«La alcaldesa del Distrito Nacional, Carolina Mejía, encabezó el develamiento de una tarja que oficializa el nombre del Parque Mirador Sur como «Dr. Joaquín Balaguer». El acto tuvo lugar el 10 de septiembre de 2026, en el kilómetro cero del parque. El develamiento de esta estructura formaliza la Resolución 3-2019, aprobada previamente por el Concejo de Regidores de la Alcaldía del Distrito Nacional.* *El motivo del homenaje, según se ha explicado, es reconocer formalmente al fallecido expresidente Joaquín Balaguer por haber sido el ideólogo y constructor original de este importante pulmón verde de la capital dominicana».
(Crónica de la prensa nacional, periódico Panorama)
Efectivamente, semejante reconocimiento puede compararse con lo que se hacía durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Porque si el criterio para honrar a un presidente consiste en reconocer las obras realizadas durante su gobierno, entonces tendríamos que mantener el nombre de Ciudad Trujillo o, siguiendo esa misma lógica, cambiarle el nombre a la República Dominicana por el de Rafael Leónidas Trujillo. La obra de gobierno de Trujillo durante treinta años, especialmente en materia de construcción de obras públicas, todavía no ha sido superada en muchos aspectos, más de sesenta años después de terminada la dictadura. Pero a nadie se le ocurriría hoy sostener que por esas obras debemos rendirle homenaje al dictador o reivindicar su régimen.
La colocación de esa tarja no puede analizarse únicamente como el reconocimiento a una obra física. Va en la misma línea de aquella declaración que presenta a Joaquín Balaguer como «padre de la democracia dominicana», algo totalmente insólito e injusto desde el punto de vista histórico. Porque si de algo careció el doctor Joaquín Balaguer fue precisamente de un verdadero sentido democrático. Balaguer fue hijo de la dictadura, pero no un hijo arrepentido de la dictadura, sino un hijo predilecto, ejecutor y continuador de muchos de los métodos trujillistas.
No fue un hombre que surgiera del sufragio libre. Su ascenso al poder estuvo vinculado a un proceso electoral violento y fraudulento bajo la intervención decisiva de una potencia extranjera en la vida política dominicana. Por eso resulta una verdadera aberración histórica pretender colocarlo en el altar de la democracia dominicana, como si se tratara de uno de sus padres fundadores.
Y esto adquiere todavía mayor gravedad cuando recordamos lo que significó el derrocamiento del gobierno constitucional de Juan Bosch en 1963. El proyecto que fue derrocado no era un proyecto comunista ni pretendía establecer una dictadura de izquierda. Era un proyecto democrático y representativo, sustentado en una Constitución que establecía derechos y libertades y que colocaba al país ante la posibilidad de transitar por un camino diferente después de treinta años de dictadura.
Al producirse el derrocamiento de aquel gobierno democrático y establecerse posteriormente un régimen autoritario, se cerró la posibilidad de que la República Dominicana pudiera avanzar por un camino de desarrollo democrático, institucional y capitalista. Aquella ruptura no fue un simple cambio de gobierno: fue una ruptura con la posibilidad de construir una democracia verdadera y con el derecho del pueblo dominicano a decidir libremente su destino.
Por eso, esa tarja y esa resolución del Ayuntamiento del año 2019 no pueden verse como un simple acto de reconocimiento a una obra pública. Mucho menos cuando esa decisión termina formando parte de una corriente que pretende presentar a Joaquín Balaguer como una figura esencial de la democracia dominicana. Y resulta todavía más doloroso cuando recordamos que el Congreso y las instituciones políticas que han contribuido a esta reivindicación han estado integrados por representantes del Partido de la Liberación Dominicana, del Partido Revolucionario Dominicano y del Partido Reformista Social Cristiano, especialmente cuando dos de esas fuerzas fueron históricamente víctimas del balaguerismo.
Esto constituye, a mi juicio, una puñalada al corazón de la memoria histórica del pueblo dominicano.
Al mismo tiempo en que se pretende elevar al pedestal las obras realizadas durante los gobiernos de Balaguer, se intenta borrar todo aquello que recuerde la otra cara de su régimen: la persecución política, la represión, los fraudes electorales, los asesinatos y la sangre derramada por tantos jóvenes dominicanos que lucharon por la democracia.
No se trata de negar que Joaquín Balaguer realizó obras importantes. Eso forma parte de la historia y nadie puede borrarlo. Lo que no podemos aceptar es que una obra pública se convierta en un certificado de democracia ni que la construcción de un parque sirva para otorgarle a un gobernante una condición histórica que sus actuaciones políticas no le permiten reclamar.
De ser así, tendríamos que comenzar a medir la democracia por la cantidad de cemento, carreteras, edificios y parques construidos por los gobernantes. Y si ese fuera el criterio, tendríamos que convertir a Trujillo en uno de los grandes demócratas de nuestra historia simplemente porque durante su régimen se construyeron numerosas obras públicas.
Pero la historia no funciona de esa manera. Una carretera no borra una dictadura. Un edificio no borra un asesinato. Un parque no borra la represión. Y una tarja tampoco puede borrar la sangre derramada por quienes lucharon por la libertad.
Lo que estamos viendo es un intento de reescribir la historia. Se pretende rescatar las obras materiales, colocarlas en un altar y enviar al zafacón de la basura todo aquello que resulte incómodo. Pero la historia tiene una memoria mucho más larga que la de quienes pretenden manipularla.
Los hechos están ahí. Los muertos están ahí. La lucha está ahí. Y la memoria histórica de un pueblo no desaparece porque alguien coloque una placa de bronce sobre una piedra. La historia no perdona los hechos y el pueblo dominicano, tarde o temprano, vuelve siempre a encontrarse con su propia memoria.



