UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

Reunion entre Gustavo Petro y Donald Trump: El Encuentro Imposible

Petro y Trump: la foto que estremece a Colombia y el cálculo frío de un año electoral donde todo, hasta un apretón de manos con el “fascista”, es una jugada por el poder Por Julio Guzmán Acosta. La instantánea es un puñal. Ahí están, congelados en un marco que parece blasfemo: el primer presidente de izquierda que ha tenido Colombia, estrechando la mano del hombre que amplios sectores del planeta –con razón fundada– señalan como fascista, autoritario, pedófilo, xenófobo, misógino, genocida, negacionista climático y artífice de políticas que han esparcido dolor y muerte dentro y fuera de Estados Unidos. La imagen escuece, quema la retina del idealismo. Pero reducir la política a la moral de una fotografía es un lujo que sólo pueden permitirse quienes nunca han tenido que gobernar. La verdadera política, esa que se cuece a fuego lento en los despachos donde se miden fuerzas, se leen contextos y se administran riesgos, es otra cosa: es la arena sucia y gris de lo posible. El encuentro entre Gustavo Petro y Donald Trump no es una curiosidad diplomática. Ocurre en el minuto exacto en que Colombia entra formalmente en la vorágine electoral. El 15 de marzo se elige nuevo Congreso; el 31 de mayo, presidente y vicepresidente. Petro no puede reelegirse, pero su proyecto –ese giro político iniciado en 2022– está en la picota. Lo que se juega no es la permanencia de un hombre, sino la continuidad o el desmantelamiento de una apuesta histórica. Y esa continuidad hoy tiene un nombre que resuena con fuerza en el campo progresista: Iván Cepeda Castro. Él es la carta para profundizar lo iniciado, el dique contra la ofensiva conservadora que quiere revertir cada reforma. Trump, por su parte, no es un espectador imparcial. Ha metido sus manos –tosca, temerariamente– en los procesos electorales de América Latina. A Colombia la tiene en la mira: ha acusado a Petro de narcotráfico, sin pruebas, en declaraciones que aquí no son simples improperios. En un país donde el narcotráfico, la seguridad y el visto bueno de Washington han sido históricamente látigos de campaña, esas palabras tienen el peso de una losa. Por décadas, en Colombia se instaló una pedagogía perversa que disfrazó la subordinación como “cooperación estratégica”. La presencia militar extranjera, la sombra de las agencias, los acuerdos de “asistencia” –esa palabra dulce para el saqueo– no se veían como injerencia, sino como garantías de un orden impuesto. El prolongado conflicto interno dio el pretexto perfecto: la lucha contra el comunismo y las guerrillas sirvió para legitimar una élite política, económica y mediática profundamente alineada con el Norte. Así se naturalizó una relación asimétrica: Estados Unidos como garante, Colombia como socio disciplinado. Una dependencia funcional sostenida por un axioma tácito: la seguridad se delega, la soberanía se negocia y la crítica se vuelve sospechosa. Por eso, este viaje a Washington no fue un mero trámite de política exterior. Fue, ante todo, una jugada maestra de política interna. Petro llegó con el agua al cuello: reformas entrampadas, tensiones en su propio campo, una ofensiva judicial y mediática feroz desde la derecha, y la narrativa opositora que lo pinta como un paria internacional, incapaz de dialogar con los centros reales del poder. La reunión con Trump, en ese contexto, operó en varios frentes a la vez. Le permitió desactivar –al menos en parte– el relato del aislamiento, contener la acusación de ser “enemigo de Estados Unidos” y exhibir capacidad de diálogo hasta con su antagonista ideológico más poderoso. Nada de esto implica afinidad o concesión; habla de un pragmatismo frío, atado al calendario electoral que marca el compás de cada gesto presidencial. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿legitimación o contención? Es comprensible el reparo moral: la foto conjunta puede sentirse como una traición a los principios. Pero gobernar exige a veces decidir en escenarios que no son ideales. No se trata de claudicar, sino de administrar los principios en un mundo de poder real. ¿Qué habría ganado Colombia con una negativa? En política, la ausencia también comunica, y en año electoral, puede ser un arma letal. Negarse habría alimentado el relato de la irresponsabilidad diplomática. Asistir conlleva un riesgo simbólico, pero también otorga un cierto control narrativo. Petro optó por lo segundo. Incluso el tuit posterior, con la dedicatoria de Trump –“You are great”– debe leerse en clave doméstica. La derecha colombiana ha construido durante años una descalificación clasista y cultural contra la izquierda: por no hablar inglés con fluidez, por el origen social, por el pasado guerrillero, por no encajar en los códigos rancios de la élite bogotana que se cree única “capaz y merecedora” de gobernar. Ese gesto, más allá de su contenido, es un mensaje interno: no se negocia desde la inferioridad cultural ni desde el complejo colonial. Se habla de tú a tú, aunque la asimetría estructural siga ahí, intacta. La derecha intentará usar el acercamiento como señal de incoherencia; el progresismo, como prueba de gobernabilidad. Pero más allá de la retórica inmediata, Estados Unidos seguirá siendo un factor estructural en la política colombiana. La relación en seguridad, migración, comercio y lucha contra las drogas no se evapora por afinidades o fricciones ideológicas. Y no cabe ingenuidad: Trump no da puntada sin dedal. Su política exterior no se mueve por gestos gratuitos; opera sobre intereses concretos, y eso casi siempre significa injerencia y saqueo. Es probable que en los próximos meses emerjan presiones o condicionamientos hoy aún ocultos. La reunión no cancela la historia de dependencia, ni transforma por sí sola la correlación de fuerzas. El imperialismo no desaparece con un apretón de manos. La pregunta correcta, entonces, no es si dialogar o no dialogar. La pregunta es desde qué posición se dialoga y con qué objetivo estratégico. Petro eligió hacerlo en el momento más complejo del calendario político. La fotografía es incómoda, sí. Pero la política, sobre todo en nuestra América Latina convulsa, rara vez ofrece escenarios cómodos. Y a veces, en año electoral, gobernar también significa administrar contradicciones, caminar sobre

LA GEOMETRÍA DEL PODER: PETRO, TRUMP Y EL REAJUSTE DE UNA ALIANZA INCOMODA

Tras la tormenta de señalamientos y misiles, el presidente colombiano y su homólogo estadounidense buscan un nuevo cauce para una relación histórica. La foto en la Casa Blanca es sólo la punta del iceberg: operaciones militares, deportaciones y una posible lluvia de inversiones marcan el camino de una normalización calculada al milímetro. Por Servicios umbral.local/ WASHINGTON, D.C.— El aire en la Sala de los Tratados de la Casa Blanca olía a cera antigua y a un alivio tenso, cuidadosamente negociado. Allí, el miércoles pasado, dos hombres que durante meses se habían intercambiado acusaciones de narcotráfico e intervencionismo se dieron la mano. No fue un gesto de amistad, sino el cierre ritual de una crisis. Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda de Colombia, y Donald Trump, el mandatario estadounidense que llegó a sugerir que “cuidara su trasero”, trazaron con ese apretón la frontera visible de una tregua. Pero la política, como el agua, siempre busca su nivel. Y las aguas, tras meses de tormenta, “vuelven al cauce del que nunca debían haber salido”, sentencia Xavier Vendrell, asesor político y antiguo colaborador de Petro. Sin embargo, este reencuentro no es un simple retorno al statu quo. Es la reanudación de una coreografía geopolítica donde cada paso, sincronizado o no, tiene consecuencias inmediatas y terrenales. Mientras los titulares se centraban en la foto, el terreno ya cambiaba: el miércoles, el Ejército colombiano retomó con fuerza operaciones ofensivas contra el ELN. El jueves, la Operación Lanza del Sur de la Armada estadounidense extendió su radio de acción al Pacífico, interceptando una narcolancha en aguas internacionales frente a las costas colombianas. Y el 6 de febrero de 2026, un primer vuelo con deportados colombianos desde Estados Unidos ha aterrizado en Bogotá. Son los primeros frutos, amargos y dulces, de esta normalización. El distanciamiento había sido brutal y público. Comenzó hace un año, precisamente por el espinoso asunto de las deportaciones, y escaló en una espiral de improperios en redes sociales. La “extracción” militar de Nicolás Maduro en Venezuela por fuerzas estadounidenses, que Petro calificó de “aberrante”, y la posterior amenaza velada de Trump hacia Colombia, llevaron la relación al borde del abismo. La inclusión de Petro y su familia en la llamada “lista Clinton” –que le costó la cancelación de su visa– y la suspensión de la ayuda financiera fueron el punto álgido de un invierno diplomático. “Todo esto tiene que ver mucho con una intoxicación voluntaria y malévola por parte de la extrema derecha colombiana”, analiza Vendrell desde Barcelona. “Habían logrado convencer a Trump de unos vínculos con el narcotráfico que son sencillamente absurdos. Yo creo que la extrema derecha se ha marcado un autogol y Petro sale claramente reforzado”. Una politóloga colombiana, quien participó en el Proceso de Paz y pidió reserva de su nombre, coincide: “Una de las banderas de la derecha siempre fue su buena relación con Washington y vendían la idea de que un gobierno de izquierda no la tendría. Esa carta se les ha caído”. El diálogo de los “libres” (y los pragmáticos) La reunión en sí fue un ejercicio de realpolitik envuelto en retórica de principios. “Fue una reunión entre libres”, declaró Petro después, parado en el jardín de la Casa Blanca. “Entre iguales, que piensan diferente, sí, con poderes diferentes, obviamente, pero capaces de encontrar caminos comunes”. Su anfitrión fue más conciso: “Él y yo no éramos precisamente los mejores amigos… Nos llevamos muy bien”. Trump incluso dejó una dedicatoria para Petro: “You are great”. Pero detrás de la cordialidad forzada, no hubo concesiones programáticas. Petro, incluso durante su visita, no se mordió la lengua. En la Universidad de Georgetown, lanzó dardos contra la intervención en Venezuela: “En donde nació Bolívar cayeron misiles… Caracas se convirtió en la primera ciudad latinoamericana en toda la historia mundial en ser bombardeada”. Y en la rueda de prensa conjunta, redobló su crítica al enfoque fallido de la guerra contra las drogas, entregándole a Trump una lista con nombres y lugares: “La primera línea del narcotráfico vive en Dubái, en Madrid, en Miami… Sus capitales están fuera de Colombia y hay que perseguirlos conjuntamente”. ¿Quién cedió entonces? Para Vendrell, el giro es más atribuible a Washington que a Bogotá. “Ha habido un cambio de visión grande por parte de Trump. Petro no ha moderado su postura; ha mantenido su discurso, pero en un marco de diálogo”. Un diálogo que, advierten los analistas, es frágil. “No estamos a salvo de un nuevo episodio”, señala Yann Basset, profesor de la Universidad del Rosario, en declaraciones a Efe. “Ambos son presidentes que suelen comunicar lo que piensan mediante redes sociales y eso, en cualquier momento, puede llevar a una nueva crisis”. Las consecuencias sobre el terreno: de las armas a los capitales Más allá de la foto y los discursos, la normalización promete un impacto tangible. La politóloga consultada por Umbral anticipa varios frentes: “Va a haber una recuperación de la cooperación estadounidense, sobre todo en sustitución de cultivos; se fortalecerá el apoyo militar en la frontera con Venezuela; veremos un enfrentamiento más directo con el ELN; y aumentará la atención de los empresarios estadounidenses, que tendrán menos prevenciones”. Es el cálculo frío de Petro en año electoral. Con su sucesor en juego, demostrar que puede “hacer las Américas grandes de nuevo” –en una peculiar adaptación del lema trumpista– no es un eslogan, sino una necesidad. Sostener la inversión extranjera y recuperar el flujo de cooperación son argumentos poderosos frente a una oposición que lo acusa de aislamiento. El viaje a Washington, pues, no fue una peregrinación ideológica. Fue una operación de alto riesgo para reubicar a Colombia en el tablero. La foto con Trump era incómoda, pero necesaria. Las aguas, ahora, parecen fluir de nuevo por el cauce profundo y antiguo de la relación bilateral: un torrente de intereses estratégicos, donde la soberanía negocia y la seguridad se co-administra. El cauce nunca se secó; sólo estuvo turbulento por un tiempo. Y, como advierten todos, la próxima tormenta podría no tardar.

El poder amenaza al periodismo: la tentación autoritaria de Donald Trump

En la madrugada —esa hora en la que el poder cree que nadie mira— estalló un episodio que retrata con crudeza una pulsión vieja y peligrosa: el intento sistemático de amordazar a la prensa. El rostro visible de esta denuncia fue David Muir, pero el problema desborda un nombre propio. El poder señalado vuelve a ser el mismo: Donald Trump. Cuando un funcionario de la categoría del presidente estadounidense intenta frenar una investigación con amenazas directas, no discute ideas: impone miedo. No ejerce liderazgo democrático: ensaya control. Y cuando el blanco es un periodista, el objetivo real no es una persona, sino el derecho colectivo de la sociedad al acceso a la información. No se trata de un exabrupto aislado, sino de un patrón de conducta que busca disciplinar, intimidar y domesticar al periodismo. Ese patrón se ha vuelto aún más explícito con el arresto de periodistas en ejercicio de su labor profesional, un hecho que encendió la alarmas incluso dentro del propio establishment político estadounidense. Tras el apresamiento de Don Lemon y Georgia Fort, detenidos mientras cubrían una manifestación en una iglesia cuyo pastor mantiene presuntos vínculos con el ICE, la exvicepresidenta de Estados Unidos Kamala Harris emitió una declaración pública de extraordinaria gravedad institucional. “La Primera Enmienda es una garantía esencial para todos los estadounidenses: nos protege el derecho a expresarnos, a informar y a exigir cuentas a quienes ejercen el poder sin miedo a represalias.” Harris no se limitó a una defensa abstracta de la libertad de expresión. Señaló directamente al poder político responsable: “Hoy, Donald Trump y su administración vuelven a atropellar nuestras libertades y derechos fundamentales. Los periodistas Don Lemon y Georgia Fort estaban cumpliendo con su deber de informar al pueblo estadounidense y, aun así, fueron arrestados por hacerlo.” Y fue más allá, al advertir sobre la deriva autoritaria que se consolida: “Donald Trump sigue acumulando poder y demostrando un desprecio alarmante por el estado de derecho. Este arresto representa otro golpe contra nuestras libertades, y debería provocarnos alarma e indignación a todos.” Estas palabras no provienen de la periferia del sistema, sino del corazón mismo del poder institucional estadounidense, lo que vuelve aún más inquietante el escenario. Cuando una exvicepresidenta invoca la Primera Enmienda para denunciar la persecución a periodistas, no estamos ante una polémica mediática, sino frente a una crisis democrática. El guion es conocido en América Latina y en cualquier sociedad que haya rozado el autoritarismo: primero llegan los “consejos” en voz baja; luego las llamadas que no se devuelven; después las advertencias explícitas; finalmente, las detenciones ejemplificadoras. El mensaje es simple y brutal: investigar tiene costo. Así se mutila la democracia desde adentro, sin tanques, pero con miedo. Quienes relativizan estos hechos alegando que “es parte del juego político” blanquean la intimidación. La prensa no presiona: interroga. No conspira: documenta. No gobierna: controla al que gobierna. Criminalizar esa función es criminalizar la democracia misma. La intimidación al periodismo no nace del enojo por preguntas incómodas; nace del temor a respuestas que se aproximan. Donde hay documentos ocultos, flujos financieros opacos y llamadas fuera de registro, la tentación autoritaria se acelera. El poder que se cree impune odia la libertad de expresión. Defender al periodismo hoy no es defender una corporación mediática: es defender el derecho del pueblo a la verdad. Callar frente a estas prácticas es normalizar el autoritarismo. Y aceptar el miedo como regla es renunciar a la democracia. Laprensa no responde al poder. Lo cuestiona. Y cuando el poder intenta someterla, es el deber ciudadano levantarse en defensa de quienes informan. Porque sin periodismo libre y veraz no hay democracia, y sin democracia no hay futuro.

Claudia Sheinbaum Habla Claro: ¡México No Se Doblega!

En el santuario cívico de Querétaro, la presidenta Claudia Sheinbaum lanza un grito de soberanía contra las presiones de Washington, enarbolando la Constitución de 1917 como escudo frente a lo que califica como un nuevo intento de sometimiento económico y militar. Por Julio Guzmán Acosta QUERÉTARO, México.— El Teatro de la República guarda un silencio espeso, cargado de historia. Entre sus paredes ondea el fantasma de 1917, cuando se firmó la Carta Magna que le arrebató privilegios al porfiriato para dárselos al pueblo. Este 5 de febrero de 2026, 109 años después, la escena se repite con un elenco distinto pero un guion similar. En el mismo escenario, frente a la flor y nata del poder mexicano —los presidentes de la Corte, del Congreso, los 31 gobernadores—, la presidenta Claudia Sheinbaum pronuncia una frase que no es solo un lema, sino un dardo dirigido al norte: “México no se doblega, no se arrodilla, no se rinde y no se vende”. Cada palabra parece calculada para resonar más allá del teatro, para cruzar la frontera y llegar a los oídos de una administración estadounidense que, bajo el mandato de Donald Trump, ha multiplicado las presiones: amenazas arancelarias, exigencias de que tropas extranjeras persigan a cárteles en suelo mexicano, revisiones agresivas del tratado comercial TMEC. Sheinbaum, con la Constitución en la mano como un talismán, no habla solo de conmemoración. Habla de guerra fría comercial, de soberanía asediada. El discurso: una línea en la arena Su voz, pausada pero firme, recorre las reformas de lo que llama la Cuarta Transformación: las 22 enmiendas constitucionales y más de 50 reformas legales aprobadas entre septiembre de 2024 y diciembre de 2025. Cada cambio, dice, es un “rescate”. Cita el artículo 40, reformado para blindar al país contra “intervenciones, intromisiones o cualquier otro acto desde el extranjero”, y lo lee completo, como quien muestra un escudo. Habla de la reforma energética que “recupera” Pemex y la CFE, de la reforma judicial que instaura la elección popular de jueces, del reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas. Pero el núcleo de su mensaje no está en lo hecho, sino en lo que se rechaza. Traza una línea histórica clara: 36 años de neoliberalismo versus 7 años de transformación. Describe aquel pasado con detalles concretos y dolorosos: la privatización de ferrocarriles, puertos, cárceles; la entrega del petróleo y la electricidad; la condonación de impuestos a grandes fortunas mientras se cobraba a los más pobres; las pensiones y hasta las guarderías en manos privadas. “México no regresará al régimen de privilegios y de corrupción”, sentencia. “México tampoco regresará a ser colonia ni protectorado de nadie”. El contexto: un cerco que se estrecha La crudeza del discurso solo se entiende al medir la presión exterior. Trump no es un adversario retórico; es una realidad geopolítica. Su amenaza de imponer aranceles al petróleo que exporte cualquier país a Cuba ya obligó a México a suspender temporalmente sus envíos de crudo a la isla. La revisión del TMEC se ha convertido en un pulso donde Washington exige desmantelar lo que considera “barreras” comerciales, muchas de ellas, políticas públicas sociales de la actual administración. Y sobre todo, está la exigencia —incesante, pública— de permitir operaciones militares estadounidenses en territorio mexicano contra los cárteles, una petición que para aquí suena a violación flagrante de la soberanía. Sheinbaum, por tanto, no habla al vacío. Habla a un país que siente el acoso y a un poder estadounidense que escucha. Su mensaje es a la vez interno y externo: una proclama de unidad nacional frente a la “injerenza” y una advertencia a Washington de que la mesa de negociación tiene límites. La escena: un país en un teatro El simbolismo del acto es total. En el mismo sitio donde Venustiano Carranza promulgó la Constitución que nacionalizó el subsuelo y consagró los derechos sociales, Sheinbaum se presenta como heredera de esa tradición “antientreguista”. A su lado, el ministro presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguila Ortiz, inicia su intervención en mixteco —un gesto potente de la “nueva época”— y el gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri, le dice: “No está sola, presidenta”. Es un coro de poderes alineados, una foto de unidad institucional que busca proyectar fuerza hacia fuera y cohesión hacia dentro. La crónica de una soberanía declarada Lo que se vivió en Querétaro trasciende el aniversario. Fue la ratificación de una doctrina de política exterior nacida del nacionalismo revolucionario, pero recalibrada para los desafíos del siglo XXI: la integración comercial sí, pero no a cualquier precio; la cooperación en seguridad, pero sin cedulaje de la soberanía territorial. Sheinbaum no solo conmemoró un texto; lo reactivó como arma de disputa en un momento de máxima tensión bilateral. Al final, entre aplausos, la frase queda flotando en el aire del histórico teatro: “México no se vende”. Es una afirmación, una defensa y, quizás, también un presentimiento de las batallas que vienen. En el difícil ajedrez con Trump, Sheinbaum acaba de mover su reina. Y la ha colocado sobre la casilla de la soberanía. El mensaje está enviado. Ahora, el mundo observa la respuesta.

Venezuela y Estados Unidos Reanudan el Diálogo Directo en Caracas

Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, recibe a la enviada estadounidense Laura Dogu en Miraflores y designa al experimentado Félix Plasencia como representante diplomático en Washington, en un paso hacia una \»agenda de trabajo\» bilateral tras años de máxima tensión. Por Julio Guzmán Acosta CARACAS.— En un gesto que marca un nuevo capítulo en las agitadas relaciones bilaterales, la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, recibió este lunes 2 de febrero en el Palacio de Miraflores a la Encargada de Negocios de la Unidad de Asuntos para Venezuela de Estados Unidos, Laura Dogu. El encuentro, calificado de “trabajo” y “revisión exhaustiva”, culminó con un anuncio de peso: la designación del ex canciller Félix Plasencia como representante diplomático venezolano en Washington. La reunión, confirmada por el ministro de Comunicación, Miguel Ángel Pérez Pirela, se enmarca en la reactivación de contactos exploratorios entre ambos gobiernos, separados por sanciones económicas severas, disputas políticas y reconocimientos diplomáticos enfrentados. Según Pérez Pirela, el encuentro se realizó “en el marco de la agenda de trabajo entre la República Bolivariana de Venezuela y de los Estados Unidos de Norteamérica”. El canciller Yván Gil, quien también participó, ofreció un tono muy optimista. Destacó que en la cita “se cimentó la base para iniciar una agenda de trabajo que involucra el abordaje de las diferencias y controversias”. Gil describió el momento como “una etapa de trabajo” y “una revisión exhaustiva de todas las vías de cooperación” que podrían desarrollarse en los próximos meses, siempre bajo la premisa oficial de “construir una agenda productiva, una agenda de paz, una agenda de respeto”. Entre los temas abordados, el canciller mencionó discusiones sobre tópicos energéticos, políticos y económicos, sin entrar en precisiones. “Hemos hecho un repaso de la agenda de paz y de respeto”, recalcó. Un Enviado de Peso para Washington El movimiento más concreto y significativo surgido tras la visita de Dogu fue el anuncio de la designación de Félix Plasencia. Según detalló el ministro Pérez Pirela en redes sociales, la presidenta Rodríguez designó a Plasencia como “representante diplomático de Venezuela ante EEUU”, quien “se trasladará con su equipo a suelo estadounidense en los próximos días”. Plasencia no es un nombre nuevo en la diplomacia venezolana. Es un funcionario de amplia trayectoria dentro del chavismo: se desempeñó como ministro de Relaciones Exteriores entre agosto de 2021 y diciembre de 2022. Anteriormente, fue viceministro para Temas Multilaterales y para Asia, Medio Oriente y Oceanía, y ejerció como embajador en China entre 2020 y 2021. Su nombramiento más reciente, el 2 de abril de 2024, había sido como embajador ante el Reino Unido, cargo que ahora deja para asumir el delicado desafío en Washington. Esta designación representa el intento más firme del gobierno del presidente Nicolás Maduro por restablecer una presencia diplomática formal en la capital estadounidense, luego de años en que las relaciones se han gestionado a través de caminos indirectos o con oficinas de interés. Un Paso Medido en un Camino Espinoso El encuentro en Miraflores y el envío de Plasencia sugieren una voluntad de ambas partes por mantener abierta una línea de comunicación directa, en un contexto internacional complejo y con la mirada puesta en el mercado energético global. Sin embargo, los obstáculos sustanciales permanecen: el entramado de sanciones financieras y petroleras de Washington contra Caracas, las disputas sobre la legitimidad política interna venezolana y el estatus de figuras como el opositor encarcelado Javier Tarre. La administración estadounidense ha mantenido una política de presión y condicionalidad, aunque en los últimos meses mostró cierta flexibilidad al permitir transacciones limitadas con la industria petrolera venezolana. La visita de Laura Dogu y la aceptación tácita de un enviado como Plasencia parecen responder a esta fase de exploración pragmática. El gobierno venezolano, por su parte, presenta estos movimientos como fruto de su diplomacia de paz y respeto. Los próximos meses dirán si este “abordaje de las diferencias”, como lo llamó el canciller Gil, logra traducirse en avances concretos o si quedará en un diálogo más dentro de una larga historia de desencuentros.

“En el imperialismo no se puede confiar ni un tantico”

Advirtió Ernesto Che Guevara—. No es una consigna congelada en el pasado; es una brújula política que conserva plena vigencia frente al ejercicio del poder estadounidense en nuestra región. Hoy, esa advertencia se vuelve especialmente pertinente cuando se evalúa la conducta y el discurso del presidente Donald Trump hacia América Latina e Irán. La experiencia histórica latinoamericana confirma que el imperialismo no actúa por error ni por improvisación moral, sino por cálculo. Intervenciones militares, golpes “blandos”, bloqueos económicos, sanciones selectivas y chantajes diplomáticos han sido instrumentos recurrentes para disciplinar gobiernos, condicionar economías y domesticar soberanías. La retórica puede variar —democracia, seguridad, lucha contra el narcotráfico—, pero el objetivo permanece: garantizar ventajas estratégicas y beneficios para las élites del Norte. Trump llevó esa lógica a su forma más descarnada. Sin el barniz diplomático tradicional, convirtió la amenaza en método y la humillación en lenguaje. Para América Latina, eso significó una política de presión abierta: sanciones que constriñen a pueblos, reconocimientos selectivos de autoridades “convenientes”, uso instrumental de organismos multilaterales y una constante disposición a la coerción. No hay allí “excesos” personales: hay coherencia imperial. El problema no es el estilo; es el proyecto. Confiar en Trump —o en cualquier administrador del mismo engranaje del imperialismo— implica olvidar una verdad elemental: el imperialismo no concede; exige. No acompaña procesos emancipadores; los combate. No respeta autodeterminaciones; las condiciona. Cuando promete cooperación, impone subordinación; cuando invoca seguridad, instala control; cuando habla de libertad, defiende privilegios. La frase del Che no llama al fatalismo, sino a la lucidez. Advierte contra la ingenuidad política que confunde gestos con garantías y palabras con compromisos. América Latina no puede construir su futuro sobre la expectativa de buena voluntad imperial, porque esa voluntad nunca ha sido neutral ni altruista. La historia demuestra que cada confianza depositada se paga con dependencia; cada concesión, con pérdida de soberanía. De ahí la tarea urgente: fortalecer la unidad regional, diversificar alianzas, afirmar proyectos propios y sostener una memoria activa que impida repetir errores. No se trata de un rechazo abstracto a una figura presidencial, sino de una crítica estructural a una forma de poder que, bajo Trump o bajo otros nombres, persiste en su afán de dominación. “Ni un tantito”, dijo el Che. No por odio, sino por conciencia histórica. En esa advertencia reside una ética política: la de no entregar el destino de los pueblos a quienes han demostrado, una y otra vez, que su interés no es nuestra dignidad, sino nuestros recursos naturales.

Bad Bunny: La Voz Indómita en la Noche Dorada

Un grito desde el escenario más brillante: cuando la música desnudó la barbarie y reclamó los nombres robados. Por Julio Guzmán Acosta La madrugada de este lunes, mientras Estados Unidos dormía entre pesadillas de protestas y divisiones, los Grammy no fueron solo una fiesta. Fueron un juicio. Bajo los reflectores de la industria musical más poderosa del mundo, se levantó un tribunal improvisado donde los acusados tenían nombres: ICE, la política migratoria de la administración Trump, el olvido calculado hacia los cuerpos que cruzan fronteras. Y desde ese estrado, con el trofeo del Álbum del Año en la mano, Bad Bunny —el huracán boricua que ha redefinido el pop global— lanzó un veredicto inapelable, una frase que ya resuena como estribillo de una generación: “No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens, somos humanos”. Pero aquel no fue un discurso aislado. Fue el coro final de una sinfonía de rabia y dignidad que atravesó toda la gala. Mientras en Mineápolis y otras ciudades ardían las calles por la justicia racial y migratoria, las alfombras rojas se llenaron de insignias discretas pero elocuentes, pequeños emblemas de resistencia prendidos en trajes de diseñador. Y luego, llegaron las voces. Una tras otra, como testigos en un proceso colectivo, desfilaron para dejar su testimonio. Billie Eilish, con su fría contundencia adolescente, sentenció: “No existe tal cosa como una persona ilegal en tierras indígenas robadas. A la mierda con ICE”. Olivia Dean, ganadora a mejor artista nueva, hurgó en la memoria familiar: “Estoy aquí como nieta de un inmigrante, soy producto de la valentía”. Y en el centro de la burla y la sátira, el presentador Trevor Noah clavó su dardo más afilado contra el presidente Trump, comparando su deseo por Groenlandia con la ambición de los artistas por el Grammy a Canción del Año —un chiste que provocó la inmediata y furibunda reacción del mandatario, quien amenazó con demandar al “pobre, patético, sin talento y tonto presentador”. Pero entre todas las intervenciones, la de Bad Bunny emergió con la fuerza de un manifiesto. No fue un agradecimiento protocolario. Fue una interrupción deliberada del guion, un “antes de agradecer a Dios” que trastocó el orden de lo permitido. Al gritar “¡Fuera ICE!” y reclamar la humanidad intrínseca de los migrantes, el artista performó un acto de desobediencia cultural en el corazón mismo del sistema. No habló solo como ganador, sino como portavoz de una comunidad sistemáticamente deshumanizada por leyes y retóricas que reducen vidas a adjetivos: “ilegales”, “extranjeros”, “alienígenas”. La prosa de la noche, así, fue literaria en su tragedia y en su resistencia. Cada discurso, cada insignia, cada mirada a cámara compuso un relato alternativo al oficial: el de un país que, en sus artistas más celebrados, se reconoce plural, mestizo, fundado por y sobre migrantes. Un país que, paradójicamente, celebra en esa misma gala a quienes le recuerdan sus deudas más íntimas. Los Grammy de esta madrugada no premiaron solo la excelencia musical. Premieron, quizá sin quererlo del todo, el coraje de usar el micrófono más amplificado del mundo para decir las verdades más incómodas. Y en ese gesto, Bad Bunny y sus compañeros transformaron trofeos en testimonios, aplausos en solidaridad, y una gala de entretenimiento en un capítulo urgente de la crónica social de nuestro tiempo. Porque, al final, la música puede callar muchas cosas, pero anoche eligió, claramente, gritar.

Protestas a lo largo y ancho de EE.UU.: Exigen la abolición del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)

Una marea de protestas sin precedentes en las últimas décadas inunda los cincuenta estados de la Unión, exigiendo la abolición del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y denunciando una escalada represiva. El movimiento, impulsado desde Minneapolis, ha logrado paralizar ciudades y convocar a figuras como Bruce Springsteen, en un clima político que los organizadores describen como un “incendio”. Por Julio Guzmán Acosta  MINNEAPOLIS, Minnesota.— Un frío cortante, propio del invierno en el Medio Oeste norteamericano, no fue obstáculo para el calor de la indignación. Este viernes y sábado, Estados Unidos se estremeció con una convulsión social de una magnitud no vista desde los lejanos días de la lucha por los derechos civiles. Bajo la consigna “Sin trabajo, sin clases, sin compras. Dejen de financiar a ICE”, una coalición inédita de movimientos sociales, sindicatos estudiantiles y organizaciones comunitarias logró un “cierre nacional” que tiñó de protesta las calles de cientos de ciudades, desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico, en un desafío directo a las políticas migratorias y de seguridad interior. El epicentro de este terremoto político fue, una vez más, Minneapolis. En esta ciudad, marcada a fuego por la memoria de George Floyd y ahora por lo que los activistas llaman la “Operación Metro Surge” –un despliegue de más de tres mil agentes federales–, los ciudadanos respondieron por segunda vez en enero con una huelga general masiva. Comercios bajaron sus persianas. Miles desfilaron por las avenidas. Y en un acto de poesía política conmovedora, decenas se apostaron sobre la superficie helada del lago Bde Maka Ska para formar, con sus cuerpos, un “SOS” visible desde los cielos: una señal de auxilio por las comunidades migrantes sumidas en el terror. El reclamo no es abstracto. Nace de la sangre y la pérdida. Los organizadores citan, con nombres y apellidos, una letanía de víctimas: los estadounidenses Renee Good y Alex Pretti, cuyas muertes a manos de agentes fueron captadas en video; el migrante cubano Geraldo Lunas Campos, fallecido bajo custodia en Texas; Liam Ramos, un niño de cinco años detenido al salir de la escuela en Minnesota; Keith Porter Jr., abatido en Los Ángeles en vísperas de Año Nuevo. “Estamos viendo cómo cambia el clima político”, declaró a este diario Gloriann Sahay, coordinadora nacional de la organización 50501, una de las fuerzas motrices de las protestas. “Personas que antes no participaban ahora dicen: esto no representa a Estados Unidos. La temperatura social ha cambiado. Pasamos del fuego a un verdadero incendio político”. LA VOZ DE UN BARD El sábado, el incendio encontró su trovador. En un acto cargado de simbolismo, el legendario Bruce Springsteen apareció de sopetón en un concierto de protesta en Minneapolis. Con su guitarra como única barricada, interpretó por primera vez en público “Streets of Minneapolis”, un crudo homenaje a Alex Pretti y un canto de duelo y resistencia. Los versos, ya circulando por las plataformas de streaming, resonaron como un veredicto: “Los matones federales de Trump le dieron una paliza/…/Y Alex Pretti yacía en la nieve, muerto. Oh nuestra Mineápolis, oigo tu voz/Llorando a través de la niebla sangrieta”. Pero la protesta trasciende el canto y la calle. Su objetivo es estructural: desmantelar la maquinaria. Las movilizaciones del “ICE Out of Everywhere National Day of Action” se focalizaron en centros de detención, aeropuertos y oficinas federales, incluyendo Washington D.C. La exigencia al Congreso es clara y radical: bloquear todo financiamiento al Departamento de Seguridad Nacional hasta que ICE sea abolido. Además, anuncian una campaña para desafiar electoralmente a todo legislador, demócrata o republicano, que haya avalado la expansión del aparato migratorio. Una encuesta reciente de YouGov muestra que el viento podría estar comenzando a soplar a su favor: el rechazo a ICE ha aumentado significativamente en la opinión pública. El movimiento, lejos de amainar, anuncia nuevas jornadas de lucha, incluyendo un Día de Cabildeo para impulsar un juicio político contra el ex presidente Donald Trump el próximo 17 de febrero. Estados Unidos, esa nación forjada en la promesa y la contradicción, parece haberse sumido en un profundo examen de conciencia, cuyo desenlace es aún una incógnita que se escribe en las calles heladas de Minneapolis y en el corazón de sus ciudades.

Con la honda de David

Se dice que el presidente Donald Trump dispondrá un bloqueo marítimo para cortar toda posibilidad de suministro de petróleo a Cuba. Un acto genocida que, en caso de producirse, pondrá a prueba cuál es el concepto de cada gobierno acerca de la paz, el respeto a la soberanía y ante el abuso y la injusticia. Cuba se liberó en 1959, escogió un camino distinto al gusto y el interés imperialista de Estados Unidos, país que desató una hostilidad rayana en lo demencial, como aparentan ser ahora los casos respectivos de Trump y Marco Rubio, aunque sabemos que estamos ante un problema político y no siquiátrico. La revolución triunfante empezó una reforma agraria cabal y justa y para demostrar que eso no funcionaba, los norteamericanos recurrieron hasta a la guerra bacteriológica contra la agricultura; una campaña de alfabetización que en un año eliminó el analfabetismo, entonces, el imperialismo organizó bandas armadas que en más de un caso llegaron al asesinato de brigadistas alfabetizadores; querían demostrar que el sistema de salud de Cuba era un fracaso y, mediante el soborno y otros medios sucios, provocaron una estampida de médicos que solo pudo ser superada en sus efectos por el acierto del gobierno revolucionario que formó nuevos médicos, suficientes para atender su pueblo y servirle al mundo; y la agresión armada en gran escala como en Girón, los sabotajes, el terrorismo, la guerra sucia y la guerra económica elevada a niveles inimaginables contra Cuba y contra quien comercie con Cuba. ¿Cuál sistema funciona exitosamente bajo un asedio igual? Claro que Cuba sufre grandes precariedades, pero hay que preguntar entonces quién las provoca o las agrava. Y algunos bárbaros hasta reclaman que, bajo ese ambiente de plaza sitiada, el gobierno revolucionario propicie la formación de partidos como los dos norteamericanos, con campañas electorales supercaras como las de aquí. Cuáles de esos gobiernos que hablan de fracaso en Cuba resistirían, un año siquiera, el asedio múltiple que Cuba ha enfrentado por más de sesenta años y doce gobiernos yanquis, a partir de Eisenhower. Un digno personaje latinoamericano sugirió declarar a Cuba y su pueblo patrimonios de la humanidad, por su capacidad de resistencia. Es de esperarse que ese país que ha dado tan grandiosa lección de amor a su independencia, con el respaldo muy merecido de todo lo honrado y justo de este mundo y armado con su honda de David, logre superar las nuevas pruebas a las que Goliat se atreva a someterlo.

La Línea Tensa: Petro y Trump Buscan un Diálogo en Medio de la Tormenta

Tras días de amenazas veladas de intervención y acusaciones de narcogobierno, el llamado de 40 minutos revela la profunda crisis desatada por actores internos que, según Petro, intoxicaron a Trump para socavar la soberanía colombiana y repetir el guion venezolano. Por Servicios umbral.local/ BOGOTÁ.– En el filo de la navaja diplomática y bajo la sombra alargada de los misiles que cayeron sobre Caracas, los presidentes de Colombia y Estados Unidos entablaron este miércoles una conversación telefónica de más de 40 minutos, buscando una tregua a la peligrosa escalada verbal que amenazaba con incendiar la relación bilateral. Gustavo Petro y Donald Trump hablaron por primera vez desde que el sábado pasado la operación militar estadounidense que secuestró al mandatario venezolano Nicolás Maduro tensara al máximo los hilos de la geopolítica regional y desatara una guerra de declaraciones sin precedentes entre los dos aliados históricos. El diálogo, confirmado a EFE por fuentes de la Cancillería colombiana, ocurrió en un contexto envenenado por las graves acusaciones lanzadas por Trump el pasado domingo. A bordo del Air Force One, el mandatario republicano afirmó que Colombia está “gobernada por un hombre enfermo al que le gusta fabricar cocaína y venderla a Estados Unidos”, agregando, ante la pregunta de una posible operación similar a la venezolana en suelo colombiano, un ominoso “a mí me suena bien eso”. Frente a una Plaza de Bolívar abarrotada en una concentración “en defensa de la soberanía”, Petro reveló hoy que el llamado presidencial modificó incluso el tono del discurso que tenía preparado. “En medio del debate de estos dos, tres días que se ha desatado, hoy traía un discurso y tengo que dar otro. Eso no es fácil. El primer discurso era bastante duro”, confesó el mandatario colombiano, en una clara alusión al contenido de la conversación con Trump. Más allá de la búsqueda de desescalar la crisis, Petro utilizó su tribuna para lanzar una grave acusación: la raíz del enfrentamiento no estaría en un análisis objetivo de Washington, sino en una campaña de intoxicación por parte de sus enemigos internos. Según el presidente, “políticos que son responsables de tener relaciones con el narcotráfico y de haber hecho trizas la paz de Colombia, engañaron a Trump”. El objetivo de estos actores, señaló, habría sido vincularlo falsamente con mafias del narcotráfico para enemistarlo con la Casa Blanca y provocar la crisis. “Pues esos mismos son los responsables de esta crisis, llamémosla diplomática por ahora, verbal, por ahora, que ha estallado entre Estados Unidos y Colombia”, subrayó Petro con firmeza. El mandatario fue más allá en su advertencia, sugiriendo que estos sectores oscuros no solo buscan la ruptura diplomática, sino un desenlace violento. “Parece que quisieran que llegaran los helicópteros aquí como en Caracas y nos tiraran unos misilazos”, afirmó, en una referencia directa y escalofriante al operativo militar del sábado en la capital venezolana. La reacción inicial de Petro a las amenazas de Trump había sido de una contundencia histórica, evocando su pasado guerrillero en el M-19 al afirmar que, de ser necesario, “volvería a tomar las armas” para defender la soberanía nacional de una “amenaza ilegítima”. Sus palabras resonaron como un eco del soberanismo más radical y marcaron un punto de no retorno retórico. Tras la llamada, desde el bando estadounidense se filtró que Trump “contempla reunirse” con Petro para abordar las tensiones, un gesto que podría interpretarse como una válvula de escape a la presión. Sin embargo, la sombra de las acusaciones de narcogobierno y la amenaza velada de intervención, ahora atribuidas por Petro a una conspiración interna, dejan un terreno minado. El diálogo de 40 minutos ha abierto una rendija, pero no ha disipado la tormenta. Lo que queda sobre la mesa es una crisis de confianza monumental, alimentada por la injerencia, las acusaciones cruzadas y el espectro de Caracas proyectándose sobre Bogotá. La relación entre Colombia y Estados Unidos, un pilar de la política hemisférica durante décadas, se encuentra hoy en su momento más frágil y peligroso, con un presidente colombiano que asegura estar luchando tanto contra sus enemigos domésticos como contra la potencia que los alienta.