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Manuel Salazar sacude la ortodoxia izquierdista: “Las masas populares no esperan por nosotros, debemos salir a constituirlas”

Análisis / Reportaje

Mientras las izquierdas latinoamericanas gobernaron en Brasil, Argentina, Bolivia, Chile, México y Colombia…, en la tierra de Duarte el movimiento progresista se redujo a fueros testimoniales. Los artículos de Manuel Salazar en Umbra.com.do encienden una alerta que incomoda: hay déficit de influencia popular, espíritu de zafra, fragmentación crónica y una realidad neocolonial que la izquierda no ha sabido leer ni constituir

Por Julio Guzmán Acosta

I. Un diagnóstico que duele porque es cierto

La política tiene un género literario incómodo: el balance crítico. No el que se escribe para la tribuna ni el que se ensaya en reuniones de militantes con el tono de quien ya sabe la respuesta. El que duele. El que obliga a mirar las derrotas sin el consuelo de las buenas intenciones. Manuel Salazar, dirigente del Partido Comunista del Trabajo (PCT), ha publicado en Umbra.com.do una serie de artículos bajo el título Por el poder político que, leídos con atención, constituyen el ejercicio más honesto de autocrítica estratégica que las izquierdas dominicanas han recibido en los últimos años. No es un texto para aplaudir en ceremonia. Es un texto para leer con las manos manchadas de tierra, con el polvo de la calle todavía en los zapatos.

Salazar no escribe desde la cómoda distancia del académico ni desde la nostalgia del guerrillero de salón. Escribe desde la militancia, desde el partido al que pertenece, y se incluye en el diagnóstico. “Estamos en déficit pronunciado de influencia en las masas”, confiesa. Y esa primera persona del plural es lo que da autoridad moral a su punzante crítica. Porque no señala con el dedo hacia afuera. Se sabe parte del problema. Y esa honestidad, en la política dominicana contemporánea, es tan rara como necesaria.

Pero aquí no se trata solo de alabar la valentía de un artículo. Se trata de asumir un ejercicio que este periódico, y quien suscribe estas líneas, considera impostergable: confrontar la historia reciente de la izquierda dominicana con los resultados concretos. Y los resultados, hay que decirlo con todas las letras, son desoladores. Mientras las izquierdas latinoamericanas —en sus más diversas vertientes, desde el progresismo moderado hasta el socialismo del siglo XXI— han gobernado en Brasil, Argentina, Bolivia, Chile, Uruguay, México, Colombia, Honduras, Venezuela, Nicaragua y Ecuador, en la República Dominicana la izquierda se ha ido reduciendo a expresiones que, salvo honrosas excepciones locales, apenas superan el umbral de lo testimonial. No es un problema de mala suerte. Es un problema de método, de concepción, de arraigo y, como señala Salazar, de no haber sabido constituir a las masas populares como sujeto político.\"\"

II. Lo que Salazar aporta: una gramática para nombrar la crisis

Los artículos de Salazar no son un tratado ni pretenden serlo. Pero aportan coordenadas fundamentales para entender por qué la izquierda dominicana no termina de despegar. Al menos tres aportes merecen ser destacados con juicio crítico.

Primer aporte: la crítica al “espíritu de zafra” y al activismo de calendario

Salazar denuncia con crudeza una práctica extendida: la izquierda se activa en fechas emblemáticas —8 de marzo, 24 de abril, 1 de mayo, 25 de noviembre— y el resto del año desaparece del territorio. “Hemos sido arropados por esa dinámica”, escribe. Esa denuncia golpea una zona oscura de la militancia: la confusión entre la protesta ritual y la construcción orgánica. No se trata de desdeñar las jornadas conmemorativas, sino de advertir que sin trabajo de hormiga en los barrios, sin organización permanente, sin capacidad de respuesta cotidiana, esas fechas se convierten en un simulacro. La izquierda dominicana ha sido, en muchos tramos de su historia reciente, más experta en convocar a una marcha que en sostener una junta de vecinos o una lucha de dos años contra una mina. Salazar lo nombra sin eufemismos: “espíritu deportivo”. Y esa metáfora duele porque es exacta: se lucha por el triunfo efímero, no por el proceso.

Segundo aporte: la caracterización de las masas populares dominicanas

Lejos de las abstracciones que suelen poblar los documentos internos de los partidos de izquierda, Salazar se atreve a describir quiénes son hoy las masas populares en República Dominicana. Y la descripción, que debería ser obvia, resulta revolucionaria en un medio donde muchas organizaciones siguen pensando la lucha de clases con los lentes del proletariado industrial europeo del siglo XIX. Salazar lo dice claro: el empleo clásico en fábricas es mínimo. La informalidad es masiva. Hay más bancas de apuestas que escuelas. Motoconchistas, buhoneros, empleadas domésticas, jóvenes sin educación ni empleo, comunidades afectadas por desalojos y contaminación minera. Ese es el pueblo real. Y sobre ese pueblo, la izquierda tiene poca influencia y menos capacidad de convocatoria permanente.\"\"

El dato de las bancas de apuestas —casi seis veces más que los centros educativos públicos— no es un adorno retórico. Es una radiografía de un país donde el capital especulativo, las remesas y una economía sumergida han desfigurado las formas clásicas de explotación. Salazar advierte que, si la izquierda no entiende esa nueva composición social, seguirá hablando para sí misma.

Tercer aporte: los dos ejes reales de la lucha popular

Salazar revisa quince años de luchas sociales y encuentra dos grandes ejes que han demostrado capacidad real de convocatoria: la defensa del medioambiente y los recursos naturales, y la lucha contra la corrupción y la impunidad. Desde la resistencia a la cementera en los Haitises (2009) hasta la lucha contra la mina de Romero en San Juan de la Maguana, pasando por Marcha Verde (2017) y la batalla de Loma Miranda, Salazar muestra que esas demandas han movilizado más pueblo que cualquier convocatoria estrictamente clasista de los últimos tiempos.

Y ahí introduce una observación incómoda, pero necesaria: en ninguna de esas luchas, salvo en la del 4 % para educación liderada por la ADP, la clase obrera tradicional ha tenido un papel dirigente. La constatación no es un menosprecio a la clase obrera, sino una invitación a repensar las alianzas. Si las masas populares se movilizan hoy en torno al territorio, la dignidad ambiental y la lucha contra la corrupción, la izquierda debe estar allí, no como espectadora ni como “vanguardia” que llega con la receta, sino como parte orgánica de esas luchas.

III. Las cuentas pendientes: la izquierda dominicana y su relación fallida con la historia

Llegados a este punto, es necesario que quien escribe asuma la responsabilidad del juicio. No se trata de hacer una crónica neutral. Se trata de afirmar, con la claridad que exige el momento histórico, que la izquierda dominicana tiene una deuda enorme con el país. Y esa deuda no es solo electoral —aunque el raquitismo en las urnas sea un síntoma— sino fundamentalmente política, orgánica y cultural.\"\"

Mientras en América Latina las izquierdas gobernaron y transformaron —con aciertos y con errores, pero gobernaron— la geografía política de la región, en República Dominicana la izquierda no logró articular un proyecto nacional con capacidad de disputar el poder. ¿Las razones? Son múltiples, pero Salazar señala una estructural: la incomprensión del modelo neocolonial dominicano. No es lo mismo la lucha de clases en un país con fuerte industria nacional que en una economía dominada por zonas francas, turismo, remesas, construcción especulativa y un Estado que funciona como administrador de los intereses de una oligarquía financiera e inmobiliaria. La izquierda dominicana, salvo honrosas excepciones, no produjo una teoría política adecuada a esta realidad. Se nutrió de manuales importados, de esquemas que funcionaban en otras latitudes y que aquí se estrellaron contra el muro de una sociedad profundamente desestructurada desde el punto de vista clasico.

Y aquí el juicio de valor tiene que ser severo: la izquierda dominicana no supo leer a tiempo la crisis del movimiento sindical tradicional. No supo entender que la caída del empleo industrial formal no era una anécdota, sino una transformación epocal. No supo conectar con el mundo de la informalidad, con las mujeres que sostienen economías domésticas sin protección laboral, con los jóvenes que ven en la emigración o en la economía ilegal las únicas salidas. Se quedó, en buena medida, atrapada en sus propias ortodoxias. Y mientras tanto, el país siguió su curso. Las bancas de apuestas crecieron. Las escuelas, no.

IV. “Constituir el movimiento popular”: el verbo que falta

El gran aporte de Salazar, más allá del diagnóstico, es el verbo que propone como eje estratégico: constituir. No es lo mismo que organizar, convocar o movilizar. Constituir implica un trabajo más profundo: dar forma, dotar de conciencia, construir subjetividad colectiva. Implica pasar del descontento difuso a la organización consciente, y de la organización consciente a la acción estratégica con objetivos claros.

Salazar rescata una experiencia histórica que la izquierda dominicana parece haber olvidado: la Conferencia Nacional de Organizaciones Populares, que en 1989 impulsó un Paro Cívico que paralizó el país sin necesidad de compulsión. Ese paro, dice, fue posible por un trabajo paciente de reflexión y acción colectivas. No fue un estallido espontáneo. Fue el resultado de “conocer la realidad social, convocar a los sectores en lucha a la reflexión y acción colectivas, y tomar decisiones colectivas”. Esa experiencia, para Salazar, es un espejo donde mirarse. Pero también es un recordatorio de lo que se ha perdido: la capacidad de construir grandes movimientos populares con institucionalidad, con vida orgánica, con capacidad de acumulación.\"\"

El análisis de Salazar sobre la necesidad de una alianza entre la clase obrera y los demás sectores populares afectados por el modelo neocolonial es políticamente certero. La lucha por el aumento salarial y la libertad sindical, escribe, “es una forma de la lucha de clases; pero en las condiciones históricas de la República Dominicana, esa es también una lucha contra el modelo neocolonial establecido”. Y añade: “Es una lucha patriótica”. Esa frase no es retórica. Es una tesis que merece ser debatida y asumida.

V. El desafío que queda: de la palabra a la calle

Los artículos de Manuel Salazar son valiosos porque rompen el silencio cómplice que a menudo envuelve a las izquierdas cuando se trata de hacer autocrítica. Pero no bastan. La pregunta que queda flotando, y que este reportaje quiere dejar planteada, es la siguiente: ¿serán capaces las izquierdas dominicanas de traducir este diagnóstico en acción? ¿O seguirán debatiendo en sus círculos mientras el país real sigue su curso, con sus bancas de apuestas, sus minas depredadoras, sus salarios de hambre y su democracia administrada por dos partidos que se turnan el poder?

La historia no perdona a quienes, teniendo las herramientas analíticas para entender la realidad, se quedan en la contemplación. Salazar lo sabe. Por eso insiste en que constituir el movimiento popular no es un acto voluntarista, sino una necesidad histórica. “La cuestión de las masas populares es la de más urgente solución”, sentencia. Y ese es el punto: no hay más tiempo para la lástima, ni para el ejercicio deportivo de la protesta.

Si la izquierda dominicana no asume este desafío, si no sale a constituir las masas en sus territorios, con sus demandas concretas, con su lenguaje y su realidad, seguirá siendo una fuerza testimonial en un país que necesita transformaciones profundas. Y entonces, dentro de diez años, otro militante tendrá que escribir de nuevo el mismo diagnóstico. Pero ya no habrá excusas. Porque Salazar ha puesto las palabras sobre la mesa. Ahora falta el movimiento. Ahora falta la calle. Ahora falta la política hecha carne en el barrio, en la comunidad minera, en la lucha contra la impunidad.\"\"

Los artículos de Manuel Salazar en Umbra.com.do no pretenden ser la última palabra. Son, más bien, una invitación a una conversación que muchos preferían aplazar, y en ese sentido cumplen con la tarea primera de la política seria: nombrar lo que duele, para que deje de doler en silencio. Queda ahora saber si las izquierdas dominicanas estarán a la altura de ese espejo. La roca de Sísifo, advertía Salazar, sigue rodando montaña abajo cada vez que la izquierda no acumula fuerzas. La pregunta, entonces, es si esta vez, por fin, alguien decidirá sostenerla o si, una vez más, la roca volverá a caer.