UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

El papel herido: cuando la tinta era un delito de vida

 A 51 años del asesinato de Orlando Martínez, el Indotel, el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana y el Archivo General de la Nación inauguran \»La prensa de los 12 años\», una exposición que revive el terror sistemático contra los comunicadores durante el régimen de Joaquín Balaguer, donde las balas buscaban silenciar la verdad y la libertad de expresión se pagaba con el exilio o la muerte. Por: Virtudes Álvarez Sampedro  Hay fechas que se niegan a pasar, que se clavan en el calendario como puñales. El 17 de marzo es una de ellas. Han transcurrido cincuenta y un años desde que aquel atardecer de 1975, en el tramo final de la avenida 27 de Febrero, un comando parapolicial segaba la vida de Orlando Martínez Howley, pero su voz, esa que incomodaba al poder con cada palabra precisa, se niega a callar. Y es en su memoria, en la memoria de todos los que fueron borrados físicamente pero jamás silenciados, que las paredes del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (Indotel) han comenzado a hablar. Bajo el título \»La prensa de los 12 años\», una exposición conjunta del Indotel, el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana y el Archivo General de la Nación ha convertido la sede colonial de la institución en un relicario de papel. No es un museo cualquiera: es un testimonio gráfico de cómo entre 1966 y 1971 —aunque el terror se prolongó durante todo el régimen de Joaquín Balaguer— las rotativas ardían y los periodistas eran cazados como piezas de un siniestro tablero. Al recorrer la sala, los carteles no solo exhiben recortes amarillentos de periódicos; muestran el mapa de una represión orquestada. \»Balaguer tenía el control del Congreso y la Justicia; nombraba militares en puestos de jueces\», se lee en uno de los paneles. Y la prensa, ese contrapoder necesario, fue una de sus obsesiones. No hubo sutileza: el régimen cerró emisoras, confiscó libros, prohibió la circulación de ideas y silenció voces incómodas como la de José Francisco Peña Gómez, a quien se le vedaba hasta el derecho a hablar por radio. Guido Gómez Manzara, presidente del Consejo Directivo del Indotel, lo dijo con la claridad de quien sabe que la historia es un espejo incómodo: \»Lo hacemos en un día donde hace 51 años asesinaron a Orlando Martínez, una figura icónica de la vida del periodismo, de las libertades, de la democracia\». Y añadió el nombre de otro desaparecido, Gregorio García Castro, \»Goyito\», recordando que aquí existió un proceso donde la intolerancia se vestía de ley y la noche se tragaba a los hombres. Pero la muestra no se queda en el pasado. Hay en ella una advertencia, una exigencia hacia el presente. Gómez Manzara, al ser consultado sobre el futuro del oficio, sentenció que el periodismo dominicano \»tiene que dejar de defender costos y pensar en causas\». Esa misma tarde, como si el simbolismo buscara redimir viejas heridas, se anunció que el edificio corporativo del Indotel en la avenida 27 de Febrero llevará, por disposición del decreto presidencial 160-26, el nombre de Orlando Martínez Howley. La misma vía donde cayó asesinado será ahora, para siempre, su memorial. Luisa de Peña Díaz, directora y fundadora del Museo Nacional de la Resistencia, recordó con la vehemencia de quien ha dedicado su vida a preservar la memoria, las palabras del periodista Lino Díaz Vargas: \»¿De qué sirve la prensa degradada a industria? ¿Qué servicios puede ofrecer a los medios informativos manejados por comerciantes que obedecen a gobiernos títeres?\» La pregunta quedó flotando en el aire, porque Lino Díaz Vargas, secuestrado el 7 de octubre de 1974 por cuatro hombres armados, jamás fue encontrado. Es uno de los tantos nombres que pueblan esta exposición de ausencias. La muestra, que estará disponible de forma permanente tanto en la sede del Indotel en la Ciudad Colonial como en su plataforma digital, reúne las historias de Francisco Calderón, Abraham Rodríguez, Valentín Pérez Terrero, Silvio Herasme Peña, Juan Bolívar Díaz, Huchi Lora, Radhamés Gómez Pepín, Freddy Gatón Arce, y tantos otros. Nombres que deberían estar escritos en letras de molde en cualquier manual de dignidad. Nombres que, gracias a esta iniciativa, no serán devorados por el olvido. Afuera, en las calles empedradas de la Ciudad Colonial, el sol del atardecer dibujaba sombras largas. Adentro, en las paredes del Indotel, las sombras eran otras: las de aquellos que un día, con una pluma o una cámara, se atrevieron a desafiar el silencio impuesto. La prensa de los doce años está hoy más viva que nunca, porque su lucha, la lucha por decir la verdad, es la misma que enfrenta cada periodista que, en cualquier rincón del mundo, se niega a doblar la cerviz. Orlando Martínez no está muerto: espera, en cada letra que se escribe con honestidad, a que la justicia y la memoria le devuelvan lo que el odio le arrebató.

Veracidad y Ética: Importancia de la Libertad de Expresión y Comunicación Responsable.

Por Danilo Minaya El 17 de marzo de 1975 fue asesinado el destacado periodista dominicano Orlando Martínez Howley, figura emblemática de la lucha por la libertad de expresión, destacado por su enfoque crítico hacia el régimen de los 12 años de Balaguer, firme defensor de la democracia y los derechos humanos, una voz influyente en la denuncia de la corrupción y violaciones de derechos civiles. Su postura crítica lo convirtió en un blanco del régimen, su crimen conmocionó al país y generó protestas en defensa de la libertad de prensa. Orlando simboliza la lucha por una prensa libre y responsable, esencial para garantizar la transparencia, la rendición de cuentas y la protección de los derechos humanos. El auge de las redes sociales ha transformado el panorama de la comunicación y ha planteado nuevos desafíos para la libertad de prensa y expresión. Las plataformas digitales pueden facilitar la difusión y la información, permitir que voces antes silenciadas sean escuchadas, sin embargo, esta apertura también ha traído consigo un incremento alarmante en la desinformación y la propagación de rumores, noticias falsas y acoso. En este contexto, es crucial reconocer la importancia de quien escribe y la responsabilidad que conlleva informar. Comunicar es un derecho, pero también conlleva una responsabilidad, es fundamental que los comunicadores, sean profesionales o no, adopten un enfoque ético que priorice la veracidad y el respeto, esto implica no solo verificar la información antes de compartirla, sino también considerar el impacto de sus palabras, desacreditar a otros en lugar de contribuir a un debate constructivo puede llevar a la polarización y a la división social, e incluso incitar a la violencia o al odio. La defensa de la libertad de expresión, ejemplificada por el legado del periodista Orlando, subraya la necesidad de un periodismo ético y responsable. La comunicación efectiva debe ser una herramienta para el entendimiento, no para la división. En tiempos de incertidumbre y polarización, cada uno de nosotros tiene el deber de contribuir a un entorno donde la verdad y la libertad de expresión prevalezcan, honrando así la memoria de quienes lucharon por estos principios. La comunicación efectiva debe ser una herramienta para construir puentes, no para erigir muros, el legado de Orlando nos recuerda que la libertad de prensa y expresión es un pilar fundamental de la democracia, nos plantea la responsabilidad de evitar abusos y la desinformación, promover un periodismo ético y responsable, educar al público y garantizar la seguridad de quienes informan.

La importancia de esa conmemoración

La conmemoración de los cincuenta años del asesinato del periodista Orlando Martínez ha revestido una importancia que es necesario destacar. Se le ha rendido tributo a un joven intelectual de sobrado talento, actitud frontal y militante que denunció los poderes locales e internacionales culpables de las desgracias de esta patria. Lo conocí personalmente apenas días antes de morir, cuando en un gesto amistoso fue junto a Magaly Pineda a saludar a Fafa que entonces guardaba prisión en La Victoria. Era imposible suponer siquiera que aquel muchacho lleno de vida tenía la muerte a mansalva pisándole los talones. Así eran las cosas en esos tiempos. Y la importancia de esta conmemoración se agranda, porque sirve para recordarles a los de más edad y enseñarles a los más jóvenes, que aquí hubo una época en la cual el Estado, siempre bajo la asesoría de los norteamericanos, era el principal practicante del terrorismo y todos los métodos de la guerra sucia. Aún antes de concluir la Guerra de Abril de 1965, ya agentes yanquis organizaban comandos terroristas en la base aérea de San Isidro para salir a perseguir y matar opositores al gobierno de Joaquín Balaguer, impuesto por los propios norteamericanos. Al cabo de los doce años que duró ese régimen, quedaron sobre el campo más muertos que todos los caídos en los últimos tres meses de la guerra. Había una oficialidad y un personal especializados en esa tarea y para matar a Orlando se puso en movimiento. La decisión estaba tomada, en una reunión de altos jefes militares, uno de ellos le dio la orden al que dirigió el operativo del asesinato. Joaquín Pou Castro, alto oficial de la Fuerza Aérea, confeso encargado de la persecución que culminó con las ejecuciones respectivas de Otto Morales y Amín Abel, entre otras de sus hazañas. Todo eso quedaba impune, Pou Castro luego fue premiado y ascendido a general y fueron necesarios más de veinte años de sostenido esfuerzo de los compañeros de partido, la familia de Orlando y la opinión democrática para que este terrorista y algunos de sus secuaces fueran condenados en los tribunales. Aunque el presidente, jefe político superior de aquel período y los que transmitieron la orden criminal nunca respondieron por sus culpas. Pero lejos de darnos por vencidos, hagamos que esta conmemoración sirva para honrar a Orlando, rememorar aquel entonces y pasarle juicio histórico y moral a todos aquellos crímenes y a sus protagonistas.

Orlando Martínez: coherencia, consistencia y vigencia

Ágora El pasado lunes 17 se conmemoró el 50 aniversario del asesinado de Orlando Martínez, ejemplo de intelectual público indoblegable, del periodismo comprometido con la verdad, la honestidad profesional y la defensa de la justicia. También, de la rebeldía contra todo poder de vocación avasallante, sin importar signo o color político, un valor que defendió con una convicción y consistencia a tal punto que, como dice A. Camus, lo situó “por encima de sí mismo”.  Por y con ese valor enfrentó la maquinaria de terror y muerte enquistada en las insondables entrañas el régimen de los 12 años de Balaguer, conocida y tolerada por éste. Con arrojo enfrentó las amenazas de esa maquinaria que terminó segándole la vida. Orlando fue uno de esos jóvenes que llegaron a la militancia política bajo el embrujo de la década de los 60, la década de la consolidación y expansión de profundas transformaciones en las esferas de la política, de la cultura y de las luchas por la democracia. Tuvo la suerte de llegar a la militancia revolucionaria no solo impulsado por el ideal de justicia y libertad que signaron esa década, sino con una incesante y profunda búsqueda del conocimiento, de la verdad y la objetividad. Esas infaltables herramientas en la mochila de Orlando determinó la coherencia y limpieza de su rebeldía, expresada en un rostro generalmente serio y en una sonrisa, a vece tímida, pero en extremo cariñosa para con sus amigos, con los que compartía sus preocupaciones políticas e intelectuales. El resentimiento le fue ajeno. Su avidez de conocimiento, su sólida formación cultural y política y su valentía y objetividad hicieron de él una referencia para el ejercido del periodismo en nuestro país. Su columna Microscopio, cuyos artículos están recogidos en un libro del mismo nombre, es un ejemplo.   En uno de esos artículos, publicado en fecha 15 de enero de 1973 se expresan esos atributos, cuando refiriéndose al régimen de Balaguer dice con perspicacia: “Nos guste o no, este es el gobierno más estable de la última década”, recordando que lo había escrito una semana antes, agregó que algunos le pedían una explicación de ese aserto, diciendo que esa estabilidad la daban “las dificultades que concretamente existen en estos momentos para cambiar por otro el gobierno del Dr. Balaguer, ya sea por un golpe de Estado, un levantamiento revolucionario o unas elecciones generales”. Para fundamentar su afirmación, hizo un exhaustivo análisis de la coyuntura del momento en la que destacaba: el sostén militar del régimen, la significativa debilidad de la clase obrera, la frustración política sectores de las capas medias antes muy activos políticamente, la desmovilización de los sectores marginados por la política de construcción del régimen que generaba empleos, la debilidad de la que llamó extrema izquierda por su falta de formación política y la debilidad del entonces PRD por su crisis y divisiones internas. Para lograr la profundidad de ese juicio, esa objetividad, se requería no sólo una sólida formación política/intelectual, sino valentía para enfrentar la subjetivad reinante en la generalidad de la oposición de centro como de izquierda. Era la coyuntura existente un mes antes de la acción guerrillera de Caamaño… La agudeza de Orlando, el nivel de aceptación que tenían sus Microscopios en vastos sectores de la población puso el periodismo dominicano en su mejor momento en la lucha por la democracia en el país y sirvió de estímulo para que una generación de periodistas jugase ese papel estelar en la lucha por la democracia dominicana durante los 12 años de Balaguer y contra el posterior fraude electoral a Peña Gómez. En una entrevista que me hicieron ayer en la emisora Radio Santa María, me preguntaron que cuál hubiese sido la posición de Orlando sobre la situación actual que vive el país, respondí que él mantendría su rebeldía contra la injusticia y que seguro estaría en la misma lista en que la ultraderecha dominicana tiene a esos periodistas que hoy mantienen su lucha contra la impunidad, el respeto a los derechos fundamentales de la población y contra el odio y la xenofobia. Finalmente, algunos dicen que Orlando se había alejado de su militancia en el PCD. No es cierto, él mantuvo su jerarquía en acuerdo a la especificidad de su trabajo. Como otros. Por nuestra amistad iniciada en sus vistas a Paris, donde yo era delegado de ese partido, al igual que él en la Federación Mundial de la Juventud Democrática en Budapest, mantuvimos aquí conversaciones sobre cuestiones partidarias hasta el día en que lo asesinaron. Como periodista, Orlando mantuvo la coherencia y el compromiso por la verdad, lo mismo que como militante sin ataduras a ningún dogma. 50 años después de ser asesinado su método de análisis mantiene su consistencia y vigencia.