UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

¡SACRILGIO EN EL MUNDIAL! La FIFA LE CIERRA LA BOCA al español y la hispanidad RESPONDE con FURIA

Restricciones absurdas en las salas de prensa del Mundial 2026 en Estados Unidos desatan una tormenta diplomática: prohíben preguntas en castellano, humillan a periodistas y hasta Achraf Hakimi se burla del protocolo. Mientras México es país anfitrión y en EE.UU. hay 50 millones de hispanohablantes, la FIFA justifica su \»veto\» con excusas técnicas que nadie se cree. Crece la sospecha de una mano negra desde la administración Trump, tras su antecedente con Bad Bunny en el Super Bowl. Por Julio Guzmán Acosta Desde la redacción, con el pecho inflado de patriotismo y la pluma ardiendo como una contrafaena en el alargue. ¡Qué vergüenza, carajo! No ganamos en penales, nos ganan en el micrófono. El Mundial 2026 todavía no patea el primer tiro libre y ya tenemos expulsado al idioma de Cervantes, García Márquez, Fidel Castro y Sabina. La FIFA, ese árbitro ciego que siempre le cobra falta al más débil, acaba de cometer la peor barrabasada fuera de la cancha: le mete una plancha criminal al español en las salas de prensa de Estados Unidos. Como si el fútbol se hablara solo en inglés. Como si Maradona hubiera cantado el \»gol del siglo\» en la BBC. Como si Messi, al levantar la Copa en Qatar susurrara \»thank you very much\» en vez de \»muchachos, ahora hemos tocado el cielo\». La jugada fue así: en el estadio Metlife de Nueva Jersey, el periodista mexicano Rodrigo Ornelas, de TV Azteca, quiso preguntarle en español a Achraf Hakimi. El lateral marroquí, nacido en España y criado jugando al fútbol en las plazas españolas, entiende el castellano mejor que un letrado del Colegio de Abogados. Pero el moderador de la FIFA saltó como un 5 criminal: \»No se admiten preguntas en castellano\». Hakimi, con la sonrisa de quien ya sabe que el poder es un chiste mal contado, soltó la frase que incendió las redes: \»¿Cómo respondo, en inglés o en español?\». Golpe de pecho. Asistencia de lujo. Y la prensa mundial, de pie. Pero la cosa no quedó ahí. Vinícius Júnior, la alegría personificada, pidió que le hablaran en español en la misma sala. Y el periodista de DAZN, con cara de haber perdido el ascenso en la última fecha, solo atinó a decir: \»Creo que no puedo\». ¿No puede? ¿Quién le puso la mordaza? ¿La FIFA o el tío Sam? que juega en el Barça, también sufrió la censura. Un redactor quiso hacerle una pregunta en castellano y los voceros oficiales lo obligaron a cambiarla al inglés. El mediocampista, descolocado, respondió como pudo. Pero todos vimos el desaire. La FIFA, en un comunicado más frío que un vestuario en Rusia, salió a decir que \»no hay veto\». Que todo es por \»falta de traductores\» y \»logística remota\». Que las preguntas deben hacerse en los idiomas de las selecciones que juegan, y si no, al inglés como árbitro neutral. ¿Neutral? ¿El inglés? En un Mundial organizado por México, Estados Unidos y Canadá. Donde México es sede. Donde en California, Texas y Florida se habla más español que en un barrio de Santo Domingo. Pero ojo, que la cosa huele a gas pimienta. Nadie se cree el cuento de los traductores en un evento deportivo que se organiza cada cuatro años y donde se gastan miles de millones de dólares. Aquí hay una línea que conduce directamente a la Casa Blanca, a esa administración Trump que ya le hizo la misma jugada a Bad Bunny en el Super Bowl. ¿Se acuerdan? El Conejo Malo quiso hablar en español desde el escenario y los operadores de la NFL le bajaron el volumen. Ahora la misma jugada, pero en los Mundiales. Coincidencia? No, amigo. Eso es plancha con pierna cambiada. Las cadenas hispanas, los diarios como El País y Goal.com, ya reportaron la incoherencia: en Guadalajara, sede mexicana, el español fluye libre. Pero en Nueva Jersey, Dallas o Los Ángeles, los periodistas hispanos somos tratados como extras de reparto. ¿Por qué? Porque allá manda el inglés. Y porque, aunque duela, al poder le molesta que 50 millones de voces griten \»¡gooooool!\» en el idioma que les sale del alma. Así que ya saben. La pelota no entra, la FIFA no traduce y el orgullo hispano está más caliente que una tribuna en Boca. Esto no termina acá. Esto es solo el calentamiento. Que se preparen, porque en el Mundial 2026, si no nos dejan hablar, vamos a festejar cada gol con un poema de Neruda, una prosa de Gracia Márquez o una canción de Bad Bunny. Y eso, señores de la FIFA, no lo traduce ni el mejor intérprete del mundo.  

Tokio se rinde al \’Conejo Malo\’: Bad Bunny conquista por primera vez Asia con un concierto íntimo y nostálgico

El puertorriqueño ofreció anoche en Chiba un espectáculo de hora y media para celebrar sus billones de reproducciones en Spotify. Entre ritmos de reguetón, un guiño a la isla de Yonaguni y un homenaje final a la salsa, el artista conectó con un público que coreó en español y japonés cada uno de sus himnos. Por César Dalmasi Guzmán  Tokio, 7 mar .- Por primera vez, la música de Bad Bunny dejó de ser un eco lejano en auriculares para convertirse en una experiencia colectiva en suelo asiático. El Tipstar Dome de la vecina ciudad de Chiba fue el escenario de un hito: el debut en Japón del fenómeno de Puerto Rico, un concierto que, lejos de la pirotecnia de los grandes estadios, optó por la intimidad de un encuentro con sus seguidores más fieles en el archipiélago. Poco antes de las siete y media de la tarde, las luces del recinto se extinguieron. Las primeras notas de \’EoO\’ emergieron en la penumbra, pero fue la transición inmediata a \’Me Porto Bonito\’ lo que detonó el primer estallido. Cientos de voces, en un crisol de japonés y español, se elevaron al unísono. Entre la multitud, la peruano-japonesa Naomi Uehara, nacida en Perú pero criada en Japón desde el año de edad, resumía el sentir general: \»Es un sueño poder estar aquí y ver a un artista como él cantando en español\». A su lado, Mizuki Arce aún procesaba la fortuna de estar ahí: \»Estaba en el metro cuando recibí las entradas. Al principio no me lo creía\». El concierto, encuadrado en la serie \’Spotify Billions Club Live\’, está reservado para aquellos artistas que acumulan múltiples canciones con más de mil millones de reproducciones. Bad Bunny, con apenas 31 años y más de una veintena de temas en esa selecta lista, se ganó con creces el derecho a esta celebración. El repertorio fue un viaje expreso por la columna vertebral de su éxito. \’No Me Conoce\’, \’La Neverita\’ y \’Si Veo a Tu Mamá\’ mantuvieron el pulso alto, antes de que la irrupción de Arcángel y Ñengo Flow en la pantalla para \’Safaera\’ desatara la euforia. \»La noche acaba de empezar. Sé que ustedes tienen mucha energía todavía y quiero que eso se note en esta canción\», arengó el cantante antes de sumergir al público en el universo de \’Dakiti\’ y \’Titi Me Preguntó\’. Sin embargo, el momento de mayor conexión llegó con un cambio de registro. La silueta del artista se recortó sobre el escenario mientras confesaba: \»Esta canción es muy especial para mí. Cuando la escribí me imaginé aquí, en Japón\». Los primeros acordes de \’Yonaguni\’, cuyo nombre evoca la enigmática isla del extremo occidental de Japón, inundaron la sala. En su tramo final, el público tomó la voz cantante, replicando la estrofa en japonés con una precisión que obligó al artista a detenerse, abrir los brazos y rendirse ante la entrega de sus fans. Tras recuperar el pulso del reguetón con \’Callaíta\’, Benito Martínez, nombre de pila del artista, arrojó su chaleco al público para enfundarse un esmoquin que guardaba un detalle para la posteridad: el reverso, bordado con kanjis brillantes, rezaba \’Tokio\’. La noche deparaba aún otra sorpresa: una versión de ‘Mía’ despojada de su producción original y reconstruida sobre la base cálida de tambores, timbales y bongós, en un gesto que viró hacia la tradición. \»Ya bailamos reguetón toda la noche, ahora toca un poco de salsa\», anunció Bad Bunny, transformando la pista en una fiesta de barrio. \»Tokio baila sin miedo\», arengó. El tramo final incluyó \’Nueva York\’, su más reciente incorporación al club de los billones, y un falso adiós que nadie creyó. \»Ya se acabó\», advirtió con picardía, pero el público, sabedor de lo que se avecinaba, rugió exigiendo el último ritual. La noche cerró con \’Debí Tirar Más Fotos\’, el tema que da título a su más reciente producción discográfica, un homenaje a la cultura de su Puerto Rico natal que acaba de hacer historia al ganar el Grammy al mejor álbum del año, el primero otorgado a una obra íntegramente en español. Antes del último acorde, el cantante impartió una lección que trascendió la música: \»Son ustedes los que me trajeron a Japón, algo que nunca imaginé. Dejen los móviles y disfruten, porque como dice la canción, mientras uno esté vivo, uno tiene que amar lo más que pueda\». Las luces se apagaron para entonar la melodía final, sellando así un capítulo inolvidable en la historia de la música latina en Japón.  

El Malo se fue pa\’l cielo: Willie Colón, el trombonista que le puso salsa a las calles del Bronx, muere a los 75 años

El músico que convirtió el metal de su trombón en el rugido de una generación, falleció este sábado en Nueva York. Desde las trincheras de la Fania con Héctor Lavoe hasta la poesía social junto a Rubén Blades, Colón forjó la banda sonora de la diáspora puertorriqueña. “Pasan los años y sigo dando palos”, profetizó Bad Bunny. Hoy, esos palos resuenan como un réquiem eterno. Por Julio Guzmán Acostao Nueva York – Dicen que en el Bronx, el cemento humea y las calles tienen nombre de lamento. Pero cuando Willie Colón empuñaba su trombón, el humo se convertía en niebla de club nocturno y las calles aprendían a bailar. Esta madrugada, el niño nacido el 28 de abril de 1950 en el sur del Bronx, el que aprendió a hablar en español con el acento de su abuela puertorriqueña, dejó de existir en un hospital de la ciudad que lo vio crecer. Tenía 75 años y un legado de más de 30 discos que no caben en ninguna vitrina de Discos de Oro o Platino. “Willie Colón me dicen El Malo, porque pasan los años y sigo dando palos”. Cuando Bad Bunny entonó este verso en el intermedio del Super Bowl, no solo estaba sampleando una leyenda; estaba ungiento a un profeta. Ese \»Malo\» al que alude la canción no es un adjetivo, es un manifiesto. Fue el título del álbum que en 1967, con solo 16 años, Colón firmó junto a un flaco desconocido de Ponce llamado Héctor Lavoe. Juntos, sin saberlo, estaban mechando la pólvora de lo que sería la explosión de la salsa. No era solo música: era el retrato sonoro del barrio, con sus luces y sus sombras, con su Calle Luna y su Calle Sol. Pero hablar de Willie Colón es hablar de un titán de mil cabezas. Cantante, poeta, arreglista, productor y director musical. Su trombón, rebelde y rasposo, se convirtió en la voz de los metales en la Fania. Su genius loci lo llevó a formar otro de los dúos más sagrados del firmamento latino, esta vez con un intelectual panameño de verbo afilado: Rubén Blades. Juntos grabaron Canciones del solar de los aburridos, y juntos elevaron la crónica musical a la categoría de literatura. Fueron años de ebullición creativa hasta que, como suele pasar en los reinos de este mundo, un desacuerdo financiero en 2003 apagó la llama del dúo en los escenarios. Pero la música, tozuda, se negó al silencio. Su vínculo con Puerto Rico no era una postal turística. Willie fue el más boricua de los neoyorquinos, y eso es mucho decir en una ciudad donde más de un millón de hijos de la isla caminan sus aceras. Ese amor tenía rostro de mujer y nombre de abuela: Antonia Román Pintor. A ella le dedicó el álbum Hecho en Puerto Rico, un testimonio de que la identidad no entiende de mapas, sino de latidos. Hoy, la isla y el Bronx se visten de luto. Hace apenas unas horas, su familia emitía un comunicado con la voz entrecortada: “Es con profunda tristeza que anunciamos el fallecimiento de nuestro amado esposo, padre y renombrado músico, Willie Colón. Partió en paz esta mañana, rodeado de su amada familia. Aunque lloramos su ausencia, también nos regocijamos con el regalo eterno de su música”. Pidieron privacidad. Pero es difícil pedir silencio cuando el muerto es el hombre que nos enseñó a cantarle a la vida, a la muerte y al Gran Varón. Cuando el féretro de William Anthony Colón Román recorra el último tramo de esta ciudad de hierro, no habrá trompetas celestiales que le hagan competencia. Habrá, eso sí, un coro de millones de voces tarareando sus éxitos, porque cuando el que se va es El Malo, no hay más remedio que aceptar que se fue, como diría su amigo Lavoe, para gozar. Y esta vez, a gozar se dijo… con llanto.

La Fiesta que Trump no Pudo Silenciar: El Dembow que Retumbó en el Corazón del Imperio

Anoche, en el zumbido eléctrico del Levi\’s Stadium, ocurrió lo que el discurso del miedo había calificado de imposible. Lo que la ira presidencial había tildado de “horrible”. Sobre el césped sagrado del fútbol americano, donde solo resuenan los himnos en inglés y los cantos de guerra de equipos con nombres de conquistadores, floreció, explosiva y soberana, una isla. No fue un escenario, fue un país portátil. Y su embajador, Benito Antonio Martínez Ocasio, no pidió disculpas. Dio una lección. Bad Bunny convirtió los trece minutos de medio tiempo en una crónica épica de la resistencia latina. No con discursos, sino con símbolos. No con arengas, sino con perreo. La casita multicolor, un ícono de sus conciertos en Puerto Rico, se erigió en el centro del campo como un acto de posesión doméstica. “Aquí vivimos”, parecía decir. De sus ventanas asomaron no solo estrellas como Karol G o Pedro Pascal, sino el alma misma de una comunidad. Apareció La Toñita, leyenda nuyorican de Brooklyn, sirviendo un trago mientras sonaba NUEVAYoL. Cada detalle era un puente tendido entre el archipiélago y la diáspora, entre la nostalgia y el poder del ahora. Pero el golpe maestro, el que transformó la celebración en declaración política, fue el desfile final. Un cuerpo de baile, una constelación humana, ondeó las banderas de toda América Latina. Argentina, México, Colombia,Venezuela, República Dominicana… una a una, como un rosario de patrias unidas por un ritmo común. Bad Bunny, con la furia del que reclama lo suyo, recitó los nombres. Y luego, alzó un balón de fútbol americano que llevaba un mensaje escrito para quien quisiera leerlo: “Juntos somos América”. No America. América. Plural, mestiza, nuestra. Fue un touchdown conceptual contra la idea de una nación única, pura y homogénea. Un pase perfecto a la end zone de la unidad continental. El espectáculo fue un viaje sin concesiones por el español y sus ritmos. No hubo guiños en inglés, no hubo traducción. El “perreo”, ese baile sensual y liberador tan vilipendiado por la moralina, se escribió con letras gigantes en las pantallas. Era la reivindicación de un código cultural, de un lenguaje corporal que es territorio propio. La música fue un mapa sonoro de la conquista: desde los himnos del reguetón primigenio como La Gasolina —un reconocimiento a los pioneros Daddy Yankee y Don Omar— hasta la fusión con Lady Gaga, quien, en un gesto de sumisión al nuevo orden, transformó su balada Die with a Smile en un número salsero con el conjunto puertorriqueño Los Sobrinos. Y en medio de la fiesta, el guiño más conmovedor y punzante. Tras ganar dos Grammys la semana pasada y gritar “ICE fuera” ante el mundo, Bad Bunny entregó uno de sus trofeos a un niño en el escenario. La imagen era un dardo de doble filo: era él mismo de pequeño, soñador en Vega Baja; pero también, de manera inevitable, era Liam Conejo, el niño migrante detenido, el símbolo del trauma infligido por las políticas que Trump promete intensificar. No hizo falta una palabra. El acto lo dijo todo: el futuro recibe el reconocimiento de manos del que resiste. Mientras esto ocurría, la reacción del otrora hombre más poderoso no se hizo esperar. En su red social, Trump escribió que el espectáculo había sido “terrible” y “una afrenta”. Se quejó, previsiblemente, de que “nadie entiende una palabra”. Lo entendió perfectamente. Entendió que había perdido esta batalla cultural. Que mientras su “Intermedio Exclusivamente Estadounidense” alternativo languidecía en YouTube, Bad Bunny había ocupado, con una fiesta imparable, el centro simbólico del país. Anoche, el medio tiempo de la Super Bowl dejó de ser un intermedio. Fue el acto principal. Fue la prueba de que la cultura no es un entretenimiento inocente, sino el campo donde se libran las batallas más decisivas por la identidad y la pertenencia. Bad Bunny no solo dio un concierto. Plantó una bandera. Demostró que se puede cantar solo en español en la fortaleza del sueño americano y hacer que el mundo coree al unísono. Trump puede no saber quién es. Puede decir que no lo escucha. Pero anoche, 130 millones de personas, voluntaria o involuntariamente, sintieron el temblor. El futuro llegó. Y viene perreando.

\»Perreo\» en el jardín de Trump: la revolución en español de Bad Bunny

El niño de Vega Baja que, desde su casita en el medio tiempo más político de la historia, convirtió el español en un himno de batalla y el baile en un acto de desafío frente a la América monolingüe y el \»terrible\» espectáculo que denunció el expresidente. Por Julio Guzmán Acosta SANTA CLARA, California.— Una fantasía tejida con raíces y asfalto se desplegó ante los ojos del mundo. No era un decorado, era un país portátil. Un archipiélago emocional donde convivían, en trece minutos vertiginosos, las palmeras que se mecen con el viento del este y los postes de luz derribados por el huracán; las partidas de dominó en la acera y el brillo ultravioleta de uñas recién hechas; el aroma a caña dulce y el letrero neón de una licorería que dice, simplemente, “Conejo”. Es el mapa sentimental que Bad Bunny, el niño de Vega Baja devenido en titán cultural, trajo consigo al centro neurálgico del sueño americano: el medio tiempo de la Super Bowl. Y lo hizo no para pedir permiso, sino para plantar bandera. La suya: la de una estrella solitaria sobre un mar agitado. Fue este domingo, en el estadio Levi\’s, donde el fútbol americano hace templo, que Benito Antonio Martínez Ocasio libró su batalla más audaz. No contra un rival deportivo, sino contra un fantasma político que lleva una corbata roja y promete “la mayor deportación” de la historia. Mientras 130 millones de personas esperaban el segundo tiempo, Bad Bunny entregó un manifiesto sonoro y visual en puro español, un idioma que el presidente Donald Trump, horas después, calificaría como incomprensible en un espectáculo “terrible”. Esa fue, quizá, la victoria más dulce: haber obligado al hombre más poderoso del mundo a verlo, a escucharlo y a reaccionar con desprecio. El desprecio, siempre, es el tributo que el poder paga a lo que no puede silenciar. El show fue una odisea en dos actos. El primero, una reivindicación feroz del patrimonio puertorriqueño, insular y diaspórico. Allí estaba la “casita” colorida, refugio y fortaleza, idéntica a la de sus históricos conciertos en la isla. De sus ventanas asomaban, como santos laicos de una nueva religión, las estrellas que lo acompañan: Karol G, Jessica Alba, Pedro Pascal. Y en un guiño que recorrió el puente aéreo entre San Juan y Brooklyn, apareció La Toñita, icono nuyorican, sirviendo un “shot de cañita” mientras sonaba NUEVAYoL, un himno que convierte la distancia en proximidad: “PR se siente cerquita”. El segundo acto fue una proclamación panamericana. Un cuerpo de baile ondeó las banderas de toda la región, mientras Bad Bunny, con rabia y orgullo, recitaba los nombres de las patrias. Al final, elevó un balón de fútbol americano que declaraba: “Juntos somos América”. No America en singular y en inglés, sino América, plural, mestiza y en español. Un touchdown simbólico contra la idea de una fortaleza blanca y angloparlante. Fue el momento más político y perfecto: usar el artefacto sagrado del deporte estadounidense para lanzar un pase de unidad continental. No estuvo solo en esta reafirmación generacional. Ricky Martin, pionero en la conquista de estos escenarios, apareció con un cuatro, entonando Lo que le pasó a Hawaii, un tema de Bad Bunny que es un llamado a no olvidar las raíces. Fue un traspaso de cetro, un reconocimiento en clave de familia. Luego, Lady Gaga se sumó a la fiesta, transformando su balada Die with a Smile en un número salsero con Los Sobrinos, fundiéndose después en un “perreo” de igual a igual con el anfitrión. Era la constatación de un nuevo orden: el ritmo urbano caribeño, antes marginal, es ahora la lingua franca global. Pero el guion, magistral, guardaba su golpe más conmovedor para el final. Tras ganar dos Grammys la semana anterior y gritar “ICE fuera” en la ceremonia, Bad Bunny entregó uno de sus trofeos a un niño en el escenario. La imagen era un puñal de doble filo: recordaba al propio Benito de pequeño, soñador en Vega Baja, pero también, de manera escalofriante, a Liam Conejo, el niño de cinco años detenido por el ICE que se convirtió en símbolo de la brutalidad migratoria. No hizo falta una arenga. La metáfora fue perfecta: el futuro (el niño) recibe el reconocimiento (el Grammy) de manos de quien resiste (Bad Bunny), en un país que simultáneamente premia y deporta. Mientras esto ocurría, la otra América, la que añora un pasado mítico, tenía su propio espectáculo alternativo. La organización MAGA “Turning Point” ofrecía el “Intermedio Exclusivamente Estadounidense” con Kid Rock y cantantes country, una transmisión mortecina que congregó a una fracción del público. El contraste no pudo ser más elocuente: un show anclado en la nostalgia de un ayer dudoso, frente a una explosión anclada en el vibrante, complejo y diverso presente. “Es terrible… una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”, escribió Trump en Truth Social. Se quejó del baile “repugnante” y de que “nadie entiende una palabra”. No lo entendió. O quizás sí. Entendió, con rabia, que Bad Bunny logró lo imposible: convertir los trece minutos más comerciales del planeta en una plaza pública donde se habló de colonialismo, gentrificación (El apagón, cantado desde un poste de luz), resistencia migrante y orgullo latino. Donde el “perreo”, esa danza sensual y liberadora, se erigió en acto político de existencia y alegría frente a la pureza impuesta. Hace una década, en un hotel cercano a este estadio, Colin Kaepernick se arrodilló durante el himno. Hoy, la NFL, que mantuvo larga distancia de aquel gesto, eligió por sí misma a un artista que canta sólo en español y critica al ICE. Es el signo de los tiempos. Bad Bunny no es un inmigrante; es un ciudadano estadounidense de Puerto Rico, con la memoria larga de la segunda clase. Y desde esa posición, con la potencia de sus beats y la audacia de su puesta en escena, ha forzado el micrófono más grande del mundo a amplificar una conversación incómoda y necesaria. Al final, cuando el eco de DtMF y su

Bad Bunny: La Voz Indómita en la Noche Dorada

Un grito desde el escenario más brillante: cuando la música desnudó la barbarie y reclamó los nombres robados. Por Julio Guzmán Acosta La madrugada de este lunes, mientras Estados Unidos dormía entre pesadillas de protestas y divisiones, los Grammy no fueron solo una fiesta. Fueron un juicio. Bajo los reflectores de la industria musical más poderosa del mundo, se levantó un tribunal improvisado donde los acusados tenían nombres: ICE, la política migratoria de la administración Trump, el olvido calculado hacia los cuerpos que cruzan fronteras. Y desde ese estrado, con el trofeo del Álbum del Año en la mano, Bad Bunny —el huracán boricua que ha redefinido el pop global— lanzó un veredicto inapelable, una frase que ya resuena como estribillo de una generación: “No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens, somos humanos”. Pero aquel no fue un discurso aislado. Fue el coro final de una sinfonía de rabia y dignidad que atravesó toda la gala. Mientras en Mineápolis y otras ciudades ardían las calles por la justicia racial y migratoria, las alfombras rojas se llenaron de insignias discretas pero elocuentes, pequeños emblemas de resistencia prendidos en trajes de diseñador. Y luego, llegaron las voces. Una tras otra, como testigos en un proceso colectivo, desfilaron para dejar su testimonio. Billie Eilish, con su fría contundencia adolescente, sentenció: “No existe tal cosa como una persona ilegal en tierras indígenas robadas. A la mierda con ICE”. Olivia Dean, ganadora a mejor artista nueva, hurgó en la memoria familiar: “Estoy aquí como nieta de un inmigrante, soy producto de la valentía”. Y en el centro de la burla y la sátira, el presentador Trevor Noah clavó su dardo más afilado contra el presidente Trump, comparando su deseo por Groenlandia con la ambición de los artistas por el Grammy a Canción del Año —un chiste que provocó la inmediata y furibunda reacción del mandatario, quien amenazó con demandar al “pobre, patético, sin talento y tonto presentador”. Pero entre todas las intervenciones, la de Bad Bunny emergió con la fuerza de un manifiesto. No fue un agradecimiento protocolario. Fue una interrupción deliberada del guion, un “antes de agradecer a Dios” que trastocó el orden de lo permitido. Al gritar “¡Fuera ICE!” y reclamar la humanidad intrínseca de los migrantes, el artista performó un acto de desobediencia cultural en el corazón mismo del sistema. No habló solo como ganador, sino como portavoz de una comunidad sistemáticamente deshumanizada por leyes y retóricas que reducen vidas a adjetivos: “ilegales”, “extranjeros”, “alienígenas”. La prosa de la noche, así, fue literaria en su tragedia y en su resistencia. Cada discurso, cada insignia, cada mirada a cámara compuso un relato alternativo al oficial: el de un país que, en sus artistas más celebrados, se reconoce plural, mestizo, fundado por y sobre migrantes. Un país que, paradójicamente, celebra en esa misma gala a quienes le recuerdan sus deudas más íntimas. Los Grammy de esta madrugada no premiaron solo la excelencia musical. Premieron, quizá sin quererlo del todo, el coraje de usar el micrófono más amplificado del mundo para decir las verdades más incómodas. Y en ese gesto, Bad Bunny y sus compañeros transformaron trofeos en testimonios, aplausos en solidaridad, y una gala de entretenimiento en un capítulo urgente de la crónica social de nuestro tiempo. Porque, al final, la música puede callar muchas cosas, pero anoche eligió, claramente, gritar.

La Resistencia Sonora: Bad Bunny, Jara y la Memoria en Tiempos de Pinochetismo

El Grito Inesperado Bad Bunny transforma su concierto en el Estadio Nacional de Chile en un potente acto de memoria política, homenajeando a Víctor Jara con \»El Derecho de Vivir en Paz\» en el mismo lugar de su martirio. Este gesto, realizado en el contexto de la inminente asunción presidencial de José Antonio Kast, un declarado admirador de Pinochet, trasciende el espectáculo para erigirse como un acto de resistencia generacional y una defensa simbólica de la memoria histórica frente a la normalización del olvido. Por Julio Guzmán Acosta Hay silencios que gritan. Hay escenarios que, más allá de las luces y el sonido, son heridas abiertas en el cuerpo de un país. El Estadio Nacional de Chile es uno de ellos. Sus gradas no son solo de cemento; son un archivo de ecos ahogados, un monumento al dolor infligido cuando la dictadura lo convirtió en una fosa común de la dignidad. Allí, en 1973, le quebraron las manos a Víctor Jara para silenciar su guitarra. Y allí, sin manos, su voz se alzó por última vez, desnuda y desafiantemente, entonando \»El Derecho de Vivir en Paz\» antes de que el odio lo callara para siempre. Cincuenta y dos inviernos después, en ese mismo óvalo de memoria, irrumpió el ritmo urbano de Bad Bunny, el fenómeno global del perreo. Pero en la cúspide de su espectáculo, algo se quebró en la lógica del mero entretenimiento. Con una decisión cargada de una lucidez tan profunda como arriesgada, cedió el espacio sagrado del hit momentáneo para dar paso a un canto antiguo y eterno. Invitó a un artista local a entonar, ante miles de jóvenes, aquella misma canción de Jara. No fue una pausa nostálgica; fue un puente tendido en el abismo de la desmemoria. Fue colocar el grito de un mártir en el centro del oído de una generación que quizás desconocía el peso de la tierra que pisaba. Y lo hizo en el instante preciso en que la historia amenaza con enredarse en un nudo familiar. Mientras Chile se apresta a recibir a un presidente que ha declarado, sin rubor, que Pinochet votaría por él, y que ha tejido su gabinete con abogados que defendieron al dictador, este gesto reverbera como un aldabonazo. Es la valentía de incomodar. Es decir, desde el epicentro simbólico del horror, que el pasado no es un museo, sino una línea que se puede cruzar de nuevo si se olvida. Los que ven en Bad Bunny solo reguetón banal y espectáculo fugaz no entienden la naturaleza del arte en tiempos de peligro. Un artista consciente no es el que corea consignas, sino el que elige el lugar y el momento para, con un solo gesto, desenterrar la verdad y enfrentarla al presente. Este no es marketing; el marketing huye de la controversia. Esto es posicionamiento: pararse del lado de los que cantaron hasta el final, justo cuando algunos se preparan para blanquear a sus verdugos. El Puente Generacional en Tiempo de Peligro: He aquí la belleza urgente del acto: su poder de despertar. Miles de asistentes, movidos por el beat del perreo, se encontraron de pronto con la historia viva de su país. Recibieron, en el templo del entretenimiento, una lección de memoria. Fue una siembra a contrareloj, una arma de conciencia entregada semanas antes de que un gobierno que reivindica aquella oscuridad asuma el poder. Bad Bunny, Benito Antonio Martínez Ocasio, realizó así la acción más punk y más profunda: usar su plataforma colosal para iluminar una sombra. Convirtió el dolor en dignidad resonante, el olvido en memoria colectiva, la complacencia en resistencia sónica. Recordó, con una potencia que ningún discurso académico podría lograr en ese foro, que hay ecos que no se disipan. Que mientras se cante \»El Derecho de Vivir en Paz\» en el lugar donde quisieron matar la paz para siempre, los Pinochet —los de ayer y los de hoy— no ganarán. La memoria, como el perreo, tiene su propio ritmo implacable. Y no se detiene.

Abueleros, no olviden las fotos, como Bad Bunny

CIELONARANJA Están los abuelos, pero están los abueleros: los que se ejercitan en el arte de serlo, los que te dicen que no, que no están aquí sino aquí, igual, pero \»abueleando\». Se les ve pendientes de ofertas de vuelo hacia Europa, Estados Unidos, Colombia, Inglaterra, para donde sea. El Whastapp es tan importante como el aire acondicionado o las pastillas para la presión o la menopausia. El “Grandma”, el “abuela” o la “Oma” son algunas de las palabras más hermosas del castellano dominicano. Puedes llamar con la urgencia más grande, pero ante el “estoy abueleando” no hay tutía que valga. Soraya, Josefina, Rosalina, Margarita, Wanda, Yulissa, Ángela, Natacha, Rubén, Luis, María Amalia, Carmen Amelia, Eduardo, María y José, abuelean. Las niñas y las niñas se pusieron grandes. Encontraron el amor en algún curso postgrado, en un centro laboral, en cierta consultoría o de pasada, en el área de los más románticos. Se quedaron. Fueron mudados. En vez de tratar de seguir conquistando las escarpadas montañas de Quisqueya o de pescar algún lugar chulísimo en Romana, Barahona o Palmar de Ocoa, los abuelos tuvieron que asumir el camino a La Florida, Nueva Jersey, Madrid, Bogotá, Londres y hasta Berlín, para no ir más lejos. El abueleo cosmopolitiza. Las esforzadas abuelas tratan de enchufar en sus maletas paquetes de cazabes, dulces de coco, pensando en posibles arepas, porque la “dominicanidad” tiene que caber de alguna manera en la maleta. Con el pasar del tiempo y la sensación disneyliana de que están accediendo a nuevos paraísos, incluso a los artificiales de Baudelaire, un buen día se dan cuenta que los nietos ya no se atragantan con el plátano, aunque la yuca, versión brasileña o hindú, puede tener más encantos. Al parecer el pulso que tenían los abuelos con la comida local y la bandera en alto fue superado. Tras el menú emergente, se van cayendo esos ímpetus nacionalistas. Porque se sabe: el país y los amores entran por el estómago, y no será fácil mezclar mofongo con un buen rossé, mangú con espumante, aunque hay cuerpos que superan las leyes de la gravedad y de Newton juntos, y si no, pregúntenle a los Morrisones. Las denodadas abuelas dominicanas tratan de que los vástagos no pierdan las raíces, pensando tal vez en una eventual instalación de algún Instituto Duartiano. El abuelo dominicanizante, sin embargo, salvo en los días navideños, con Juan Luis Guerra y Brugal extraviejo incluido, tendrán sus días contados. En la dinámica bilingüe, junto a un inglés cuasi shakespeariano, fluirá un cibaeño más ácido que el de San José de Las Matas; al francés molieresiano se le agregará un sureño con esas “erres” como carretillas desbocadas… Por suerte, siempre será posible hablar con el críptico criollo, ese que se resuelve con un KLK, entre otras perlas. El abuelo asume sus alturas en tiempos vacaciones, pero su tiempo de éxtasis se produce en Navidad y Año Nuevo. Los abueleros procederán entonces a enviarnos sus hermosos álbumes familiares con los nietos gordísimos, rosadísimos, en caso de que sean blancos. Ya no enviarán fotos en la nieve o al lado de neveras repletas como acontecía en los años 70. Los abuelos más chopos, porque de todo habrá en la isla del señor, tratarán de echarle vainas a media humanidad con fotos junto a tragamonedas en Las Vegas o comprobando a ver si funcionan los esquíes en Aspen. Sin proponérselo, los abuelos y abueleros están ofreciéndonos un país con un paso bien adelante, uno donde ya no seremos este país, apresado entre dos mares, tres sistemas montañosos y gente cada vez más en onda de Numancia, como si no existiera otra cosa y con camisas cada vez más de fuerzas. ¡A luchar, abuelos valientes, que llegó la revolución! ¡Salud a todas las abuelas y los abuelos! Y no hagan como Bad Bunny: no olviden tomar más fotos.

Los Pleneros de la Cresta: Un ejemplo de música con sentido en tiempos de superficialidad

La Plena tiene entre sus secretos la sencillez de sus patrones rítmicos que inmediatamente cautivan a la audiencia, que invitan a su ejecución de forma aficionada y que casi no tienes barreras para su disfrute. Sin embargo, también encierra una polirritmia que envuelve una complejidad difícil de entender y un virtuosismo que impresiona, precisamente saliendo de un tambor de mano, que excepto por las prácticas de antaño, se ejecuta principalmente con una mano. Por Julio Guzmán Acosta En un momento en que la industria musical parece inundada de letras vacías y producciones carentes de profundidad, la agrupación puertorriqueña “Los Pleneros de la Cresta” emerge como un faro de autenticidad y compromiso cultural. Su defensa de la “plena”, un género tradicional de Puerto Rico, y su colaboración con el fenómeno global “Bad Bunny”, han catapultado su música a nivel internacional, demostrando que es posible crear arte de calidad sin sacrificar el mensaje ni la identidad.    Según una entrevista publicada por el periódico español “El País”, Los Pleneros de la Cresta han experimentado un crecimiento exponencial en su popularidad tras participar en el tema “CAFé CON RON”, incluido en el último álbum de Bad Bunny, “DeBÍ TiRAR MáS FOToS”. La canción alcanzó el puesto 83 del “Billboard Hot 100” y se viralizó en TikTok, lo que multiplicó sus oyentes mensuales en Spotify de 30.000 a casi 12 millones. Este éxito no solo ha puesto a la plena en el mapa global, sino que también ha reivindicado la importancia de preservar las raíces culturales en un mundo dominado por tendencias efímeras.    Formado por Joseph, Joshuan, Jeyluix y José Román, el grupo surgió en 2013 en el pequeño barrio de “Frontón”, en Ciales, Puerto Rico. Desde sus inicios, han mantenido un firme compromiso con la plena, un género que consideran parte fundamental de su identidad. “Donde nosotros estemos, vamos a defender lo que nos identifica”, afirmaron durante la entrevista. A pesar de las críticas iniciales que tildaban su música de “cosa de viejos”, Los Pleneros han demostrado que la autenticidad y el mensaje pueden resonar en cualquier generación.    Pero su impacto va más allá de la música. Los Pleneros se han convertido en un referente de “resistencia y activismo cultural”. En su conversación para los lectores de El Pais, destacaron la necesidad de combatir la corrupción y promover la autonomía de Puerto Rico, un territorio que sigue siendo colonia de Estados Unidos. “Necesitamos empoderarnos y definir cómo queremos resolver nuestros asuntos”, expresaron.  Su compromiso social se materializa en proyectos como el “Centro Cultural Yerba Bruja”, un espacio que buscan revitalizar en colaboración con su organización sin fines de lucro, “Acción Valerosa Inc”. Este proyecto, enfocado en la educación, la cultura y la agroecología, busca fomentar la sustentabilidad alimentaria y fortalecer la comunidad. “El Puerto Rico que nos merecemos trasciende más allá de las canciones. Es la canción, pero también la acción”, subrayaron.    Respecto a su colaboración con Bad Bunny, Los Pleneros explicaron que la canción “CAFé CON RON” fue concebida como un “respiro” dentro del álbum, alejada de las temáticas políticas presentes en otras canciones del disco. Sin embargo, ven en este éxito una oportunidad para difundir su mensaje y visibilizar la plena a nivel global. “Es el himno para hacer este efecto de Caballo de Troya”, afirmaron, confiando en que quienes descubran su música a través de Bad Bunny encontrarán un mensaje profundo y comprometido.    El impacto de esta colaboración ha sido significativo, no solo para el grupo, sino para la música tradicional puertorriqueña en general. Los Pleneros aspiran a que este éxito abra puertas para otros artistas que defienden géneros como la “bomba” y la “plena”, y que permita a los músicos vivir de su arte. “Nuestro sueño es que este éxito se refleje en todos los colegas que han dado su vida por esto”, concluyeron.    En un momento en que gran parte de la música dirigida a los jóvenes carece de sustancia, Los Pleneros de la Cresta y artistas como Bad Bunny demuestran que es posible crear arte de calidad sin renunciar a las raíces ni al mensaje. Su ejemplo es un llamado a los jóvenes latinoamericanos y del mundo: “ser joven no significa consumir o producir música basura”. La buena música, aquella que trasciende y transforma, sigue viva y más vigente que nunca. umbral.local/, comprometido con la difusión de la buena música, celebra el éxito de Los Pleneros de la Cresta y su aporte a la cultura de Puerto Rico y latinoamericana.  

Bad Bunny, una velita y una lucecita de esperanza en el desierto

“Lo que le pasó a Hawaii” es una muestra más del compromiso de Bad Bunny con temas sociales y políticos en la música, utilizando su plataforma para dar voz a las injusticias y desafíos que enfrentan las comunidades locales en Puerto Rico. Su habilidad para combinar poesía, crítica social y reflexión en sus letras lo posiciona como un artista influyente y relevante en la escena musical actual, trascendiendo fronteras y generando conciencia sobre temas importantes. Bad Bunny no solo entretiene con su música, sino que también educa y provoca reflexión en sus oyentes, contribuyendo a la construcción de una sociedad más justa y equitativa. Por Julio Disla La canción “Lo que le pasó a Hawaii” de Bad Bunny, puede analizarse sociolingüísticamente para comprender cómo el uso del lenguaje refleja dinámicas sociales, identidades culturales y las realidades de una generación. Bad Bunny, como icono del reguetón y la música urbana, suele usar lirica para conectarse con las experiencias de sus oyentes y seguidores, incorporando elementos del español caribeño, el spanglish y un discurso que es, a la vez, íntimo y colectivo. Durante mucho tiempo, los prejuicios que tenía hacia la apariencia y el estilo de Bad Bunny me llevaron a descartar su música sin siquiera darle una oportunidad, asumiendo que su contenido carecía de profundidad. Sin embargo, influenciado por el poeta del Jaya Félix García, quien me propuso incluso, parte del  titulo que lleva el presente artículo, y tras escuchar sus canciones con atención, he descubierto el alcance social, ideológico y cultural que su obra representa. Su capacidad para plasmar las vivencias de una generación, desafiar estereotipos, abordar temas de género, identidad y resistencia cultural, y hacerlo desde una perspectiva auténtica y cercana, me ha hecho replantear mi percepción inicial. Hoy reconozco que su música no solo entretiene, sino que también abre conversaciones esenciales en nuestra sociedad en defensa de nuestras raíces culturales y sociopolíticas. Desde el lanzamiento de su sencillo “Soy peor “en 2016, Bad Bunny se ha convertido en una figura destacada en la escena musical, logrando éxito y reconocimiento en la industria. Ha colaborado con artistas reconocidos y ha lanzado varios éxitos que han alcanzado la cima de las listas musicales. Además de la música, Bad Bunny utiliza su plataforma para abordar temas importantes como la desigualdad, la violencia de género y la política. Su estilo único, que fusiona el reguetón, la plena y la bomba con elementos de trap y música urbana ha resonado con audiencias de todo el mundo, ganándole numerosos premios y reconocimientos en la industria musical. Uso del español caribeño Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido popularmente en la industria de la música como Bad Bunny es oriundo de Puerto Rico, y su forma de hablar refleja las características propias del español caribeño. En la canción, se aprecia varios elementos típicos de esta variante dialectal, elisión de la “S” final: Este fenómeno es frecuente en palabras como “detrás” (que se pronuncia como detrá) o “nosotros” (nosotro), lo que marca su identidad cultural y refuerza la autenticidad del relato. Uso de vocabulario coloquial: Palabras y expresiones como “corillo” (grupo de amigos) o “janguear” (pasar el rato) son propios del léxico puertorriqueño y del contexto urbano que representa. 2.Incorporacion del spanglish En “Lo que le pasó a Hawaii 2025”, al igual que en muchas de las composiciones de Bad Bunny, hay una fuerte influencia del spanglish, reflejo del contacto entre inglés y el español en Puerto Rico y en las comunidades latinas de Estados Unidos. El uso de frases en inglés o hibridas, como “party” o “vacation”, no solo responde a una globalización cultural, sino que también refuerza la identidad bilingüe de los jóvenes latinos. Este fenómeno es una herramienta sociolingüística que permite conectar con público más amplio sin abandonar sus raíces. En la canción “Lo que le pasó a Hawaii” (2025), Bad Bunny aborda temas de identidad cultural, lucha por la preservación del entorno natural y resistencia frente a la opresión y la injusticia. A través de metáforas y referencias a la realidad social de Puerto Rico, Bad Bunny crea una narrativa poética que invita a la reflexión y la acción. La letra de la canción se caracteriza por un lenguaje poético y metafórico que evoca imágenes vividas y emociones intensas. Bad Bunny utiliza metáforas como “la espuma de sus orillas pareciese de champán” para describir la belleza y la fragilidad del entorno natural, así como expresiones como “son alcohol pa’ las heridas” para denotar la función sanadora y liberadora de la música y la resistencia ante la adversidad. 3.La jerga de las redes sociales Expresiones relacionadas con Instagram,” posts” o “likes” se integran al relato, mostrando cómo el lenguaje refleja el impacto de las plataformas digitales en las relaciones interpersonales. Esto conecta con una generación que vive y define su identidad en gran parte a través del entorno virtual. Léxico emocional: Palabras como “libertad”,” dolor” o “superar” resaltan cómo el lenguaje transmite emociones complejas y resuena con los oyentes que atraviesan situaciones similares. 4.Género y representación en la lirica Aunque la canción aborda un tema personal, también desafía narrativas tradicionales de género, al permitir que la protagonista femenina sea quien toma el control de su narrativa, decide sobre su vida y rompe con dinámicas tóxicas. Desde el punto de vista sociolingüístico, esto muestra cómo el discurso en la música urbana evoluciona para reflejar las luchas sociales, políticas, e ideológicas, así como las transformaciones en torno al género. 5.Construcción de identidad y resistencia Bad Bunny utiliza el lenguaje como herramienta para celebrar su identidad cultural y desafiar estereotipos. Al mantenerse fiel a su acento, léxico y formas de expresión, rechaza la estandarización del español y reivindica las variantes que han sido históricamente estigmatizadas. Esto lo posiciona como representante de las voces marginadas que ahora ocupan un espacio central en la música global. “Lo que le pasó a Hawaii” es una muestra más del compromiso de Bad Bunny con temas sociales y políticos en la música, utilizando su plataforma para dar voz a las injusticias y desafíos