UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

La encrucijada de la derecha colombiana

El escenario electoral colombiano entra en su fase decisiva con una tendencia que, lejos de disiparse, se consolida: el avance sostenido de Iván Cepeda en las encuestas. Esa constante en los estudios de opinión permite advertir que no se trata de un fenómeno aislado ni de un repunte coyuntural, sino de una configuración político-electoral que empieza a perfilar un desenlace incómodo para la derecha tradicional, que observa cómo se reduce su margen de maniobra. Con la primera vuelta fijada para el 31 de mayo, y una eventual segunda para el 21 de junio, la contienda entra en su tramo decisivo. Pero la dinámica actual sugiere que la disputa podría resolverse en primera vuelta si, como proyectan las encuestas, los electores deciden cerrar el paso a la incertidumbre y convertir en mandato una tendencia que parece escaparse de las manos de la oposición. Las mediciones de intención de voto, incluidas aquellas realizadas por firmas tradicionalmente críticas del oficialismo, coinciden en un punto central: Cepeda lidera con amplio margen todas las encuestas y, en varios escenarios proyectados, se acerca al umbral de una victoria en primera vuelta. Esa perspectiva altera de forma significativa la correlación de fuerzas en el país, porque ya no se trata solo de una candidatura en ascenso, sino de un proyecto que busca convertir respaldo electoral en continuidad política bajo la idea de una \»segunda etapa del cambio\», articulada en el programa \»El poder de la verdad\». Una tendencia electoral que reconfigura el tablero Iván Cepeda Castro es el candidato presidencial del Pacto Histórico, coalición que agrupa diversas organizaciones de izquierda y que busca dar continuidad al proyecto político del presidente Gustavo Petro. Senador de la República, filósofo y reconocido defensor de los derechos humanos y de las víctimas del conflicto armado, ha construido una trayectoria política marcada por su confrontación directa con sectores del establecimiento y por su papel en debates decisivos sobre verdad, justicia y memoria. Su candidatura no surge de manera improvisada. Fue escogido como candidato del Pacto Histórico para representar una conjunción de fuerzas sociales, populares y democráticas que se reconocen en el ciclo político abierto por el primer gobierno del cambio. Su propuesta se centra en la profundización de la justicia social, la consolidación de la paz, la defensa de los derechos humanos y la construcción de un acuerdo nacional que permita ampliar su base política más allá del núcleo tradicional del petrismo. Este posicionamiento se refleja en una campaña austera, apoyada en actos públicos masivos, movilización popular y contacto directo con los territorios. A pesar de los ataques personales, señalamientos y operaciones de desgaste provenientes de la oposición, Cepeda ha logrado mantener coherencia discursiva y consolidar una imagen de liderazgo sobrio, firme y conectado con sectores que identifican en su candidatura una continuidad crítica, no una repetición mecánica, del gobierno del cambio iniciado y liderado por el presidente Gustavo Petro. La estabilidad de su ventaja en las encuestas no es un dato menor. En contextos de alta polarización, las preferencias suelen fluctuar; sin embargo, en este caso se observa una tendencia consistente. Esto sugiere no solo un apoyo consolidado, sino también una expansión hacia sectores que buscan continuidad con ajustes, profundización de reformas y una salida política que no regrese al país al viejo ciclo de exclusión, guerra interna y captura institucional por los poderes tradicionales. El programa del cambio y la reacción de la derecha El programa \»El poder de la verdad\» se presenta como una hoja de ruta para el período 2026-2030 y como una invitación a asumir el cambio no como obra de un gobierno aislado, sino como construcción histórica del pueblo colombiano. Su núcleo político es claro: el cambio no ha terminado; apenas ha comenzado. Bajo esa premisa, la candidatura propone avanzar hacia una segunda etapa capaz de enfrentar las causas estructurales de la desigualdad, la corrupción, la violencia y la exclusión. En esa visión se articulan varios ejes: profundización de las reformas sociales en salud, pensiones y trabajo; continuidad de la política de paz total; defensa de los derechos humanos; reforma agraria y desarrollo rural; justicia ambiental y transición energética; igualdad de género; educación inicial; vivienda integral; participación democrática; y un acuerdo nacional que no excluye la posibilidad de una asamblea constituyente. Es decir, no se trata solamente de administrar el Estado, sino de disputar el sentido mismo del poder democrático. Ahí radica una parte sustancial del temor de la derecha. Cepeda no aparece únicamente como un candidato competitivo, sino como el portador de un programa que pretende consolidar reformas sociales, reorganizar prioridades públicas y profundizar la presencia del Estado en territorios históricamente abandonados. Frente a ese horizonte, la oposición no discute únicamente una candidatura: combate la posibilidad de que el petrismo pase de experiencia gubernamental inicial a proyecto histórico con continuidad. Ante este panorama, la derecha colombiana enfrenta una encrucijada estratégica. La posibilidad de una derrota en primera vuelta obliga a acelerar decisiones, redefinir alianzas y, sobre todo, intensificar su presencia en el debate público. La respuesta ha sido una ofensiva política y comunicacional que se despliega en múltiples frentes, desde la amplificación de discursos de miedo hasta el intento de presentar toda transformación social como amenaza al progreso económico, la propiedad o la estabilidad institucional. Radicalización, disputa narrativa y desenlace electoral El tono de esta reacción ha tendido hacia la radicalización. Discursos más duros, apelaciones constantes a la incertidumbre y una creciente confrontación directa con el petrismo forman parte de una estrategia orientada a movilizar a su base electoral y frenar la expansión de Cepeda hacia sectores moderados. Sin embargo, este giro también implica riesgos: en lugar de ampliar apoyos, podría consolidar la polarización y reforzar el voto adverso entre quienes ven en esa ofensiva una repetición de viejas prácticas de exclusión política. En paralelo, el terreno digital se ha convertido en un espacio central de disputa. La circulación masiva de contenidos, la segmentación de audiencias y la intensificación de campañas buscan influir en la percepción del electorado en un momento crítico. No obstante,

En Colombia: Un Fallo que Divide la Democracia

El Consejo Nacional Electoral de Colombia, con el voto decisivo de un conjuez vinculado a la extrema derecha, excluye al senador—principal favorito en las encuestas— de la consulta progresista, fracturando la unidad de la izquierda y obligándolo a una arriesgada carrera directa a la primera vuelta presidencial, en una decisión que el presidente Petro ha calificado de \»golpe electoral\». Por Servicios umbral.local/ BOGOTÁ.— La democracia colombiana amaneció este miércoles con una nueva cicatriz institucional. En una votación ajustada y cargada de dramatismo político, el Consejo Nacional Electoral (CNE) negó al senador Iván Cepeda, figura principal del Pacto Histórico y puntero en los sondeos de opinión, su derecho a participar en la consulta interpartidista del Frente por la Vida. La decisión, tomada por 6 votos contra 4, no solo desbarata la estrategia unitaria del progresismo, sino que arroja una sombra de parcialidad sobre el órgano electoral y redefine por completo el panorama de las presidenciales de mayo de 2026. El fallo final llegó tras una primera sesión, el lunes, que había quedado en un empate técnico de 5 a 4, insuficiente para resolver. La balanza se inclinó con el voto del conjuez Hollman Ibáñez, cuya trayectoria jurídica estuvo vinculada a la firma de Abelardo de la Espriella, precandidato presidencial de la extrema derecha. Este detalle, que no pasó desapercibido en los círculos políticos, añadió un matiz de controversia personal a lo que ya era una disputa de alto voltaje constitucional. El argumento central del CNE fue que Cepeda, al haber ganado la consulta interna del Pacto Histórico en octubre pasado, no podía participar en una nueva consulta interpartidista. La reacción fue inmediata y virulenta. Desde su cuenta en la red social X, el presidente Gustavo Petro no buscó eufemismos: calificó la maniobra como un “golpe electoral” y convocó a la ciudadanía a una “tutelatón” masiva para defender, mediante acciones de tutela, los derechos fundamentales “de elegir y ser elegido”. Minutos después, el propio Cepeda, desde un escenario de palpable frustración pero también de desafío, anunció su nuevo rumbo: “El Pacto Histórico se retira y se inscribe para la primera vuelta”. Acusó al CNE de tomar una “arbitraria decisión” que vulnera no solo sus derechos, sino los de miles de militantes que lo apoyan. El trasfondo de esta decisión es una lucha por el poder que trasciende lo meramente procedimental. La exclusión de Cepeda de la consulta —un mecanismo diseñado para unificar fuerzas— fractura al bloque progresista y lo obliga a una competencia más difícil y costosa. Mientras el Frente por la Vida deberá seguir adelante sin su principal atracción, con figuras como Roy Barreras, Camilo Romero o Juan Fernando Cristo, Cepeda cargará sobre sus hombros el peso de llevar al Pacto Histórico en solitario a una primera vuelta donde la dispersión de votos puede ser letal. Pero el golpe no fue aislado. En la misma sesión, el CNE anuló la lista del Pacto Histórico a la Cámara por Bogotá, un movimiento que interpretado en conjunto confirma, para amplios sectores de la izquierda, una “tendencia golpista del sistema electoral” para limitar el acceso de las fuerzas progresistas a las urnas. La advertencia ya había sido hecha por el propio Cepeda el lunes, ante una plaza de Lourdes repleta: “El partido más grande de Colombia no podrá ser detenido en el camino a un segundo Gobierno progresista”. Con el plazo de impresión de los tarjetones para las legislativas del 8 de marzo —jornada que incluirá las consultas— empezando este viernes 7 de febrero, el tiempo para maniobras legales es escaso. El país queda así sumido en una nueva y profunda polarización, donde la batalla ya no se libra solo en las calles o en los debates, sino en la interpretación de los reglamentos y en la composición de los tribunales. Lo que se juega Colombia no es solo la candidatura de un hombre, sino la credibilidad misma de su sistema democrático ante la acusación, cada vez más estridente, de que los dados están cargados.