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¡Mundial 2026 manchado por el odio y la hipocresía! Árbitro africano deportado como terrorista mientras Israel juega con las manos teñidas de sangre en Gaza

Omar Artan, el mejor árbitro de África, fue sometido a un brutal interrogatorio de 11 horas en Miami, encarcelado y expulsado de Estados Unidos bajo acusaciones fantasma de vínculos con el yihadismo. Mientras tanto, la FIFA y la Casa Blanca le abren las puertas a Israel, un Estado que comete genocidio ante los ojos del mundo, y nos venden el fútbol como un escenario político impoluto. La pregunta que duele: ¿quién es realmente el terrorista aquí?

Por Julio Guzmán Acosta

El fútbol, ese viejo consuelo de las masas, ese invento humilde que alguna vez perteneció a los potreros y a la ternura de los barrios, vuelve a ser violado por la geopolítica. Nos quieren hacer creer, con discursos edulcorados y campañas de mercadotecnia global, que el Mundial de Fútbol es una fiesta apolítica, un remanso de paz donde las naciones compiten solo con el alma y el músculo. Mentira. El Mundial 2026 ya huele a pólvora y a doble rasero.

La historia de Omar Abdulkadir Artan, árbitro somalí galardonado como el mejor de África en 2025, es la prueba más descarnada. Este hombre, que debía hacer historia como el primer silbante de su país en dirigir un partido mundialista, fue recibido en Miami el pasado 6 de junio no con el respeto que merece un deportista consagrado, sino con el ensañamiento reservado a los enemigos públicos. Agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) lo arrancaron de la sala de espera del aeropuerto y lo arrastraron a una celda. Durante once horas —que en el cuerpo de un viajero cansado pesan como siglos— lo bombardearon con preguntas sobre política somalí, sobre Al-Shabab, sobre supuestos vínculos que nadie ha probado. Mostró sus credenciales de la FIFA, sus fotografías en canchas internacionales, su visa en regla. Nada bastó. Lo metieron en una celda de detención y, sin más explicación, lo devolvieron a Estambul como si fuera un fardo de basura.

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Andrew Giuliani, el operador político que dirige el grupo de trabajo de la Casa Blanca para el Mundial, se atrevió a decir que existía «una razón muy sólida» para vetarlo. Pero no dio ninguna. El anonimato de un funcionario trumpista filtró después la acusación: «asociación con presuntos miembros de organizaciones terroristas». Palabras huecas, señor Giuliani. Palabras que en la práctica equivalen a la sospecha como condena.

Omar Artan, el árbitro africano que interrogaron por 11 horas y lo expulsaron.

Mientras Artan era humillado, encarcelado y deportado, ¿saben quién sí estará en el Mundial 2026? Israel. El mismo Estado que, ante los ojos de un planeta horrorizado, ha asesinado a más de 75 mil palestinos en Gaza, la mayoría mujeres y niños. El mismo Estado que ha destruido hospitales, universidades, campamentos de refugiados, y cuyos líderes enfrentan cargos de genocidio ante la Corte Penal Internacional. Ese país tendrá su selección compitiendo en suelo estadounidense. Nadie lo interrogará durante once horas en una celda de Miami. Nadie le preguntará por sus «vínculos con organizaciones terroristas», aunque sus tanques hayan bombardeado escuelas de la ONU.

Entonces, empecemos a hablar con claridad. El problema no es que el árbitro somalí fuera sospechoso. El problema es que, para el poder occidental, ser somalí ya es suficiente sospecha. Ser africano, musulmán, de un país pobre, y cargar con la osadía de vestir un uniforme de la FIFA en tierra gringa, es un delito. Mientras que ser israelí, aunque se viaje con las manos manchadas de sangre infantil, es un pasaporte limpio.

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El Mundial no es apolítico, señores. El Mundial es el espejo donde el poder muestra sus vergüenzas sin pudor. Y la pregunta que nos queda, mientras Omar Artan aún espera respuestas desde Turquía, es tan punzante como ineludible: si el terrorismo es matar civiles, bombardear refugios y negar el agua al sediento, ¿por qué el terrorista juega el Mundial e Israel está en la fiesta, mientras el árbitro africano paga con su sueño el pecado de haber nacido en el lugar equivocado?

Que alguien explique esto, si es que aún existe la decencia en el periodismo. Yo, mientras tanto, me quedo con la imagen de un hombre en una celda, un silbato en la maleta, y un mundo que aplaude a los verdugos mientras señala a las víctimas con el dedo inquisidor. Así nos venden el fútbol. Así nos venden la moral. Y nosotros, cómplices de asiento, seguimos comprando la entrada.

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