65 años sin Trujillo: el tirano cayó, pero su herencia de desigualdad sigue viva
Hace 65 años, un puñado de valientes ajustició a Rafael Leónidas Trujillo en una carretera polvorienta. Esa noche del 30 de mayo de 1961, la República Dominicana creyó haber matado al tirano para siempre. Pero la historia se empeña en recordarnos una verdad incómoda: las élites económicas que lo sostuvieron no solo sobrevivieron, sino que mantienen su dominio intacto. Los fusiles de Antonio de la Maza, Pedro Livio Cedeño y sus compañeros derribaron al hombre, pero no al sistema que lo hizo posible. Hoy el país crece, sí. Los rascacielos de la avenida Winston Churchill, los centros comerciales de lujo y el paraíso turístico de Punta Cana deslumbran al visitante. El discurso oficial celebra décadas de crecimiento económico sostenido, y los organismos internacionales aplauden las cifras macroeconómicas. Pero debajo del espejo brillante, la brecha entre ricos y pobres se ensancha sin piedad. El índice de Gini no para de subir desde 2022, y la pobreza, aunque disminuya en cifras oficiales, no oculta que los ingresos de los más acomodados avanzan a velocidad de crucero mientras una madre en Santo Domingo Este sigue eligiendo entre medicinas o comida. Los apellidos que controlaban el azúcar, el cemento y la banca en 1961 siguen en los directorios del poder. Cambiaron de chaqueta, no de bolsillos. De la dictadura de Trujillo a los doce años de Balaguer, de ahí a los gobiernos turnantes del PRD, PLD y PRM, la sangre llegó al río pero los peces gordos siguieron nadando. No hubo una desposesión real de las fortunas construidas al amparo del terror, ni una reforma agraria profunda, ni una democratización de la propiedad. El poder cambió de rostro, pero no de dueños. Y la libertad conquistada por aquellos héroes —que fueron cazados, torturados y fusilados por Ramfis Trujillo en la Hacienda María— sigue siendo a medias: criticar al gobierno ya no cuesta la vida, los periódicos pueden publicar sin miedo al plomo, existen partidos de oposición y sindicatos. Eso es un triunfo inmenso que no debemos menospreciar. Pero la libertad no es solo no tener miedo a ser detenido. La libertad también es poder comer tres veces al día, llevar a tu hijo al médico sin endeudarte, y no tener que emigrar a Nueva York o Madrid para encontrar un salario digno. En eso, la República Dominicana del 2026 arrastra una deuda histórica. La informalidad laboral, herencia maldita de aquellos años donde no había sindicatos ni derechos, sigue siendo un lastre estructural. Millones de trabajadores carecen de seguridad social, pensiones dignas y estabilidad. Las familias humildes destinan casi todo lo que ganan lo dedican al pago de la vivienda, comida, transporte y electricidad, y una simple subida en el precio del aceite o el combustible puede tirar por la borda el presupuesto de un hogar entero. Mientras tanto, las grandes empresas gozan de paraísos fiscales corporativos, evasión de impuestos y leyes hechas a su medida. Este 30 de mayo, no basta con las ofrendas florales ni los discursos emotivos ante el obelisco de la avenida George Washington. Aquellos fusiles no apuntaban solo a un hombre: apuntaban a un sistema de opresión que convertía al país en una finca privada. Y ese sistema, aunque sin bigotes ni uniforme de generalísimo, sigue vivo en la concentración de la riqueza, la debilidad de los salarios mínimos y la falta de justicia social. La deuda de los héroes del 30 de Mayo no se salda con monumentos ni con nombres de autopistas. Se salda con salarios dignos, acceso universal a la salud, educación pública de calidad y un país donde el hijo del campesino tenga las mismas oportunidades que el hijo del empresario. Mientras eso no ocurra, la noche del tirano muerto seguirá siendo una herida abierta. Y cada 30 de mayo, lo que debería ser una celebración plena seguirá siendo, también, un recordatorio doloroso de lo mucho que nos falta.
La noche que mataron al tirano: 65 años después, el poder sigue en las mismas familias y la desigualdad ahoga al pueblo dominicano
Un grupo de valientes dominicanos ajustició a Rafael Leónidas Trujillo un 30 de mayo de 1961, pero las élites económicas que lo sostuvieron mantienen su dominio; hoy el país crece, sí, pero la brecha entre ricos y pobres se ensancha sin piedad Por Julio Guzmán Acosta Especial para Memorias del Caribe Santo Domingo amaneció aquel martes sin saber que estaba a punto de parir su propia leyenda. Era 30 de mayo de 1961, y sobre la capital que aún llevaba el nombre infame de \»Ciudad Trujillo\» pesaba la calma espesa de tres décadas de terror. Nadie podía imaginar que el hombre que había hecho temblar a generaciones enteras con solo asomar su silueta en un balcón, el \»Generalísimo\» que se creía inmortal, estaba a punto de encontrarse con la muerte en una carretera polvorienta. Rafael Leónidas Trujillo Molina se levantó a las cinco de la madrugada, como era su costumbre de hierro. Revisó informes, despachó con sus leales, visitó a su madre anciana en la avenida Máximo Gómez. Nada en su rutina anunciaba el fin. Pero esa noche, cuando se puso su uniforme verde olivo y subió al Chevrolet azul celeste con destino a su hacienda en San Cristóbal, treinta y un años de tiranía se sentaron junto a él en el asiento trasero. Nunca más volvería a ver el palacio. Los fusiles de la libertad: los hombres que dijeron \»ya basta\» La historia no la escriben los verdugos, aunque ellos intenten secuestrar la pluma. La escriben estos nombres, que merecen ser pronunciados como una oración laica: Antonio de la Maza, Pedro Livio Cedeño, Amado García Guerrero, Salvador Estrella Sadhalá, Antonio Imbert Barrera, Roberto Pastoriza, Juan Tomás Díaz, Modesto Díaz, Huberto Bogaert, Luis Manuel Cáceres, René de la Cruz, Miguel Ángel Báez y el teniente Amado García. Hombres cansados de ver a sus hermanos desaparecer en la noche, de escuchar que \»el Chivo\» había ordenado otra masacre, de saber que sus hijos crecían en un país donde la palabra \»libertad\» era un delito. Ellos planearon durante casi tres años, en secreto de catacumbas, con la muerte pisándoles los talones. El 30 de mayo, sobre la carretera que hoy lleva justamente el nombre de aquella gesta —la Autopista 30 de Mayo—, interceptaron al dictador. Los disparos rasgaron la noche tropical. Trujillo cayó con el mentón destrozado por una bala de De la Maza, el puente dental volando por los aires como una metáfora perfecta de su falsa majestad. Pero el tirano, aunque muerto, aún tenía colmillo. Su hijo \»Ramfis\», un hombre educado en el lujo y la impunidad, regresó de París (donde jugaba al polo mientras su padre se desangraba) con una sed de venganza que heló la sangre del país. En los meses siguientes, los héroes fueron cazados uno a uno. Los colgaron, los torturaron, los fusilaron en la Hacienda María. Antonio de la Maza y sus compañeros pagaron con su vida el atrevimiento de querer ser libres. Pero Trujillo estaba muerto. Y esa bala, aunque tardaría en hacer efecto, había partido la historia en dos. La herencia maldita: las mismas familias, el mismo poder Ahora bien, querido lector, no nos engañemos con el polvo de los héroes ni con las banderas que se despliegan cada 30 de mayo. Porque si el tirano cayó aquella noche, lo que vino después no fue exactamente la democracia de los manuales escolares. Las élites económicas que se enriquecieron al amparo de Trujillo —los mismos apellidos que controlaban el azúcar, el cemento, la banca y los medios de comunicación— no se exiliaron ni fueron desposeídas. Simplemente cambiaron de chaqueta. De la dictadura a la \»democracia\» pactada, de Balaguer a los partidos turnantes, la sangre llegó al río pero los peces gordos siguieron nadando. Hoy, 65 años después, en la República Dominicana sigue gobernando la misma elite. Los apellidos que controlaban la economía en 1961 aún figuran en los directorios de los conglomerados más poderosos. La concentración de la riqueza no es un accidente: es un diseño histórico que el ajusticiamiento no logró desmontar. El poder cambió de rostro, pero no de bolsillos. Las cifras del desencanto: crecemos, pero no compartimos El Paraíso turístico de Punta Cana, los rascacielos de la avenida Winston Churchill y los centros comercials de lujo no cuentan toda la historia. Detrás del espejo brillante del crecimiento económico —República Dominicana ha sido una de las economías más dinámicas de América Latina en la última década— se esconde una verdad incómoda: la desigualdad no ha dejado de crecer. Los datos son tozudos y fríos, pero hablan por sí solos. El índice de Gini, ese termómetro implacable de la brecha entre ricos y pobres, ha subido sin pausa desde 2022. Comenzó en 0.376 y ya alcanzó 0.389 al cierre de 2025. ¿Qué significa esto en carne y hueso? Que los ingresos de los sectores más acomodados crecen a velocidad de crucero, mientras las familias humildes destinan casi todo lo que ganan a comida, transporte y electricidad. Una subida en el precio del combustible o del aceite puede tirar por la borda el presupuesto de un hogar entero. Según el Análisis de desempeño económico y social (ADES-2025), del Viceministerio de Economía dominicano, los ingresos laborales explican la totalidad del aumento real per cápita. Es decir: la gente trabaja más y gana un poco más, pero las transferencias gubernamentales y las ayudas sociales han caído. El bienestar de las familias dominicanas descansa \»sobre un único pilar\»: el empleo. Y cuando el empleo flaquea, no hay red que atrape a los que caen. La pobreza monetaria, eso sí, ha bajado al 15.4 % en el primer trimestre de 2026, según datos oficiales. Pero ojo: que la pobreza disminuya no significa que la desigualdad se reduzca. Puede haber menos pobres absolutos y, al mismo tiempo, los ricos volverse mucho más ricos. Eso es exactamente lo que está pasando. El crecimiento económico beneficia mayoritariamente a los sectores con mayor capacidad financiera y patrimonial. Mientras tanto, la clase media se estruja el cinturón. La inflación en alimentos, vivienda
In memoriam a José Messon, sometido a la mayor barbarie de la dictadura Trujillista

José Messón fue un militar de las fuerzas armadas dominicanas, que hastiado de los crímenes y abusos que durante tres décadas había cometido la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina, contra todo dominicano que osara disentir de su tiránico régimen, decidió asilarse en la delegación norteamericana en el país, para integrase a la lucha que en el exterior se organizaba contra Trujillo. Con ese propósito, se integró al Movimiento de Liberación Dominicana (MLD) que, desde Cuba, apoyado por la revolución triunfante dirigida por el comandante Fidel Castro, planeaba penetrar al país por aire y mar para derrocar la dictadura más férrea y sanguinaria de toda América y el Caribe. Los expedicionarios, 198 en total, compuestos por 142 dominicanos, 22 cubanos, 13 venezolanos, seis puertorriqueños, dos norteamericanos, dos españoles y un guatemalteco, planearon llegar simultáneamente el domingo 14 de junio del año 1959, por tres lugares diferentes. Un avión llegaría por Constanza con 54 expedicionarios, comandados por Enrique Jiménez Moya, y dos navíos; por las playas de la provincia de Puerto Plata. El Tinima por Estero Hondo con 48 expedicionarios, al mando de José Antonio Campos Navarro, y el Carmen Elsa, por la Bahía de Maimón con el mayor número de 96 expedicionarios, comandados por, José Horacio Rodríguez, hijo del general Juancito Rodríguez, nativo de la provincia La Vega y enemigo jurado de Trujillo, que invirtió su fortuna para el derrocamiento de la dictadura en aras de la libertad del pueblo dominicano. Pero el domingo 14 de junio sólo llegó el grupo de Constanza debido a que la principal embarcación con el mayor número de expedicionarios, El Carmen Elsa, fue saboteado por los marineros griegos Stelio Bellelis, agente encubierto de la CIA, y Constantin Theodoraquis, los cuales estaban trabajando para Trujillo, provocando un retraso de 6 días para el desembarco; el cuál se produjo el día 20 de junio. Por su condición de sargento de la Marina de Guerra Dominicana y su experiencia navegando el Yate Angelita, (palacio flotante de la dictadura y lugar preferido de la familia del sátrapa para sus orgías, andanzas y bacanales), una vez reparado el timón del Carmen Elsa y eliminado los saboteadores, a Messón le fue entregada la Capitanía de la nave para conducirla hasta la bahía de Maimón a la que arribó en medio de cañonazos de varias fragatas de la Marina y de las bombas y metralletas de los P51 de la aviación donde perecieron más de la mitad de los 96 expedicionarios incluido su comandante José Horacio Rodríguez, logrando sobrevivir más de una veintena que luego fueron capturados, entre ellos el propio Messón, quién fue llevado ante la presencia del dictador Trujillo, como ante la hiena sedienta de sangre de su hijo Rafael Leónidas Trujillo Martínez (Ramfis), a quién su padre encargó de la persecución y exterminio de los expedicionarios; él que ordenó someterlo a todo tipo de tortura y vejámenes, como forma de escarmentar a cualquier militar que cometiera la osadía de oponerse y combatir la dictadura. Como si no bastaba con lo que habían hecho, José Messón fue conducido frente a sus antiguos jefes militares los que descargaron sobre él una furia iracunda llevándolo a la siniestra cárcel de la 40; principal centro de tortura de la dictadura, para sentarlo en la tétrica silla eléctrica que allí operaba. Después de innúmeras sesiones de torturas, Messón fue llevado al campamento de la Marina ubicado frente al Hospital Infantil Angelita, hoy Robert Reid, donde ante una formación de miembros de esa institución fue ahorcado como escarmiento a todos los que osaran oponerse a la tiranía. Al conmemorarse el 66 aniversario de la gesta patriótica de junio del 1959, queremos rendir un tributo de recordación a uno de nuestros grandes héroes anónimos, JOSÉ MESSÓN y en él, a los 198 expedicionarios de Constanza, Maimón y Estero Hondo, y en especial a los 96 tripulantes del Carmen Elsa, un 20 de junio del 1959, Que con su sangre noble encendieron la llama augusta de la libertad, iniciando el fin de una dictadura de tres décadas, la cual llenó de sangre y luto miles de hogares dominicanos sembrando el país de cementerios y cruces. Loor eterno a todos los héroes y mártires del glorioso junio de 1959.
\»La sangre que no se seca: crónica de la conspiración que derribó a Trujillo\»

De Cayo Confites al Malecón: la ruta clandestina hacia el 30 de mayo El aire olía a pólvora y el miedo se apoderó esa noche de 1947 cuando los barcos de la expedición de Cayo Confites zarparon en secreto desde Cuba. Entre los 1,300 hombres apretujados en cubierta, un joven Juan Bosch mascullaba versos mientras revisaba su fusil. No sabían que Trujillo, alertado por sus espías, ya había movilizado cinco regimientos completos y tres destructores. Aquel primer intento masivo por derrocarlo fracasó como fracasarían otros cinco, hasta que en 1961 siete balas encontraron su destino en el cuerpo del tirano. Esta es la historia no de un día, sino de catorce años de conspiraciones que tejieron la telaraña final. En los calabozos de La Cuarenta, donde las paredes sudaban el terror de los presos, los guardias repetían una consigna: \»Aquí solo salen los que el Jefe perdona\». Pero en 1949, cuando Horacio Julio Ornes Coiscou y sus 52 hombres desembarcaron por Luperón, demostraron que había dominicanos dispuestos a morir antes que pedir perdón. Los sobrevivientes de aquella gesta -los que no fueron fusilados al amanecer- aprendieron que contra Trujillo no bastaba el valor: hacía falta paciencia de relojero. Así lo entendió el Movimiento 14 de Junio cuando planeó volar el podio durante la Feria de la Paz de 1955. Sus miembros, en su mayoría estudiantes idealistas, no contaban con que la SIM había infiltrado a su mecanógrafa. El asesinato de las Mirabal en noviembre de 1960 fue el detonante moral que aceleró lo inevitable. Cuando los esbirros estrangularon a las hermanas y luego las golpearon para simular un accidente, cometieron su error estratégico: subestimaron el poder de tres mujeres muertas. La indignación internacional rompió el cerco de silencio. Para enero de 1961, la OEA impuso sanciones y Estados Unidos retiró a su embajador. En palacio, Trujillo empezó a ver traidores en cada sombra. Los héroes del 30 de mayo eran un mosaico de dolores acumulados: Antonio de la Maza, cuyo hermano había sido asesinado; Amado García Guerrero, el ayudante militar que eligió la patria sobre el cargo; Salvador Estrella Sadhalá, el médico que curaba heridas ajenas mientras planeaba darle al país su cirugía definitiva. Se reunían en casas seguras del sector Gazcue, cambiando rutas y usando códigos. El plan era sencillo: interceptar el Chevrolet del dictador en su ruta habitual hacia San Cristóbal. Lo que no era sencillo era sobrevivir después. Cuando los disparos resonaron en la avenida, no fue el fin sino el principio de otra pesadilla. Ramfis Trujillo, el hijo del dictador, personalmente dirigió la cacería de los conspiradores. Nueve fueron capturados y ejecutados, sus cuerpos disueltos en ácido para que no quedaran mártires. Solo dos sobrevivientes -Imbert y Amiama Tió- llegarían a ver el amanecer democrático. Mientras, en un giro macabro, Joaquín Balaguer, el poeta cortesano, asumía la presidencia cuatro días después con un discurso de \»transición ordenada\». Hoy, cuando caminamos por el Malecón donde cayó Trujillo, el mar sigue contando la historia a quien quiera oírla. Los nombres de los héroes están en placas y calles, pero su verdadero legado -esa mezcla de coraje y desprendimiento- parece diluirse en cada nuevo escándalo de corrupción. Quizás porque, como dijo una vez Manolo Tavarez Justo , \»matar dictadores es más fácil que matar las causas que los producen\». A 64 años de aquella noche, la mejor forma de honrar a los ajusticiadores no es recordar cómo murieron, sino vivir como ellos soñaron.
El ajusticiamiento de Trujillo: un episodio que no debe ser olvidado
Hoy se conmemora el ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo, un hecho que marcó un antes y un después en la historia de la República Dominicana. Este acontecimiento no solo puso fin a una de las dictaduras más largas y opresivas del continente, sino que también abrió las puertas a la esperanza de un país que anhelaba libertad, justicia y democracia. El legado de Trujillo, con sus décadas de autoritarismo, represión y control absoluto, dejó profundas cicatrices en la sociedad dominicana. Su régimen se caracterizó por la violación sistemática de los derechos humanos, la censura y el miedo que paralizaba a la población. Sin embargo, su caída simbolizó el despertar de una nación dispuesta a reconstruirse desde los cimientos, a enfrentar sus heridas y a edificar un futuro más justo. Recordar este día es imprescindible para no olvidar las lecciones del pasado. La memoria histórica debe ser un faro que guíe a las nuevas generaciones, para que jamás se repitan los errores de la tiranía. La República Dominicana ha avanzado mucho desde entonces, pero el compromiso con la democracia, la transparencia y el respeto a los derechos fundamentales debe mantenerse firme. Con la muerte del dictador no murieron sus ideas, ni desaparecieron sus admiradores y seguidores. Hoy más que nunca debemos estar alertas y enfrentar a sus viejos y nuevos representantes para el país avance. Decir que tenemos una democracia imperfecta no es renunciar a ella, sino reconocer que para llegar hasta aquí ha sido necesario el sacrificio y la valentía de nuestros héroes contemporáneos: los mártires de 1959, los aguerridos guerrilleros de 1963 liderados por Manolo Tavares Justo, la gesta de la Guerra Patria de 1965 encabezada por el coronel Francisco Alberto Caamaño, y las luchas del pueblo dominicano frente a la dictadura de Joaquín Balaguer, cuyos doce años sangrientos se cobraron la vida de figuras emblemáticas como Guido Gil, Henry Segarra, Otto Morales, Amín Abel, Maximiliano Gómez (El Moreno), Amauri Germán Aristy, y cientos de militantes revolucionarios y ciudadanos anónimos. Rendir homenaje a los caídos y tributo a quienes ajusticiaron a Trujillo es, en esencia, un acto de denuncia contra los nuevos voceros de las corrientes dictatoriales que resurgen en nuestros tiempos. Es un llamado a la vigilancia constante y a la defensa irrestricta de la democracia, para que la memoria de aquellos que entregaron su vida por la libertad sea la semilla que impida el retorno de la oscuridad autoritaria. En este día, honramos la valentía, la resistencia y la esperanza que nos legaron. Que su ejemplo inspire a todos los dominicanos a preservar con firmeza los valores que sostienen nuestra dignidad y bienestar como nación libre.
La legalidad de los haitianos trabajando aquí
En sí, los contratos que se firmaron durante los años 1978 y 1979 entre el Consejo Estatal del Azúcar (CEA) y el gobierno de Haití, lo que hacían era legalizar el tráfico de braceros haitianos. Por Ramón A. (Negro) Veras 1.- En nuestro país, ante la necesidad de la mano de obra haitiana en la agricultura, parte pesada de la industria de la construcción y un sector del turismo, actualmente se ha tocado el tema de la legalidad o no de esos inmigrantes en el mercado laboral. 2.- En el año 1985, escribimos la obra \\\»Migración Caribeña y un Capítulo Haitiano\\\», en la cual abordamos el tema de la situación de nacionales haitianos trabajando como braceros en el corte y tiro de la caña en los ingenios azucareros dominicanos. 3.- He aquí el contenido íntegro de cómo tratamos la legalidad y llegada al territorio nacional de los haitianos a ejecutar labores en los centrales azucareros, y los marcos legales bajo los cuales desarrollaban sus actividades. 4.- Desde 1940 hasta el año 1952, los braceros que trabajaban en la República Dominicana lo hacían en forma ilegal como consecuencia del tráfico clandestino. 5.- En carta enviada por Rafael Leónidas Trujillo Molina, al Presidente del Senado Dominicano en fecha 28 de enero de 1952, mediante oficio número 3261, le manifiesta los \\\»deseos de los gobiernos de la República Dominicana y Haití de reglamentar la contratación de jornaleros haitianos para trabajar temporalmente en la República Dominicana, en las empresas agrícolas o de carácter agrícola-industrial\\\». También le explica en la carta que en el acuerdo que somete a la aprobación del senado se establece que se harán las diligencias necesarias para que los jornaleros agrícolas que han entrado ilegalmente a la República Dominicana antes de la firma del mismo, sean repatriados por las empresas donde ellos trabajan actualmente, al terminar la zafra de 1951 y 1952”. 6.- El acuerdo de 1952 tenía una duración de cinco (5) años y constaba de diecisiete (17) artículos. Este acuerdo fue aprobado conjuntamente con un formulario de contrato de trabajo que debía de ser firmado por la empresa que contrataba al bracero y por este. 7.- El aludido acuerdo del 1952 expiró el 25 de enero de 1958. En fecha 21 de diciembre de 1959 fue firmado un nuevo acuerdo, con duración de 5 años, para la entrada de braceros haitianos a la República Dominicana. Ese acuerdo, al igual que el de 1952, tenía anexo un contrato de trabajo individual que debía de ser firmado por el bracero contratado. 8.- El 14 de noviembre de 1966 fue firmado un nuevo acuerdo entre el gobierno dominicano y el de Haití. Tenía una duración de 5 años y estaba acompañado, al igual que los acuerdos de 1952 y 1959, por un formulario de contrato de trabajo individual. 9.- El acuerdo firmado el 14 de noviembre de 1966 establecía en su artículo 20 “que es válido por 5 años y renovable conforme el interés de las partes”. 10.- Aunque el acuerdo de 1966 expiró el 14 de noviembre de 1971, se siguieron trayendo braceros haitianos con base en acuerdo que ya no tenía vigencia. Así, en fecha 14 de octubre de 1978, fue firmado entre el Consejo Estatal del Azúcar (CEA) y el gobierno de Haití, un contrato mediante el cual el CEA se comprometía a reclutar en Haití 15, 000 obreros agrícolas haitianos. Ese convenio no tenía anexo ningún formulario de contrato individual de trabajo. 11.- El 18 de diciembre de 1979 fue firmado un nuevo contrato entre el Consejo Estatal del Azúcar (CEA) y el gobierno de Haití para que el CEA contrate en Haití 14,000 obreros agrícolas haitianos que necesitaba para los ingenios azucareros dominicanos. 12.- Es importante señalar que si a los acuerdos firmados en 1952, 1958 y 1966 se anexaba un contrato de trabajo individual, en los formalizados entre el CEA y el gobierno de Haití durante los años 1978 y 1979 no existe ningún contrato de trabajo. Lo que hay en estos dos últimos convenios es una verdadera venta de braceros al por mayor. 13.- El Consejo Estatal del Azúcar (CEA) enviaba a Haití a sus representantes a buscar la cantidad de haitianos que necesitaba, y el gobierno de Haití se lo entregaba mediante el pago de una determinada suma. Haití no sabía qué haitiano venía a la República Dominicana traído por el CEA, y esto se desprende de la lectura del artículo (13) de los contratos firmados entre el CEA y el gobierno de Haití en 1978 y 1979 que dicen \\\»que el Consejo Estatal del Azúcar se compromete a repatriar al final de la zafra… obreros agrícolas haitianos, los cuales deben ser los mismos que habían sido reclutados en los diferentes centros establecidos en Haití para la contratación de dichos obreros\\\». Esto demuestra que, al final de la zafra, el CEA cumplía con ese artículo entregando al gobierno de Haití un haitiano cualquiera, con la condición que le diga que fue \\\»el mismo\\\» que había reclutado. 14.- En sí, los contratos que se firmaron durante los años 1978 y 1979 entre el Consejo Estatal del Azúcar (CEA) y el gobierno de Haití, lo que hacían era legalizar el tráfico de braceros haitianos. 15.- La suma que el gobierno de Haití recibió por la entrega de los 15,000 braceros en 1978, figura \\\»muy disimulada\\\» en el artículo 10 del contrato cuando dice \\\»para cumplir gastos originados por el reclutamiento de los 15,000 obreros agrícolas haitianos y su transporte desde los centros de reclutación hasta Malpasse, el CEA se compromete a pagar al gobierno de Haití la suma de US$ 1, 225,000.00 (un millón doscientos veinticinco mil dólares) en moneda norteamericana\\\». Idea final 16.- De la misma forma que en el año 1952 se comenzaron a formalizar acuerdos entre la República Dominicana y Haití, para la entrada de braceros haitianos a trabajar en los centrales azucareros y empresas agrícolas, ahora también le es posible a los dos países suscribir convenios a los fines de que