Xi y Trump sellan nuevos consensos estratégicos en Pekín y abren un canal de coordinación sobre Irán y la estabilidad global
Redacción Internacional | umbral.local/ El Ministerio de Asuntos Exteriores de China informó que los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de China, Xi Jinping, alcanzaron “una serie de nuevos consensos” durante la cumbre celebrada en Pekín, en un encuentro de alto nivel que estuvo marcado por la crisis en Oriente Medio, la seguridad energética global, las tensiones en torno a Taiwán y el intento de ambas potencias de estabilizar una relación deteriorada por años de rivalidad estratégica. La diplomacia china describió las conversaciones como un “intercambio profundo de puntos de vista sobre asuntos de importancia mayor para ambos países y para el mundo”, subrayando que los dos mandatarios coincidieron en fortalecer la comunicación y la coordinación en cuestiones regionales e internacionales. El tono empleado por Pekín reveló una voluntad de reconstruir mecanismos de entendimiento político entre las dos mayores economías del planeta, en un momento de elevada tensión geopolítica. Uno de los aspectos más sensibles de la reunión fue la situación de Irán y la creciente preocupación internacional por el riesgo de expansión del conflicto en Oriente Medio. Según declaraciones difundidas por la Casa Blanca y reproducidas posteriormente por agencias internacionales, Trump y Xi coincidieron en que Teherán no debe desarrollar armas nucleares y en la necesidad de mantener abierto el estrecho de Ormuz, paso estratégico por donde circula una parte esencial del comercio mundial de petróleo y gas. La Cancillería china reiteró, sin embargo, la posición tradicional de Pekín respecto a la crisis iraní: “la guerra nunca debió ocurrir y no tiene razones para continuar”. El portavoz del ministerio insistió en que una solución negociada sería beneficiosa tanto para Washington como para Teherán y para la estabilidad de toda la región. Asimismo, China defendió la reapertura inmediata del estrecho de Ormuz y llamó a evitar nuevas acciones militares que puedan alterar las cadenas globales de suministro y los mercados energéticos. Fuentes diplomáticas citadas por Reuters señalaron que el encuentro entre ambos líderes fue preparado bajo estrictos protocolos de seguridad y ceremonial de Estado, reflejando la importancia política atribuida por Pekín a la visita de Trump. La agenda incluyó sesiones privadas en el complejo gubernamental de Zhongnanhai, reuniones ampliadas con asesores estratégicos y un banquete oficial presidido por Xi Jinping. El protocolo chino otorgó al mandatario estadounidense un tratamiento reservado habitualmente para visitas consideradas de “máxima relevancia estratégica”. La recepción incluyó honores militares, recorridos cuidadosamente organizados por espacios históricos del liderazgo chino y reuniones cerradas destinadas a evitar filtraciones prematuras sobre los temas discutidos. Analistas internacionales interpretaron estos gestos como una señal de que Pekín busca proyectar una imagen de estabilidad diplomática y de interlocución directa con Washington, pese a las diferencias estructurales entre ambas potencias. Aunque no se anunciaron acuerdos económicos de gran alcance, el encuentro permitió reinstalar un clima de diálogo político después de meses de fricciones comerciales, disputas tecnológicas y desacuerdos militares en Asia-Pacífico. Xi Jinping habló de construir una relación “constructiva y estratégicamente estable” para los próximos años, formulación que observadores consideran un intento de institucionalizar mecanismos de coexistencia entre Pekín y Washington. El tema de Taiwán también ocupó un lugar central en las conversaciones. Xi advirtió a Trump sobre los riesgos de “choques e incluso conflictos” si la cuestión taiwanesa no es manejada con prudencia, reafirmando que se trata de la principal línea roja de la política exterior china. Washington, por su parte, evitó anunciar modificaciones inmediatas en su posición oficial, aunque funcionarios estadounidenses reconocieron que el asunto dominó buena parte de las discusiones privadas. La reunión ocurre además en un contexto internacional particularmente delicado, marcado por la guerra en Oriente Medio, la incertidumbre energética y la fragmentación del orden internacional. Para Pekín, el acercamiento con Washington representa una oportunidad de consolidarse como actor indispensable en la resolución de crisis globales; para la Casa Blanca, supone la posibilidad de involucrar a China en los esfuerzos destinados a contener una escalada regional con consecuencias económicas imprevisibles. En los círculos diplomáticos internacionales prevalece la impresión de que la cumbre no produjo soluciones definitivas, pero sí estableció un nuevo marco de comunicación directa entre Trump y Xi Jinping, en un momento en que el equilibrio mundial depende cada vez más de la capacidad de ambas potencias para administrar sus rivalidades sin precipitar confrontaciones mayores.
El crimen de la luz: Cuba ante la agonía impuesta
La noche cubana ya no es la de los bares de La Habana ni la de los malecones iluminados por la luna. Es una noche densa, total, impuesta. Una oscuridad que no nace de la voluntad de sus habitantes ni de un capricho de la naturaleza, sino de la maquinaria más implacable que haya conocido la política exterior moderna: el bloqueo de Estados Unidos, ese cerco criminal que durante más de sesenta años ha pretendido rendir por hambre a un pueblo que solo defiende su derecho a existir con dignidad. Lo que ocurre hoy en Cuba no es una crisis energética más. Es una ejecución programada. Desde que el pasado 29 de enero la administración Trump declarara la "emergencia nacional" para la isla, amenazando con sanciones a cualquier país que se atreva a proveerle combustible, el grifo del mundo se ha cerrado para los cubanos. Tres meses sin que entre una sola gota de petróleo. Tres meses de asfixia calculada, de apagones que superan las veinte horas diarias, de hospitales operando a tientas, de niños estudiando a la luz de velas, de abuelos muriendo en silencio porque la oscuridad también apaga los respiradores. Este lunes, el sistema eléctrico colapsó por completo. Un apagón total sumió a la isla en la Edad Media mientras, al otro lado del estrecho, el presidente de Estados Unidos fantaseaba desde su escritorio con "tomar Cuba" porque, según sus propias palabras, "tiene una tierra linda y vistas lindas". La frivolidad del poderoso que observa el hambre ajena como quien contempla un atardecer desde su balcón. No nos engañemos. El bloqueo no es una medida política. Es un acto de guerra en tiempos de paz. Es la negación deliberada del derecho más básico: el derecho a vivir. Durante seis décadas, Washington ha perfeccionado este mecanismo de destrucción masiva, blindándolo con leyes extraterritoriales, intimidando a gobiernos, persiguiendo barcos, congelando cuentas y castigando a empresas que osen comerciar con la isla. El objetivo nunca ha sido "promover la democracia", como repiten los voceros de turno. El objetivo ha sido, y sigue siendo, doblegar la dignidad de un pueblo que cometió el imperdonable pecado de querer ser libre. Y ahora, en su arrogancia, pretenden además decidir quién debe gobernar la isla. Las filtraciones a la prensa neoyorquina hablan de exigencias inaceptables: la cabeza del presidente Miguel Díaz-Canel como condición para cualquier acuerdo. Como si los cubanos fueran marionetas cuyo hilo puede ser cortado desde el norte. Como si la historia de resistencia de una nación entera pudiera resumirse en un cambio de nombre en la tarjeta de presentación de La Habana. Desde este medio dominicano, que conoce bien el peso de las intervenciones y el sabor amargo de las imposiciones, hacemos un llamado a los pueblos y gobiernos del mundo. No se trata de simpatías ideológicas. Se trata de humanidad elemental. Se trata de mirar a once millones de seres humanos condenados a la oscuridad por la soberbia de un imperio que no tolera la desobediencia. América Latina y el Caribe tienen una deuda histórica con la solidaridad. No podemos permitir que, en nuestro propio patio, se consume un crimen de lesa humanidad con la complicidad del silencio. Los puertos de la región deben abrirse al combustible que Cuba necesita. Los cancilleres deben alzar la voz en todos los foros internacionales. La Organización de Naciones Unidas, que año tras año condena el bloqueo por mayoría abrumadora, debe pasar de las resoluciones simbólicas a las acciones concretas. Porque lo que está en juego no es un gobierno ni un modelo económico. Lo que está en juego es la vida misma. La vida de una madre que no puede cocer los frijoles porque no hay gas. La vida de un enfermo que depende de un respirador eléctrico. La vida de un niño que merece crecer sin que la oscuridad sea su única maestra. El bloqueo es un crimen. Y los crímenes, cuando son prolongados en el tiempo, no se convierten en política. Se convierten en barbarie. Es hora de que el mundo despierte y diga basta. Es hora de que la luz vuelva a Cuba. No como concesión, sino como derecho. Que la comunidad internacional actúe. Que los pueblos se movilicen. Que la dignidad cubana no sea apagada por la fuerza bruta de quienes solo entienden el lenguaje del dominio. umbral.local/ se suma a la voz de los que exigen justicia. Por Cuba. Por el Caribe. Por la humanidad.
La obsesión del águila: Trump y la locura de querer \»tomar\» una isla que ha sido sometida a un criminal bloqueo
Hay una dosis de irrealidad que flota sobre el Potomac en estas tardes de invierno, una suerte de espejismo imperial que nubla la visión de quienes, desde la majestuosidad del Despacho Oval, creen poder reconfigurar el mapa del Caribe con la misma facilidad con la que se traza una línea sobre un mapa de pacotilla. El lunes, desde la santidad de su escritorio, el presidente Donald Trump miró hacia el sur y vio, no una nación con una historia de resistencia de más de seis décadas, sino un territorio yermo y propicio para la codicia. \»Será un gran honor para mí tomar Cuba\», sentenció, como quien anuncia la adquisición de una propiedad vacacional. \»Puedo hacer lo que quiera con ella\». Por Julio Guzmán Acosta La frase, pronunciada con la displicencia del viajero que elige un destino turístico por sus \»vistas lindas\» y su \»gran clima\», no es una mera bravuconada. Es la punta de lanza de una estrategia que huele a naftalina de la Guerra Fría, pero que se ejecuta con la frialdad de un corte de suministros. Washington ha decidido asfixiar a la isla hasta el último candil, y lo ha logrado. Desde hace tres meses, ni una gota de combustible foráneo mancha las costas cubanas. El resultado es un apagón total, un silencio eléctrico que cayó sobre la isla este mismo lunes, sumiendo a once millones de personas en la oscuridad y el desconcierto mientras el inquilino de la Casa Blanca fantaseaba con sus playas. Pero la locura que guía esta política tiene un libreto que va más allá del bloqueo energético. The New York Times reveló ayer, en sincronía perfecta con las bravatas presidenciales, que los negociadores enviados por Washington han puesto una condición innegociable sobre la mesa: la cabeza del presidente Miguel Díaz-Canel. Según cuatro fuentes anónimas familiarizadas con las conversaciones —esas voces que siempre pueblan los pasillos del poder sin mostrar el rostro—, la salida del mandatario cubano es el primer paso para cualquier entendimiento futuro. A partir de ahí, como en un mal chiste, \»sería cosa de los dirigentes de la isla decidir los siguientes pasos\». La jugada es tan burda como peligrosa. Se pretende repetir el libreto venezolano, donde la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Nueva York sirvió como trofeo de caza para la galería interna. Sin embargo, la Habana no es Caracas, y el fantasma de Fidel Castro, a ocho años de su muerte, sigue pesando más que cualquier cálculo electoral en Miami. El exilio cubano más ortodoxo, ese que ha financiado campañas y dictado líneas rojas durante décadas, observa con recelo. No se conforman con la caída de Díaz-Canel; ellos exigen la erradicación total del castrismo. Y el castrismo, en la figura del nieto del nonagenario Raúl Castro —conocido en los círculos de inteligencia como El Cangrejo—, sigue sentado a la mesa de negociación junto al secretario de Estado, Marco Rubio. Una ironía digna de una novela de Graham Greene: los halcones del exilio negocian el futuro de la isla con la misma familia que juraron derrocar. Mientras tanto, en Cuba, la realidad se impone con la crudeza de una cazuela vacía. El hambre, la falta de transporte y las jornadas de hasta veinte horas sin luz han encendido la mecha de la desesperación. El viernes, la sede del Partido Comunista en Morón ardió en llamas, incendiada por jóvenes que ya no distinguen entre el vandalismo y la protesta. El gobierno de Díaz-Canel, atrapado entre la asfixia externa y el descontento interno, ha optado por una rendija de apertura: los cubanos residentes en el exterior —sobre todo en Estados Unidos— podrán volver e invertir en el sector privado. Una reforma económica que huele más a tabla de salvación que a convicción ideológica. Trump, sin embargo, no quiere reformas. Quiere una conquista. Quiere una foto en la Casa Blanca con un gobierno títere que le permita presumir ante la historia que fue él quien doblegó a la última isla rebelde. \»Es una nación fallida\», repitió el lunes, como un mantra que justifica la intervención. \»No tienen dinero, no tienen nada. Tienen una tierra linda\». Y es ahí, en esa mirada de terrateniente, donde reside la verdadera locura de Washington. Confundir la resiliencia de un pueblo con la ausencia de recursos. Creer que una isla se \»toma\» como se toma una trinchera, sin entender que Cuba, incluso a oscuras, sigue siendo una idea. Y las ideas, señor presidente, no se conquistan con bloqueos. Se siembran, se combaten o se negocian. Pero jamás se toman.
Cumbre Escudo de las Américas : cuando un presidente se rinde sin condiciones
No se trata, como pretenden vender los voceros oficiales, de una mera gestión de relaciones internacionales para posicionar al país como \»socio estratégico\». Se trata de algo más hondo y, para quienes creemos en una política exterior basada en principios y no en alineamientos automáticos, profundamente preocupante. Lo que ocurrió este fin de semana en Miami no fue una cumbre diplomática convencional. Fue una concentración de la derecha radical del continente en la propiedad privada de un presidente estadounidense que ha hecho de la exclusión, el agravio y la visión neoimperialista su sello de identidad. Y allí estaba el mandatario dominicano, en primera fila, flanqueado por Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast, mientras las principales potencias democráticas de la región —México, Brasil, Colombia— brillaban por su ausencia. El contraste no puede ser más elocuente. Recordemos la historia reciente. La Cumbre de las Américas que debió celebrarse en diciembre pasado en República Dominicana fue cancelada porque Donald Trump no asistiría y porque las divisiones continentales resultaron insalvables. En aquel momento, Abinader se vio atrapado entre las presiones de Washington para excluir a Cuba, Nicaragua y Venezuela, y las amenazas de boicot de los gobiernos progresistas. Finalmente, optó por la cancelación. Hoy, el escenario es otro. Trump, el mismo que desairó al país, ha construido su propio foro a la medida, y Abinader acude dócilmente a su finca. La lección es brutal: las reglas las dicta Washington, y los líderes de la región se adaptan. Así de simple. Así de triste. Pero vayamos al fondo. La agenda del \»Escudo de las Américas\» no es inocente. Bajo la retórica de la cooperación contra el narcotráfico y la migración masiva, se esconde un proyecto de militarización de la política exterior estadounidense hacia la región. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo expresó con una claridad escalofriante al vincular la migración con la supervivencia de la civilización \»occidental y cristiana\». Ese lenguaje, que evoca las teorías del gran reemplazo y las pulsiones más oscuras de la ultraderecha global, es el mismo que Abinader suscribe con su presencia. ¿Es ese el socio estratégico que quiere ser República Dominicana? ¿El que aplaude, desde la primera fila, discursos que estigmatizan a los migrantes y criminalizan la pobreza? Y luego está China. El \»Escudo\» apunta directamente a reducir la influencia del gigante asiático en la región. Para un país como el nuestro, donde Pekín se ha convertido en un socio comercial relevante, alinearse acríticamente con esta postura implica riesgos que el gobierno parece no haber calculado. Mientras China ofrece comercio e inversión sin condicionamientos ideológicos, la administración Trump ofrece aranceles, deportaciones y un discurso de guerra fría. Abinader ha elegido bando. Es su derecho. Pero que no pretenda venderlo como una simple gestión diplomática. Es una definición ideológica de manual. La República Dominicana construyó durante décadas una política exterior basada en el diálogo y la apertura. Fuimos capaces de relacionarnos con todos sin someternos a ninguno. Eso se llamaba dignidad. Hoy, esa tradición parece haberse diluido en la alfombra roja de un club de golf en Miami. El \»Escudo de las Américas\» no protege a nadie. Es, más bien, un escudo que oculta la sumisión de quienes prefieren el abrazo del pugilista a la incomodidad de mantener la dignidad en un continente dividido. Abinader calcula, quizás, que los beneficios económicos o migratorios que pueda obtener de Washington compensan el costo ideológico. Quizás cree que esta es la nueva normalidad y que no hay alternativa. Pero al sentarse en esa mesa, sin distancia crítica, sin matices, sin preguntas, está renunciando a algo que no tiene precio: la capacidad de definir el rumbo del país con autonomía. La historia juzgará esta foto. Y cuando lo haga, no verá a un estadista defendiendo los intereses nacionales. Verá a un mandatario sonriente, en la finca del patrón, formando parte de una coalición que excluye a más de la mitad del continente y que abraza la visión más radical de la derecha hemisférica. Sin rubor. Sin distancia. Sin dignidad. Y eso, aunque duela decirlo, es lo que queda para el registro.
El Imperio sin Brújula : Cuando Washington Declara la Guerra al Orden Mundial
La administración Trump, lejos de ejercer un liderazgo responsable, ha optado por dinamitar los frágiles consensos internacionales, convirtiendo a Estados Unidos en el principal vector de caos y violencia global. El asesinato del ayatolá Jamenei no es un acto aislado, sino la confirmación de una doctrina imperial que empuja al mundo hacia el abismo de la fuerza bruta. Por JULIO GUZMÁN ACOSTA Hay momentos en la historia en que la locura deja de ser un atributo individual para convertirse en política de Estado. Lo que estamos presenciando desde la Casa Blanca, en esta nueva y alarmante fase del experimento trumpista, trasciende la simple torpeza diplomática o el exabrupto matutino en redes sociales. Nos hallamos ante la liquidación sistemática de ese delicado tejido de normas, pactos y organismos que, con todas sus imperfecciones, constituían el armazón de un orden internacional basado en consensos. El Imperio ha enloquecido. Y en su delirio de grandeza terminal, está incendiando la aldea global. La reciente escalada contra Irán, que ha cobrado la vida del ayatolá Alí Jamenei en los bombardeos del 28 de febrero, no es una operación quirúrgica contra una amenaza inminente. Es un mensaje cifrado en sangre para toda la humanidad: la negociación ha muerto. Washington, en su actual encarnación, no concibe la diplomacia como un puente, sino como un trofeo de guerra que se arrebata al vencido. La noción misma de \»rules-based order\», ese orden basado en reglas que Occidente pregonó durante décadas, ha sido arrojada por la borda como lastre innecesario. Y lo más grave es que, al hacerlo, han demostrado que aquellas instituciones —la ONU, los tribunales internacionales, los tratados de no proliferación— solo eran respetadas en la medida en que favorecían la correlación de fuerzas impuesta por el hegemon. Lo que comenzó como un genocidio televisado en Gaza, con la complicidad cómplice del gobierno de Biden, se ha convertido en el modelo de gobernanza global de la era Trump. La fuerza bruta, desnuda de todo ropaje jurídico, es el único idioma que entiende y profesa esta nueva administración. El secuestro de mandatarios, las amenazas anexionistas sobre Groenlandia, la desestabilización en el Caribe y, ahora, la guerra injustificada contra la República Islámica, no son piezas sueltas de un rompecabezas caótico. Son los latidos sincopados de un mismo corazón imperial que late al ritmo de la pólvora. La tragedia iraní encierra una lección cruda que ningún país del Sur Global debería ignorar. Teherán, durante los últimos dieciocho meses, tendió la mano de la diplomacia. Estuvo dispuesto a concesiones significativas, a poner sobre la mesa su programa nuclear a cambio de no ser despojado de toda capacidad disuasoria. La respuesta del eje israelí-estadounidense fue la bomba y el misil. El mensaje es terroríficamente claro: \»O te rindes sin condiciones, o te rendimos por la fuerza\». Ante esta disyuntiva, el cálculo racional de cualquier nación soberana que no se halle bajo el paraguas de la OTAN se vuelve perverso pero inevitable. Si Estados Unidos ha decretado que la ley del más fuerte es la única ley, ¿qué incentivo existe para no volverse más fuerte? ¿Qué razón de peso puede esgrimirse para que un país con capacidad tecnológica renuncie a desarrollar armas de destrucción masiva, si estas —particularmente el arma nuclear— representan el único seguro de vida creíble frente a la voracidad del Leviatán norteamericano? Las armas nucleares igualan. Nivelan el terreno de juego. Convierten una invasión en un cálculo de riesgos existenciales. Si Washington demuestra día tras día que no respeta soberanías, que no honra acuerdos y que considera a los líderes de otras naciones como objetivos militares legítimos, está empujando al mundo a una peligrosísima carrera por la disuasión atómica. Es la profecía autocumplida del caos: al destruir los mecanismos de consenso, siembran las semillas de un mundo donde cada quien busque su propia bomba para sentarse a la mesa de un juego que ya no tiene reglas. El complejo tecnológico-militar estadounidense, quizá el último bastión de una hegemonía en declive en otros órdenes, es lo suficientemente letal como para decapitar gobiernos en cuestión de días. Pero esa misma capacidad, ejercida sin brújula ética ni legal, convierte a Estados Unidos en el principal factor de inseguridad sistémica del planeta. Ya no es un faro de libertades, ni siquiera un mal necesario en el equilibrio de poderes. Es, sencillamente, un peligro para la humanidad. El mundo que nos propone el trumpismo es un mundo hobbesiano de todos contra todos, donde la única certeza es la violencia del más fuerte. Y si esa es la nueva normalidad impuesta por el jefe de la OTAN, no cabe sino preguntarse: ¿quién negociará mañana con un socio que ha roto todas las barajas? ¿Qué valor tendrá la firma de un tratado con un imperio que ha pisoteado sus propias instituciones? La locura de unos pocos no debería costarle la cordura —y la vida— a todo el planeta. Pero esa es, exactamente, la apuesta que la Casa Blanca ha hecho sobre el tablero mundial.
La Geopolítica del Siglo en un Subsuelo Frágil
La fiebre estadounidense por los minerales críticos y la nueva cartografía de presiones que redefine soberanías y amenaza los últimos santuarios ecológicos del planeta Por Julio Guzmán Acosta WASHINGTON D.C.—Bajo la cúpula de un poder que se reconfigura, no sólo se disputan esferas de influencia o rutas comerciales; se excava, con urgencia creciente, el subsuelo mismo de la modernidad. La Primera Reunión Ministerial de Minerales Críticos, convocada el pasado 4 de febrero por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, se erigió, en apariencia, como el gran foro fundacional de una nueva alianza global. Medio centenar de naciones, desde las capitales europeas hasta los estados asiáticos, desde las vastedades africanas hasta los confines americanos, acudieron al llamado. El objetivo declarado: tejer una red de suministro segura y resiliente para el litio, el cobalto, las tierras raras y otros elementos que son el alma de los microchips, las baterías y la electrificación general. Tras la cortina de la cooperación, sin embargo, se dibujó un panorama más complejo y menos concluyente: un teatro de gestos simbólicos donde la verdadera negociación ya había ocurrido en la penumbra de los acuerdos bilaterales. La sombra de la Pax Silica, la iniciativa lanzada por Donald Trump en diciembre de 2025, se extendió sobre el encuentro. Lejos de ser una asamblea constituyente para un nuevo orden mineral, la ministerial funcionó como una ceremonia de ratificación y un escenario de comunicación estratégica. La docena de Memorandos de Entendimiento formalizados aquí, y la veintena de negociaciones similares cerradas, se suman a una decena más firmada en los cinco meses previos. El gran bloque comercial monolítico que algunos anticipaban se desvaneció en favor de un mosaico de compromisos asimétricos y agendas diferenciadas, coordinadas desde Washington pero con tiempos y condiciones dispares. Aquí reside la paradoja y la astucia del momento. Contrario a su modus operandi en otros foros multilaterales —donde la compulsión y el ultimátum suelen ser la norma frente a China o en el mercado petrolero—, la administración estadounidense optó por una delegación calculada de la agenda. Impuso los fines, pero cedió parte de los medios. A México, por ejemplo, se le concedió un plazo de gracia de sesenta días para diseñar políticas que, en esencia, profundicen su dependencia estructural de la demanda norteamericana mientras contienen la influencia china en su sector minero. A la Unión Europea y Japón, treinta días. Es una presión difusa, pero no por ello menos efectiva: la coerción se ejerce en los despachos, en las negociaciones bilaterales que continúan tras el telón del consenso. Mas este juego geopolítico, centrado en la rivalidad con Pekín y la seguridad nacional estadounidense, contiene en su núcleo una contradicción trágica que trasciende lo estrictamente político. La minería intensiva que requiere esta transición tecnológica y energética es, por naturaleza, una de las actividades más voraces y devastadoras. Devasta paisajes, consume volúmenes colosales de agua dulce y genera pasivos ambientales de milenios. La carrera por los minerales estratégicos no es, por tanto, sólo una disputa hegemónica; es también, en su lógica extractiva implacable, una declaración de guerra contra los frágiles equilibrios que aún sostienen la vida orgánica en el planeta. El continente americano, con sus delegaciones divididas entre gobiernos nacional-populares y derechas alineadas con el espíritu de la época, se erige como el campo de prueba y el talón de Aquiles de esta contradicción. Brasil, México y los siete países africanos presentes —con la República Democrática del Congo como pieza central— no son meros proveedores. Son, en muchos casos, los guardianes involuntarios de las últimas grandes reservas de biodiversidad mundial y de ecosistemas que funcionan como amortiguadores críticos frente a la devastación climática. Son, además, el hogar de vastas poblaciones indígenas cuyos territorios ancestrales se superponen, con frecuencia fatal, con los yacimientos codiciados. En los meses por venir, la verdadera medida del éxito de esta Pax Silica no se leerá en los memorandos diplomáticos, sino en el número y la extensión de las concesiones mineras arrancadas a estos territorios. Se evaluará en hectáreas de selva deforestada, en cuencas hídricas contaminadas y en el despojo silencioso de comunidades originarias. Las izquierdas del continente, ya sitiadas por la presión geopolítica y las fuerzas reaccionarias internas, enfrentan aquí un dilema existencial: cómo asegurar su supervivencia política y económica en el corto plazo sin hipotecar, en el proceso, la base ecológica misma de sus naciones y el futuro de la vida que albergan. Washington ha trazado su mapa de recursos. Ha movido sus piezas con una mezcla de firmeza y pragmatismo. La ministerial fue su puesta en escena. Ahora, el drama se traslada a las selvas, los desiertos y las montañas del sur global. Allí, entre el zumbido de las máquinas y el silencio de los ecosistemas heridos, se decidirá si la próxima hegemonía se construye sobre las ruinas del planeta o si, en un último acto de cordura colectiva, la política es capaz de imponer límites a la fiebre del subsuelo. La partida está abierta, y las apuestas no podrían ser más altas.
Presidente Abinader inicia agenda en Washington con reuniones clave para atraer inversiones a RD

Por Virtudes Álvarez Sampedro Washington, D.C.– El presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, llegó anoche a la capital estadounidense para una agenda cargada de encuentros con empresarios, inversionistas y líderes empresariales, con el objetivo de promover el país como un destino atractivo para las inversiones extranjeras. Su visita, que incluye reuniones estratégicas y participación en eventos de alto nivel, se enmarca en un momento en que Estados Unidos, México y Canadá enfrentan tensiones arancelarias, lo que abre una ventana de oportunidad para que República Dominicana se posicione como una alternativa atractiva para la instalación de empresas multinacionales. Reunión de coordinación con empresarios dominicanos Tras su llegada a Washington, el mandatario se dirigió de inmediato al hotel donde se hospeda para sostener una reunión de coordinación con un grupo de destacados empresarios dominicanos que lo acompañarán durante su estadía. Entre los presentes estuvieron Samuel Conde, Claudia Pellerano, Aquiles Bermúdez, Steven Puig, Fernando Capellán, Alejandro Marranzini, Joe Torres, José Manuel Santelises, Ricardo Pérez, Joseph Blumberg, Alejandro Peña Prieto y Pepe Fanjul. También participó en el encuentro el ministro de Industria, Comercio y Mipymes, Víctor \»Ito\» Bisonó. Esta reunión sirvió para afinar los detalles de la agenda del presidente, que incluye su participación en la Cumbre Anual de la Asociación Americana de Prendas de Vestir y Calzados, donde Abinader tiene previsto dirigirse a decenas de inversionistas estadounidenses este jueves a las 9:00 a.m., hora local. Su intervención busca resaltar las ventajas competitivas de República Dominicana como destino para la inversión extranjera, especialmente en un contexto global marcado por tensiones comerciales. Almuerzo con ejecutivos del Atlantic Council y líderes empresariales Más tarde, el presidente Abinader tendrá un almuerzo con ejecutivos del Atlantic Council, un influyente think tank con sede en Washington, y líderes empresariales interesados en invertir en el país. Entre los sectores representados por estos ejecutivos se encuentran el farmacéutico, energía, tecnología, banca y la industria cinematográfica. La señora Adrienne Arsht, vicepresidenta de la Junta Directiva del Atlantic Council, y Jason Marczak, vicepresidente de la entidad, serán los anfitriones del mandatario y su comitiva. Este encuentro es clave para fortalecer las relaciones comerciales entre República Dominicana y Estados Unidos, especialmente en un momento en que las tensiones arancelarias entre Estados Unidos, México y Canadá podrían impulsar a empresas de esos países a buscar nuevas ubicaciones para sus operaciones. República Dominicana, con su estabilidad política, mano de obra calificada y ubicación estratégica, se perfila como una opción atractiva. Visita a la Universidad de Purdue en Indiana Tras concluir su agenda en Washington, el presidente Abinader viajará al estado de Indiana, donde sostendrá un importante encuentro con directivos de la Universidad de Purdue, incluyendo su presidente, Mung Chiang. Este viernes, previo a su regreso a Santo Domingo, el mandatario realizará un recorrido por las instalaciones de la prestigiosa universidad, conocida por su liderazgo en investigación y desarrollo tecnológico. La visita a Purdue tiene como objetivo fortalecer los lazos entre República Dominicana y esta institución académica, explorando posibles colaboraciones en áreas como educación, tecnología e innovación, que podrían beneficiar al país en su camino hacia la transformación digital y el desarrollo sostenible. Comitiva presidencial Acompañan al presidente en esta gira sus asistentes más cercanos, entre ellos Eilyn Beltrán, directora del Gabinete Presidencial; Mercedes Pichardo, directora del CUSEP y jefa de la seguridad presidencial, Jimmy Arias; y Daniel García Archibald, director de prensa del presidente. Su presencia asegura que cada detalle de la agenda se cumpla con precisión y que el mensaje de República Dominicana como un destino confiable y prometedor para las inversiones sea transmitido con claridad. Una agenda estratégica para el desarrollo del país La visita del presidente Abinader a Estados Unidos refleja su compromiso con la atracción de inversiones extranjeras y el fortalecimiento de las relaciones comerciales y académicas con uno de los socios más importantes del país. En un contexto global complejo, estas reuniones y encuentros buscan posicionar a República Dominicana como un hub estratégico para empresas multinacionales y un aliado confiable en la región. Con una agenda cuidadosamente planificada y un mensaje claro de apertura y oportunidades, el presidente Abinader demuestra una vez más su enfoque en el desarrollo económico y la proyección internacional de República Dominicana.
ALBA-TCP condena confiscación de aeronave oficial de Venezuela
Caracas. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) condenó hoy la decisión de Estados Unidos de incautar un avión oficial del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. SERVICIOS umbral.local/ Ese grupo denunció en un comunicado que la acción se suma a la larga lista de agresiones por parte de las administraciones estadounidenses con el objetivo de ejercer presión, torcer la voluntad democrática del pueblo venezolano y crear las condiciones para forzar un cambio de gobierno. “Los países miembros del ALBA-TCP condenan enérgicamente cualquier imposición que pretenda despojar a los países hermanos de América Latina y el Caribe de sus activos y repudia, una vez más, este acto de piratería en perjuicio del Estado venezolano, en total contravención del Derecho Internacional”, afirmó. Recordó que Washington antes actuó de forma similar al apropiarse en 2021 de una aeronave de la Empresa de Transporte Aerocargo del Sur, filial de la aerolínea venezolana Conviasa. El ALBA-TCP deploró también la violación de la soberanía de República Dominicana –donde ocurrió la incautación de este lunes- y respaldó las “acciones legales, diplomáticas y políticas” que emprenda Caracas para defender su soberanía y libre determinación. Venezuela advirtió que se reserva el derecho de emprender un proceso legal contra Estados Unidos tras la confiscación y traslado a Florida de la nave oficial, un hecho rechazado por países como Cuba, Nicaragua y Rusia, y catalogado de robo. El canciller dominicano, Roberto Álvarez, desvinculó a su Gobierno y al Ministerio Público de la investigación emprendida por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, que concluyó con la incautación. No obstante, relató que en mayo pasado Santo Domingo recibió una petición de cooperación internacional relacionada a la pesquisa y en la cual se solicitaba «realizar registros de evidencia y objetos vinculados a actividades de fraude, contrabando de bienes ilícitos y lavado de activos». El diplomático manifestó ante la prensa que la aeronave se encontraba en territorio dominicano para fines de mantenimiento.