Los Estados Unidos han sido, desde hace décadas, una potencia que no solo observa los procesos políticos y electorales del mundo, sino que los moldea a su conveniencia.
Golpes de Estado, servicios secretos puestos al servicio de dictadores afines, embajadas que funcionaron como cuarteles de coordinación para sostener regímenes leales a Washington: esa es la historia real que late tras el discurso oficial de la democracia exportada.
Lo hicieron ayer mediante operaciones encubiertas en América Central, con la tristemente célebre Escuela de las Américas como semillero de represores; lo hicieron en Chile con Salvador Allende, en Argentina con las dictaduras del Cono Sur, en Nicaragua financiando a la contra, y lo hacen hoy, en la era de la hiperconectividad digital, con una maquinaria aún más sutil pero igualmente letal.
Hoy, sin embargo, las balas han dejado paso a los algoritmos. Las redes sociales, ese nuevo tablero planetario, se han convertido en el territorio fértil donde la administración norteamericana teje una red de desinformación para influir en los procesos políticos y electorales de naciones soberanas.
No son conjeturas: participaron activamente en las elecciones de Brasil impulsando la candidatura de Jair Bolsonaro mediante campañas de desinformación orquestadas desde cuentas falsas; en Honduras lograron la liberación de Juan Orlando Hernández, un expresidente condenado por narcotráfico por las propias leyes de Washington, en una muestra cínica de cómo se juzga a unos y se absuelve a otros según la conveniencia geopolítica.
En Chile dieron su respaldo explícito a sectores de ultraderecha durante el proceso constituyente; en Ecuador apoyaron sin pudor a Daniel Noboa mientras señalaban de «autoritarios» a gobiernos progresistas.

A esta lista se suman los intentos de desestabilización en Bolivia tras la caída de Evo Morales, las presiones constantes sobre México en materia energética y migratoria, y la reciente reactivación de sanciones contra Nicaragua bajo argumentos que esconden un claro propósito de asfixia política.
La lista se alarga como un rosario de injerencias. Y el más reciente capítulo de esta intromisión ha tenido como escenario a Colombia.
Luego de los resultados de la primera vuelta electoral del pasado 31 de mayo, el presidente republicano Donald Trump, sin ambages ni rubor, salió públicamente a respaldar al aspirante de la ultraderecha. Lo hizo como si el destino de un país latinoamericano fuera una extensión natural de sus designios.
Nada casual. Nada inocente. Es el mismo guion de siempre, pero con nuevos actores y plataformas.
Ya no se trata de tanques ni de cuartelazos. Se trata de miles de cuentas falsas sembradas en plataformas digitales —X, Facebook, Instagram, TikTok—, de propietarios de redes sociales plegados a la policía intervencionista de Washington, de mentiras repetidas hasta convertirlas en verdades virtuales.
La fachada de adalides de la democracia se desmorona ante cada nueva injerencia. Porque no hay libertad electoral cuando un imperio elige al candidato, no hay soberanía cuando los algoritmos obedecen a intereses extranjeros y no hay dignidad cuando se normaliza que una potencia extranjera ponga a sus embajadas a coordinar apoyos a dictadores y a afines a sus intereses económicos.
Desde Umbral, alzamos la voz para denunciar estas groseras prácticas. No por nostalgia de un pasado que nunca fue limpio, sino por la urgencia de un presente que exige soberanía, verdad y respeto a los pueblos.
No aceptamos lecciones de democracia de quienes manipulan voluntades populares con ejércitos de bots y mentiras. América Latina merece elecciones libres, sin interferencias del norte. Merece elegir sin que desde Washington se dicte el nombre del «adecuado».
La soberanía no se subasta en tuits ni se negocia en servidores extranjeros. La injerencia extranjera, vista en su rostro digital, sigue siendo lo que siempre fue: una afrenta a la voluntad popular. Y como tal, debe ser nombrada, resistida y repudiada.
Basta de injerencia. Basta de la farsa del imperio.