Romper los cercos digitales: por una insurgencia tecnopolítica

Frente a este nuevo orden de dominación digital, no basta con la crítica. El pensamiento que no se organiza es letra muerta. Si el Tecnofeudalismo se edifica sobre la concentración de plataformas, la opacidad de los algoritmos y la extracción permanente de datos, entonces la respuesta debe partir de una reapropiación radical de lo digital como bien común. El horizonte no puede ser regular lo existente, sino transformarlo de raíz. No queremos ser siervos con mejores condiciones, sino sujetos emancipados capaces de decidir sobre las herramientas con las que vivimos. Democratización tecnológica: datos como bienes comunes Los datos que generamos con cada clic, búsqueda o conversación no son propiedad privada. Son el producto de una vida colectiva. Por eso, deben ser considerados bienes comunes digitales. Los Estados populares, las comunidades organizadas y los movimientos sociales deben exigir la desmercantilización de los datos personales. No se trata solo de “privacidad”, sino de soberanía. Existen ya propuestas concretas: crear repositorios públicos de datos gestionados democráticamente; establecer límites estrictos a la recolección de información; auditar los algoritmos que gobiernan nuestras vidas. Pero esto solo será posible si logramos una correlación de fuerzas favorable: sin presión popular, ninguna ley tocará los intereses de Google, Meta, Facebook, Amazon y Apple. Tecnología libre y soberanía digital Así como ayer se luchó por la reforma agraria, hoy necesitamos una reforma digital. El software libre no es solo una opción técnica: es una estrategia política. La dependencia de plataformas corporativas nos ata a lenguajes, protocolos y lógicas que no controlamos. Los movimientos populares deben promover el uso y desarrollo de tecnologías libres, seguras y adaptadas a sus propias necesidades. En América Latina, hay experiencias notables: cooperativas tecnológicas, redes comunitarias de internet, sistemas operativos nacionales basados en GNUS/Linux. Son semillas de soberanía digital que deben multiplicarse. Necesitamos alfabetización crítica en tecnologías, no para formar técnicos, sino ciudadanos conscientes del nuevo campo de batalla. Contrahegemonía cultural: desmontar el mito del progreso El Tecnofeudalismo no se impone solo por sus infraestructuras, sino por su relato. Silicon Valley ha construido una narrativa seductora donde todo avance técnico es progreso, y toda crítica, nostalgia. Frente a eso, urge una contrahegemonía cultural que desenmascare el fetichismo digital. Esto implica producir pensamiento, arte, comunicación y pedagogía crítica. Los movimientos deben disputar el sentido común, mostrar que la técnica no es neutra, y que detrás de cada “innovación” hay una lógica de clase, de control político e ideologico y de ganancia. Educar es también organizar. Organización y lucha en el ciberespacio No podemos seguir organizándonos con las herramientas del enemigo sin cuestionarlas. El uso de plataformas extractivistas para hacer militancia es un dilema que debe discutirse abiertamente. ¿Cómo construir redes de comunicación propias? ¿Cómo proteger la información de nuestras luchas? ¿Cómo articular lo digital y lo territorial? Frente a la fragmentación que imponen los algoritmos, debemos tejer comunidad. Frente al aislamiento del scrolling infinito, reaprender el tiempo del encuentro. Frente a la lógica de la personalización, recuperar el nosotros. Internacionalismo digital: una lucha global El dominio digital no conoce fronteras. Por eso, la resistencia tampoco puede conocerlas. Así como las multinacionales tecnológicas operan globalmente, los pueblos deben articularse en redes internacionales de cooperación, denuncia y acción. Existen movimientos como el Digital Rights Watch, The Platform Cooperativism Consortium, o redes de software libre que ya trabajan en ese sentido. En América Latina existe, CELAG y ALBA, Movimientos que han comenzado a poner el tema en el centro. Pero falta mucho. Es hora de una internacional digital de los pueblos, que piense en una alternativa desde el Sur, el Centro y el Caribe con soberanía, justicia y dignidad. Cierre: la dignidad no se automatiza El Tecnofeudalismo quiere hacernos creer que no hay alternativa, que todo está dado, que resistir es inútil. Pero esa resignación también es un algoritmo. Como en otras épocas, se nos impone una dominación vestida de destino. Y como en otras épocas, nuestra tarea es romperla. No se trata de rechazar la tecnología, sino de liberarla del capital. Porque la dignidad no se automatiza. La libertad no se programa. Y la emancipación, una vez más, será obra de los pueblos organizados.
Tecnofeudalismo: la nueva servidumbre digital

Por siglos, el capitalismo ha mutado adaptándose a cada revolución técnica con la voracidad de un sistema que se nutre del trabajo, el deseo y el tiempo de los pueblos. Hoy, esa lógica alcanza un punto de inflexión: no solo trabajamos para consumir, sino que vivimos para generar datos. No vendemos ya nuestra fuerza de trabajo, sino que entregamos —gratis y con obediencia— los fragmentos más íntimos de nuestra existencia a plataformas que nos observan, predicen y moldean. Es la era del Tecnofeudalismo, como lo han llamado críticos contemporáneos como Cédric Durand, Shoshana Zuboff y Yannis Varoufakis. Las grandes corporaciones tecnológicas —Google, Amazon, Meta, Apple— han dejado de ser simples agentes económicos. Hoy son estructuras de poder con capacidades que rivalizan con las de los Estados. No compiten en el mercado: lo administran. No venden productos: gobiernan entornos digitales que capturan nuestra atención, nuestro lenguaje, nuestras emociones y nuestras relaciones. Como en los viejos feudos medievales, imponen su ley sobre vastos territorios virtuales donde todo lo que ocurre deja huellas: datos que son explotados como oro líquido del siglo XXI. Zuboff ha descrito este proceso como capitalismo de vigilancia: un orden en el que el comportamiento humano es la nueva mercancía. Pero más allá de esa categoría, se configura una relación de dominio mucho más profunda. No es solo vigilancia; es sujeción. El usuario no es libre: está atado a plataformas que dictan cómo se comunica, qué consume, a quién conoce, qué desea. En ese sentido, Varoufakis ha sido certero al hablar de una nueva aristocracia algorítmica. No se trata ya del mercado libre, sino de un régimen cerrado, donde los datos circulan en una sola dirección: de los usuarios hacia los señores digitales, que los procesan en cajas negras inaccesibles al escrutinio público. Cédric Durand, por su parte, ha mostrado cómo este nuevo capitalismo se emancipa incluso de la lógica productiva. El valor ya no se genera en fábricas ni en campos, sino en la gestión centralizada de infraestructuras digitales que se apropian del conocimiento común. La plataforma se convierte en la nueva fábrica. Pero en vez de obreros, hay usuarios. Y en vez de salarios, hay gratificación instantánea y dependencia emocional. Lo que estamos viviendo no es solo un cambio tecnológico: es una regresión histórica. Como en el feudalismo, se construyen cercos. No sobre la tierra, sino sobre la información. No sobre cuerpos, sino sobre conciencias. La servidumbre digital no se impone por la fuerza, sino por la adicción, la comodidad y el aislamiento. Nos vigilan no para castigarnos, sino para hacer que actuemos como se espera. Una nueva forma de obediencia ha nacido, más eficiente que cualquier represión: el consentimiento algorítmico. Pero no todo está dicho. Como en todo momento histórico, el poder se enfrenta a su negación. Frente al avance del Tecnofeudalismo, urge una nueva politización de lo digital. Recuperar la soberanía sobre nuestros datos, reapropiarnos de las tecnologías, desmontar la mitología del progreso neoliberal. Las redes deben ser territorios comunes, no parcelas de explotación. La tecnología debe estar al servicio de la vida, no de la acumulación. Este no es un debate técnico, sino político. No es una cuestión de innovación, sino de poder. Si no desafiamos hoy este nuevo orden, mañana seremos simples sombras en el panóptico digital. Y lo que se juega no es solo el futuro del trabajo o de la privacidad, sino la posibilidad misma de ser sujetos libres.
El poder enajenante del dinero

Este texto surge como una reflexión estimulada por un documento del escritor y político de izquierda dominicano Rafael Chaljub Mejía, en el cual se cita una poderosa afirmación de Carlos Marx contenida en sus Manuscritos económico-filosóficos de 1844: “Soy feo, pero el dinero oculta mi fealdad; soy cojo, pero el dinero me da veinticuatro piernas”. A partir de esta cita, que Chaljub utiliza como parte final para abordar las distorsiones sociales generadas por el poder del dinero, se desarrolla aquí un análisis más sintético de la crítica marxista al fetichismo del capital y a la enajenación del ser humano bajo las condiciones del sistema económico capitalista. En los Manuscritos, Marx ofrece una de sus primeras y más incisivas críticas al modo en que el dinero altera las relaciones humanas. La cita mencionada sintetiza lo que él identificara como el “poder alienante” del dinero: su capacidad para invertir la relación entre el ser y el tener, reemplazando cualidades humanas auténticas por propiedades mercantiles. En una sociedad mediada por el capital, las carencias personales ya no representan un límite si se cuenta con la capacidad de adquirir lo que falta: la fealdad puede ser disimulada, la discapacidad puede ser reemplazada, y hasta las virtudes morales pueden ser simuladas mediante el consumo. Marx es claro en su denuncia: “Lo que mediante el dinero soy capaz de hacer, eso soy yo mismo. Mis facultades son tales que el dinero las puede desarrollar: son, por tanto, facultades del dinero” (Marx, C,1844/2007, p. 141). Este razonamiento se enmarca en su teoría de la alienación, donde el ser humano, en el sistema capitalista, se encuentra separado de sí mismo, de su trabajo, de los otros y de la naturaleza. El dinero, al convertirse en mediador universal de las relaciones sociales, sustituye la autenticidad por apariencia, la humanidad por mercancía. La persona ya no vale por lo que es, sino por lo que posee, y todo lo que posee se convierte en vehículo de reconocimiento o exclusión, en el lenguaje dominicano esto quiere decir: “por la plata vale el mono”. Georg Simmel, en su Filosofía del dinero, refuerza esta lectura al advertir que el dinero reduce todas las cualidades humanas a una medida cuantitativa abstracta: “El dinero es el más terrible nivelador, arrastra al mismo plano todas las cualidades humanas, reduciéndolas a la cantidad abstracta del valor” (Simmel, 1900/2004, p. 435). Este proceso de cosificación es también abordado por Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, donde muestran cómo la razón instrumental moderna —en cuyo núcleo opera el dinero— disuelve la riqueza de la experiencia humana, subordinándola a la lógica de la utilidad y del intercambio: “Todo se hace fungible, intercambiable. La belleza, la inteligencia, incluso el amor, sólo tienen valor si pueden ser convertidos en mercancía” (Adorno & Horkheimer, 1947/1994, p. 132). De esta forma, la crítica de Marx en los Manuscritos anticipa lo que desarrollará más sistemáticamente en El capital, al analizar el carácter fetichista de la mercancía: “El carácter fetichista del mundo de las mercancías surge del hecho de que las relaciones sociales entre los trabajos de los hombres aparecen como relaciones entre cosas” (Marx, 1867/2011, p. 87). En este sentido, la referencia que hace Rafael Chaljub Mejía a las palabras de Marx no es meramente anecdótica, sino una provocación intelectual que invita a revisar críticamente las formas en que el dinero continúa modelando las relaciones sociales en nuestras realidades concretas, especialmente en América Latina. En contextos marcados por la desigualdad, la exclusión y la mercantilización de lo humano, la crítica marxista mantiene una vigencia indiscutible. La lectura de Chaljub, anclada en las condiciones históricas y culturales de la región, renueva la urgencia de repensar los vínculos entre economía, poder y dignidad humana, y refuerza la necesidad de rescatar el valor del ser humano por encima del tener. Referencias bibliográficas Adorno, T. W., & Horkheimer, M. (1994). Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta. Marx, C. (2007). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Madrid: Alianza Editorial. Marx, C. (2011). El capital. Crítica de la economía política (Vol. I). México: Fondo de Cultura Económica. Simmel, G. (2004). Filosofía del dinero. Madrid: Tecnos.
La resistencia invisible del Comité Regional Clandestino en la retaguardia nazi

Este artículo examina la obra El Comité Regional Clandestino Actúa de Alexéi Fiódorov como documento histórico y literario que permite comprender la profundidad de la resistencia soviética durante la Gran Guerra Patria hace 80 años. A través del relato de sus acciones en territorios ocupados, Fiódorov revela cómo el Partido Comunista, bajo la dirección de José Stalin, organizó estructuras clandestinas eficaces para socavar la ocupación nazi. El texto pone en valor la dimensión popular y moral de la guerra, y contribuye a una relectura crítica del papel del movimiento partisano en la defensa de la Unión Soviética. La invasión alemana a la Unión Soviética en junio de 1941 marcó el inicio de uno de los episodios más devastadores de la Segunda Guerra Mundial: la Gran Guerra Patria. Si bien los estudios históricos han enfatizado las grandes batallas como Stalingrado o Kursk, el conflicto también se libró en la retaguardia enemiga, donde los movimientos partisanos desempeñaron un rol crucial. Uno de los testimonios más significativos de esta lucha es el libro El Comité Regional Clandestino Actúa, escrito por Alexéi Fiódorov, comandante partisano y figura central de la resistencia soviética en Ucrania. Alexei Fiódorov había contado acontecimientos que acababan de suceder, marchaba por huellas recientes, “me apresuraba a compartir con los demás lo que había, esbozar los retratos de amigos de lucha, de los vivos y los caídos heroicamente en el combate”. La organización clandestina como forma de resistencia estructural Fiódorov describe con notable detalle cómo el Partido Comunista reorganizó sus estructuras en los territorios ocupados, transformándolas en comités clandestinos que actuaban como núcleos de dirección política y militar. Estas organizaciones no solo planificaban acciones de sabotaje, sino que mantenían el contacto con Moscú, organizaban el abastecimiento de alimentos, y sostenían la moral de las poblaciones bajo ocupación. En este sentido, el Comité Regional Clandestino no fue solo un órgano de combate, sino también una célula política orientada a garantizar la continuidad del Estado soviético en condiciones extremas. Heroísmo colectivo y dimensión moral de la Guerra Patria Uno de los aspectos más destacados del libro de Fiódorov es la presentación del heroísmo no como una virtud individual, sino como una expresión colectiva. Los protagonistas del relato —campesinos, ferroviarios, médicos, estudiantes— encarnan el ideal soviético del ciudadano comprometido con la causa común. Esta visión contrasta con las narrativas occidentales centradas en héroes individuales, y se inscribe en una tradición ideológica que valoriza la organización y la solidaridad como herramientas fundamentales de resistencia. La resistencia como guerra total Las acciones descritas por Fiódorov —sabotaje de trenes, eliminación de colaboracionistas, difusión de propaganda— reflejan una estrategia de guerra total, en la que todos los recursos del pueblo están orientados a la defensa nacional. El libro ofrece ejemplos concretos de cómo la resistencia contribuyó a desestabilizar el control alemán en regiones clave, dificultando el traslado de tropas y materiales al frente oriental. Estas acciones, aunque invisibles en los grandes mapas de batalla, fueron decisivas para el resultado del conflicto Valor historiográfico de la obra Más allá de su valor testimonial, El Comité Regional Clandestino Actúa constituye una fuente historiográfica de primera importancia. Permite acceder a una visión interna de la guerra, que combina la narración directa de los hechos con una interpretación ideológica propia de la época. Si bien el texto no está exento de elementos propagandísticos, su riqueza descriptiva y la experiencia directa del autor lo convierten en un documento indispensable para comprender la naturaleza del movimiento partisano soviético. A modo de conclusión La obra de Alexéi Fiódorov nos invita a revisar la historia de la Segunda Guerra Mundial desde una perspectiva que reconoce la importancia de las luchas invisibles. En las aldeas ocupadas, en los bosques y en las estaciones de trenes saboteadas, se libró una guerra paralela que no solo combatía al invasor, sino que afirmaba los valores de la resistencia popular. En un tiempo donde la historia se ve constantemente reinterpretada, libros como El Comité Regional Clandestino Actúa son fundamentales para sostener una memoria crítica y comprometida.
Muros que excluyen, puentes que salvan: el legado migratorio del Papa Francisco

Durante su pontificado, el Papa Francisco dejó una huella indeleble en la reflexión ética sobre las migraciones. Con una claridad profética, insistió en que la respuesta cristiana ante la crisis migratoria no puede fundarse en la exclusión ni en el endurecimiento de fronteras, sino en la hospitalidad, el diálogo y la solidaridad efectiva. “Una persona que solo piensa en construir muros y no en construir puentes no es cristiano”, afirmó en 2016 al cuestionar políticas que criminalizan a quienes buscan refugio o mejores condiciones de vida. Esa misma visión resurge con fuerza en su última carta en vida dirigida a la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, fechada el 11 de febrero de 2025, en la que el pontífice expresó su profunda preocupación ante las deportaciones masivas promovidas por la actual administración estadounidense de Donald Trump. Francisco advirtió que levantar muros —ya sean físicos, legales o administrativos— representa un obstáculo grave contra la dignidad humana, especialmente cuando se trata de personas migrantes obligadas a huir por pobreza extrema, violencia, persecución o catástrofes ambientales. El Papa no desconoce el derecho de los Estados Unidos a regular sus fronteras, pero subraya que este derecho nunca debe ejercerse a costa de los más vulnerables. Deportar sin un juicio justo o sin considerar las causas profundas de la migración “daña la dignidad de muchos hombres y mujeres, de familias enteras, y los coloca en un estado de particular indefensión, sentenció”. La verdadera justicia, sostiene, se mide por el trato que reciben los pobres y marginados, no por la rigidez legal o la eficacia administrativa. Este enfoque cobra especial relevancia en el contexto dominicano actual. La implementación de nuevos protocolos migratorios en hospitales públicos ha resultado en la detención y deportación de mujeres haitianas en situación de parto o posparto. En apenas un día, inspectores migratorios acudieron a más de 30 centros de salud, donde retuvieron a decenas de parturientas por no portar documentos válidos. Esta medida no solo vulnera el derecho básico a la atención médica, sino que traslada a mujeres y recién nacidos desde un estado de fragilidad clínica a uno de incertidumbre social y jurídica. Aplicar sanciones migratorias en espacios destinados al cuidado humano, como los hospitales, contraviene el espíritu evangélico de acogida que Francisco promovió con insistencia. Según el legado del pontífice, las políticas públicas deben ser juzgadas a la luz de la dignidad de la persona humana, y no al revés. Frente a una lógica de exclusión, propuso una visión alternativa: construir puentes mediante corredores humanitarios, leyes de integración y un acceso igualitario a servicios esenciales. “El verdadero amor cristiano —recordaba el Papa— se descubre al meditar en la parábola del Buen Samaritano: un amor abierto a todos, sin excepción”. En tiempos de endurecimiento migratorio, esta enseñanza representa un llamado urgente a repensar las políticas desde una ética del cuidado y de la fraternidad.
No nos intimidaran las amenazas de la Antigua Orden Dominicana

Contra la provocación y la barbarie: en defensa de la memoria de Abril Durante la marcha organizada para conmemorar el 60 aniversario de la gloriosa Revolución de Abril, un acto de profunda significación patriótica y democrática se produjo un lamentable intento de provocación por parte del grupo paramilitar ultranacionalista conocido como la Antigua Orden Dominicana. Esta organización, caracterizada por su discurso de odio y su práctica sistemática de la intimidación, acudió con la única intención de manchar una jornada de homenaje y reflexión, lanzando amenazas, insultos y provocaciones abiertas contra los participantes, en un acto de absoluto irrespeto a la memoria histórica y a los valores democráticos que la Revolución representa. Denunciamos con toda la fuerza que nos asiste esta maniobra vil y cobarde, dirigida no solo contra quienes marchaban en paz, sino contra toda la sociedad dominicana que, apuesta por la libertad, la justicia social y el respeto a los derechos humanos. No es un hecho aislado, sino parte de una ofensiva organizada que pretende reinstalar el miedo, el racismo y el autoritarismo en nuestras calles, apelando a las peores tradiciones de intolerancia y exclusión. El pueblo dominicano, que hace seis décadas se levantó con coraje contra la tiranía, no puede permitir que grupos armados y extremistas pretendan hoy suplantar la voz legítima de una nación que quiere vivir en paz y dignidad. La Antigua Orden Dominicana no es más que una deformación grotesca del verdadero patriotismo. No representan las aspiraciones de un pueblo que construye democracia con esfuerzo y sacrificio; representan, en cambio, la herencia de la opresión y la negación de los derechos más elementales. No podemos, ni debemos, tolerar su existencia como fuerza de provocación y violencia en un Estado de derecho. Frente a ellos, la respuesta debe ser firme y decidida: ni un paso atrás frente a los enemigos de la democracia, ni un segundo de silencio ante quienes pretenden desenterrar los fantasmas del odio. En honor a los héroes y mártires de Abril, en respeto a la memoria histórica y en defensa del porvenir democrático de la República Dominicana, exigimos que se sancione todo acto de intimidación y que se garantice el derecho a la movilización pacífica. No aceptaremos que se mancille el legado de la Revolución ni que se reinstale el miedo en nuestra sociedad. Hoy como ayer, reafirmamos: el pueblo dominicano no se rinde ante el terror. La democracia se defiende de pie, con dignidad y sin miedo. La Antigua Orden Dominicana, ese reducto paramilitar ultranacionalista que se esconde detrás de discursos de “patriotismo” para sembrar odio, ha vuelto a levantar su voz podrida. Amenazan, coaccionan, intentan imponer el terror sobre quienes defendemos los derechos humanos y el principio democrático más elemental: que todos los seres humanos merecen dignidad, respeto y libertad, independientemente de su origen. Desde su rincón de intolerancia, este grupo anti-haitianos se ha dedicado a cercenar libertades, a sembrar miedo y a pisotear los valores que dicen proteger. Pero vamos a ser claros: no nos intimidan. No aceptamos su lenguaje de violencia, su mentalidad retrógrada ni su ataque abierto contra la convivencia pacífica. Sus amenazas no son más que los estertores de un fanatismo que no tiene cabida en una sociedad civilizada. Rechazamos de forma absoluta su pretensión de definir quién merece derechos y quién no. Denunciamos su cobardía: solo los débiles, los inseguros y los miserables recurren a la violencia para intentar silenciar ideas. Solo los que temen a la justicia y al progreso se esconden tras máscaras de nacionalismo para justificar su barbarie. La Antigua Orden Dominicana no representa al verdadero espíritu del pueblo dominicano. No representan nuestra cultura, nuestra historia ni nuestros sueños de libertad y democracia. Representan el atraso, el racismo, la inhumanidad. Y no se puede negociar con quienes niegan la esencia misma de la humanidad. Desde aquí afirmamos con toda la fuerza de nuestras convicciones: no daremos un paso atrás. No nos callarán con amenazas. No nos doblegarán con intimidaciones. No nos arrastrarán hacia el pozo de odio en el que ellos se revuelcan. Hoy, más que nunca, es necesario decirlo sin ambigüedades: no hay espacio para los paramilitares, ni para el ultranacionalismo violento, ni para el racismo disfrazado de patriotismo en la República Dominicana. No hay espacio para quienes creen que pueden pisotear derechos fundamentales sin consecuencias. La democracia no se defiende de rodillas; se defiende de pie, mirando de frente a quienes intentan destruirla. A los miembros de la Antigua Orden Dominicana y a quienes los amparan en la sombra les decimos: su tiempo terminó. La República Dominicana se construye en libertad, en justicia y en solidaridad, no en el odio ni en el terror. Y si pensaban que podrían silenciarnos, solo lograron que nuestra voz se escuche más fuerte.
¿Es posible cambiar el mundo?

El desafío de construir algo más equitativo que el capitalismo. La posibilidad de cambiar el mundo y construir un sistema más justo y equitativo que el capitalismo actual no está cerrada. Por el contrario, continúa siendo una aspiración profundamente humana. Habita en las luchas sociales, en los márgenes, en los sueños que se niegan a morir. Sin embargo, frente a la magnitud de las crisis contemporáneas —climática, social, económica, política—, esa posibilidad se percibe lejana, casi inalcanzable. El capitalismo, en su fase actual del imperialismo, ha demostrado una enorme capacidad de adaptación y reciclaje. Sobrevive a crisis económicas, pandemias, guerras y hasta a sus propias contradicciones internas. Se reinventa constantemente, absorbiendo resistencias, domesticando disidencias, maquillando desigualdades con discursos de progreso, innovación y desarrollo. Pero tras ese velo persisten realidades brutales: concentración de la riqueza en pocas manos, destrucción del planeta, precarización de la vida, despojo de comunidades enteras. ¿Hay alternativa? Durante décadas se ha promovido la idea de que no. La frase de Margaret Thatcher —“There is no alternative”— se convirtió en el mantra del neoliberalismo. Y, sin embargo, como recuerda el historiador Immanuel Wallerstein, toda estructura histórica tiene un inicio y un fin. El capitalismo no es eterno. Su superación es posible, aunque no será sencilla ni está al doblar la esquina. La historia como prueba de lo posible La historia está llena de momentos en los que lo impensable se volvió real. Las revoluciones haitianas (1791), rusa (1917), revolución albanesa (1939), la China en (1949), cubana (1959), nicaragüense (1979) sacudieron los cimientos de sus épocas, demostrando que los sistemas de dominación pueden ser desafiados desde abajo. La caída del apartheid en Sudáfrica o los movimientos anticoloniales en Asia y África en el siglo XX revelan cómo la voluntad colectiva puede transformar estructuras profundamente arraigadas. Incluso más cerca en el tiempo, las rebeliones indígenas y populares en América Latina —desde los caracoles zapatistas en México hasta las movilizaciones plurinacionales en Bolivia y Ecuador— han abierto grietas en el sistema. Son espacios donde se intenta repensar la política, la economía y el sentido mismo de comunidad. Construir desde abajo: resistencias que crean En medio de un mundo dominado por el capital financiero, hay experiencias que, sin grandes titulares, construyen alternativas reales. Las cooperativas recuperadas en Argentina tras la crisis de 2001 muestran cómo los trabajadores pueden autogestionar empresas sin patrón ni explotación. En Brasil, el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) ha creado asentamientos donde la producción agroecológica convive con educación popular y organización democrática. En el norte de Siria, el pueblo kurdo ha levantado, en condiciones de guerra, un modelo político basado en el confederalismo democrático, la igualdad de género y el respeto a la ecología. Y en los Andes, el concepto del Buen Vivir —inspirado en cosmovisiones indígenas— plantea una vida digna no basada en el consumo ni en la acumulación, sino en el equilibrio con la naturaleza y la comunidad. Estas experiencias no son perfectas ni están exentas de contradicciones. Pero son semillas. Demuestran que es posible vivir, organizarse y producir al margen —o en contra— de la lógica capitalista. Imaginación política y creativa para romper el cerco El desafío no es solo estructural, sino también cultural. El capitalismo no solo controla medios de producción, sino también modos de pensar. Ha colonizado el deseo, moldeado la subjetividad, hecho parecer “natural” lo que en realidad es construido. Romper con esta lógica implica reapropiarse de la imaginación política, recuperar la capacidad de soñar, de construir futuros posibles. La filósofa feminista Silvia Federici señala que: “No se trata simplemente de redistribuir la riqueza, sino de repensar la vida misma, de romper con la lógica del capital que pone la ganancia por encima del cuidado, la cooperación y la comunidad.” Esto implica cambiar la pregunta. Ya no se trata solo de cómo resistir al capitalismo, sino de cómo construir en su lugar. Cómo poner en el centro la vida, el cuidado, los vínculos familiares, la Tierra, los saberes colectivos. Cómo generar espacios donde la Casa Común, como proclamaba el Papa Francisco, vuelva a ser el fundamento de lo político y lo económico. Lo improbable no es lo imposible Sí, cambiar el mundo parece una tarea titánica. Pero lo improbable no es sinónimo de imposible. Las grandes transformaciones históricas nunca fueron fáciles ni inmediatas. Requirieron persistencia, creatividad, alianzas improbables y, sobre todo, fe y amor en la posibilidad de otro mundo. Como escribió el filósofo marxista Ernst Bloch: “Lo que no está aún hecho, sigue siendo posible.” Y como recordó la activista y poeta afroamericana Audre Lorde: “No hay lucha sin sueños.” Lo que venga después del capitalismo no está escrito. Y aunque no hay fórmulas mágicas, sí hay caminos que ya se están trazando desde abajo. La pregunta que queda es: ¿nos atrevemos a caminar juntos hacia allá?
Un Pontífice al Servicio de los Pobres

Hoy el mundo despide con profunda tristeza al Papa Francisco, una figura que transformó profundamente la Iglesia Católica y dejó una huella imborrable en la historia contemporánea. Nacido como Jorge Mario Bergoglio en Buenos Aires, Argentina, Francisco fue el primer papa latinoamericano, el primer jesuita en ocupar el trono de Pedro y un líder espiritual que marcó un antes y un después en el Vaticano. Desde su elección en 2013, su pontificado estuvo guiado por una visión pastoral centrada en la misericordia, la humildad y el servicio a los más necesitados. En un tiempo de profundas tensiones sociales, desigualdades económicas y crisis de fe, Francisco se erigió como un pontífice revolucionario, no por alterar dogmas, sino por su firme empeño en devolver a la Iglesia Católica su rostro más humano y cercano. Optó por vivir con sencillez, reformó estructuras administrativas del Vaticano y denunció abiertamente la corrupción y el clericalismo. Promovió una Iglesia “en salida”, que no se encierra en sus muros, sino que camina con el pueblo, especialmente con los más pobres y excluidos. Su encíclica Laudato si’ colocó a la Iglesia Católica en el centro del debate ecológico global, defendiendo la “Casa Común” y la justicia social como partes inseparables de una misma misión. En su encíclica Laudato si, el Papa Francisco hizo un llamado urgente a cuidar la “Casa Común”, denunciando con firmeza la explotación indiscriminada de los recursos naturales, el impacto devastador del cambio climático y la cultura del descarte que deja atrás a los más vulnerables. En un lenguaje directo y profundamente ético, cuestionó el modelo económico global de capitalismo salvaje que prioriza el lucro por encima del bienestar humano y ambiental, lo que le valió duras críticas por parte de sectores conservadores que llegaron a tildarlo de comunista. Sin embargo, lejos de una ideología política, su mensaje partia de una convicción profundamente evangélica: no puede haber verdadera espiritualidad sin justicia ecológica y social, sostenía. Su defensa de la Tierra como un don de Dios para todos fue, en realidad, una reafirmación radical del amor cristiano por la vida, la equidad y la dignidad humana. En la encíclica Amoris Laetitia (La alegría del amor), el Papa Francisco abordó con sensibilidad y realismo los desafíos contemporáneos del amor, la familia y el matrimonio, proponiendo una visión pastoral profundamente humana y misericordiosa. Reconociendo la complejidad de las relaciones actuales, hizo un llamado a la Iglesia Católica a acompañar a las familias en sus alegrías y heridas, evitando posturas rígidas o condenatorias. Destacó el valor del amor conyugal como reflejo del amor de Dios y subrayó que cada situación familiar debe ser acogida con compresión y discernimiento. Su enfoque, que prioriza la conciencia individual y la integración progresiva de quienes se encuentran en situaciones “irregulares”, representó un giro importante hacia una iglesia más cercana, compasiva y dispuesta a caminar junto a las personas, sin renunciar a la verdad, pero siempre desde la ternura y el acompañamiento. Tengo el privilegio de haber leído ambas encíclicas, con lo cual me permitió conocer más de cerca la visión del Papa Francisco. Francisco también tendió puentes en un mundo dividido: dialogó con otras religiones, abrazó a los migrantes, visibilizó el sufrimiento de las víctimas de abusos sexuales y pidió perdón con valentía. Su liderazgo espiritual no se limitó a los fieles católicos, sino que traspasó fronteras y culturas, ganándose el respeto de creyentes y no creyentes. Hoy, con su partida, no solo se despide a un papa; se despide a un hombre que vivió el Evangelio con radicalidad, que desafió el statu quo y que devolvió esperanza a millones. Su legado será eterno: una Iglesia más abierta, más compasiva y comprometida con los olvidados del mundo. Descanse en paz, Papa Francisco, siervo de los pobres y profeta de nuestro tiempo.
Descubrir lo Oculto: Ideología, Poder y Cambio Social en la Lectura de Lenin

En su obra Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, Lenin plantea una advertencia que continúa resonando con fuerza:“Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosos, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase.”” Los que abogan por reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes”. Este pasaje sintetiza uno de los principios centrales del pensamiento marxista: la necesidad de desenmascarar las ideologías que encubren las verdaderas estructuras de poder. Para Lenin, como para Marx, la política no puede entenderse desde la apariencia, sino desde los intereses de clase que subyacen a todo discurso, institución o promesa. En este texto se propone una reflexión sobre el papel de la conciencia crítica en la transformación social, a partir de la lectura de Lenin, y se argumenta que identificar las fuerzas sociales capaces de destruir lo viejo y construir lo nuevo es una tarea urgente para cualquier proyecto emancipador. 1. La ideología como instrumento de dominación Lenin denuncia que la mayoría de las personas son víctimas de discursos que aparentan neutralidad o moralidad, cuando en realidad responden a intereses muy concretos. Las frases políticas, las promesas de progreso o las declaraciones morales no son inocentes: están cargadas de ideología. En el pensamiento marxista, la ideología es una forma de dominación simbólica, un conjunto de ideas que legitima el poder de una clase sobre otra, haciéndolo parecer natural, inevitable o justo. Por eso, quienes luchan por reformas sociales suelen ser engañados si no identifican los verdaderos mecanismos que sostienen el orden establecido. No basta con pedir mejoras; es necesario entender por qué las cosas son como son, quién se beneficia de que sigan así, y quién tiene el poder real para impedir o permitir el cambio. 2. El poder de las clases dominantes Lenin advierte que ninguna institución, por retrógrada o decadente que parezca, se mantiene por azar. Toda estructura, ya sea el Estado, la Iglesia, la propiedad privada o el sistema educativo, está sostenida materialmente por clases que tienen interés en su continuidad. Esta es una crítica directa al reformismo ingenuo: pensar que basta con “corregir” el sistema sin alterar la base de poder es desconocer cómo funciona realmente el dominio de clase. Las clases dominantes no ceden poder voluntariamente. Históricamente, lo viejo se ha mantenido no solo por la fuerza represiva, sino también por la capacidad de moldear la conciencia social: hacer creer que no hay alternativa, que el cambio es peligroso o que todo intento de transformación radical es utópico. 3. ¿Dónde están las fuerzas del cambio? Frente a este escenario, Lenin plantea un camino claro: buscar dentro de la sociedad las fuerzas capaces de transformar el orden existente. No se trata de esperar a un líder mesiánico ni de confiar en promesas institucionales vacías. Se trata de identificar, en las condiciones materiales del presente, a los sujetos sociales que por su situación objetiva tienen interés y necesidad de un nuevo orden. Para el marxismo clásico, esa fuerza es la clase trabajadora, pero en el siglo XXI este sujeto puede (y debe) ampliarse: trabajadores precarizados, movimientos feministas, luchas indígenas, juventudes organizadas, movimientos ambientalistas y muchas otras formas de resistencia popular. Todos ellos son parte de las fuerzas vivas que no solo sufren el sistema, sino que tienen potencial para construir otro. 4. Educación política y conciencia de clase El último componente clave en el análisis de Lenin es el papel de la educación política. No basta con tener el potencial objetivo para el cambio; es necesario desarrollar la conciencia crítica, es decir, la capacidad de entender el mundo desde la lógica de las clases y no desde la ideología dominante. Educar políticamente es despertar esa conciencia, generar organización, y construir poder colectivo. Esto implica un doble desafío: desenmascarar las falsas promesas del poder y al mismo tiempo fortalecer las capacidades organizativas, discursivas y estratégicas de los sectores populares. Sin esa educación crítica, las fuerzas del cambio pueden quedar dispersas, fragmentadas o incluso cooptadas por el mismo sistema que intentan enfrentar. 5. Ejemplos actuales de resistencia y transformación La advertencia de Lenin sobre el poder de las ideologías y la necesidad de una conciencia de clase organizada encuentra eco en muchos escenarios actuales: • Movimientos laborales modernos: El auge de trabajadores precarizados en plataformas digitales (como repartidores de apps o freelancers bajo economía “gig”) ha dado lugar a sindicatos digitales, huelgas organizadas en redes y luchas por condiciones laborales dignas. Estas nuevas formas de trabajo, lejos de escapar al conflicto de clases, lo reconfiguran. • Feminismo anticapitalista: Movimientos como el 8M han demostrado que el feminismo puede ser una fuerza transformadora al articularse con luchas contra el patriarcado, el racismo y la explotación económica. En muchos casos, el feminismo ha logrado visibilizar cómo el poder de clase se sostiene también en la opresión de género. • Defensa del territorio y luchas indígenas: En América Latina, comunidades indígenas resisten proyectos extractivistas impulsados por empresas transnacionales y respaldados por gobiernos. Estas luchas no solo defienden territorios, sino que también proponen otras formas de vida, economía y relación con la naturaleza. • Movimientos climáticos: Iniciativas como Fridays for Future o Extinction Rebellion han vinculado la crisis ecológica con el sistema capitalista. Cada vez más sectores comprenden que no se trata de una simple cuestión ambiental, sino de un modelo económico que prioriza la ganancia sobre la vida. • Denuncia del poder mediático: En tiempos de fake news, concentración mediática y manipulación digital, muchos movimientos sociales también han apuntado contra el poder simbólico de los grandes medios, denunciando cómo moldean la opinión pública en favor de intereses económicos dominantes. Estos ejemplos demuestran que, tal como proponía Lenin, la clave está en identificar a los sectores oprimidos no solo como
Mi vida después de una cirugía Cerebral

Por Julio Disla La vida puede cambiar en un instante. Para mí, ese momento llegó cuando tuve que enfrentar una cirugía cerebral. La decisión no fue fácil, pero era necesaria. Hoy, mientras atravieso el proceso de recuperación, quiero compartir mi experiencia con la esperanza de que pueda servir de apoyo a quienes enfrentan situaciones similares. El Desafío de la Recuperación Después de la cirugía, me encontré en un mundo nuevo. Mi cuerpo y mi mente no respondían exactamente como antes. A veces, las palabras se escapan, los movimientos parecerían más difíciles o la fatiga me vencía con facilidad. Cada día es una lección de paciencia y adaptación. Los médicos me advirtieron que la recuperación podría ser larga y que habría días buenos y días malos. No obstante, lo que nadie me dijo es cuán fuerte tendría que ser mentalmente para enfrentar esta nueva etapa de mi vida. Un Descubrimiento Inesperado en el Quirófano Algo que jamás imaginé fue lo que el medico descubrió durante la cirugía, mi buena memoria. No sé cómo ocurrió, pero en medio de un procedimiento tan delicado, él se dio cuenta de que mi capacidad de recordar detalles era excepcional. Quizás fue por mi reacción a ciertas pruebas o por cómo respondía en el proceso, pero ese hallazgo me sorprendió. Este detalle se convirtió en una pequeña luz en medio de la incertidumbre. Saber que mi memoria seguía fuerte, a pesar de todo, me dio confianza en mi recuperación. Fue un recordatorio de que, aunque mi cuerpo estaba pasando por cambios, mi esencia seguía ahí. Aprendiendo a Conocerme de Nuevo Uno de los mayores desafíos ha sido aceptar que mi cuerpo no tiene un nuevo ritmo. Actividades que antes realizaba sin esfuerzo ahora requieren concentración y tiempo. He aprendido a celebrar cada pequeño avance, desde recordar una palabra hasta caminar sin apoyo. El apoyo de mis hijas y esposa, así como de la familia y amigoshan sido fundamental en este proceso de reimprendienmiento. Sus palabras de aliento y su paciencia han sido el motor que me impulsa a seguir adelante, incluso en los días más difíciles. El Futuro Un Camino de Esperanza A pesar de los desafíos, cada día me recuerda que sigo aquí, luchando y avanzando. La recuperación es un camino lleno de altibajos, pero no estoy solo. Cada pequeño paso, construyo una nueva versión de mí mismo A quienes pasan por una experiencia similar, les digo: Tengan paciencia con ustedes mismos. La recuperación no es lineal, pero cada día trae consigo la oportunidad de mejorar. La vida después de una cirugía cerebral puede ser diferente, pero sigue siendo vida, llena de momentos que valen la pena vivirlos