¡SACRILGIO EN EL MUNDIAL! La FIFA LE CIERRA LA BOCA al español y la hispanidad RESPONDE con FURIA
Restricciones absurdas en las salas de prensa del Mundial 2026 en Estados Unidos desatan una tormenta diplomática: prohíben preguntas en castellano, humillan a periodistas y hasta Achraf Hakimi se burla del protocolo. Mientras México es país anfitrión y en EE.UU. hay 50 millones de hispanohablantes, la FIFA justifica su \»veto\» con excusas técnicas que nadie se cree. Crece la sospecha de una mano negra desde la administración Trump, tras su antecedente con Bad Bunny en el Super Bowl. Por Julio Guzmán Acosta Desde la redacción, con el pecho inflado de patriotismo y la pluma ardiendo como una contrafaena en el alargue. ¡Qué vergüenza, carajo! No ganamos en penales, nos ganan en el micrófono. El Mundial 2026 todavía no patea el primer tiro libre y ya tenemos expulsado al idioma de Cervantes, García Márquez, Fidel Castro y Sabina. La FIFA, ese árbitro ciego que siempre le cobra falta al más débil, acaba de cometer la peor barrabasada fuera de la cancha: le mete una plancha criminal al español en las salas de prensa de Estados Unidos. Como si el fútbol se hablara solo en inglés. Como si Maradona hubiera cantado el \»gol del siglo\» en la BBC. Como si Messi, al levantar la Copa en Qatar susurrara \»thank you very much\» en vez de \»muchachos, ahora hemos tocado el cielo\». La jugada fue así: en el estadio Metlife de Nueva Jersey, el periodista mexicano Rodrigo Ornelas, de TV Azteca, quiso preguntarle en español a Achraf Hakimi. El lateral marroquí, nacido en España y criado jugando al fútbol en las plazas españolas, entiende el castellano mejor que un letrado del Colegio de Abogados. Pero el moderador de la FIFA saltó como un 5 criminal: \»No se admiten preguntas en castellano\». Hakimi, con la sonrisa de quien ya sabe que el poder es un chiste mal contado, soltó la frase que incendió las redes: \»¿Cómo respondo, en inglés o en español?\». Golpe de pecho. Asistencia de lujo. Y la prensa mundial, de pie. Pero la cosa no quedó ahí. Vinícius Júnior, la alegría personificada, pidió que le hablaran en español en la misma sala. Y el periodista de DAZN, con cara de haber perdido el ascenso en la última fecha, solo atinó a decir: \»Creo que no puedo\». ¿No puede? ¿Quién le puso la mordaza? ¿La FIFA o el tío Sam? que juega en el Barça, también sufrió la censura. Un redactor quiso hacerle una pregunta en castellano y los voceros oficiales lo obligaron a cambiarla al inglés. El mediocampista, descolocado, respondió como pudo. Pero todos vimos el desaire. La FIFA, en un comunicado más frío que un vestuario en Rusia, salió a decir que \»no hay veto\». Que todo es por \»falta de traductores\» y \»logística remota\». Que las preguntas deben hacerse en los idiomas de las selecciones que juegan, y si no, al inglés como árbitro neutral. ¿Neutral? ¿El inglés? En un Mundial organizado por México, Estados Unidos y Canadá. Donde México es sede. Donde en California, Texas y Florida se habla más español que en un barrio de Santo Domingo. Pero ojo, que la cosa huele a gas pimienta. Nadie se cree el cuento de los traductores en un evento deportivo que se organiza cada cuatro años y donde se gastan miles de millones de dólares. Aquí hay una línea que conduce directamente a la Casa Blanca, a esa administración Trump que ya le hizo la misma jugada a Bad Bunny en el Super Bowl. ¿Se acuerdan? El Conejo Malo quiso hablar en español desde el escenario y los operadores de la NFL le bajaron el volumen. Ahora la misma jugada, pero en los Mundiales. Coincidencia? No, amigo. Eso es plancha con pierna cambiada. Las cadenas hispanas, los diarios como El País y Goal.com, ya reportaron la incoherencia: en Guadalajara, sede mexicana, el español fluye libre. Pero en Nueva Jersey, Dallas o Los Ángeles, los periodistas hispanos somos tratados como extras de reparto. ¿Por qué? Porque allá manda el inglés. Y porque, aunque duela, al poder le molesta que 50 millones de voces griten \»¡gooooool!\» en el idioma que les sale del alma. Así que ya saben. La pelota no entra, la FIFA no traduce y el orgullo hispano está más caliente que una tribuna en Boca. Esto no termina acá. Esto es solo el calentamiento. Que se preparen, porque en el Mundial 2026, si no nos dejan hablar, vamos a festejar cada gol con un poema de Neruda, una prosa de Gracia Márquez o una canción de Bad Bunny. Y eso, señores de la FIFA, no lo traduce ni el mejor intérprete del mundo.
El palco vacío: la primera vez que los mandatarios le hacen la guerra al Mundial
México, Canadá y Estados Unidos escriben una página inédita en la historia del fútbol: sin sus mandatarios en la ceremonia inaugural, mientras Claudia Sheinbaum regala su boleto, Trump se ausenta y Carney asiste a medias, la política le gana al deporte en la Copa del Mundo más grande jamás organizada. Por Theo N. Guzmán El Mundial del 2026 ya es, antes del primer silbatazo, un torneo de rarezas. Es el primero que organizan tres países. El primero con 104 partidos, 1.248 jugadores y 16 ciudades sede. México se convierte en el primer anfitrión en recibir tres Copas del Mundo. Canadá, en cambio, estrena su condición de anfitrión como quien estrena camiseta por primera vez. La lista de primicias se alarga como una sombra bajo el sol del verano norteamericano. Pero hay una novedad que no figura en los registros de la FIFA, una que no celebrarán ni el márketing ni los himnos. Es la del palco de jefes de Estado sin dueño. Este jueves, en la ceremonia más importante del torneo más visto del planeta, la silla del anfitrión mexicano amaneció vacía. Claudia Sheinbaum, la primera mujer presidenta de México, no acudió. En su lugar, como un gesto que trasciende el protocolo, envió a Yolett Cervantes Cuaquehua, una joven indígena del norte de Veracruz. Y junto a ese asiento sin ocupar, los otros dos coorganizadores también dibujaron un vacío inédito: ni Mark Carney, primer ministro de Canadá, ni Donald Trump, el vecino del norte insomne, pisaron el césped inaugural. Un vacío sin precedentes. Porque desde 1930, el palco de los Mundiales ha visto desfilar desde reyes hasta emires, desde generales hasta presidentes populares. La única excepción fue Francia 1938, cuando Albert Lebrun no asistió a la apertura —aunque sí entregó el trofeo al campeón—, en una época donde las ceremonias aún no eran el escaparate geopolítico que son hoy. En estos tiempos de hipervisibilidad, la ausencia grita más que la presencia. Sheinbaum, sin embargo, ya había escrito su propio guion meses atrás. En diciembre, recibió de manos del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, el boleto 001 para el partido inaugural. Luego lo regaló. Se lo dio a una joven aficionada. \»La mayoría de los mexicanos no puede pagar una entrada\», explicó después. Por eso, ella verá el partido contra Sudáfrica desde una pantalla gigante de las que su gobierno instaló gratis en Ciudad de México. \»Van a venir pocos jefes de Estado —declaró—. Varios iban a venir, pero por razones de sus países decidieron no. Por ejemplo, el presidente de Sudáfrica decidió no venir\». En cambio, una corona sí asoma en el horizonte. El Rey Felipe VI de España tiene confirmada su presencia en Guadalajara el 26 de junio, para el Uruguay-España. \»Estamos viendo si nos reunimos\», dijo Sheinbaum, insinuando un encuentro que sellaría la conciliación entre dos naciones distanciadas por años de heridas abiertas. El fútbol, otra vez, como bisagra de la historia. Mientras tanto, la FIFA ha tenido que ingeniárselas para disimular la falta de anfitriones. Ha diseñado una \»trilogía de espectáculos inaugurales\» que tendrá lugar en el primer partido de cada selección local. Estados Unidos enfrentará a Paraguay el segundo día del torneo en Los Ángeles, con un show de Katy Perry, Future, Anitta, LISA, Rema y Tyla. Pero Trump no estará allí. En su lugar, asistirá Marco Rubio, secretario de Estado. Eso sí, el magnete tuiteó que acudirá a algunos encuentros más en suelo estadounidense. Carney, en cambio, sí estará en Toronto para ver a Canadá ante Bosnia. Allí cantarán Alanis Morissette, Alessia Cara, Michael Bublé y otros. La música, al menos, no falla. La ceremonia pudo haber sido el punto de encuentro de los tres líderes norteamericanos. Pero las constantes amenazas e insultos de Trump contra sus vecinos y socios comerciales lo han vuelto imposible. En plenas negociaciones del TMEC, el presidente estadounidense declaró este miércoles que su país no necesita \»nada\» de sus dos vecinos. La única vez que los tres se reunieron fue en diciembre, en el sorteo de Washington. Ya entonces Trump amagaba con aranceles. Pero aparcaron las tensiones en nombre del fútbol. Esta vez, el deporte ha perdido contra la política. Así, el Mundial de las primeras veces también será recordado por algo que no ocurrió. Por un palco vacío. Por tres banderas sin sus mandatarios. Por una ceremonia donde la ausencia, paradójicamente, ocupó todo el centro del escenario. El balón rodará, los goles se celebrarán, pero la imagen de esta Copa del Mundo quedará marcada por los asientos sin dueño, por una joven indígena de Veracruz sentada donde se esperaba a una presidenta, y por la constatación de que ni siquiera el deporte más universal logra ya reunir a los que mandan.
\»Fuego, pasión y leyenda: las mejores postales de la ceremonia inaugural del Mundial 2026\»
Por Redacción de Deportes Las mejores imágenes de la ceremonia de inauguración del Mundial 2026 en México capturaron la esencia de una fiesta que fusionó el legado histórico con la innovación futurista: desde el espectacular holograma del Azteca 86 que saludó al público, hasta la imponente pirotecnia iluminando el Ángel de la Independencia. El momento cumbre llegó con el desfile de las leyendas del 70, ovacionadas por una generación que aún no había nacido en su primer título, mientras que los drones formaban un jaguar gigante sobre el Estadio Cuauhtémoc. Entre lágrimas y gritos de \»¡Sí se pudo!\», las calles de la Ciudad de México vibraron con un mar de playeras verdes y el sonido tradicional de los tambores prehispánicos, dejando claro que el Mundial del Centenario arrancó con el corazón más indomable del futbol.
¡El Azteca, templo del fuego sagrado! Pelé, Maradona y ahora ¿quién hará temblar la catedral del fútbol?
México abre el Mundial más ambicioso de la historia (48 selecciones, 16 grupos, tres sedes) ante Sudáfrica en un Estadio Ciudad de México que suma su tercera inauguración mundialista. Lluvia, protestas y presión histórica para la Tri’, que llega como bicampeón de la CONCACAF (Liga de Naciones 2024 y Copa Oro 2025) y con ocho partidos invicto. Javier Aguirre busca el estreno perfecto mientras la sombra de los mitos recorre los pasillos del coloso. La final será el 19 de julio en New Jersey. Por Theo N. Guzmán Enviado especial al Estadio Ciudad de México Hay estadios. Y hay catedrales. El Azteca, que la FIFA insiste en llamar Estadio Ciudad de México por razones de patrocinio que nadie recitará de memoria, es lo segundo: una mole de cemento y alma que ha visto llorar a Pelé de alegría y a Maradona levantar un cielo que parecía suyo. Esta tarde, 11 de junio de 2026, con el reloj marcando las 13:00 horas bajo un sol caprichoso de la capital mexicana, el coloso vuelve a abrir un Mundial. El tercero. Ningún otro recinto en la historia puede presumir de tanto. Tres inauguraciones, dos dioses, una leyenda 1970: Pelé y Brasil eternos: 1986 Maradona, la mano y el genio. 2026: la noche de México ante Sudáfrica, con el mismo ‘Vasco’ Aguirre que en 2010 dirigió aquel empate 1-1 inaugural en Johannesburgo. Entonces fue sufrimiento africano. Ahora, en casa, la exigencia es otra. La ‘Tri’ llega con una vitrina que por fin volvió a llenarse. Después de años de sequía, México levantó dos títulos consecutivos de la CONCACAF: la Liga de Naciones 2023-24 (venciendo a Estados Unidos en la final) y la Copa Oro 2025 (derrotando a Panamá). Dos trofeos que han multiplicado la fe de una afición acostumbrada a los disgustos mundialistas. Porque el pecado original sigue ahí: siete Mundiales seguidos cayendo en el cuarto partido. En Qatar 2022 ni siquiera se llegó a ese duelo. La herida aún escuece. El invicto que ilusiona Pero los números de 2026 invitan a soñar. Ocho partidos sin perder. Seis victorias y dos empates, estos últimos ante potencias de peso: Portugal (0-0) y Bélgica (1-1). El resto fueron triunfos que construyen carácter: Panamá (0-1), Bolivia (0-1), Islandia (4-0), Ghana (2-0), Australia (1-0) y Serbia (5-1). Un rodaje de altura que ha encendido la ilusión en un país que vive el fútbol como una religión y cuyo clero, la prensa local, exige milagros. El Mundial más grande de la historia Esta no es una Copa del Mundo cualquiera. Por primera vez participan 48 selecciones, distribuidas en 16 grupos de tres equipos cada uno. Clasifican los dos primeros a los dieciseisavos de final. Las sedes son tres: México, Estados Unidos y Canadá. La CONCACAF aporta seis equipos (incluyendo a los tres anfitriones); la UEFA, 16; la CONMEBOL, seis; la CAF, nueve; la AFC, ocho; la OFC, uno; más dos repescajes. Un torneo mastodóntico que arranca hoy en el Azteca y terminará el 19 de julio en el MetLife Stadium de New Jersey. Datos de acceso y favoritismos México clasificó como anfitrión directo. Sudáfrica, por su parte, selló su boleto tras quedar segunda en el grupo africano detrás de Nigeria, con cuatro victorias, dos empates y una derrota en eliminatorias. El veterano belga Hugo Broos, 74 años, intentará dar el campanazo en la mismísima puerta del templo. El grupo A lo completan Corea del Sur y República Checa. Un camino que, sobre el papel, parece despejado. Pero México sabe que la historia pesa. La tormenta perfecta Dos nubarrones empañan el estreno: la lluvia que ha convertido los alrededores del Azteca en un mosaico de charcos y siete manifestaciones anunciadas por grupos antigubernamentales. Las autoridades han blindado el perímetro. Se espera la asistencia de autoridades del gobierno y de la FIFA, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum anunció que no asistirá a la inauguración y ha cedido a una joven indígena, que dado los precios de las entradas, le sería imposible asistir. La delegaciones de la FIFA encabezadas por Gianni Infantino, y representantes de las otras dos sedes: Estados Unidos y Canadá. El Azteca no perdona a los que dudan. Esta noche, el telón se levanta. La catedral vuelve a rugir. Y todo un país, con dos títulos recientes en el bolsillo y ocho partidos invicto en el cuerpo, espera que, por fin, la maldición del cuarto partido sea solo un mal recuerdo.
Cuando la política secuestra el espíritu del Mundial, la FIFA mira hacia otro lado
El Mundial FIFA 2026 está a punto de alzar el telón. Tres naciones —Estados Unidos, México y Canadá— se preparan para recibir el torneo más grande del planeta fútbol. Pero antes de que ruede el balón, algo huele mal en el aire. No es el césped recién cortado ni la pólvora de los festejos. Es el olor a oportunismo político, a control migratorio disfrazado de organización, a un evento deportivo que la administración de Donald Trump ha comenzado a desnaturalizar antes incluso del pitido inicial. El Mundial, desde su esencia más pura, ha sido una tregua. Una cada cuatro años donde las guerras, los discursos de odio y las fronteras se difuminan detrás de una camiseta, un gol y un abrazo entre extraños. Pero la Casa Blanca, fiel a su manual de estilo, parece haber entendido el torneo al revés: no como una oportunidad para abrir puertas, sino como una vitrina para reforzar muros. Las alarmas se encendieron hace meses, cuando comenzaron a circular filtraciones sobre planes migratorios restrictivos durante la cita mundialista. Visas denegadas sin justificación razonable a periodistas, aficionados y hasta delegaciones de países considerados \»sospechosos\» por el gobierno estadounidense. Controles migratorios que, en lugar de agilizarse para recibir al mundo, se endurecen como si el Mundial fuera una amenaza y no una fiesta. Y luego está el discurso. Mientras México y Canadá han apostado por presentar el torneo como un espacio de integración regional, Trump ha aprovechado cada aparición pública para vincular la organización del evento con su narrativa de \»seguridad nacional\». En lugar de exaltar la diversidad, ha insinuado que el Mundial es un imán para \»indeseables\». En lugar de celebrar el encuentro de culturas, ha insistido en que el control fronterizo será más importante que la hospitalidad. Pero si el comportamiento de Trump es previsible —casi un espejo de su ideario—, lo que resulta imperdonable es la actitud de la FIFA. El organismo que preside Gianni Infantino, tan veloz para sancionar a un jugador por un tuit políticamente incorrecto o para exigir garantías a países sede cuando los dólares no fluyen, ha optado por el silencio más cómplice ante el atropello sistemático del gobierno estadounidense. Ni una declaración firme. Ni una exigencia de garantías migratorias para aficionados y trabajadores del fútbol. Ni un recordatorio de que el Mundial es, por esencia, un espacio de libre circulación y encuentro. La pusilanimidad de la FIFA es tan evidente como vergonzosa. La misma institución que no dudó en presionar a Brasil, Sudáfrica o Rusia con pliegos de condiciones innegociables, ahora dobla la rodilla ante el poder económico y político de Estados Unidos con un mutismo que solo puede interpretarse como complicidad. Infantino, ese funcionario que ha hablado de \»fútbol para todos\» y de \»unidad global\», desaparece del mapa cada vez que Trump endurece el discurso antiinmigrante. Su silencio no es neutralidad: es una toma de posición. Pero el silencio cómplice de la FIFA no se limita a las bravuconadas migratorias de Trump. Ha llegado más lejos, hasta el terreno de lo absurdo y lo cruel. Baste recordar la deportación del mejor árbitro africano del continente, un hombre cuya trayectoria impecable le había ganado un lugar en el panel arbitral del Mundial. Su pecado: haber sido incómodo para ciertas firmas comerciales que manejan los hilos del gran negocio en que han convertido la cita mundialista. La FIFA, lejos de defender a uno de los suyos, optó por la complacencia más servil. No hubo comunicado de respaldo, ni gestión diplomática, ni siquiera un gesto simbólico. Solo el silencio. Ese silencio que habla más alto que cualquier discurso y que revela la verdadera naturaleza de una organización donde la corrupción y el oscurantismo campan a sus anchas, protegidos por la opacidad de contratos millonarios y alianzas inconvenientes. Porque no nos engañemos: el Mundial ya no es un torneo de fútbol. Es una máquina de hacer dinero, un circo de patrocinadores, una vitrina donde los derechos humanos y la dignidad de las personas pesan menos que un contrato de televisión. Y la FIFA, lejos de ser la guardiana del espíritu del deporte, se ha convertido en su principal sepulturera. Cada escándalo de corrupción, cada decisión opaca, cada veto artero a quienes se atreven a cuestionar el orden establecido, confirma que el balón ya no rueda por amor al juego: rueda por amor al dólar. Esta no es una crítica ingenua. El deporte nunca ha sido ajeno a la política, y sería absurdo pretenderlo. Pero hay una diferencia abismal entre aceptar que el fútbol convive con el poder y permitir que el poder secuestre al fútbol mientras el ente rector mira hacia otro lado. Lo que estamos viendo es lo segundo: un gobierno que utiliza el escenario global del Mundial para reforzar su imagen de dureza migratoria, y una FIFA que se hace la distraída —o la cómplice— con tal de no incomodar a su anfitrión más rentable. El Mundial 2026 debía ser el de la reconciliación trinacional, el de la vuelta del torneo a Norteamérica después de tres décadas, el del fútbol como lenguaje común entre Estados Unidos, México y Canadá. Pero la administración Trump, con su obsesión por distinguir entre \»bienvenidos\» y \»no bienvenidos\», ha logrado manchar ese espíritu antes de que nazca. Y la FIFA, con su silencio de cartón piedra y su complicidad activa, ha validado cada mancha. No se trata de pedir ingenuidad. Se trata de recordar lo obvio: un Mundial no es una cumbre política. Es un estadio lleno de banderas distintas que, por 90 minutos, deciden no odiarse. Es un niño saltando junto a un extraño que habla otro idioma. Es la prueba de que la humanidad puede, si quiere, encontrar puntos de encuentro. Defender eso no es radicalismo: es el mandato mínimo de una federación que dice representar el \»espíritu del fútbol\». Un espíritu que, bajo la era Infantino y sus socios comerciales, ha sido vendido al mejor postor. La administración estadounidense aún está a tiempo de corregir el rumbo. De recordar que ser
La triple frontera del caos: el Mundial 2026 destapa la guerra fría entre Trump, Canadá y México
Aficionados que viajen a Norteamérica para la primera Copa del Mundo compartida en el continente se toparán con una región al borde del estallido diplomático, donde el comercio, la inmigración y el narcotráfico han convertido el torneo en una tensa cena familiar justo cuando los anfitriones dejan de fingir cordialidad Redacción de Umbral Llegar a la cena cuando los anfitriones ya están discutiendo. Así se siente el ambiente que recibirá a los millones de aficionados que cruzarán fronteras para el Mundial 2026. Detrás de la selfie de diciembre en Washington —donde Donald Trump, Mark Carney y Claudia Sheinbaum posaron sonrientes con Gianni Infantino— se esconde una realidad que no admite filtros: Estados Unidos, Canadá y México atraviesan su relación más tensa en décadas, justo cuando deben compartir un mismo escenario durante 39 días y 16 ciudades. El presidente estadounidense no ha disimulado su papel de potencia dominante. Sus aranceles golpearon primero a sus dos vecinos, y sus comentarios sobre convertir Canadá en el \»estado 51\» provocaron una respuesta furiosa: provincias canadienses retiraron licores estadounidenses de sus estanterías y los viajes al sur se desplomaron. México, por su parte, soporta el peso de ser señalado como \»puerta trasera\» para inversiones chinas, un estigma que el analista Carlo Dade, de la Universidad de Calgary, califica sin rodeos como \»francamente irrespetuoso\». La incomodidad no termina en la frontera. Dentro de México, el principal sindicato de maestros mantiene una huelga nacional bajo el lema \»Sin solución, no habrá saque inicial\», mientras el Aeropuerto de la Ciudad de México y el Estadio Azteca enfrentan dudas sobre su preparación. La violencia de carteles, aunque breve, dejó una huella imborrable. \»Ser coanfitriones no es receta para una relación idílica\», advierte Lindsay Sarah Krasnoff, profesora de deporte global en la Universidad de Nueva York, quien recuerda que el torneo conjunto de Japón y Corea del Sur en 2002 terminó en un \»empate agridulce\». Pero el verdadero dolor de cabeza para los visitantes no serán los aranceles ni las disputas comerciales. Será la obsesión del gobierno de Trump con el control migratorio. Aficionados que planeen cruzar de Canadá a Estados Unidos, o de México a Estados Unidos, se enfrentarán a controles fronterizos endurecidos, largas esperas y un escrutinio que no distingue entre hinchas y migrantes indocumentados. La administración estadounidense ha reforzado las revisiones en aeropuertos y pasos terrestres, y cualquier error administrativo —un visado vencido, una declaración mal hecha— puede derivar en detenciones o deportaciones exprés. En un Mundial donde los hinchas se desplazarán entre tres países para seguir a sus selecciones, la burocracia migratoria amenaza con convertirse en el verdadero rival a vencer. El fútbol, mientras tanto, queda en un segundo plano. Los partidos se jugarán en estadios de primer nivel: el renovado Estadio Azteca en la Ciudad de México, el SoFi Stadium en Los Ángeles, el MetLife Stadium en Nueva York, el BC Place en Vancouver. Pero fuera de las canchas, el ambiente será cualquier cosa menos festivo. Los hinchas mexicanos, que han demostrado históricamente un fervor incomparable, llegarán con la moral a media asta: su selección llega al torneo con un camino de clasificación accidentado y una federación sumida en escándalos. Los canadienses, por su parte, celebran su primera clasificación en 36 años, pero lo hacen bajo la sombra de un primer ministro que intenta recomponer relaciones mientras el país se siente humillado por Trump. Y los estadounidenses, que sueñan con alzar la copa en casa, tendrán que lidiar con la presión de ser los anfitriones principales en un ambiente diplomático hostil. Aun así, hay quienes ven una oportunidad dorada. La revisión del T-MEC —el acuerdo de libre comercio vigente desde 1994— coincide con el calendario del torneo. Trump, Carney y Sheinbaum podrían usar los partidos como escenario de diplomacia informal, tal como ocurrió en el sorteo de diciembre. Pero el ego presidencial estadounidense —su obsesión por acaparar reflectores en Truth Social— amenaza con desequilibrar cualquier intento de armonía. La FIFA, por su parte, insiste en el mantra de la unidad: \»Tres países y todo un continente dicen al unísono: estamos unidos como uno solo\». Pero la realidad, como el fútbol mismo, es caprichosa e impredecible. El Mundial 2026 no solo definirá al campeón del mundo. También revelará si tres vecinos que apenas se soportan pueden, durante 39 días, fingir que se quieren. Los aficionados harán bien en prepararse para lo peor. Porque cuando el árbitro pite el inicio del primer partido, en las gradas habrá emoción, pero en las oficinas gubernamentales, la tensión será la protagonista. Y la única certeza es que, como en todo Mundial, el balón rueda, pero los problemas —los de verdad— nunca se quedan en la cancha.
De Uruguay a Norteamérica: 96 años de gloria, magia y la revolución de la Copa Mundial de la FIFA 2026
El fútbol, ese fenómeno que despierta pasiones sin fronteras, tiene una cita con la historia en algo más de una semana. Y desde estas páginas, con el rigor informativo que caracteriza a umbral.local/, nos propusimos recorrer el pasado glorioso y el futuro inédito de la Copa Mundial de la FIFA. Acompáñenme en este viaje que comienza en el Río de la Plata y se proyecta hasta las vastas tierras de Norteamérica. Por: Julio Guzmán Acosta Santo Domingo / Nueva York / Ciudad de México / Toronto – Cobertura continental I. El amanecer del Mundial: aquel Uruguay de 1930 Corría el año 1930. El mundo aún digería la alegría de los felices años veinte y el fútbol, aquel deporte de once contra once, ya era religión en varios rincones del planeta. Fue entonces cuando la FIFA, en un acto de audacia y fe, decidió otorgarle a Uruguay la responsabilidad de organizar la primera Copa del Mundo. ¿Por qué Uruguay? Porque la pequeña nación sudamericana, bañada por el Plata, había conquistado las medallas de oro en los Juegos Olímpicos de París 1924 y Ámsterdam 1928, tiempos en que el torneo olímpico era considerado el campeonato mundial de facto. Así que la Celeste no solo fue anfitriona: era la legítima reina de la época. Entre el 13 y el 30 de julio de aquel año, apenas trece selecciones —muchas de ellas europeas, que cruzaron el Atlántico en largas travesías de barco— se dieron cita en Montevideo. No hubo eliminatorias: el mundo era más pequeño y la invitación llegó por carta. Los equipos se dividieron en cuatro grupos, y la gran final se disputó en el majestuoso Estadio Centenario, construido especialmente para la ocasión. Frente a 93.000 almas que vibraron en las gradas, Uruguay venció a su vecino Argentina por 4 a 2 y se coronó como el primer campeón del mundo. Desde entonces, el trofeo Jules Rimet comenzó a viajar. II. Los años dorados de la década del cincuenta y el nacimiento de una dinastía Para comprender la grandeza del fútbol mundial, es obligatorio detenerse en tres ediciones que marcaron un antes y un después. Permítanme presentarles, querido lector, a los protagonistas de aquellos años en que el balón rodó con pasión en Europa y América del Sur. Suiza 1954: El Milagro de Berna La quinta edición del Mundial se disputó en Suiza entre el 16 de junio y el 4 de julio de 1954 . Dieciséis selecciones llegaron a la fase final, y el mundo tenía un favorito indiscutible: la poderosa Hungría, conocida como el \»Equipo de Oro\», que llegaba invicta tras 32 partidos sin perder . Sin embargo, el fútbol nos regaló una de las sorpresas más grandes de su historia. En la final, disputada en el estadio Wankdorf de Berna, Alemania Federal (entonces conocida como Alemania Occidental) venció a los húngaros por 3 a 2 . Hungría se adelantó 2-0 en apenas ocho minutos, pero los alemanes protagonizaron una remontada heroica que pasó a la historia como \»El Milagro de Berna\» . Fue el primer título mundial para Alemania Federal. Suecia 1958: La consagración de Brasil y el nacimiento de Pelé Cuatro años después, la sede fue Suecia, país nórdico que organizó un torneo inolvidable . La final se jugó el 29 de junio en el Estadio Råsunda de Solna, cerca de Estocolmo . El rival de los anfitriones suecos era nada menos que Brasil, una selección que hasta entonces nunca había levantado la copa . Aquel día, el mundo presenció el nacimiento de una leyenda. Un joven de apenas 17 años llamado Edson Arantes do Nascimento, \»Pelé\» , se encargó de cambiar la historia. Brasil venció a Suecia por un contundente 5 a 2, con dos goles de Pelé incluidos . Fue el primer título mundial para Brasil, el inicio de una dinastía que marcaría el fútbol para siempre. Suecia, por su parte, se convirtió en el primer (y hasta hoy único) anfitrión en perder una final . Chile 1962: La hazaña repetida y el bicampeonato brasileño Dos años después del trágico terremoto de Valdivia que sacudió al país, Chile se levantó para organizar una de las ediciones más vibrantes del certamen entre el 30 de mayo y el 17 de junio de 1962 . La Roja, anfitriona, tuvo una actuación memorable al alcanzar el tercer lugar, su mejor registro histórico . Pero la estrella volvió a ser Brasil. A pesar de perder a Pelé por lesión en el segundo partido del torneo, la Canarinha demostró una profundidad de plantilla asombrosa. En la final, disputada en el Estadio Nacional de Santiago, Brasil venció a Checoslovaquia por 3 a 1 . Garrincha, la gran figura de aquel torneo, lideró a su equipo a la hazaña. Brasil se convertía así en la segunda selección en la historia en lograr dos títulos mundiales consecutivos, después de Italia en 1934 y 1938 . III. El mapa mundialista: ¿dónde ha vivido la fiesta? A lo largo de 22 ediciones y noventa y seis años—la última en Qatar 2022—, la Copa del Mundo ha sido un viajero incansable. Repasemos con precisión los continentes y los campeones que hicieron historia en casa: América (8 ediciones) El continente que vio nacer el torneo lo ha organizado en ocho ocasiones. De las ediciones celebradas en América, solo en Brasil 2014 el campeón no fue de América, en esa ocasión salió campeona la selección de Alemania. · Uruguay 1930: Campeón Uruguay . Brasil 1950: Campeón Uruguay . Chile 1962: Campeón Brasil . México 1970: Campeón Brasil · Argentina 1978: Campeón Argentina . México 1986: Campeón Argentina . Estados Unidos 1994: Brasil . Brasil 2014: Campeón Alemania Las selecciones anfitrionas suelen tener la ventaja que juegan en casa y eso juega a su favor, porque los partidos están lleno de seguidores locales que como se dice son el “jugador número 12”. Europa (11 ediciones) El viejo continente es el que más veces ha albergado la justa. Los anfitriones que se coronaron en casa fueron: · Italia 1934: Campeón Italia