El látigo de la Casa Blanca: Petro y el sueño roto de un abrazo progresista que Trump decapitó
El presidente colombiano viajó a Nueva York con la doble misión de presidir el Consejo de Seguridad de la ONU y sellar una alianza simbólica con el alcalde socialista Zohran Mamdani, un creciente dolor de cabeza para Donald Trump. Sin embargo, lo que debía ser una fotografía de peso geopolítico –el primer encuentro de Mamdani con un jefe de Estado y un guiño de Petro a la izquierda demócrata en año electoral– se convirtió en una crisis de pasillos. El \’Washington Post\’ revela la amenaza velada del Departamento de Estado: \»Esa reunión es inaceptable\». Detrás, la furia por unas declaraciones de Petro sobre soldados estadounidenses y una vieja sanción de la OFAC que aún pesa como una espada de Damocles. Por Thiago N. Guzmán Nueva York, el escenario soñado para la postal que nunca existió. Allí, entre los reflectores de Naciones Unidas y el ruido subterráneo del metro que gobierna la nueva izquierda, se tejió un encuentro que la Casa Blanca se encargó de deshacer con la sutileza de un hacha. Gustavo Petro, el presidente colombiano que tiene una clara posición política hacia la administración Trump, tenía todo calculado. Viajó esta semana a la Gran Manzana para recibir la presidencia del Consejo de Seguridad. Pero la verdadera jugada ocurría en las sombras: una reunión privada con Zohran Mamdani, el alcalde socialista democrático de Nueva York, un adversario declarado de Donald Trump y una estrella en ascenso. Para Mamdani, era la coronación: su primer diálogo cara a cara con un mandatario extranjero. Para Petro, una necesidad electoral urgente. El 21 de junio, Colombia elige presidente en balotaje. Su delfín, Iván Cepeda, se enfrenta al ultra Abelardo de la Espriella, a quien Trump ya bendijo con un mensaje que Petro calificó de \»intervención\» grosera. La foto con Mamdani era la vacuna perfecta: un demócrata visible para contrarrestar el abrazo del magnate a la ultraderecha local. Pero la Casa Blanca no solo tiene oídos en el salón oval, sino largas manos que llegan hasta Bogotá. Según cuatro fuentes anónimas citadas por el Washington Post, funcionarios del Departamento de Estado convocaron a los colombianos en la capital antes del viaje. El mensaje fue escalofriante en su frialdad diplomática: el encuentro era \»inaceptable\». La excusa legal, un tecnicismo sobre las restricciones de visado que pesan sobre Petro desde septiembre, cuando declaró que los soldados estadounidenses deberían desobedecer a Trump si ordenaba crímenes contra \»la humanidad\». La amenaza real, sin embargo, era más cruda. \»Era una amenaza velada de detener al presidente si se reunía con Mamdani\», confesó una fuente al diario estadounidense. El argumento es digno de un callejón sin salida. Sí, Petro puede pisar suelo norteamericano sin visa gracias a un convenio de la ONU para asistir al Consejo de Seguridad. Pero, según la lectura implacable de los oficiales de Trump, reunirse con un alcalde neoyorquino excede los límites de ese salvoconducto. Es el filo de una navaja que Washington afiló en septiembre, cuando le anularon la visa, y en octubre, cuando el Tesoro lo sancionó por supuestos vínculos con el narcotráfico, incluyéndolo en la lista negra de la OFAC. Petro y Trump se dieron un abrazo forzado en febrero en la Casa Blanca. El republicano dijo que se llevaban \»de maravilla\». Pero las heridas nunca cicatrizaron. Y este miércoles, el presidente colombiano tuvo que tragar el orgullo y cancelar el acto que debía rubricar su alianza con la izquierda global. El encuentro con Mamdani quedó así enterrado bajo el peso de una amenaza. El alcalde neoyorquino perdió su impulso internacional. Y Petro, a miles de kilómetros de las urnas, se quedó sin la foto que necesitaba para demostrar que, frente al trumpismo salvaje, su progresismo aún tiene quien lo respire al otro lado de la frontera.
Petro asume la presidencia del Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York
El mandatario colombiano llega a la sede de Naciones Unidas para liderar una sesión especial sobre Medio Oriente, en medio de una agenda centrada en la paz, el derecho internacional y la protección de mujeres y niños en conflictos armados. Será su última visita como presidente antes de las elecciones del 21 de junio. Redacción Internacional NUEVA YORK — El presidente de Colombia, Gustavo Petro, arribó en la madrugada de este miércoles 10 de junio de 2026 a la ciudad de Nueva York para asumir la presidencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en una sesión especial dedicada a la crisis de Medio Oriente. El mandatario fue recibido pasadas las 3:00 a.m. (hora colombiana) por la canciller Yolanda Villavicencio, la embajadora ante la ONU, Leonor Zalabata, y otros diplomáticos, según confirmó la Presidencia de Colombia a través de sus canales oficiales. Esta es la tercera ocasión en el año que el jefe de Estado viaja a territorio estadounidense. En esta oportunidad, Petro presidirá el debate del Consejo sobre la paz internacional y el respeto al derecho internacional, con énfasis en la búsqueda de soluciones diplomáticas a los conflictos. “Colombia viene a hablar de paz y no de guerra”, declaró la embajadora Zalabata en rueda de prensa, quien detalló que la agenda colombiana también abordará el impacto de los conflictos armados en las mujeres, los niños y el acceso a la educación. La programación incluye reuniones sobre Mujer, Paz y Seguridad, liderada por la canciller Villavicencio, y sobre Niñez y Conflicto, a cargo de la embajadora Zalabata, los días 17 y 24 de junio, respectivamente. Mientras Petro desarrolla su agenda internacional, el ministro de Hacienda, Germán Ávila, asume la presidencia encargada de Colombia según el decreto 0575 del 4 de junio de 2026. Aunque se baraja la posibilidad de un encuentro con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, durante la cumbre Dignidad en Democracia del 12 de junio, su realización permanece incierta debido a la proximidad con el regreso del mandatario. “En mi Gobierno la postura de Colombia es la paz mundial, el derecho internacional y la ley internacional que debe respetarse”, afirmó Petro antes de partir. Esta será su última visita a la sede de la ONU como presidente del país, pues el próximo 21 de junio Colombia elegirá entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella a su sucesor, quien asumirá el 7 de agosto de 2026.
¡Tres revoluciones y un pulso contra el poder!: Iván Cepeda lanza su programa para \»desmontar las élites\» y enterrar el modelo militarista
El candidato del Pacto Histórico propone un Banco del Pueblo, una reforma agraria profunda, justicia ambiental, la reversión de la privatización de la salud y un sistema propio contra la macrocorrupción. En seguridad, rechaza la militarización como única vía y sitúa la paz con justicia social en el centro de su agenda. Por Brendalis Reyes No es un programa de gobierno convencional. Es, en esencia, una declaración de principios envuelta en la urgencia de un país que aún sangra por las heridas del conflicto, la desigualdad estructural y la desconfianza hacia sus instituciones. El senador y candidato presidencial del Pacto Histórico, Iván Cepeda, ha presentado oficialmente su hoja de ruta para el próximo cuatrienio: un proyecto que él mismo bautiza como \»tres revoluciones\» —la ética, la social‑económica y la política— y que atraviesa cada uno de sus planteamientos como un hilo invisible pero indestructible. En las últimas horas, Cepeda se ha consolidado como el abanderado de la continuidad del gobierno de Gustavo Petro, pero con un matiz significativo: donde Petro irrumpió como el outsider que fracturó el tablero tradicional, el senador pretende ser el arquitecto de las profundizaciones. Su campaña, construida desde los márgenes hacia el centro, apela directamente a los movimientos sociales, a las víctimas del conflicto armado, a las comunidades indígenas y afrodescendientes, y a esos territorios olvidados que han sido, durante décadas, el reverso oscuro del desarrollo nacional. Seguridad sin tanques, justicia con memoria Quizás uno de los puntos más audaces del programa es su enfoque en materia de seguridad. \»No gobernaremos con el fusil bajo el brazo\», parece decir el candidato, quien rechaza de plano la militarización como respuesta única frente a la violencia. Lejos de los discursos castrenses que han dominado la historia reciente de Colombia, Cepeda concibe la seguridad como un derecho ciudadano integral: protección de líderes sociales y defensores de derechos humanos, combate al crimen organizado a través del desmantelamiento de sus estructuras financieras, y una apuesta clara por las negociaciones de paz con los grupos armados ilegales. La paz con justicia social no es, en su retórica, un eslogan. Es el eje central de su agenda de seguridad. Propone un diálogo constante con los movimientos sociales para abordar las causas estructurales de la violencia y consolidar los acuerdos alcanzados durante el gobierno saliente. El bolsillo como campo de batalla: impuestos a las grandes fortunas y un Banco del Pueblo En el frente económico, el senador no esconde su filiación: la progresividad tributaria será su caballo de batalla. Propone gravar las grandes fortunas de Colombia y reducir drásticamente las exenciones fiscales a las grandes empresas. Los recursos adicionales, promete, se destinarán íntegramente a programas sociales. Pero su propuesta más novedosa en esta materia es la creación del Banco del Pueblo, una entidad financiera pública diseñada para comunidades empobrecidas sin acceso al sistema bancario tradicional. No se trata de un banco más, insiste su equipo, sino de una herramienta de inclusión y soberanía económica. A ello se suma la consolidación de las reformas laboral y pensional impulsadas por Petro, y una reivindicación de la economía campesina y popular como verdadero motor productivo del país, en detrimento del latifundio y el extractivismo. Salud: reversión de la Ley 100 y adiós a los intermediarios Uno de los puntos que ha generado mayor expectación y también rechazo en los sectores tradicionales es su propuesta sanitaria. Cepeda propone revertir la privatización del sistema de salud instaurada con la Ley 100, defender el sistema público y reducir el poder de los intermediarios privados. Una prolongación directa de la fallida reforma a la salud que el Senado ha negado repetidamente. El candidato insiste en que la salud es un derecho fundamental, no un negocio, y promete destinar a su fortalecimiento los recursos recuperados de la corrupción en el sector. Educación y ambiente: universidad gratuita en el campo y Colombia como potencia de la vida En educación, su promesa es clara: educación pública, gratuita y de calidad hasta el nivel superior, con énfasis especial en las zonas rurales, históricamente excluidas del acceso a la universidad. La universidad pública es concebida como un espacio de pensamiento crítico y soberanía del conocimiento. En el plano ambiental, la candidatura de Cepeda abandera el concepto de Colombia como \»potencia mundial de la vida\». Rechaza el extractivismo depredador, apoya a las comunidades que defienden su territorio frente a proyectos minero-energéticos y sitúa la territorialidad indígena, campesina y afrodescendiente en el corazón de su política ambiental. La justicia ambiental y los derechos de los animales encuentran por primera vez un lugar destacado en un programa presidencial colombiano. El sistema contra la macrocorrupción: una cacería sin perdón Quizás el flanco más ambicioso —y necesario— de su programa es el Sistema Nacional contra la Macrocorrupción. Cepeda parte de una premisa incómoda: la corrupción no es un delito individual, sino una macrocriminalidad que captura instituciones, distorsiona mercados y despoja comunidades. Para enfrentarla, propone cinco pilares: la UIAF como herramienta de prevención, el Portal Anticorrupción de Colombia (PACO), una Unidad de Investigación de Macrocorrupción en la Fiscalía, una instancia de juzgamiento especial para corrupción sistémica, un Fondo de Reparación para las Víctimas de la Corrupción, y presencia ciudadana en los territorios con mayor impunidad. Su meta es reducir la actual impunidad —que estima en un estremecedor 94%— y gobernar bajo el principio de \»austeridad republicana\». Víctimas, mujeres y política exterior: un giro descolonizado Cepeda sitúa a las víctimas en el centro de su eventual gobierno. Verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición no son retórica: propone el reconocimiento del genocidio político contra la Unión Patriótica y las comunidades campesinas e indígenas, y un apoyo explícito a las madres buscadoras, las víctimas de falsos positivos y casos emblemáticos como La Escombrera. En su enfoque de género, las mujeres tienen un papel protagónico en las tres revoluciones. Propone una renta básica para la población en pobreza extrema, atención específica para mujeres víctimas de violencia sexual y desplazamiento, y una política de igualdad sustantiva. Finalmente, en política exterior, el candidato propone una
Gustavo Petro celebra la victoria de Roberto Sánchez en Perú
Con el 98% de los votos escrutados y una ventaja irreversible para el izquierdista Roberto Sánchez, el presidente Gustavo Petro celebra el triunfo progresista en Perú y anuncia el restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas con el país vecino. Por Brendalis Reyes Bogotá. — Cuando los números ya no dejan espacio para la incertidumbre, la política se viste de certidumbre. Con el 98% de las actas escrutadas y una diferencia que las autoridades electorales peruanas califican como “irreversible”, el izquierdista Roberto Sánchez se perfila como el virtual ganador de las elecciones presidenciales en Perú, derrotando a la candidata de derecha Keiko Fujimori. Y aunque la proclamación oficial aún no ha sido firmada, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, no quiso esperar ni un segundo más para celebrarlo. “El progresismo acaba de ganar la presidencia del Perú y ha derrotado la fuerza más de extrema derecha de ese país, la que representa a la familia Fujimori”, escribió el mandatario colombiano en su cuenta de X, donde también anunció una decisión de alto calibre diplomático: el restablecimiento completo de las relaciones bilaterales con Lima, rotas desde la crisis que derivó en la destitución y encarcelamiento del expresidente Pedro Castillo. Petro, fiel a su estilo narrativo y a su convicción ideológica, vinculó el triunfo de Sánchez con una suerte de reivindicación histórica. “Castillo ha sido reivindicado por las urnas”, afirmó, al señalar que el virtual presidente electo fue su “escudero y representante”. En la misma línea, el jefe de Estado colombiano adelantó que propondrá a su futuro homólogo peruano “una fusión del Pacto Andino con Mercosur”, una expresión que, aunque imprecisa en los términos formales, apunta a una ambiciosa integración regional entre la Comunidad Andina (CAN) y el bloque sureño. Lejos de la cautela que otros mandatarios han preferido mantener mientras se consuma el trámite oficial, Petro ha optado por la contundencia. Su anuncio de restablecer plenamente las relaciones diplomáticas —suspendidas en los hechos desde la salida de Castillo— no es un gesto menor: implica el retorno de embajadores, la reactivación de agendas binacionales y un giro en la política exterior colombiana hacia el país vecino. El eco de esta victoria anunciada resuena, así, no solo en las calles de Lima, sino también en el palacio de la Carrera Octava en Bogotá. Petro, que ha hecho de la solidaridad ideológica una bandera, celebra hoy lo que los números ya no discuten. Y mientras Perú se prepara para la transición, Colombia ya extendió la mano.
Gustavo Petro denuncia fraude en el preconteo electoral colombiano
El mandatario afirmó, a través de su cuenta de X, que el software de la firma privada de los hermanos Bautista fue modificado en tres oportunidades antes de los comicios y que se incorporaron 885.409 cédulas al censo sin sustento legal. Pese a que la Misión de Observación Europea y la Procuraduría han descartado irregularidades, Petro insiste en que entregará a la justicia las “bases comprobadas del posible fraude”. Por Redacción Internacional Bogotá. — En un movimiento inédito en la historia electoral reciente de Colombia, el presidente Gustavo Petro ha desconocido los resultados del preconteo de la primera vuelta presidencial del pasado 31 de mayo y ha calificado el proceso como un “posible fraude” orquestado desde el software electoral controlado por una empresa privada. Su denuncia, difundida a través de su cuenta oficial de X, ha abierto una crisis de credibilidad institucional en pleno tránsito hacia la segunda vuelta del 21 de junio. “Como presidente no acepto los resultados del preconteo de la firma privada de los hermanos Bautista”, escribió Petro en la noche del domingo, horas después de que los datos preliminares dieran la victoria al candidato de derecha Abelardo de la Espriella con un 43,74% de los votos, frente al 40,90% del oficialista Iván Cepeda . El mandatario sustentó su rechazo en tres señalamientos concretos. El primero: los algoritmos del software de conteo y escrutinio, que por mandato legal debían permanecer inalterados durante la semana previa a las elecciones, fueron modificados en tres ocasiones. El segundo: esas modificaciones habrían permitido agregar al censo electoral 885.409 cédulas de ciudadanos que no figuran en el registro oficial . El tercero: aparecen 5.300 mesas de votación con más de 300 sufragios cada una —el máximo físicamente posible en una jornada normal—, algunas de ellas con hasta 700 votos registrados, y es precisamente en esas mesas donde De la Espriella habría construido su ventaja de 635.000 votos sobre Cepeda . “Presento las bases comprobadas del posible fraude, que puedo entregar a autoridad competente”, afirmó Petro en una publicación posterior, en la que adjuntó un archivo con los datos de las mesas señaladas. “Mi compromiso con mi pueblo y el amor a mi país, por el que he luchado toda mi vida, hace que arriesgue todo al transmitirlo” Las pruebas del mandatario y las sombras del software La denuncia presidencial no es nueva. Petro había advertido desde abril sobre los riesgos de que una empresa privada, Thomas Greg & Sons —propiedad de los hermanos Bautista—, controlara el software electoral. En aquella ocasión, citó informes de inteligencia según los cuales existían conversaciones entre los Bautista y el candidato De la Espriella para “intercambiar la devolución del contrato de pasaportes a sus manos, y la promesa, a cambio, de ciertos algoritmos que le aseguren la Presidencia” . El mandatario recordó además que el Consejo de Estado declaró en 2018 que ese mismo software era “vulnerable desde dentro y desde afuera”, tras un caso de manipulación que benefició al partido MIRA en las elecciones parlamentarias de 2014 . Pese a la sentencia, la Registraduría no lo reemplazó por un sistema estatal. Las cifras que Petro expuso son precisas. Según su denuncia, el censo oficial cerró con 41.421.973 ciudadanos habilitados para votar. Sin embargo, en el software Divipol —de los hermanos Bautista— aparecían 42.307.373 personas, una diferencia de 885.409 cédulas que “no se inscribieron en la fecha legal” . Asimismo, se incrementaron los puestos de votación de 13.742 a 14.438, y las mesas de 120.527 a 122.020 .
Iván Cepeda desconoce los resultados electorales y exige revisar el censo
Por Arturo N. Guzmán El candidato del Pacto Histórico anunció que congelará su reconocimiento a los datos oficiales de la primera vuelta hasta que la Registraduría resuelva las inconsistencias reportadas en el censo electoral y atienda las impugnaciones formuladas sobre múltiples mesas de votación. La jornada electoral de la primera vuelta presidencial en Colombia ha entrado así en un escenario de incertidumbre política, mientras las autoridades electorales defienden la transparencia del proceso. El senador y candidato de la coalición izquierdista Pacto Histórico, Iván Cepeda, aseguró que no reconocerá los resultados de los comicios emitidos por la Registraduría Nacional hasta que se resuelvan de forma oficial las dudas y denuncias presentadas por su equipo de campaña sobre el proceso electoral. A través de un pronunciamiento público emitido la tarde de este domingo, el líder político de izquierda condicionó la aceptación de los datos finales a una revisión exhaustiva de dos frentes críticos: las inconsistencias detectadas en el censo electoral y el trámite formal de las impugnaciones interpuestas en múltiples mesas de votación a lo largo del territorio colombiano. Denuncias sobre el censo y las mesas de votación La postura de Cepeda introduce una dosis de polarización al preconteo de los votos que disputa frente al abogado y candidato derechista Abelardo de la Espriella. Según los delegados del Pacto Histórico, las alertas se encendieron durante el transcurso de la jornada tras documentar presuntos desfases entre el número de ciudadanos habilitados y los tarjetines depositados en zonas clave del país. El equipo de Cepeda argumenta que existen causales suficientes para exigir el recuento voto a voto en sectores específicos: presuntas irregularidades en los listados de votantes de municipios con alta volatilidad electoral; reportes de anomalías en el diligenciamiento de los formularios E-14, las actas de escrutinio de los jurados de mesa; y quejas recurrentes sobre la auditoría del software de consolidación de datos de la autoridad electoral. “No se trata de desconocer las instituciones, sino de exigirles transparencia absoluta. No podemos validar un resultado general mientras existan dudas legítimas sobre la voluntad popular expresada en las urnas”, manifestó el entorno cercano del candidato presidencial. La respuesta institucional Por su parte, la Registraduría Nacional del Estado Civil y el Consejo Nacional Electoral (CNE) han defendido el blindaje del sistema informático y la transparencia de los escrutinios intermedios, recordando que todas las campañas contaron con testigos electorales en los puestos de votación. La negativa inicial de Iván Cepeda a convalidar los números oficiales instala a Colombia en un terreno de alta tensión social y jurídica, a la espera de que los órganos competentes se pronuncien sobre las impugnaciones y el llamado a revisión del censo. —
La encrucijada colombiana: Cepeda, De la Espriella y Valencia miden en las urnas el legado de Petro
Más de 41 millones de ciudadanos están habilitados para votar este domingo en unos comicios que definirán si el país profundiza el giro a la izquierda o retorna al conservadurismo, en medio de una nación profundamente dividida y con la sombra de una posible segunda vuelta el 21 de junio Por Theo N. Guzmán Enviado especial a Bogotá Bogotá amaneció este sábado con el cielo gris de los días previos a la tormenta. No la tormenta de aguaceros que moja los cerros orientales, sino la otra, la que se cocina en las urnas, la que los colombianos llevan meses mascullando en las tiendas de barrio, en los buses del Transmilenio y en las sobremesas familiares donde el voto se ha convertido en un secreto a voces. Mañana, 41.4 millones de ciudadanos están convocados a definir algo más que un presidente: definirán si el experimento más audaz de la historia reciente de Colombia —el primer gobierno de izquierda del país— fue un espejismo o un camino. Gustavo Petro no puede optar por la reelección. La Constitución de 1991, aquella que él mismo ayudó a construir desde la Asamblea Nacional Constituyente, se lo impide. Pero su nombre, su gestión y su fantasma recorren cada rincón de esta campaña como un cometa incandescente. Porque el domingo, en realidad, se vota sobre él. Los tres mosqueteros del desencanto La baraja era de once. Once aspirantes que, como naipes mal barajados, fueron cayendo uno tras otro en el favor de las encuestas. Quedan tres. Y son tres que representan no solo tres proyectos de país, sino tres formas de entender la herida colombiana. Por un lado, Iván Cepeda, el oficialista. Senador de larga trayectoria, defensor de derechos humanos, hijo del líder sindical asesinado Manuel Cepeda Vargas. Él es la continuidad. El heredero ungido por Petro para que el Pacto Histórico no se desmorone como un castillo de naipes una vez que el fundador abandone la Casa de Nariño. Cepeda ha prometido profundizar las reformas: la agraria, la de salud, la laboral. Sabe que camina sobre una cuerda floja tendida sobre un abismo de rechazo, pero también sobre una base de cerca del 40% de aprobación que el presidente aún conserva. En los sondeos, Cepeda lidera. No por goleada, pero lidera. En la otra orilla, Abelardo de la Espriella. Abogado, polémico, de discurso filoso como un cuchillo de cocina. Su movimiento, Defensores de la Patria, ha sabido capitalizar el hartazgo de quienes ven en Petro un peligro para la estabilidad económica y el orden público. De la Espriella no es un conservador de salón: es un guerrero de la trinchera comunicacional, capaz de encender multitudes con frases cortas y golpes de efecto. Las encuestas lo colocan segundo, respirando en el cuello de Cepeda. Y luego está Paloma Valencia. Ella es el viejo orden con rostro renovado. Senadora del Centro Democrático, el partido del expresidente y uribista de hierro Álvaro Uribe Vélez. Valencia representa la derecha institucional, la que cree en la mano dura contra las disidencias de las FARC y el ELN, la que mira con recelo cualquier acuerdo que implique \»impunidad\» para los alzados en armas. Su discurso es menos estridente que el de De la Espriella, pero su electorado es fiel, disciplinado y profundo. Tercera en las encuestas, pero con opciones reales de remontar si la primera vuelta deja heridos y se abre una segunda ronda. ¿Y los moderados? Quedaron en el camino. Los que proponían un socialdemocracia tibia, un centro que no asustara ni a unos ni a otros, no lograron encender la chispa. Colombia, parece, ha decidido que este no es tiempo de términos medios. La Colombia dividida: números que duelen El analista político Sergio Guzmán lo resume con una precisión quirúrgica: \»Colombia es un país que permanece profundamente dividido en temas sociales, económicos y políticos\». Y añade: \»Petro es una figura polarizante, pero no es impopular: cuenta con cerca del 40% de aprobación, según encuestas, y también tiene un muy alto rechazo entre algunos sectores\». Esa polarización no es abstracta. Se traduce en cifras que duelen en el bolsillo y en el alma. El gobierno de Petro logró reducir la pobreza monetaria —medida a partir de un mínimo de ingresos mensuales de 127 dólares— del 36.6% en 2022 al 31.8% en 2024. Ese es un logro que el oficialismo exhibe como una medalla en el pecho. Pero la oposición responde que la pobreza se midió con una vara distorsionada, que la inflación golpeó a la clase media, que el desempleo juvenil sigue siendo una hemorragia silenciosa. Y tienen razón, en parte. Porque en Colombia, como en pocos países, las estadísticas son campos de batalla. Más de 41 millones de colombianos están habilitados para votar. Pero la abstención histórica ronda el 45% en primera vuelta. Eso significa que casi la mitad del país prefiere quedarse en casa, mirar el techo o salir a pasear antes que enfrentar la urna. Ese es quizás el dato más revelador de todos: no es que Colombia esté dividida entre tres candidatos; es que Colombia, en su mayoría, está harta de la política. ¿Segunda vuelta? El fantasma del 21 de junio Las reglas son claras, aunque el tablero esté en llamas. Para ganar en primera vuelta se necesita la mayoría absoluta: la mitad más uno de los votos válidos. Los sondeos sugieren que ninguno de los tres punteros alcanzará ese umbral. Cepeda ronda el 28%, De la Espriella el 24%, Valencia el 19%. Los porcentajes varían según la encuestadora, pero todas coinciden en un punto: habrá segunda vuelta. Esa segunda cita con las urnas sería el 21 de junio. Menos de un mes después de esta primera batalla. Un mes en el que los dos sobrevivientes —probablemente Cepeda contra el más votado de la derecha— se enfrascarán en una campaña relámpago, sin tregua, donde cada declaración puede valer miles de votos. Y entonces, Colombia volverá a mirarse al espejo. Porque una segunda vuelta entre Cepeda y, digamos, De la Espriella, sería un plebiscito sobre Petro en
El péndulo de la DEA apunta a Petro en la recta final: dos investigaciones federales sacuden la campaña colombiana
Fiscalías en Manhattan y Brooklyn indagan al mandatario por presuntos vínculos con el narcotráfico en medio de la puja sucesoria. Mientras la oposición clama por el fondo del asunto, la Casa de Nariño se parapeta en la falta de acusaciones formales y el uso de fuentes anónimas, en un episodio que amenaza con dinamitar la frágil tregua diplomática con Washington y enturbiar los comicios del 31 de mayo. Por: Virtudes Álvarez Sampedro Dos fiscales federales en Estados Unidos mantienen bajo la lupa al presidente de Colombia, Gustavo Petro, en un par de investigaciones que exploran sus presuntos vínculos con estructuras del narcotráfico. La exclusiva, publicada este viernes por The New York Times y confirmada con matices por Reuters, irrumpe en el país sudamericano con la fuerza de un torrente en medio de la campaña electoral más reñida de la última década, justo cuando el mandatario intenta consolidar el relevo de su heredero político. Las pesquisas, radicadas en los distritos de Manhattan y Brooklyn, son llevadas adelante por fiscales especializados en narcotráfico internacional, en conjunto con agentes de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) y el Departamento de Seguridad Nacional. De acuerdo con las fuentes anónimas citadas por el diario estadounidense, las indagaciones —que se encuentran en una fase aún preliminar— apuntan a posibles reuniones del entonces candidato Petro con narcotraficantes y la sospecha de que su campaña presidencial de 2022 pudo haber recibido fondos provenientes de esos círculos. No existen acusaciones formales, y la agencia Reuters precisó que Petro no es el “objetivo principal” de ninguna de las dos investigaciones, aunque su conducta ha emergido en el marco de pesquisas más amplias sobre narcoterrorismo y narcotráfico. El silencio del presidente se rompió horas después de conocerse la noticia. Con la contundencia que le caracteriza, Petro recurrió a su cuenta en X para negar cualquier tipo de relación con el crimen organizado. “En Colombia no existe una sola investigación sobre relación mía con narcotraficantes, por una sola razón: nunca en mi vida he hablado con un narcotraficante. […] Respecto a mis campañas, siempre he dicho a gerentes que no se aceptan donaciones ni de banqueros ni de narcos”, escribió. La embajada de Colombia en Washington salió al paso del informe con un comunicado en el que advierte que la información, basada en versiones no verificadas y fuentes anónimas, “debe leerse en su contexto completo y abordarse con la cautela que este tipo de versiones no verificadas amerita”. La misión diplomática defendió la trayectoria del mandatario, subrayando que ha enfrentado “de manera constante e inequívoca la actividad criminal” y recordó que ninguna autoridad competente ha emitido una determinación formal al respecto. Sin embargo, el momento de la filtración resulta letal para el relato oficial. La revelación llega cuando Petro había proclamado el cierre de un ciclo de tensiones con la administración de Donald Trump, asegurando que las sospechas sobre su persona habían quedado zanjadas tras un proceso de reconciliación diplomática. En octubre pasado, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos incluyó al presidente, a su esposa, a su hijo y a uno de sus ministros en la conocida como lista Clinton, una medida que implicó el congelamiento de bienes y que el propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, justificó afirmando —sin respaldo en las estadísticas oficiales— que la producción de cocaína en Colombia se había “disparado hasta alcanzar el nivel más alto en décadas”. El eco de las investigaciones ha resonado de inmediato en la arena electoral. Paloma Valencia, la candidata del uribismo y una de las aspirantes con opciones reales de llegar a la Casa de Nariño, calificó la situación como “muy grave”. En sus redes sociales, exigió que las autoridades estadounidenses “lleguen al fondo de las averiguaciones y le cuenten al mundo si son o no ciertos los presuntos nexos del presidente con el narcotráfico”. Sin presentar pruebas, vinculó además la política de “paz total” del Gobierno —la apuesta por negociar simultáneamente con todos los grupos armados— con una supuesta “complacencia con el delito”. La oposición, que durante años ha alimentado la tesis de los vínculos criminales de Petro sin presentar fallos judiciales que la sustenten, encuentra ahora en las filtraciones de Washington un combustible inédito. La pregunta que sobrevuela en los círculos diplomáticos y políticos es si la administración Trump, que no ha dudado en utilizar la presión económica como herramienta de política exterior, usará este episodio para influir abiertamente en los comicios del próximo 31 de mayo. Por ahora, la DEA mantiene en sus registros a Petro como un “objetivo prioritario”, según Reuters, mientras los fiscales federales deciden si las pruebas acumuladas justifican dar el siguiente paso. Lo que hasta hace una semana era una campaña dominada por la economía y la seguridad se ha convertido, de la noche a la mañana, en un plebiscito sobre la legitimidad del presidente saliente. Y en ese juicio paralelo, las sombras de dos fiscalías en Nueva York pesan más que cualquier programa de gobierno.
Reunion entre Gustavo Petro y Donald Trump: El Encuentro Imposible
Petro y Trump: la foto que estremece a Colombia y el cálculo frío de un año electoral donde todo, hasta un apretón de manos con el “fascista”, es una jugada por el poder Por Julio Guzmán Acosta. La instantánea es un puñal. Ahí están, congelados en un marco que parece blasfemo: el primer presidente de izquierda que ha tenido Colombia, estrechando la mano del hombre que amplios sectores del planeta –con razón fundada– señalan como fascista, autoritario, pedófilo, xenófobo, misógino, genocida, negacionista climático y artífice de políticas que han esparcido dolor y muerte dentro y fuera de Estados Unidos. La imagen escuece, quema la retina del idealismo. Pero reducir la política a la moral de una fotografía es un lujo que sólo pueden permitirse quienes nunca han tenido que gobernar. La verdadera política, esa que se cuece a fuego lento en los despachos donde se miden fuerzas, se leen contextos y se administran riesgos, es otra cosa: es la arena sucia y gris de lo posible. El encuentro entre Gustavo Petro y Donald Trump no es una curiosidad diplomática. Ocurre en el minuto exacto en que Colombia entra formalmente en la vorágine electoral. El 15 de marzo se elige nuevo Congreso; el 31 de mayo, presidente y vicepresidente. Petro no puede reelegirse, pero su proyecto –ese giro político iniciado en 2022– está en la picota. Lo que se juega no es la permanencia de un hombre, sino la continuidad o el desmantelamiento de una apuesta histórica. Y esa continuidad hoy tiene un nombre que resuena con fuerza en el campo progresista: Iván Cepeda Castro. Él es la carta para profundizar lo iniciado, el dique contra la ofensiva conservadora que quiere revertir cada reforma. Trump, por su parte, no es un espectador imparcial. Ha metido sus manos –tosca, temerariamente– en los procesos electorales de América Latina. A Colombia la tiene en la mira: ha acusado a Petro de narcotráfico, sin pruebas, en declaraciones que aquí no son simples improperios. En un país donde el narcotráfico, la seguridad y el visto bueno de Washington han sido históricamente látigos de campaña, esas palabras tienen el peso de una losa. Por décadas, en Colombia se instaló una pedagogía perversa que disfrazó la subordinación como “cooperación estratégica”. La presencia militar extranjera, la sombra de las agencias, los acuerdos de “asistencia” –esa palabra dulce para el saqueo– no se veían como injerencia, sino como garantías de un orden impuesto. El prolongado conflicto interno dio el pretexto perfecto: la lucha contra el comunismo y las guerrillas sirvió para legitimar una élite política, económica y mediática profundamente alineada con el Norte. Así se naturalizó una relación asimétrica: Estados Unidos como garante, Colombia como socio disciplinado. Una dependencia funcional sostenida por un axioma tácito: la seguridad se delega, la soberanía se negocia y la crítica se vuelve sospechosa. Por eso, este viaje a Washington no fue un mero trámite de política exterior. Fue, ante todo, una jugada maestra de política interna. Petro llegó con el agua al cuello: reformas entrampadas, tensiones en su propio campo, una ofensiva judicial y mediática feroz desde la derecha, y la narrativa opositora que lo pinta como un paria internacional, incapaz de dialogar con los centros reales del poder. La reunión con Trump, en ese contexto, operó en varios frentes a la vez. Le permitió desactivar –al menos en parte– el relato del aislamiento, contener la acusación de ser “enemigo de Estados Unidos” y exhibir capacidad de diálogo hasta con su antagonista ideológico más poderoso. Nada de esto implica afinidad o concesión; habla de un pragmatismo frío, atado al calendario electoral que marca el compás de cada gesto presidencial. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿legitimación o contención? Es comprensible el reparo moral: la foto conjunta puede sentirse como una traición a los principios. Pero gobernar exige a veces decidir en escenarios que no son ideales. No se trata de claudicar, sino de administrar los principios en un mundo de poder real. ¿Qué habría ganado Colombia con una negativa? En política, la ausencia también comunica, y en año electoral, puede ser un arma letal. Negarse habría alimentado el relato de la irresponsabilidad diplomática. Asistir conlleva un riesgo simbólico, pero también otorga un cierto control narrativo. Petro optó por lo segundo. Incluso el tuit posterior, con la dedicatoria de Trump –“You are great”– debe leerse en clave doméstica. La derecha colombiana ha construido durante años una descalificación clasista y cultural contra la izquierda: por no hablar inglés con fluidez, por el origen social, por el pasado guerrillero, por no encajar en los códigos rancios de la élite bogotana que se cree única “capaz y merecedora” de gobernar. Ese gesto, más allá de su contenido, es un mensaje interno: no se negocia desde la inferioridad cultural ni desde el complejo colonial. Se habla de tú a tú, aunque la asimetría estructural siga ahí, intacta. La derecha intentará usar el acercamiento como señal de incoherencia; el progresismo, como prueba de gobernabilidad. Pero más allá de la retórica inmediata, Estados Unidos seguirá siendo un factor estructural en la política colombiana. La relación en seguridad, migración, comercio y lucha contra las drogas no se evapora por afinidades o fricciones ideológicas. Y no cabe ingenuidad: Trump no da puntada sin dedal. Su política exterior no se mueve por gestos gratuitos; opera sobre intereses concretos, y eso casi siempre significa injerencia y saqueo. Es probable que en los próximos meses emerjan presiones o condicionamientos hoy aún ocultos. La reunión no cancela la historia de dependencia, ni transforma por sí sola la correlación de fuerzas. El imperialismo no desaparece con un apretón de manos. La pregunta correcta, entonces, no es si dialogar o no dialogar. La pregunta es desde qué posición se dialoga y con qué objetivo estratégico. Petro eligió hacerlo en el momento más complejo del calendario político. La fotografía es incómoda, sí. Pero la política, sobre todo en nuestra América Latina convulsa, rara vez ofrece escenarios cómodos. Y a veces, en año electoral, gobernar también significa administrar contradicciones, caminar sobre
LA GEOMETRÍA DEL PODER: PETRO, TRUMP Y EL REAJUSTE DE UNA ALIANZA INCOMODA
Tras la tormenta de señalamientos y misiles, el presidente colombiano y su homólogo estadounidense buscan un nuevo cauce para una relación histórica. La foto en la Casa Blanca es sólo la punta del iceberg: operaciones militares, deportaciones y una posible lluvia de inversiones marcan el camino de una normalización calculada al milímetro. Por Servicios umbral.local/ WASHINGTON, D.C.— El aire en la Sala de los Tratados de la Casa Blanca olía a cera antigua y a un alivio tenso, cuidadosamente negociado. Allí, el miércoles pasado, dos hombres que durante meses se habían intercambiado acusaciones de narcotráfico e intervencionismo se dieron la mano. No fue un gesto de amistad, sino el cierre ritual de una crisis. Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda de Colombia, y Donald Trump, el mandatario estadounidense que llegó a sugerir que “cuidara su trasero”, trazaron con ese apretón la frontera visible de una tregua. Pero la política, como el agua, siempre busca su nivel. Y las aguas, tras meses de tormenta, “vuelven al cauce del que nunca debían haber salido”, sentencia Xavier Vendrell, asesor político y antiguo colaborador de Petro. Sin embargo, este reencuentro no es un simple retorno al statu quo. Es la reanudación de una coreografía geopolítica donde cada paso, sincronizado o no, tiene consecuencias inmediatas y terrenales. Mientras los titulares se centraban en la foto, el terreno ya cambiaba: el miércoles, el Ejército colombiano retomó con fuerza operaciones ofensivas contra el ELN. El jueves, la Operación Lanza del Sur de la Armada estadounidense extendió su radio de acción al Pacífico, interceptando una narcolancha en aguas internacionales frente a las costas colombianas. Y el 6 de febrero de 2026, un primer vuelo con deportados colombianos desde Estados Unidos ha aterrizado en Bogotá. Son los primeros frutos, amargos y dulces, de esta normalización. El distanciamiento había sido brutal y público. Comenzó hace un año, precisamente por el espinoso asunto de las deportaciones, y escaló en una espiral de improperios en redes sociales. La “extracción” militar de Nicolás Maduro en Venezuela por fuerzas estadounidenses, que Petro calificó de “aberrante”, y la posterior amenaza velada de Trump hacia Colombia, llevaron la relación al borde del abismo. La inclusión de Petro y su familia en la llamada “lista Clinton” –que le costó la cancelación de su visa– y la suspensión de la ayuda financiera fueron el punto álgido de un invierno diplomático. “Todo esto tiene que ver mucho con una intoxicación voluntaria y malévola por parte de la extrema derecha colombiana”, analiza Vendrell desde Barcelona. “Habían logrado convencer a Trump de unos vínculos con el narcotráfico que son sencillamente absurdos. Yo creo que la extrema derecha se ha marcado un autogol y Petro sale claramente reforzado”. Una politóloga colombiana, quien participó en el Proceso de Paz y pidió reserva de su nombre, coincide: “Una de las banderas de la derecha siempre fue su buena relación con Washington y vendían la idea de que un gobierno de izquierda no la tendría. Esa carta se les ha caído”. El diálogo de los “libres” (y los pragmáticos) La reunión en sí fue un ejercicio de realpolitik envuelto en retórica de principios. “Fue una reunión entre libres”, declaró Petro después, parado en el jardín de la Casa Blanca. “Entre iguales, que piensan diferente, sí, con poderes diferentes, obviamente, pero capaces de encontrar caminos comunes”. Su anfitrión fue más conciso: “Él y yo no éramos precisamente los mejores amigos… Nos llevamos muy bien”. Trump incluso dejó una dedicatoria para Petro: “You are great”. Pero detrás de la cordialidad forzada, no hubo concesiones programáticas. Petro, incluso durante su visita, no se mordió la lengua. En la Universidad de Georgetown, lanzó dardos contra la intervención en Venezuela: “En donde nació Bolívar cayeron misiles… Caracas se convirtió en la primera ciudad latinoamericana en toda la historia mundial en ser bombardeada”. Y en la rueda de prensa conjunta, redobló su crítica al enfoque fallido de la guerra contra las drogas, entregándole a Trump una lista con nombres y lugares: “La primera línea del narcotráfico vive en Dubái, en Madrid, en Miami… Sus capitales están fuera de Colombia y hay que perseguirlos conjuntamente”. ¿Quién cedió entonces? Para Vendrell, el giro es más atribuible a Washington que a Bogotá. “Ha habido un cambio de visión grande por parte de Trump. Petro no ha moderado su postura; ha mantenido su discurso, pero en un marco de diálogo”. Un diálogo que, advierten los analistas, es frágil. “No estamos a salvo de un nuevo episodio”, señala Yann Basset, profesor de la Universidad del Rosario, en declaraciones a Efe. “Ambos son presidentes que suelen comunicar lo que piensan mediante redes sociales y eso, en cualquier momento, puede llevar a una nueva crisis”. Las consecuencias sobre el terreno: de las armas a los capitales Más allá de la foto y los discursos, la normalización promete un impacto tangible. La politóloga consultada por Umbral anticipa varios frentes: “Va a haber una recuperación de la cooperación estadounidense, sobre todo en sustitución de cultivos; se fortalecerá el apoyo militar en la frontera con Venezuela; veremos un enfrentamiento más directo con el ELN; y aumentará la atención de los empresarios estadounidenses, que tendrán menos prevenciones”. Es el cálculo frío de Petro en año electoral. Con su sucesor en juego, demostrar que puede “hacer las Américas grandes de nuevo” –en una peculiar adaptación del lema trumpista– no es un eslogan, sino una necesidad. Sostener la inversión extranjera y recuperar el flujo de cooperación son argumentos poderosos frente a una oposición que lo acusa de aislamiento. El viaje a Washington, pues, no fue una peregrinación ideológica. Fue una operación de alto riesgo para reubicar a Colombia en el tablero. La foto con Trump era incómoda, pero necesaria. Las aguas, ahora, parecen fluir de nuevo por el cauce profundo y antiguo de la relación bilateral: un torrente de intereses estratégicos, donde la soberanía negocia y la seguridad se co-administra. El cauce nunca se secó; sólo estuvo turbulento por un tiempo. Y, como advierten todos, la próxima tormenta podría no tardar.