». \»Solo así se explica\», abundó Díaz-Canel, \»la feroz guerra económica que se aplica como castigo colectivo contra todo el pueblo\» de Cuba, en una clara referencia al bloqueo que pesa sobre la isla desde hace más de sesenta años. La aspereza del tono empleado por el mandatario cubano contrasta de manera notable con la moderación mostrada apenas cuatro días antes. El pasado viernes, en unas declaraciones que sorprendieron por su talante conciliador, Díaz-Canel había admitido que su gobierno sostenía conversaciones con representantes de la Administración republicana. \»En los intercambios que se han sostenido, la parte cubana ha expresado la voluntad de llevar a cabo este proceso, sobre bases de igualdad y respeto a los sistemas políticos de ambos Estados, a la soberanía y a la autodeterminación de nuestros gobiernos\», manifestó entonces el presidente, en un tono que invitaba al entendimiento bilateral. Aquel primer gesto de apertura, que parecía indicar una disposición al diálogo en medio de la debacle económica que atraviesa la isla, encontró eco al otro lado del estrecho de la Florida. El domingo, el propio Trump confirmó la existencia de esos contactos y reveló que Cuba quería \»llegar a un acuerdo\». Sin embargo, la aparente ventana de entendimiento se cerró con estrépito apenas veinticuatro horas después, cuando el presidente estadounidense lanzó su provocadora idea de \»tomar Cuba\», acompañada de filtraciones a la prensa que apuntaban a un escenario de transición política sin Díaz-Canel al frente, siguiendo el modelo aplicado en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro y el apoyo a Delcy Rodríguez como \»presidenta encargada\». La escalada diplomática continuó este mismo martes con un nuevo frente abierto por el secretario de Estado, Marco Rubio. El funcionario estadounidense condicionó cualquier acercamiento a que La Habana realice \»cambios drásticos\» en su política económica. Esta exigencia se produjo horas después de que el gobierno cubano anunciara su disposición a entablar una relación comercial \»fluida\» con empresas estadounidenses, en lo que constituía un gesto de apertura sin precedentes recientes. En el trasfondo de este tenso intercambio de declaraciones subyace una realidad incontrovertible: Cuba es un país independiente y, como tal, las soluciones a sus problemas deben ser encontradas por los cubanos que habitan la isla, sin injerencias externas que pretendan tutelar su destino. El aporte que legítimamente corresponde hacer a Estados Unidos para aliviar la crisis que atraviesa la nación caribeña no es otro que la eliminación del criminal bloqueo que durante más de seis décadas ha sofocado su economía y lastrado el bienestar de su pueblo. Mientras tanto, la retórica incendiaria y las amenazas de intervención no hacen sino alejar la posibilidad de un entendimiento que, a juzgar por los recientes contactos, ambas partes parecían estar explorando en la intimidad de los canales diplomáticos.

El crimen de la luz: Cuba ante la agonía impuesta

La noche cubana ya no es la de los bares de La Habana ni la de los malecones iluminados por la luna. Es una noche densa, total, impuesta. Una oscuridad que no nace de la voluntad de sus habitantes ni de un capricho de la naturaleza, sino de la maquinaria más implacable que haya conocido la política exterior moderna: el bloqueo de Estados Unidos, ese cerco criminal que durante más de sesenta años ha pretendido rendir por hambre a un pueblo que solo defiende su derecho a existir con dignidad. Lo que ocurre hoy en Cuba no es una crisis energética más. Es una ejecución programada. Desde que el pasado 29 de enero la administración Trump declarara la "emergencia nacional" para la isla, amenazando con sanciones a cualquier país que se atreva a proveerle combustible, el grifo del mundo se ha cerrado para los cubanos. Tres meses sin que entre una sola gota de petróleo. Tres meses de asfixia calculada, de apagones que superan las veinte horas diarias, de hospitales operando a tientas, de niños estudiando a la luz de velas, de abuelos muriendo en silencio porque la oscuridad también apaga los respiradores. Este lunes, el sistema eléctrico colapsó por completo. Un apagón total sumió a la isla en la Edad Media mientras, al otro lado del estrecho, el presidente de Estados Unidos fantaseaba desde su escritorio con "tomar Cuba" porque, según sus propias palabras, "tiene una tierra linda y vistas lindas". La frivolidad del poderoso que observa el hambre ajena como quien contempla un atardecer desde su balcón. No nos engañemos. El bloqueo no es una medida política. Es un acto de guerra en tiempos de paz. Es la negación deliberada del derecho más básico: el derecho a vivir. Durante seis décadas, Washington ha perfeccionado este mecanismo de destrucción masiva, blindándolo con leyes extraterritoriales, intimidando a gobiernos, persiguiendo barcos, congelando cuentas y castigando a empresas que osen comerciar con la isla. El objetivo nunca ha sido "promover la democracia", como repiten los voceros de turno. El objetivo ha sido, y sigue siendo, doblegar la dignidad de un pueblo que cometió el imperdonable pecado de querer ser libre. Y ahora, en su arrogancia, pretenden además decidir quién debe gobernar la isla. Las filtraciones a la prensa neoyorquina hablan de exigencias inaceptables: la cabeza del presidente Miguel Díaz-Canel como condición para cualquier acuerdo. Como si los cubanos fueran marionetas cuyo hilo puede ser cortado desde el norte. Como si la historia de resistencia de una nación entera pudiera resumirse en un cambio de nombre en la tarjeta de presentación de La Habana. Desde este medio dominicano, que conoce bien el peso de las intervenciones y el sabor amargo de las imposiciones, hacemos un llamado a los pueblos y gobiernos del mundo. No se trata de simpatías ideológicas. Se trata de humanidad elemental. Se trata de mirar a once millones de seres humanos condenados a la oscuridad por la soberbia de un imperio que no tolera la desobediencia. América Latina y el Caribe tienen una deuda histórica con la solidaridad. No podemos permitir que, en nuestro propio patio, se consume un crimen de lesa humanidad con la complicidad del silencio. Los puertos de la región deben abrirse al combustible que Cuba necesita. Los cancilleres deben alzar la voz en todos los foros internacionales. La Organización de Naciones Unidas, que año tras año condena el bloqueo por mayoría abrumadora, debe pasar de las resoluciones simbólicas a las acciones concretas. Porque lo que está en juego no es un gobierno ni un modelo económico. Lo que está en juego es la vida misma. La vida de una madre que no puede cocer los frijoles porque no hay gas. La vida de un enfermo que depende de un respirador eléctrico. La vida de un niño que merece crecer sin que la oscuridad sea su única maestra. El bloqueo es un crimen. Y los crímenes, cuando son prolongados en el tiempo, no se convierten en política. Se convierten en barbarie. Es hora de que el mundo despierte y diga basta. Es hora de que la luz vuelva a Cuba. No como concesión, sino como derecho. Que la comunidad internacional actúe. Que los pueblos se movilicen. Que la dignidad cubana no sea apagada por la fuerza bruta de quienes solo entienden el lenguaje del dominio. umbral.local/ se suma a la voz de los que exigen justicia. Por Cuba. Por el Caribe. Por la humanidad.

La obsesión del águila: Trump y la locura de querer \»tomar\» una isla que ha sido sometida a un criminal bloqueo

Hay una dosis de irrealidad que flota sobre el Potomac en estas tardes de invierno, una suerte de espejismo imperial que nubla la visión de quienes, desde la majestuosidad del Despacho Oval, creen poder reconfigurar el mapa del Caribe con la misma facilidad con la que se traza una línea sobre un mapa de pacotilla. El lunes, desde la santidad de su escritorio, el presidente Donald Trump miró hacia el sur y vio, no una nación con una historia de resistencia de más de seis décadas, sino un territorio yermo y propicio para la codicia. \»Será un gran honor para mí tomar Cuba\», sentenció, como quien anuncia la adquisición de una propiedad vacacional. \»Puedo hacer lo que quiera con ella\». Por Julio Guzmán Acosta La frase, pronunciada con la displicencia del viajero que elige un destino turístico por sus \»vistas lindas\» y su \»gran clima\», no es una mera bravuconada. Es la punta de lanza de una estrategia que huele a naftalina de la Guerra Fría, pero que se ejecuta con la frialdad de un corte de suministros. Washington ha decidido asfixiar a la isla hasta el último candil, y lo ha logrado. Desde hace tres meses, ni una gota de combustible foráneo mancha las costas cubanas. El resultado es un apagón total, un silencio eléctrico que cayó sobre la isla este mismo lunes, sumiendo a once millones de personas en la oscuridad y el desconcierto mientras el inquilino de la Casa Blanca fantaseaba con sus playas. Pero la locura que guía esta política tiene un libreto que va más allá del bloqueo energético. The New York Times reveló ayer, en sincronía perfecta con las bravatas presidenciales, que los negociadores enviados por Washington han puesto una condición innegociable sobre la mesa: la cabeza del presidente Miguel Díaz-Canel. Según cuatro fuentes anónimas familiarizadas con las conversaciones —esas voces que siempre pueblan los pasillos del poder sin mostrar el rostro—, la salida del mandatario cubano es el primer paso para cualquier entendimiento futuro. A partir de ahí, como en un mal chiste, \»sería cosa de los dirigentes de la isla decidir los siguientes pasos\». La jugada es tan burda como peligrosa. Se pretende repetir el libreto venezolano, donde la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Nueva York sirvió como trofeo de caza para la galería interna. Sin embargo, la Habana no es Caracas, y el fantasma de Fidel Castro, a ocho años de su muerte, sigue pesando más que cualquier cálculo electoral en Miami. El exilio cubano más ortodoxo, ese que ha financiado campañas y dictado líneas rojas durante décadas, observa con recelo. No se conforman con la caída de Díaz-Canel; ellos exigen la erradicación total del castrismo. Y el castrismo, en la figura del nieto del nonagenario Raúl Castro —conocido en los círculos de inteligencia como El Cangrejo—, sigue sentado a la mesa de negociación junto al secretario de Estado, Marco Rubio. Una ironía digna de una novela de Graham Greene: los halcones del exilio negocian el futuro de la isla con la misma familia que juraron derrocar. Mientras tanto, en Cuba, la realidad se impone con la crudeza de una cazuela vacía. El hambre, la falta de transporte y las jornadas de hasta veinte horas sin luz han encendido la mecha de la desesperación. El viernes, la sede del Partido Comunista en Morón ardió en llamas, incendiada por jóvenes que ya no distinguen entre el vandalismo y la protesta. El gobierno de Díaz-Canel, atrapado entre la asfixia externa y el descontento interno, ha optado por una rendija de apertura: los cubanos residentes en el exterior —sobre todo en Estados Unidos— podrán volver e invertir en el sector privado. Una reforma económica que huele más a tabla de salvación que a convicción ideológica. Trump, sin embargo, no quiere reformas. Quiere una conquista. Quiere una foto en la Casa Blanca con un gobierno títere que le permita presumir ante la historia que fue él quien doblegó a la última isla rebelde. \»Es una nación fallida\», repitió el lunes, como un mantra que justifica la intervención. \»No tienen dinero, no tienen nada. Tienen una tierra linda\». Y es ahí, en esa mirada de terrateniente, donde reside la verdadera locura de Washington. Confundir la resiliencia de un pueblo con la ausencia de recursos. Creer que una isla se \»toma\» como se toma una trinchera, sin entender que Cuba, incluso a oscuras, sigue siendo una idea. Y las ideas, señor presidente, no se conquistan con bloqueos. Se siembran, se combaten o se negocian. Pero jamás se toman.

Pretender replicar lo de Venezuela en Cuba es una aventura destinada a fracasar

Después de la captura y secuestro del presidente Nicolás Maduro Moro y su compañera Cilia Flores, los ojos de Donard Trump, están puestos sobre Cuba. Concluida la acción terrorista de la administración Trump en Venezuela, el comando Sur de EEUU ha trasladado parte de sus barcos de guerras hacia aguas, al norte de Cuba, lo que,  junto  al reciente intento de un grupo de mercenarios de penetrar a la isla con fines subversivos, evidencian los planes de su administración de tratar de repetir los episodios del pasado 3 de enero en la República Bolivariana de Venezuela. En una reciente declaración de su Majestad Donald III, al ser cuestionado sobre si su gobierno está desempeñando un papel en la caída del gobierno de Miguel Díaz-Canel, dijo: \»Que durante 50 años el derrocamiento de las autoridades cubanas ha sido la cereza del pastel\». Agregando que es solo “cuestión de tiempo” antes de que los cubanos estadounidenses puedan regresar a su país natal, lo que sería después de la guerra con Irán. Por lo que no es descartable el rumor que igual como lo hicieron contra Maduro, la administración de Trump se invente acusaciones y falsos cargos contra las principales figuras del régimen cubano, para encubrir sus planes de agresión militar directa contra Cuba. El odio visceral contra el pueblo y la revolución cubana que expresa el esquizofrénico y desquiciado de DonaldTrump, sobrepasa los límites de la razón para caer en una obsesión demencial, superando todos los límites y las medidas que en 66 años han aplicado 13 presidentes y 16 administraciones estadounidenses desde Dwight Eisenhower hasta la suya propia. Las medidas de acoso y hostigamiento contra Cuba comenzaron después del triunfo de la revolución cuando en octubre de 1960, el  presidente Eisenhower, impuso un embargo parcial, el que fue incrementado y endurecidodespués del fracaso de la fallida invasión de Playa Girón el 17 de abril de 1961, donde tropas mercenarias reclutadas y financiadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA),fueron derrotadas en 72 horas por las Fuerzas Armadas de la Revolución lideradas personalmente por su Comandante y líder Fidel Castro Ruz; decidida esta vez por la administración de John F. Kennedy mediante la Orden Ejecutiva 3447, del 3 de febrero de 1962. Dicha ordenanza prohibió casi todo comercio, congeló activos cubanos y buscó el aislamiento internacional de la revolución y el pueblo cubano, para su posterior derrocamiento; tratando de lograr lo que no pudieron sus mercenarios, y no han logrado las administraciones estadounidenses en 66 años con ese abusivo y criminal embargo económico y financiero. La política de asfixia y estrangulamiento contra la revolución y el pueblo cubano ha sido una constante de todas las administraciones estadunidense, posteriores a la revolución, no importando fueran demócratas o republicanas. Muestra de esto, fue que en la administración demócrataBill Clinton en 1996,  se aprobó La Ley Helms-Burton, para endurecer el embargo, sancionando a toda empresa o país que hiciera cualquier tipo de transacción comercial, económica o financiera con Cuba, dándole categoría de Ley, lo que implicaba que ningún presidente pudiera levantarlo sin la previa aprobación del Congreso. Que lo hizo extraterritorial, permitiendo demandar en tribunales de EEUU a empresas extranjeras que hagan cualquier negocio con las empresas recuperadas por la revolución. Que restringió la entrada a EEUU a empresarios que invirtieran en Cuba Pero es indudable,  que el que ha actuado con la mayor saña, ha sido el  mitómano  Donald Trump,  que en su pasado periodo presidencial 2017-2021, dispuso de unas 243 medidas  para endurecer, estrangular y asfixiar al pueblo y la revolución;    las que ha causado pérdidas millonarias al pueblo de Cuba,  afectando áreas sensibles como la salud, la educación, la  agricultura,  energía,  el  turismo, las remesas, el desarrollo tecnológico y científico,  y otros renglones básicos para su desarrollo. Que nuevamente instigada por la gusanera cubana de Miami, que dirige Marco Rubio, su  administración, ha dictado 26 nuevas medidas, en busca de doblegar yquebrantar la voluntad y la dignidad del pueblo cubano de persistir en el camino de la revolución, trazado por Fidel y continuado por Raúl Castro y Diaz Canel. El cerco con el que las administraciones estadounidenses han pretendido derrotar la revolución cubana no la ha tenido ningún pueblo, ni ciudad en la historia. Nunca a lo largo de la historia de la humanidad ningún pueblo o país ha resistido por tan largo tiempo una situación de cerco y aniquilamiento como el de Cuba. No lo fue, el cerco de 20 años que los otomanos hicieron a la cuidad de Candía en la  antigua Creta; no lo fue  el de Ceuta; asediada por España por casi 30 años, ni lo fue el de la heroica ciudad de Leningrado, cuna de la revolución bolchevique, sitiada por tropas alemanas por 872 días, (2 años  4 meses y 22 días ). Cuba ha sobrevivido a un cerco con fines de aniquilamiento de 66 años, (792 meses, 3,168 semanas,23,760 días y 570,240 horas) y los imperialistas no han podido ni pondrán vencer la voluntad y la dignidad del pueblo cubano y su gobierno. Frente al coraje y la hidalguía, Trump pretende replicar en Cuba, con otra dimensión, el guion venezolano, mediante una agresión armada, tratando de repetir lo de Girón, perosin la máscara de los mercenarios; sino mediante sus fuerzas del Comando Sur, comisionado para tal misión. Ante esta nueva escala de agresión, el pueblo, el gobierno y la revolución resistirán, y los planes de Trump y los halcones del Pentágono de repetir la acción del 3 de enero en Venezuela fracasarán, porque el pueblo cubano ha resistido seis décadas de acoso y conspiración constante. Porque en Cuba hay una dirección colegiada en las manos diestras de Raúl Castro y Díaz Canel, que ha continuado tras la muerte de Fidel. Un partido y un pueblo unificados alrededor de su gobierno, dispuesto a defenderlo pese las dificultades materiales que han producido el criminal embargo. Que lo sepan Trump y Marco Rubio, Cuba no está sola, cuenta con el apoyo solidario de todos los pueblos del

Estados Unidos Arma un Frente Militar Contra los “Cárteles” y Abinader Embarca a la República Dominicana en esa Aventura 

El presidente Luis Abinader respalda la \»Coalición Anticárteles de las Américas\» impulsada por Donald Trump en la cumbre de Miami, mientras México pide mesura y Cuba denuncia una reedición de la Doctrina Monroe. Por Brendalis Reyes MIAMI. En el lujoso resort Trump National Doral, propiedad del mandatario anfitrión, se escenificó el pasado sábado un nuevo capítulo de la geopolítica hemisférica. Rodeado de 17 líderes aliados, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estampó su firma en una proclama que promete reconfigurar la lucha contra el narcotráfico en la región. Entre los presentes, el mandatario dominicano Luis Abinader recibió un trato distinguido: un breve cuchicheo y dos palmadas en el hombro izquierdo, justo antes de que Trump se dirigiera a su auditorio para advertir, con su característica ironía, que no tiene tiempo para aprender \»su maldito idioma\». La cita, bautizada como \»Escudo de las Américas\», dio origen a la Coalición Anticárteles de las Américas mediante la denominada Carta de Doral. El documento, en su tercer punto, establece que \»Estados Unidos entrenará y movilizará a los ejércitos de las naciones socias para lograr la fuerza de combate más eficaz necesaria para desmantelar los cárteles y su capacidad de exportar la violencia\». La iniciativa, que cuenta con el respaldo de países como Argentina, El Salvador, Ecuador, Chile y República Dominicana, busca coordinar acciones militares y de inteligencia para privar a estas organizaciones de \»todo control territorial y acceso a financiación\». Horas después del encuentro, Abinader publicaba en su cuenta de X: \»La República Dominicana reafirma su compromiso con la seguridad y la cooperación hemisférica\». El respaldo no se hizo esperar. La Cámara Americana de Comercio de la República Dominicana interpretó la invitación como un espaldarazo que posiciona al país caribeño como \»socio estratégico de Nivel 1\», augurando \»un estatus comercial preferencial e inversiones en infraestructura\». Sin embargo, la alineación de Quisqueya con la estrategia trumpista no ha sido óbice para que la cooperación antinarcóticos continúe su curso, incluso con la oficina de la DEA en el país cerrada desde febrero pasado por presuntos actos de corrupción de su extitular. Resquemor en el eje crítico Al sur del río Bravo, la recepción ha sido diametralmente opuesta. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum —notable ausente en la cumbre—, hizo un llamado a sus conciudadanos para mantener \»la cabeza fría\» ante las acusaciones de Trump, quien, si bien la elogió como \»una muy buena persona con una voz hermosa\», insistió en señalar a los cárteles mexicanos como los principales orquestadores de \»sangre y caos en el hemisferio\». México ha reiterado su negativa a permitir operaciones militares estadounidenses en su territorio. Más airada fue la reacción de Cuba. A través de un comunicado, el gobierno de la isla calificó el encuentro como una \»pequeña cumbre reaccionaria y neocolonial\» y un \»atentado contra la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz\». La Habana interpretó la coalición como \»una manifestación de la disposición a subordinarse ante los intereses del poderoso vecino del Norte bajo los preceptos de la Doctrina Monroe\». Mientras el tablero regional se reconfigura y los ecos de la proclama resuenan desde el Caribe hasta el Cono Sur, los hechos sobre el terreno ya se empiezan a contar. Desde septiembre de 2025, la interceptación de lanchas sospechosas de narcotráfico en el Caribe y el Pacífico Oriental se ha saldado con la muerte de al menos 150 personas, en lo que se perfila como el preludio letal de esta nueva cruzada hemisférica.

El Escudo y la Sombra: Abinader suscribe pacto militar regional en la cumbre de Trump

El mandatario dominicano estampó su firma en la \»Proclamación de Miami\» junto a once líderes afines al trumpismo, comprometiendo al país en una coalición militar hemisférica para combatir el narcotráfico. Mientras la Casa Blanca celebra una nueva alianza estratégica, analistas advierten que el acuerdo revive el espíritu intervencionista de la Doctrina Monroe y pone a prueba la autonomía de la política exterior dominicana. Por: VIRTUDES ÁLVAREZ SAMPEDRO  MIAMI. – La mañana en Doral amaneció con el brillo metálico de los fairways y el peso de la historia geopolítica pisando la alfombra roja. A las 08:07, hora local, la comitiva presidencial dominicana cruzó las puertas del Centro de Convenciones del Trump National Doral Miami. Luis Abinader, vestido de traje oscuro y corbata azul, era recibido por Mónica Crowley, encargada de protocolo de la Casa Blanca, en un ceremonial milimétrico que dejaba claro quién es el anfitrión y quiénes los convidados. Minutos después, el mandatario se sentaba a una larga mesa de caoba junto a otros once líderes latinoamericanoso. En el centro, presidiendo la escena, Donald Trump observaba con la satisfacción del anfitrión que ha logrado reunir en su finca a un bloque ideológicamente afín. Sobre la mesa, un documento que pasará a la historia como la \»Proclamación de Miami\», el acta fundacional del \»Escudo de las Américas\». Abinader tomó la pluma y firmó. La imagen, difundida por la Dirección de Prensa del Presidente, lo muestra conversando animadamente con Trump mientras los asesores sellaban el acuerdo. En ese gesto, la República Dominicana se insertaba formalmente en una coalición militar regional cuyo objetivo declarado es \»combatir los carteles del narcotráfico\», pero cuyas implicaciones, advierten analistas, van mucho más allá de la retórica de la cooperación. Los términos del Escudo El acuerdo, según el comunicado oficial de la Presidencia, establece mecanismos de \»cooperación reforzada contra el crimen organizado\» y prevé el intercambio de inteligencia, la coordinación de operativos conjuntos y el fortalecimiento de las capacidades militares de los países miembros. Sin embargo, fuentes diplomáticas consultadas por umbral.local/ indican que el documento incluye cláusulas que permitirían el entrenamiento de fuerzas especiales por parte del Comando Sur de Estados Unidos y la posible instalación de centros de coordinación regional. Trump, en su intervención ante los mandatarios, fue claro en el espíritu que anima la alianza: \»Juntos vamos a proteger nuestra seguridad, soberanía compartida, libertad compartida e independencia\». Pero la retórica de la soberanía compartida contrasta con la asimetría evidente entre la superpotencia anfitriona y los doce países invitados. La cumbre, concebida como un foro de \»ideas afines\», excluye a las principales potencias democráticas de la región —México, Brasil, Colombia— que han mostrado reservas ante lo que consideran un regreso a las viejas prácticas intervencionistas. En su lugar, reúne a un arcoíris de la derecha hemisférica que va desde el libertarismo radical de Javier Milei hasta el autoritarismo pragmático de Nayib Bukele, pasando por el conservadurismo tradicional de Santiago Peña y la ultraderecha católica de José Antonio Kast. La sombra de Monroe Para la mirada histórica, el paralelismo resulta inevitable. En 1823, el presidente James Monroe proclamó la doctrina que lleva su nombre: \»América para los americanos\», un principio que durante dos siglos ha servido para justificar la hegemonía estadounidense en el hemisferio y su derecho a intervenir en los asuntos de sus vecinos del sur. Doscientos tres años después, la administración Trump ha encontrado un apodo para su versión actualizada: la \»doctrina Donroe\», un híbrido entre el ideario del magnate y la vieja aspiración imperial que nunca abandonó Washington. El \»Escudo de las Américas\» es su primera manifestación concreta. \»Este tipo de iniciativas responde al interés de Washington de consolidar alianzas en la región en línea con la histórica Doctrina Monroe\», advierten analistas internacionales consultados por este diario. Pero lo que en el siglo XIX se presentaba como protección frente a las potencias europeas, hoy se formula como un dique de contención frente a la influencia china y una militarización de la política migratoria. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo había adelantado en vísperas de la cumbre: la migración masiva es una amenaza para la civilización \»occidental y cristiana\». Ahora, con la firma de Abinader y sus pares, esa visión adquiere rango de compromiso internacional. El cálculo dominicano La Presidencia dominicana ha vendido la participación en la cumbre como una oportunidad para fortalecer los lazos con Washington y posicionar al país como socio estratégico. Abinader ha reiterado en diversas ocasiones que la relación con Estados Unidos es \»muy especial\», un pilar de su política exterior basado en fuertes lazos comerciales y valores democráticos compartidos. Pero el cálculo político tiene sus riesgos. Al sentarse a firmar esta alianza, Abinader vincula el destino del país a una agenda que en Estados Unidos es profundamente divisiva y en la región abiertamente excluyente. La foto con Trump, Bukele y Milei puede rendir frutos a corto plazo en términos de acceso a recursos o cooperación en seguridad, pero hipoteca la capacidad dominicana de mantener una política exterior equilibrada y autónoma. Horas antes de la firma, el Partido Comunista del Trabajo (PCT) había expresado su preocupación por las implicaciones del encuentro para la soberanía nacional. \»Podría tener implicaciones para la soberanía nacional y la de otros países de la región\», advirtió la organización en un comunicado. Una preocupación que, en los pasillos de Doral, pocos se atrevían a mencionar en voz alta. La jornada y sus ecos La cumbre no se agotó en la firma de la proclamación. A lo largo del día, Abinader sostuvo encuentros bilaterales con varios de los mandatarios presentes, en una intensa jornada de diplomacia paralela que incluyó un almuerzo ofrecido por Trump y una recepción nocturna del secretario de Estado, Marco Rubio. El presidente dominicano aprovechó la ocasión para impulsar iniciativas conjuntas en materia de seguridad regional y desarrollo económico, según informó su Dirección de Prensa. Pero el peso simbólico de la jornada ya estaba fijado: la firma, la foto, la mesa compartida. Mientras los líderes posaban para la imagen de familia, en las calles

Cumbre Escudo de las Américas : cuando un presidente se rinde sin condiciones

No se trata, como pretenden vender los voceros oficiales, de una mera gestión de relaciones internacionales para posicionar al país como \»socio estratégico\». Se trata de algo más hondo y, para quienes creemos en una política exterior basada en principios y no en alineamientos automáticos, profundamente preocupante. Lo que ocurrió este fin de semana en Miami no fue una cumbre diplomática convencional. Fue una concentración de la derecha radical del continente en la propiedad privada de un presidente estadounidense que ha hecho de la exclusión, el agravio y la visión neoimperialista su sello de identidad. Y allí estaba el mandatario dominicano, en primera fila, flanqueado por Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast, mientras las principales potencias democráticas de la región —México, Brasil, Colombia— brillaban por su ausencia. El contraste no puede ser más elocuente. Recordemos la historia reciente. La Cumbre de las Américas que debió celebrarse en diciembre pasado en República Dominicana fue cancelada porque Donald Trump no asistiría y porque las divisiones continentales resultaron insalvables. En aquel momento, Abinader se vio atrapado entre las presiones de Washington para excluir a Cuba, Nicaragua y Venezuela, y las amenazas de boicot de los gobiernos progresistas. Finalmente, optó por la cancelación. Hoy, el escenario es otro. Trump, el mismo que desairó al país, ha construido su propio foro a la medida, y Abinader acude dócilmente a su finca. La lección es brutal: las reglas las dicta Washington, y los líderes de la región se adaptan. Así de simple. Así de triste. Pero vayamos al fondo. La agenda del \»Escudo de las Américas\» no es inocente. Bajo la retórica de la cooperación contra el narcotráfico y la migración masiva, se esconde un proyecto de militarización de la política exterior estadounidense hacia la región. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo expresó con una claridad escalofriante al vincular la migración con la supervivencia de la civilización \»occidental y cristiana\». Ese lenguaje, que evoca las teorías del gran reemplazo y las pulsiones más oscuras de la ultraderecha global, es el mismo que Abinader suscribe con su presencia. ¿Es ese el socio estratégico que quiere ser República Dominicana? ¿El que aplaude, desde la primera fila, discursos que estigmatizan a los migrantes y criminalizan la pobreza? Y luego está China. El \»Escudo\» apunta directamente a reducir la influencia del gigante asiático en la región. Para un país como el nuestro, donde Pekín se ha convertido en un socio comercial relevante, alinearse acríticamente con esta postura implica riesgos que el gobierno parece no haber calculado. Mientras China ofrece comercio e inversión sin condicionamientos ideológicos, la administración Trump ofrece aranceles, deportaciones y un discurso de guerra fría. Abinader ha elegido bando. Es su derecho. Pero que no pretenda venderlo como una simple gestión diplomática. Es una definición ideológica de manual. La República Dominicana construyó durante décadas una política exterior basada en el diálogo y la apertura. Fuimos capaces de relacionarnos con todos sin someternos a ninguno. Eso se llamaba dignidad. Hoy, esa tradición parece haberse diluido en la alfombra roja de un club de golf en Miami. El \»Escudo de las Américas\» no protege a nadie. Es, más bien, un escudo que oculta la sumisión de quienes prefieren el abrazo del pugilista a la incomodidad de mantener la dignidad en un continente dividido. Abinader calcula, quizás, que los beneficios económicos o migratorios que pueda obtener de Washington compensan el costo ideológico. Quizás cree que esta es la nueva normalidad y que no hay alternativa. Pero al sentarse en esa mesa, sin distancia crítica, sin matices, sin preguntas, está renunciando a algo que no tiene precio: la capacidad de definir el rumbo del país con autonomía. La historia juzgará esta foto. Y cuando lo haga, no verá a un estadista defendiendo los intereses nacionales. Verá a un mandatario sonriente, en la finca del patrón, formando parte de una coalición que excluye a más de la mitad del continente y que abraza la visión más radical de la derecha hemisférica. Sin rubor. Sin distancia. Sin dignidad. Y eso, aunque duela decirlo, es lo que queda para el registro.

Cumbre el Escudo de las Américas: Luis Abinader y el abrazo del pugilista

La imagen vale más que mil discursos, pero en política a veces vale más que todo un programa de gobierno. Cuando el presidente Luis Abinader pisó la alfombra roja del Trump National Doral Miami, escoltado por el protocolo de la Casa Blanca, la fotografía no solo capturaba un instante diplomático; retrataba una definición ideológica sin ambages. El mandatario dominicano se sentaba, sin el menor rubor, a la mesa de la derecha más radical del continente. Por Julio Guzmán Acosta, Director de umbral.local/ La participación de Abinader en la cumbre \»Escudo de las Américas\» convocada por Donald Trump es mucho más que una gestión de relaciones internacionales. Es la culminación de un proceso de realineamiento que su gobierno ha venido construyendo con disciplina militar: la inserción plena de la República Dominicana en el bloque de países que suscriben la llamada \»doctrina Donroe\». El anfitrión y la metáfora del club Que la reunión se celebre en un club de golf no es un dato menor. No es la Casa Blanca, no es un foro multilateral con reglas consensuadas. Es la propiedad privada de Trump, un espacio íntimo donde los líderes invitados no acuden como pares, sino como convidados a la finca del patrón. Allí, Abinader compartirá un almuerzo de trabajo ofrecido por Trump y una recepción nocturna del secretario de Estado, Marco Rubio . La Presidencia dominicana ha vendido esta participación como una \»oportunidad clave para reafirmar su posición como socio estratégico en el Caribe\» . Pero habría que preguntarse: ¿socio estratégico de quién? Porque mientras México, Brasil y Colombia —las verdaderas potencias democráticas de la región— han quedado fuera de esta foto, Abinader aparece en primera fila, flanqueado por Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast. El contexto que Abinader elige ignorar No podemos olvidar cómo se llegó hasta aquí. La Cumbre de las Américas que debió celebrarse en diciembre pasado en República Dominicana fue cancelada porque Trump no asistiría y porque las divisiones en el continente eran demasiado profundas . En aquel momento, Abinader se vio presionado por la Casa Blanca para excluir a Cuba, Nicaragua y Venezuela, lo que provocó amenazas de boicot por parte de gobiernos progresistas. Ante la falta de compromiso de Trump, el mandatario dominicano optó por posponer el evento . Hoy, el escenario es otro. Trump ya no necesita una cumbre multilateral incómoda; ha construido su propio foro a la medida. Y Abinader, que entonces capeó el temporal con una cancelación diplomática, acude ahora dócilmente a la sede del anfitrión que antes le había fallado. La lección es clara: las reglas las pone Washington, y los líderes de la región se adaptan. La agenda de seguridad y el riesgo de la sumisión Los temas centrales de la cumbre —migración masiva, narcotráfico e influencia china— son presentados como preocupaciones compartidas . Pero detrás de la retórica de la \»cooperación hemisférica\» se esconde una realidad más cruda: la militarización de la política exterior estadounidense hacia la región. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo expresó sin tapujos en vísperas de la cumbre: \»Nos enfrentamos a una prueba esencial para determinar si nuestras naciones seguirán siendo naciones occidentales con características distintivas, naciones cristianas bajo Dios\». Ese lenguaje apocalíptico, que vincula migración con el fin de la civilización, es el mismo que ahora Abinader suscribe con su presencia. El presidente dominicano ha construido su capital político sobre una gestión ordenada de la economía y una lucha contra la corrupción que, aunque incompleta, le ha granjeado simpatías internacionales. Pero al sentarse en esa mesa, está vinculando el destino de la República Dominicana a una agenda que en Estados Unidos es profundamente divisiva y en la región abiertamente excluyente. El dilema de China y la soberanía Otro de los objetivos declarados del \»Escudo de las Américas\» es reducir la influencia china en la zona . La doctrina Donroe apunta directamente a los proyectos de infraestructura, la cooperación militar y las inversiones de Pekín. Para un país como el nuestro, donde China se ha convertido en un socio comercial relevante, alinearse acríticamente con esta postura implica riesgos considerables. Expertos internacionales han advertido que los líderes latinoamericanos se enfrentan al desafío de equilibrar su relación con Estados Unidos sin comprometer sus vínculos económicos con China . Mientras Pekín ofrece comercio e inversión, la administración Trump ofrece aranceles, deportaciones y militarización . Abinader parece haber elegido bando, pero habrá que ver a qué precio. La foto que no miente Doce líderes, una alfombra roja y un anfitrión que los recibe en su finca de Miami. Esa es la imagen del nuevo orden hemisférico. La República Dominicana, que durante décadas construyó una política exterior basada en el diálogo y la apertura, se reduce ahora a un invitado más en la coreografía del trumpismo. Abinader ha decidido jugar en esta liga sin el menor rubor. Quizás calcula que los beneficios económicos o migratorios que pueda obtener de Washington compensan el costo ideológico. Quizás simplemente cree que esta es la nueva normalidad. Pero al hacerlo, está renunciando a un principio fundamental de la política exterior dominicana: la capacidad de relacionarse con todos sin someterse a ninguno. El \»Escudo de las Américas\» no protege a nadie. Es, más bien, un escudo que oculta la sumisión de quienes, como Abinader, prefieren el abrazo del pugilista a la incomodidad de mantener la dignidad en un continente dividido. La historia juzgará esta foto. Por ahora, queda para el registro: el presidente dominicano, sonriente en la alfombra roja de Trump, formando parte de una coalición que excluye a más de la mitad del continente y que abraza, sin matices, la visión más radical de la derecha hemisférica. Sin rubor. Sin distancia. Sin preguntas.

El Club de la Doctrina Donroe: Trump erige en Miami un “Escudo” para blindar la hegemonía de EE.UU. frente a los pueblos de América

  En una cumbre celebrada en su campo de golf de Doral, el mandatario republicano reúne a doce líderes de la ultraderecha continental con el objetivo de declarar una guerra santa contra la migración, blindar el suministro de petróleo saqueado en Venezuela y trazar un cerco militar y económico contra la injerencia china, en un explícito retorno al Monroe del “América para los americanos” que concibe a Latinoamérica como patio trasero y botín de guerra. ANÁLISIS / POR JULIO GUZMÁN ACOSTA No fue en la solemnidad de una cancillería ni bajo los candelabros de la Organización de Estados Americanos. Fue en el green de un club de golf en Doral, Miami, donde la hierba artificialmente perfecta y los lagos ornamentales sirvieron de alfombra para lo que la nueva Casa Blanca ha bautizado como el “Escudo de las Américas”. Bajo un sol de Florida que no logra calentar las gélidas entrañas de la realpolitik, Donald Trump ha tejido esta semana una alianza a su imagen y semejanza: una docena de mandatarios de la derecha latinoamericana convocados no para dialogar, sino para alinearse. Lo que se presenta como una cruzada contra el narcotráfico y la “inmigración masiva” es, en el fondo, el ensayo general de la doctrina Donroe. Un neo-monroísmo que desempolva el caduco lema del siglo XIX —“América para los americanos”— pero traducido al lenguaje del siglo XXI: América para los intereses de Washington. La cumbre es la certificación de que para esta administración, la política exterior no es un puente, sino un ariete. Detrás del eslogan de combatir a los “carteles narcoterroristas” se esconde una operación de control geopolítico total. Mientras el Pentágono, a través del Comando Sur, afila sus cuchillos en la recién estrenada Conferencia Anticartel, las bombas ya caen sobre presuntas narcolanchas en el Caribe, dejando un reguero de víctimas que la prensa hegemónica se niega a contar. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo dijo sin ambages en su visita a Doral: o se pliegan a la cruzada occidental y cristiana, o la civilización perecerá. Una retórica apocalíptica que busca justificar lo injustificable: la criminalización de la pobreza que huye y la cosificación de los recursos del sur. Pero si hay un fantasma que sobrevuela los fairways de Miami, ese es el gigante asiático. China, el socio comercial indispensable para tantas economías de la región, se ha convertido en el enemigo a batir. Este Escudo no es solo una barrera contra los migrantes; es una muralla contra los yuanes. Washington, que exige lealtad mientras se retira de organismos multilaterales y condiciona ayudas económicas al resultado electoral que le favorezca, pretende que América Latina rompa sus lazos con Pekín para quedar atada, una vez más, al carro de la dependencia estadounidense. La cumbre es, además, un escaparate de cinismo. En el mismo instante en que Trump alardea del “gran trabajo” del gobierno títere en Venezuela —ese que entrega el petróleo del país a las transnacionales de Houston—, sus asistentes aplauden la caída de regímenes hostiles. No importa que en Honduras se haya interferido descaradamente para indultar a un narcotraficante y torcer el rumbo de las elecciones; el fin —la sumisión— justifica los medios. Este sábado, en Doral, no se está fraguando una alianza para la prosperidad compartida. Se está levantando un escudo, sí, pero para proteger a Washington de la insurgencia de los pueblos que reclaman soberanía. Un escudo que, como el de Aquiles, es brillante por fuera pero forjado en la fragua del dominio. Mientras Trump se prepara para viajar a Pekín a negociar con el dragón, sus lacayos en América Latina quedan encargados de vigilar que la retaguardia no se le subleve. La historia, sin embargo, suele enseñar que los escudos, cuando protegen la injusticia, terminan por hacerse añicos.