Inadmisible
Resulta inadmisible la información de la que el periodista Víctor Grimaldi se hace eco, según la cual la CIA sabía ya el 17 de enero de 1970 que el Movimiento Popular Dominicano \»secuestraría un funcionario de la embajada norteamericana si no era liberado su secretario general\». Según el artículo de Grimaldi, publicado en este mismo medio digital, el documento de la CIA está fechado precisamente el 17 de enero de 1970, y este es un detalle que debe tenerse en cuenta. Si se admitiera la versión de que el MPD fue el autor del secuestro del coronel Donald Crowley, y se recuerda que la detención de su líder Maximiliano Gómez se produjo en la tarde del día 14 de enero, resulta del todo inadmisible, porque está fuera de todo cálculo razonable el que, en los momentos en que la dirección emepedeísta debió estar asimilando el golpe y haciendo los reajustes organizativos indispensables, a setenta y dos horas apenas del apresamiento de su líder ya ese partido hubiese tomado una decisión de tanta envergadura y que, por demás, ya esa supuesta decisión anduviera circulando en los documentos de la referida agencia. Dice Víctor que \»el plan del secuestro había sido detectado —con una claridad que hoy estremece— dos meses antes en los circuitos silenciosos de la inteligencia de Washington\», y eso también es falso, aunque lo diga el documento citado por Grimaldi. Simplemente porque en enero ese plan de secuestrar a un diplomático de la embajada yanqui no existía. Es verdad que en medio de la intensidad del combate en el que estaba envuelto, el MPD cometió determinados errores de diferentes órdenes y diferentes magnitudes. Pagó por ellos un precio, desgraciadamente, demasiado elevado, pero con la firmeza y la dignidad siempre en alto. Y lejos de estar dirigido por un grupo de aventureros irresponsables, ese partido estaba encabezado por una promoción de jóvenes políticos revolucionarios, de probada inteligencia y suficiente sentido de la responsabilidad, merced a lo cual el MPD se había convertido ya en enero de 1970 en una fuerza política de considerable influencia en la vida nacional. Precisamente por eso sus enemigos la tomaron como su principal blanco de ataque. Por más que la confusión haya hecho perder el equilibrio de muchos para juzgar la historia, nadie puede creer que se trataba de un grupo de aventureros precipitados que en cuestión de horas apenas tomara una determinación como la del secuestro, ya tuviera un objetivo definido y trazado un plan como el que se sugiere en el documento que Grimaldi toma como fundamento para formarse un juicio y lanzarlo al aire. Aunque ese artículo contiene muchas partes a las que podría referirme, prefiero limitarme a lo que llevo dicho. Para refutar algo que ni es verdad ni tiene la menor lógica, pero que golpea la reputación política y la memoria de aquellos dirigentes, bajo cuya égida tuve el privilegio de compartir la militancia; también para apelar al buen sentido de la gente sobre la cual se lanza cada vez más confusión a costa del buen nombre y el aporte innegable del liderazgo histórico del movimiento de izquierda dominicano.
La historia no se escribe con miedo ni con profecía

En los últimos tiempos se ha insistido, desde determinados espacios de opinión, en una tesis tan alarmista como carente de rigor: que, si la Expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo hubiese triunfado, la República Dominicana habría quedado inexorablemente atrapada en un modelo político, económico y social idéntico —o peor— al de Cuba. Esta hipótesis, defendida por Víctor Grimaldi en su artículo de Acento del 8 de diciembre 2025 no solo incurre en una lectura simplista del pasado, sino que revela una comprensión profundamente anticientífica del proceso histórico. La historia no es una bola de cristal ni un ejercicio de adivinación retrospectiva. No se construye a partir de miedos proyectados hacia atrás ni de determinismos ideológicos disfrazados de análisis. Sostener que el eventual triunfo de la expedición de junio de 1959 habría conducido de manera automática a la “cubanización” de la República Dominicana es desconocer los principios elementales de la historiografía moderna y, peor aún, negar la complejidad real de la sociedad dominicana. El determinismo como trampa ideológica El principal problema de esta hipótesis es su determinismo mecánico. Parte de la premisa de que los pueblos no deciden, no disputan y no corrigen sus propios procesos, sino que quedan arrastrados por una sola fuerza externa. Según esa lógica, los actores dominicanos de 1959 carecían de autonomía política y estaban condenados a obedecer, sin mediaciones, los designios de La Habana. Esa visión no es histórica: es ideológica. Reduce la historia a una cadena de causas únicas y efectos inevitables, algo que las ciencias sociales llevan décadas desmontando. Ningún proceso revolucionario —ni siquiera el cubano— fue lineal, homogéneo o predeterminado desde su inicio. La República Dominicana no era Cuba Comparar mecánicamente la República Dominicana de 1959 con Cuba es un error de base. La sociedad dominicana estaba en una dictadura personalista extrema, encabezada por Rafael Leónidas Trujillo, pero al mismo tiempo estaba atravesada por una pluralidad ideológica real: liberales, socialdemócratas, nacionalistas, cristianos progresistas y diversas corrientes de izquierda no alineadas con el marxismo-leninismo. Incluso dentro del campo antitrujillista coexistían proyectos incompatibles entre sí. Pretender que todos ellos hubiesen sido absorbidos sin resistencia por un supuesto modelo cubano es una caricatura política, no un análisis serio. Juan Bosch no era una nota al pie Otro elemento revelador del sesgo de esta tesis es la forma en que minimiza —o directamente anula— el peso histórico de Juan Bosch. Se afirma que Bosch habría sido inevitablemente marginado o expulsado. Pero esa afirmación ignora que Bosch era, ya en ese momento, uno de los principales referentes morales e intelectuales del antitrujillismo, con reconocimiento continental y con una concepción democrática profundamente arraigada. Bosch no fue un accidente de 1962. Fue una construcción política de décadas. Su rechazo a la vía armada y a todo totalitarismo no lo convertía en un actor prescindible, sino en un factor decisivo de disputa política en cualquier escenario postdictatorial. La historia demuestra que los liderazgos democráticos no desaparecen por decreto revolucionario; muchas veces resurgen como alternativa frente a los excesos del poder armado. La falacia del “destino cubano” El argumento más endeble —y más repetido— es que Cuba representaba un destino inevitable. Sin embargo, incluso la radicalización del proceso cubano no fue automática ni previsible en enero de 1959. Fue el resultado de conflictos internos, presiones externas, errores estratégicos de Estados Unidos y decisiones políticas concretas del liderazgo encabezado por Fidel Castro. Reescribir esa historia como si hubiese sido una secuencia cerrada desde el primer día es una falsificación retrospectiva. Trasladar ese desenlace, además, a la República Dominicana —con una estructura social, económica y cultural distinta— es un ejercicio de especulación ideológica, no de historia comparada. Historia no es miedo El afirmar que la República Dominicana habría terminado, de manera inevitable, en seis décadas de miseria, represión y aislamiento es una forma de historia del miedo. No explica el pasado; busca disciplinar el presente. Es una narrativa que intenta legitimar el orden actual presentándolo como el único camino posible, borrando de un plumazo las luchas, contradicciones y alternativas que han definido la experiencia dominicana. La historia no funciona así. Los pueblos no avanzan por rieles predeterminados. La historia es conflicto, disputa, retroceso, avance y corrección. Conclusión: Las hipótesis contrafactuales defendidas por Víctor Grimaldi sobre 1959 carecen de sustento científico y empobrecen el debate histórico dominicano. No se trata de defender la vía armada ni de idealizar procesos insurreccionales, sino de rechazar el uso del pasado como herramienta de chantaje ideológico. La historia no se escribe con profecías ni con temores retrospectivos. Se escribe con análisis, con contexto y con respeto a la complejidad real de los procesos sociales. Todo lo demás es propaganda con pretensiones de historia.