Sheinbaum alerta de fraude electoral en Colombia e injerencia de la ultraderecha

La presidenta de México subrayó que la voluntad popular debe prevalecer en cualquier proceso electoral, mostró afinidad con el gobierno de Gustavo Petro y cuestionó el papel de las redes sociales y los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón en la nueva estrategia de la derecha mexicana Por Brendalis Reyes CIUDAD DE MÉXICO.— La mañana del primer domingo de junio dejó una jornada electoral crucial para Colombia y, con ella, una denuncia que resonó más allá de sus fronteras. Desde Palacio Nacional, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, se pronunció con una mezcla de cautela y convicción: la voluntad popular es un principio irrenunciable, y las sospechas de irregularidades en el conteo de votos, lanzadas por el mandatario colombiano Gustavo Petro, merecen ser investigadas hasta sus últimas consecuencias. “Hay que estar atentos al conteo de los votos”, expresó Sheinbaum durante su conferencia matutina. “Más allá de reconocer la autodeterminación del pueblo de Colombia, es importante leer lo que dice el presidente Petro. Tiene que primar siempre la voluntad del pueblo en cualquier elección. Si él señala que no fue un conteo limpio, es necesario escucharlo, analizarlo y respetar el mandato popular”. Las declaraciones de la mandataria mexicana se producen en un contexto de alta tensión política en el país sudamericano. Según los datos preliminares de la Registraduría electoral —con el 99% de las mesas computadas—, Abelardo De la Espriella, candidato de ultraderecha vinculado al trumpismo, obtuvo un sorprendente 43.74% de los sufragios (más de 10.3 millones de votos), mientras que Iván Cepeda, abanderado del Pacto Histórico, alcanzó el 40.9% (9.6 millones). Este último resultado representa la votación más alta obtenida por la izquierda colombiana en una primera vuelta, superando incluso los 8.5 millones de votos que cosechó Petro hace cuatro años. Ambos candidatos se enfrentarán en una segunda vuelta el próximo 21 de junio. En este escenario, Sheinbaum enfatizó que, si bien su gobierno respeta la libre autodeterminación del pueblo colombiano, existe una afinidad natural con las propuestas del petrismo y de Cepeda. Pero la presidenta fue más allá del caso colombiano y lanzó una advertencia de mayor calado: la ultraderecha internacional, articulada en países como Colombia, Argentina, España y Estados Unidos, está orquestando campañas mediáticas con financiamiento privado para influir en los procesos electorales de América Latina. “¿Quiénes poseen las redes sociales? Son particulares, los más ricos entre los ricos del mundo”, cuestionó Sheinbaum. “Usan estas campañas para desprestigiar gobiernos, influir en elecciones de otros países. La ultraderecha está contra el pueblo, así de sencillo”. En ese sentido, la mandataria resaltó la vigencia de la reciente encíclica Magnífica Humanidad del Papa León XIV, que advierte sobre la manipulación de la opinión pública mediante inteligencia artificial y redes sociales. En otro orden, la presidenta se refirió a las presiones desde Estados Unidos. Aunque evitó señalar directamente a Donald Trump, aseguró que sectores de la ultraderecha norteamericana buscan utilizar a México como ariete político de cara a las elecciones de noviembre en ese país, así como para influir en los comicios mexicanos de 2027. Asimismo, Sheinbaum cuestionó el resurgimiento de figuras de la derecha local. Al ser consultada sobre la reciente participación de los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón en un acto de apoyo a la gobernadora panista de Chihuahua, María Eugenia Campos —investigada por la presunta participación de agentes de la CIA en un operativo antidrogas—, la presidenta se preguntó si ambos exmandatarios se perfilan como “los nuevos cuadros de la derecha mexicana”. Recordó que Fox intentó desaforar a Andrés Manuel López Obrador en 2006, y que Calderón heredó un aumento del 120% en homicidios dolosos durante su guerra contra el narcotráfico, además de su alianza con la ultraderecha española para traer a Isabel Díaz Ayuso a venerar la figura de Hernán Cortés. Finalmente, Sheinbaum anunció que este miércoles la consejera jurídica de la presidencia, Luisa María Alcalde, pondrá en marcha el programa “Derecho de Réplica”, un espacio institucional destinado a desmentir noticias falsas y abiertas mentiras difundidas por medios y redes sociales. En materia educativa, la mandataria expresó su confianza en que las mesas de diálogo entre Gobernación y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) llegarán a un acuerdo antes del inicio del Mundial de Fútbol, el próximo 11 de junio, pese a las amenazas de boicot por parte de los maestros sindicalizados.
El pacto infernal: cuando la mentira se viste de campaña

Director de umbral.local/ Hace algunos días, en este mismo medio nos hicimos eco de una denuncia que nos heló la sangre. No era nueva, ciertamente, pero sí escalofriante en su precisión: desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, la ultraderecha global ha afinado sus mecanismos de guerra sucia. Lo que no pueden ganar en las urnas confrontando modelos de país, lo intentan conseguir inundando los procesos electorales con una marea de desinformación. Invierten millones de dólares —perdón, millones de dolores— para comprar el relato, llenando las redes con ejércitos de cuentas falsas, robots que escupen medias verdades y algoritmos entrenados para el odio. Lo ocurrido ayer en Colombia no ha escapado a esa práctica tramposa. Mercenarios digitales, excancilleres uribistas y un asesor cercano a Javier Milei tejen, desde Honduras hasta Bogotá, una operación de guerra psicológica. Usan inteligencia artificial y granjas de trolls para enterrar la democracia bajo una avalancha de miedo. No es metáfora: es el plan. La maquinaria del silencio En la más pura tradición del periodismo de investigación —ese oficio que no se arredra ante los poderes fácticos—, Diario Red ha revelado en una serie extraordinaria la existencia de un pacto infernal. Mientras Colombia se preparaba para definir su destino el 31 de mayo pasado en las urnas, el país no solo elegía presidente: se enfrenta a una invasión silenciosa. Una operación de desestabilización mediática y digital, orquestada desde Washington y Tel Aviv, ha convertido la contienda electoral en un campo de batalla. Los votantes son el blanco. La verdad, la primera baja. El modus operandi, desvelado tras la filtración del llamado Hondurasgate, es tan eficaz como aterrador. Titulares falsos sembrados como minas antipersona. Ejércitos de perfiles zombi que manipulan el debate. Una arquitectura de inteligencia artificial entrenada para fabricar el miedo. El objetivo final, según los documentos a los que tuvo acceso esta redacción, no es otro que derribar al candidato de la izquierda colombiana, Iván Cepeda, impidiendo por cualquier medio su llegada al palacio de Nariño. El día que el continente tembló La filtración que sacudió al continente ocurrió el 29 de abril. Diario Red publicó la primera entrega del Hondurasgate: una serie de 37 audios donde el narcotraficante y expresidente hondureño, Juan Orlando Hernández, confiesa con la frialdad de un conspirador consumado una operación transnacional. Hernández presume, sin rubor, haber recibido el indulto de Donald Trump gracias a la intermediación de \»una junta de rabinos\» y del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Lo que estos documentos revelan no es una teoría ni una elucubración paranoica. Es un método. Y ese método ya está operando en Colombia. El negocio del caos No se trata de ideología. Se trata de poder. Y el poder, hoy, se siembra con clics. Investigaciones recientes han identificado a los llamados \»mercenarios digitales\»: consultores y asesores que fabrican mayorías artificiales en redes sociales, crean centenares de medios digitales fantasma que actúan al unísono para alabar al cliente y destruir al enemigo. \»El miedo y el odio están ahí entre los ciudadanos, como gasolina regada en una calle; los estrategas de la comunicación solo encienden la mecha\», concluye un trabajo del Centro Latinoamericano de Investigación Periodística. En Argentina, el caso es paradigmático. Santiago Caputo, el principal asesor de Javier Milei, ha sido señalado por utilizar la Agencia Federal de Inteligencia para financiar a una banda de trolls libertarios, pagando hasta un millón de pesos por cada tuit favorable de periodistas e influencers. Incluso se ha especulado con el uso de criptomonedas para estos pagos \»para no dejar rastros\». El propio escándalo de la criptomoneda $LIBRA, que colapsó minutos después de que Milei la promocionara, muestra un patrón: el conocimiento anticipado, la automatización, el vaciamiento de liquidez y los inversores ingenuos arruinados. Esa misma lógica se exporta ahora a Colombia. Los mismos asesores. Las mismas técnicas. El mismo desprecio por la soberanía popular. La verdad como trinchera Frente a esta maquinaria de guerra psicológica, los periodistas tenemos una sola arma: la verdad. Y debemos usarla sin descanso. Por eso desde Umbral nos sumamos al llamado de alerta. No permitamos que nos roben el futuro con cuentas falsas y algoritmos del miedo. Los resultados de las votaciones de ayer 31 de mayo, no son concluyentes, pero indican que en parte ha funcionado la campaña. Para la segunda vuelta el 21 de junio, Colombia no solo votará por un presidente. Defenderá su democracia contra un enemigo invisible que gasta millones para que usted tenga miedo. No se lo concedan. Desconfíen. Verifiquen. Y voten con la conciencia limpia, no con el algoritmo manchado.
Presidente Petro rechaza resultados de preconteo privado y defiende escrutinio judicial
En un mensaje dirigido a la opinión pública, el mandatario colombiano denunció modificaciones en los algoritmos del software de conteo de los hermanos Bautista, así como la inclusión de 800.000 cédulas de personas que no figuran en el censo oficial. Advirtió que los resultados vinculantes solo serán los emitidos por las comisiones escrutadoras lideradas por jueces de la República y llamó a desmontar la propaganda de la ultraderecha que busca sacar de contexto sus declaraciones. Por Virtudes Álvarez Sampedro Redacción Internacional En medio de una creciente tormenta política y apenas dos horas después de que los resultados provisionales de la primera vuelta presidencial dieran la victoria al candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella, el presidente de Colombia, Gustavo Petro Urrego, rompió el silencio institucional sobre la fiabilidad del preconteo y defender la legitimidad del escrutinio judicial. “Como presidente, no acepto los resultados del preconteo de la firma privada de los hermanos Bautista porque, debiendo permanecer inalterados los algoritmos del software de conteo y escrutinio, estos fueron modificados en tres oportunidades durante la última semana”, afirmó el mandatario en un mensaje difundido a través de su cuenta en X, antes Twitter. El presidente añadió una denuncia que, de confirmarse, tendría graves implicaciones para la transparencia del proceso: “Se agregaron 800.000 cédulas de personas que no figuran en el censo oficial presentado”. Según Petro, en este momento existen dos censos: el oficial y el del software de los hermanos Bautista, que incluye 800.000 personas adicionales sin respaldo en el registro civil electoral. “Las mesas ya impugnadas demuestran que centenares de miles de votos fueron agregados sin existencia de sufragantes”, sostuvo el jefe de Estado, quien enfatizó que, conforme a la ley, los resultados vinculantes que atenderá y aceptará serán exclusivamente los emitidos por las comisiones escrutadoras dirigidas por los jueces de la República. El mensaje presidencial buscó también desmontar lo que calificó como una campaña de propaganda impulsada por sectores de la ultraderecha, que a su juicio pretenden sacar de contexto sus declaraciones para generar confusión sobre la legitimidad del proceso. Petro fue enfático en señalar que su posición no desconoce la voluntad popular, sino que defiende la integridad del sufragio frente a lo que considera irregularidades técnicas en el procesamiento privado de los datos. “Los resultados vinculantes no salen de empresas privadas, salen de la justicia electoral”, subrayó. La controversia estalla en una coyuntura de alta polarización. El preconteo, que sorprendió a analistas y encuestadores, había dado a De la Espriella un 43,7% de los votos frente al 40,9% de Iván Cepeda, el candidato oficialista. Pero Petro, lejos de aceptar esos números como un reflejo de la voluntad de las urnas, ha puesto el foco en el sistema de contabilización que rige en el país, criticando una vez más la fiabilidad de la empresa privada que sirve como contratista de la Registraduría Nacional para la logística electoral. Hasta el cierre de esta edición, los hermanos Bautista no se habían pronunciado oficialmente sobre las acusaciones del mandatario, mientras que diversos sectores políticos han pedido una revisión técnica independiente de los algoritmos y las bases de datos utilizadas en el preconteo. El llamado de Petro, de corte institucional pero atravesado por la urgencia política, apela a la legalidad y al papel de los jueces como garantes últimos de la transparencia del voto. La controversia, que amenaza con profundizar la crisis de credibilidad electoral, mantiene en vilo al país mientras las comisiones escrutadoras judiciales avanzan en su labor. “Los resultados vinculantes no salen de empresas privadas, salen de la justicia electoral”, repitió el presidente como un mantra, en un intento por delimitar el campo de lo que considera válido y vinculante en el proceso democrático colombiano. El país, acostumbrado a las tensiones entre el poder político y las instituciones electorales, asiste ahora a un nuevo episodio que definirá, más allá de los números, la confianza futura en su propio sistema de sufragio.
¡Golpe de timón en Colombia! De la Espriella y Cepeda se juegan el futuro en segunda vuelta
El candidato de derecha sorprende en las urnas y encabeza el escrutinio, mientras el heredero político de Petro logra su pase al duelo final. El próximo 21 de junio, los colombianos definirán si apuestan por la continuidad del cambio o por una refundación desde la mano dura. Por:Redacción Internacional El tablero político colombiano ha temblado. Nadie lo cantaba en los pronósticos, pero la noche electoral deparó un desenlace tan ajustado como electrizante: Abelardo de la Espriella, abogado de derecha y empresario mediático, se alza como el candidato más votado en la primera vuelta de los comicios presidenciales, seguido de cerca por Iván Cepeda, el senador de izquierda que promete mantener vivo el legado de Gustavo Petro. La presidencia se definirá el próximo 21 de junio en un balotaje que enfrentará dos modelos de país irreconciliables. Con más del 90% de las mesas escrutadas por la Registraduría Nacional, De la Espriella obtiene un 43% de los sufragios, mientras Cepeda alcanza un 41%. La victoria en primera vuelta, que exigía superar el 50% de los votos válidos, quedó a un suspiro de distancia. En tercer lugar, muy rezagada, aparece la conservadora Paloma Valencia con apenas un 6%, lejos de cumplir el sueño de convertirse en la primera mujer en gobernar el país. La jornada transcurrió sin sobresaltos mayores, aunque bajo una atmósfera de polarización extrema. Por un lado, quienes respaldan la continuidad de las políticas sociales de Petro para combatir la pobreza y la desigualdad. Por el otro, los que exigen mano firme contra el deterioro de la seguridad, el respeto irrestricto a la empresa privada y un corte radical con un gobierno que, denuncian, ha sido incapaz de frenar a los grupos armados ilegales que florecen entre el narcotráfico y la minería ilícita. La izquierda llegó unida a la contienda; la derecha, dividida; el centro, desdibujado. Y el resultado ha sido una campaña que se encamina a un duelo entre dos visiones antagónicas: la de la continuidad reformista y la de la refundación conservadora. ¿Quiénes son los dos finalistas? Abelardo de la Espriella (47 años), líder del movimiento Defensores de la Patria, se presenta como un outsider: abogado de alto perfil, empresario exitoso, autofinanciado y ajeno a las élites políticas y económicas, aunque en las últimas semanas recibió apoyos públicos de figuras de esos mismos sectores que dice repudiar. Su bufete ha defendido desde paramilitares hasta celebridades, pasando por casos de corrupción y violencia de género. Entre sus clientes más polémicos figuró Álex Saab, el supuesto testaferro de Nicolás Maduro recientemente extraditado a Estados Unidos. Su discurso gira en torno a la seguridad, la lucha contra la corrupción, la libre empresa, Dios y la familia. Es un declarado admirador de Nayib Bukele, Donald Trump y Javier Milei. Propone una ofensiva total contra los grupos armados, fortalecer las Fuerzas Armadas, alcanzar un crecimiento económico del 5% anual y financiar programas de reducción de pobreza sin ceder al estatismo. Asegura que Cepeda representa “una amenaza para la democracia y la economía”, sobre todo por su intención de extender la prohibición de nuevos proyectos petroleros. Iván Cepeda (63 años), hijo del líder comunista Manuel Cepeda Vargas —asesinado en 1994 por paramilitares en colusión con agentes del Estado—, ha dedicado su vida a la memoria de las víctimas del conflicto, la negociación con grupos armados y la investigación del paramilitarismo. Vivió en el exilio, estudió filosofía en Bulgaria en los años ochenta y absorbió allí un socialismo reformista, alejado de la ortodoxia soviética. Congresista desde 2010, fue facilitador de los diálogos de paz con las Farc en 2016 y es parte activa de la política de “paz total” de Petro, pese a las críticas por sus magros resultados. Propone continuar las reformas sociales del actual presidente, ampliar el rol del Estado en la economía, combatir la corrupción, disminuir la desigualdad y profundizar en la educación universitaria gratuita y la cobertura de salud. Sin embargo, su agenda genera inquietud entre los economistas por la delicada situación fiscal del país y rechazo entre quienes se niegan a negociar con grupos armados. El 21 de junio, Colombia elegirá entre dos destinos: el del cambio con continuidad o el de la ruptura con mano firme. El país, acostumbrado a las paradojas, se apresta a vivir una segunda vuelta que promete ser inolvidable.
La encrucijada colombiana: Cepeda, De la Espriella y Valencia miden en las urnas el legado de Petro
Más de 41 millones de ciudadanos están habilitados para votar este domingo en unos comicios que definirán si el país profundiza el giro a la izquierda o retorna al conservadurismo, en medio de una nación profundamente dividida y con la sombra de una posible segunda vuelta el 21 de junio Por Theo N. Guzmán Enviado especial a Bogotá Bogotá amaneció este sábado con el cielo gris de los días previos a la tormenta. No la tormenta de aguaceros que moja los cerros orientales, sino la otra, la que se cocina en las urnas, la que los colombianos llevan meses mascullando en las tiendas de barrio, en los buses del Transmilenio y en las sobremesas familiares donde el voto se ha convertido en un secreto a voces. Mañana, 41.4 millones de ciudadanos están convocados a definir algo más que un presidente: definirán si el experimento más audaz de la historia reciente de Colombia —el primer gobierno de izquierda del país— fue un espejismo o un camino. Gustavo Petro no puede optar por la reelección. La Constitución de 1991, aquella que él mismo ayudó a construir desde la Asamblea Nacional Constituyente, se lo impide. Pero su nombre, su gestión y su fantasma recorren cada rincón de esta campaña como un cometa incandescente. Porque el domingo, en realidad, se vota sobre él. Los tres mosqueteros del desencanto La baraja era de once. Once aspirantes que, como naipes mal barajados, fueron cayendo uno tras otro en el favor de las encuestas. Quedan tres. Y son tres que representan no solo tres proyectos de país, sino tres formas de entender la herida colombiana. Por un lado, Iván Cepeda, el oficialista. Senador de larga trayectoria, defensor de derechos humanos, hijo del líder sindical asesinado Manuel Cepeda Vargas. Él es la continuidad. El heredero ungido por Petro para que el Pacto Histórico no se desmorone como un castillo de naipes una vez que el fundador abandone la Casa de Nariño. Cepeda ha prometido profundizar las reformas: la agraria, la de salud, la laboral. Sabe que camina sobre una cuerda floja tendida sobre un abismo de rechazo, pero también sobre una base de cerca del 40% de aprobación que el presidente aún conserva. En los sondeos, Cepeda lidera. No por goleada, pero lidera. En la otra orilla, Abelardo de la Espriella. Abogado, polémico, de discurso filoso como un cuchillo de cocina. Su movimiento, Defensores de la Patria, ha sabido capitalizar el hartazgo de quienes ven en Petro un peligro para la estabilidad económica y el orden público. De la Espriella no es un conservador de salón: es un guerrero de la trinchera comunicacional, capaz de encender multitudes con frases cortas y golpes de efecto. Las encuestas lo colocan segundo, respirando en el cuello de Cepeda. Y luego está Paloma Valencia. Ella es el viejo orden con rostro renovado. Senadora del Centro Democrático, el partido del expresidente y uribista de hierro Álvaro Uribe Vélez. Valencia representa la derecha institucional, la que cree en la mano dura contra las disidencias de las FARC y el ELN, la que mira con recelo cualquier acuerdo que implique \»impunidad\» para los alzados en armas. Su discurso es menos estridente que el de De la Espriella, pero su electorado es fiel, disciplinado y profundo. Tercera en las encuestas, pero con opciones reales de remontar si la primera vuelta deja heridos y se abre una segunda ronda. ¿Y los moderados? Quedaron en el camino. Los que proponían un socialdemocracia tibia, un centro que no asustara ni a unos ni a otros, no lograron encender la chispa. Colombia, parece, ha decidido que este no es tiempo de términos medios. La Colombia dividida: números que duelen El analista político Sergio Guzmán lo resume con una precisión quirúrgica: \»Colombia es un país que permanece profundamente dividido en temas sociales, económicos y políticos\». Y añade: \»Petro es una figura polarizante, pero no es impopular: cuenta con cerca del 40% de aprobación, según encuestas, y también tiene un muy alto rechazo entre algunos sectores\». Esa polarización no es abstracta. Se traduce en cifras que duelen en el bolsillo y en el alma. El gobierno de Petro logró reducir la pobreza monetaria —medida a partir de un mínimo de ingresos mensuales de 127 dólares— del 36.6% en 2022 al 31.8% en 2024. Ese es un logro que el oficialismo exhibe como una medalla en el pecho. Pero la oposición responde que la pobreza se midió con una vara distorsionada, que la inflación golpeó a la clase media, que el desempleo juvenil sigue siendo una hemorragia silenciosa. Y tienen razón, en parte. Porque en Colombia, como en pocos países, las estadísticas son campos de batalla. Más de 41 millones de colombianos están habilitados para votar. Pero la abstención histórica ronda el 45% en primera vuelta. Eso significa que casi la mitad del país prefiere quedarse en casa, mirar el techo o salir a pasear antes que enfrentar la urna. Ese es quizás el dato más revelador de todos: no es que Colombia esté dividida entre tres candidatos; es que Colombia, en su mayoría, está harta de la política. ¿Segunda vuelta? El fantasma del 21 de junio Las reglas son claras, aunque el tablero esté en llamas. Para ganar en primera vuelta se necesita la mayoría absoluta: la mitad más uno de los votos válidos. Los sondeos sugieren que ninguno de los tres punteros alcanzará ese umbral. Cepeda ronda el 28%, De la Espriella el 24%, Valencia el 19%. Los porcentajes varían según la encuestadora, pero todas coinciden en un punto: habrá segunda vuelta. Esa segunda cita con las urnas sería el 21 de junio. Menos de un mes después de esta primera batalla. Un mes en el que los dos sobrevivientes —probablemente Cepeda contra el más votado de la derecha— se enfrascarán en una campaña relámpago, sin tregua, donde cada declaración puede valer miles de votos. Y entonces, Colombia volverá a mirarse al espejo. Porque una segunda vuelta entre Cepeda y, digamos, De la Espriella, sería un plebiscito sobre Petro en
¡ESCÁNDALO GLOBAL! La siniestra telaraña de Washington y Tel Aviv que busca TRITURAR a Iván Cepeda el 31 de mayo
Mercenarios digitales, excancilleres uribistas y un asesor de Milei tejen una operación de guerra psicológica desde Honduras hasta Colombia, usando inteligencia artificial y granjas de trolls para enterrar la democracia bajo una avalancha de miedo. Por: Redacción Internacional. En la más pura tradición del periodismo de investigación, que no se arredra ante los poderes fácticos, Diario Red revela en una serie extraordinaria la existencia de un pacto infernal. Mientras Colombia se prepara para definir su destino el próximo 31 de mayo en las urnas, el país no solo elige presidente: se enfrenta a una invasión silenciosa. Una operación de desestabilización mediática y digital, orquestada desde Washington y Tel Aviv, ha convertido la contienda electoral en un campo de batalla donde los votantes son el blanco y la verdad, la primera baja. El modus operandi, desvelado tras la filtración del llamado ‘Hondurasgate’, es tan eficaz como aterrador: titulares falsos sembrados como minas antipersona, ejércitos de perfiles zombi manipulando el debate y una arquitectura de inteligencia artificial entrenada para fabricar el miedo. El objetivo final, según los documentos a los que tuvo acceso esta redacción, no es otro que derribar al candidato de la izquierda colombiana, Iván Cepeda, impidiendo por cualquier medio su llegada al palacio de Nariño. La filtración que sacudió al continente El 29 de abril, el panorama político continental se estremeció. Diario Red publicó la primera entrega del ‘Hondurasgate’: una serie de 37 audios donde el narcotraficante y expresidente hondureño, Juan Orlando Hernández, confiesa una operación transnacional. Con la frialdad de un conspirador, Hernández presume haber recibido el indulto de Donald Trump gracias a la intermediación de “una junta de rabinos” y del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. En las grabaciones, Hernández y el actual presidente hondureño, Nasry Asfura, acuerdan montar una “célula” de periodismo digital con sede en Estados Unidos. “Se vienen unos expedientes contra Colombia”, se escucha decir al narco-presidente, quien añade que el mandatario argentino Javier Milei donaría 350.000 dólares para financiar esta fábrica de propaganda sucia. No es una conspiración aislada: es la punta de un iceberg que hunde sus fauces en la ultraderecha global. De ‘Proyecto Júpiter’ al ‘Hondurasgate’: el monstruo local Mientras las filtraciones resonaban en el Congreso colombiano, el sistema de medios públicos Señal Colombia y la Revista Raya destaparon a la bestia local: el ‘Proyecto Júpiter’. Liderado por Jaime Bermúdez Merizalde, excanciller de Álvaro Uribe y doctor en comunicación política por Oxford, el manual es un compendio de guerra psicológica aplicada a las elecciones. Las diapositivas filtradas muestran a Bermúdez explicando a empresarios del Valle del Cauca—agroindustriales como Carvajal, Postobón e Incauca—cómo generar “miedo, indignación e incertidumbre” entre los trabajadores para constreñir su voto bajo la amenaza velada del despido. La conexión es un hilo rojo que conduce directamente a Luis David Duque. Este personaje, a quien algunos osan llamar “estratega”, aparece como aliado mediático de Júpiter y es, al mismo tiempo, el jefe de debate de la candidata de ultraderecha Paloma Valencia. Su pasado es un prontuario: operador de campañas sucias en Honduras, perfilador de periodistas clasificándolos como “opositores” y contratista del Estado por más de 3.684 millones de pesos. En el argot colombiano, “perfilar” tiene una carga oscura, vinculada al espionaje ilegal y la persecución. Fernando Cerimedo: el ‘hombre MAGA’ que susurra a los tiranos Para entender al peón, hay que conocer al rey. Fernando Cerimedo, de 44 años, es el nexo perfecto entre el trumpismo, el bolsonarismo y la nueva derecha comunicacional. The Economist lo bautizó como “el hombre MAGA en América Latina”, pero bien podría llamársele el mercenario de la desinformación. Su rastro es sangriento: tras la derrota de Jair Bolsonaro, organizó el ‘live’ #BrasilFueRobado, sembrando dudas sobre el sistema electoral, por lo que la Policía Federal de Brasil lo investiga por intento de golpe de Estado. Su paso por Chile fue igualmente siniestro, publicando encuestas falsas en El Mercurio y repartiendo panfletos apócrifos sobre el “fin de la casa propia”. Ahora, como asesor del presidente boliviano Rodrigo Paz, exporta su modelo de “guerra cultural” que divide a la nación en razas y regiones, mientras Bolivia arde en bloqueos y enfrentamientos. “¿Quién gobierna?”, se pregunta la analista Lupe Cajías. La respuesta, para muchos, tiene nombre y apellido, y no es boliviano: es Fernando Cerimedo. El 31 de mayo: la última trinchera Lo que une a Cerimedo, a Duque y al Proyecto Júpiter es una metodología diabólica. Como advierte la UNESCO, el uso de inteligencia artificial generativa y ‘deepfakes’ permite fabricar un consenso sintético. Ya no mienten directamente: amplifican narrativas con granjas de ‘trolls’ y el apoyo inquebrantable de la Casa Blanca. Mientras Colombia se prepara para las elecciones, el ‘Proyecto Júpiter’ sigue activo. Aún se desconoce el paradero del software espía Pegasus que el presidente Iván Duque compró a Israel, ni el destino de los 350.000 dólares que Milei donó a esta telaraña de la desestabilización. La pregunta que flota en el aire, cargada de una angustia existencial, es lapidaria: ¿quién defiende la república cuando el poder representativo de la democracia se ahoga en una cloaca de datos falsos? Este 31 de mayo, la única forma de combatir a estos mercenarios mediáticos será mediante una movilización nacional masiva. La última palabra, si es que aún les queda alguna a los colombianos para ser escuchados por encima del ruido de las mentiras, la tendrá la sociedad civil. Que la historia juzgue a quienes, desde la sombra, intentan comprar el alma de una nación.
El péndulo de la DEA apunta a Petro en la recta final: dos investigaciones federales sacuden la campaña colombiana
Fiscalías en Manhattan y Brooklyn indagan al mandatario por presuntos vínculos con el narcotráfico en medio de la puja sucesoria. Mientras la oposición clama por el fondo del asunto, la Casa de Nariño se parapeta en la falta de acusaciones formales y el uso de fuentes anónimas, en un episodio que amenaza con dinamitar la frágil tregua diplomática con Washington y enturbiar los comicios del 31 de mayo. Por: Virtudes Álvarez Sampedro Dos fiscales federales en Estados Unidos mantienen bajo la lupa al presidente de Colombia, Gustavo Petro, en un par de investigaciones que exploran sus presuntos vínculos con estructuras del narcotráfico. La exclusiva, publicada este viernes por The New York Times y confirmada con matices por Reuters, irrumpe en el país sudamericano con la fuerza de un torrente en medio de la campaña electoral más reñida de la última década, justo cuando el mandatario intenta consolidar el relevo de su heredero político. Las pesquisas, radicadas en los distritos de Manhattan y Brooklyn, son llevadas adelante por fiscales especializados en narcotráfico internacional, en conjunto con agentes de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) y el Departamento de Seguridad Nacional. De acuerdo con las fuentes anónimas citadas por el diario estadounidense, las indagaciones —que se encuentran en una fase aún preliminar— apuntan a posibles reuniones del entonces candidato Petro con narcotraficantes y la sospecha de que su campaña presidencial de 2022 pudo haber recibido fondos provenientes de esos círculos. No existen acusaciones formales, y la agencia Reuters precisó que Petro no es el “objetivo principal” de ninguna de las dos investigaciones, aunque su conducta ha emergido en el marco de pesquisas más amplias sobre narcoterrorismo y narcotráfico. El silencio del presidente se rompió horas después de conocerse la noticia. Con la contundencia que le caracteriza, Petro recurrió a su cuenta en X para negar cualquier tipo de relación con el crimen organizado. “En Colombia no existe una sola investigación sobre relación mía con narcotraficantes, por una sola razón: nunca en mi vida he hablado con un narcotraficante. […] Respecto a mis campañas, siempre he dicho a gerentes que no se aceptan donaciones ni de banqueros ni de narcos”, escribió. La embajada de Colombia en Washington salió al paso del informe con un comunicado en el que advierte que la información, basada en versiones no verificadas y fuentes anónimas, “debe leerse en su contexto completo y abordarse con la cautela que este tipo de versiones no verificadas amerita”. La misión diplomática defendió la trayectoria del mandatario, subrayando que ha enfrentado “de manera constante e inequívoca la actividad criminal” y recordó que ninguna autoridad competente ha emitido una determinación formal al respecto. Sin embargo, el momento de la filtración resulta letal para el relato oficial. La revelación llega cuando Petro había proclamado el cierre de un ciclo de tensiones con la administración de Donald Trump, asegurando que las sospechas sobre su persona habían quedado zanjadas tras un proceso de reconciliación diplomática. En octubre pasado, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos incluyó al presidente, a su esposa, a su hijo y a uno de sus ministros en la conocida como lista Clinton, una medida que implicó el congelamiento de bienes y que el propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, justificó afirmando —sin respaldo en las estadísticas oficiales— que la producción de cocaína en Colombia se había “disparado hasta alcanzar el nivel más alto en décadas”. El eco de las investigaciones ha resonado de inmediato en la arena electoral. Paloma Valencia, la candidata del uribismo y una de las aspirantes con opciones reales de llegar a la Casa de Nariño, calificó la situación como “muy grave”. En sus redes sociales, exigió que las autoridades estadounidenses “lleguen al fondo de las averiguaciones y le cuenten al mundo si son o no ciertos los presuntos nexos del presidente con el narcotráfico”. Sin presentar pruebas, vinculó además la política de “paz total” del Gobierno —la apuesta por negociar simultáneamente con todos los grupos armados— con una supuesta “complacencia con el delito”. La oposición, que durante años ha alimentado la tesis de los vínculos criminales de Petro sin presentar fallos judiciales que la sustenten, encuentra ahora en las filtraciones de Washington un combustible inédito. La pregunta que sobrevuela en los círculos diplomáticos y políticos es si la administración Trump, que no ha dudado en utilizar la presión económica como herramienta de política exterior, usará este episodio para influir abiertamente en los comicios del próximo 31 de mayo. Por ahora, la DEA mantiene en sus registros a Petro como un “objetivo prioritario”, según Reuters, mientras los fiscales federales deciden si las pruebas acumuladas justifican dar el siguiente paso. Lo que hasta hace una semana era una campaña dominada por la economía y la seguridad se ha convertido, de la noche a la mañana, en un plebiscito sobre la legitimidad del presidente saliente. Y en ese juicio paralelo, las sombras de dos fiscalías en Nueva York pesan más que cualquier programa de gobierno.
Reunion entre Gustavo Petro y Donald Trump: El Encuentro Imposible
Petro y Trump: la foto que estremece a Colombia y el cálculo frío de un año electoral donde todo, hasta un apretón de manos con el “fascista”, es una jugada por el poder Por Julio Guzmán Acosta. La instantánea es un puñal. Ahí están, congelados en un marco que parece blasfemo: el primer presidente de izquierda que ha tenido Colombia, estrechando la mano del hombre que amplios sectores del planeta –con razón fundada– señalan como fascista, autoritario, pedófilo, xenófobo, misógino, genocida, negacionista climático y artífice de políticas que han esparcido dolor y muerte dentro y fuera de Estados Unidos. La imagen escuece, quema la retina del idealismo. Pero reducir la política a la moral de una fotografía es un lujo que sólo pueden permitirse quienes nunca han tenido que gobernar. La verdadera política, esa que se cuece a fuego lento en los despachos donde se miden fuerzas, se leen contextos y se administran riesgos, es otra cosa: es la arena sucia y gris de lo posible. El encuentro entre Gustavo Petro y Donald Trump no es una curiosidad diplomática. Ocurre en el minuto exacto en que Colombia entra formalmente en la vorágine electoral. El 15 de marzo se elige nuevo Congreso; el 31 de mayo, presidente y vicepresidente. Petro no puede reelegirse, pero su proyecto –ese giro político iniciado en 2022– está en la picota. Lo que se juega no es la permanencia de un hombre, sino la continuidad o el desmantelamiento de una apuesta histórica. Y esa continuidad hoy tiene un nombre que resuena con fuerza en el campo progresista: Iván Cepeda Castro. Él es la carta para profundizar lo iniciado, el dique contra la ofensiva conservadora que quiere revertir cada reforma. Trump, por su parte, no es un espectador imparcial. Ha metido sus manos –tosca, temerariamente– en los procesos electorales de América Latina. A Colombia la tiene en la mira: ha acusado a Petro de narcotráfico, sin pruebas, en declaraciones que aquí no son simples improperios. En un país donde el narcotráfico, la seguridad y el visto bueno de Washington han sido históricamente látigos de campaña, esas palabras tienen el peso de una losa. Por décadas, en Colombia se instaló una pedagogía perversa que disfrazó la subordinación como “cooperación estratégica”. La presencia militar extranjera, la sombra de las agencias, los acuerdos de “asistencia” –esa palabra dulce para el saqueo– no se veían como injerencia, sino como garantías de un orden impuesto. El prolongado conflicto interno dio el pretexto perfecto: la lucha contra el comunismo y las guerrillas sirvió para legitimar una élite política, económica y mediática profundamente alineada con el Norte. Así se naturalizó una relación asimétrica: Estados Unidos como garante, Colombia como socio disciplinado. Una dependencia funcional sostenida por un axioma tácito: la seguridad se delega, la soberanía se negocia y la crítica se vuelve sospechosa. Por eso, este viaje a Washington no fue un mero trámite de política exterior. Fue, ante todo, una jugada maestra de política interna. Petro llegó con el agua al cuello: reformas entrampadas, tensiones en su propio campo, una ofensiva judicial y mediática feroz desde la derecha, y la narrativa opositora que lo pinta como un paria internacional, incapaz de dialogar con los centros reales del poder. La reunión con Trump, en ese contexto, operó en varios frentes a la vez. Le permitió desactivar –al menos en parte– el relato del aislamiento, contener la acusación de ser “enemigo de Estados Unidos” y exhibir capacidad de diálogo hasta con su antagonista ideológico más poderoso. Nada de esto implica afinidad o concesión; habla de un pragmatismo frío, atado al calendario electoral que marca el compás de cada gesto presidencial. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿legitimación o contención? Es comprensible el reparo moral: la foto conjunta puede sentirse como una traición a los principios. Pero gobernar exige a veces decidir en escenarios que no son ideales. No se trata de claudicar, sino de administrar los principios en un mundo de poder real. ¿Qué habría ganado Colombia con una negativa? En política, la ausencia también comunica, y en año electoral, puede ser un arma letal. Negarse habría alimentado el relato de la irresponsabilidad diplomática. Asistir conlleva un riesgo simbólico, pero también otorga un cierto control narrativo. Petro optó por lo segundo. Incluso el tuit posterior, con la dedicatoria de Trump –“You are great”– debe leerse en clave doméstica. La derecha colombiana ha construido durante años una descalificación clasista y cultural contra la izquierda: por no hablar inglés con fluidez, por el origen social, por el pasado guerrillero, por no encajar en los códigos rancios de la élite bogotana que se cree única “capaz y merecedora” de gobernar. Ese gesto, más allá de su contenido, es un mensaje interno: no se negocia desde la inferioridad cultural ni desde el complejo colonial. Se habla de tú a tú, aunque la asimetría estructural siga ahí, intacta. La derecha intentará usar el acercamiento como señal de incoherencia; el progresismo, como prueba de gobernabilidad. Pero más allá de la retórica inmediata, Estados Unidos seguirá siendo un factor estructural en la política colombiana. La relación en seguridad, migración, comercio y lucha contra las drogas no se evapora por afinidades o fricciones ideológicas. Y no cabe ingenuidad: Trump no da puntada sin dedal. Su política exterior no se mueve por gestos gratuitos; opera sobre intereses concretos, y eso casi siempre significa injerencia y saqueo. Es probable que en los próximos meses emerjan presiones o condicionamientos hoy aún ocultos. La reunión no cancela la historia de dependencia, ni transforma por sí sola la correlación de fuerzas. El imperialismo no desaparece con un apretón de manos. La pregunta correcta, entonces, no es si dialogar o no dialogar. La pregunta es desde qué posición se dialoga y con qué objetivo estratégico. Petro eligió hacerlo en el momento más complejo del calendario político. La fotografía es incómoda, sí. Pero la política, sobre todo en nuestra América Latina convulsa, rara vez ofrece escenarios cómodos. Y a veces, en año electoral, gobernar también significa administrar contradicciones, caminar sobre
LA GEOMETRÍA DEL PODER: PETRO, TRUMP Y EL REAJUSTE DE UNA ALIANZA INCOMODA
Tras la tormenta de señalamientos y misiles, el presidente colombiano y su homólogo estadounidense buscan un nuevo cauce para una relación histórica. La foto en la Casa Blanca es sólo la punta del iceberg: operaciones militares, deportaciones y una posible lluvia de inversiones marcan el camino de una normalización calculada al milímetro. Por Servicios umbral.local/ WASHINGTON, D.C.— El aire en la Sala de los Tratados de la Casa Blanca olía a cera antigua y a un alivio tenso, cuidadosamente negociado. Allí, el miércoles pasado, dos hombres que durante meses se habían intercambiado acusaciones de narcotráfico e intervencionismo se dieron la mano. No fue un gesto de amistad, sino el cierre ritual de una crisis. Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda de Colombia, y Donald Trump, el mandatario estadounidense que llegó a sugerir que “cuidara su trasero”, trazaron con ese apretón la frontera visible de una tregua. Pero la política, como el agua, siempre busca su nivel. Y las aguas, tras meses de tormenta, “vuelven al cauce del que nunca debían haber salido”, sentencia Xavier Vendrell, asesor político y antiguo colaborador de Petro. Sin embargo, este reencuentro no es un simple retorno al statu quo. Es la reanudación de una coreografía geopolítica donde cada paso, sincronizado o no, tiene consecuencias inmediatas y terrenales. Mientras los titulares se centraban en la foto, el terreno ya cambiaba: el miércoles, el Ejército colombiano retomó con fuerza operaciones ofensivas contra el ELN. El jueves, la Operación Lanza del Sur de la Armada estadounidense extendió su radio de acción al Pacífico, interceptando una narcolancha en aguas internacionales frente a las costas colombianas. Y el 6 de febrero de 2026, un primer vuelo con deportados colombianos desde Estados Unidos ha aterrizado en Bogotá. Son los primeros frutos, amargos y dulces, de esta normalización. El distanciamiento había sido brutal y público. Comenzó hace un año, precisamente por el espinoso asunto de las deportaciones, y escaló en una espiral de improperios en redes sociales. La “extracción” militar de Nicolás Maduro en Venezuela por fuerzas estadounidenses, que Petro calificó de “aberrante”, y la posterior amenaza velada de Trump hacia Colombia, llevaron la relación al borde del abismo. La inclusión de Petro y su familia en la llamada “lista Clinton” –que le costó la cancelación de su visa– y la suspensión de la ayuda financiera fueron el punto álgido de un invierno diplomático. “Todo esto tiene que ver mucho con una intoxicación voluntaria y malévola por parte de la extrema derecha colombiana”, analiza Vendrell desde Barcelona. “Habían logrado convencer a Trump de unos vínculos con el narcotráfico que son sencillamente absurdos. Yo creo que la extrema derecha se ha marcado un autogol y Petro sale claramente reforzado”. Una politóloga colombiana, quien participó en el Proceso de Paz y pidió reserva de su nombre, coincide: “Una de las banderas de la derecha siempre fue su buena relación con Washington y vendían la idea de que un gobierno de izquierda no la tendría. Esa carta se les ha caído”. El diálogo de los “libres” (y los pragmáticos) La reunión en sí fue un ejercicio de realpolitik envuelto en retórica de principios. “Fue una reunión entre libres”, declaró Petro después, parado en el jardín de la Casa Blanca. “Entre iguales, que piensan diferente, sí, con poderes diferentes, obviamente, pero capaces de encontrar caminos comunes”. Su anfitrión fue más conciso: “Él y yo no éramos precisamente los mejores amigos… Nos llevamos muy bien”. Trump incluso dejó una dedicatoria para Petro: “You are great”. Pero detrás de la cordialidad forzada, no hubo concesiones programáticas. Petro, incluso durante su visita, no se mordió la lengua. En la Universidad de Georgetown, lanzó dardos contra la intervención en Venezuela: “En donde nació Bolívar cayeron misiles… Caracas se convirtió en la primera ciudad latinoamericana en toda la historia mundial en ser bombardeada”. Y en la rueda de prensa conjunta, redobló su crítica al enfoque fallido de la guerra contra las drogas, entregándole a Trump una lista con nombres y lugares: “La primera línea del narcotráfico vive en Dubái, en Madrid, en Miami… Sus capitales están fuera de Colombia y hay que perseguirlos conjuntamente”. ¿Quién cedió entonces? Para Vendrell, el giro es más atribuible a Washington que a Bogotá. “Ha habido un cambio de visión grande por parte de Trump. Petro no ha moderado su postura; ha mantenido su discurso, pero en un marco de diálogo”. Un diálogo que, advierten los analistas, es frágil. “No estamos a salvo de un nuevo episodio”, señala Yann Basset, profesor de la Universidad del Rosario, en declaraciones a Efe. “Ambos son presidentes que suelen comunicar lo que piensan mediante redes sociales y eso, en cualquier momento, puede llevar a una nueva crisis”. Las consecuencias sobre el terreno: de las armas a los capitales Más allá de la foto y los discursos, la normalización promete un impacto tangible. La politóloga consultada por Umbral anticipa varios frentes: “Va a haber una recuperación de la cooperación estadounidense, sobre todo en sustitución de cultivos; se fortalecerá el apoyo militar en la frontera con Venezuela; veremos un enfrentamiento más directo con el ELN; y aumentará la atención de los empresarios estadounidenses, que tendrán menos prevenciones”. Es el cálculo frío de Petro en año electoral. Con su sucesor en juego, demostrar que puede “hacer las Américas grandes de nuevo” –en una peculiar adaptación del lema trumpista– no es un eslogan, sino una necesidad. Sostener la inversión extranjera y recuperar el flujo de cooperación son argumentos poderosos frente a una oposición que lo acusa de aislamiento. El viaje a Washington, pues, no fue una peregrinación ideológica. Fue una operación de alto riesgo para reubicar a Colombia en el tablero. La foto con Trump era incómoda, pero necesaria. Las aguas, ahora, parecen fluir de nuevo por el cauce profundo y antiguo de la relación bilateral: un torrente de intereses estratégicos, donde la soberanía negocia y la seguridad se co-administra. El cauce nunca se secó; sólo estuvo turbulento por un tiempo. Y, como advierten todos, la próxima tormenta podría no tardar.
En Colombia: Un Fallo que Divide la Democracia
El Consejo Nacional Electoral de Colombia, con el voto decisivo de un conjuez vinculado a la extrema derecha, excluye al senador—principal favorito en las encuestas— de la consulta progresista, fracturando la unidad de la izquierda y obligándolo a una arriesgada carrera directa a la primera vuelta presidencial, en una decisión que el presidente Petro ha calificado de \»golpe electoral\». Por Servicios umbral.local/ BOGOTÁ.— La democracia colombiana amaneció este miércoles con una nueva cicatriz institucional. En una votación ajustada y cargada de dramatismo político, el Consejo Nacional Electoral (CNE) negó al senador Iván Cepeda, figura principal del Pacto Histórico y puntero en los sondeos de opinión, su derecho a participar en la consulta interpartidista del Frente por la Vida. La decisión, tomada por 6 votos contra 4, no solo desbarata la estrategia unitaria del progresismo, sino que arroja una sombra de parcialidad sobre el órgano electoral y redefine por completo el panorama de las presidenciales de mayo de 2026. El fallo final llegó tras una primera sesión, el lunes, que había quedado en un empate técnico de 5 a 4, insuficiente para resolver. La balanza se inclinó con el voto del conjuez Hollman Ibáñez, cuya trayectoria jurídica estuvo vinculada a la firma de Abelardo de la Espriella, precandidato presidencial de la extrema derecha. Este detalle, que no pasó desapercibido en los círculos políticos, añadió un matiz de controversia personal a lo que ya era una disputa de alto voltaje constitucional. El argumento central del CNE fue que Cepeda, al haber ganado la consulta interna del Pacto Histórico en octubre pasado, no podía participar en una nueva consulta interpartidista. La reacción fue inmediata y virulenta. Desde su cuenta en la red social X, el presidente Gustavo Petro no buscó eufemismos: calificó la maniobra como un “golpe electoral” y convocó a la ciudadanía a una “tutelatón” masiva para defender, mediante acciones de tutela, los derechos fundamentales “de elegir y ser elegido”. Minutos después, el propio Cepeda, desde un escenario de palpable frustración pero también de desafío, anunció su nuevo rumbo: “El Pacto Histórico se retira y se inscribe para la primera vuelta”. Acusó al CNE de tomar una “arbitraria decisión” que vulnera no solo sus derechos, sino los de miles de militantes que lo apoyan. El trasfondo de esta decisión es una lucha por el poder que trasciende lo meramente procedimental. La exclusión de Cepeda de la consulta —un mecanismo diseñado para unificar fuerzas— fractura al bloque progresista y lo obliga a una competencia más difícil y costosa. Mientras el Frente por la Vida deberá seguir adelante sin su principal atracción, con figuras como Roy Barreras, Camilo Romero o Juan Fernando Cristo, Cepeda cargará sobre sus hombros el peso de llevar al Pacto Histórico en solitario a una primera vuelta donde la dispersión de votos puede ser letal. Pero el golpe no fue aislado. En la misma sesión, el CNE anuló la lista del Pacto Histórico a la Cámara por Bogotá, un movimiento que interpretado en conjunto confirma, para amplios sectores de la izquierda, una “tendencia golpista del sistema electoral” para limitar el acceso de las fuerzas progresistas a las urnas. La advertencia ya había sido hecha por el propio Cepeda el lunes, ante una plaza de Lourdes repleta: “El partido más grande de Colombia no podrá ser detenido en el camino a un segundo Gobierno progresista”. Con el plazo de impresión de los tarjetones para las legislativas del 8 de marzo —jornada que incluirá las consultas— empezando este viernes 7 de febrero, el tiempo para maniobras legales es escaso. El país queda así sumido en una nueva y profunda polarización, donde la batalla ya no se libra solo en las calles o en los debates, sino en la interpretación de los reglamentos y en la composición de los tribunales. Lo que se juega Colombia no es solo la candidatura de un hombre, sino la credibilidad misma de su sistema democrático ante la acusación, cada vez más estridente, de que los dados están cargados.