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La encrucijada colombiana: Cepeda, De la Espriella y Valencia miden en las urnas el legado de Petro

Más de 41 millones de ciudadanos están habilitados para votar este domingo en unos comicios que definirán si el país profundiza el giro a la izquierda o retorna al conservadurismo, en medio de una nación profundamente dividida y con la sombra de una posible segunda vuelta el 21 de junio

Por Theo N. Guzmán
Enviado especial a Bogotá

Bogotá amaneció este sábado con el cielo gris de los días previos a la tormenta. No la tormenta de aguaceros que moja los cerros orientales, sino la otra, la que se cocina en las urnas, la que los colombianos llevan meses mascullando en las tiendas de barrio, en los buses del Transmilenio y en las sobremesas familiares donde el voto se ha convertido en un secreto a voces. Mañana, 41.4 millones de ciudadanos están convocados a definir algo más que un presidente: definirán si el experimento más audaz de la historia reciente de Colombia —el primer gobierno de izquierda del país— fue un espejismo o un camino.

Gustavo Petro no puede optar por la reelección. La Constitución de 1991, aquella que él mismo ayudó a construir desde la Asamblea Nacional Constituyente, se lo impide. Pero su nombre, su gestión y su fantasma recorren cada rincón de esta campaña como un cometa incandescente. Porque el domingo, en realidad, se vota sobre él.

Los tres mosqueteros del desencanto

La baraja era de once. Once aspirantes que, como naipes mal barajados, fueron cayendo uno tras otro en el favor de las encuestas. Quedan tres. Y son tres que representan no solo tres proyectos de país, sino tres formas de entender la herida colombiana.

Gustavo Petro

Por un lado, Iván Cepeda, el oficialista. Senador de larga trayectoria, defensor de derechos humanos, hijo del líder sindical asesinado Manuel Cepeda Vargas. Él es la continuidad. El heredero ungido por Petro para que el Pacto Histórico no se desmorone como un castillo de naipes una vez que el fundador abandone la Casa de Nariño. Cepeda ha prometido profundizar las reformas: la agraria, la de salud, la laboral. Sabe que camina sobre una cuerda floja tendida sobre un abismo de rechazo, pero también sobre una base de cerca del 40% de aprobación que el presidente aún conserva. En los sondeos, Cepeda lidera. No por goleada, pero lidera.

En la otra orilla, Abelardo de la Espriella. Abogado, polémico, de discurso filoso como un cuchillo de cocina. Su movimiento, Defensores de la Patria, ha sabido capitalizar el hartazgo de quienes ven en Petro un peligro para la estabilidad económica y el orden público. De la Espriella no es un conservador de salón: es un guerrero de la trinchera comunicacional, capaz de encender multitudes con frases cortas y golpes de efecto. Las encuestas lo colocan segundo, respirando en el cuello de Cepeda.

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Y luego está Paloma Valencia. Ella es el viejo orden con rostro renovado. Senadora del Centro Democrático, el partido del expresidente y uribista de hierro Álvaro Uribe Vélez. Valencia representa la derecha institucional, la que cree en la mano dura contra las disidencias de las FARC y el ELN, la que mira con recelo cualquier acuerdo que implique «impunidad» para los alzados en armas. Su discurso es menos estridente que el de De la Espriella, pero su electorado es fiel, disciplinado y profundo. Tercera en las encuestas, pero con opciones reales de remontar si la primera vuelta deja heridos y se abre una segunda ronda.

Iván Cepeda encabeza todas las encuestas y se próxima al triunfo en primera vuelta.

¿Y los moderados? Quedaron en el camino. Los que proponían un socialdemocracia tibia, un centro que no asustara ni a unos ni a otros, no lograron encender la chispa. Colombia, parece, ha decidido que este no es tiempo de términos medios.

La Colombia dividida: números que duelen

El analista político Sergio Guzmán lo resume con una precisión quirúrgica: «Colombia es un país que permanece profundamente dividido en temas sociales, económicos y políticos». Y añade: «Petro es una figura polarizante, pero no es impopular: cuenta con cerca del 40% de aprobación, según encuestas, y también tiene un muy alto rechazo entre algunos sectores».

Esa polarización no es abstracta. Se traduce en cifras que duelen en el bolsillo y en el alma. El gobierno de Petro logró reducir la pobreza monetaria —medida a partir de un mínimo de ingresos mensuales de 127 dólares— del 36.6% en 2022 al 31.8% en 2024. Ese es un logro que el oficialismo exhibe como una medalla en el pecho. Pero la oposición responde que la pobreza se midió con una vara distorsionada, que la inflación golpeó a la clase media, que el desempleo juvenil sigue siendo una hemorragia silenciosa. Y tienen razón, en parte. Porque en Colombia, como en pocos países, las estadísticas son campos de batalla.

Más de 41 millones de colombianos están habilitados para votar. Pero la abstención histórica ronda el 45% en primera vuelta. Eso significa que casi la mitad del país prefiere quedarse en casa, mirar el techo o salir a pasear antes que enfrentar la urna. Ese es quizás el dato más revelador de todos: no es que Colombia esté dividida entre tres candidatos; es que Colombia, en su mayoría, está harta de la política.

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Abelardo de la Espriella, tiene un discurso fascista y se le ve junto con la ultraderecha del mundo.
¿Segunda vuelta? El fantasma del 21 de junio

Las reglas son claras, aunque el tablero esté en llamas. Para ganar en primera vuelta se necesita la mayoría absoluta: la mitad más uno de los votos válidos. Los sondeos sugieren que ninguno de los tres punteros alcanzará ese umbral. Cepeda ronda el 28%, De la Espriella el 24%, Valencia el 19%. Los porcentajes varían según la encuestadora, pero todas coinciden en un punto: habrá segunda vuelta.

Esa segunda cita con las urnas sería el 21 de junio. Menos de un mes después de esta primera batalla. Un mes en el que los dos sobrevivientes —probablemente Cepeda contra el más votado de la derecha— se enfrascarán en una campaña relámpago, sin tregua, donde cada declaración puede valer miles de votos.

Y entonces, Colombia volverá a mirarse al espejo. Porque una segunda vuelta entre Cepeda y, digamos, De la Espriella, sería un plebiscito sobre Petro en estado puro. El continuismo contra el cambio radical. La reforma contra el orden. La memoria histórica contra la seguridad democrática.

La noche antes de la tormenta

A 24 horas de la apertura de las urnas, Bogotá respira un aire denso, casi eléctrico. En el sur, en barrios como Ciudad Bolívar o Bosa, los grafitis de Petro y Cepeda conviven con murales que piden «paz total». En el norte, en las calles arboladas de Chicó o Santa Bárbara, los carteles de De la Espriella y Valencia se asoman en las vallas de los conjuntos cerrados. Colombia es un país de distancias enormes, pero quizás ninguna es tan ancha como la que separa al que vota con el estómago vacío del que vota con la cartera llena.

Paloma Valencia, está arropada por el uribismo más radical.

Mañana, los colombianos decidirán. Decidirán si los cuatro años de Petro fueron un prólogo o un epílogo. Decidirán si Cepeda merece la oportunidad de continuar lo iniciado o si De la Espriella o Valencia deben hacer borrón y cuenta nueva. Decidirán, en el fondo, si creen que este país puede ser transformado desde el Estado o si, por el contrario, la única manera de salvarlo es volver a los viejos moldes.

Sea cual sea el resultado, una cosa es segura: Colombia, ese país de montañas y ríos, de café y sangre, de esperanzas inconclusas y violencias reincidentes, volverá a demostrar que su democracia, aunque tosca y dolorosa, sigue en pie. Y eso, en una región donde las democracias se desmoronan con frecuencia, no es poca cosa.

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El domingo, las urnas hablarán. Y después, solo después, comenzará el verdadero trabajo: gobernar para los 41.4 millones, incluidos los que se quedaron en casa.

Theo N. Guzmán
Corresponsal político
Bogotá, 30 de mayo de 2026

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