La guerra que se transforma, Dimona, el desgaste y las nuevas lineas rojas del conflicto con Irán
Las guerras modernas rara vez se definen únicamente por la potencia militar de los actores involucrados. Con frecuencia, su evolución depende de factores más complejos: resistencia política, percepción pública, capacidad económica y, en ocasiones, elementos ideológicos profundamente arraigados. En el conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán comienza a percibirse una transformación importante. Lo que inicialmente parecía una demostración de fuerza con la expectativa de un desenlace rápido empieza a mostrar características propias de una guerra de desgaste, donde ninguno de los actores logra imponer una victoria inmediata y cada parte intenta aumentar progresivamente el costo del conflicto para su adversario. Desde el principio ha quedado claro que Irán no representa un objetivo fácil de neutralizar en un periodo corto. No solo por su tamaño geográfico o por su población cercana a los noventa millones de habitantes, sino también por décadas de adaptación bajo sanciones económicas, presión diplomática y amenazas militares. Esa experiencia ha llevado al país a desarrollar una doctrina que no busca competir simétricamente con el poder militar de Estados Unidos o Israel, sino compensar su inferioridad mediante estrategias de presión prolongada. En ese contexto, uno de los elementos más relevantes del conflicto ha sido la economía del combate. En términos simples, algunos sistemas utilizados para atacar pueden tener costos relativamente bajos en comparación con los sistemas necesarios para interceptarlos. Cuando estos ataques se realizan en oleadas repetidas, el objetivo no siempre es destruir completamente las defensas del adversario, sino obligarlo a gastar recursos, a consumir inventarios y a sostener un esfuerzo militar prolongado. Este tipo de dinámica introduce una variable clave en cualquier conflicto moderno: el desgaste. Ningún sistema de defensa, por sofisticado que sea, es completamente hermético. Incluso con tasas de interceptación muy altas, basta con que un pequeño porcentaje de proyectiles logre atravesar las defensas para producir efectos materiales, psicológicos y políticos. En los últimos ataques, algunos misiles iraníes han logrado impactar zonas del centro de Israel, incluyendo áreas cercanas a Tel Aviv. Además, reportes recientes indican que Irán ha comenzado a utilizar misiles equipados con diferentes tipos de ojivas diseñadas para aumentar el impacto sobre el terreno. A diferencia de una ojiva convencional que explota en un único punto, algunas configuraciones permiten que el misil libere submuniciones o fragmentos explosivos al aproximarse al objetivo, ampliando el área afectada incluso cuando el impacto no ocurre exactamente sobre una instalación específica. A esto se suma la aparición en el conflicto de misiles que diversos analistas describen como de perfil hipersónico o con trayectorias altamente maniobrables. Estos misiles se caracterizan por viajar a velocidades extremadamente altas —varias veces la velocidad del sonido— y por poder modificar su trayectoria durante el vuelo, lo que dificulta su detección temprana y su interceptación por sistemas tradicionales de defensa antimisiles. La introducción de este tipo de armamento no significa que las defensas israelíes hayan dejado de ser eficaces, pero sí refleja una realidad constante en las guerras modernas: cada parte busca desarrollar nuevas formas de penetrar o superar las defensas del adversario. Dentro de este escenario aparece un elemento particularmente delicado: Dimona Dimona es conocida internacionalmente por albergar el complejo nuclear israelí situado en el desierto del Néguev. Aunque Israel mantiene desde hace décadas una política de ambigüedad respecto a su arsenal nuclear, ese complejo ha sido considerado por muchos analistas como uno de los pilares de su capacidad estratégica. Por esa razón, un ataque contra Dimona tendría un significado completamente distinto al de un impacto contra instalaciones militares convencionales. No se trataría únicamente de un objetivo militar más, sino de un golpe simbólico contra el corazón de la disuasión estratégica israelí. Ahora bien, la posibilidad de que Irán logre atacar con éxito una instalación de ese nivel de protección es una cuestión distinta. Dimona es uno de los lugares más defendidos del país y cualquier intento de ataque enfrentaría múltiples capas de defensa. Sin embargo, el simple hecho de que un intento de ese tipo sea discutido dentro de los escenarios de guerra muestra hasta qué punto el conflicto podría escalar si las partes buscan romper el equilibrio actual. La pregunta que inevitablemente surge es qué ocurriría si una instalación nuclear como Dimona llegara a ser impactada. Desde el punto de vista técnico, el escenario más probable no sería comparable a un desastre nuclear masivo como los ocurridos en grandes plantas de energía nuclear. El reactor de Dimona no es una central eléctrica de gran potencia, sino una instalación de investigación y producción con características diferentes. No obstante, un impacto que dañara seriamente el complejo podría provocar algún nivel de liberación radiológica. En ese caso, los efectos dependerían de múltiples factores: la magnitud del daño, la cantidad de material liberado, las condiciones atmosféricas y la rapidez de las medidas de contención. Un incidente de ese tipo podría generar contaminación localizada, evacuaciones en áreas cercanas y una fuerte reacción internacional. Más allá del caso de Dimona, el conflicto también plantea interrogantes sobre la expansión del teatro de operaciones. Irán cuenta con una red de aliados regionales que, aunque no poseen el mismo poder militar que los Estados involucrados directamente, sí tienen la capacidad de abrir frentes adicionales. Milicias en distintos puntos de Medio Oriente, movimientos armados en la región y otros actores alineados con Teherán podrían actuar como multiplicadores de presión estratégica. Su función no sería necesariamente derrotar militarmente a Israel o a Estados Unidos, sino obligarlos a dividir recursos, dispersar defensas y enfrentar amenazas simultáneas en distintos puntos. A este complejo escenario se suma un factor ideológico que muchas veces se subestima en los análisis occidentales. El sistema político iraní tiene una dimensión religiosa significativa que influye en la manera en que el liderazgo y una parte de la sociedad interpretan los conflictos. En ese marco ideológico, conceptos como sacrificio, resistencia y martirio tienen un peso simbólico importante. Esto significa que la presión externa o los ataques militares no siempre producen debilitamiento interno. En algunos casos, pueden generar el efecto contrario: consolidar la cohesión nacional y reforzar la
Trump empuja a sus aliados a un conflicto que no es de ellos

En el estado de demencia que lo caracteriza y caminando al mismo compás por su condición de hermanos siameses con Netanyahu, sin consultar ningún aliado, la noche del pasado 28 de febrero, de forma subrepticia, artera, alevosa y criminal, iniciaron una acción militar sin ninguna declaración oficial de guerra contra el pueblo iraní, que dejó como resultado preliminar la muerte del líder del país Ayatollah Alí Jameneí y parte del Estado Mayor de las fuerzas armadas, incluyendo el ministro de defensa, Aziz Nasirzadeh, y el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohamed Pakpur. Además de daños en la población civil, como la muerte de casi doscientas niñas víctimas inocentes de esa acción, y varios centenares más; sobre todo de mujeres, niños y ancianos. Como era de esperarse, la reacción iraní fue inmediata y contundente contra sus agresores y sus aliados comprometidos con ese acto criminal, echando por tierra los planes de Trump de una conquista del antiguo Imperio Persa, en cuestión de días y de un levantamiento popular en su apoyo. Muy por el contrario, por la naturaleza de esa acción y por la fecha llevada a cabo, el mes sagrado del Ramadán, ha enardecido al pueblo iraní y a todo el mundo Islámico que se ha levantado para cobrar la ofensa cometida en su contra, hablando de que: \»LAS PUERTAS DEL INFIERNO PERMANECERÁN ABIERTAS CONTRA EE. UU. E ISRAEL\» Por lo que ahora Trump, pretende involucrar a todos sus aliados de la OTAN y la Unión Europea en una aventura que tiene al mundo en ascuas, en la que nadie puede predecir el resultado final, pero que si traerá graves consecuencias para la humanidad. Ya algunos aliados europeos han corrido como perritos falderos a lamer la bota del amo, poniéndose a su disposición sin condiciones en un conflicto que no lo han provocado, ni es de ellos, y que seguro les traerá consecuencias negativas a sus pueblos. Otros como el gobierno español del socialdemócrata Pedro Sánchez, se ha negado a prestar su país como base de apoyo a incursionar en ninguna acción militar contra otros países, amparándose en el acuerdo entre España y EE. UU. para las bases de Rota y Morón firmado en 1988; que en el capítulo 2 establece: \»España concede a los Estados Unidos de América el uso de instalaciones de apoyo y otorga autorizaciones de uso en el territorio, mar territorial y espacio aéreo españoles para objetivos dentro del ámbito bilateral o multilateral de este Convenio. Cualquier uso que vaya más allá de estos objetivos exigirá la autorización previa del Gobierno español”. A esta posición de exigencia de respeto a lo pactado, la administración Trump responde amenazando, como es su costumbre, con tomar medidas contra el español, con la subida de aranceles, con la que ha presionado y chantajeado a todo el que no comulga sus planes de expansión y dominio neocolonial. También, el primer ministro británico, Keir Starmer, reiteró que el Reino Unido no se unirá formalmente a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, si no existe una base legal y planificación sobre los objetivos. Ningún país amante de la paz y partidario de la coexistencia pacífica entre los pueblos del mundo puede presentarse a hacerle el juego a la dupla Trump-Netanyauh en esta aventura militarista que está llevando al mundo al borde del precipicio, o peor aún, como dicen los líderes del islamismo radical: \» A las puertas del infierno\». La guerra es un negocio de los grandes cárteles de la industria armamentista, sobre todo los estadounidenses. Digamos no a la guerra y sí a la paz.
Sánchez rescata el espíritu de 2003 y se planta ante Trump: \»No a la guerra, no vamos a ser cómplices de este desastre
El presidente español responde a las amenazas de embargo de EE UU con una declaración institucional medida, sin periodistas, en la que apela a la legalidad internacional, repudia el régimen de los ayatolás pero rechaza participar en una ofensiva que considera \»injusta\» y anuncia un escudo social para mitigar el impacto económico de una posible guerra prolongada Por: JULIO GUZMÁN ACOSTA MADRID — En una comparecencia sin preguntas, sin periodistas delante, pero con cada palabra milimétricamente calculada para navegar la tormenta perfecta, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha erigido esta mañana a España como la voz discordante en la escalada bélica de Estados Unidos e Israel contra Irán. Desde el Palacio de La Moncloa, y con la solemnidad de quien sabe que se juega no solo la posición internacional de su país sino también la cohesión interna frente a las amenazas de Donald Trump, Sánchez ha recuperado el emblemático lema \»no a la guerra\» que hace veintitrés años movilizó a la izquierda española contra la invasión de Irak. \»La posición de España es la misma que en Ucrania o en Gaza. No a la quiebra de un derecho internacional que nos protege a todos. No a resolver conflictos con bombas. La posición española se resume en cuatro palabras: no a la guerra\», ha sentenciado el jefe del Ejecutivo, en una intervención diseñada para responder a todas las preguntas que flotaban en el aire desde que el sábado los bombardeos sobre Teherán acabaran con la vida del ayatolá Alí Jamenei y desencadenaran la crisis diplomática más grave entre Madrid y Washington de las últimas décadas. La decisión del Gobierno de negar a Estados Unidos el uso de las bases militares de uso conjunto de Rota y Morón para la ofensiva contra Irán ha sido el detonante de una ira presidencial al otro lado del Atlántico que se ha traducido en amenazas de \»embargo\» y de corte de \»todo el comercio\» con España. Trump, en una reunión en el Despacho Oval junto al canciller alemán Friedrich Merz, calificó a España de aliado \»terrible\» y aseguró que ordenará a su secretario del Tesoro, Scott Bessent, que liquide las relaciones bilaterales. Pero Sánchez, lejos de amedrentarse, ha optado por la firmeza sin entrar en el cuerpo a cuerpo que el mandatario republicano parece buscar. \»No vamos a ser cómplices de algo malo para el mundo por miedo a las represalias de alguno\», ha afirmado el presidente español en una clara respuesta a las advertencias de Trump, a quien no ha mencionado en ningún momento, siguiendo una estrategia de elevar el conflicto al terreno de los principios antes que al del enfrentamiento personal. Una decisión que contrasta con la del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, o incluso con la del expresidente José María Aznar —arquitecto de la participación española en la guerra de Irak junto al Trío de las Azores—, a quienes algunos sectores quisieran ver alineados con la postura de Tel Aviv y Washington. Pero Sánchez ha sido cuidadoso en desmarcarse de cualquier tentación de ser colocado en el mismo plano que el régimen de los ayatolás. \»Nadie está a favor de los ayatolás. Pero la pregunta es si estamos del lado de la legalidad internacional y de la paz. La ciudadanía española estuvo en contra de Sadam Husein, pero eso no la llevó a apoyar una guerra injusta. Repudiamos el régimen de Teherán, pero pedimos una solución diplomática\», ha insistido, trazando un paralelismo con Irak que no es casual: aquella guerra, ha recordado, \»generó un aumento drástico del terrorismo, una grave crisis migratoria y económica. Ese fue el regalo, un mundo más inseguro y una vida peor\». El presidente ha querido además dotar a su posición de una dimensión ética que trasciende la geopolítica. \»Ni siquiera están claros los objetivos de este ataque. Sabemos que de esta guerra no saldrá un orden internacional justo, salarios más altos, un medio ambiente más saludable. Los gobiernos no estamos para empeorar la vida de la gente. Los únicos que ganan cuando el mundo deja de construir hospitales para construir misiles son los de siempre\», ha afirmado, en una velada referencia a la industria armamentística y a los grandes capitales que siempre prosperan en los conflictos. Consciente de que las críticas hacia su postura no tardarán en llegar —desde dentro y desde fuera—, Sánchez se ha adelantado a quienes tildan su posición de ingenua. \»Algunos dirán que eso es ingenuo. Lo ingenuo es pensar que la solución es la violencia. O pensar que practicar un seguidismo ciego y servil es liderar\», ha espetado, en una respuesta que también busca despejar cualquier duda sobre su alineamiento automático con Francia o Alemania, cuyas posiciones en esta crisis no han sido exactamente coincidentes con la española. El presidente ha asegurado que trabajará por una postura consensuada en el seno de la Unión Europea, pero ha dejado claro que España \»no va a tener una posición subordinada a Estados Unidos\» y que tiene derecho a no tenerla, porque es \»un socio fiable en la OTAN y la UE que cumple sus compromisos\». \»No se puede responder a una ilegalidad con otra\», ha remachado. Pero la comparecencia de Sánchez no ha sido únicamente una declaración de principios. El presidente, que conoce mejor que nadie el impacto que las crisis internacionales tienen en el bolsillo de los ciudadanos, ha anunciado que el Gobierno ya trabaja en un nuevo escudo social similar a los que se aprobaron durante la pandemia o al inicio de la guerra de Ucrania, ante la posibilidad de que el conflicto se prolongue en el tiempo y sus efectos económicos comiencen a notarse en la factura energética, el comercio o el empleo. \»Vamos a proteger a los españoles. Estamos buscando dispositivos de evacuación. Vamos a proteger a nuestros compatriotas. Estamos estudiando maneras para mitigar el impacto económico. Tenemos capacidad y voluntad política, lo haremos como lo hicimos en la pandemia\», ha subrayado, en un mensaje dirigido tanto a la ciudadanía como a los mercados, que observan con
Trump amenaza con un embargo comercial a España y califica de \»terrible\» al aliado que le niega sus bases para atacar Irán
El presidente de Estados Unidos arremete contra el Gobierno de Pedro Sánchez por negarse a respaldar la ofensiva militar contra Irán y anuncia que ordenará cortar \»todo el comercio\» bilateral. Alemania sale en defensa de Madrid y advierte que cualquier negociación comercial con Washington deberá ser conjunta con la UE. Por: Theo Núñez G. WASHINGTON — La furia del presidente Donald Trump no conoce matices cuando se trata de castigar lo que percibe como una deslealtad. Este martes, en el Despacho Oval y ante el canciller alemán Friedrich Merz, el mandatario estadounidense ha desatado su artillería verbal contra España, a la que ha acusado de ser un aliado \»terrible\» por negarse a permitir el uso de las bases militares en su territorio para la ofensiva que Estados Unidos e Israel han lanzado contra Irán. \»Vamos a cortar todo el comercio con España\», ha sentenciado Trump con la contundencia que caracteriza sus anuncios de política exterior, en una intervención que ha ido escalando en dureza a medida que se adentraba en lo que parece una molestia de carácter personal con el Gobierno de Pedro Sánchez. El presidente estadounidense ha justificado su decisión en una acumulación de agravios que, según su relato, vienen de lejos: el rechazo español a elevar el gasto militar al 5% del PIB comprometido en la OTAN y, ahora, la negativa a prestar las bases para la operación militar. \»En primer lugar, todo empezó cuando todos los países europeos, a petición mía, hicieron lo que debían hacer, que era una contribución del 5%. Y todo el mundo estaba entusiasmado, Alemania, todos, y España no lo hizo\», ha argumentado Trump, obviando que ningún miembro de la Alianza Atlántica ha alcanzado ese porcentaje. \»Y ahora España ha dicho que no podemos utilizar sus bases, y eso es un poco… Podríamos utilizar sus bases si quisiéramos. Podemos volar hasta allí y utilizarlas. Nadie nos va a decir que no las utilicemos\», ha añadido en un tono desafiante que busca minimizar la decisión soberana del aliado. La respuesta del Gobierno español no se ha hecho esperar, aunque con la mesura que exige la delicadeza del momento. Fuentes del Ejecutivo han subrayado que \»España cumple sus compromisos, pero si EE UU quiere cambiar la relación comercial, tendrá que respetar los acuerdos con la UE\». Una declaración que traslada el conflicto al terreno comunitario, donde Madrid sabe que cuenta con el respaldo de sus socios. El presidente Sánchez comparecerá este miércoles a las nueve de la mañana desde el Palacio de La Moncloa para realizar una declaración institucional tras las palabras de Trump. El respaldo alemán ha llegado de manera inmediata y desde el mismo escenario donde se producía el ataque. El canciller Friedrich Merz, presente en la reunión con Trump, ha querido dejar clara la posición europea ante las amenazas unilaterales del mandatario estadounidense. \»España es miembro de la Unión Europea y, como tal, o llevamos a cabo las negociaciones sobre un acuerdo arancelario con Estados Unidos únicamente de manera conjunta o no las llevamos a cabo en absoluto\», ha afirmado Merz, cerrando el paso a cualquier intento de Washington de fragmentar al bloque comunitario. Trump, sin embargo, no se ha contentado con atacar a España. Ha establecido una suerte de ranking de lealtades entre los aliados europeos que sitúa a Alemania y otros —sin especificar— en la categoría de \»muy buenas, estupendas\», mientras que a España la relega al vagón de cola. \»El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, es fantástico. Pero otros europeos, como España, han sido terribles\», ha insistido, en una intervención que ha ido ganando en virulencia según avanzaba. El mandatario ha llegado incluso a menospreciar la importancia estratégica de España para los intereses estadounidenses. \»España no tiene absolutamente nada que nos interese, salvo su gente, que es estupenda. Tienen gente estupenda, pero no tienen un gran liderazgo\», ha declarado, en un intento por restar valor a una relación bilateral que, según datos oficiales, movió más de 38.000 millones de euros en intercambios comerciales durante el último ejercicio. \»No creo que hubieran aceptado subir a nada, querían mantenerlo en el 2% y no pagan el 2%, así que vamos a cortar todo el comercio con España. No queremos tener nada que ver con España\», ha reiterado Trump, que ha insistido en que Washington \»tiene todo el derecho de cesar mañana, u hoy, todo lo que tenga que ver con España\». \»Todos los negocios que tengamos con España, tengo el derecho de decretar un embargo sobre todo lo que tenga que ver con España\», ha remachado. La negativa española a participar en la coalición militar que respalda los bombardeos sobre Irán —una postura que también ha mantenido el Reino Unido— ha sido el detonante de una ira que, en el caso británico, ha merecido un reproche igualmente severo, aunque con matices diferentes. Sobre el primer ministro Keir Starmer, Trump ha opinado que su negativa a ceder la base de Diego García, en el archipiélago de Chagos, \»es chocante\». \»Pero esta no es la era de Churchill\», ha añadido con desdén, para acto seguido reprochar a Londres su disposición a negociar la soberanía de ese territorio con los indígenas que lo reclaman. \»Arruinan relaciones. Es una lástima, yo amo al Reino Unido. Mi madre venía de allí\», ha concluido, en un arranque de nostalgia que no ha suavizado la dureza de sus palabras. La comunidad internacional observa con preocupación cómo una crisis militar en una de las regiones más volátiles del planeta se convierte también en una crisis diplomática en el seno de la Alianza Atlántica. Por ahora, la Unión Europea permanece unida en la defensa de uno de sus miembros, pero la amenaza de un embargo comercial unilateral por parte de Estados Unidos abre un escenario de confrontación transatlántica cuyas consecuencias son, a día de hoy, impredecibles.
El Imperio sin Brújula : Cuando Washington Declara la Guerra al Orden Mundial
La administración Trump, lejos de ejercer un liderazgo responsable, ha optado por dinamitar los frágiles consensos internacionales, convirtiendo a Estados Unidos en el principal vector de caos y violencia global. El asesinato del ayatolá Jamenei no es un acto aislado, sino la confirmación de una doctrina imperial que empuja al mundo hacia el abismo de la fuerza bruta. Por JULIO GUZMÁN ACOSTA Hay momentos en la historia en que la locura deja de ser un atributo individual para convertirse en política de Estado. Lo que estamos presenciando desde la Casa Blanca, en esta nueva y alarmante fase del experimento trumpista, trasciende la simple torpeza diplomática o el exabrupto matutino en redes sociales. Nos hallamos ante la liquidación sistemática de ese delicado tejido de normas, pactos y organismos que, con todas sus imperfecciones, constituían el armazón de un orden internacional basado en consensos. El Imperio ha enloquecido. Y en su delirio de grandeza terminal, está incendiando la aldea global. La reciente escalada contra Irán, que ha cobrado la vida del ayatolá Alí Jamenei en los bombardeos del 28 de febrero, no es una operación quirúrgica contra una amenaza inminente. Es un mensaje cifrado en sangre para toda la humanidad: la negociación ha muerto. Washington, en su actual encarnación, no concibe la diplomacia como un puente, sino como un trofeo de guerra que se arrebata al vencido. La noción misma de \»rules-based order\», ese orden basado en reglas que Occidente pregonó durante décadas, ha sido arrojada por la borda como lastre innecesario. Y lo más grave es que, al hacerlo, han demostrado que aquellas instituciones —la ONU, los tribunales internacionales, los tratados de no proliferación— solo eran respetadas en la medida en que favorecían la correlación de fuerzas impuesta por el hegemon. Lo que comenzó como un genocidio televisado en Gaza, con la complicidad cómplice del gobierno de Biden, se ha convertido en el modelo de gobernanza global de la era Trump. La fuerza bruta, desnuda de todo ropaje jurídico, es el único idioma que entiende y profesa esta nueva administración. El secuestro de mandatarios, las amenazas anexionistas sobre Groenlandia, la desestabilización en el Caribe y, ahora, la guerra injustificada contra la República Islámica, no son piezas sueltas de un rompecabezas caótico. Son los latidos sincopados de un mismo corazón imperial que late al ritmo de la pólvora. La tragedia iraní encierra una lección cruda que ningún país del Sur Global debería ignorar. Teherán, durante los últimos dieciocho meses, tendió la mano de la diplomacia. Estuvo dispuesto a concesiones significativas, a poner sobre la mesa su programa nuclear a cambio de no ser despojado de toda capacidad disuasoria. La respuesta del eje israelí-estadounidense fue la bomba y el misil. El mensaje es terroríficamente claro: \»O te rindes sin condiciones, o te rendimos por la fuerza\». Ante esta disyuntiva, el cálculo racional de cualquier nación soberana que no se halle bajo el paraguas de la OTAN se vuelve perverso pero inevitable. Si Estados Unidos ha decretado que la ley del más fuerte es la única ley, ¿qué incentivo existe para no volverse más fuerte? ¿Qué razón de peso puede esgrimirse para que un país con capacidad tecnológica renuncie a desarrollar armas de destrucción masiva, si estas —particularmente el arma nuclear— representan el único seguro de vida creíble frente a la voracidad del Leviatán norteamericano? Las armas nucleares igualan. Nivelan el terreno de juego. Convierten una invasión en un cálculo de riesgos existenciales. Si Washington demuestra día tras día que no respeta soberanías, que no honra acuerdos y que considera a los líderes de otras naciones como objetivos militares legítimos, está empujando al mundo a una peligrosísima carrera por la disuasión atómica. Es la profecía autocumplida del caos: al destruir los mecanismos de consenso, siembran las semillas de un mundo donde cada quien busque su propia bomba para sentarse a la mesa de un juego que ya no tiene reglas. El complejo tecnológico-militar estadounidense, quizá el último bastión de una hegemonía en declive en otros órdenes, es lo suficientemente letal como para decapitar gobiernos en cuestión de días. Pero esa misma capacidad, ejercida sin brújula ética ni legal, convierte a Estados Unidos en el principal factor de inseguridad sistémica del planeta. Ya no es un faro de libertades, ni siquiera un mal necesario en el equilibrio de poderes. Es, sencillamente, un peligro para la humanidad. El mundo que nos propone el trumpismo es un mundo hobbesiano de todos contra todos, donde la única certeza es la violencia del más fuerte. Y si esa es la nueva normalidad impuesta por el jefe de la OTAN, no cabe sino preguntarse: ¿quién negociará mañana con un socio que ha roto todas las barajas? ¿Qué valor tendrá la firma de un tratado con un imperio que ha pisoteado sus propias instituciones? La locura de unos pocos no debería costarle la cordura —y la vida— a todo el planeta. Pero esa es, exactamente, la apuesta que la Casa Blanca ha hecho sobre el tablero mundial.
El mundo al borde del precipicio

Antes de que se produjeran las elecciones del 5 de noviembre del año 2024 para la escogencia del Cuadragésimo Séptimo Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, advertí que escoger a Donard Trump, para un nuevo mandato significaba la degradación para el imperio. Señalé que El imperio Romano, el más poderoso de la antigüedad, comenzó su declive después del asesinato de Julio César, la muerte de Augusto y de Tiberio y el ascenso al Trono del esquizofrénico y desquiciado Calígula, del mitómano y pervertido Nerón y del farsante Cómodo. Indiqué que como cabeza de un imperio que sojuzgó, expolió y esclavizó pueblos enteros, que no había diferencia de propósitos entre César y Nerón, entre Augusto y Calígula, entre Tiberio y Cómodo, que sus métodos eran iguales y sus propósitos similares, que sólo se distinguían por la sobriedad y la solemnidad en el ejercicio del poder. Concluí señalando que nunca sería igual, George Washington, Abraham Lincoln o John F. Kennedy, que Donald Trump porque con objetivos similares, entre Washington, Lincoln, Kennedy y Trump, hay una diferencia del cielo a la tierra. Los primeros respetaron la solemnidad de sus investiduras, mientras Trump, es un Chabacano, Narcisista y turbero que no respeta leyes, ni normas con la agravante de que su egocentrismo lo hace creerse el centro del universo. Con un lenguaje soez y sin ningún respeto por las comunidades de migrantes exacerbando el oído, la xenofobia contra ella y levantado un ultranacionalismo, tal cual, como lo hizo líder del tercer Reich, Adolfo Hitler, lo que podría conducir al mundo a una catástrofe peor que el de la Segunda Guerra Mundial que dejo medio mundo destruido con más de 60 millones de muertos y una cifra de heridos e inválidos incuantificables. Hoy a un año, un mes y diez días de su ascenso al poder, el tiempo me ha dando la razón. Desde el primer día de su regreso a la Casa Blanca, sus medidas han sido una sarta de cosas díscola y peligrosa, muchas de ellas nunca vistas en las administraciones anteriores. Cortando la continuidad del Estado, como es caso la re-inclusión de Cuba entre los países que patrocinan y apoyan el terrorismo, excluida por la pasada administración de Joe Biden, al final de la misma. Indultos para alrededor de 1.500 turberos partidarios suyos acusados por los disturbios del 6 de enero de 2021 en el Capitolio de Estados Unidos, donde hubo 174 agentes policiales heridos y uno muerto. Ha pretendido mediante ordenanza desconocer, La Enmienda 14 de la Constitución de EE. UU., ratificada en 1868, que garantiza la ciudadanía automática por nacimiento a casi todas las personas nacidas en territorio estadounidense, incluyendo hijos de inmigrantes indocumentados, ordenando la mayor casería de los mismos en todo el territorio estadounidense, destruyendo familias y produciendo miles de deportaciones y muertes en varios Estados de la Unión. Ha ejercido constante presión sobre México y Canadá, a la que pretende convertir en un estado de la Unión, y la ambición desenfrenada de anexarse a Groenlandia. Cambió arbitrariamente el nombre del Golfo de México por el de Golfo de las Américas. Violando los acuerdos, Los Tratados Torrijos-Carter, firmados el 7 de septiembre de 1977 entre Estados Unidos y Panamá, que devolvía el canal de Panamá a su legítimo dueño; en competencia comercial con la República Popular China prácticamente lo han ocupado nuevamente Manus Militaris . Ha sometido a presión e intimidación a los países de América Latina y el Caribe con su secretario de Estado Marco Rubio a la cabeza. Ha ampliado el cerco de amenazas a Venezuela, Cuba y Nicaragua. Ha incrementado el apoyo al genocida Benjamín Netanyahu, para el exterminio del Pueblo Palestino e incrementando la ayuda económica y militar al cómico de Zelenkis, en una guerra que no tiene ninguna posibilidad de ganar. Ha presionado a sus aliados de la OTAN para un rearmamento de sus miembros con un gasto mínimo de un 5% de su producto interno Bruto (PIB) de su país. Ha hecho el mayor despliegue militar en toda América y el Caribe no visto ni en la época del mayor conflicto bélico registrado hasta hoy. Continuando su política de agresión impune en todo el mundo, el pasado 3 de enero de manera artera e insólita y nunca vista en los anales de la historia, ni en las fantásticas películas de Hollywood, ordenó la captura y el secuestro de Nicolás Maduro Moro presidente en ejercicio de la República Bolivariana de Venezuela y su compañera Cilia Flores, en violación a todos los tratados y normas de derecho internacionales, sin ninguna consecuencia. Ha aumentado El Criminal bloqueo económico y financiero contra el pueblo cubano y las amenazas de repetir el guion venezolano, es latente. Y como si esto fuera poco, el pasado 28 de febrero, el desquiciado, egocéntrico, Xenófobo, ultranacionalista y partidario del llamado “Espacio Vital”, el Destino Manifiesto y Doctrina Monroe, Donard Trump, ha ordenado un ataque a la República Islámica de Irán, que ha dejado como resultado, la muerte del líder del país;Ayatollah Alí Jameneí y parte del estado mayor,incluyendo el ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, y el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohamed Pakpur, además, daños en la población civil; como la muerte de más un centenar de estudiantes en una escuela de niñas, y cientos de civiles mujeres niños y ancianos. Este ataque provocador, artero y criminal contra el pueblo iraní y sus principales líderes, pone en riesgo la paz mundial, porque se produce en una zona de alta tensión,cargadas de armamento nucleares por toda parte. El ataque a Irán, ordenado por Trump y su socio Netanyahu, debe ser motivo de preocupación en todo el mundo, por lo que es necesario ponerle freno a los impulsos desaprensivos de esta dupla genocida que está conduciendo de forma acelerada a la humanidad al llamado Apocalipsis. Los pueblos amantes de la paz están llamado a levantar su voz de protesta contra este ataque a Irán, que además de alevoso y criminal, pone en riesgo la paz mundial y la existencia misma de
Trump cruza otra línea roja en Irán y embarca a Estados Unidos en una guerra de alto riesgo para su país
El presidente impulsa un conflicto armado en una de las áreas más calientes del planeta, desoyendo a su propio Pentágono y arrastrando a la nación hacia una confrontación regional cuyas consecuencias nadie puede predecir. Tras saborear la facilidad del operativo contra Maduro en Venezuela, el inquilino de la Casa Blanca ha decidido apostar fuerte contra el régimen de los ayatolás, admitiendo por primera vez la posibilidad de bajas estadounidenses. La guerra prometida que nunca llegó durante su primer mandato ahora se materializa en una ofensiva conjunta con Israel que puede enquistarse justo cuando el país se aproxima a unas elecciones legislativas cruciales. POR JULIO GUZMÁN ACOSTA PARA SERVICIOS umbral.local/ 01 DE MARZO DE 2026 Hay decisiones presidenciales que huelen a polvo y a pólvora mucho antes de que las bombas comiencen a caer. La madrugada de este sábado, mientras la franja oriental del planeta despertaba envuelta en el estruendo de las explosiones, Donald Trump probó una vez más el sabor de la fuerza militar que ya había degustado apenas dos meses atrás, cuando un comando especial arrancaba de Caracas a Nicolás Maduro para ponerlo ante la justicia estadounidense. Pero lo que entonces pareció una incisión quirúrgica, una operación limpia y sin mayores consecuencias, se ha transformado ahora en una herida abierta en el vientre de Medio Oriente. Irán no es Venezuela. Esta frase, repetida hasta el cansancio por los estrategas del Pentágono en las últimas semanas, resonó en los pasillos del poder como una advertencia que el presidente decidió ignorar. El régimen de los ayatolás no es una gobierno legítimo tropical desgastada por décadas de sanciones y con una oposición apoyada por la Casa Blanca. Teherán es una teocracia consolidada, con un ejército de más de medio millón de hombres, con misiles capaces de alcanzar cualquier rincón de la región y, lo más importante, con una red de proxies que se extiende desde el Líbano hasta Yemen, desde Siria hasta Irak, dispuestos a encender la pradera en cuanto reciban la orden. Trump ha decidido emprender esta aventura de la misma manera que emprendió la captura de Maduro: de forma unilateral, sin consultar al Congreso, sin preparar el terreno para convencer a sus votantes, sin importarle que la acción contradiga las promesas de paz que durante años vendió en sus mítines. La ambigüedad calculada que mantuvo durante días, esos silencios elocuentes que precedieron a la operación, no fueron sino el preludio de una decisión que, según fuentes del Pentágono consultadas por este medio, llevaba semanas gestándose en la más estricta reserva. El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, intentó frenar la locomotora. En reuniones privadas con el presidente, el militar trazó mapas, mostró informes de inteligencia, desgranó uno a uno los escenarios catastróficos que podrían desencadenarse. Las características geográficas de Irán, su extensión, su complejidad orográfica, la dificultad de cualquier operación terrestre, la capacidad de respuesta de sus fuerzas armadas, la posibilidad de que el conflicto se extienda como una mancha de aceite sobre aguas turbulentas. Todo fue expuesto con la claridad que exige el deber. Y todo fue desoído con la soberbia que permite el poder absoluto. Trump ha decidido jugárselo todo a una carta: provocar un cambio de régimen. Lo dijo a su manera, en ese discurso de ocho minutos que grabó poco después de que los primeros misiles impactaran en Teherán. \»Este régimen terrorista nunca puede tener un arma nuclear\», sentenció, invocando la amenaza fantasma que durante años ha justificado las políticas más agresivas de Washington. Olvidó mencionar, quizás porque la historia no cabe en un mensaje presidencial, que el acuerdo nuclear de 2015 —el JCPOA, que él mismo dinamitó con la arrogancia del que cree que siempre puede negociar mejor— ya contenía en su primera página el compromiso iraní de no buscar, desarrollar ni adquirir armas nucleares. Olvidó mencionar que Jamenei, el líder supremo cuya muerte acaban de confirmar las agencias oficiales, había negado en reiteradas ocasiones la intención de fabricar la bomba. Olvidó mencionar que lo que hoy presenta como una amenaza existencial era, hace apenas unos años, un problema resuelto. Pero la lógica de la guerra no se alimenta de matices. Se alimenta de certezas absolutas, de enemigos totales, de justificaciones que puedan sostenerse sobre el dolor de las víctimas. Y las víctimas ya han comenzado a contarse. Más de doscientos muertos en Irán, según los primeros reportes. Entre ellos, además del líder supremo y la cúpula militar de la Guardia Revolucionaria, más de un centenar de menores fallecidos en el bombardeo contra una escuela primaria de niñas en la localidad de Minab. Un crimen de guerra, según ha denunciado Teherán. Un daño colateral, según la fría terminología de los partes militares. El reconocimiento de posibles bajas estadounidenses por parte de Trump constituye, quizás, el síntoma más revelador de la gravedad del momento. Durante la llamada Guerra de los Doce Días del verano pasado, ni siquiera se contempló esa posibilidad. El conflicto fue aséptico, quirúrgico, televisivo. Una demostración de fuerza que no costó una sola vida americana. Ahora, el presidente ha admitido lo que ningún inquilino de la Casa Blanca quiere admitir cuando ordena un ataque: que los cuerpos de sus soldados pueden terminar envueltos en banderas, que las familias pueden recibir la visita de los oficiales de uniforme con la noticia que nadie quiere escuchar. \»Mi administración ha tomado todas las medidas posibles para minimizar el riesgo para el personal estadounidense en la región\», dijo Trump antes de concluir su intervención. \»Aun así —y no hago esta declaración a la ligera— el régimen iraní busca matar. Las vidas de valientes héroes estadounidenses pueden perderse y podríamos tener bajas. Eso sucede a menudo, pero estamos haciendo esto no por el presente. Lo estamos haciendo por el futuro, y es una misión noble\». Nobleza. Esa palabra, dicha por un presidente que ha hecho del insulto y la descalificación su seña de identidad, suena extraña en este contexto. ¿Qué hay de noble en una guerra que puede enquistarse durante meses, durante años, justo cuando
Soberanía herida: izquierda convoca marcha en repudio al bloqueo de Estados Unidos contra Cuba
Seis organizaciones políticas y movimientos sociales llaman a una movilización nacional el domingo 22 de febrero para exigir la salida de las tropas estadounidenses del territorio dominicano y denunciar el cerco económico que Washington impone a Cuba, en un acto que conjugará la memoria patriótica de Duarte y Caamaño con la solidaridad internacionalista Por Brendalis Reyes SANTO DOMINGO. — La historia, cuando se niega a ser polvo en los archivos, suele buscar las calles para recordar a los vivos lo que los muertos prometieron. Y en este mes de la Patria, cuando la memoria de Juan Pablo Duarte y la gesta de Playa Caracoles aún vibran en el calendario, las izquierdas dominicanas han decidido que la mejor forma de honrar a los héroes es denunciar a los que, a su juicio, siguen amenazando la soberanía desde el Norte. El próximo domingo 22 de febrero, una marcha nacional convocada por seis organizaciones políticas —Partido Comunista del Trabajo (PCT), Movimiento Popular Dominicano (MPD), Movimiento Caamañista (MC), Fuerza de la Revolución (FR), Partido Patria Para Todos/as (PPT) y Referente de la Izquierda Dominicana (RID)— recorrerá las calles de la capital con una consigna que es, a la vez, un diagnóstico y una acusación: el bloqueo de Estados Unidos a Cuba no es una disputa entre gobiernos lejanos, sino una herida abierta en el corazón del Caribe que exige respuesta de los pueblos. En rueda de prensa celebrada por los convocantes, la voz del dirigente Narciso Isa Conde se alzó como portavoz del colectivo para explicar que la movilización se inscribe en la conmemoración del Mes de la Patria, ese tiempo litúrgico donde confluyen la fundación de la Trinitaria y el desembarco de Francisco Alberto Caamaño en 1973. \»Por el rescate de la soberanía nacional, por el derecho a la autodeterminación y los derechos económicos, políticos, sociales y culturales de nuestro pueblo, sistemáticamente pisoteados\», leyó Isa Conde ante los micrófonos, \»hemos decidido convocar una marcha nacional\». La convocatoria, sin embargo, no se agota en la denuncia local. En el corazón de las proclamas late una solidaridad activa con Cuba, esa isla vecina que sobrelleva desde 1959 un bloqueo económico, comercial y financiero que la administración Trump ha recrudecido en los últimos meses con medidas que el embajador cubano en Brasil, Adolfo Curbelo Castellanos, no ha dudado en calificar de \»genocidas\» . La más reciente orden ejecutiva, firmada el 29 de enero, clasifica a Cuba como \»amenaza inusual y extraordinaria\» y amenaza con aranceles a cualquier país que le venda combustible, en un intento por asfixiar completamente la economía de la isla . \»No se trata solo de un conflicto bilateral\», advierten los convocantes. \»Es una política que viola los derechos humanos del pueblo cubano y que cuenta, para su aplicación, con la complicidad silenciosa de gobiernos que permiten la presencia militar estadounidense en nuestros territorios\». La referencia apunta directamente a la autorización que el presidente Luis Abinader concedió en noviembre de 2025 para que el Comando Sur utilizara áreas restringidas de la Base Aérea de San Isidro y el Aeropuerto Internacional de Las Américas como base logística de la Operación Southern Spear . Aunque esa presencia física se haya reducido en las últimas semanas, los organizadores de la marcha denuncian que la \»guerra silenciosa\» continúa: drones, vigilancia algorítmica y grupos de ataque navales mantienen el Caribe bajo control estadounidense . Por eso, la marcha exigirá no solo el fin del bloqueo a Cuba, sino también la salida definitiva de las tropas extranjeras de puertos, aeropuertos, mares, costas y fronteras dominicanas. El recorrido, minuciosamente trazado, tiene la geografía de la memoria. Partirá a las 9:30 de la mañana desde la Plazoleta La Trinitaria, en la cabecera del Puente Duarte, para atravesar los sectores de Villa Francisca, San Antón, San Miguel, San Lázaro, la Ciudad Colonial y la calle El Conde, hasta concluir frente a la estatua de Caamaño en el Parque Independencia. Será, prometen los convocantes, una marcha dedicada a Duarte, a Caamaño y a Luperón, pero también una protesta \»contra la corruptela, el saqueo, la usura bancaria, la explotación y la impunidad; contra las brutales desigualdades sociales, la privatización, el deterioro de los servicios públicos, la depredación ambiental y el robo del patrimonio público y natural del país\». En la lista de demandas, extensa como un pliego de pobrezas acumuladas, figuran el salario digno, la salud y educación públicas, la seguridad social universal, viviendas confortables para el pueblo humilde, la despenalización de las tres causales, el alto a la violencia de género y al racismo, el respeto a los derechos de jóvenes y niños, y la defensa del agua y la vida. Pero el énfasis final, el que da sentido a la convocatoria en el concierto de las naciones, es la solidaridad con los pueblos que, como Cuba, Venezuela, Nicaragua, México y Palestina, enfrentan lo que las izquierdas denominan \»la arrogancia imperial\». Mientras tanto, en La Habana, las medidas de austeridad se extreman: apagones prolongados, semanas laborales acortadas, universidades cerradas, vuelos cancelados . El gobierno cubano ha priorizado la instalación de paneles solares —casi mil megavatios en el último año— y la protección de hospitales y escuelas, pero el déficit energético sigue siendo agudo . \»Sin energía, todo queda comprometido\», ha denunciado el embajador Curbelo. \»Lo que han hecho es condenar al pueblo cubano al exterminio\» . El domingo, cuando los manifestantes caminen desde el puente Duarte hasta la estatua de Caamaño, llevarán en sus pancartas esa denuncia. Y quizás, en el eco de sus consignas, resuene la advertencia de José Martí que el diplomático cubano recordó en Brasilia: \»Hacer es la mejor manera de decir\». En las calles de Santo Domingo, este 22 de febrero, la solidaridad dejará de ser palabra para volverse paso.
Sesenta y siete años de bloqueo: la resistencia numantina de Cuba frente al asedio de Washington
Ni el cerco más largo de la historia ha logrado doblegar la dignidad de la isla, que hoy enfrenta su hora más crítica mientras el imperio dicta cátedra desde la comodidad de su propia orilla Por Julio Guzmán Acosta LA HABANA.- En el año 133 antes de Cristo, la ciudad celtíbera de Numancia cayó tras quince meses de asedio romano. Sus habitantes, diezmados por el hambre y la peste, prefirieron el suicidio colectivo antes que entregar sus hogares al invasor. Aquella gesta entró en la historia como símbolo supremo de la resistencia ante un poder abrumador. Cuba lleva 768 meses bajo bloqueo. Sesenta y siete años. Cincuenta y una veces lo que resistió Numancia . La diferencia no es solo temporal. Es, fundamentalmente, de resultado. Numancia fue arrasada. Cuba, en cambio, sigue en pie. Herida, asfixiada, con sus habitantes enfrentando carencias que en cualquier país desarrollado serían consideradas catástrofe humanitaria, pero en pie. Esa persistencia, esa obstinación por existir como nación soberana a sólo 140 kilómetros de la costa de Florida, constituye uno de los fenómenos geopolíticos más extraordinarios del siglo XX y lo que va del XXI. Pero la historia, como los ciclones del Caribe, retorna con violencia renovada. Esta semana, mientras el mundo miraba otros conflictos, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, compareció ante la prensa para dictar sentencia sobre el destino de la isla: \»Son un régimen que está cayendo. El país está derrumbándose y creemos que va en su interés realizar cambios muy drásticos muy pronto\». La declaración, pronunciada con la naturalidad de quien comenta el clima, encierra en pocas palabras la esencia de una política que trece administraciones estadounidenses —demócratas y republicanas por igual— han mantenido inalterable durante más de seis décadas: el derecho a decidir lo que Cuba debe hacer. I. Los orígenes del cerco: de Eisenhower a la orden ejecutiva de Kennedy Para comprender la dimensión de lo que hoy ocurre, es necesario retroceder hasta los albores de la Revolución Cubana. El 1° de enero de 1959, las columnas del Ejército Rebelde entraban en La Habana. Fulgencio Batista, el dictador que Estados Unidos había armado y sostenido durante años, huía del país con las arcas vaciadas . La reacción de Washington no se hizo esperar. Apenas tres meses después del triunfo rebelde, el subsecretario adjunto de Estado Lester Mallory redactó un memorando que el tiempo se encargaría de convertir en documento fundacional de la política exterior estadounidense hacia Cuba. Fechado el 6 de abril de 1960, el texto es de una claridad escalofriante: \»La mayoría de los cubanos apoya a Fidel Castro… La única manera previsible de restar apoyo interno es generar descontento y desesperanza mediante el deterioro de las condiciones económicas… Debemos emplear todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, aunque sea admirablemente correcta y legalmente posible, no implique el riesgo de una intervención militar, sea la de negar a Cuba dinero y suministros con el fin de reducir sus ingresos reales y salarios, provocar hambre, desesperanza y el derrocamiento del gobierno\» . El párrafo contiene, con precisión burocrática, el programa que se aplicaría durante los siguientes sesenta y siete años: hambre, desesperanza, derrocamiento. Todo ello sin necesidad de invadir. Todo ello, en palabras de Mallory, \»admirablemente correcto y legalmente posible\». El 3 de febrero de 1962, el presidente John F. Kennedy firmó la Orden Ejecutiva 3447, que establecía el bloqueo económico, comercial y financiero total contra Cuba, amparándose en la Ley de Comercio con el Enemigo de 1917, una legislación concebida originalmente para la Primera Guerra Mundial . La medida entraba en vigor el 7 de febrero de ese mismo año. Lo que comenzó como restricciones parciales se convertía así en cerco absoluto. Desde entonces, generaciones enteras de cubanos han nacido, crecido, envejecido y muerto bajo el asedio. Nadie en la isla menor de sesenta años recuerda cómo era vivir sin bloqueo . II. La arquitectura jurídica del asedio: leyes con nombre propio El bloqueo no es una simple acumulación de decretos presidenciales. Constituye un entramado legal de enorme complejidad, diseñado para cubrir todos los flancos por los que pudiera filtrarse cualquier resquicio de normalidad económica. La base del sistema descansa sobre la Sección 620a de la Ley de Ayuda Extranjera de 1961, que facultó al presidente para imponer las restricciones . Pero fueron las leyes aprobadas por el Congreso en las décadas siguientes las que convirtieron el cerco en una maquinaria de precisión quirúrgica. En 1992, bajo la administración de George H.W. Bush, el Congreso aprobó la Ley Torricelli, también conocida como Ley para la Democracia en Cuba. Esta norma prohibía a las subsidiarias de empresas estadounidenses en terceros países comerciar con Cuba y establecía sanciones a los barcos que atracaran en puertos cubanos. Por primera vez, el bloqueo adquiría carácter extraterritorial, violando abiertamente el derecho internacional al castigar a naciones soberanas por sus relaciones comerciales con la isla . Cuatro años después, en 1996, llegaría la Ley Helms-Burton (Ley para la Libertad y la Solidaridad Democrática Cubanas), posiblemente la pieza más agresiva de este andamiaje jurídico. La norma permitía a ciudadanos estadounidenses —incluyendo a aquellos que habían abandonado Cuba décadas atrás— demandar ante tribunales de Estados Unidos a empresas extranjeras que \»traficaran\» con propiedades confiscadas tras la Revolución. El objetivo era claro: ahuyentar cualquier inversión extranjera en la isla mediante la amenaza de juicios multimillonarios . A estas leyes se suman las Regulaciones para el Control de los Activos Cubanos de 1963, que prohíben prácticamente cualquier transacción financiera con Cuba, y la inclusión recurrente de la isla en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, una designación que el Departamento de Estado restableció en 2021 tras haber sido eliminada durante el breve deshielo de la era Obama. El resultado de este entramado legal es, en palabras del gobierno cubano, \»el sistema de medidas coercitivas unilaterales más prolongado y abarcador jamás aplicado contra nación alguna\» . III. Las cifras del dolor: el costo humano del bloqueo Detrás de
La Fiesta que Trump no Pudo Silenciar: El Dembow que Retumbó en el Corazón del Imperio

Anoche, en el zumbido eléctrico del Levi\’s Stadium, ocurrió lo que el discurso del miedo había calificado de imposible. Lo que la ira presidencial había tildado de “horrible”. Sobre el césped sagrado del fútbol americano, donde solo resuenan los himnos en inglés y los cantos de guerra de equipos con nombres de conquistadores, floreció, explosiva y soberana, una isla. No fue un escenario, fue un país portátil. Y su embajador, Benito Antonio Martínez Ocasio, no pidió disculpas. Dio una lección. Bad Bunny convirtió los trece minutos de medio tiempo en una crónica épica de la resistencia latina. No con discursos, sino con símbolos. No con arengas, sino con perreo. La casita multicolor, un ícono de sus conciertos en Puerto Rico, se erigió en el centro del campo como un acto de posesión doméstica. “Aquí vivimos”, parecía decir. De sus ventanas asomaron no solo estrellas como Karol G o Pedro Pascal, sino el alma misma de una comunidad. Apareció La Toñita, leyenda nuyorican de Brooklyn, sirviendo un trago mientras sonaba NUEVAYoL. Cada detalle era un puente tendido entre el archipiélago y la diáspora, entre la nostalgia y el poder del ahora. Pero el golpe maestro, el que transformó la celebración en declaración política, fue el desfile final. Un cuerpo de baile, una constelación humana, ondeó las banderas de toda América Latina. Argentina, México, Colombia,Venezuela, República Dominicana… una a una, como un rosario de patrias unidas por un ritmo común. Bad Bunny, con la furia del que reclama lo suyo, recitó los nombres. Y luego, alzó un balón de fútbol americano que llevaba un mensaje escrito para quien quisiera leerlo: “Juntos somos América”. No America. América. Plural, mestiza, nuestra. Fue un touchdown conceptual contra la idea de una nación única, pura y homogénea. Un pase perfecto a la end zone de la unidad continental. El espectáculo fue un viaje sin concesiones por el español y sus ritmos. No hubo guiños en inglés, no hubo traducción. El “perreo”, ese baile sensual y liberador tan vilipendiado por la moralina, se escribió con letras gigantes en las pantallas. Era la reivindicación de un código cultural, de un lenguaje corporal que es territorio propio. La música fue un mapa sonoro de la conquista: desde los himnos del reguetón primigenio como La Gasolina —un reconocimiento a los pioneros Daddy Yankee y Don Omar— hasta la fusión con Lady Gaga, quien, en un gesto de sumisión al nuevo orden, transformó su balada Die with a Smile en un número salsero con el conjunto puertorriqueño Los Sobrinos. Y en medio de la fiesta, el guiño más conmovedor y punzante. Tras ganar dos Grammys la semana pasada y gritar “ICE fuera” ante el mundo, Bad Bunny entregó uno de sus trofeos a un niño en el escenario. La imagen era un dardo de doble filo: era él mismo de pequeño, soñador en Vega Baja; pero también, de manera inevitable, era Liam Conejo, el niño migrante detenido, el símbolo del trauma infligido por las políticas que Trump promete intensificar. No hizo falta una palabra. El acto lo dijo todo: el futuro recibe el reconocimiento de manos del que resiste. Mientras esto ocurría, la reacción del otrora hombre más poderoso no se hizo esperar. En su red social, Trump escribió que el espectáculo había sido “terrible” y “una afrenta”. Se quejó, previsiblemente, de que “nadie entiende una palabra”. Lo entendió perfectamente. Entendió que había perdido esta batalla cultural. Que mientras su “Intermedio Exclusivamente Estadounidense” alternativo languidecía en YouTube, Bad Bunny había ocupado, con una fiesta imparable, el centro simbólico del país. Anoche, el medio tiempo de la Super Bowl dejó de ser un intermedio. Fue el acto principal. Fue la prueba de que la cultura no es un entretenimiento inocente, sino el campo donde se libran las batallas más decisivas por la identidad y la pertenencia. Bad Bunny no solo dio un concierto. Plantó una bandera. Demostró que se puede cantar solo en español en la fortaleza del sueño americano y hacer que el mundo coree al unísono. Trump puede no saber quién es. Puede decir que no lo escucha. Pero anoche, 130 millones de personas, voluntaria o involuntariamente, sintieron el temblor. El futuro llegó. Y viene perreando.