México abre el Mundial más ambicioso de la historia (48 selecciones, 16 grupos, tres sedes) ante Sudáfrica en un Estadio Ciudad de México que suma su tercera inauguración mundialista. Lluvia, protestas y presión histórica para la Tri’, que llega como bicampeón de la CONCACAF (Liga de Naciones 2024 y Copa Oro 2025) y con ocho partidos invicto. Javier Aguirre busca el estreno perfecto mientras la sombra de los mitos recorre los pasillos del coloso. La final será el 19 de julio en New Jersey.
Por Theo N. Guzmán
Enviado especial al Estadio Ciudad de México
Hay estadios. Y hay catedrales. El Azteca, que la FIFA insiste en llamar Estadio Ciudad de México por razones de patrocinio que nadie recitará de memoria, es lo segundo: una mole de cemento y alma que ha visto llorar a Pelé de alegría y a Maradona levantar un cielo que parecía suyo. Esta tarde, 11 de junio de 2026, con el reloj marcando las 13:00 horas bajo un sol caprichoso de la capital mexicana, el coloso vuelve a abrir un Mundial. El tercero. Ningún otro recinto en la historia puede presumir de tanto.
Tres inauguraciones, dos dioses, una leyenda
1970: Pelé y Brasil eternos: 1986 Maradona, la mano y el genio. 2026: la noche de México ante Sudáfrica, con el mismo ‘Vasco’ Aguirre que en 2010 dirigió aquel empate 1-1 inaugural en Johannesburgo. Entonces fue sufrimiento africano. Ahora, en casa, la exigencia es otra.
La ‘Tri’ llega con una vitrina que por fin volvió a llenarse. Después de años de sequía, México levantó dos títulos consecutivos de la CONCACAF: la Liga de Naciones 2023-24 (venciendo a Estados Unidos en la final) y la Copa Oro 2025 (derrotando a Panamá). Dos trofeos que han multiplicado la fe de una afición acostumbrada a los disgustos mundialistas. Porque el pecado original sigue ahí: siete Mundiales seguidos cayendo en el cuarto partido. En Qatar 2022 ni siquiera se llegó a ese duelo. La herida aún escuece.

El invicto que ilusiona
Pero los números de 2026 invitan a soñar. Ocho partidos sin perder. Seis victorias y dos empates, estos últimos ante potencias de peso: Portugal (0-0) y Bélgica (1-1). El resto fueron triunfos que construyen carácter: Panamá (0-1), Bolivia (0-1), Islandia (4-0), Ghana (2-0), Australia (1-0) y Serbia (5-1). Un rodaje de altura que ha encendido la ilusión en un país que vive el fútbol como una religión y cuyo clero, la prensa local, exige milagros.
El Mundial más grande de la historia
Esta no es una Copa del Mundo cualquiera. Por primera vez participan 48 selecciones, distribuidas en 16 grupos de tres equipos cada uno. Clasifican los dos primeros a los dieciseisavos de final. Las sedes son tres: México, Estados Unidos y Canadá. La CONCACAF aporta seis equipos (incluyendo a los tres anfitriones); la UEFA, 16; la CONMEBOL, seis; la CAF, nueve; la AFC, ocho; la OFC, uno; más dos repescajes. Un torneo mastodóntico que arranca hoy en el Azteca y terminará el 19 de julio en el MetLife Stadium de New Jersey.
Datos de acceso y favoritismos
México clasificó como anfitrión directo. Sudáfrica, por su parte, selló su boleto tras quedar segunda en el grupo africano detrás de Nigeria, con cuatro victorias, dos empates y una derrota en eliminatorias. El veterano belga Hugo Broos, 74 años, intentará dar el campanazo en la mismísima puerta del templo. El grupo A lo completan Corea del Sur y República Checa. Un camino que, sobre el papel, parece despejado. Pero México sabe que la historia pesa.

La tormenta perfecta
Dos nubarrones empañan el estreno: la lluvia que ha convertido los alrededores del Azteca en un mosaico de charcos y siete manifestaciones anunciadas por grupos antigubernamentales. Las autoridades han blindado el perímetro. Se espera la asistencia de autoridades del gobierno y de la FIFA, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum anunció que no asistirá a la inauguración y ha cedido a una joven indígena, que dado los precios de las entradas, le sería imposible asistir. La delegaciones de la FIFA encabezadas por Gianni Infantino, y representantes de las otras dos sedes: Estados Unidos y Canadá.
El Azteca no perdona a los que dudan. Esta noche, el telón se levanta. La catedral vuelve a rugir. Y todo un país, con dos títulos recientes en el bolsillo y ocho partidos invicto en el cuerpo, espera que, por fin, la maldición del cuarto partido sea solo un mal recuerdo.