COMPARSA
En agosto del 2025 publiqué mi último artículo hasta la fecha. Primero, presa de la infame falta de tiempo típica de la adultez y sus responsabilidades, que no es más en la mayor parte de las veces que la falta de disciplina; después porque ningún tema me movía a escribir, como si escribir fuera un oficio de antojo o como si todo el trabajo se le dejara a la inspiración; ya al final, como para convencerme y justificar el abandono a mi propia esencia y a lo que más disfruto de mi carrera, dije que me iba a tomar un año para retomar proyectos personales que tengo en pausa y que siento la necesidad imperante de terminar, porque llevo una lucha contra el tiempo, que si no le echo voluntad y carácter, la puedo perder.
A fin de cuentas, ni me tomé el año y mucho menos retomé con la seriedad que requiere mis proyectos pendientes. Aquí me tienen otra vez.
En estos meses en los que en muchas ocasiones no daba con el tema o la inspiración para escribir, llamémosle una racha o algo parecido al slump de los peloteros, me vi muchas veces cuestionando esa necesidad de escribir, aunque uno no escriba para nadie, y tantas otras me rendí ante la inercia del que poco hace por salir de la racha.
Lo cierto es que, aún cuando estuve ocupada o cuando sentí la necesidad de bajar el ritmo a los niveles más calmados, el deseo siempre estuvo. Tanto, que debo admitir que mis notas están llenas de títulos, párrafos y motivos para escribir; y algunas veces redacté artículos en mi cabeza, con estructura y todo, aunque no me sentara a escribirlos.
Mi ausencia, como todo en la vida, me deja un millón de lecciones que si bien aplican al periodismo, también encajan para la vida en sentido general, no importa el oficio o su situación.
Empecé a escribir a los 18 años, como un hecho memorable en mis recuerdos porque mi familia, especialmente mis papás y mis hermanos, me acompañaron en ese descubrirme y creyeron en mi capacidad, a veces hasta más que yo. Encontré apoyo y entré a la opinión pública muy jóven en un espacio prestado en la columna que mi papá publicaba en el desaparecido diario Última Hora, cosa que me ha hecho sentir afortunada y que he tratado de honrar y retribuir dignamente.
Durante mis años de estudios, siempre me incliné por las letras, y aunque disfruto mucho los temas de política, gobierno y de carácter humano y social, todo siempre termina en el oficio de escribir.
He trabajado vinculada al periodismo toda mi vida, muchas veces frente a cámara, otras detrás o liderando equipos, pero siempre destinada a escribir.
Mis sentimientos han encontrado su mejor expresión en la escritura. Pecando de romántica, puedo afirmar con orgullo que la escritura se ha convertido en mi lenguaje de amor.
En estos diez largos meses, llenos de duda, de cuestionamientos y profunda reflexión, hoy más que nunca estoy segura que la escritura y esta columna que me ha acogido desde hace poco más de 15 años, es el oficio que más disfruto y lo que me hace inmensamente feliz.
Mi experiencia personal la comparto con el deseo de que ustedes no sean como yo y no se pongan a pelear con lo que ustedes saben en el fondo de su corazón que están destinados a ser y mucho menos, si esa decisión gira en torno a algo que les hace inmensamente felices, tan feliz como me hace a mí el maravilloso oficio de escribir.