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65 años sin Trujillo: el tirano cayó, pero su herencia de desigualdad sigue viva

Hace 65 años, un puñado de valientes ajustició a Rafael Leónidas Trujillo en una carretera polvorienta. Esa noche del 30 de mayo de 1961, la República Dominicana creyó haber matado al tirano para siempre. Pero la historia se empeña en recordarnos una verdad incómoda: las élites económicas que lo sostuvieron no solo sobrevivieron, sino que mantienen su dominio intacto. Los fusiles de Antonio de la Maza, Pedro Livio Cedeño y sus compañeros derribaron al hombre, pero no al sistema que lo hizo posible.

Hoy el país crece, sí. Los rascacielos de la avenida Winston Churchill, los centros comerciales de lujo y el paraíso turístico de Punta Cana deslumbran al visitante. El discurso oficial celebra décadas de crecimiento económico sostenido, y los organismos internacionales aplauden las cifras macroeconómicas. Pero debajo del espejo brillante, la brecha entre ricos y pobres se ensancha sin piedad. El índice de Gini no para de subir desde 2022, y la pobreza, aunque disminuya en cifras oficiales, no oculta que los ingresos de los más acomodados avanzan a velocidad de crucero mientras una madre en Santo Domingo Este sigue eligiendo entre medicinas o comida.

Los apellidos que controlaban el azúcar, el cemento y la banca en 1961 siguen en los directorios del poder. Cambiaron de chaqueta, no de bolsillos. De la dictadura de Trujillo a los doce años de Balaguer, de ahí a los gobiernos turnantes del PRD, PLD y PRM, la sangre llegó al río pero los peces gordos siguieron nadando. No hubo una desposesión real de las fortunas construidas al amparo del terror, ni una reforma agraria profunda, ni una democratización de la propiedad. El poder cambió de rostro, pero no de dueños.

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Y la libertad conquistada por aquellos héroes —que fueron cazados, torturados y fusilados por Ramfis Trujillo en la Hacienda María— sigue siendo a medias: criticar al gobierno ya no cuesta la vida, los periódicos pueden publicar sin miedo al plomo, existen partidos de oposición y sindicatos. Eso es un triunfo inmenso que no debemos menospreciar. Pero la libertad no es solo no tener miedo a ser detenido. La libertad también es poder comer tres veces al día, llevar a tu hijo al médico sin endeudarte, y no tener que emigrar a Nueva York o Madrid para encontrar un salario digno. En eso, la República Dominicana del 2026 arrastra una deuda histórica.

La informalidad laboral, herencia maldita de aquellos años donde no había sindicatos ni derechos, sigue siendo un lastre estructural. Millones de trabajadores carecen de seguridad social, pensiones dignas y estabilidad. Las familias humildes destinan casi todo lo que ganan lo dedican al pago de la vivienda, comida, transporte y electricidad, y una simple subida en el precio del aceite o el combustible puede tirar por la borda el presupuesto de un hogar entero. Mientras tanto, las grandes empresas gozan de paraísos fiscales corporativos, evasión de impuestos y leyes hechas a su medida.

Este 30 de mayo, no basta con las ofrendas florales ni los discursos emotivos ante el obelisco de la avenida George Washington. Aquellos fusiles no apuntaban solo a un hombre: apuntaban a un sistema de opresión que convertía al país en una finca privada. Y ese sistema, aunque sin bigotes ni uniforme de generalísimo, sigue vivo en la concentración de la riqueza, la debilidad de los salarios mínimos y la falta de justicia social.

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La deuda de los héroes del 30 de Mayo no se salda con monumentos ni con nombres de autopistas. Se salda con salarios dignos, acceso universal a la salud, educación pública de calidad y un país donde el hijo del campesino tenga las mismas oportunidades que el hijo del empresario. Mientras eso no ocurra, la noche del tirano muerto seguirá siendo una herida abierta. Y cada 30 de mayo, lo que debería ser una celebración plena seguirá siendo, también, un recordatorio doloroso de lo mucho que nos falta.

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