UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

Sheinbaum y Lula exigen respeto a la soberanía de Colombia y Cuba ante injerencias de Trump

En un diálogo de 40 minutos, los mandatarios de México y Brasil defendieron el multilateralismo y el principio de no injerencia, reclamaron el fin del embargo a Cuba, respaldaron los procesos internos de Colombia y ratificaron su apoyo a Michelle Bachelet como futura secretaria general de la ONU; además, acordaron profundizar la cooperación energética entre Pemex y Petrobras. Por Alejandro F. Guzmán En un gesto que subraya el creciente contrapeso latinoamericano frente a las presiones unilaterales de Estados Unidos, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, y el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, condenaron este cualquier forma de injerencia extranjera en los asuntos internos de Colombia y Cuba, en una explícita aunque no mencionada respuesta a las recientes declaraciones del presidente Donald Trump. Durante una conversación telefónica que se extendió por 40 minutos, ambos gobernantes coincidieron en la urgencia de preservar el derecho internacional, la democracia y el multilateralismo como pilares irrenunciables de la convivencia regional. En un comunicado oficial difundido por la cancillería brasileña, los líderes reafirmaron su postura favorable al levantamiento del embargo económico y financiero impuesto a La Habana, y analizaron la crítica situación humanitaria que vive la isla, subrayando la necesidad de construir soluciones que mejoren las condiciones de vida de su población. Frente al telón de fondo de un mapa regional otra vez tensionado por la retórica intervencionista proveniente del norte, Sheinbaum y Lula ratificaron su defensa del principio de no injerencia como eje ético y político de sus respectivas políticas exteriores. El respaldo explícito a los procesos internos de Colombia —en momentos en que sectores conservadores en Washington presionan por una revisión del acuerdo de paz— refuerza el alineamiento de ambos gobiernos con una visión autónoma y soberana de los asuntos hemisféricos. Más allá del frente diplomático, la llamada sirvió para consolidar una agenda bilateral de amplio espectro. Los mandatarios acordaron profundizar las negociaciones sobre el marco jurídico comercial entre las dos mayores economías de América Latina, con miras a modernizar los instrumentos de cooperación. También reconocieron avances sustantivos en salud, turismo, ciencia, tecnología y gobernanza pública. Un punto de especial relevancia fue el anuncio del avance hacia un acuerdo energético entre Petróleos Mexicanos (Pemex) y Petrobras, que busca articular el intercambio de experiencias en exploración, producción, buenas prácticas y alternativas vinculadas a los biocombustibles. La colaboración entre ambas empresas estatales se perfila como un eje estratégico para reducir la dependencia externa y fortalecer la soberanía energética regional. Respaldo conjunto a Bachelet para liderar la ONU En el plano multilateral, los presidentes reiteraron su respaldo a la expresidenta chilena Michelle Bachelet como candidata para ocupar la próxima Secretaría General de las Naciones Unidas. Bachelet, quien ya se desempeñó como alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, representa —en la visión compartida por Sheinbaum y Lula— una figura de consenso capaz de restaurar el prestigio y la eficacia del organismo en un momento de profundos desafíos globales. La conversación concluyó con un gesto de camaradería y proyección deportiva: Lula deseó a Sheinbaum todo el éxito en la organización del Mundial de Fútbol 2026, que comenzará este jueves y será coorganizado por México, Estados Unidos y Canadá. Un detalle menor, quizás, pero que revela la voluntad de ambos líderes de construir una relación fluida, estratégica y con vocación de futuro. En un continente donde las sombras del intervencionismo vuelven a alargarse, México y Brasil han elegido hablar con una sola voz. Y esa voz, por ahora, se llama no injerencia, diálogo y derecho internacional.

¡Trump juega a la guerra y anuncia la paz desde su teléfono! ¿Fin del conflicto o un engaño más para la comunidad internacional

El presidente de Estados Unidos anunció este jueves la cancelación de una nueva ronda de ataques contra Irán, asegurando que ambas partes han aprobado un memorando de entendimiento. Sin embargo, Teherán niega que haya nada finalizado y acusa a Washington de cambiar constantemente sus posiciones. Los mercados reaccionaron con euforia al anuncio: el petróleo cayó por debajo de los 90 dólares y Wall Street disparó sus principales índices. No es la primera vez que Trump proclama un acuerdo inminente que luego se desvanece. Hay gobernantes que toman decisiones con la gravedad que exige el pulso de la historia. Y luego está Donald Trump, que maneja la paz y la guerra como si fueran piezas de un videojuego doméstico: hoy lanza misiles, mañana los cancela con un tuit, y pasado proclama acuerdos que solo existen en la vorágine de su ego. La comunidad internacional, una vez más, asiste boquiabierta al espectáculo de un presidente que parece haber confundido el Despacho Oval con una sala de juegos infantiles. El anuncio de esta semana —la cancelación de una tercera ronda de bombardeos sobre Irán, seguida de la proclamación triunfal de un memorando de entendimiento— huele a cortina de humo. No es la primera vez, y probablemente no será la última. Trump desea la paz más que nadie. No por amor al prójimo, sino porque la guerra se le ha escapado de las manos. Es el mismo hombre que se metió en un conflicto que nunca debió iniciar, empujado por el aliado eterno, Benjamín Netanyahu, y ahora no encuentra la puerta de salida. Pero desear la paz no es suficiente. El principal responsable de una guerra —sobre todo de una guerra tan estúpida como evitable— tiene la obligación de ponerle fin con hechos, no con tuits triunfalistas. El mundo no necesita anuncios que parecen sacados de una feria de las vanidades. Necesita gestos reales: cese al fuego verificable, mesas de negociación serias, levantamiento de sanciones y, sobre todo, el fin de esa costumbre insultante de tomarle el pelo a la comunidad internacional. Porque los intereses en juego son enormes. El precio del petróleo, la inflación que castiga a las familias estadounidenses, y todo el planeta, la estabilidad de Medio Oriente, el fantasma de una escalada nuclear. Y allí, en medio del humo y los escombros, miles de civiles iraníes e israelíes que pagan con sus vidas los caprichos de los poderosos. Estados Unidos se lanzó a esta aventura de la mano de Israel y Netanyahu, convencido de que podría controlar las llamas. Hoy, el fuego le quema las manos y no sabe cómo apagarlo. Basta ya. Basta de simulaciones. Basta de anuncios que se desmoronan antes de que termine la rueda de prensa. Trump debe dejar de jugar a la guerra y empezar a terminarla. Si realmente tiene la autoridad que dice tener, si realmente el líder supremo iraní ha dado el visto bueno, que convoque a sus pares, que firme documentos vinculantes, que retire las flotas y los bombarderos. Que demuestre que no es un volatinero de la política, sino un estadista. El mundo, cansado de fuegos artificiales y falsas promesas, exige hechos. Ojalá este bandazo no sea uno más. Ojalá, por una vez, el niño que juega a la guerra decida crecer.

¡Trump cancela los bombardeos en Irán y proclama la paz! ¿Pacto de última hora o nuevo engaño del presidente?

El presidente de Estados Unidos anunció este jueves la cancelación de una nueva ronda de ataques contra Irán, asegurando que ambas partes han aprobado un memorando de entendimiento. Sin embargo, Teherán niega que haya nada finalizado y acusa a Washington de cambiar constantemente sus posiciones. Los mercados reaccionaron con euforia al anuncio: el petróleo cayó por debajo de los 90 dólares y Wall Street disparó sus principales índices. No es la primera vez que Trump proclama un acuerdo inminente que luego se desvanece. Por Julio Guzmán Acosta Director de Umbral  En el tablero ensangrentado del golfo Pérsico, donde los misiles dibujan arcos de fuego y la diplomacia agoniza entre bombardeos, Donald Trump ha vuelto a mover ficha con la imprevisibilidad de un volatinero en la cuerda floja. Este jueves, el presidente estadounidense ofreció uno de sus más espectaculares bandazos: horas después de anunciar una tercera noche consecutiva de ataques contra Irán, canceló la ofensiva en un tuit triunfal. “Las negociaciones han sido aprobadas al más alto nivel del liderazgo iraní”, escribió en Truth Social, su altavoz digital. “Como presidente, he cancelado los bombardeos previstos”. Pero en Teherán, la música suena con otro ritmo. La agencia estatal IRNA cita al portavoz del Ministerio de Exteriores para negar cualquier desenlace: “No hay nada finalizado”, afirmó, descalificando las declaraciones de Trump como “pura especulación”. La distancia entre la Casa Blanca y el Ministerio de Exteriores iraní es, por ahora, un abismo de versiones contradictorias. Trump asegura que el propio líder supremo, Mojtaba Jameneí, ha dado el visto bueno. “Tengo entendido que la respuesta es sí”, declaró desde el Despacho Oval, en un acto donde lució su habitual mezcla de arrogancia y urgencia. No es la primera vez. Desde la tregua del 8 de abril, el republicano ha anticipado acuerdos que nunca llegaron. Los escollos se repiten: el programa nuclear, el levantamiento de sanciones, la descongelación de fondos. Lo que Trump llama “minucias” ha sido, una y otra vez, el ataúd de las negociaciones. Sin embargo, esta vez el mandatario añadió una lista de países que supuestamente avalan el memorando: Israel, Arabia Saudí, Turquía, Pakistán, Catar, EAU y otros. Una coalición de sonido que todavía no ha confirmado su participación. Mientras las palabras vuelan, los mercados ya bailan al son del anuncio. El barril de petróleo cayó por debajo de los 90 dólares —su nivel más bajo desde el inicio de la guerra—, y Wall Street se disparó con el Nasdaq avanzando más del 2%. Detrás de la euforia financiera asoma la inflación estadounidense, que este mes trepó al 4,2%, la cifra más alta en tres años, impulsada por los precios de la energía. Trump, que ha visto cómo el conflicto se le complicaba más de lo previsto, no oculta su deseo de pasar la página. “Ellos están tan deseosos como el que más de llegar a un pacto”, dijo sobre los iraníes, en un espejo retórico que bien podría reflejarlo a él mismo. El desenlace, esta vez, podría escribirse este fin de semana en algún punto de Europa, con el vicepresidente J. D. Vance como emisario estadounidense. O quizás no. Porque en el Medio Oriente de Trump, los bandazos son la única constante, y la paz un espejismo que se anuncia al anochecer y se desvanece con la primera luz del alba.  

Trump levanta muros, Infantino se hace el sordo y la FIFA entierra el espíritu del fútbol bajo una montaña de dólares

El negocio llamado Mundial de Fútbol    El Mundial FIFA 2026 levanta el telón hoy día 11 de junio. Estados Unidos, México y Canadá afilan los últimos detalles para recibir la fiesta más grande del planeta fútbol. Pero cuidado: lo que viene no huele a césped recién cortado ni a euforia de estadio. Huele a control migratorio, a visa denegada sin razón, a discurso de odio disfrazado de \»seguridad nacional\». Huele, en definitiva, a Donald Trump poniéndole el cascabel al gato del deporte global. Y la FIFA, esa organización que durante años nos ha vendido la imagen de un fútbol \»para todos\», mira hacia otro lado. Mejor dicho: cobra el cheque y calla. Demos un paso atrás. El Mundial siempre fue algo más que 22 jugadores corriendo detrás de un balón. Fue una tregua. Una pausa cada cuatro años donde las guerras, los discursos de odio y las fronteras se difuminaban detrás de un abrazo entre desconocidos. Eso, al menos, era la teoría. Porque la práctica, de la mano de la administración Trump, apunta en dirección contraria. El gobierno estadounidense ha dejado claro que durante la cita mundialista los controles migratorios no se relajarán: se endurecerán. Visas denegadas a periodistas, aficionados y hasta delegaciones enteras de países señalados como \»sospechosos\». Un mensaje tan brutal como explícito: aquí no es bienvenido cualquiera. Mientras México y Canadá intentan vender el torneo como un espacio de integración regional, Trump lo ha convertido en una vitrina de su política antiinmigrante. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Trump es previsible. Pero lo que resulta imperdonable es la actitud de la FIFA, esa institución que tanto exigió a Brasil, Sudáfrica y Rusia, y que ahora, frente al poder económico de Estados Unidos, dobla la rodilla y se hace la pequeña. Gianni Infantino, el mismo que se rasga las vestiduras por un tuit políticamente incorrecto, no ha sido capaz de emitir un solo comunicado exigiendo garantías migratorias para los asistentes al Mundial. Su silencio no es neutralidad: es complicidad. Y su pusilanimidad solo tiene un nombre: miedo a incomodar al anfitrión más rentable de la historia del torneo. Pero el silencio cómplice de la FIFA no se detiene ahí. Alcanza ribetes aún más oscuros. Como la reciente deportación del mejor árbitro africano del continente, un hombre cuya trayectoria impecable lo había llevado a ser designado para el panel arbitral del Mundial. Su delito: haber sido incómodo para ciertas firmas comerciales que manejan los hilos del negocio. La FIFA no movió un dedo. No hubo defensa, no huba declaración, no hubo gesto. Solo el silencio. Ese silencio que habla más fuerte que cualquier palabra y que revela la verdadera naturaleza de una organización donde la corrupción y el oscurantismo campan a sus anchas, protegidos por la opacidad de los contratos y la sumisión al poder económico. ¿Alguien se sorprende? No debería. La FIFA dejó de ser hace años la guardiana del espíritu del fútbol para convertirse en su principal sepulturera. El Mundial ya no es un torneo: es una máquina de facturar. Un circo donde los derechos humanos pesan menos que un contrato de televisión, donde la dignidad de un árbitro africano vale menos que una sonrisa a los patrocinadores, y donde Infantino prefiere mirar al suelo antes que enfrentar a Trump. El Mundial 2026 debía ser el de la reconciliación trinacional, el del fútbol como lenguaje común entre vecinos. Pero Trump lo ha manchado antes de nacer, y la FIFA ha validado cada mancha con su silencio de cartón piedra. No pido ingenuidad. El deporte nunca ha sido ajeno a la política. Pero hay una diferencia abismal entre convivir con el poder y prostituirse ante él. Lo que estamos viendo es esto último: un gobierno que utiliza el Mundial como escenario de su discurso de odio, y un organismo rector que aplaude con las orejas mientras se llena los bolsillos. Hoy es el día para que ruede el balón. Estados Unidos aún está a tiempo de recordar que ser sede es una responsabilidad, no un trofeo de soberanía. Y la FIFA, aunque lo dudo, aún está a tiempo de dejar de hacerse la distraída y recordar que su voz tiene peso. Aunque, viendo su historial de corrupción, opacidad y sumisión al poder, sería un milagro tan grande como que Argentina le gane un Mundial a Brasil por goleada. El fútbol enseña que los muros se escalan y las barreras se rompen. Ojalá la Casa Blanca y la FIFA lo entiendan. Porque en el Mundial, el único muro que debería importar es el de la hinchada celebrando un gol. El resto sobra. Y el silencio cómplice, también.  

Cuando la política secuestra el espíritu del Mundial, la FIFA mira hacia otro lado

El Mundial FIFA 2026 está a punto de alzar el telón. Tres naciones —Estados Unidos, México y Canadá— se preparan para recibir el torneo más grande del planeta fútbol. Pero antes de que ruede el balón, algo huele mal en el aire. No es el césped recién cortado ni la pólvora de los festejos. Es el olor a oportunismo político, a control migratorio disfrazado de organización, a un evento deportivo que la administración de Donald Trump ha comenzado a desnaturalizar antes incluso del pitido inicial. El Mundial, desde su esencia más pura, ha sido una tregua. Una cada cuatro años donde las guerras, los discursos de odio y las fronteras se difuminan detrás de una camiseta, un gol y un abrazo entre extraños. Pero la Casa Blanca, fiel a su manual de estilo, parece haber entendido el torneo al revés: no como una oportunidad para abrir puertas, sino como una vitrina para reforzar muros. Las alarmas se encendieron hace meses, cuando comenzaron a circular filtraciones sobre planes migratorios restrictivos durante la cita mundialista. Visas denegadas sin justificación razonable a periodistas, aficionados y hasta delegaciones de países considerados \»sospechosos\» por el gobierno estadounidense. Controles migratorios que, en lugar de agilizarse para recibir al mundo, se endurecen como si el Mundial fuera una amenaza y no una fiesta. Y luego está el discurso. Mientras México y Canadá han apostado por presentar el torneo como un espacio de integración regional, Trump ha aprovechado cada aparición pública para vincular la organización del evento con su narrativa de \»seguridad nacional\». En lugar de exaltar la diversidad, ha insinuado que el Mundial es un imán para \»indeseables\». En lugar de celebrar el encuentro de culturas, ha insistido en que el control fronterizo será más importante que la hospitalidad. Pero si el comportamiento de Trump es previsible —casi un espejo de su ideario—, lo que resulta imperdonable es la actitud de la FIFA. El organismo que preside Gianni Infantino, tan veloz para sancionar a un jugador por un tuit políticamente incorrecto o para exigir garantías a países sede cuando los dólares no fluyen, ha optado por el silencio más cómplice ante el atropello sistemático del gobierno estadounidense. Ni una declaración firme. Ni una exigencia de garantías migratorias para aficionados y trabajadores del fútbol. Ni un recordatorio de que el Mundial es, por esencia, un espacio de libre circulación y encuentro. La pusilanimidad de la FIFA es tan evidente como vergonzosa. La misma institución que no dudó en presionar a Brasil, Sudáfrica o Rusia con pliegos de condiciones innegociables, ahora dobla la rodilla ante el poder económico y político de Estados Unidos con un mutismo que solo puede interpretarse como complicidad. Infantino, ese funcionario que ha hablado de \»fútbol para todos\» y de \»unidad global\», desaparece del mapa cada vez que Trump endurece el discurso antiinmigrante. Su silencio no es neutralidad: es una toma de posición. Pero el silencio cómplice de la FIFA no se limita a las bravuconadas migratorias de Trump. Ha llegado más lejos, hasta el terreno de lo absurdo y lo cruel. Baste recordar la deportación del mejor árbitro africano del continente, un hombre cuya trayectoria impecable le había ganado un lugar en el panel arbitral del Mundial. Su pecado: haber sido incómodo para ciertas firmas comerciales que manejan los hilos del gran negocio en que han convertido la cita mundialista. La FIFA, lejos de defender a uno de los suyos, optó por la complacencia más servil. No hubo comunicado de respaldo, ni gestión diplomática, ni siquiera un gesto simbólico. Solo el silencio. Ese silencio que habla más alto que cualquier discurso y que revela la verdadera naturaleza de una organización donde la corrupción y el oscurantismo campan a sus anchas, protegidos por la opacidad de contratos millonarios y alianzas inconvenientes. Porque no nos engañemos: el Mundial ya no es un torneo de fútbol. Es una máquina de hacer dinero, un circo de patrocinadores, una vitrina donde los derechos humanos y la dignidad de las personas pesan menos que un contrato de televisión. Y la FIFA, lejos de ser la guardiana del espíritu del deporte, se ha convertido en su principal sepulturera. Cada escándalo de corrupción, cada decisión opaca, cada veto artero a quienes se atreven a cuestionar el orden establecido, confirma que el balón ya no rueda por amor al juego: rueda por amor al dólar. Esta no es una crítica ingenua. El deporte nunca ha sido ajeno a la política, y sería absurdo pretenderlo. Pero hay una diferencia abismal entre aceptar que el fútbol convive con el poder y permitir que el poder secuestre al fútbol mientras el ente rector mira hacia otro lado. Lo que estamos viendo es lo segundo: un gobierno que utiliza el escenario global del Mundial para reforzar su imagen de dureza migratoria, y una FIFA que se hace la distraída —o la cómplice— con tal de no incomodar a su anfitrión más rentable. El Mundial 2026 debía ser el de la reconciliación trinacional, el de la vuelta del torneo a Norteamérica después de tres décadas, el del fútbol como lenguaje común entre Estados Unidos, México y Canadá. Pero la administración Trump, con su obsesión por distinguir entre \»bienvenidos\» y \»no bienvenidos\», ha logrado manchar ese espíritu antes de que nazca. Y la FIFA, con su silencio de cartón piedra y su complicidad activa, ha validado cada mancha. No se trata de pedir ingenuidad. Se trata de recordar lo obvio: un Mundial no es una cumbre política. Es un estadio lleno de banderas distintas que, por 90 minutos, deciden no odiarse. Es un niño saltando junto a un extraño que habla otro idioma. Es la prueba de que la humanidad puede, si quiere, encontrar puntos de encuentro. Defender eso no es radicalismo: es el mandato mínimo de una federación que dice representar el \»espíritu del fútbol\». Un espíritu que, bajo la era Infantino y sus socios comerciales, ha sido vendido al mejor postor. La administración estadounidense aún está a tiempo de corregir el rumbo. De recordar que ser

La triple frontera del caos: el Mundial 2026 destapa la guerra fría entre Trump, Canadá y México

Aficionados que viajen a Norteamérica para la primera Copa del Mundo compartida en el continente se toparán con una región al borde del estallido diplomático, donde el comercio, la inmigración y el narcotráfico han convertido el torneo en una tensa cena familiar justo cuando los anfitriones dejan de fingir cordialidad Redacción de Umbral Llegar a la cena cuando los anfitriones ya están discutiendo. Así se siente el ambiente que recibirá a los millones de aficionados que cruzarán fronteras para el Mundial 2026. Detrás de la selfie de diciembre en Washington —donde Donald Trump, Mark Carney y Claudia Sheinbaum posaron sonrientes con Gianni Infantino— se esconde una realidad que no admite filtros: Estados Unidos, Canadá y México atraviesan su relación más tensa en décadas, justo cuando deben compartir un mismo escenario durante 39 días y 16 ciudades. El presidente estadounidense no ha disimulado su papel de potencia dominante. Sus aranceles golpearon primero a sus dos vecinos, y sus comentarios sobre convertir Canadá en el \»estado 51\» provocaron una respuesta furiosa: provincias canadienses retiraron licores estadounidenses de sus estanterías y los viajes al sur se desplomaron. México, por su parte, soporta el peso de ser señalado como \»puerta trasera\» para inversiones chinas, un estigma que el analista Carlo Dade, de la Universidad de Calgary, califica sin rodeos como \»francamente irrespetuoso\». La incomodidad no termina en la frontera. Dentro de México, el principal sindicato de maestros mantiene una huelga nacional bajo el lema \»Sin solución, no habrá saque inicial\», mientras el Aeropuerto de la Ciudad de México y el Estadio Azteca enfrentan dudas sobre su preparación. La violencia de carteles, aunque breve, dejó una huella imborrable. \»Ser coanfitriones no es receta para una relación idílica\», advierte Lindsay Sarah Krasnoff, profesora de deporte global en la Universidad de Nueva York, quien recuerda que el torneo conjunto de Japón y Corea del Sur en 2002 terminó en un \»empate agridulce\». Pero el verdadero dolor de cabeza para los visitantes no serán los aranceles ni las disputas comerciales. Será la obsesión del gobierno de Trump con el control migratorio. Aficionados que planeen cruzar de Canadá a Estados Unidos, o de México a Estados Unidos, se enfrentarán a controles fronterizos endurecidos, largas esperas y un escrutinio que no distingue entre hinchas y migrantes indocumentados. La administración estadounidense ha reforzado las revisiones en aeropuertos y pasos terrestres, y cualquier error administrativo —un visado vencido, una declaración mal hecha— puede derivar en detenciones o deportaciones exprés. En un Mundial donde los hinchas se desplazarán entre tres países para seguir a sus selecciones, la burocracia migratoria amenaza con convertirse en el verdadero rival a vencer. El fútbol, mientras tanto, queda en un segundo plano. Los partidos se jugarán en estadios de primer nivel: el renovado Estadio Azteca en la Ciudad de México, el SoFi Stadium en Los Ángeles, el MetLife Stadium en Nueva York, el BC Place en Vancouver. Pero fuera de las canchas, el ambiente será cualquier cosa menos festivo. Los hinchas mexicanos, que han demostrado históricamente un fervor incomparable, llegarán con la moral a media asta: su selección llega al torneo con un camino de clasificación accidentado y una federación sumida en escándalos. Los canadienses, por su parte, celebran su primera clasificación en 36 años, pero lo hacen bajo la sombra de un primer ministro que intenta recomponer relaciones mientras el país se siente humillado por Trump. Y los estadounidenses, que sueñan con alzar la copa en casa, tendrán que lidiar con la presión de ser los anfitriones principales en un ambiente diplomático hostil. Aun así, hay quienes ven una oportunidad dorada. La revisión del T-MEC —el acuerdo de libre comercio vigente desde 1994— coincide con el calendario del torneo. Trump, Carney y Sheinbaum podrían usar los partidos como escenario de diplomacia informal, tal como ocurrió en el sorteo de diciembre. Pero el ego presidencial estadounidense —su obsesión por acaparar reflectores en Truth Social— amenaza con desequilibrar cualquier intento de armonía. La FIFA, por su parte, insiste en el mantra de la unidad: \»Tres países y todo un continente dicen al unísono: estamos unidos como uno solo\». Pero la realidad, como el fútbol mismo, es caprichosa e impredecible. El Mundial 2026 no solo definirá al campeón del mundo. También revelará si tres vecinos que apenas se soportan pueden, durante 39 días, fingir que se quieren. Los aficionados harán bien en prepararse para lo peor. Porque cuando el árbitro pite el inicio del primer partido, en las gradas habrá emoción, pero en las oficinas gubernamentales, la tensión será la protagonista. Y la única certeza es que, como en todo Mundial, el balón rueda, pero los problemas —los de verdad— nunca se quedan en la cancha.

¡AMLO desata tormenta! Acusa a Trump de rodearse de “fanáticos” y denuncia injerencia gringa en elecciones

El expresidente mexicano rompe su retiro con una carta incendiaria: respalda sin condiciones a Claudia Sheinbaum, asegura que Washington busca un “gobierno entreguista” y llama a Donald Trump a “mandar al carajo” a sus asesores, a quienes culpa de un giro “vil y siniestro” contra México. Por Julio Guzmán Acosta CIUDAD DE MÉXICO – El fantasma del viejo tabasqueño volvió a recorrer los pasillos del poder. Andrés Manuel López Obrador, el expresidente que juró convertirse en un simple “abuelito” retirado, reapareció ayer con una misiva de doce cuartillas que incendió el tablero político mexicano y puso nuevamente en tensión la relación bilateral con Estados Unidos. Con su prosa larga, su furia medida y esa ironía que lo caracteriza, AMLO no solo salió en defensa de la presidenta Claudia Sheinbaum, sino que fue más allá: acusó directamente al gobierno de Donald Trump de intentar intervenir en las próximas elecciones mexicanas y de orquestar una campaña para debilitar a Morena desde dentro. “Algunos funcionarios de Estados Unidos están tramando debilitar a Morena y fortalecer a la oposición de derecha en México”, escribió el exmandatario. Según su análisis, el objetivo es claro: “volver a disponer de un gobierno entreguista, corrupto, mafioso y cruel y, por lo mismo, vulnerable, subordinado y fiel a sus designios intervencionistas”. El mensaje, lejos de ser una pieza retórica aislada, aparece en un contexto explosivo. Apenas días antes, el Departamento de Justicia estadounidense solicitó la detención preventiva con fines de extradición del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, al tiempo que se filtraron documentos que vinculan a otros mandatarios morenistas con estructuras del crimen organizado. Para López Obrador, no hay casualidades: “Se utilizan las prácticas intervencionistas de siempre, ahora con el pretexto del combate a la migración y al narcoterrorismo”. Lo más llamativo de la carta, sin embargo, no es el ataque frontal a Washington, sino el retrato íntimo y nostálgico que AMLO traza de Donald Trump. “El Trump de ahora es distinto al que traté”, asegura el expresidente, y acto seguido despliega una lista de logros que, según él, construyeron juntos durante su mandato: la liberación del general Salvador Cienfuegos, la firma del T-MEC sin cláusulas lesivas para la soberanía energética de México, el respeto mutuo durante la pandemia del COVID-19, y hasta la negativa del republicano a calificar a los narcotraficantes como terroristas, después de que López Obrador se lo aconsejara. “En un acto público en la Casa Blanca, reconoció que los migrantes mexicanos eran trabajadores y contribuían al desarrollo de Estados Unidos”, recuerda con tono casi melancólico. Pero hoy, dice, todo cambió. Y la pregunta que atraviesa la carta es inevitable: ¿por qué ese giro tan brusco? La respuesta de López Obrador no deja espacio para matices. Según el exmandatario, Trump ha caído presa de un círculo cercano de “personas inexpertas, resentidas y fanáticas” que lo han embarcado en “viles y siniestras aventuras”. Sin mencionar nombres explícitos, la referencia apunta a asesores como Marco Rubio, o a sectores del pentágono y la DEA que, en su visión, siempre vieron a México como un patio trasero intervenible. Por eso el llamado final de AMLO es, ante todo, un acto de fe política: “Por el bien de todos, que regrese el otro Trump. Que mande al carajo a las rémoras que lo rodean y lo azuzan”. Esta no es la primera vez que López Obrador rompe el silencio que se autoimpuso al dejar la presidencia. De hecho, es la quinta ocasión en la que el popular exmandatario sale de su retiro político, y la tercera vez este año que dedica un mensaje público al intervencionismo de Estados Unidos en América Latina. El primer aviso llegó tras el bombardeo a Caracas y el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro; el segundo fue por el anuncio del cerco energético a Cuba. Ahora, con la mira puesta en las elecciones mexicanas y la sombra de la DEA sobre los gobernadores morenistas, el viejo líder vuelve a la carga con una consigna clara: defender a su movimiento, proteger a su heredera y llamar a un Trump que ya no existe, o que al menos ya no quiere ver. Mientras la presidenta Sheinbaum guarda un silencio institucional y evita confrontar directamente con Washington, su padrino político habla con la voz que aún retumba en las plazas. Trump, por ahora, no ha respondido. Pero en México ya todos escucharon.