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\»El Malo se fue pa\’l cielo: Muere Willie Colón, el trombonista que transformó el Bronx con su salsa brava\»

El músico que convirtió el metal de su trombón en el rugido de una generación, falleció este sábado en Nueva York. Desde las trincheras de la Fania con Héctor Lavoe hasta la poesía social junto a Rubén Blades, pasando por la denuncia en \»El Gran Varón\» y el romanticismo de \»Idilio\», Colón forjó la banda sonora de la diáspora puertorriqueña y se convirtió en uno de los arquitectos fundamentales de la salsa moderna. \»Solo me importaba la música\», dijo una vez. Hoy, sus trombones resuenan como un réquiem eterno. Por Julio Guzmán Acosta I. El sonido del Bronx Nueva York – Dicen que en el Bronx, el cemento humea y las calles tienen nombre de lamento. Pero cuando Willie Colón empuñaba su trombón, el humo se convertía en niebla de club nocturno y las calles aprendían a bailar. Este sábado 21 de febrero de 2026, el niño nacido el 28 de abril de 1950 en el sur del Bronx, el que aprendió a hablar en español con el acento de su abuela puertorriqueña, dejó de existir en un hospital de la ciudad que lo vio crecer, rodeado de su amada familia . Tenía 75 años y un legado de más de 40 álbumes de estudio que no caben en ninguna vitrina de Discos de Oro o Platino . \»Es con profunda tristeza que anunciamos el fallecimiento de nuestro amado esposo, padre y renombrado músico, Willie Colón. Partió en paz esta mañana, rodeado de su amada familia. Aunque lloramos su ausencia, también nos regocijamos con el regalo eterno de su música\», expresó la familia en un comunicado publicado en sus redes sociales . La causa del fallecimiento no fue revelada de inmediato, aunque se informó que el artista había sido ingresado días antes debido a complicaciones respiratorias . II. De niño prodigio a leyenda de Fania William Anthony Colón Román nació en Nueva York, hijo de padres y abuelos puertorriqueños. Creció en el South Bronx, un barrio difícil donde, según sus propias palabras, \»a todas horas se oían los rumbones de congas\» . Su abuela Antonia Román Pintor, a quien luego dedicaría el álbum Hecho en Puerto Rico, fue quien le regaló una trompeta a los once años y le enseñó el español que cantaría por siempre . \»Estudié música en la secundaria; no fui a ningún conservatorio ni nada\», recordó en una entrevista. \»Conocí a un trompetista afroamericano en mi barrio que me escuchó tocando, tocó a mi puerta y se convirtió en mi mentor. Él me enseñó a leer música. Me encantaba ensayar con él. Y apenas aprendí a tocar un par de canciones, reuní a unos chicos y tocábamos mientras pasábamos elsombrero\» . Pronto cambió la trompeta por el trombón, influenciado por artistas como Mon Rivera y Barry Rogers, y encontró en ese metal la voz que definiría su carrera . A los quince años, su talento llamó la atención del productor dominicano Johnny Pacheco, cofundador de Fania Records, quien lo firmó para el sello que se convertiría en la meca de la salsa . Dos años después, en 1967, con apenas diecisiete años, lanzó su primer álbum, El Malo, junto a un cantante desconocido de Ponce llamado Héctor Lavoe . La portada mostraba a Colón con una estética de pandillero del Bronx, sombrero oscuro y gesto desafiante, proyectando una imagen rebelde que rompía con el estilo tradicional de la música latina . El disco fue criticado por los músicos más conservadores, pero abrazado por los jóvenes nuyoricans que buscaban una voz propia . \»Vengo de un barrio bien difícil\», explicó Colón años después. \»Mi papá estuvo en la cárcel. Casi todos iban a la cárcel. Muchos venían de la guerra de Corea y Vietnam; había un montón de drogas en las calles. Entonces esto era como una forma simbólica de mostrarle al mundo lo que estaba pasando. Yo podía ser un gánster malo en la música, pero sin hacerlo de verdad. Y como eso era parte de lo que estaba pasando, hizo que mi música fuera relevante\» . III. La dupla sagrada: Colón y Lavoe Juntos, Colón y Lavoe grabaron algunos de los álbumes más emblemáticos de la historia de la salsa: La Gran Fuga (1970), El Juicio (1972) y Cosa Nuestra (1970), cuyo título y concepto inspirarían décadas después el álbum de Rauw Alejandro Cosa Nuestra (2024) . Canciones como \»Che Che Colé\», \»Aguanile\» y \»Calle Luna Calle Sol\» se convirtieron en himnos que retrataban la experiencia latina en Nueva York, con letras que hablaban de migración, desarraigo y sobrevivencia urbana . \»Aguanile\», en particular, era más que una canción bailable: su título proviene de la santería afrocubana y significa \»limpieza de la casa\», con versos interpretados como una invocación a Oggún, deidad de la religión yoruba . Era un recordatorio de que la música latina provenía de lugares más lejanos de los que podíamos imaginar, no solo geográficos, sino también espirituales. \»El día de mi suerte\», otra joya de esa época, construía narrativas de esperanza en un contexto de discriminación racial y lucha comunitaria. Y \»Calle Luna Calle Sol\», con su coro \»mete la mano en el bolsillo, saca y abre tu cuchillo y ten cuidao\», sonaba como una advertencia, como la crónica sonora de la criminalidad en South Bronx y Spanish Harlem . IV. La revolución de Siembra y el encuentro con Blades Tras separarse de Lavoe en 1974, Colón inició su carrera como solista con The Good, the Bad and the Ugly (1975), pero pronto encontraría a otro compañero de viaje fundamental: un intelectual panameño de verbo afilado llamado Rubén Blades . Fue Colón quien presentó a Blades al mundo en el álbum Metiendo Mano de 1977, cuya portada lo muestra vestido como entrenador de boxeo levantando el brazo de Blades como si fuera un campeón . Pero el verdadero hito llegaría al año siguiente, con el lanzamiento de Siembra (1978), considerado el disco de salsa más vendido de todos los tiempos . Siembra no era un álbum más: era una revolución.

El Malo se fue pa\’l cielo: Willie Colón, el trombonista que le puso salsa a las calles del Bronx, muere a los 75 años

El músico que convirtió el metal de su trombón en el rugido de una generación, falleció este sábado en Nueva York. Desde las trincheras de la Fania con Héctor Lavoe hasta la poesía social junto a Rubén Blades, Colón forjó la banda sonora de la diáspora puertorriqueña. “Pasan los años y sigo dando palos”, profetizó Bad Bunny. Hoy, esos palos resuenan como un réquiem eterno. Por Julio Guzmán Acostao Nueva York – Dicen que en el Bronx, el cemento humea y las calles tienen nombre de lamento. Pero cuando Willie Colón empuñaba su trombón, el humo se convertía en niebla de club nocturno y las calles aprendían a bailar. Esta madrugada, el niño nacido el 28 de abril de 1950 en el sur del Bronx, el que aprendió a hablar en español con el acento de su abuela puertorriqueña, dejó de existir en un hospital de la ciudad que lo vio crecer. Tenía 75 años y un legado de más de 30 discos que no caben en ninguna vitrina de Discos de Oro o Platino. “Willie Colón me dicen El Malo, porque pasan los años y sigo dando palos”. Cuando Bad Bunny entonó este verso en el intermedio del Super Bowl, no solo estaba sampleando una leyenda; estaba ungiento a un profeta. Ese \»Malo\» al que alude la canción no es un adjetivo, es un manifiesto. Fue el título del álbum que en 1967, con solo 16 años, Colón firmó junto a un flaco desconocido de Ponce llamado Héctor Lavoe. Juntos, sin saberlo, estaban mechando la pólvora de lo que sería la explosión de la salsa. No era solo música: era el retrato sonoro del barrio, con sus luces y sus sombras, con su Calle Luna y su Calle Sol. Pero hablar de Willie Colón es hablar de un titán de mil cabezas. Cantante, poeta, arreglista, productor y director musical. Su trombón, rebelde y rasposo, se convirtió en la voz de los metales en la Fania. Su genius loci lo llevó a formar otro de los dúos más sagrados del firmamento latino, esta vez con un intelectual panameño de verbo afilado: Rubén Blades. Juntos grabaron Canciones del solar de los aburridos, y juntos elevaron la crónica musical a la categoría de literatura. Fueron años de ebullición creativa hasta que, como suele pasar en los reinos de este mundo, un desacuerdo financiero en 2003 apagó la llama del dúo en los escenarios. Pero la música, tozuda, se negó al silencio. Su vínculo con Puerto Rico no era una postal turística. Willie fue el más boricua de los neoyorquinos, y eso es mucho decir en una ciudad donde más de un millón de hijos de la isla caminan sus aceras. Ese amor tenía rostro de mujer y nombre de abuela: Antonia Román Pintor. A ella le dedicó el álbum Hecho en Puerto Rico, un testimonio de que la identidad no entiende de mapas, sino de latidos. Hoy, la isla y el Bronx se visten de luto. Hace apenas unas horas, su familia emitía un comunicado con la voz entrecortada: “Es con profunda tristeza que anunciamos el fallecimiento de nuestro amado esposo, padre y renombrado músico, Willie Colón. Partió en paz esta mañana, rodeado de su amada familia. Aunque lloramos su ausencia, también nos regocijamos con el regalo eterno de su música”. Pidieron privacidad. Pero es difícil pedir silencio cuando el muerto es el hombre que nos enseñó a cantarle a la vida, a la muerte y al Gran Varón. Cuando el féretro de William Anthony Colón Román recorra el último tramo de esta ciudad de hierro, no habrá trompetas celestiales que le hagan competencia. Habrá, eso sí, un coro de millones de voces tarareando sus éxitos, porque cuando el que se va es El Malo, no hay más remedio que aceptar que se fue, como diría su amigo Lavoe, para gozar. Y esta vez, a gozar se dijo… con llanto.