Marileidy Paulino va por su cuarto diamante en Bruselas
Marileidy Paulino buscará este sábado en Bruselas conquistar por cuarta ocasión la final de los 400 metros planos de la Liga Diamante y recuperar...
UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA
Menú:
Si disfrutas nuestro contenido y crees en una información clara y cercana, tu apoyo nos ayuda a seguir informando sin límites.
Sub Categorías:
Síguenos en:
Síguenos en todas nuestras redes sociales y únete a nuestra comunidad. En UMBRAL Mantente siempre informado con nuestras noticias, novedades y contenido exclusivo.

Marileidy Paulino buscará este sábado en Bruselas conquistar por cuarta ocasión la final de los 400 metros planos de la Liga Diamante y recuperar...


Medios iraníes denunciaron un ataque estadounidense con cuatro misiles contra un petrolero cerca de la isla de Kharg, principal centro de exportación de crudo...

La vida de Sagrada Bujosa Mieses atraviesa algunas de las páginas más intensas de la historia política dominicana: la lucha contra la dictadura, el...

Nicolás Maduro y Cilia Flores libran ahora desde una cárcel de Nueva York una batalla judicial para conseguir que sean desestimados los cargos de...
Bad Bunny transforma su concierto en el Estadio Nacional de Chile en un potente acto de memoria política, homenajeando a Víctor Jara con \»El Derecho de Vivir en Paz\» en el mismo lugar de su martirio. Este gesto, realizado en el contexto de la inminente asunción presidencial de José Antonio Kast, un declarado admirador de Pinochet, trasciende el espectáculo para erigirse como un acto de resistencia generacional y una defensa simbólica de la memoria histórica frente a la normalización del olvido.
Hay silencios que gritan. Hay escenarios que, más allá de las luces y el sonido, son heridas abiertas en el cuerpo de un país. El Estadio Nacional de Chile es uno de ellos. Sus gradas no son solo de cemento; son un archivo de ecos ahogados, un monumento al dolor infligido cuando la dictadura lo convirtió en una fosa común de la dignidad. Allí, en 1973, le quebraron las manos a Víctor Jara para silenciar su guitarra. Y allí, sin manos, su voz se alzó por última vez, desnuda y desafiantemente, entonando \»El Derecho de Vivir en Paz\» antes de que el odio lo callara para siempre.
Cincuenta y dos inviernos después, en ese mismo óvalo de memoria, irrumpió el ritmo urbano de Bad Bunny, el fenómeno global del perreo. Pero en la cúspide de su espectáculo, algo se quebró en la lógica del mero entretenimiento. Con una decisión cargada de una lucidez tan profunda como arriesgada, cedió el espacio sagrado del hit momentáneo para dar paso a un canto antiguo y eterno. Invitó a un artista local a entonar, ante miles de jóvenes, aquella misma canción de Jara. No fue una pausa nostálgica; fue un puente tendido en el abismo de la desmemoria. Fue colocar el grito de un mártir en el centro del oído de una generación que quizás desconocía el peso de la tierra que pisaba.
Y lo hizo en el instante preciso en que la historia amenaza con enredarse en un nudo familiar. Mientras Chile se apresta a recibir a un presidente que ha declarado, sin rubor, que Pinochet votaría por él, y que ha tejido su gabinete con abogados que defendieron al dictador, este gesto reverbera como un aldabonazo. Es la valentía de incomodar. Es decir, desde el epicentro simbólico del horror, que el pasado no es un museo, sino una línea que se puede cruzar de nuevo si se olvida.
Los que ven en Bad Bunny solo reguetón banal y espectáculo fugaz no entienden la naturaleza del arte en tiempos de peligro. Un artista consciente no es el que corea consignas, sino el que elige el lugar y el momento para, con un solo gesto, desenterrar la verdad y enfrentarla al presente. Este no es marketing; el marketing huye de la controversia. Esto es posicionamiento: pararse del lado de los que cantaron hasta el final, justo cuando algunos se preparan para blanquear a sus verdugos.
He aquí la belleza urgente del acto: su poder de despertar. Miles de asistentes, movidos por el beat del perreo, se encontraron de pronto con la historia viva de su país. Recibieron, en el templo del entretenimiento, una lección de memoria. Fue una siembra a contrareloj, una arma de conciencia entregada semanas antes de que un gobierno que reivindica aquella oscuridad asuma el poder.
Bad Bunny, Benito Antonio Martínez Ocasio, realizó así la acción más punk y más profunda: usar su plataforma colosal para iluminar una sombra. Convirtió el dolor en dignidad resonante, el olvido en memoria colectiva, la complacencia en resistencia sónica. Recordó, con una potencia que ningún discurso académico podría lograr en ese foro, que hay ecos que no se disipan. Que mientras se cante \»El Derecho de Vivir en Paz\» en el lugar donde quisieron matar la paz para siempre, los Pinochet —los de ayer y los de hoy— no ganarán. La memoria, como el perreo, tiene su propio ritmo implacable. Y no se detiene.

Leonardo de Jesús Reyes Madera, director general de la Oficina Nacional de Evaluación Sísmica y Vulnerabilidad de Infraestructuras y Edificaciones (Onesvie), mientras declara como...

El Real Betis puso fin al impecable comienzo de temporada del Real Madrid al imponerse 1-0 en La Cartuja, en una noche en la...

Por Julio Guzmán Acosta Ciudad de México.– La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, reafirmó la defensa de la soberanía nacional como principio rector de...


El gigantesco acuerdo petrolero alcanzado entre el Gobierno encargado de Delcy Rodríguez y la administración de Donald Trump ha abierto una fractura que trasciende...