UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

Se abre un nuevo horizonte político con Zohran Mamdani

“El poder del pueblo organizado ha derrotado al poder del dinero. La ciudad de Nueva York despierta a una nueva conciencia progresista.” La reciente victoria de Zohran Mamdani, asambleísta estatal de tendencia democrática, progresista y de izquierda en la primaria demócrata para la alcaldía de Nueva York, marca un punto de inflexión en la política neoyorquina y en el debate nacional. Al derrotar al exgobernador Andrew Cuomo, figura emblemática del establishment político y millonario. Mamdani encarna un cambio profundo: una ciudad que rechaza el poder del dinero para apostar por una agenda de justicia social, equidad económica, derechos humanos, laborales y medio ambiente. Una ciudad harta de promesas vacías Tras décadas de prioridades corporativas y un cuomismo percibido como obstáculo para una agenda verdaderamente democrática y popular, el triunfo de Mamdani —respaldado por sindicatos, movimientos vecinales y comunidades migrantes— confirma un cambio estructural hacia una izquierda renovada que responde a los sectores más vulnerables. De la protesta a la propuesta La victoria de Mamdani no es casualidad: es fruto de años de organización y movilización masiva en condados como Brooklyn, el Bronx y Queens. Su campaña, centrada en propuestas concretas —congelación de rentas, reforma policial, justicia climática, educación gratuita— conectó directamente con las necesidades de trabajadores y familias postergadas. ¿Un modelo para el país? Este triunfo representa algo más que un simple resultado electoral: puede ser el inicio de un viraje progresista dentro del Partido Demócrata, tras unas aplastantes derrotas en las elecciones recién pasada. Inspirado por líderes como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, Mamdani podría servir como ejemplo para otros aspirantes a nivel nacional (). Un nuevo horizonte La capital financiera del mundo envía una señal clara: hay otra forma de gobernar, más justa, humana e inclusiva. Pero el reto real comienza ahora. Convertir este respaldo popular en políticas concretas, mantener la cohesión frente a la oposición moderada y corporativa, y demostrar que la esperanza progresista puede traducirse en resultados tangibles. “Ya no se trata solo de cambio de caras, sino de cambio profundo en cómo se ejerce el poder.” — declaración de Mamdani tras ser proclamada su victoria. El 24 de junio de 2025 marcó una fecha emblemática. Zohran Mamdani, asambleísta estatal de tendencia democrática socialista, consolidó su histórica victoria en la primaria demócrata para la alcaldía de Nueva York, derrotando al exgobernador Andrew Cuomo por 56 % frente a 44 % tras el conteo final por voto preferencial.  Participación récord Más de 1 millón de votantes participaron —la mayor cifra en primarias demócratas desde 1989—, superando incluso la cifra de la elección general de 2021. La votación anticipada duplicó su nivel respecto a 2021: 384 251 personas votaron por adelantado, destacando la movilización de jóvenes y nuevos votantes. Uno de cada cuatro votos anticipados provino de personas que no habían participado en una primaria demócrata entre 2012 y 2024, y los menores de 34 años representaron el 45 % del total. Reacciones de quienes lo respaldaron Sindicatos y movimientos sociales SEIU 32BJ y la New York State Nurses Association firmaron su apoyo a Mamdani inmediatamente después de su triunfo (). Los activistas destacaron que él es “el primer candidato que ha conectado propuestas concretas con la vida diaria de la gente trabajadora”, subrayando la campaña de conexiones directas con los barrios.  Base progresista y diversidad étnica Representantes del Working Families Party, junto a figuras como Alexandria Ocasio‑Cortez y Bernie Sanders, reforzaron su respaldo tras el escrutinio final. En los sectores surasiáticos y musulmanes, se vivió un momento simbólico: “Mi madre texteaba a sus amigas para que votaran por él. Nunca la había visto así de pendiente.” — visitante citado por ABC7 Este apoyo emotivo ocurrió en una comunidad que históricamente ha enfrentado racismo y xenofobia, especialmente después del 11‑Septiembre 2001.  Estrategas políticas El analista Trip Yang, que no participó en campañas, lo resumió así: “Zohran reordenó la política de la ciudad: restauró la fe en que la democracia puede producir resultados inclusivos.” Significado más allá de Nueva York La alianza que Mamdani forjó—jóvenes, inactivos crónicos, -clase media, rentistas y comunidades migrantes—podría ser la base social de una alianza progresista nacional. En palabras de sus defensores, esta victoria no solo sienta precedentes en la ciudad, sino que podría influir en la dirección del Partido Demócrata en todo el país. Conclusión: un cambio estructural La victoria de Mamdani: Demuestra que es posible movilizar a nuevos ejes sociales en la política estadounidense. Valida una agenda progresista con foco en la asequibilidad, justicia social y participación directa. Establece un vínculo directo entre la movilización de base (sindicatos, jóvenes, minorías) y los resultados electorales. Ya no se trata de acercar al establishment: es cuestionarlo. Nueva York deja el laboratorio para convertirse en plataforma de un nuevo modelo de gobernanza progresista y de izqujierda.

Entreguismo en la Cumbre de las Américas

La exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela de la X Cumbre de las Américas, bajo el pretexto de que “no forman parte de la OEA”, no es más que una vergonzosa claudicación a las presiones de Washington. La República Dominicana, al justificar la decisión en nombre del “éxito del foro” y la “mayor convocatoria”, se convirtió en vocera de los intereses geopolíticos de Estados Unidos, plegándose sin reservas a la agenda imperial que pretende fragmentar a Nuestra América. La máscara del “foro de integración” Las Cumbres de las Américas nacieron con la promesa de ser espacios de diálogo, integración y respeto a la soberanía de los pueblos. Sin embargo, al excluir a naciones que han resistido las imposiciones de la Casa Blanca, se revela la verdadera naturaleza de estos foros: son instrumentos de dominación, donde solo caben aquellos que aceptan el mandato imperial. La OEA, institución en crisis y cada vez más desacreditada y desprestigiada, es el marco que se utiliza para legitimar tales exclusiones. Pero un organismo que se comporta como “ministerio de colonias” no puede ser árbitro de la democracia en la región. Al asumir ese argumento, el gobierno dominicano dejó de lado principios históricos de nuestra diplomacia: la defensa de la soberanía y la no injerencia. República Dominicana: ¿socio o peón? La postura del gobierno dominicano es, en realidad, un acto de entreguismo. No se trata de garantizar el éxito del foro, sino de asegurar que el país se mantenga en la lista de “buenos alumnos” de Estados Unidos. Se trata de la misma sumisión que ha marcado nuestra historia reciente: acuerdos comerciales desfavorables, cesiones estratégicas y apoyo a guerras de agresión disfrazadas de “misiones de paz”. La pregunta es inevitable: ¿qué gana nuestro pueblo con esa obediencia? La respuesta es clara: nada. Lo único que se asegura es la continuidad de una relación de dependencia, donde el interés nacional queda relegado a un segundo plano frente a las exigencias del imperio. La verdadera Cumbre: Nuestra América La verdadera Cumbre de las Américas no será aquella que excluye, divide y margina, sino la que se construya sobre la base de la igualdad soberana, sin exclusiones y sin tutelajes. Esa es la visión de José Martí cuando proclamó “Nuestra América”, la de Bolívar cuando soñó con una patria grande, la de los pueblos que hicieron de la CELAC y de la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz un horizonte común. Nuestra América no necesita tutores ni permisos para existir. La soberanía no se mendiga, se defiende. Y los pueblos de Cuba, Nicaragua y Venezuela han demostrado con dignidad que no se doblegan ante el chantaje ni las sanciones. Un llamado a la dignidad El gobierno dominicano debe entender que ser anfitrión de un foro internacional no significa ser sirviente del imperio. El respeto a la soberanía, la solidaridad entre pueblos y la unidad continental son valores irrenunciables. La exclusión es una afrenta no solo a tres países, sino a toda América Latina y el Caribe. Hoy más que nunca, la tarea es clara: levantar la voz contra el intervencionismo, denunciar el entreguismo y reafirmar que el futuro de la región no se decide en Washington, sino en la voluntad de los pueblos que luchan por su independencia. Porque la soberanía no se pide, se conquista. No se negocia, se defiende.

¿Qué es el valor según Carlos Marx y cuáles contradicciones se manifiestan en el capitalismo?

En la arquitectura teórica de Carlos Marx, el concepto de valor ocupa un lugar central para entender no solo el funcionamiento del capitalismo, sino también sus profundas y estructurales contradicciones. Marx no habla del valor en términos morales o subjetivos, sino como una categoría objetiva dentro de las relaciones sociales de producción. En su obra fundamental, El Capital, Marx disecciona la mercancía para demostrar que su valor no está dado por su utilidad, sino por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirla. ¿Qué es el valor para Marx? Marx distingue tres formas del valor en una mercancía: Valor de uso: es la utilidad concreta que satisface una necesidad. Por ejemplo, el agua tiene un alto valor de uso. Valor de cambio: es la relación cuantitativa por la cual una mercancía se cambia por otra. Aquí comienza el análisis económico profundo. Valor (a secas): es la sustancia del valor de cambio. Según Marx, el trabajo humano abstracto cristalizado en la mercancía es lo que constituye su valor. No cualquier trabajo, sino aquel socialmente necesario para producirla bajo las condiciones técnicas y sociales predominantes. “El valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirla.” (El Capital, Tomo I) El valor, entonces, no depende de la voluntad del productor, sino de las condiciones sociales de la producción. Este hallazgo es de carácter científico y revolucionario, porque desmonta la idea liberal de que el mercado es un lugar neutrop donde se intercambian bienes entre individuos libres. Contradicciones fundamentales del capitalismo Alrededor de esta teoría del valor, Marx descubre una serie de contradicciones internas del sistema capitalista. Las más relevantes son: La contradicción entre valor de uso y valor de cambio El capitalismo produce para obtener ganancias, no para satisfacer necesidades. Esto crea una tensión entre producir cosas útiles y producir cosas vendibles. Por eso, se destruyen alimentos mientras millones pasan hambre, simplemente porque no son rentables. La contradicción entre trabajo necesario y trabajo excedente El capitalista paga al trabajador sólo por su fuerza de trabajo, es decir, por el tiempo que necesita para reproducirse (alimentarse, transportarse, pagar vivienda). Pero el trabajador produce mucho más valor del que se le paga: eso es la plusvalía, fuente de la ganancia del capitalista. Esta relación es de explotación. “El capital es trabajo acumulado que sirve para explotar trabajo vivo.” (El Capital) La contradicción entre capital y trabajo El trabajador produce valor, pero no lo controla. Cuanta más riqueza produce, más se empobrece relativamente, porque esa riqueza es expropiada por el capitalista. Esta es la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación privada del resultado. De ahí surgen los ciclos de explotación, crisis, desempleo y lucha de clases. La contradicción entre desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción El capitalismo estimula el avance tecnológico, pero al mismo tiempo genera desempleo estructural y miseria. La máquina que debería liberar al ser humano del trabajo lo convierte en excedente o lo precariza. Así, las relaciones capitalistas de producción terminan por frenar el desarrollo humano, en vez de impulsarlo. Conclusión: el valor como crítica radical Para Marx, el análisis del valor es el punto de partida de una crítica radical al capitalismo. No es simplemente una teoría económica, sino una denuncia de un sistema que transforma el trabajo humano en una mercancía más, vaciando su dignidad. Esta lógica conduce inevitablemente a crisis periódicas, desigualdad creciente y alienación de los productores respecto a su trabajo y su mundo. Superar estas contradicciones exige romper con el régimen de producción basado en la ganancia y construir otro basado en la satisfacción de las necesidades humanas, donde el valor del trabajo no sea una abstracción convertida en beneficio privado, sino un acto creador y colectivo. “De cada cual, según su capacidad, a cada cual según sus necesidades.” (Crítica del Programa de Gotha, Carlos Marx)  

Vigencia del socialismo científico en la era de la Inteligencia Artificial

El desarrollo exponencial de la inteligencia artificial (IA), la automatización, el big data y la biotecnología ha transformado profundamente las condiciones de producción, comunicación y vida en el siglo XXI. Muchos consideran esta revolución tecnológica como el inicio de una nueva era: la era del Tecno capitalismo o incluso del tecnofeudalismo. Sin embargo, lo que pocos reconocen es que las categorías fundamentales del socialismo científico —formuladas por Carlos Marx y Federico Engels en el siglo XIX— no solo siguen siendo válidas, sino que ofrecen una clave crítica insustituible para comprender y transformar las nuevas formas de dominación, explotación y alienación propias del capitalismo digital. I. Ciencia, tecnología y relaciones de producción Desde los Manuscritos económico-filosóficos hasta El Capital, Marx analizó cómo la técnica y el desarrollo de las fuerzas productivas no son fenómenos neutros, sino mediados por relaciones de poder y propiedad. Engels, en La Dialéctica de la Naturaleza, profundizó esta visión al plantear que el conocimiento científico se convierte en un instrumento de clase cuando está subordinado al capital. En la actualidad, la IA y el big data no están orientados a liberar a la humanidad del trabajo alienado, sino a maximizar la rentabilidad y el control: “Toda la historia de la humanidad, hasta nuestros días, es la historia de la lucha de clases.” — Carlos Marx y Federico Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 1848 La inteligencia artificial se emplea para controlar mercados laborales, gestionar cuerpos a través de algoritmos biométricos, automatizar decisiones judiciales y maximizar la productividad en fábricas inteligentes. Esta tecnología, lejos de reducir la jornada laboral o distribuir la riqueza, ha intensificado la precarización de la clase obrera, el desempleo estructural y la hiperexplotación del “proletariado digital”. II. Plusvalía digital y acumulación por desposesión Marx definió la plusvalía como la diferencia entre el valor creado por el trabajador y el salario que recibe. Hoy, el valor generado por los usuarios en plataformas digitales —ya sea mediante clics, datos, publicaciones o desplazamientos— no se remunera. Shoshana Zuboff ha denominado este fenómeno como “capitalismo de la vigilancia”, mientras que autores marxistas como Nick Srnicek y Evgeny Morozov han identificado el surgimiento de un nuevo modo de acumulación: la plusvalía digital. “El capital es trabajo muerto, que sólo vive succionando trabajo vivo, y vive tanto más cuanto más trabajo chupa.” — Carlos Marx, El Capital, Tomo I Este modelo profundiza una lógica de extracción y desposesión digital: los datos personales, gustos, trayectorias y hábitos de millones de personas son recolectados, procesados y vendidos como materia prima de una economía cognitiva controlada por unas pocas corporaciones tecnológicas (Google, Amazon, Meta, Apple, Microsoft). III. El nuevo proletariado digital Si bien la automatización ha eliminado millones de empleos tradicionales, también ha creado una masa creciente de trabajadores invisibles: Click workers que validan datos para sistemas de IA. Conductores de Uber o repartidores de Rappi sin derechos laborales. Creadores de contenido que monetizan su existencia en redes. Programadores y técnicos sobreexplotados por startups del capital de riesgo. Este nuevo sujeto social ha sido conceptualizado como “proletariado cognitivo” o “precariado digital”. Su existencia confirma una tesis central del socialismo científico: el trabajo sigue siendo la fuente del valor, aunque ahora disfrazado bajo nuevas formas. La explotación no ha desaparecido; se ha digitalizado. IV. La contradicción fundamental: técnica liberadora, sistema opresor Engels escribió que “cuando las fuerzas productivas desarrolladas entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, se produce una situación revolucionaria”. La tecnología contemporánea permitiría: Reducir la jornada laboral a 4 o 6 horas. Garantizar ingresos universales básicos. Democratizar el conocimiento. Automatizar tareas peligrosas o repetitivas. Pero bajo el capitalismo, estas posibilidades son saboteadas. La IA no se usa para liberar tiempo para la vida, sino para extraer más valor en menos tiempo. El resultado es una paradoja: mientras la productividad aumenta, el desempleo, la ansiedad y la pobreza también lo hacen. V. Internacionalismo y dependencia tecnológica  El socialismo científico denunció tempranamente el papel del imperialismo en su fase superior y ultima del capitalismo global. Hoy, esa dominación adopta la forma de tecno imperialismo: las patentes, las plataformas, las redes de datos y las infraestructuras digitales están controladas por potencias del norte global. Los países no desarrollados, como República Dominicana, son convertidos en consumidores pasivos de tecnología, sin capacidad de decidir sus políticas digitales ni proteger la soberanía informacional. Esta situación exige repensar el internacionalismo proletario como cooperación tecnológica entre los países pobres, soberanía científica y emancipación cognitiva. VI. Vigencia del materialismo histórico y del pensamiento revolucionario La esencia del socialismo científico no es copiar modelos del pasado, sino interpretar críticamente la realidad para transformarla. Hoy, más que nunca, necesitamos un marxismo vivo, crítico, creador, capaz de: Denunciar la mercantilización de la vida digital. Comprender las nuevas formas de acumulación, control y poder. Construir alternativas políticas, económicas y culturales que enfrenten el dominio tecnocapitalista. Como escribió Fidel Castro Ruiz “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional ………” No basta con indignarse ante las injusticias de la era digital. Es urgente construir un horizonte emancipador, donde la tecnología esté al servicio del ser humano y no del capital. La inteligencia artificial y el desarrollo tecnológico no han superado el capitalismo; lo han profundizado. Pero también han creado las condiciones para su superación. El socialismo científico de Marx y Engels ofrece una brújula ética, política y epistemológica para comprender y transformar el mundo actual. No como dogma, sino como herramienta viva de lucha.  

Principios para la lucha y la formación política

En la batalla por la emancipación de los pueblos, las palabras no bastan. El discurso sin acción es humo que el viento se lleva; la retórica sin hechos es una traición a la causa. Tres frases de tres gigantes del pensamiento y la acción revolucionaria nos marcan el camino para una militancia consecuente y transformadora: “Hacer es mejor manera que decir.” — José Martí Martí nos convoca a romper con la pasividad y la contemplación. El verbo más revolucionario no es “prometer”, sino “hacer”. Una organización que solo emite comunicados, proclamas o discursos, pero que el contenido de su manifiesto no transforma la realidad concreta de su entorno y de su pueblo, está condenada a la irrelevancia. En la práctica del militante, hacer significa organizar a las masas trabajadoras del campo y la ciudad, construir redes solidarias, enfrentar la injusticia en el terreno y en los hechos, disputar el poder donde se ejerce y no solo contemplarlo desde fuera. “Que los hechos les hagan honor a las palabras.” — Rafael Chaljub Mejía En tiempos de simulacros políticos y bajo el slogan de “Volver a los Clásicos”, Rafael Chaljub Mejía nos enseñó que la coherencia es un arma revolucionaria. Cada palabra pronunciada en nombre del pueblo y del partido debe tener respaldo en la acción. La credibilidad se construye cuando las decisiones, los sacrificios y las victorias son consistentes con el discurso que se defiende. Un militante o un dirigente que habla de justicia, pero vive del privilegio, que milita bajo la sombra del confort, que predica austeridad, pero practica el derroche, que se dice antiimperialista, pero se arrodilla ante el poder extranjero, es un obstáculo para la causa. La ética revolucionaria exige unidad entre lo que se dice y lo que se hace. “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo; pero de lo que se trata es de transformarlo.” Carlos Marx El estudio, la formación política y la teoría son indispensables, pero no pueden ser un fin en sí mismos. Marx nos plantea que la misión de toda corriente política revolucionaria es transformar las condiciones materiales de la sociedad, de los oprimidos, cambiar de raíz las estructuras que producen opresión, explotación y desigualdad. Interpretar el mundo es comprenderlo; transformarlo es cambiarlo en favor de las grandes mayorías. Y esa transformación no vendrá de concesiones ni de reformas superficiales, sino de la lucha organizada y consciente del pueblo. A modo de conclusión En estas tres frases hay un programa de acción y formación para cualquier organización popular y revolucionaria: De Martí: la urgencia de actuar ya. De Chaljub: la coherencia entre el discurso y la acción. De Marx: la obligación de transformar, no solo interpretar. El enemigo histórico —sea el imperialismo, la oligarquía o las élites corruptas— no teme a los discursos: teme a los pueblos que piensan, se organizan y actúan. Por eso, la formación política debe forjar militantes que unan palabra y acción, pensamiento y combate, teoría y práctica. Porque, como nos enseña la historia, las revoluciones no se hacen con frases bonitas, sino con hechos que cambian la vida de los pueblos. Asi nos lo lego Manolo Tavarez Justo con la frase: “La revolución no es una palabra, sino el resultado del trabajo constantes y continuos de quienes son partidarios de ella”.  

Pensar con cabeza propia

En tiempos de manipulación mediática y discursos prefabricados, pensar con cabeza propia es un acto revolucionario. Ningún pueblo se ha liberado repitiendo las ideas de otros como papagayo; ninguna revolución auténtica ha nacido de ser el gramófono de alguien. La emancipación requiere autonomía intelectual y capacidad de caminar con nuestros propios pies, aun cuando el camino esté lleno de incertidumbre y resistencia. No ser el eco, sino la voz “No hay peor esclavitud que la de la mente” — Frase popular en luchas de liberación El imperialismo y las élites locales no solo saquean recursos, también moldean el pensamiento. Buscan que aceptemos su versión de la democracia, su receta económica, su noción de progreso. Repetir esas ideas es reproducir nuestra propia opresión. La historia está llena de ejemplos de líderes y movimientos que decidieron pensar por sí mismos. Simón Bolívar no pidió permiso a las potencias para declarar la independencia. José Martí no copió mecánicamente la revolución francesa: creó una estrategia cubana para un problema cubano. Ho Chi Minh no aplicó un manual importado, sino que adaptó el marxismo a la realidad concreta campesina y anticolonial de Vietnam. Caminar con nuestros propios pies “La libertad no se mendiga, se conquista” Simón Bolívar Pensar con cabeza propia implica aprender de otros, sí, pero también reinterpretar la teoría a la luz de nuestras realidades, circunstancias y contextos. El Che Guevara lo hizo cuando impulsó la guerrilla continental pese a que el manual soviético aconsejaba cautela. El zapatismo en México unió el marxismo con las tradiciones indígenas y la defensa de la tierra. La Revolución Bolivariana mezcló el legado de Bolívar con la lucha popular y el control soberano de los recursos. Militancia crítica o militancia domesticada “Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario” I. Lenin En toda organización existe la tensión entre la militancia crítica —que piensa, cuestiona y construye— y la militancia domesticada —que obedece, repite y espera órdenes. La primera es motor de cambio; la segunda, garantía de estancamiento. Ser militante crítico es incómodo para los poderes, incluso para los que dicen ser progresistas, porque la autonomía de pensamiento desafía las jerarquías y los dogmas. Conclusión reflexiva “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra” — José Martí Actuar con cabeza propia no es un lujo intelectual, es un deber político. Sin pensamiento autónomo, la lucha se vacía de contenido y se convierte en una imitación sin alma. La libertad comienza en la mente y se concreta en la acción, rompiendo con las cadenas invisibles que nos atan a intereses ajenos. Hoy, más que nunca, no se trata de ser un gramófono, como decía Drecci Plazari en el folleto: La lucha de clases en el partido, garantía para ser siempre un partido proletario, sino de ser voz; no se trata de obedecer, sino de crear; no se trata de copiar, sino de transformar.

Bahía de las Águilas: Patrimonio natural secuestrado por la ambición privada

La Bahía de las Águilas, joya resplandeciente del litoral suroeste de la República Dominicana, no es solo un paraíso geográfico: es un símbolo de la lucha entre el bien común y la voracidad del capital. El pasado fin de semana, al contemplar su mar turquesa y sus arenas vírgenes, recordé que esta belleza no solo pertenece a quienes la visitamos, sino a todo el pueblo dominicano. O más bien, debería pertenecerle. “Este no es un simple recurso turístico: es un pulmón del Sur, un bien natural invaluable que nos interpela como país.” Situada en el Parque Nacional Jaragua, en la provincia de Pedernales, la Bahía de las Águilas representa uno de los ecosistemas costeros mejor conservados del Caribe, refugio de especies endémicas, reserva de vida, cuna de biodiversidad. Pero también es objeto del deseo de grandes intereses empresariales —nacionales y foráneos— que ven en este territorio virgen una oportunidad para el lucro privado, disfrazado de “’desarrollo turístico’”. “La Bahía de las Águilas es del pueblo. Y el pueblo debe preservarla.” No se puede hablar de esta bahía sin recordar el legado de Carmen Josefina Lora Iglesia (Piky Lora), luchadora revolucionaria y abogada comprometida, quien encabezó una de las más significativas batallas legales para recuperar los terrenos que, mediante maniobras fraudulentas, habían sido arrebatados del dominio público. Gracias a su firmeza y valentía, el Estado recuperó más de 300 mil tareas de tierras costeras, restituyendo por un tiempo su carácter de patrimonio común. “No se trata solo de defender la belleza natural. Se trata de defender el derecho de nuestros hijos y nietos a heredar una tierra que aún conserve sus pulmones.” Sin embargo, la historia parece repetirse. A pesar de los fallos judiciales y de la lucha de sectores ambientalistas y sociales, el proyecto de apropiación continúa. El discurso oficial habla de ‘turismo sostenible\’, pero las intenciones del capital no conocen límites ecológicos ni principios comunitarios. Lo que se pretende es privatizar el acceso, expulsar a los habitantes históricos y convertir la Bahía en un enclave exclusivo, como tantos otros destruidos por el turismo de élite. Quien visita hoy la Bahía de las Águilas —como lo hice yo— no puede sino conmoverse ante su majestuosidad. Es una playa sin ruido, sin cemento, sin basura. El sol cae como una bendición sobre las aguas, y el viento parece murmurar historias ancestrales. Este no es un simple recurso turístico: es un pulmón del Sur, un bien natural invaluable que nos interpela como país. ¿Qué modelo de desarrollo queremos? ¿Uno que expulse a la gente de su territorio para favorecer grandes cadenas hoteleras? ¿O uno que respete la vocación ecológica del espacio, que fomente el ecoturismo comunitario y preserve la integridad del medio ambiente? ¿Uno que concentre las ganancias en manos de pocos o que distribuya el bienestar entre las comunidades del suroeste? La Bahía de las Águilas no está sola. Toda la región alberga espacios de enorme valor ecológico y cultural: el Hoyo de Pelempito, los pozos trunicolas, (hoy bautizado como pozos de Romeo), con su paisaje lunar y su microclima inusual; la Laguna de Oviedo, santuario de aves y manglares; la Sierra de Bahoruco, que se extiende como una columna vertebral del ecosistema sur. Son territorios vivos, amenazados por la minería, el turismo mal planificado y la falta de visión estatal. Hoy más que nunca, urge una conciencia nacional que defienda la Bahía de las Águilas como lo que es: un bien común, irrenunciable, irrecuperable una vez destruido. Necesitamos una ciudadanía activa, un periodismo comprometido y una política ambiental que no sea rehén del capital.  

¿Qué es la “esclavitud asalariada” según Marx?

La afirmación de Andrew Tate sobre que “para que haya capitalismo tiene que haber una población numerosa que viva como esclavos” puede ser vista como una formulación popular y simplificada de una idea que tiene cierta raíz teórica en el marxismo, especialmente en el concepto de esclavitud asalariada desarrollada por Carlos Marx. En el tomo I de El Capital, Carlos Marx no usa literalmente el término “esclavo asalariado” de manera sistemática, pero lo sugiere implícitamente en su crítica a la relación entre capital y trabajo. Lo que Marx describe es una forma moderna de esclavitud en la que: El trabajador es formalmente libre, pero debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, porque no posee los medios de producción. La fuerza de trabajo se convierte en mercancía, y su valor está determinado por el tiempo necesario para reproducirla (alimentos, vivienda, salud, etc.). Aunque el trabajador recibe un salario, la plusvalía (el valor producido por el trabajador por encima de lo que se le paga) es apropiada por el capitalista. Esta es la base de la explotación capitalista, que Marx conceptualiza como más “eficiente” que la esclavitud directa, porque: El trabajador tiene que auto disciplinarse para sobrevivir. El capitalista no tiene que mantener al trabajador como se mantenía a un esclavo; solo paga lo mínimo necesario para que pueda seguir trabajando. ¿Cuál es la relación con lo que dice Andrew Tate? Andrew Tate utiliza el término “esclavos” de forma más emocional y menos precisa, pero apunta a una verdad estructural que Marx desarrolló rigurosamente: Habla de “esclavos modernos” que trabajan toda su vida para otros sin poder liberarse. Habla de “trabajadores asalariados” que están obligados a vender su fuerza de trabajo bajo condiciones de explotación. Critica la vida rutinaria, la deuda y la dependencia del sistema económico. Analiza cómo el sistema capitalista reproduce la desigualdad estructural a través del salario y la propiedad privada. No propone una alternativa colectiva, sino individualismo (enriquecerse, salirse del sistema). Propone la abolición del trabajo asalariado mediante la socialización de los medios de producción. La frase de Andrew Tate tiene una coincidencia superficial con la teoría de Marx, pero su interpretación y propuesta son radicalmente distintas: Marx analiza la esclavitud asalariada como una categoría estructural del capitalismo, no como una simple desventaja individual. Tate apunta al problema desde una perspectiva individualista y liberal, sin entender o compartir el proyecto colectivo y revolucionario que Marx defendía. Ambos critican el sistema, pero mientras uno propone “salir del sistema” por medios personales (Tate), el otro busca abolirlo en su raíz (Marx).

Nuevos ejes de acumulación, democracia y el rol de la izquierda

(Ensayo político sobre el capitalismo digital, la disputa hegemónica y la democracia en crisis) Vivimos una mutación profunda del capitalismo global. A la tradicional acumulación por despojo —basada en la expropiación de bienes comunes, territorios, trabajo y derechos sociales—, se le suma hoy una nueva fase dominada por la extracción de datos, el control de la infraestructura digital y el dominio algorítmico de la vida cotidiana. Estos nuevos ejes de acumulación no solo transforman las bases materiales de la economía, sino que también reconfiguran las formas de dominación política y desestabilizan las estructuras democráticas clásicas. El problema es urgente: ¿cómo hablar de democracia en un sistema donde el poder ya no reside en los parlamentos sino en los nuevos servidores y las plataformas? De la fábrica a la nube: mutación del capital Durante el siglo XX, la acumulación capitalista estuvo centrada en la industria, el extractivismo primario-exportador y la financiarización global. Sin embargo, desde inicios del siglo XXI, con el ascenso de gigantes tecnológicos como Amazon, Google, Meta, Alibaba o Microsoft, el centro de gravedad de la acumulación se ha desplazado al control de datos, plataformas digitales, inteligencia artificial y vigilancia total. Esta economía digital no solo mercantiliza el tiempo libre y la atención de los usuarios, sino que convierte cada interacción humana en materia prima para la acumulación, lo que Shoshana Zuboff denomina “capitalismo de vigilancia”. En este modelo, el sujeto no es solo trabajador o consumidor: es también una fuente constante de datos para la predicción y manipulación de su conducta. La riqueza ya no se mide solamente en bienes producidos o tierras controladas, sino en infraestructuras digitales, patentes algorítmicas, control del tráfico de datos y poder de modelar la conducta social. La vieja economía sigue viva, pero subordinada a estas nuevas lógicas de acumulación. Sin echar a un lado los aportes de Piketi en su obra sobre la ideología del capital y los modos post-capitalista de producción, tampoco la afirmación de Andrew Tate sobre que “para que haya capitalismo tiene que haber una población numerosa que viva como esclavos” puede ser vista como una formulación popular y simplificada de una idea que tiene cierta raíz teórica en el marxismo, especialmente en el concepto de esclavitud asalariada desarrollada por Carlos Marx. Nuevas formas de dominación y crisis de la democracia liberal Esta mutación del capital tiene implicaciones devastadoras para la democracia. En primer lugar, porque la soberanía política es desplazada por el poder tecnocorporativo: gobiernos electos dependen de empresas privadas para comunicar, censurar, vigilar, organizar elecciones o prestar servicios esenciales. En segundo lugar, porque el sujeto democrático clásico —el ciudadano informado y deliberante— es reemplazado por un usuario fragmentado, atrapado en burbujas algorítmicas y sometido a una economía de la atención que premia el escándalo y la desinformación. Las plataformas digitales, lejos de democratizar el debate público, se han convertido en mecanismos de control conductual y polarización política, donde la lógica del clic sustituye el análisis crítico y el algoritmo decide lo visible y lo invisible. Todo esto genera una democracia degradada, en la que los parlamentos legislan sin soberanía, las elecciones se convierten en espectáculos mediáticos, y las élites económicas gobiernan sin rendición de cuentas. La llamada “democracia liberal” se vacía de contenido mientras el autoritarismo tecnocrático gana terreno. América Latina y el dilema del desarrollo digital En el contexto latinoamericano —y especialmente en países como República Dominicana—, esta transformación ocurre con una doble dependencia: a la dependencia estructural del capital extranjero se suma ahora la dependencia digital de plataformas extranjeras, servidores ajenos, software propietario y cadenas de valor tecnológicas fuera de control nacional. Los gobiernos que promueven la “transformación digital” lo hacen, en muchos casos, sin soberanía tecnológica ni regulaciones claras, favoreciendo modelos privatizadores, plataformas extranjeras y la tercerización de servicios públicos clave. Esto refuerza el modelo de acumulación sin redistribución, sin democracia participativa ni control popular sobre las nuevas infraestructuras. Si antes se discutía sobre “industrialización” como vía al desarrollo, hoy la gran pregunta es: ¿qué significa desarrollo sin soberanía tecnológica ni autonomía digital? ¿Qué democracia es posible en una economía dirigida por datos que no controlamos? Hacia una alternativa democrática y popular Frente a esta nueva forma de capitalismo y dominación, no basta con nostálgicas apelaciones a la democracia formal. Se requiere una reinvención radical del proyecto democrático desde abajo y desde fuera del mercado. Esa alternativa pasa por: Soberanía digital: acceso público y control democrático sobre las infraestructuras digitales. Implica software libre, regulación de plataformas, protección de datos, y construcción de tecnologías autónomas. Democracia económica: redistribuir no solo de la riqueza, sino también el poder sobre los medios de producción digitales y cognitivos, garantizando el acceso equitativo al conocimiento, la conectividad y la educación tecnológica. Democratización de los algoritmos: hoy los algoritmos deciden qué vemos, compramos y pensamos. Es urgente una ética y regulación política de la inteligencia artificial, basada en derechos colectivos y no en el lucro. Nueva organización política: construir una izquierda capaz de pensar esta mutación del capital, de articular luchas sociales con crítica tecnológica, y de forjar alternativas que integren democracia, ecología, feminismo y soberanía digital. Conclusión: democracia sin acumulación o acumulación sin democracia La pregunta no es si habrá más o menos tecnología, sino quién controla las tecnologías y para qué fines. El dilema que enfrentamos no es solo económico, sino civilizatorio: o construimos nuevas formas de acumulación basadas en el bien común, la cooperación y la participación popular, o aceptamos un mundo regido por algoritmos opacos, desigualdad estructural y democracia vaciada. La izquierda tiene el deber de encarar esta disputa. No basta con resistir: hay que disputar los nuevos ejes de acumulación, construir soberanía tecnológica desde los pueblos, y recuperar la democracia como poder del común. En este campo de batalla —material, simbólico y digital— se juega el futuro de la emancipación. Bibliografía y lecturas complementarias Zuboff, Shoshana. La era del capitalismo de vigilancia. Srnicek, Nick. Capitalismo de plataformas. García Linera, Álvaro. Geopolítica de la Amazonía y La potencia plebeya. Naomi Klein. La doctrina del shock

Reinventar la izquierda en República Dominicana

La izquierda dominicana vive, desde hace décadas, en una encrucijada entre su historia heroica y su marginalidad presente. El legado de Manolo Tavárez Justo, de Francisco Alberto Caamaño, de Maximiliano Gómez, (el Moreno) de las luchas estudiantiles, campesinas y obreras del siglo XX, contrasta con la fragmentación, el dogmatismo y la irrelevancia política que han marcado buena parte del accionar de las fuerzas autodenominadas revolucionarias en los últimos treinta años. Ante este escenario, no basta con proclamar la vigencia del socialismo o con repetir consignas vacías de contenido: es necesario reinventar la izquierda en República Dominicana. Crisis histórica de la izquierda tradicional El colapso del llamado socialismo real, la consolidación del neoliberalismo como sentido común hegemónico y la domesticación profunda del progresismo electoral han dejado a la izquierda dominicana sin un proyecto claro, sin base social estructurada y, lo más grave, sin capacidad de interpelar a las mayorías populares. Muchos de sus partidos se han convertido en aparatos estériles, atrapados en una nostalgia impotente, incapaces de superar el sectarismo, el verticalismo organizativo y las disputas intestinas por cuotas de poder inexistentes. En lugar de renovar sus métodos, muchos grupos de izquierda han seguido girando en torno a dogmas ajenos a la realidad nacional, repitiendo esquemas de lucha de otras épocas y contextos. Mientras tanto, las clases populares —víctimas del despojo neoliberal, de la informalidad laboral, del colapso ambiental y del clientelismo político— quedan huérfanas de una alternativa real que represente sus intereses. ¿Qué significa reinventar la izquierda hoy? Reinventar la izquierda no significa abandonar sus principios históricos de justicia social, emancipación humana, solidaridad internacionalista y construcción de una sociedad sin explotados ni explotadores. Significa, más bien, reconstruir esos principios a partir de una lectura crítica y actualizada de la realidad dominicana y del mundo contemporáneo. Significa superar la dicotomía falsa entre “lo político” y “lo social”, entre el partido y el movimiento, entre la lucha institucional y la movilización popular. Significa construir una izquierda no testimonial, sino con vocación de poder, pero no de cualquier poder: no del poder para administrar el capitalismo con rostro humano, sino para transformarlo desde abajo, desde los territorios, desde la autogestión, desde la democracia popular. Reinventar la izquierda implica también descolonizar el pensamiento revolucionario, abandonando los esquemas eurocéntricos que reducen la política a modelos importados. La historia del Caribe —con su sincretismo cultural, su economía dependiente, su resistencia afrodescendiente e indígena, su centralidad del cuerpo y la comunidad— exige una izquierda con raíz propia, capaz de dialogar con las luchas feministas, ecologistas, antirracistas y decoloniales. Tareas estratégicas para una nueva izquierda Para que la izquierda dominicana pueda reinventarse debe asumir al menos cinco tareas estratégicas: Reconstrucción del tejido social popular: La izquierda no puede existir sin recuperar, unir y movilizar las reservas democráticas y patrióticas de la nación y pueblo organizado. Debe involucrarse de forma activa en los conflictos reales de la gente: vivienda, transporte, tierra, servicios públicos, derechos laborales, violencia de género, medioambiente. No desde arriba, sino como parte de esas luchas. Unidad desde abajo y con propósito: No se trata de unir siglas sino de articular sujetos sociales. La unidad verdadera se construye en la práctica común, en la ética compartida, en el respeto a la diversidad política e ideológica. Hay que superar la cultura del caudillismo y del fraccionalismo. Formación política emancipadora: La izquierda debe volver a pensar. No basta con repetir discursos antiguos. Necesita espacios de debate, lectura crítica, formación metodológica y educación popular que renueve las herramientas teóricas y éticas de la militancia. Innovación organizativa y comunicacional: En un país donde la política se hace también en redes sociales, en medios digitales y en plataformas comunitarias, la izquierda debe dejar atrás el boletín impreso como única herramienta. Sin caer en el espectáculo, necesita comunicar de manera clara, ética y potente. Proyecto de país y nueva hegemonía: La izquierda debe salir del rincón de la protesta reactiva. Hace falta un proyecto de país, construido colectivamente, que responda a las necesidades del siglo XXI: justicia social, sostenibilidad ecológica, democratización del Estado, soberanía alimentaria y energética, y democracia popular. Conclusión: el reto es histórico Reinventar la izquierda en República Dominicana no es un lujo ni una consigna más, es una necesidad histórica frente a la decadencia del sistema político, la catástrofe social que se avecina con la crisis climática y económica y la desesperanza que carcome a los sectores populares. No se trata de refundar un viejo partido ni de revivir etiquetas del pasado. Se trata de producir una nueva cultura política radicalmente democrática, profundamente popular y coherente con los tiempos. Como dijera Caamaño: “La historia no se detiene ni con el crimen ni con la traición”. La historia sigue, pero si la izquierda no se reinventa, quedará como nota al pie, incapaz de dar respuesta a los desafíos de nuestro tiempo. Referencias y lecturas sugeridas Tavárez Justo, Manolo. Pensamiento y acción revolucionaria (compilaciones varias). Rafael Chaljub Mejía. El pensamiento político de Caamaño. Marta Harnecker. Reconstruyendo la izquierda. Álvaro García Linera. La potencia plebeya. Boaventura de Sousa Santos. La difícil democracia. Hugo Tolentino Dipp. El proceso político dominicano.