UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

“No discutiremos jamás”: Cuba cierra puerta a EE.UU. y advierte de “guerra de todo el pueblo”

El canciller Bruno Rodríguez rechazó cualquier negociación sobre reformas políticas o económicas, en medio de crecientes presiones de Washington que incluyen sanciones y amenazas militares. “Cuba sería un avispero”, sentenció. Por Redacción Internacional umbral.local/  El Gobierno de Cuba reiteró este sábado, en voz de su canciller Bruno Rodríguez, su negativa absoluta a negociar con Estados Unidos cualquier modificación al orden político o económico de la isla, pese al endurecimiento de las sanciones y las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, quien aseguró que “tomará el control” de la isla “casi de inmediato”. Durante un encuentro internacional celebrado en La Habana con más de 700 sindicalistas, políticos de izquierda y activistas, en el marco del Primero de mayo, Rodríguez fue contundente: “No forma parte de ese intercambio —de los contactos con EE.UU.—, no lo forma de ninguna manera, el orden político y económico de Cuba. No discutiremos jamás con Estados Unidos los asuntos que competen solo a la soberanía, la independencia y la libre determinación de los cubanos”. El canciller advirtió a Washington que no subestime el nacionalismo cubano ni la capacidad de respuesta popular ante una eventual agresión militar. “Cuba sería un avispero. Cuba sería una trampa mortal. Cuba sería escenario de la guerra de todo el pueblo si el imperialismo estadounidense osara atacarnos”, vaticinó, y añadió: “Cuba se defiende con las ideas y se defenderá con las armas”. Pese al tono desafiante, Rodríguez llamó a la cordura: “Si bien nos preparamos para cualquier eventualidad, incluso para una agresión militar directa, confiamos en que prevalezca el sentido común antes de iniciar una aventura tan riesgosa”. Las declaraciones se producen horas después de que Trump afirmara el viernes que primero terminará con el “trabajo” en Irán antes de volcar su atención sobre Cuba. Paralelamente, la Casa Blanca emitió una nueva orden ejecutiva que amplía el alcance de las sanciones a cualquier persona o empresa no estadounidense que mantenga relaciones comerciales con La Habana, especialmente en energía, defensa, seguridad y finanzas. Desde enero, Washington ha intensificado el bloqueo petrolero, impidiendo casi por completo la entrada de crudo y combustibles. Los apagones se han multiplicado y la economía cubana muestra signos de parálisis. Ambos gobiernos han reconocido contactos diplomáticos en las últimas semanas, pero sin avances públicos. “No hay nada que negociar sobre nuestro sistema”, zanjó el canciller.

“La Patria se defiende con fusil en mano si es necesario”: Raúl Castro vuelve a la tribuna para liderar un 1° de Mayo sin reclamos laborales

El expresidente cubano, de 94 años, reapareció en La Habana en un acto volcado a la defensa nacional frente a EE.UU., donde se entregaron más de 6,2 millones de firmas contra la intervención militar. La jornada, bajo el lema “La Patria se defiende”, reunió a decenas de miles de personas y priorizó la soberanía sobre las reivindicaciones obreras. Por Theo N. Guzmán LA HABANA – Con 94 años a cuestas y un simbolismo que aún pesa en la historia de la revolución, Raúl Castro volvió a ocupar este viernes un lugar central en el Primero de Mayo cubano. No fue para hablar de salarios ni condiciones laborales. Su aparición pública —la primera desde el recibimiento a los restos de los 32 militares cubanos asesinados, cuando el secuestro de Nicolás Maduro en Caracas— sirvió para sellar el mensaje del día: la defensa de la soberanía ante una posible intervención militar de Estados Unidos. El general retirado y expresidente se ubicó en la Tribuna Antiimperialista José Martí, justo frente a la Embajada de EE.UU. en La Habana. Allí, junto al presidente Miguel Díaz-Canel, el histórico dirigente José Ramón Machado Ventura y otros altos cargos del Partido Comunista, recibió dos libros que, según el Gobierno, contienen más de 6,2 millones de rúbricas reunidas por la iniciativa oficial “Mi firma por la Patria”. El acto, convocado por la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), reunió a decenas de miles de asistentes en la capital. Las cifras oficiales hablaron también de más de 800 representantes extranjeros de 38 países y delegaciones de 152 organizaciones sindicales y solidarias. Pero el tono no fue el de la fiesta obrera de antaño. Bajo el lema “La Patria se defiende”, la jornada viró hacia una concentración geopolítica. “Cuba es una isla insumisa. La Patria se defiende, incluso, con fusil en mano si fuera necesario”, advirtió el dirigente sindical Osnay Colina, encargado de las palabras centrales. A su alrededor, banderas y carteles repetían consignas contra Washington, sin espacio para pedidos de aumentos salariales o críticas a la compleja situación económica que atraviesa el país. “Reconocemos que tenemos que resolver muchos problemas en Cuba, pero no permitiremos la intervención de nadie en la solución de nuestras dificultades internas”, dijo a este periodista el habanero Oscar Mederos al salir de la marcha. La narrativa oficial se había venido construyendo desde una semana atrás. EE.UU. ha endurecido su presión sobre la isla desde enero pasado, con un bloqueo petrolero que agudizó la crisis estructural cubana. En los últimos días, Washington advirtió que no tolerará bases militares o de inteligencia de “adversarios” como China en la isla, mientras La Habana califica esos argumentos como “pretextos falaces” para justificar una intervención. El Primero de Mayo en Cuba fue durante décadas el escenario de los extensos discursos de Fidel Castro. Allí, en el año 2000, el comandante pronunció su célebre “concepto de revolución”. Este 2026, el acto fue breve en palabras pero contundente en símbolos: la reaparición de Raúl, la tribuna frente a la embajada estadounidense y la firma colectiva como escudo. No hubo reclamos laborales. El mensaje fue otro: la defensa, antes que todo.

Cuba enciende sus luces en medio de la tormenta: el sistema eléctrico nacional renace paso a pas

La isla activa microsistemas energéticos para garantizar servicios vitales, mientras denuncia el impacto del bloqueo estadounidense como factor agravante en la crisis. El gobierno moviliza sus recursos técnicos y humanos para recuperar la estabilidad tras un nuevo apagón total. umbral.local/ | Redacción Internacional   La Habana — En medio de un escenario de extrema fragilidad técnica y con la sombra persistente del cerco económico externo, Cuba ha comenzado a trazar la senda del restablecimiento de su Sistema Electroenergético Nacional (SEN). El Ministerio de Energía y Minas informó este domingo que las plantas energéticas de Varadero y Boca de Jaruco ya se encuentran en funcionamiento, un primer respiro en la compleja operación de rescate del sistema tras sufrir una nueva desconexión total. A través de su cuenta oficial en la red social X, la entidad gubernamental detalló que también se logró llevar corriente a las centrales termoeléctricas (CTE) de Santa Cruz y Carlos Manuel de Céspedes, donde ya se trabaja en el arranque de la unidad 3 de esta última. Paralelamente, se ha dado prioridad a la formación de microsistemas en cada territorio, con el objetivo de sostener los servicios básicos —hospitales, acueductos y centros vitales— mientras avanza la recuperación general. La víspera, el SEN colapsó nuevamente tras la salida de la Unidad 6 de la termoeléctrica de Nuevitas, en Camagüey, un incidente que desencadenó un efecto dominó que apagó todas las máquinas que se encontraban en línea. De inmediato, según reportó la Empresa Eléctrica de La Habana en Telegram, se activó un protocolo de recuperación gradual, articulado desde el Despacho Nacional de Carga con el concurso de las provincias, las tecnologías de generación distribuida y la Unión Cuba Petróleo. En medio de esta coyuntura, el primer ministro Manuel Marrero reconoció en sus redes sociales la crudeza del momento. “Este proceso tiene lugar en medio de circunstancias muy complejas”, señaló el también miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba, al tiempo que subrayó la capacidad de los trabajadores eléctricos de la isla para sobreponerse a la adversidad. El mensaje encontró eco en las palabras de Roberto Morales Ojeda, otro integrante del máximo órgano de dirección del Partido, quien desde Facebook advirtió que las difíciles condiciones operativas del sistema —agravadas por la falta de combustible derivada del “cerco energético” impuesto por Estados Unidos— propician la recurrencia de fenómenos de esta naturaleza. En su pronunciamiento, Morales Ojeda destacó lo que calificó como la heroicidad del pueblo y el gobierno cubano para resistir lo que definió como un bloqueo “injusto y criminal”. Mientras la isla avanza en la titánica tarea de restaurar la normalidad eléctrica, la narrativa oficial insiste en una dualidad: la fortaleza técnica de sus ingenieros y la asfixia provocada por un cerco exterior que, según las autoridades, convierte cada intento de recuperación en un acto de resistencia.

\»Genocida, criminal e inhumano\»: el grito de Cuba contra el cerco que la asfixia

En medio del recrudecimiento del bloqueo y las presiones de Washington sobre América Latina, Miguel Díaz-Canel recibe en La Habana al Convoy Nuestra América, una oleada solidaria de 650 activistas de 30 países que desafían el cerco imperial con donativos, banderas cubanas y la promesa de defender la isla con las armas si fuera necesario. \»Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución\», sentenció el mandatario. Por: JULIO GUZMÁN ACOSTA Hay momentos en que la historia se concentra, se vuelve densa como la humedad del trópico, y en cada esquina de La Habana Vieja se respira algo más que el azúcar quemado de los barcos en la bahía. Este viernes fue uno de esos días. El presidente Miguel Díaz-Canel, con la voz entera y la mirada fija en un horizonte que se obstina en cercarlo, recibió a centenares de políticos, intelectuales y activistas que llegaron a la isla no con las manos vacías, sino con la generosidad a cuestas y la convicción de que el aislamiento, esa vieja apuesta imperial, puede ser derrotado con puentes de solidaridad. Ellos conforman el Convoy Nuestra América, una iniciativa que en su décimo aniversario —cuando Barack Obama pisó La Habana en un deshielo que nunca culminó— se presenta como un desafío tangible al cerco. Más de 650 personas de 30 países, envueltas en guayaberas y banderas cubanas, colmaron el acto de recibimiento. \»Cuba, Cuba, Cuba; libre y testaruda\», coreaban mientras alzaban carteles que decían: \»Levanten el bloqueo en Cuba\» y \»Cuba vencerá\». En medio de ellos, también ondeaban banderas de Palestina, como si las resistencias del mundo hubieran decidido citarse en el mismo lugar. El presidente no escatimó calificativos para referirse al embargo que durante más de seis décadas ha asfixiado a la isla y que, en las últimas semanas, Washington ha recrudecido con una virulencia que muchos califican de exponencial. Lo llamó \»genocida, criminal e inhumano\». Y su voz se hizo más grave al denunciar la \»brutal\» presión de Estados Unidos sobre los gobiernos de América Latina para que se sumen al aislamiento. Sin mencionar nombres, señaló las decisiones recientes de Ecuador y Costa Rica de romper en la práctica sus relaciones diplomáticas con Cuba, y la salida de las misiones médicas de países vecinos como Jamaica, Guatemala y Honduras. \»Lamiéndole la bota a los representantes del imperio\», dijo de aquellos que, según su visión, se subordinan vergonzosamente a las órdenes de aislar a Cuba. Pero no fue solo un discurso de denuncia. Díaz-Canel, con la solemnidad de quien sabe que las palabras también son un campo de batalla, se detuvo en la realidad concreta del sistema sanitario cubano: más de 96.000 pacientes esperando una operación, 11.000 de ellos niños. Esa cifra, fría como un quirófano vacío, fue el argumento para preguntarse en voz alta: \»¿Cómo es posible que una nación tan poderosa tenga que acudir a la mentira para asesinar la reputación de un país?\». Y remató con una máxima que parece salida de un manual de resistencia: \»Como decía el Che, del imperialismo no se puede fiar uno ni tantito así\». El momento más simbólico de la jornada llegó cuando el presidente entregó al cantautor Silvio Rodríguez un fusil AKM —el mismo que el trovador había solicitado para defender a Cuba si Estados Unidos se lanza—. Ada Galano, miembro de la organización Mujeres contra la Guerra, hizo la misma promesa: \»Tengan prontas nuestras AKM, porque como hoy venimos con medicinas, mañana venimos con las armas si es necesario\». Díaz-Canel sonreía emocionado ante la declaración de la cubano-italiana. Era la sonrisa de quien sabe que la lealtad no se compra y que la solidaridad, a veces, se viste de acero. \»Esta es una caravana de dignidad\», celebró el presidente mirando a los líderes con los que se había reunido previamente en una jornada que describió como \»de infarto\». \»Ustedes construyen los puentes que el imperio no puede destruir. Esto desmonta la falacia yanki de que Cuba está sola\». Entre los asistentes destacaba Medea Benjamin, fundadora de la ONG Code Pink, quien quiso dejar claro que Donald Trump no representa al pueblo de los Estados Unidos. \»Vamos a volver a nuestro país con los relatos de lo que estamos viendo y viviendo aquí para convencer a los que gobiernan para que acaben con esa política tan cruel e inhumana\», exclamó. Más contundente fue Michele Curto, activista italiano: \»Si me tocara a mí vivir en esta situación no aguantaba ni 15 días. Y si él [Donald Trump] dice que con gusto va a tomarse la isla, con más gusto la vamos a defender\». El Convoy Nuestra América cuenta con el respaldo de la Flotilla Global Sumud, conocida por su labor en la Franja de Gaza, y de figuras como la activista sueca Greta Thunberg. Aunque estaba previsto que llegara a La Habana este sábado, problemas administrativos y climáticos han retrasado el arribo. Parte de los tripulantes zarparon alrededor de las 15.15 hora local y calculan que la travesía durará al menos 58 horas. Estiman llegar el domingo en la noche o el lunes. Los donativos que traen como equipaje —costeados de su propio bolsillo— serán entregados a través del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), que se encargará de que la ayuda llegue directamente a la población y a los centros médicos de la isla. Fernando González, al frente del Instituto, celebró la capacidad de convocar y traer ayuda en este momento crítico. \»Cada uno de ustedes con su voz nos devuelven la certeza de que la lucha por la justicia no es solitaria\», dijo antes de lanzar un desafío: \»Nos quieren ver rendidos y en el suelo, pero la historia será el mejor testigo: No lo lograrán. Aquí hay un pueblo dispuesto a defender incluso con la vida los logros de la Revolución. Si algo define a los cubanos no es la escasez que nos imponen, sino la capacidad de resistir\». Mientras las banderas seguían ondeando en la tarde habanera, Díaz-Canel insistió en una idea que el Ejecutivo repite como

Cuba Convertida en el Muro de la Dignidad 

Hay momentos en la historia de las naciones en que las palabras se convierten en la primera trinchera. A veces, la única. Ayer, desde La Habana, Miguel Díaz-Canel ocupó esa posición con la firmeza de quien sabe que, detrás de su voz, se yergue un pueblo que ha hecho de la resistencia su principal divisa. \»Cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable\», advirtió el mandatario cubano. Y no era retórica. Era la historia hablando por su conducto. Porque si algo ha demostrado Cuba a lo largo de más de seis décadas es que la dignidad no se rinde, no se pliega, no se negocia. Lo han intentado todo contra la isla: invasiones, atentados, terrorismo, aislamiento, asfixia. Y, sin embargo, ahí está. De pie. Con las heridas abiertas por un bloqueo que es, en esencia, el castigo más prolongado y cruel que se haya infligido jamás a pueblo alguno, pero con la frente en alto. Las declaraciones de Donald Trump, manifestando su deseo de \»tomar o liberar\» Cuba, no son una simple bravata de quien se siente con derecho a disponer del destino de otras naciones. Son la expresión más cruda de una mentalidad imperial que nunca ha terminado de asumir que Cuba no es una propiedad, ni un feudo, ni una pieza de caza mayor. Es una patria. Con toda la carga de soberanía, de historia y de sacrificio que esa palabra encierra. Llama poderosamente la atención, eso sí, el contraste entre el tono de la respuesta de Díaz-Canel y la disposición al diálogo que el propio gobierno cubano había mostrado apenas días antes. El viernes, el presidente cubano admitía conversaciones con representantes de la Administración republicana, en busca de un entendimiento sobre bases de igualdad y respeto mutuo. El domingo, Trump confirmaba esos contactos. Pero el lunes, el inquilino de la Casa Blanca ya estaba hablando de \»tomar\» la isla. Algo se rompió en el camino. O quizá no. Quizá lo que ocurrió es simplemente que el rostro amable de la diplomacia dejó paso al rostro real del poder cuando se siente con la fuerza suficiente para imponer sus condiciones. Las filtraciones sobre una transición sin Díaz-Canel al frente, emulando el modelo aplicado en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, despejan cualquier duda sobre las verdaderas intenciones de Washington. No se trataba de negociar. Se trataba de rendir. Y Cuba no se rinde. Esa es la lección que el imperio parece no terminar de aprender. Puede que la economía esté debilitada, que las dificultades sean inmensas, que el pueblo cubano lleve demasiado tiempo soportando lo insoportable. Pero rendirse no es una opción. No lo fue en Playa Girón. No lo fue en los años del Período Especial. No lo será ahora. Marco Rubio, desde su posición de secretario de Estado, ha condicionado cualquier acercamiento a que La Habana realice \»cambios drásticos\» en su política económica. Lo hace, además, justo cuando el gobierno cubano anuncia su disposición a entablar una relación comercial fluida con empresas estadounidenses. Es decir, cuando da un paso al frente en la dirección que supuestamente se le reclama. La respuesta es más exigencias. Siempre más. Porque el objetivo no es el cambio, sino la rendición. Conviene recordar, aunque parezca obvio, que Cuba es un país independiente. Que sus problemas, que son muchos y profundos, deben ser resueltos por los cubanos que habitan la isla, no por burócratas sentados en Washington ni por políticos que ven en la isla un trofeo que exhibir ante sus electores. El aporte que legítimamente corresponde hacer a Estados Unidos no es la injerencia, ni las amenazas, ni los ultimátum. Es, sencillamente, la eliminación de ese bloqueo criminal que durante más de sesenta años ha sofocado la economía cubana y lastrado el bienestar de su pueblo. Todo lo demás es ruido. Un ruido que, ayer, encontró enfrente un muro. No de silencio, sino de fuego retórico. El muro de la dignidad. Ese que los cubanos llevan construyendo, piedra sobre piedra, desde mucho antes de que a nadie en la Casa Blanca se le ocurriera que la isla podía ser tomada como quien toma una mesa de juego. Que quede claro: Cuba no se toma. Se respeta. Y si algo ha demostrado su historia reciente es que, contra todo pronóstico, contra toda lógica del poderoso, contra toda asfixia, la resistencia sigue siendo inexpugnable. Díaz-Canel lo ha dicho. La historia lo avala. Y el pueblo, ese pueblo que llena las gradas de los estadios de Miami cuando juega la selección de béisbol, que envía remesas a sus familiares, que mantiene viva la llama de la cubanía a pesar de la distancia, lo sabe mejor que nadie. El muro está en pie. Y no será un tuit, por altisonante que sea, el que consiga derribarlo.

Díaz-Canel Erige un Muro de Fuego Retórico Frente a Trump: “Cualquier Agresor Externo Chocará con una Resistencia Inexpugnable”

El mandatario cubano responde con inusitada dureza a las declaraciones del presidente estadounidense, quien manifestó su deseo de \»tomar o liberar\» la isla, en una escalada diplomática que contrasta con los recientes contactos entre ambos gobiernos para explorar un acercamiento bilateral. Por: JULIO GUZMÁN ACOSTA  La Habana ha roto su silencio con la contundencia de quien se sabe observado desde el poderoso vecino del norte. El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, elevó este martes el diapasón de su discurso hasta alcanzar notas de una gravedad poco comunes, erigiéndose en baluarte de la soberanía insular frente a lo que calificó como amenazas públicas y sistemáticas provenientes de la Casa Blanca. En una extensa declaración difundida a través de sus redes sociales, el mandatario cubano lanzó una advertencia directa al expresidente y actual inquilino del Despacho Oval, Donald Trump: \»Cualquier agresor externo que avance sobre la isla chocará con una resistencia inexpugnable\». La respuesta de Díaz-Canel, envuelta en la prosa encendida de quien invoca la historia patria, no es un hecho aislado, sino la culminación de una semana de tensiones diplomáticas que han transitado de los cauces discretos de la negociación al estruendo de las declaraciones públicas. El detonante inmediato fueron las palabras de Trump el pasado lunes, cuando, ante periodistas congregados en el Salón Oval, manifestó sin ambages que tendría \»el honor\» de \»tomar o liberar Cuba\». \»Creo que puedo hacer lo que quiera con ella. Es una nación muy debilitada en este momento\», agregó el mandatario republicano, en una afirmación que ha sido interpretada en La Habana como una amenaza existencial. \»Estados Unidos amenaza públicamente a Cuba, casi a diario, con derrocar por la fuerza el orden constitucional\», escribió Díaz-Canel en su alegato. \»Y usa un indignante pretexto: las duras limitaciones de la debilitada economía que ellos han agredido y pretendido aislar hace más de seis décadas\». Con estas palabras, el presidente cubano no solo respondía a la bravata trumpista, sino que tejía un argumento histórico que sitúa el actual momento de crisis como consecuencia directa de la política de asfixia económica mantenida por sucesivas administraciones estadounidenses. El mensaje presidencial denuncia que desde Washington \»pretenden y anuncian planes para adueñarse del país, de sus recursos, de las propiedades y hasta de la misma economía que buscan asfixiar para rendirnos\». \»Solo así se explica\», abundó Díaz-Canel, \»la feroz guerra económica que se aplica como castigo colectivo contra todo el pueblo\» de Cuba, en una clara referencia al bloqueo que pesa sobre la isla desde hace más de sesenta años. La aspereza del tono empleado por el mandatario cubano contrasta de manera notable con la moderación mostrada apenas cuatro días antes. El pasado viernes, en unas declaraciones que sorprendieron por su talante conciliador, Díaz-Canel había admitido que su gobierno sostenía conversaciones con representantes de la Administración republicana. \»En los intercambios que se han sostenido, la parte cubana ha expresado la voluntad de llevar a cabo este proceso, sobre bases de igualdad y respeto a los sistemas políticos de ambos Estados, a la soberanía y a la autodeterminación de nuestros gobiernos\», manifestó entonces el presidente, en un tono que invitaba al entendimiento bilateral. Aquel primer gesto de apertura, que parecía indicar una disposición al diálogo en medio de la debacle económica que atraviesa la isla, encontró eco al otro lado del estrecho de la Florida. El domingo, el propio Trump confirmó la existencia de esos contactos y reveló que Cuba quería \»llegar a un acuerdo\». Sin embargo, la aparente ventana de entendimiento se cerró con estrépito apenas veinticuatro horas después, cuando el presidente estadounidense lanzó su provocadora idea de \»tomar Cuba\», acompañada de filtraciones a la prensa que apuntaban a un escenario de transición política sin Díaz-Canel al frente, siguiendo el modelo aplicado en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro y el apoyo a Delcy Rodríguez como \»presidenta encargada\». La escalada diplomática continuó este mismo martes con un nuevo frente abierto por el secretario de Estado, Marco Rubio. El funcionario estadounidense condicionó cualquier acercamiento a que La Habana realice \»cambios drásticos\» en su política económica. Esta exigencia se produjo horas después de que el gobierno cubano anunciara su disposición a entablar una relación comercial \»fluida\» con empresas estadounidenses, en lo que constituía un gesto de apertura sin precedentes recientes. En el trasfondo de este tenso intercambio de declaraciones subyace una realidad incontrovertible: Cuba es un país independiente y, como tal, las soluciones a sus problemas deben ser encontradas por los cubanos que habitan la isla, sin injerencias externas que pretendan tutelar su destino. El aporte que legítimamente corresponde hacer a Estados Unidos para aliviar la crisis que atraviesa la nación caribeña no es otro que la eliminación del criminal bloqueo que durante más de seis décadas ha sofocado su economía y lastrado el bienestar de su pueblo. Mientras tanto, la retórica incendiaria y las amenazas de intervención no hacen sino alejar la posibilidad de un entendimiento que, a juzgar por los recientes contactos, ambas partes parecían estar explorando en la intimidad de los canales diplomáticos.

El crimen de la luz: Cuba ante la agonía impuesta

La noche cubana ya no es la de los bares de La Habana ni la de los malecones iluminados por la luna. Es una noche densa, total, impuesta. Una oscuridad que no nace de la voluntad de sus habitantes ni de un capricho de la naturaleza, sino de la maquinaria más implacable que haya conocido la política exterior moderna: el bloqueo de Estados Unidos, ese cerco criminal que durante más de sesenta años ha pretendido rendir por hambre a un pueblo que solo defiende su derecho a existir con dignidad. Lo que ocurre hoy en Cuba no es una crisis energética más. Es una ejecución programada. Desde que el pasado 29 de enero la administración Trump declarara la "emergencia nacional" para la isla, amenazando con sanciones a cualquier país que se atreva a proveerle combustible, el grifo del mundo se ha cerrado para los cubanos. Tres meses sin que entre una sola gota de petróleo. Tres meses de asfixia calculada, de apagones que superan las veinte horas diarias, de hospitales operando a tientas, de niños estudiando a la luz de velas, de abuelos muriendo en silencio porque la oscuridad también apaga los respiradores. Este lunes, el sistema eléctrico colapsó por completo. Un apagón total sumió a la isla en la Edad Media mientras, al otro lado del estrecho, el presidente de Estados Unidos fantaseaba desde su escritorio con "tomar Cuba" porque, según sus propias palabras, "tiene una tierra linda y vistas lindas". La frivolidad del poderoso que observa el hambre ajena como quien contempla un atardecer desde su balcón. No nos engañemos. El bloqueo no es una medida política. Es un acto de guerra en tiempos de paz. Es la negación deliberada del derecho más básico: el derecho a vivir. Durante seis décadas, Washington ha perfeccionado este mecanismo de destrucción masiva, blindándolo con leyes extraterritoriales, intimidando a gobiernos, persiguiendo barcos, congelando cuentas y castigando a empresas que osen comerciar con la isla. El objetivo nunca ha sido "promover la democracia", como repiten los voceros de turno. El objetivo ha sido, y sigue siendo, doblegar la dignidad de un pueblo que cometió el imperdonable pecado de querer ser libre. Y ahora, en su arrogancia, pretenden además decidir quién debe gobernar la isla. Las filtraciones a la prensa neoyorquina hablan de exigencias inaceptables: la cabeza del presidente Miguel Díaz-Canel como condición para cualquier acuerdo. Como si los cubanos fueran marionetas cuyo hilo puede ser cortado desde el norte. Como si la historia de resistencia de una nación entera pudiera resumirse en un cambio de nombre en la tarjeta de presentación de La Habana. Desde este medio dominicano, que conoce bien el peso de las intervenciones y el sabor amargo de las imposiciones, hacemos un llamado a los pueblos y gobiernos del mundo. No se trata de simpatías ideológicas. Se trata de humanidad elemental. Se trata de mirar a once millones de seres humanos condenados a la oscuridad por la soberbia de un imperio que no tolera la desobediencia. América Latina y el Caribe tienen una deuda histórica con la solidaridad. No podemos permitir que, en nuestro propio patio, se consume un crimen de lesa humanidad con la complicidad del silencio. Los puertos de la región deben abrirse al combustible que Cuba necesita. Los cancilleres deben alzar la voz en todos los foros internacionales. La Organización de Naciones Unidas, que año tras año condena el bloqueo por mayoría abrumadora, debe pasar de las resoluciones simbólicas a las acciones concretas. Porque lo que está en juego no es un gobierno ni un modelo económico. Lo que está en juego es la vida misma. La vida de una madre que no puede cocer los frijoles porque no hay gas. La vida de un enfermo que depende de un respirador eléctrico. La vida de un niño que merece crecer sin que la oscuridad sea su única maestra. El bloqueo es un crimen. Y los crímenes, cuando son prolongados en el tiempo, no se convierten en política. Se convierten en barbarie. Es hora de que el mundo despierte y diga basta. Es hora de que la luz vuelva a Cuba. No como concesión, sino como derecho. Que la comunidad internacional actúe. Que los pueblos se movilicen. Que la dignidad cubana no sea apagada por la fuerza bruta de quienes solo entienden el lenguaje del dominio. umbral.local/ se suma a la voz de los que exigen justicia. Por Cuba. Por el Caribe. Por la humanidad.

La obsesión del águila: Trump y la locura de querer \»tomar\» una isla que ha sido sometida a un criminal bloqueo

Hay una dosis de irrealidad que flota sobre el Potomac en estas tardes de invierno, una suerte de espejismo imperial que nubla la visión de quienes, desde la majestuosidad del Despacho Oval, creen poder reconfigurar el mapa del Caribe con la misma facilidad con la que se traza una línea sobre un mapa de pacotilla. El lunes, desde la santidad de su escritorio, el presidente Donald Trump miró hacia el sur y vio, no una nación con una historia de resistencia de más de seis décadas, sino un territorio yermo y propicio para la codicia. \»Será un gran honor para mí tomar Cuba\», sentenció, como quien anuncia la adquisición de una propiedad vacacional. \»Puedo hacer lo que quiera con ella\». Por Julio Guzmán Acosta La frase, pronunciada con la displicencia del viajero que elige un destino turístico por sus \»vistas lindas\» y su \»gran clima\», no es una mera bravuconada. Es la punta de lanza de una estrategia que huele a naftalina de la Guerra Fría, pero que se ejecuta con la frialdad de un corte de suministros. Washington ha decidido asfixiar a la isla hasta el último candil, y lo ha logrado. Desde hace tres meses, ni una gota de combustible foráneo mancha las costas cubanas. El resultado es un apagón total, un silencio eléctrico que cayó sobre la isla este mismo lunes, sumiendo a once millones de personas en la oscuridad y el desconcierto mientras el inquilino de la Casa Blanca fantaseaba con sus playas. Pero la locura que guía esta política tiene un libreto que va más allá del bloqueo energético. The New York Times reveló ayer, en sincronía perfecta con las bravatas presidenciales, que los negociadores enviados por Washington han puesto una condición innegociable sobre la mesa: la cabeza del presidente Miguel Díaz-Canel. Según cuatro fuentes anónimas familiarizadas con las conversaciones —esas voces que siempre pueblan los pasillos del poder sin mostrar el rostro—, la salida del mandatario cubano es el primer paso para cualquier entendimiento futuro. A partir de ahí, como en un mal chiste, \»sería cosa de los dirigentes de la isla decidir los siguientes pasos\». La jugada es tan burda como peligrosa. Se pretende repetir el libreto venezolano, donde la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Nueva York sirvió como trofeo de caza para la galería interna. Sin embargo, la Habana no es Caracas, y el fantasma de Fidel Castro, a ocho años de su muerte, sigue pesando más que cualquier cálculo electoral en Miami. El exilio cubano más ortodoxo, ese que ha financiado campañas y dictado líneas rojas durante décadas, observa con recelo. No se conforman con la caída de Díaz-Canel; ellos exigen la erradicación total del castrismo. Y el castrismo, en la figura del nieto del nonagenario Raúl Castro —conocido en los círculos de inteligencia como El Cangrejo—, sigue sentado a la mesa de negociación junto al secretario de Estado, Marco Rubio. Una ironía digna de una novela de Graham Greene: los halcones del exilio negocian el futuro de la isla con la misma familia que juraron derrocar. Mientras tanto, en Cuba, la realidad se impone con la crudeza de una cazuela vacía. El hambre, la falta de transporte y las jornadas de hasta veinte horas sin luz han encendido la mecha de la desesperación. El viernes, la sede del Partido Comunista en Morón ardió en llamas, incendiada por jóvenes que ya no distinguen entre el vandalismo y la protesta. El gobierno de Díaz-Canel, atrapado entre la asfixia externa y el descontento interno, ha optado por una rendija de apertura: los cubanos residentes en el exterior —sobre todo en Estados Unidos— podrán volver e invertir en el sector privado. Una reforma económica que huele más a tabla de salvación que a convicción ideológica. Trump, sin embargo, no quiere reformas. Quiere una conquista. Quiere una foto en la Casa Blanca con un gobierno títere que le permita presumir ante la historia que fue él quien doblegó a la última isla rebelde. \»Es una nación fallida\», repitió el lunes, como un mantra que justifica la intervención. \»No tienen dinero, no tienen nada. Tienen una tierra linda\». Y es ahí, en esa mirada de terrateniente, donde reside la verdadera locura de Washington. Confundir la resiliencia de un pueblo con la ausencia de recursos. Creer que una isla se \»toma\» como se toma una trinchera, sin entender que Cuba, incluso a oscuras, sigue siendo una idea. Y las ideas, señor presidente, no se conquistan con bloqueos. Se siembran, se combaten o se negocian. Pero jamás se toman.

Pretender replicar lo de Venezuela en Cuba es una aventura destinada a fracasar

Después de la captura y secuestro del presidente Nicolás Maduro Moro y su compañera Cilia Flores, los ojos de Donard Trump, están puestos sobre Cuba. Concluida la acción terrorista de la administración Trump en Venezuela, el comando Sur de EEUU ha trasladado parte de sus barcos de guerras hacia aguas, al norte de Cuba, lo que,  junto  al reciente intento de un grupo de mercenarios de penetrar a la isla con fines subversivos, evidencian los planes de su administración de tratar de repetir los episodios del pasado 3 de enero en la República Bolivariana de Venezuela. En una reciente declaración de su Majestad Donald III, al ser cuestionado sobre si su gobierno está desempeñando un papel en la caída del gobierno de Miguel Díaz-Canel, dijo: \»Que durante 50 años el derrocamiento de las autoridades cubanas ha sido la cereza del pastel\». Agregando que es solo “cuestión de tiempo” antes de que los cubanos estadounidenses puedan regresar a su país natal, lo que sería después de la guerra con Irán. Por lo que no es descartable el rumor que igual como lo hicieron contra Maduro, la administración de Trump se invente acusaciones y falsos cargos contra las principales figuras del régimen cubano, para encubrir sus planes de agresión militar directa contra Cuba. El odio visceral contra el pueblo y la revolución cubana que expresa el esquizofrénico y desquiciado de DonaldTrump, sobrepasa los límites de la razón para caer en una obsesión demencial, superando todos los límites y las medidas que en 66 años han aplicado 13 presidentes y 16 administraciones estadounidenses desde Dwight Eisenhower hasta la suya propia. Las medidas de acoso y hostigamiento contra Cuba comenzaron después del triunfo de la revolución cuando en octubre de 1960, el  presidente Eisenhower, impuso un embargo parcial, el que fue incrementado y endurecidodespués del fracaso de la fallida invasión de Playa Girón el 17 de abril de 1961, donde tropas mercenarias reclutadas y financiadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA),fueron derrotadas en 72 horas por las Fuerzas Armadas de la Revolución lideradas personalmente por su Comandante y líder Fidel Castro Ruz; decidida esta vez por la administración de John F. Kennedy mediante la Orden Ejecutiva 3447, del 3 de febrero de 1962. Dicha ordenanza prohibió casi todo comercio, congeló activos cubanos y buscó el aislamiento internacional de la revolución y el pueblo cubano, para su posterior derrocamiento; tratando de lograr lo que no pudieron sus mercenarios, y no han logrado las administraciones estadounidenses en 66 años con ese abusivo y criminal embargo económico y financiero. La política de asfixia y estrangulamiento contra la revolución y el pueblo cubano ha sido una constante de todas las administraciones estadunidense, posteriores a la revolución, no importando fueran demócratas o republicanas. Muestra de esto, fue que en la administración demócrataBill Clinton en 1996,  se aprobó La Ley Helms-Burton, para endurecer el embargo, sancionando a toda empresa o país que hiciera cualquier tipo de transacción comercial, económica o financiera con Cuba, dándole categoría de Ley, lo que implicaba que ningún presidente pudiera levantarlo sin la previa aprobación del Congreso. Que lo hizo extraterritorial, permitiendo demandar en tribunales de EEUU a empresas extranjeras que hagan cualquier negocio con las empresas recuperadas por la revolución. Que restringió la entrada a EEUU a empresarios que invirtieran en Cuba Pero es indudable,  que el que ha actuado con la mayor saña, ha sido el  mitómano  Donald Trump,  que en su pasado periodo presidencial 2017-2021, dispuso de unas 243 medidas  para endurecer, estrangular y asfixiar al pueblo y la revolución;    las que ha causado pérdidas millonarias al pueblo de Cuba,  afectando áreas sensibles como la salud, la educación, la  agricultura,  energía,  el  turismo, las remesas, el desarrollo tecnológico y científico,  y otros renglones básicos para su desarrollo. Que nuevamente instigada por la gusanera cubana de Miami, que dirige Marco Rubio, su  administración, ha dictado 26 nuevas medidas, en busca de doblegar yquebrantar la voluntad y la dignidad del pueblo cubano de persistir en el camino de la revolución, trazado por Fidel y continuado por Raúl Castro y Diaz Canel. El cerco con el que las administraciones estadounidenses han pretendido derrotar la revolución cubana no la ha tenido ningún pueblo, ni ciudad en la historia. Nunca a lo largo de la historia de la humanidad ningún pueblo o país ha resistido por tan largo tiempo una situación de cerco y aniquilamiento como el de Cuba. No lo fue, el cerco de 20 años que los otomanos hicieron a la cuidad de Candía en la  antigua Creta; no lo fue  el de Ceuta; asediada por España por casi 30 años, ni lo fue el de la heroica ciudad de Leningrado, cuna de la revolución bolchevique, sitiada por tropas alemanas por 872 días, (2 años  4 meses y 22 días ). Cuba ha sobrevivido a un cerco con fines de aniquilamiento de 66 años, (792 meses, 3,168 semanas,23,760 días y 570,240 horas) y los imperialistas no han podido ni pondrán vencer la voluntad y la dignidad del pueblo cubano y su gobierno. Frente al coraje y la hidalguía, Trump pretende replicar en Cuba, con otra dimensión, el guion venezolano, mediante una agresión armada, tratando de repetir lo de Girón, perosin la máscara de los mercenarios; sino mediante sus fuerzas del Comando Sur, comisionado para tal misión. Ante esta nueva escala de agresión, el pueblo, el gobierno y la revolución resistirán, y los planes de Trump y los halcones del Pentágono de repetir la acción del 3 de enero en Venezuela fracasarán, porque el pueblo cubano ha resistido seis décadas de acoso y conspiración constante. Porque en Cuba hay una dirección colegiada en las manos diestras de Raúl Castro y Díaz Canel, que ha continuado tras la muerte de Fidel. Un partido y un pueblo unificados alrededor de su gobierno, dispuesto a defenderlo pese las dificultades materiales que han producido el criminal embargo. Que lo sepan Trump y Marco Rubio, Cuba no está sola, cuenta con el apoyo solidario de todos los pueblos del

El Club de la Doctrina Donroe: Trump erige en Miami un “Escudo” para blindar la hegemonía de EE.UU. frente a los pueblos de América

  En una cumbre celebrada en su campo de golf de Doral, el mandatario republicano reúne a doce líderes de la ultraderecha continental con el objetivo de declarar una guerra santa contra la migración, blindar el suministro de petróleo saqueado en Venezuela y trazar un cerco militar y económico contra la injerencia china, en un explícito retorno al Monroe del “América para los americanos” que concibe a Latinoamérica como patio trasero y botín de guerra. ANÁLISIS / POR JULIO GUZMÁN ACOSTA No fue en la solemnidad de una cancillería ni bajo los candelabros de la Organización de Estados Americanos. Fue en el green de un club de golf en Doral, Miami, donde la hierba artificialmente perfecta y los lagos ornamentales sirvieron de alfombra para lo que la nueva Casa Blanca ha bautizado como el “Escudo de las Américas”. Bajo un sol de Florida que no logra calentar las gélidas entrañas de la realpolitik, Donald Trump ha tejido esta semana una alianza a su imagen y semejanza: una docena de mandatarios de la derecha latinoamericana convocados no para dialogar, sino para alinearse. Lo que se presenta como una cruzada contra el narcotráfico y la “inmigración masiva” es, en el fondo, el ensayo general de la doctrina Donroe. Un neo-monroísmo que desempolva el caduco lema del siglo XIX —“América para los americanos”— pero traducido al lenguaje del siglo XXI: América para los intereses de Washington. La cumbre es la certificación de que para esta administración, la política exterior no es un puente, sino un ariete. Detrás del eslogan de combatir a los “carteles narcoterroristas” se esconde una operación de control geopolítico total. Mientras el Pentágono, a través del Comando Sur, afila sus cuchillos en la recién estrenada Conferencia Anticartel, las bombas ya caen sobre presuntas narcolanchas en el Caribe, dejando un reguero de víctimas que la prensa hegemónica se niega a contar. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo dijo sin ambages en su visita a Doral: o se pliegan a la cruzada occidental y cristiana, o la civilización perecerá. Una retórica apocalíptica que busca justificar lo injustificable: la criminalización de la pobreza que huye y la cosificación de los recursos del sur. Pero si hay un fantasma que sobrevuela los fairways de Miami, ese es el gigante asiático. China, el socio comercial indispensable para tantas economías de la región, se ha convertido en el enemigo a batir. Este Escudo no es solo una barrera contra los migrantes; es una muralla contra los yuanes. Washington, que exige lealtad mientras se retira de organismos multilaterales y condiciona ayudas económicas al resultado electoral que le favorezca, pretende que América Latina rompa sus lazos con Pekín para quedar atada, una vez más, al carro de la dependencia estadounidense. La cumbre es, además, un escaparate de cinismo. En el mismo instante en que Trump alardea del “gran trabajo” del gobierno títere en Venezuela —ese que entrega el petróleo del país a las transnacionales de Houston—, sus asistentes aplauden la caída de regímenes hostiles. No importa que en Honduras se haya interferido descaradamente para indultar a un narcotraficante y torcer el rumbo de las elecciones; el fin —la sumisión— justifica los medios. Este sábado, en Doral, no se está fraguando una alianza para la prosperidad compartida. Se está levantando un escudo, sí, pero para proteger a Washington de la insurgencia de los pueblos que reclaman soberanía. Un escudo que, como el de Aquiles, es brillante por fuera pero forjado en la fragua del dominio. Mientras Trump se prepara para viajar a Pekín a negociar con el dragón, sus lacayos en América Latina quedan encargados de vigilar que la retaguardia no se le subleve. La historia, sin embargo, suele enseñar que los escudos, cuando protegen la injusticia, terminan por hacerse añicos.