En la mañanera del 29 de mayo, la presidenta de México entregó boletos del partido inaugural a jóvenes ganadoras de un concurso de dominadas; llamó a clubes profesionales a crear canteras y a impulsar el fútbol femenino. Más de 1.2 millones de estudiantes participaron en el «mundial social».
Por Julio Guzmán Acosta
CIUDAD DE MÉXICO. — Como si se tratara del último minuto de un partido de prórroga, la conferencia mañanera de este viernes cambió el balón de la política por el esférico del futbol. Y en esa cancha improvisada de la esperanza, la presidenta Claudia Sheinbaum lanzó un derechazo directo a la lógica del espectáculo: «Que el Mundial no sea solo el negocio, que se quede en la gente».
Con la solemnidad de un capitán arengando a su equipo antes del silbatazo inicial, la mandataria federal encabezó desde Palacio Nacional una ceremonia que supo más a festejo popular que a protocolo oficial. Acompañada por la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, y la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, Sheinbaum entregó cuatro boletos para el partido inaugural —México vs. Sudáfrica en el renovado estadio México o Banorte, antes Azteca— y para las sedes de Guadalajara y Monterrey.
Los boletos no fueron a parar a manos de funcionarios ni patrocinadores. Tampoco viajaron en la maleta de algún directivo de la FIFA. Fueron a dar, como un pase filtrado al área chica, al corazón de cuatro jóvenes que sudaron la camiseta literalmente. Yolett Cervantes (Veracruz), Briana Ameli Medina Cortés (CDMX), Karla Itzel Peña Vilchis (CDMX) y Daira Yaretzi Díaz García (costa de Oaxaca) fueron las goleadoras de un concurso que exigió dominadas, pero sobre todo, el porqué de su amor por el balompié.
Entre las edades de 16 y 25 años, las ganadoras demostraron que el futbol no tiene género ni edades, y que un toque de gracia puede nacer tanto en un cerro veracruzano como en el asfalto de la capital. Después de una breve pero vibrante demostración de habilidades, la presidenta no se guardó el discurso: pidió a los clubes profesionales abrir canteras, tender puentes a la selección y, sobre todo, mirar hacia el futbol femenil como territorio fértil, no como promesa menor.
Rommel Pacheco Marrufo, director de la Conade, tomó la estafeta para contar la otra historia, la del «mundial social». Y los números sonaron como un récord en la tribuna: un millón 200 mil estudiantes, 28 mil escuelas, finales en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria. «Es probablemente el semillero más grande del mundo», dijo el ex clavadista convertido en impulsor de multitudes.
Por si fuera poco, Clara Brugada añadió el dato que enorgullece a cualquier aficionado de barrio: más de 500 canchas rehabilitadas o construidas en la capital. Canchas donde no importa el marcador, sino el derecho a soñar con un tiro de esquina bien ejecutado.
No hubo preguntas ni respuestas. Tampoco la sección de culturas originarias. «No quedamos con este ambiente tan bonito», se disculpó Sheinbaum, con una sonrisa de quien sabe que, a veces, el mejor discurso es dejar que el balón ruede.
Y afuera, aunque nadie lo dijera, el país entendió la consigna: que este Mundial no termine cuando caiga el telón. Que se quede, como un buen futbol, en la memoria de la gente.