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Trump levanta muros, Infantino se hace el sordo y la FIFA entierra el espíritu del fútbol bajo una montaña de dólares

El negocio llamado Mundial de Fútbol 
 

El Mundial FIFA 2026 levanta el telón hoy día 11 de junio. Estados Unidos, México y Canadá afilan los últimos detalles para recibir la fiesta más grande del planeta fútbol. Pero cuidado: lo que viene no huele a césped recién cortado ni a euforia de estadio. Huele a control migratorio, a visa denegada sin razón, a discurso de odio disfrazado de «seguridad nacional». Huele, en definitiva, a Donald Trump poniéndole el cascabel al gato del deporte global.

Y la FIFA, esa organización que durante años nos ha vendido la imagen de un fútbol «para todos», mira hacia otro lado. Mejor dicho: cobra el cheque y calla.

Demos un paso atrás. El Mundial siempre fue algo más que 22 jugadores corriendo detrás de un balón. Fue una tregua. Una pausa cada cuatro años donde las guerras, los discursos de odio y las fronteras se difuminaban detrás de un abrazo entre desconocidos. Eso, al menos, era la teoría. Porque la práctica, de la mano de la administración Trump, apunta en dirección contraria.

El gobierno estadounidense ha dejado claro que durante la cita mundialista los controles migratorios no se relajarán: se endurecerán. Visas denegadas a periodistas, aficionados y hasta delegaciones enteras de países señalados como «sospechosos». Un mensaje tan brutal como explícito: aquí no es bienvenido cualquiera. Mientras México y Canadá intentan vender el torneo como un espacio de integración regional, Trump lo ha convertido en una vitrina de su política antiinmigrante.

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Trump es previsible. Pero lo que resulta imperdonable es la actitud de la FIFA, esa institución que tanto exigió a Brasil, Sudáfrica y Rusia, y que ahora, frente al poder económico de Estados Unidos, dobla la rodilla y se hace la pequeña.

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Gianni Infantino, el mismo que se rasga las vestiduras por un tuit políticamente incorrecto, no ha sido capaz de emitir un solo comunicado exigiendo garantías migratorias para los asistentes al Mundial. Su silencio no es neutralidad: es complicidad. Y su pusilanimidad solo tiene un nombre: miedo a incomodar al anfitrión más rentable de la historia del torneo.

Pero el silencio cómplice de la FIFA no se detiene ahí. Alcanza ribetes aún más oscuros. Como la reciente deportación del mejor árbitro africano del continente, un hombre cuya trayectoria impecable lo había llevado a ser designado para el panel arbitral del Mundial. Su delito: haber sido incómodo para ciertas firmas comerciales que manejan los hilos del negocio. La FIFA no movió un dedo. No hubo defensa, no huba declaración, no hubo gesto. Solo el silencio. Ese silencio que habla más fuerte que cualquier palabra y que revela la verdadera naturaleza de una organización donde la corrupción y el oscurantismo campan a sus anchas, protegidos por la opacidad de los contratos y la sumisión al poder económico.

¿Alguien se sorprende? No debería.

La FIFA dejó de ser hace años la guardiana del espíritu del fútbol para convertirse en su principal sepulturera. El Mundial ya no es un torneo: es una máquina de facturar. Un circo donde los derechos humanos pesan menos que un contrato de televisión, donde la dignidad de un árbitro africano vale menos que una sonrisa a los patrocinadores, y donde Infantino prefiere mirar al suelo antes que enfrentar a Trump.

El Mundial 2026 debía ser el de la reconciliación trinacional, el del fútbol como lenguaje común entre vecinos. Pero Trump lo ha manchado antes de nacer, y la FIFA ha validado cada mancha con su silencio de cartón piedra.

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No pido ingenuidad. El deporte nunca ha sido ajeno a la política. Pero hay una diferencia abismal entre convivir con el poder y prostituirse ante él. Lo que estamos viendo es esto último: un gobierno que utiliza el Mundial como escenario de su discurso de odio, y un organismo rector que aplaude con las orejas mientras se llena los bolsillos.

Hoy es el día para que ruede el balón. Estados Unidos aún está a tiempo de recordar que ser sede es una responsabilidad, no un trofeo de soberanía. Y la FIFA, aunque lo dudo, aún está a tiempo de dejar de hacerse la distraída y recordar que su voz tiene peso. Aunque, viendo su historial de corrupción, opacidad y sumisión al poder, sería un milagro tan grande como que Argentina le gane un Mundial a Brasil por goleada.

El fútbol enseña que los muros se escalan y las barreras se rompen. Ojalá la Casa Blanca y la FIFA lo entiendan. Porque en el Mundial, el único muro que debería importar es el de la hinchada celebrando un gol. El resto sobra. Y el silencio cómplice, también.

 

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