UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

“La Canarinha baila sobre el abismo: Brasil debutará ante Marruecos con la duda como coreografía”

La verdeamarela pisa Nueva York con el peso de la historia y la fragilidad del presente. Tros meses de incertidumbre, clasificación al borde del abismo y un Carlo Ancelotti que aún no logra traducir su currículum en confianza colectiva. Enfrente, Marruecos, esa nación que rompió esquemas en Qatar y ahora crece con savia subcampeona del mundo sub-20. No es un ensayo menor: es una final anticipada para un Brasil que, por primera vez en décadas, no asusta desde el nombre. Los reflectores del Mundial 2026 (México, EU, Canadá) iluminarán hoy el MetLife Stadium con una pregunta flotando en el aire: ¿todavía queda fútbol—o solo recuerdos—en el alma brasileña? Por Redacción Deportes Ciudad de México, 13 de junio.- El estreno de Brasil en una Copa del Mundo siempre ha sido una ceremonia. Pero esta vez, más que un desfile, parece un examen de conciencia. La Canarinha, cinco veces campeona del orbe, saltará esta noche al césped de Nueva York para medirse a Marruecos —ese equipo que en Qatar 2022 escribió el guion más improbable del siglo— con la incomodidad de saberse observada, sí, pero no como favorita. Por primera vez en mucho tiempo, los pronósticos no se pintan de amarillo. El camino ha sido errático, hasta angustiante. Brasil sudó la clasificación para México, Estados Unidos y Canadá 2026, arrastrando dudas tácticas, bajones anímicos y una desconexión entre su constelación de estrellas y el rendimiento colectivo. Ni siquiera la llegada de Carlo Ancelotti —el técnico italiano con más pergaminos del mundo— ha bastado para calmar la tormenta. Su mano todavía no se refleja en un once reconocible ni en una identidad clara. Y cuando Brasil no es Brasil, el resto del mundo huele la sangre. Pero cuidado. Apostar contra la pentacampeona sigue siendo un acto de fe invertida. Porque si hay algo que la historia enseña, es que el fulgor verdeamarelo puede encenderse en el instante menos pensado, con un destello de Vinicius, un golpe de Rodrygo o una aparición fantasmal de su nuevo 9. Sin embargo, hoy la presión no es la misma. Es una presión incómoda, hecha de silencios y ceños fruncidos. El rival, por si fuera poco, no pudo llegar con mejor cartel. Marruecos ha construido su crecimiento con la paciencia de los elegidos. Semifinalista en Qatar, y ahora reforzado con varios de aquellos jóvenes que conquistaron el Mundial sub-20, los Leones del Atlas encarnan esa nueva generación africana que ya no pide permiso para rugir. Su solidez defensiva, su disciplina táctica y su velocidad en transición son un espejo donde Brasil podría mirarse y no reconocerse. Hoy también será jornada en otras sedes. Haití y Escocia abrirán fuego en Boston: los caribeños regresan a un Mundial tras medio siglo de ausencia, con la sombra aún alargada de aquel polémico debut de 1974 bajo el duvalierismo. Ahora llegan por méritos propios, pero frente a una Escocia curtida en el fútbol moderno. En Vancouver, Australia y Turquía medirán sus ambiciones: los Socceroos buscan protagonismo, los turcos quieren demostrar si su presente está a la altura de su historia. Y en San Francisco, Suiza tiene la obligación de empezar a construir el liderato que muchos le pronostican en el grupo B, donde Bosnia y Canadá aguardan su turno. Pero el centro de gravedad del día está en Nueva York. Porque cuando Brasil juega, el mundo entiende que no es cualquier partido. Es un ritual. Y esta noche, el ritual tiene algo de exorcismo.  

La diversidad toma la cancha: Toronto abraza el mundo

El tiempo, en Toronto, se detuvo un instante antes del grito inicial. No fue el silencio previo al pitazo, sino el murmullo de un mundo entero cabiendo en un solo estadio. A las 13.40 hora local, el Toronto Stadium dejó de ser apenas un recinto de cemento y césped para convertirse en el espejo líquido de una Canadá que no elige una bandera, sino que las teje todas. Por Redacción de Deportes Canadá, por primera vez anfitrión de un Mundial masculino, no quiso presentar batalla ni trofeo sin antes mostrar su alma de mosaico. La FIFA cedió el escenario y la producción de Balich Wonder Studio lo vistió de poesía colectiva: un trofeo de la Copa del Mundo reinventado como símbolo de encuentro, no de conquista. Porque aquí, antes del primer gol entre Canadá y Bosnia-Herzegovina, ya se había ganado otra cosa: la ceremonia del reencuentro. Seis grupos indígenas trazaron el círculo primigenio, desde el Atlántico hasta el Ártico. Luego desfilaron la ballena, el alce y el oso polar —tótems de una tierra inmensa— mientras la música atravesaba fronteras invisibles. Alanis Morissette, Alessia Cara, Jessie Reyez, Michael Bublé, William Prince y Nora Fatehi compartieron canción con la palestino-chilena Elyanna, el productor Sanjoy y el francés Vegedream. No era un cartel: era una declaración. Will Arnett, embajador del Mundial, saludó a las gradas hervidas de calor humano. Y cuando Morissette tomó el himno canadiense para hacerlo íntimo y universal, y Aleksandar Gajić respondió con el de Bosnia, el estadio entendió que ya no se trataba solo de fútbol. Era la primera vez que la selección masculina de Canadá jugaba como local en una Copa del Mundo. Pero la historia, esa tarde, no comenzaba con un balón en el círculo central. Comenzaba con un país entero diciendo: aquí cabemos todos. México había encendido la llama el jueves. Los Ángeles la avivaría más tarde. Pero Toronto, con su ceremonia de inmigrantes y aborígenes, de osos polares y acentos mezclados, le puso alma al instante. El partido estaba por llegar. Pero el abrazo ya había ganado.

¡Trionda, el balón que rompe esquemas y promete sangre, sudor y goles de otro mundo!

Con diseño trinacional, cuatro paneles revolucionarios y un sensor de alta tecnología, el esférico oficial de México, Estados Unidos y Canadá 2026 ya rueda con “buena onda” y promete ser el juez invisible que decidirá la justicia en cada jugada, desde fueras de lugar hasta goles dudosos. Por Julio Guzmán Acosta Director de Umbral Ciudad de México, 13 de junio.- Hay amores que nacen con buena onda, y en el Mundial, nadie la reparte mejor que el propio balón. La Conchinchina, la número cinco, la pelota que despierta suspiros y pesadillas, tiene nuevo nombre: Trionda. No es un esférico cualquiera, señores. Es el hijo pródigo de tres madres: México, Estados Unidos y Canadá. Por eso viste de rojo, verde y azul —los colores de sus banderas—, como un lienzo patriota que abraza la cancha sin fronteras. Pero ojo, que no se dejen engañar por la facha. Porque dentro de esa piel sin costuras —termosellada como un misil de precisión— laten cuatro paneles nada más. Cuatro. Como los acordes de un himno de rock. ¿Que llueve? Mejor agarre. ¿Que hay barro? Menos agua. Los ingenieros se sacaron un aplauso de pie: relieves estratégicos, cuerpo aerodinámico y un sensor de movimiento que late en tiempo real. Cuando la tribuna ruga y el árbitro dude, Trionda hablará con datos: ¿hubo fuera de juego ? ¿Gol fantasmal? Ella lo sabrá primero. Ya está rodando, muchachos. De un pie mágico a otro desesperado. La tratan como a una reina en el mediocampo y como a un ladrón en el área chica. Vuela en los pases largos, se arrastra por la banda y soporta patadas que le recordarán su propia mortalidad. Pero siempre, siempre, regresa al centro del círculo. Porque ella es el ombligo del mundo. La que desata la euforia, la que rompe corazones y la que se queda inmóvil sobre el césped —como un suspiro— después de cada hazaña. No pronuncia ni una palabra. Pero cuando termine el partido, todos habrán escuchado su historia.

Trump levanta muros, Infantino se hace el sordo y la FIFA entierra el espíritu del fútbol bajo una montaña de dólares

El negocio llamado Mundial de Fútbol    El Mundial FIFA 2026 levanta el telón hoy día 11 de junio. Estados Unidos, México y Canadá afilan los últimos detalles para recibir la fiesta más grande del planeta fútbol. Pero cuidado: lo que viene no huele a césped recién cortado ni a euforia de estadio. Huele a control migratorio, a visa denegada sin razón, a discurso de odio disfrazado de \»seguridad nacional\». Huele, en definitiva, a Donald Trump poniéndole el cascabel al gato del deporte global. Y la FIFA, esa organización que durante años nos ha vendido la imagen de un fútbol \»para todos\», mira hacia otro lado. Mejor dicho: cobra el cheque y calla. Demos un paso atrás. El Mundial siempre fue algo más que 22 jugadores corriendo detrás de un balón. Fue una tregua. Una pausa cada cuatro años donde las guerras, los discursos de odio y las fronteras se difuminaban detrás de un abrazo entre desconocidos. Eso, al menos, era la teoría. Porque la práctica, de la mano de la administración Trump, apunta en dirección contraria. El gobierno estadounidense ha dejado claro que durante la cita mundialista los controles migratorios no se relajarán: se endurecerán. Visas denegadas a periodistas, aficionados y hasta delegaciones enteras de países señalados como \»sospechosos\». Un mensaje tan brutal como explícito: aquí no es bienvenido cualquiera. Mientras México y Canadá intentan vender el torneo como un espacio de integración regional, Trump lo ha convertido en una vitrina de su política antiinmigrante. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Trump es previsible. Pero lo que resulta imperdonable es la actitud de la FIFA, esa institución que tanto exigió a Brasil, Sudáfrica y Rusia, y que ahora, frente al poder económico de Estados Unidos, dobla la rodilla y se hace la pequeña. Gianni Infantino, el mismo que se rasga las vestiduras por un tuit políticamente incorrecto, no ha sido capaz de emitir un solo comunicado exigiendo garantías migratorias para los asistentes al Mundial. Su silencio no es neutralidad: es complicidad. Y su pusilanimidad solo tiene un nombre: miedo a incomodar al anfitrión más rentable de la historia del torneo. Pero el silencio cómplice de la FIFA no se detiene ahí. Alcanza ribetes aún más oscuros. Como la reciente deportación del mejor árbitro africano del continente, un hombre cuya trayectoria impecable lo había llevado a ser designado para el panel arbitral del Mundial. Su delito: haber sido incómodo para ciertas firmas comerciales que manejan los hilos del negocio. La FIFA no movió un dedo. No hubo defensa, no huba declaración, no hubo gesto. Solo el silencio. Ese silencio que habla más fuerte que cualquier palabra y que revela la verdadera naturaleza de una organización donde la corrupción y el oscurantismo campan a sus anchas, protegidos por la opacidad de los contratos y la sumisión al poder económico. ¿Alguien se sorprende? No debería. La FIFA dejó de ser hace años la guardiana del espíritu del fútbol para convertirse en su principal sepulturera. El Mundial ya no es un torneo: es una máquina de facturar. Un circo donde los derechos humanos pesan menos que un contrato de televisión, donde la dignidad de un árbitro africano vale menos que una sonrisa a los patrocinadores, y donde Infantino prefiere mirar al suelo antes que enfrentar a Trump. El Mundial 2026 debía ser el de la reconciliación trinacional, el del fútbol como lenguaje común entre vecinos. Pero Trump lo ha manchado antes de nacer, y la FIFA ha validado cada mancha con su silencio de cartón piedra. No pido ingenuidad. El deporte nunca ha sido ajeno a la política. Pero hay una diferencia abismal entre convivir con el poder y prostituirse ante él. Lo que estamos viendo es esto último: un gobierno que utiliza el Mundial como escenario de su discurso de odio, y un organismo rector que aplaude con las orejas mientras se llena los bolsillos. Hoy es el día para que ruede el balón. Estados Unidos aún está a tiempo de recordar que ser sede es una responsabilidad, no un trofeo de soberanía. Y la FIFA, aunque lo dudo, aún está a tiempo de dejar de hacerse la distraída y recordar que su voz tiene peso. Aunque, viendo su historial de corrupción, opacidad y sumisión al poder, sería un milagro tan grande como que Argentina le gane un Mundial a Brasil por goleada. El fútbol enseña que los muros se escalan y las barreras se rompen. Ojalá la Casa Blanca y la FIFA lo entiendan. Porque en el Mundial, el único muro que debería importar es el de la hinchada celebrando un gol. El resto sobra. Y el silencio cómplice, también.  

Malecón Deportivo se viste de Mundial FIFA 2026

La Alcaldía del Distrito Nacional instalará una pantalla gigante para proyectar gratuitamente todos los partidos del torneo, en un espacio que ya se ha convertido en el epicentro del deporte y la recreación capitalina Por: Arturo F. Guzmán Santo Domingo. – El fútbol, esa pasión que paraliza al planeta cada cuatro años, tendrá un hogar en el corazón del litoral capitaleño. La alcaldesa Carolina Mejía anunció que la Alcaldía del Distrito Nacional proyectará en pantalla gigante y de manera completamente gratuita todos los partidos del Mundial de Fútbol 2026 en el Malecón Deportivo, a partir de este jueves a las 3:00 de la tarde. La iniciativa se produce en medio de una enorme expectativa por el inicio del máximo certamen organizado por la FIFA, que se disputará del 11 de junio al 19 de julio en las sedes de Estados Unidos, México y Canadá, y que reunirá a las 32 selecciones clasificadas en busca del trofeo más codiciado del deporte universal. “Vamos a disfrutar juntos de la Copa Mundial de la FIFA en nuestro Malecón Deportivo. A partir de este jueves a las 3:00 de la tarde nos encontraremos en la cancha de fútbol del Malecón Deportivo para disfrutar en pantalla gigante de los juegos, compartir en familia y seguir disfrutando de nuestra ciudad”, expresó la ejecutiva municipal en un video difundido a través de sus redes sociales. Las autoridades municipales invitaron a la ciudadanía a mantenerse informada sobre los horarios de los partidos que serán proyectados, los cuales serán publicados periódicamente en las plataformas digitales oficiales de la Alcaldía del Distrito Nacional. Un espacio recuperado para la gente El Malecón Deportivo, junto con el Paseo Marítimo, suma casi seis kilómetros de áreas rehabilitadas que han devuelto a la ciudadanía un espacio fundamental para el esparcimiento. Lo que antes era un tramo descuidado y de paso fugaz, se ha convertido hoy en el centro de recreación más grande del Distrito Nacional, escenario de bodas comunitarias, cumpleaños, competencias deportivas de diversas disciplinas y actividades culturales, todo gracias a una visión de ciudad impulsada por la alcaldesa Mejía. La proyección de eventos deportivos en pantalla gigante no es nueva para la gestión municipal, y el historial de convocatoria habla por sí solo. Durante el pasado Mundial de Béisbol, miles de personas abarrotaron el Malecón Deportivo para seguir las incidencias de los tres partidos en los que participó la selección dominicana. El éxito de la convocatoria fue de tal magnitud que el propio presidente Luis Abinader asistió a presenciar las proyecciones junto a una multitud que coreaba, saltaba y vibraba con cada lance del equipo nacional, en una muestra inolvidable de la pasión y la unión que caracteriza al dominicano cuando se trata de defender los colores patrios. Asimismo, durante los Juegos Olímpicos de París 2024, la Alcaldía proyectó la histórica carrera de Marileidy Paulino, donde la velocista dominicana se colgó la medalla de oro. En aquella ocasión, la alcaldesa Mejía compartió con el público, animando a la atleta criolla y estallando en júbilo al momento en que Paulino cruzó la meta en primer lugar. El Mundial más grande de la historia La edición 2026 del torneo de la FIFA será histórica no solo por ser la primera organizada por tres países, sino por el esperado regreso de la selección de Estados Unidos después de su participación en Brasil 2014, así como por el crecimiento sostenido del fútbol femenino y las nuevas figuras que emergen en cada continente. En Qatar 2022, la audiencia acumulada superó los cinco mil millones de personas en todas las plataformas, una cifra que evidencia el poder de convocatoria de este evento. Para esta edición, las expectativas son aún mayores, y Santo Domingo se prepara para ser parte de esa fiesta global. Con la pantalla gigante del Malecón Deportivo, la Alcaldía del Distrito Nacional no solo ofrece una alternativa gratuita y familiar para disfrutar del fútbol, sino que consolida un espacio donde el deporte, la convivencia y la ciudadanía se encuentran. El jueves, a las tres de la tarde, el primer silbatazo del Mundial tendrá eco en el Malecón. Y Santo Domingo estará allí para verlo.  

Cuando la política secuestra el espíritu del Mundial, la FIFA mira hacia otro lado

El Mundial FIFA 2026 está a punto de alzar el telón. Tres naciones —Estados Unidos, México y Canadá— se preparan para recibir el torneo más grande del planeta fútbol. Pero antes de que ruede el balón, algo huele mal en el aire. No es el césped recién cortado ni la pólvora de los festejos. Es el olor a oportunismo político, a control migratorio disfrazado de organización, a un evento deportivo que la administración de Donald Trump ha comenzado a desnaturalizar antes incluso del pitido inicial. El Mundial, desde su esencia más pura, ha sido una tregua. Una cada cuatro años donde las guerras, los discursos de odio y las fronteras se difuminan detrás de una camiseta, un gol y un abrazo entre extraños. Pero la Casa Blanca, fiel a su manual de estilo, parece haber entendido el torneo al revés: no como una oportunidad para abrir puertas, sino como una vitrina para reforzar muros. Las alarmas se encendieron hace meses, cuando comenzaron a circular filtraciones sobre planes migratorios restrictivos durante la cita mundialista. Visas denegadas sin justificación razonable a periodistas, aficionados y hasta delegaciones de países considerados \»sospechosos\» por el gobierno estadounidense. Controles migratorios que, en lugar de agilizarse para recibir al mundo, se endurecen como si el Mundial fuera una amenaza y no una fiesta. Y luego está el discurso. Mientras México y Canadá han apostado por presentar el torneo como un espacio de integración regional, Trump ha aprovechado cada aparición pública para vincular la organización del evento con su narrativa de \»seguridad nacional\». En lugar de exaltar la diversidad, ha insinuado que el Mundial es un imán para \»indeseables\». En lugar de celebrar el encuentro de culturas, ha insistido en que el control fronterizo será más importante que la hospitalidad. Pero si el comportamiento de Trump es previsible —casi un espejo de su ideario—, lo que resulta imperdonable es la actitud de la FIFA. El organismo que preside Gianni Infantino, tan veloz para sancionar a un jugador por un tuit políticamente incorrecto o para exigir garantías a países sede cuando los dólares no fluyen, ha optado por el silencio más cómplice ante el atropello sistemático del gobierno estadounidense. Ni una declaración firme. Ni una exigencia de garantías migratorias para aficionados y trabajadores del fútbol. Ni un recordatorio de que el Mundial es, por esencia, un espacio de libre circulación y encuentro. La pusilanimidad de la FIFA es tan evidente como vergonzosa. La misma institución que no dudó en presionar a Brasil, Sudáfrica o Rusia con pliegos de condiciones innegociables, ahora dobla la rodilla ante el poder económico y político de Estados Unidos con un mutismo que solo puede interpretarse como complicidad. Infantino, ese funcionario que ha hablado de \»fútbol para todos\» y de \»unidad global\», desaparece del mapa cada vez que Trump endurece el discurso antiinmigrante. Su silencio no es neutralidad: es una toma de posición. Pero el silencio cómplice de la FIFA no se limita a las bravuconadas migratorias de Trump. Ha llegado más lejos, hasta el terreno de lo absurdo y lo cruel. Baste recordar la deportación del mejor árbitro africano del continente, un hombre cuya trayectoria impecable le había ganado un lugar en el panel arbitral del Mundial. Su pecado: haber sido incómodo para ciertas firmas comerciales que manejan los hilos del gran negocio en que han convertido la cita mundialista. La FIFA, lejos de defender a uno de los suyos, optó por la complacencia más servil. No hubo comunicado de respaldo, ni gestión diplomática, ni siquiera un gesto simbólico. Solo el silencio. Ese silencio que habla más alto que cualquier discurso y que revela la verdadera naturaleza de una organización donde la corrupción y el oscurantismo campan a sus anchas, protegidos por la opacidad de contratos millonarios y alianzas inconvenientes. Porque no nos engañemos: el Mundial ya no es un torneo de fútbol. Es una máquina de hacer dinero, un circo de patrocinadores, una vitrina donde los derechos humanos y la dignidad de las personas pesan menos que un contrato de televisión. Y la FIFA, lejos de ser la guardiana del espíritu del deporte, se ha convertido en su principal sepulturera. Cada escándalo de corrupción, cada decisión opaca, cada veto artero a quienes se atreven a cuestionar el orden establecido, confirma que el balón ya no rueda por amor al juego: rueda por amor al dólar. Esta no es una crítica ingenua. El deporte nunca ha sido ajeno a la política, y sería absurdo pretenderlo. Pero hay una diferencia abismal entre aceptar que el fútbol convive con el poder y permitir que el poder secuestre al fútbol mientras el ente rector mira hacia otro lado. Lo que estamos viendo es lo segundo: un gobierno que utiliza el escenario global del Mundial para reforzar su imagen de dureza migratoria, y una FIFA que se hace la distraída —o la cómplice— con tal de no incomodar a su anfitrión más rentable. El Mundial 2026 debía ser el de la reconciliación trinacional, el de la vuelta del torneo a Norteamérica después de tres décadas, el del fútbol como lenguaje común entre Estados Unidos, México y Canadá. Pero la administración Trump, con su obsesión por distinguir entre \»bienvenidos\» y \»no bienvenidos\», ha logrado manchar ese espíritu antes de que nazca. Y la FIFA, con su silencio de cartón piedra y su complicidad activa, ha validado cada mancha. No se trata de pedir ingenuidad. Se trata de recordar lo obvio: un Mundial no es una cumbre política. Es un estadio lleno de banderas distintas que, por 90 minutos, deciden no odiarse. Es un niño saltando junto a un extraño que habla otro idioma. Es la prueba de que la humanidad puede, si quiere, encontrar puntos de encuentro. Defender eso no es radicalismo: es el mandato mínimo de una federación que dice representar el \»espíritu del fútbol\». Un espíritu que, bajo la era Infantino y sus socios comerciales, ha sido vendido al mejor postor. La administración estadounidense aún está a tiempo de corregir el rumbo. De recordar que ser

¡Mundial 2026 manchado por el odio y la hipocresía! Árbitro africano deportado como terrorista mientras Israel juega con las manos teñidas de sangre en Gaza

Omar Artan, el mejor árbitro de África, fue sometido a un brutal interrogatorio de 11 horas en Miami, encarcelado y expulsado de Estados Unidos bajo acusaciones fantasma de vínculos con el yihadismo. Mientras tanto, la FIFA y la Casa Blanca le abren las puertas a Israel, un Estado que comete genocidio ante los ojos del mundo, y nos venden el fútbol como un escenario político impoluto. La pregunta que duele: ¿quién es realmente el terrorista aquí? Por Julio Guzmán Acosta El fútbol, ese viejo consuelo de las masas, ese invento humilde que alguna vez perteneció a los potreros y a la ternura de los barrios, vuelve a ser violado por la geopolítica. Nos quieren hacer creer, con discursos edulcorados y campañas de mercadotecnia global, que el Mundial de Fútbol es una fiesta apolítica, un remanso de paz donde las naciones compiten solo con el alma y el músculo. Mentira. El Mundial 2026 ya huele a pólvora y a doble rasero. La historia de Omar Abdulkadir Artan, árbitro somalí galardonado como el mejor de África en 2025, es la prueba más descarnada. Este hombre, que debía hacer historia como el primer silbante de su país en dirigir un partido mundialista, fue recibido en Miami el pasado 6 de junio no con el respeto que merece un deportista consagrado, sino con el ensañamiento reservado a los enemigos públicos. Agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) lo arrancaron de la sala de espera del aeropuerto y lo arrastraron a una celda. Durante once horas —que en el cuerpo de un viajero cansado pesan como siglos— lo bombardearon con preguntas sobre política somalí, sobre Al-Shabab, sobre supuestos vínculos que nadie ha probado. Mostró sus credenciales de la FIFA, sus fotografías en canchas internacionales, su visa en regla. Nada bastó. Lo metieron en una celda de detención y, sin más explicación, lo devolvieron a Estambul como si fuera un fardo de basura. Andrew Giuliani, el operador político que dirige el grupo de trabajo de la Casa Blanca para el Mundial, se atrevió a decir que existía \»una razón muy sólida\» para vetarlo. Pero no dio ninguna. El anonimato de un funcionario trumpista filtró después la acusación: \»asociación con presuntos miembros de organizaciones terroristas\». Palabras huecas, señor Giuliani. Palabras que en la práctica equivalen a la sospecha como condena. Mientras Artan era humillado, encarcelado y deportado, ¿saben quién sí estará en el Mundial 2026? Israel. El mismo Estado que, ante los ojos de un planeta horrorizado, ha asesinado a más de 75 mil palestinos en Gaza, la mayoría mujeres y niños. El mismo Estado que ha destruido hospitales, universidades, campamentos de refugiados, y cuyos líderes enfrentan cargos de genocidio ante la Corte Penal Internacional. Ese país tendrá su selección compitiendo en suelo estadounidense. Nadie lo interrogará durante once horas en una celda de Miami. Nadie le preguntará por sus \»vínculos con organizaciones terroristas\», aunque sus tanques hayan bombardeado escuelas de la ONU. Entonces, empecemos a hablar con claridad. El problema no es que el árbitro somalí fuera sospechoso. El problema es que, para el poder occidental, ser somalí ya es suficiente sospecha. Ser africano, musulmán, de un país pobre, y cargar con la osadía de vestir un uniforme de la FIFA en tierra gringa, es un delito. Mientras que ser israelí, aunque se viaje con las manos manchadas de sangre infantil, es un pasaporte limpio. El Mundial no es apolítico, señores. El Mundial es el espejo donde el poder muestra sus vergüenzas sin pudor. Y la pregunta que nos queda, mientras Omar Artan aún espera respuestas desde Turquía, es tan punzante como ineludible: si el terrorismo es matar civiles, bombardear refugios y negar el agua al sediento, ¿por qué el terrorista juega el Mundial e Israel está en la fiesta, mientras el árbitro africano paga con su sueño el pecado de haber nacido en el lugar equivocado? Que alguien explique esto, si es que aún existe la decencia en el periodismo. Yo, mientras tanto, me quedo con la imagen de un hombre en una celda, un silbato en la maleta, y un mundo que aplaude a los verdugos mientras señala a las víctimas con el dedo inquisidor. Así nos venden el fútbol. Así nos venden la moral. Y nosotros, cómplices de asiento, seguimos comprando la entrada.

¡Sheinbaum dice a la FIFA! \»Que el Mundial no sólo  sea negocio, que sea del pueblo\»

En la mañanera del 29 de mayo, la presidenta de México entregó boletos del partido inaugural a jóvenes ganadoras de un concurso de dominadas; llamó a clubes profesionales a crear canteras y a impulsar el fútbol femenino. Más de 1.2 millones de estudiantes participaron en el \»mundial social\». Por Julio Guzmán Acosta CIUDAD DE MÉXICO. — Como si se tratara del último minuto de un partido de prórroga, la conferencia mañanera de este viernes cambió el balón de la política por el esférico del futbol. Y en esa cancha improvisada de la esperanza, la presidenta Claudia Sheinbaum lanzó un derechazo directo a la lógica del espectáculo: \»Que el Mundial no sea solo el negocio, que se quede en la gente\». Con la solemnidad de un capitán arengando a su equipo antes del silbatazo inicial, la mandataria federal encabezó desde Palacio Nacional una ceremonia que supo más a festejo popular que a protocolo oficial. Acompañada por la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, y la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, Sheinbaum entregó cuatro boletos para el partido inaugural —México vs. Sudáfrica en el renovado estadio México o Banorte, antes Azteca— y para las sedes de Guadalajara y Monterrey. Los boletos no fueron a parar a manos de funcionarios ni patrocinadores. Tampoco viajaron en la maleta de algún directivo de la FIFA. Fueron a dar, como un pase filtrado al área chica, al corazón de cuatro jóvenes que sudaron la camiseta literalmente. Yolett Cervantes (Veracruz), Briana Ameli Medina Cortés (CDMX), Karla Itzel Peña Vilchis (CDMX) y Daira Yaretzi Díaz García (costa de Oaxaca) fueron las goleadoras de un concurso que exigió dominadas, pero sobre todo, el porqué de su amor por el balompié. Entre las edades de 16 y 25 años, las ganadoras demostraron que el futbol no tiene género ni edades, y que un toque de gracia puede nacer tanto en un cerro veracruzano como en el asfalto de la capital. Después de una breve pero vibrante demostración de habilidades, la presidenta no se guardó el discurso: pidió a los clubes profesionales abrir canteras, tender puentes a la selección y, sobre todo, mirar hacia el futbol femenil como territorio fértil, no como promesa menor. Rommel Pacheco Marrufo, director de la Conade, tomó la estafeta para contar la otra historia, la del \»mundial social\». Y los números sonaron como un récord en la tribuna: un millón 200 mil estudiantes, 28 mil escuelas, finales en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria. \»Es probablemente el semillero más grande del mundo\», dijo el ex clavadista convertido en impulsor de multitudes. Por si fuera poco, Clara Brugada añadió el dato que enorgullece a cualquier aficionado de barrio: más de 500 canchas rehabilitadas o construidas en la capital. Canchas donde no importa el marcador, sino el derecho a soñar con un tiro de esquina bien ejecutado. No hubo preguntas ni respuestas. Tampoco la sección de culturas originarias. \»No quedamos con este ambiente tan bonito\», se disculpó Sheinbaum, con una sonrisa de quien sabe que, a veces, el mejor discurso es dejar que el balón ruede. Y afuera, aunque nadie lo dijera, el país entendió la consigna: que este Mundial no termine cuando caiga el telón. Que se quede, como un buen futbol, en la memoria de la gente.

Dopaje sin escapatoria: la FIFA activa el cerco más férreo de la historia en el Mundial 2026

Acuerdos históricos con las agencias antidopaje de Estados Unidos, Canadá y México permitirán controles fuera de competición desde las semanas previas al torneo, además de operativos simultáneos en cada estadio durante los 39 días del campeonato. La alianza tripartita busca blindar la integridad del fútbol global con un protocolo sin precedentes. Por Redacción de Deportes No será solo el balón el que ruede bajo el escrutinio del mundo en 2026. También la sangre, la orina, la ética. La FIFA acaba de firmar un pacto de hierro con los guardianes del juego limpio en Norteamérica para que el próximo Mundial se convierta en el territorio más vigilado contra el dopaje en la historia del fútbol. Bajo el título de \»uno de los programas más completos jamás diseñados\», el organismo rector del fútbol mundial anunció un operativo que desplegará sus antenas mucho antes del silbatazo inicial. Desde las semanas previas al torneo —que se disputará del 11 de junio al 19 de julio de 2026—, la USADA (Estados Unidos), Sport Integrity Canada y el Comité Nacional Antidopaje de México (MexNado) actuarán como brazos ejecutores de la FIFA, realizando controles sorpresa fuera de competición bajo su autoridad y dirección. Pero la verdadera fortaleza del cerco llegará durante el torneo. Cada una de esas tres organizaciones nacionales antidopaje (ONAD) aportará sus propios oficiales de control, quienes trabajarán codo a codo con sus pares de la FIFA. La cacería de tramposos será simultánea: tanto en los días sin partido como en las propias jornadas de juego, en todos y cada uno de los estadios repartidos por las sedes anfitrionas. \»Los grandes acontecimientos internacionales precisan de sólidas colaboraciones\», sentenció Emilio García Silvero, director de la División de Servicios Jurídicos y Cumplimiento de la FIFA. \»Nuestra labor conjunta redoblará nuestros esfuerzos en la lucha contra el dopaje en todo el mundo y consolidará el compromiso de la FIFA con la competición justa y limpia\». Las voces locales no fueron menos enfáticas. Juan Manuel Herrera, desde la agencia mexicana, definió esta responsabilidad como \»muy especial\»: \»Ayudar a salvaguardar la limpieza de la competición, de manera que la integridad del fútbol esté a la altura de la magia del fútbol mundial\», dijo con una sentencia que resuena como un eslogan sagrado. Travis T. Tygart, director general de la USADA, puso el foco en la equidad: \»Este tipo de alianzas internacionales entre organizaciones afines resultan fundamentales para garantizar que los jugadores honrados disfruten de igualdad de condiciones en un escenario global como la Copa Mundial\». Mientras que Jeremy Luke, responsable de Sport Integrity Canada, cerró con una máxima irrefutable: \»Proteger la integridad del deporte requiere un trabajo coordinado\». Así, entre declaraciones de principios y acuerdos de cumplimiento estricto, la FIFA dibuja el mapa antidopaje más ambicioso jamás trazado. Porque en la Copa del Mundo de 2026, jugar limpio no será una opción: será la única regla.

Carlo Ancelotti será el nuevo seleccionador de Brasil hasta el Mundial de 2026

La Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) anunció este lunes que el técnico italiano Carlo Ancelotti, actual entrenador del Real Madrid y que en la temporada 2024/2025 ha sido incapaz de ganar al eterno rival, el FC Barcelona, en los cinco duelos que se han medido en esta temporada (16 goles los catalanes por 7 del conjunto blanco), será el seleccionador. Por Arturo Feliz G. La Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) anunció este lunes que el técnico italiano Carlo Ancelotti, actual entrenador del Real Madrid, será el nuevo seleccionador nacional de Brasil, con contrato hasta el Mundial de 2026. Ancelotti se convierte así en el cuarto entrenador extranjero en dirigir a la selección pentacampeona del mundo y el primero desde 1965. El presidente de la CBF, Ednaldo Rodrigues, destacó que Ancelotti \»es el mejor entrenador de la historia y ahora está al frente del mejor equipo del planeta\». Además, aseguró que la contratación del italiano \»es una declaración al mundo de que estamos decididos a recuperar el primer puesto del podio\». No obstante, el anuncio llega en un momento complicado para Ancelotti, tras un año particularmente difícil al mando del Real Madrid. El equipo blanco sufrió una de sus temporadas más irregulares en los últimos años, marcada por importantes derrotas, como la reciente caída por 4-3 ante el F.C. Barcelona en un duelo clave por el título de LaLiga EA Sports, que dejó al conjunto merengue al borde de perder la liga. Estas dificultades han puesto en duda la capacidad del italiano para mantener a un equipo de élite en la cima, lo que genera interrogantes sobre si podrá replicar ese éxito al frente de la selección brasileña. Ancelotti dirigirá a Brasil en los próximos compromisos de las eliminatorias sudamericanas rumbo al Mundial 2026, enfrentando a Ecuador el 6 de junio y a Paraguay el 11 del mismo mes. La selección brasileña se encontraba sin entrenador desde la destitución de Dorival Júnior tras la derrota 4-1 contra Argentina el 25 de marzo pasado. Desde entonces, Brasil ha tenido interinatos de Ramón Menezes y Fernando Diniz, sin lograr estabilidad ni resultados positivos. Actualmente, la ‘Canarinha’ ocupa la cuarta posición en las eliminatorias sudamericanas con 21 puntos, aventajando por seis a Venezuela, primera fuera de las plazas directas de clasificación. Argentina es el único equipo sudamericano que ya aseguró su presencia en el Mundial 2026 y lidera la tabla con 31 puntos, seguido por Ecuador, Uruguay y Brasil, mientras restan cinco jornadas por disputarse. La llegada de Carlo Ancelotti representa una apuesta ambiciosa para recuperar la hegemonía de Brasil en el fútbol mundial, confiando en la experiencia y éxito del técnico italiano para guiar a la ‘Verdeamarela’ hacia la Copa del Mundo. Sin embargo, la pregunta que muchos aficionados y analistas se hacen es si, tras un año tan turbulento al frente del Real Madrid, Ancelotti podrá llevar a la selección brasileña a coronarse campeona en el próximo Mundial. Este desafío será una prueba definitiva para el entrenador italiano, quien deberá demostrar que puede superar las dificultades recientes y aplicar su vasta experiencia para devolver a Brasil al lugar de privilegio que históricamente ha ocupado en el fútbol mundial.