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Cuando la política secuestra el espíritu del Mundial, la FIFA mira hacia otro lado

El Mundial FIFA 2026 está a punto de alzar el telón. Tres naciones —Estados Unidos, México y Canadá— se preparan para recibir el torneo más grande del planeta fútbol. Pero antes de que ruede el balón, algo huele mal en el aire. No es el césped recién cortado ni la pólvora de los festejos. Es el olor a oportunismo político, a control migratorio disfrazado de organización, a un evento deportivo que la administración de Donald Trump ha comenzado a desnaturalizar antes incluso del pitido inicial.

El Mundial, desde su esencia más pura, ha sido una tregua. Una cada cuatro años donde las guerras, los discursos de odio y las fronteras se difuminan detrás de una camiseta, un gol y un abrazo entre extraños. Pero la Casa Blanca, fiel a su manual de estilo, parece haber entendido el torneo al revés: no como una oportunidad para abrir puertas, sino como una vitrina para reforzar muros.

Las alarmas se encendieron hace meses, cuando comenzaron a circular filtraciones sobre planes migratorios restrictivos durante la cita mundialista. Visas denegadas sin justificación razonable a periodistas, aficionados y hasta delegaciones de países considerados «sospechosos» por el gobierno estadounidense. Controles migratorios que, en lugar de agilizarse para recibir al mundo, se endurecen como si el Mundial fuera una amenaza y no una fiesta.

Y luego está el discurso. Mientras México y Canadá han apostado por presentar el torneo como un espacio de integración regional, Trump ha aprovechado cada aparición pública para vincular la organización del evento con su narrativa de «seguridad nacional». En lugar de exaltar la diversidad, ha insinuado que el Mundial es un imán para «indeseables». En lugar de celebrar el encuentro de culturas, ha insistido en que el control fronterizo será más importante que la hospitalidad.

Pero si el comportamiento de Trump es previsible —casi un espejo de su ideario—, lo que resulta imperdonable es la actitud de la FIFA. El organismo que preside Gianni Infantino, tan veloz para sancionar a un jugador por un tuit políticamente incorrecto o para exigir garantías a países sede cuando los dólares no fluyen, ha optado por el silencio más cómplice ante el atropello sistemático del gobierno estadounidense. Ni una declaración firme. Ni una exigencia de garantías migratorias para aficionados y trabajadores del fútbol. Ni un recordatorio de que el Mundial es, por esencia, un espacio de libre circulación y encuentro.

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La pusilanimidad de la FIFA es tan evidente como vergonzosa. La misma institución que no dudó en presionar a Brasil, Sudáfrica o Rusia con pliegos de condiciones innegociables, ahora dobla la rodilla ante el poder económico y político de Estados Unidos con un mutismo que solo puede interpretarse como complicidad. Infantino, ese funcionario que ha hablado de «fútbol para todos» y de «unidad global», desaparece del mapa cada vez que Trump endurece el discurso antiinmigrante. Su silencio no es neutralidad: es una toma de posición.

Logo mundial FIFA 2026

Pero el silencio cómplice de la FIFA no se limita a las bravuconadas migratorias de Trump. Ha llegado más lejos, hasta el terreno de lo absurdo y lo cruel. Baste recordar la deportación del mejor árbitro africano del continente, un hombre cuya trayectoria impecable le había ganado un lugar en el panel arbitral del Mundial. Su pecado: haber sido incómodo para ciertas firmas comerciales que manejan los hilos del gran negocio en que han convertido la cita mundialista. La FIFA, lejos de defender a uno de los suyos, optó por la complacencia más servil. No hubo comunicado de respaldo, ni gestión diplomática, ni siquiera un gesto simbólico. Solo el silencio. Ese silencio que habla más alto que cualquier discurso y que revela la verdadera naturaleza de una organización donde la corrupción y el oscurantismo campan a sus anchas, protegidos por la opacidad de contratos millonarios y alianzas inconvenientes.

Porque no nos engañemos: el Mundial ya no es un torneo de fútbol. Es una máquina de hacer dinero, un circo de patrocinadores, una vitrina donde los derechos humanos y la dignidad de las personas pesan menos que un contrato de televisión. Y la FIFA, lejos de ser la guardiana del espíritu del deporte, se ha convertido en su principal sepulturera. Cada escándalo de corrupción, cada decisión opaca, cada veto artero a quienes se atreven a cuestionar el orden establecido, confirma que el balón ya no rueda por amor al juego: rueda por amor al dólar.

Esta no es una crítica ingenua. El deporte nunca ha sido ajeno a la política, y sería absurdo pretenderlo. Pero hay una diferencia abismal entre aceptar que el fútbol convive con el poder y permitir que el poder secuestre al fútbol mientras el ente rector mira hacia otro lado. Lo que estamos viendo es lo segundo: un gobierno que utiliza el escenario global del Mundial para reforzar su imagen de dureza migratoria, y una FIFA que se hace la distraída —o la cómplice— con tal de no incomodar a su anfitrión más rentable.

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El Mundial 2026 debía ser el de la reconciliación trinacional, el de la vuelta del torneo a Norteamérica después de tres décadas, el del fútbol como lenguaje común entre Estados Unidos, México y Canadá. Pero la administración Trump, con su obsesión por distinguir entre «bienvenidos» y «no bienvenidos», ha logrado manchar ese espíritu antes de que nazca. Y la FIFA, con su silencio de cartón piedra y su complicidad activa, ha validado cada mancha.

No se trata de pedir ingenuidad. Se trata de recordar lo obvio: un Mundial no es una cumbre política. Es un estadio lleno de banderas distintas que, por 90 minutos, deciden no odiarse. Es un niño saltando junto a un extraño que habla otro idioma. Es la prueba de que la humanidad puede, si quiere, encontrar puntos de encuentro. Defender eso no es radicalismo: es el mandato mínimo de una federación que dice representar el «espíritu del fútbol». Un espíritu que, bajo la era Infantino y sus socios comerciales, ha sido vendido al mejor postor.

La administración estadounidense aún está a tiempo de corregir el rumbo. De recordar que ser sede no es un trofeo de soberanía, sino una responsabilidad con el espíritu del deporte. Pero la FIFA también está a tiempo de dejar de hacerse la pequeña y recordar que su voz tiene peso. Aunque, viendo su historial de corrupción, opacidad y sumisión al poder económico, sería ingenuo esperar un milagro. El balón está a punto de rodar. La pregunta es si los políticos y los burócratas del fútbol tendrán la grandeza de hacerse a un lado y dejar que el juego, simplemente, sea juego.

Porque si hay algo que el fútbol enseña, es que los muros se escalan, las barreras se rompen y, al final, lo único que queda es la pelota cruzando la línea de gol. Ojalá la Casa Blanca y la FIFA entiendan que, en el Mundial, el único muro que debería importar es el de la hinchada celebrando un gol. El resto sobra. Y el silencio cómplice, también.

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Redacción Umbral

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