¡Trump juega a la guerra y anuncia la paz desde su teléfono! ¿Fin del conflicto o un engaño más para la comunidad internacional
El presidente de Estados Unidos anunció este jueves la cancelación de una nueva ronda de ataques contra Irán, asegurando que ambas partes han aprobado un memorando de entendimiento. Sin embargo, Teherán niega que haya nada finalizado y acusa a Washington de cambiar constantemente sus posiciones. Los mercados reaccionaron con euforia al anuncio: el petróleo cayó por debajo de los 90 dólares y Wall Street disparó sus principales índices. No es la primera vez que Trump proclama un acuerdo inminente que luego se desvanece. Hay gobernantes que toman decisiones con la gravedad que exige el pulso de la historia. Y luego está Donald Trump, que maneja la paz y la guerra como si fueran piezas de un videojuego doméstico: hoy lanza misiles, mañana los cancela con un tuit, y pasado proclama acuerdos que solo existen en la vorágine de su ego. La comunidad internacional, una vez más, asiste boquiabierta al espectáculo de un presidente que parece haber confundido el Despacho Oval con una sala de juegos infantiles. El anuncio de esta semana —la cancelación de una tercera ronda de bombardeos sobre Irán, seguida de la proclamación triunfal de un memorando de entendimiento— huele a cortina de humo. No es la primera vez, y probablemente no será la última. Trump desea la paz más que nadie. No por amor al prójimo, sino porque la guerra se le ha escapado de las manos. Es el mismo hombre que se metió en un conflicto que nunca debió iniciar, empujado por el aliado eterno, Benjamín Netanyahu, y ahora no encuentra la puerta de salida. Pero desear la paz no es suficiente. El principal responsable de una guerra —sobre todo de una guerra tan estúpida como evitable— tiene la obligación de ponerle fin con hechos, no con tuits triunfalistas. El mundo no necesita anuncios que parecen sacados de una feria de las vanidades. Necesita gestos reales: cese al fuego verificable, mesas de negociación serias, levantamiento de sanciones y, sobre todo, el fin de esa costumbre insultante de tomarle el pelo a la comunidad internacional. Porque los intereses en juego son enormes. El precio del petróleo, la inflación que castiga a las familias estadounidenses, y todo el planeta, la estabilidad de Medio Oriente, el fantasma de una escalada nuclear. Y allí, en medio del humo y los escombros, miles de civiles iraníes e israelíes que pagan con sus vidas los caprichos de los poderosos. Estados Unidos se lanzó a esta aventura de la mano de Israel y Netanyahu, convencido de que podría controlar las llamas. Hoy, el fuego le quema las manos y no sabe cómo apagarlo. Basta ya. Basta de simulaciones. Basta de anuncios que se desmoronan antes de que termine la rueda de prensa. Trump debe dejar de jugar a la guerra y empezar a terminarla. Si realmente tiene la autoridad que dice tener, si realmente el líder supremo iraní ha dado el visto bueno, que convoque a sus pares, que firme documentos vinculantes, que retire las flotas y los bombarderos. Que demuestre que no es un volatinero de la política, sino un estadista. El mundo, cansado de fuegos artificiales y falsas promesas, exige hechos. Ojalá este bandazo no sea uno más. Ojalá, por una vez, el niño que juega a la guerra decida crecer.
Irán mantiene restricciones en Ormuz y condiciona el tránsito marítimo a coordinación con sus Fuerzas Armadas
El canciller iraní, Abbas Araqchi, aseguró que los buques de países no enfrentados con Teherán podrán navegar por el estrecho de Ormuz siempre que exista coordinación previa con las autoridades militares iraníes. En medio de negociaciones suspendidas con Estados Unidos y tras más de tres meses de conflicto regional, Teherán admite que la situación sigue siendo compleja, mientras Washington endurece su discurso y crece la preocupación internacional por la seguridad de una vía estratégica para el comercio mundial de petróleo y gas. Por Julio Guzmán Acosta El Gobierno de Irán reiteró que los buques pertenecientes a países que no mantienen un conflicto directo con Teherán podrán continuar navegando por el estrecho de Ormuz, aunque bajo una condición expresa: la coordinación previa con las fuerzas armadas iraníes. La declaración fue formulada por el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araqchi, en medio de una creciente incertidumbre internacional por la seguridad de una de las rutas marítimas más sensibles para el comercio energético global. Durante su participación en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores del BRICS celebrada en India, Araqchi afirmó que únicamente los países “en guerra” con Irán quedarían excluidos del libre tránsito por el estratégico brazo de mar. No obstante, reconoció que la situación en torno al estrecho de Ormuz continúa siendo “muy complicada”, reflejando la fragilidad del actual escenario diplomático y militar en Medio Oriente. En una publicación difundida a través de X, el canciller iraní reveló que transmitió al ministro de Asuntos Exteriores de la India, Subrahmanyam Jaishankar, el compromiso histórico de Irán con la seguridad marítima en la zona. “Irán siempre cumplirá con su deber histórico como protector de la seguridad en Ormuz”, expresó. La República Islámica mantiene de facto restricciones severas sobre la navegación en el estrecho, por donde transita aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas transportado por vía marítima. Las medidas fueron reforzadas tras los ataques lanzados el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra territorio iraní, hecho que agravó la confrontación regional y elevó la presión sobre los mercados internacionales de energía. Aunque Washington y Teherán anunciaron un alto el fuego el mes pasado, los intentos por alcanzar un acuerdo de paz estable continúan estancados. Las negociaciones, mediadas por Pakistán, atraviesan una etapa crítica luego de que ambas partes rechazaran mutuamente las últimas propuestas presentadas la semana pasada. Araqchi admitió que Irán “no tiene confianza” en Estados Unidos y sostuvo que solo estaría dispuesto a reanudar conversaciones serias si Washington demuestra una verdadera voluntad política. Según el ministro iraní, los “mensajes contradictorios” enviados por la administración estadounidense han generado dudas profundas sobre las intenciones reales de la Casa Blanca. El jefe de la diplomacia iraní negó, sin embargo, que el proceso de mediación pakistaní haya fracasado definitivamente. Aseguró que las conversaciones atraviesan “dificultades”, aunque todavía existe margen para la diplomacia. La tensión entre ambas naciones se ha visto agravada por las campañas de ataques aéreos ejecutadas por Estados Unidos e Israel, las cuales interrumpieron abruptamente dos rondas de negociaciones con Teherán en los últimos trece meses. En ese contexto, Araqchi advirtió que Irán intenta preservar el actual cese al fuego para dar espacio a la diplomacia, aunque también se mantiene preparado para retomar las hostilidades si fuese necesario. Entre los principales puntos de fricción permanecen las aspiraciones nucleares iraníes y el control estratégico sobre el estrecho de Ormuz, considerado un enclave decisivo para la estabilidad energética mundial. Horas antes de las declaraciones del canciller iraní, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que su paciencia con Teherán “se está agotando” y reveló haber conversado con el mandatario chino, Xi Jinping, sobre la necesidad de reabrir plenamente el estrecho. Consultado sobre una eventual mediación china, Araqchi sostuvo que Teherán valora cualquier iniciativa diplomática orientada a reducir la tensión regional. “Tenemos muy buenas relaciones con China. Somos socios estratégicos y sabemos que los chinos tienen buenas intenciones”, declaró. El ministro iraní concluyó manifestando su expectativa de que las negociaciones permitan restablecer completamente la seguridad en el estrecho de Ormuz y avanzar hacia la normalización del tráfico marítimo internacional. La prolongación del conflicto contrasta con las previsiones iniciales formuladas por Trump, quien había asegurado que la confrontación tendría una duración breve de “dos o tres semanas”. Sin embargo, más de tres meses después del inicio de las hostilidades, no se vislumbra un desenlace inmediato y la crisis continúa generando incertidumbre política, económica y militar a escala global.
La televisión iraní tilda de “rendición” propuesta de Estados Unidos para poner fin al conflicto
El medio estatal de Teherán asegura que la contrapropuesta iraní exige reparaciones de guerra, el levantamiento de sanciones y el reconocimiento de su soberanía sobre el estrecho de Ormuz, mientras Trump califica la respuesta como “inaceptable”. Por: César Dalmasi Guzmán Teherán, 12 may. – La televisión estatal de Irán calificó como un intento de “rendición” la propuesta presentada por Estados Unidos para poner fin al conflicto armado que desde finales de febrero enfrenta a ambas naciones, al tiempo que dio a conocer los términos de la contrapropuesta iraní, que incluye el pago de reparaciones por la guerra y el reconocimiento de la soberanía persa sobre el estratégico estrecho de Ormuz. En un comunicado difundido la víspera, el medio oficial afirmó que Teherán rechazó el plan estadounidense al considerar que implicaba aceptar las “exigencias excesivas” del presidente norteamericano, Donald Trump. El texto oficial iraní añadió que su propia propuesta contempla, además, el levantamiento inmediato de las sanciones económicas y la liberación de los activos iraníes congelados en el extranjero. La respuesta de Washington no se hizo esperar. Trump declaró que la posición iraní resultaba “inaceptable”, en una escalada retórica que amenaza con romper el frágil alto el fuego logrado el pasado 8 de abril tras la mediación de Pakistán. El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel se remonta al 28 de febrero último, cuando Washington y Tel Aviv iniciaron operaciones militares contra territorio iraní, a las que Teherán respondió con ataques contra objetivos israelíes y posiciones estadounidenses en varios países de la región. Tras semanas de hostilidades, el 8 de abril ambas partes anunciaron un cese temporal de las acciones bélicas, también mediado por Pakistán. Tres días después, el 11 de abril, Islamabad acogió una ronda de conversaciones directas entre representantes estadounidenses e iraníes, aunque sin que se alcanzara un acuerdo definitivo para poner fin a las hostilidades. Al término de aquellas negociaciones, Trump anunció la extensión indefinida del alto el fuego, sin que mediara una declaración conjunta. La contundente calificación de la televisión iraní —“rendición”— y la exigencia de reparaciones por la guerra constituyen ahora los principales escollos para cualquier avance diplomático. Analistas coinciden en que la demanda sobre el estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, eleva la tensión a niveles críticos. Hasta el cierre de esta edición, la Casa Blanca no había emitido una respuesta formal a los términos iraníes. La comunidad internacional observa con creciente preocupación el estancamiento de las conversaciones, mientras Pakistán, el país mediador, ha convocado a nuevas rondas de diálogo en un intento por impedir el colapso definitivo de la tregua.
Trump revela un pacto nuclear en ciernes y un \»regalo\» de Irán que agita las aguas del golfo
El presidente estadounidense asegura que los representantes iraníes han aceptado renunciar definitivamente al arma atómica, mientras insinúa una concesión estratégica sobre el estrecho de Ormuz que reconfiguraría el tablero energético global Por: Redacción Internacional umbral.local/ En el vértigo de la diplomacia y el estruendo de las amenazas, surge a veces un instante suspendido, una pausa donde la posibilidad de un acuerdo se abre paso entre las grietas del conflicto. Ese instante, según lo describe la voz desde la Casa Blanca, ha llegado. El presidente Donald Trump reveló este martes, con la naturalidad de quien anuncia un desenlace largamente esperado, que los representantes de Irán con los que Washington sostiene diálogos han aceptado una condición hasta hace poco impensable: nunca poseerán un arma nuclear. “Están hablando con nosotros, y lo que dicen tiene sentido”, afirmó el mandatario en la ceremonia de juramentación del nuevo secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin. La declaración, vertida casi al pasar, condensaba en pocas palabras la compleja trama de negociaciones que, según la administración republicana, se teje en paralelo al pulso militar que aún sacude la región. Trump enumeró sus exigencias con la contundencia de quien dicta los términos: “Los puntos uno, dos y tres son: ustedes no pueden tener un arma nuclear”. Y luego, la afirmación que todo lo cambia: “Han acordado que nunca tendrán un arma nuclear”. No hubo en sus palabras matices ni ambages. Lo que por meses se presentó como una amenaza existencial —el umbral atómico iraní— se transformó, según la versión oficial estadounidense, en una concesión pactada en el silencio de las salas de negociación. Una metamorfosis que contrasta con los bombardeos que Washington inició a finales de febrero, justificados entonces en la urgencia de una amenaza directa e inminente. Los analistas han señalado desde entonces las contradicciones de esos razonamientos, pero la narrativa de la Casa Blanca ha mutado: ya no es la inminencia del peligro, sino la promesa de su desactivación, lo que ocupa el centro del relato. Trump describió a los interlocutores actuales de Teherán como figuras “muy diferentes” de aquellas con las que Estados Unidos negoció en el pasado. Sin dejar de confesar que no deposita en ellos una confianza plena, el presidente introdujo un elemento que añade una capa de misterio y expectativa a este incipiente entendimiento: Irán, según sus palabras, le ha hecho a su país “un regalo muy grande”. El presidente se permitió insinuar sin explicar. “Tiene un valor económico tremendo”, dijo, antes de revelar que el obsequio está “relacionado con el petróleo y el gas” y con el flujo de crudo en el estrecho de Ormuz, ese paso angosto y estratégico por donde navega una quinta parte del petróleo que mueve al mundo. La frase, deliberadamente críptica, encendió de inmediato las especulaciones en los mercados energéticos y las capitales extranjeras, donde se interpreta como un posible acuerdo para desbloquear la vía marítima que Irán ha mantenido parcialmente cerrada en los últimos meses. El contexto de estas revelaciones no es casual. Un día antes, Trump había anunciado el aplazamiento por cinco días de los ataques contra centrales eléctricas iraníes, una amenaza que había suspendido sobre la infraestructura energética de la república islámica. La condición para esa pausa, según el mandatario, era que Irán desbloqueara el estrecho de Ormuz. Ahora, con la mención de ese “regalo”, la administración estadounidense sugiere que la respuesta iraní podría estar en camino. La diplomacia, en este caso, avanza sobre un suelo movedizo. Irán no ha confirmado oficialmente los términos que Trump atribuye a sus representantes, y el silencio de Teherán se ha convertido en otro actor de esta contienda. Pero las palabras del presidente estadounidense trazan ya una narrativa de desenlace: la guerra que parecía inminente se convierte, en su versión de los hechos, en un acuerdo que reescribe las reglas de la energía global y desactiva, al menos sobre el papel, el fantasma nuclear que ha obsesionado a Occidente durante más de dos décadas. Mientras tanto, el mundo observa ese estrecho de Ormuz, ese umbral de aguas turbulentas donde confluyen el petróleo, la geopolítica y la voluntad de dos naciones que, por ahora, han encontrado en el diálogo un puente precario pero no menos real. Queda por saber si el puente resistirá el peso de la historia o será apenas un espejismo en medio del desierto de la desconfianza.
Tensión en el Golfo: Jameneí Advierte con Guerra Regional mientras Teherán Afila sus Espadas Diplomáticas
En el aniversario del regreso del ayatolá Jomeiní, el Líder Supremo Alí Jameneí respondió a las amenazas de Washington con una advertencia solemne: cualquier agresión estadounidense desencadenará un conflicto de proporciones regionales. En un discurso que combinó desafío estratégico y narrativa interna, calificó las protestas de enero como un “intento de golpe de Estado”, justificando la dura represión, mientras desde la presidencia se enviaban señales contradictorias de apertura diplomática, dejando al descubierto el complejo tablero de ajedrez geopolítico entre Teherán y Washington. Por Virtudes Álvarez Sampedro TEHERÁN. – Bajo la cúpula dorada del mausoleo de Jomeiní, donde el mármol frío guarda el silencio fundacional de la República Islámica, las palabras del Líder Supremo, Alí Jameneí, resonaron este domingo no como un mero discurso conmemorativo, sino como un parteaguas estratégico dirigido a dos audiencias: un pueblo iraní cuya resiliencia se pone a prueba y un Occidente cuya paciencia se agota. Con la solemnidad que otorga el peso de cuatro décadas de poder, Jameneí trazó una línea roja en la arena del Golfo Pérsico, advirtiendo que las amenazas provenientes de Washington no suscitan temor, sino la promesa de una escalada calculada. “Si inician una guerra, esta vez será una guerra regional”, sentenció, elevando la apuesta en un conflicto que hasta ahora se libraba en los márgenes de la diplomacia y la guerra subsidiaria. El contexto de la advertencia no es trivial. Coincide con el despliegue de la flota estadounidense, encabezada por el portaaviones Abraham Lincoln, cuyas siluetas se recortan como sombras amenazadoras en las aguas internacionales cercanas. Frente a esta demostración de fuerza, la respuesta iraní ha sido un ejercicio de dualidad clásica: por un lado, la mano extendida de la presidencia, con Masud Pezeshkian afirmando en su conversación con Egipto que la guerra “no es del interés de Teherán ni de Washington”; por el otro, el puño cerrado del establishment revolucionario, con la Guardia Revolucionaria anunciando “planes de acción” listos para cualquier escenario hostil. Esta coreografía calculada entre la realpolitik y el principio revolucionario define la esencia del régimen: una disposición al diálogo siempre y cuando no se cuestionen los pilares de su soberanía, especialmente su programa de misiles y su arquitectura de seguridad. Sin embargo, el discurso de Jameneí reservó su tono más sombrío para el frente interno. Al calificar las protestas de finales del año pasado –aquellas que sacudieron con un raro estremecimiento de descontento las calles de varias ciudades– como un “intento similar a un golpe de Estado”, el Líder Supremo no solo buscó justificar la consiguiente y sangrienta represión, cuyas cifras oscilan, según la fuente, entre los tres y los casi siete mil fallecidos. También intentó tejer una narrativa de resistencia nacional frente a lo que presentó como una conspiración extranjera, urdida por “el señor Trump” y sus aliados. Al situar el levantamiento popular en el terreno de la agresión externa, Jameneí transforma la disidencia doméstica en un capítulo más de la épica de asedio que fortalece, desde 1979, la legitimidad del sistema. Este momento constituye, pues, un delicado equilibrio en el alambre. Por un lado, el presidente Trump, cuya retórica oscila entre la bravata militar y el deseo declarado de “alcanzar un acuerdo”, parece explorar los límites de la presión máxima. Por el otro, Teherán, consciente de su capacidad para inflamar toda la región desde Yemen hasta Líbano, juega su carta más poderosa: la amenaza creíble de una conflagración que trascendería, por mucho, las fronteras del conflicto bilateral. La advertencia de Jameneí no es un arrebato, sino un recordatorio geopolítico: en el laberinto persa, la puerta de la negociación permanece entreabierta, pero cruzarla requiere reconocer que Irán no es un actor aislado, sino el eje potencial de una tormenta que podría redibujar el mapa de Oriente Medio. La elegancia de la postura iraní reside, en última instancia, en esta capacidad para proyectar una serena determinación. Mientras los portaaviones patrullan a lo lejos, Teherán conmemora su historia revolucionaria, consolida su narrativa interna y envía un mensaje tallado en la ambigüedad del poder: están preparados para la mesa de diálogo, pero también, y sobre todo, para el campo de batalla. El próximo movimiento, ahora, corresponde a Washington.
Irán de luto por muerte de presidente Raisi en accidente aéreo

Teherán, 20 may (Prensa Latina) La República Islámica de Irán está hoy de luto por la muerte del presidente Ebrahim Raisi como consecuencia de la caída del helicóptero en que viajaba en la provincia de Azerbaiyán Oriental. PRENSA LATINA Tras horas de intensas labores de búsqueda y en medio de condiciones climáticas adversas fue confirmado el fallecimiento del mandatario, el canciller Hossein Amir Abdollahian, el gobernador de Azerbaiyán Oriental, Malek Rahmati y el imam de la oración del viernes de Tabriz (capital provincial), Mohammad Ali Ale-Hashem. La frontera con Azerbaiyán fue testigo del último viaje del presidente Raisi en su esfuerzo por desarrollar y hacer crecer a la nación islámica, reseñaron medios locales. Raisi llegó este domingo al aeropuerto de Tabriz para participar en la ceremonia de inauguración de la presa conjunta Qiz Qalasi en el río Aras, fronterizo entre Irán y Azerbaiyán, en presencia del mandatario, Ilham Aliyev. En la misma fecha, el jefe de Estado visitó a los responsables del proyecto del puente que une la carretera de Aras y el ferrocarril, como parte del corredor entre las ciudades de Julfa, en Azerbaiyán Oriental, con Kalala, en la República de Azerbaiyán. Jurista, político y estudioso de la religión, Raisi nació en el barrio de Nogan de la ciudad de Mashhad en el año 1960, en el seno de una familia religiosa. El líder mártir completó sus estudios primarios en Mashhad y luego ingresó allí al seminario y estudió con los principales Ulemas de la época. Su carrera política comenzó en 1980 cuando asumió el cargo de Fiscal General de la ciudad de Karaj, al oeste de la capital, y cinco años más tarde se convirtió en fiscal adjunto de Teherán. En 1988, el Imam Khomeini le asignó la tarea de investigar expedientes judiciales relacionados con el terrorismo, luego ocupó la jefatura del Departamento de Inspección General y posteriormente se convirtió en el fiscal del país hasta el 2017. Raisi fue elegido en 2021 presidente de la República Islámica tras obtener unos 18 millones de votos y, según el calendario actual, las elecciones están previstas para 2025. Ante una noticia lamentable como la de este domingo, la Constitución establece en su artículo 131 que, si el presidente muere estando en el cargo, el primer vicepresidente asume el mandato, previa confirmación del Líder Supremo. En este escenario, un consejo integrado por el primer vicepresidente de la República, el titular del Parlamento y el jefe del Poder Judicial dispondrá la elección de un nuevo presidente en un plazo máximo de 50 días.