UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

Lendrick Street: la calle del pogromo

La violencia desatada esta semana en Belfast se cuenta con la historia de Lendrick Street, una línea recta de 200 metros en el este de la ciudad donde tres vehículos calcinados y dos viviendas incendiadas marcan el escenario más parecido a un pogromo en décadas. Manifestantes jaleados por redes sociales forzaron la huida de familias inmigrantes, mientras activistas y vecinos alertan de una peligrosa alianza entre paramilitares y la extrema derecha. Por Ángel F. Guzmán Belfast. – Como tantos relatos de odio, este también puede contarse a través de una calle. Lendrick Street se encuentra en la zona este de la capital norirlandesa. Una recta de apenas doscientos metros flanqueada por casas humildes de dos alturas, ladrillo visto y ese estilo georgiano donde sólo puertas y ventanas diferencian los hogares que habitan tras los muros continuos. Belfast Este es orgullo de generaciones de trabajadores de los astilleros H&W, aquellos donde se construyó el Titanic, pero también la nostalgia frustrada de una comunidad protestante a la que la paz dejó descolocada y en desventaja, como atestiguan los grafitis de motivos bélicos que pueblan el barrio. En una mañana lluviosa y triste de jueves, periodistas y cámaras merodean por la acera. Tres vehículos incendiados, esqueletos de bestias calcinadas, recuerdan que aquí, cuarenta y ocho horas antes, ocurrió lo más parecido a un pogromo que ha vivido Belfast en décadas. Los manifestantes, encendidos por las redes sociales, prendieron fuego a dos viviendas. Las familias inmigrantes que allí vivían huyeron con lo puesto. “El martes evacuamos a doce familias por toda Belfast. Les ayudamos a huir y las distribuimos entre casas de amigos, hoteles y residencias de vecinos solidarios”, explica a este periódico Twasul Mohammed, activista de origen sudanés llegada como refugiada en 2016 y hoy directora de Derechos Humanos en la organización Participación y Práctica de Derechos. “Cuando llegué, pensé que aquí estábamos mejor que la gente de color en Inglaterra o Escocia –ironiza–, porque protestantes y católicos estaban demasiado ocupados peleando entre ellos. Hoy vemos una alianza de paramilitares y extrema derecha interna muy peligrosa”. Tras publicarse en redes una nueva lista de objetivos, Mohammed asegura que ya han debido reubicar a doscientas familias. Joshua y Kaleb, dos jóvenes de veinte años nacidos en el Reino Unido, hijos de nigerianos, han ido a ver a un amigo portugués que vive en Lendrick Street. Esquivan el miedo que atenaza a otros y quieren expresar su rabia. “Creo que están intentando que todo el mundo se vuelva racista. Es una locura”, dice Kaleb. “Un tipo intenta matar a otro y etiquetan a toda la gente negra como si fuera esa persona. En la vida se me ha pasado por la cabeza cortarle el cuello a alguien, y ahora pretenden que todos los negros somos así. Me parece que han sido racistas toda la vida y que ahora enseñan su verdadero color”. La calle es un ir y venir de operarios públicos, trabajadores del gas y curiosos que graban los destrozos con sus teléfonos. Entre ellos, Martin Craigs, un inglés de setenta años que llegó de niño a Belfast y regresó para jubilarse. “Nos encantan las llamas, avivarlas. Provoca miedo y ofrece la oportunidad de mantener vivo el paramilitarismo. Todo agitado por las redes sociales, que no existían durante los treinta años de ‘troubles’. Imaginen lo que puede ser esto ahora”. El Servicio de Policía de Irlanda del Norte no ha querido vincular la violencia con los paramilitares unionistas aún activos. Las organizaciones humanitarias no tienen tantas dudas. “Estamos siendo testigos de la manipulación de un crimen horrible para buscar un chivo expiatorio colectivo”, señala Daniel Holder, director del Comité de Administración de Justicia. “La intimidación racista aquí es especialmente peligrosa porque se han involucrado elementos paramilitares lealistas”. Los vecinos protestantes de Lendrick Street se asoman a las puertas y huyen despavoridos ante el periodista. Tras seducción y medias sonrisas, uno de ellos, orgulloso miembro de una logia que desfila cada año en conmemoración de la victoria de Guillermo de Orange sobre Jacobo II, protesta por los destrozos pero comparte el discurso contra la inmigración. “Les alquilan las viviendas por una miseria que paga el Gobierno, y yo dedico gran parte de mi sueldo a la mía”, dice. No es la voz de la mayoría. “Ha sido algo completamente innecesario y asqueroso. Racismo puro y duro”, afirma Chip, un músico que lleva décadas interpretando folclore irlandés. “Hemos tenido crímenes horribles cometidos por blancos y nadie protestó en la calle. La respuesta ha sido racista”. Los inmigrantes huyeron el martes por la noche. Ahora residen en refugios improvisados, en direcciones secretas. En Lendrick Street quedan los vehículos calcinados, las viviendas abrasadas y el resquemor de algunos vecinos tras las cortinas. El legado de una semana de violencia inútil.

El lujo de no mirar

Hay racistas que nunca se miran al espejo. No porque les falte un rostro, sino porque en su reflejo siempre ven a un justo. El odio, para ellos, nunca es arbitrario: tiene una causa, una herida, un argumento que en su cabeza pesa como una sentencia. “Si no contrato a ese moreno es porque no tiene estudios”, “si mi hija no se casa con él es por la familia”, “si le digo ‘prieto’ es con cariño”. La razón del racista dominicano es una razón blindada: no admite fisuras porque él no es el agresor, es el defendido. Y en ese error germinal florecen todas las violencias. El problema no es convencer al racista de que lo es. Eso es tan estéril como pedirle a un pez que reconozca el agua. La verdadera dificultad está en los demás, en los que no gritan insultos ni queman cruces, pero tienen una habilidad exquisita para no ver. Para archivar lo del haitiano en la construcción al que le pagan menos como “es que él aceptó”, lo de la muchacha negra a la que no le devuelven la solicitud en el call center como “falta de perfil”, lo del niño afrodescendiente al que llaman “cocolo” en la escuela como “un apodo sin malicia”. Llevamos siglos optando por la segunda opción: mirar hacia otro lado hasta que el cuello duele, y luego llamar a eso “convivencia pacífica”. Pero ocurre que el racismo no pide permiso para instalarse. Está en la puerta de la discoteca que no se abre para los de “pelo malo”, en la oficina pública donde el de piel más clara pasa primero, en la sonrisa del vecino que dice “nosotros no somos así, eso es cosa de haitianos”. Y quien lo sufre no necesita un juicio probatorio: lo sabe. Lo sabe como se sabe el sol de la tarde. Lo que no sabe es cómo demostrarlo, porque el racismo cotidiano en República Dominicana es un arte de la negación. Siempre habrá una excusa: “es que no había cupo”, “es que así es el carácter dominicano”, “es que usted es muy sensible”. Y así, el racista no es el que discrimina, sino el otro, el que denuncia. Por eso duele tanto la pregunta trampa: “¿En República Dominicana hay racismo?”. Porque quien la hace ya sabe que la respuesta correcta —la cómoda— es un no rotundo. Y ese no nos devuelve a la casilla cero, donde los racistas se sienten arropados, donde el problema se disuelve en “cosas del pasado”, donde el país entero respira aliviado porque, total, aquí todos somos hermanos. Pasa. Y pasa en la cotidianidad. Cuando en un colmado llaman “moreno” al que no tiene nombre, cuando en un concurso de belleza se elogia el pelo lacio como sinónimo de “profesional”, cuando en la tele los protagonistas son siempre de tez clara y los sirvientes negros. Eso no es un incidente. Es un síntoma. Y los síntomas, si se ignoran, no desaparecen: se cronifican. No pido que todos luchen. Pido que no pongan palos en la rueda. Que dejen denunciar. Que no nos obliguen a empezar cada conversación desde el principio, como si no hubiera historia, como si la sentencia de 1937 no existiera, como si el racismo fuera una invención de intelectuales resentidos. El racismo no es solo un problema para quien lo sufre. Es un aviso para quien cree que nunca le tocará. Porque el odio, cuando se siente legítimo, no se detiene en una frontera, en un tono de piel, en un origen. Se expande. Y un día, quizá, usted tampoco será el “adecuado”. Hasta entonces, tenga al menos la decencia de no mirar hacia otro lado.

Lourdia Jean Pierre o el derecho a la vida

ÁGORA Lourdia Jean Pierre es el nombre de la señora haitiana que, con dolores de parto, por miedo a ser apresada en un hospital público se sintió obligada a alumbrar en el piso de su casa donde sin asistencia médica murió desangrada. Prefirió el riesgo de parir en su casa que el de ir a un hospital público y ser apresada y montada en un autobús para ser deportada recién parida junto a su criatura. El mismo dilema lo viven otras mujeres embarazadas o con enfermedades, al igual que haitianos o de su origen sin documentación que, enfermos, tratan de evadir la crueldad de esa especie de emboscada avisada que la Dirección General de Migración les tiene tendida en los centros hospitalarios como parte del plan para “reducir la presencia de inmigrantes indocumentados”. Y es que la crueldad de esa celada constituye uno de los más afrentosos atentados al derecho de nacer, a toda mujer para alumbrar con dignidad, seguridad y cerca de su familia. Lourdia dejó huérfana a su criatura recién alumbrada y a dos más que residen en Haití. El padre de la criatura, Jean Ronald, con carné de regulación vencido, como miles en igual condición, fue esposado por la policía de Migración, diciéndole que sería deportado junto al recién nacido. Él se defendió alegando que, aunque vencido, tenía un carné de trabajador agrícola, el policía insistió en su propósito y en ese momento intervino un activista comunitario defensor de los derechos humanos y ante sus alegatos el policía llamó a un superior y este ordenó su puesta en libertad. Aplaudo el gesto. Esto plantea cuestiones no sólo legales y de negación de derecho, sino dilemas morales y éticos desgarradores. ¿Qué pasaría por la cabeza de una persona que, ante el cadáver desangrado de su compañera de vida, es amenazado con ser deportado junto al niño que ella recién alumbró? ¿Qué pasaría por la cabeza de los policías que, ante tan trágico momento, tenían que ejecutar el confuso e inhumano plan de “reducción de “indocumentados” sin regulaciones?  A veces son mujeres policías, quizás ellas también madres, que conducen a los autobuses a mujeres prácticamente en labor de parto. ¿Qué pasaría por la cabeza de estas policías? Son éstos los momentos de tragedia donde no sólo se produce muerte y dolor, sino odio y rencores que envenenan el alma de individuos y colectividades, además de las relaciones entre países. El odio, la violencia y el racismo son construcciones sociales, nadie nace con ninguna de esas cualidades. Se enseñan.  Muchos policías y militares están embrutecidos por las arengas de odio y violencia que reciben y lo asumen como primer recurso para ejercer su autoridad, otros tienen dilemas morales y son sensibles a las protestas de los vecinos de las embarazadas y recién paridas que junto a sus hijos son apresadas para ser deportadas. En los lugares donde se producen episodios de violencia, odio y muertes de migrantes, la gente protesta porque saben que la generalidad de estos son trabajadores que mantienen sus familias y que envían a su país parte de sus magros ingresos para ayudar a familiares que tienen allá. Como hacen los migrantes dominicanos. En otro orden, debe reconocerse que la población de origen haitiano podría estar llegando a umbrales muy significativos, pero constituye un inaceptable despropósito enfrentar esta problemática violando las leyes 169-14, 285-04, el decreto 327-13 que “instituye el Plan Nacional de Regularización de Extranjeros en Situación Migratoria\». Además, el artículo 9, numeral 5 de la Ley 286-04 que planea: “Proponer estrategias que racionalicen el empleo de mano de obra inmigrante en función de los requerimientos sectoriales del mercado de trabajo y las demandas de recursos humanos calificados que requiere el proceso de desarrollo\». Abolir o modificar leyes o decretos, son prerrogativas exclusivas del Congreso Nacional y del TC en los elementos que este considere contrarios a la Constitución. Es lo que hace este gobierno al plantear que su “política (migratoria) no incluye ningún plan de regularización”, desconociendo así las demandas que en ese sentido hacen las asociaciones de Industria de Republica Dominicana, de la Construcción, de Arroceros, Cacaoteros y algunos industriales fronterizos. Ninguna economía funciona bien sin mano de obra, local o extranjera. No es prudente enfrentar los sectores productivos demandantes de mano para operar, ni desafiar organismos internacionales y legaciones extranjeras a los cuales se les conmina, con razón, a un mayor involucramiento en la solución de la crisis haitiana. Tampoco desafiar una organización del prestigio de Amnistía Internacional, ni a sectores nacionales de matriz religiosa y a activistas e intelectuales de larga tradición democrática. Desdeñar a estos últimos sectores, que fueron claves para que se instalara la mayoría que hoy es gobierno, para apoyarse en grupúsculos familiares y paramilitares neonazi/fascistas y terroristas constituye un sinsentido. Vivimos momentos de grandes conflictos de negación de derechos individuales, colectivos, familiares, territoriales, migratorios, de certezas y de fe que, recordando a Umberto Eco en una amistosa carta al cardenal Carlos María Martini, decía que para afrontarlos “deben prevalecer la Caridad y la Prudencia”. Lourdia Jean Pierre murió por la inexistencia de estas virtudes.

La Antigua Orden Dominicana: Nacionalismo y Racismo como Estrategias de Distracción de Problemas Estructurales

Por Danilo Minaya En la República Dominicana, el nacionalismo exacerbado, alimentado por grupos vinculados a la Antigua Orden Dominicana, ha encontrado un terreno fértil para propagar discursos xenófobos y racistas, especialmente en contra de la población haitiana. Sin embargo, detrás de esta retórica se esconden problemas estructurales que perpetúan la desigualdad y la exclusión social, desviando la atención de las verdaderas causas de los desafíos económicos y sociales que enfrenta el país. El capitalismo y las políticas neoliberales han utilizado de manera sistemática discursos de nacionalismo y patriotismo para legitimar estructuras económicas desiguales. Estas narrativas, lejos de fortalecer una identidad colectiva inclusiva, buscan desviar la atención de las fallas estructurales del sistema al culpar a \»forasteros\» como inmigrantes y minorías. De esta manera, se ocultan las responsabilidades de las élites económicas y políticas, permitiendo que estas continúen beneficiándose a costa de las mayorías sociales. El neoliberalismo, el conservadurismo y la ultraderecha han contribuido activamente a la creación de un entorno en el que los discursos de odio, la xenofobia y el racismo encuentran un terreno fértil para crecer. Estas ideologías no solo fomentan divisiones sociales, sino que también promueven la exclusión y refuerzan la percepción de ciertos grupos como peligrosos, debilitando la solidaridad entre las clases trabajadoras y las comunidades marginadas. En el país, el discurso nacionalista ha sido una herramienta recurrente para desviar la atención de los problemas estructurales que afectan a la sociedad. Al centrar la discusión en la \»amenaza\» de los haitianos, se ocultan injusticias sociales como la desigualdad, la pobreza, la corrupción y la falta de acceso a derechos básicos. Esta estrategia permite a las élites políticas y económicas evadir sus responsabilidades en la generación y reproducción de estas problemáticas, manteniendo así el statu quo y evitando la organización social para el cambio. El uso del nacionalismo extremo y del patriotismo excluyente, limita la posibilidad de una reflexión crítica sobre las verdaderas causas de los problemas sociales y económicos. Al presentar la diversidad cultural y la migración como amenazas, se refuerzan prejuicios históricos. Además, se debilita la movilización en torno a derechos fundamentales como el salario justo, la vivienda digna, la salud pública y la educación de calidad. Para contrarrestar esta manipulación, es fundamental fomentar un pensamiento crítico, promover una comprensión más profunda de las interrelaciones entre economía, política y sociedad, desafiar las estrategias de distracción utilizadas por las élites y fomentar una visión más equitativa e inclusiva del desarrollo social. La organización de la clase trabajadora y otros sectores de la sociedad es clave para combatir las desigualdades y exigir transformaciones estructurales. La acción colectiva no solo es una herramienta para la defensa de derechos, sino también un mecanismo para construir una sociedad en la que prevalezcan valores fundamentales como la empatía, la solidaridad y el respeto por la dignidad humana. Solo a través de la unidad y la organización se podrá avanzar hacia una sociedad más justa e inclusiva, en la que el bienestar común prime sobre los intereses particulares de unos pocos.

Frente a la realidad

Por Rafael Chaljub Mejía Efectivamente, con la llegada del presidente Donald Trump han cobrado fuerza todas las tendencias reaccionarias y conservadoras. La política antiinmigrante, la xenofobia, el racismo, las amenazas de guerra, el expansionismo, la depredación del medio ambiente, y ese viejo aire de dominación colonial que pende como amenaza sobre todos los pueblos y las naciones. El conservadurismo se ha envalentonado y parecería que hoy no hay espacio para las posiciones patrióticas y progresistas abrirse paso. Y no es así. Porque aún hay motivos y campo para mantener la resistencia y avanzar y, extrañamente, la propia política de Trump crea esas condiciones. Esa política amenaza la soberanía de las naciones y los Estados, desafía el sentimiento nacional de los pueblos, y por consiguiente, coloca a la orden del día la lucha de carácter nacional. El golpeo a los derechos políticos y las persecuciones que están cobrando fuerza, aún con las malas consecuencias que dejan, dan justificación sobrada a la lucha democrática y por los derechos humanos y políticos. Además, suenan los tambores de guerra de todos los halcones guerreristas en el mundo y la lucha por la paz adquiere más actualidad que nunca. Junto a la reacción política, vienen las fórmulas económicas impuestas a los más débiles y las consecuencias las sufren los pueblos explotados, y también los productores nacionales del agro, la industria y el comercio también son empujados a la crisis. Como dicen los que saben, la política de Trump y sus aliados ha agudizado las contradicciones entre las potencias dominantes y los pueblos y naciones del mundo y hay que saber responder a esa realidad. Ahí están las bases objetivas para asumir una política de carácter nacional, popular, democrático y unir a todos los sectores agredidos y amenazados por esta nueva ofensiva y, con visión amplia y no estrecha, agruparlos en la resistencia. Para derrotar a la Alemania nazi fue necesaria una Coalición Mundial Antifascista, en la cual la URSS de Stalin tuvo que aliarse coyunturalmente a las potencias de Occidente. Por más adversidades que presente la realidad actual, no es verdad que hay que cruzarse de brazos y caer rendidos, cuando hay tantas causas que defender y tantos sectores a los cuales acercarse y abordarlos. Por lo que está sucediendo en el mundo actual, se trata de un emplazamiento a la defensa de la vida misma, ante los riesgos a los cuales se ve expuesta ahora mismo.