El rechazo a Delcy Rodríguez expone el malestar interno del chavismo que Washington no supo leer
El paso de aviones Osprey del ejército de EE.UU. sobre Caracas el 23 de mayo destapó una crisis silenciosa en el corazón de la revolución bolivariana. Colectivos, cuadros del PSUV y viejos propagandistas del chavismo, que durante 27 años sostuvieron a Maduro, ahora claman contra la tutela estadounidense. La entrega de Alex Saab, las reformas petroleras a la medida de Trump y la ausencia de soberanía popular aceleran un quiebre que ni la Asamblea Nacional ni la presidenta encargada han sabido gestionar. Entre el desconcierto y la indignación, comienza a tejerse una “resistencia cívica” que pone en jaque al nuevo orden impuesto desde Washington. Crónica periodística Por Julio Guzmán Acosta Cuando los aviones Osprey del Ejército de Estados Unidos cruzaron el cielo de Caracas el pasado 23 de mayo en un —quizá innecesario— simulacro militar, algo que llevaba meses fermentando en silencio terminó de salir a la luz. No fue el ruido de las turbinas lo que estremeció a la capital venezolana, sino lo que ese ruido representaba para quienes aún se reconocen en la foto de Hugo Chávez con el puño en alto: el viejo enemigo imperial, aquel al que se le gritaba “Yankee go home” en cada movilización, ahora volaba con permiso del gobierno que dice ser su heredero. Las bases chavistas que durante 27 años sostuvieron la revolución bolivariana —los colectivos armados, los cuadros de partido, los movimientos populares de barrio— se están revolviendo contra el nuevo orden que ha impuesto Washington en Venezuela. Las quejas y las advertencias de los aliados chavistas son cada vez más abiertas y duras, aunque sigue sin estar claro si son suficientes para poner en aprietos a Delcy Rodríguez. Lo que sí está claro es que el malestar ya no es una grieta: es una falla. Las reacciones ante la tutela de Estados Unidos sobre el país desde la intervención militar del 3 de enero —en la que capturaron a Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores— han pasado del desconcierto a la indignación. El antiguo enemigo del chavismo, el imperialismo estadounidense, ahora es un aliado que marca los ritmos del país, hace maniobras militares y hasta anuncia los viajes internacionales de la presidenta encargada. Y las bases que durante décadas corearon “Fuera yanquis” no saben muy bien qué hacer con eso. El malestar se fragua en silencio desde el 3 de enero, pero hace unas semanas, una guerrilla de influencers chavistas comenzó a levantar la bandera de la traición Dos propagandistas acérrimos del chavismo, Mario Silva —conductor del programa La Hojilla— y el argentino Diego Suárez, conocido como Michelo, le subieron el volumen a la queja: quienes están en el poder hoy, decían, cooperaron con el encarcelamiento de Maduro y Flores en Nueva York. Sembraban dudas ante el sapo que más le está costando tragar al chavismo tras la caída de su líder: la batuta estadounidense. Cuando el ruido en redes parecía haberse rebajado, el propio gobierno venezolano entregó a Alex Saab —el colaborador más cercano de Maduro, convertido en héroe y mártir del antiimperialismo tras años de campaña en su favor— a la justicia estadounidense. El empresario colombiano es ahora una pieza en manos de Washington que podría ser clave en el proceso abierto contra Maduro. Ante la enorme polémica que suscitó la entrega, la presidenta encargada zanjó con una única defensa: que cada decisión tomada desde el 3 de enero ha sido por “el interés de la nación”. El fin de semana pasado, el malestar encontró su imagen. Dos aviones militares estadounidenses aterrizaron en Caracas —la misma ciudad que habían bombardeado cinco meses antes— en lo que el canciller Yvan Gil presentó como un “simulacro de evacuación de emergencia”. A bordo venía el jefe del Comando Sur, el general Francis Donovan, seguido por una veintena de marines vestidos de camuflaje. En las calles, pudieron verse algunas pancartas con el viejo grito de “Yankee go home” y hubo tres protestas pequeñas, pero significativas: para muchos chavistas, ver esos aviones en el cielo de Caracas con el permiso del propio gobierno fue una obscenidad. Una de las protestas del sábado, convocada por Comunes —una corriente de organizaciones de base de izquierda— derivó en una recogida de firmas contra el simulacro que en pocos días sumó más de 5.000 adhesiones. “La mayoría ha sido chavistas de base, de las estructuras del chavismo”, señala Antonio González, sociólogo y parte de este frente. Para él, lo que está en juego es el nervio central de la revolución: “Hay un sentimiento nacionalista que fue la gran coordenada del chavismo y que su liderazgo ya no está respondiendo”. González suma a ese agravio la reforma a la ley de hidrocarburos, negociada a la medida de los intereses de Donald Trump. Para el sociólogo, un gobierno que no ha sido electo por el pueblo no tiene fuerza para plantarse ante Washington. “La pérdida de soberanía popular nos ha llevado a la pérdida de la soberanía nacional”. La salida, dice, son elecciones libres. “La extracción de Maduro duró 40 minutos y los aviones del simulacro estuvieron unas cuatro horas en el país, pero nos va a tomar décadas sacar a Estados Unidos”. Nadie en la Asamblea Nacional quiso dar explicaciones. La periodista y ex funcionaria chavista Mary Pili Hernández le exigió al Parlamento —comandado por Jorge Rodríguez, hermano de la presidenta encargada— que aclarara por qué los diputados no habían autorizado la maniobra, como obliga la Constitución para cualquier misión militar extranjera en el país. “¿En qué momento la AN autorizó el ejercicio militar estadounidense en Caracas, en el que estuvo hasta el jefe del Comando Sur?”, escribió en sus redes. Nadie respondió. Ni la bancada del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) ni la opositora. Todos hicieron silencio. Desde los sectores más ideológicos del chavismo también llegaron críticas. Elías Jaua, que fue vicepresidente de Hugo Chávez y ministro de Maduro, agradeció en un comunicado los gestos de rechazo del día del simulacro y vaticinó el inicio de una “resistencia cívica”. Tal vez el 23 de
Maduro y Flores hablan desde el silencio: gratitud, reconciliación y un llamado a la paz en Venezuela
En una carta difundida desde Estados Unidos, el presidente constitucional y su esposa agradecen el respaldo recibido durante el proceso judicial que enfrentan tras su detención a inicios de año. Con citas evangélicas y un tono que aúna lo político con lo espiritual, la pareja presidencial insta a consolidar el diálogo entre sectores antagónicos y a “abrir paso al perdón”, en medio de un país fracturado por tensiones internas y presiones internacionales. Por Brendalis Reyes Umbral.com.do La palabra, tantas veces cercada por el silencio de los calabozos y la incertidumbre de los procesos judiciales, vuelve a fluir desde el norte. Nicolás Maduro, presidente constitucional de Venezuela, y su esposa, la diputada Cilia Flores, rompieron este domingo el mutismo impuesto por su encarcelamiento en Estados Unidos para entregar al país un mensaje inesperado: no de confrontación, sino de reconciliación. La carta, difundida a través de plataformas digitales y redes sociales, lleva la impronta de quien ha visto el abismo y elige, todavía, la palabra como puente. “Hemos recibido innumerables muestras de cariño, cartas, mensajes y oraciones que fortalecen nuestro ánimo en el actual contexto político”, escribió Maduro en el texto, fechado desde suelo estadounidense, donde la pareja enfrenta un proceso judicial derivado de su secuestro y posterior encarcelamiento a comienzos de este año. El mandatario se describió como “firme, sereno y en oración permanente”, un retrato que contrasta con la crudeza del confinamiento pero que busca proyectar una imagen de entereza espiritual antes que de fragilidad política. Pero el corazón de la misiva no mira al pasado ni al juicio pendiente. Apunta, con deliberada intención, al futuro de Venezuela. “Es momento de consolidar el diálogo, la convivencia y el respeto mutuo como bases para la estabilidad del país”, insta el documento. Y más adelante, en un párrafo que podría leerse como una hoja de ruta inédita desde las filas del chavismo: “Hay que abrir paso al perdón, a la reconciliación y a la paz”. La pareja presidencial, que durante años personificó la resistencia del socialismo del siglo XXI frente al imperialismo, ahora apela a la unidad nacional como antídoto contra la fractura. El llamado no es menor. Venezuela arrastra más de una década de polarización aguda, con sanciones internacionales, una diáspora de más de siete millones de personas y heridas que parecían incauterizables. Que Maduro y Flores —símbolos para sus seguidores, demonios para sus detractores— levanten la bandera del reencuentro sugiere un giro en el discurso oficial, quizás forzado por las circunstancias o quizás genuino ante la lejanía del poder. El tono de la carta, además, se aleja de la retórica beligerante que caracterizó al mandatario en sus años de gobierno. En su lugar, emerge una voz que cita el Evangelio según San Lucas para invitar a la esperanza y la perseverancia. “No temáis, porque yo estoy con vosotros”, parafrasea Maduro, en una fusión deliberada entre la fe cristiana y la resistencia política. No es la primera vez que el chavismo recurre al lenguaje religioso, pero en el contexto de un encarcelamiento en el extranjero, la estrategia adquiere una nueva dimensión: la del mártir que, desde el exilio forzado, llama a la paz de su pueblo. El pronunciamiento concluye con un agradecimiento extenso a quienes, desde dentro y fuera de Venezuela, han expresado su respaldo. Organizaciones sociales, movimientos populares, líderes internacionales y ciudadanos anónimos encuentran un lugar en la lista de gratitudes. Y la despedida reafirma la apuesta del chavismo —aunque ahora desde una celda— por la “paz y el reencuentro nacional” como ejes discursivos frente a una coyuntura que, apenas unos meses atrás, parecía inclinarse hacia la confrontación abierta. La carta llega en un momento en que la oposición venezolana, fragmentada y en proceso de reorganización, observa con cautela cualquier gesto proveniente de la pareja presidencial. Algunos analistas interpretan el mensaje como un intento de construir una narrativa de transición desde el propio encierro, buscando influir en los debates sobre el futuro del país. Otros lo ven como una jugada humanitaria para suavizar las condiciones de su detención en Estados Unidos. Pero más allá de las lecturas estratégicas, el texto tiene un mérito innegable: ha logrado que, por un día, la conversación nacional se desplace de la condena o la defensa de Maduro hacia la posibilidad —todavía remota, pero ahora enunciada— de un perdón colectivo. Mientras tanto, en las calles de Caracas, en los exilios de Bogotá, Lima o Madrid, y en los barrios populares que aún corean su nombre, la carta de Nicolás Maduro y Cilia Flores sigue su curso. Se comparte, se discute, se cuestiona. Pero nadie la ignora. Porque en Venezuela, incluso el silencio de sus líderes se convierte en noticia. Y cuando hablan, el eco sacude los cimientos de una nación que ansía, sobre todas las cosas, dejar de estar en guerra consigo misma.
¡Sabor a Revancha ! La vinotinto se Corona ante EE. UU. y le Responde en el Diamante a 100 Kilómetros de MAR-A-LAGO
La novena sudamericana derrota 3-2 al Dream Team estadounidense en una final de infarto, con una reacción en la novena entrada que silenció el LoanDepot Park de Miami y desató la fiesta en toda Venezuela, en una victoria con sabor a revancha deportiva y a reivindicación patriótica a solo 100 kilómetros de Mar-a-Lago. Por Redacción de Deportes umbral.local/ Pocas cosas dan un mejor guion que el deporte. Y pocos deportes escriben historias como el béisbol. Anoche, en el LoanDepot Park de Miami, la selección de Venezuela firmó la página más gloriosa de su historia al conquistar por primera vez el Clásico Mundial de Béisbol, derrotando 3-2 a un combinado estadounidense que llegó a esta cita con un rooster de superestrellas equiparable, por calidad y nombres, al Dream Team del baloncesto en Barcelona 1992. Pero aquella constelación de superdotados, encabezada por Aaron Judge, Bryce Harper y Alex Bregman, no hizo temblar a la novena criolla. Por el contrario, los dirigidos por Omar López tejieron una gesta que será contada de generación en generación: remontaron en la parte alta de la novena entrada, rompieron el corazón del gigante del norte y exorcizaron, de paso, los fantasmas de la eliminación sufrida en cuartos de final durante la edición de 2023, cuando Trea Turner les conectó un grand slam en la octava. El encuentro de esta noche tenía, sin embargo, un doble valor simbólico que trascendía lo meramente deportivo. Por un lado, el contexto político: las recientes declaraciones de Donald Trump sugiriendo que Venezuela debería ser anexionada a Estados Unidos, la captura del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores por fuerzas estadounidenses hace algo más de dos meses, y el trato vejatorio hacia los migrantes venezolanos, que paradójicamente fueron mayoría en las gradas del estadio de Miami, convirtieron este partido en una especie de revancha existencial. Por el otro, estaba la deuda pendiente con la historia: esa eliminación de 2023 que aún escocía en el alma del fanático venezolano. Nada en el juego de los sudamericanos tuvo la sombra del nerviosismo o de los complejos de quien se percibe como inferior. Desde el primer instante, Venezuela saltó al diamante con la agresividad de los predestinados. Ronald Acuña Jr., el primer bate, conectó imparable al primer lanzamiento del partido, marcando el tono de lo que sería una noche de puro vértigo. Pelota que parecía bateable, pelota a la que le daban con la madera. Como si los muchachos de la Vinotinto quisieran demostrar que el béisbol no es el mismo deporte cuando se juega con el corazón desbocado. Esa intensidad no se perdió ni siquiera cuando el gigante pareció despertar de su letargo en la parte baja de la octava entrada. Los venezolanos mostraron una concentración prácticamente perfecta en un deporte que cobra caro los errores. Fue un partido de picheo, como no podía ser de otra forma en una finalísima a un solo juego. La apuesta estadounidense fue arriesgada: abrieron con el novato de 24 años Nolan McLean, de los Mets de Nueva York, con apenas ocho aperturas en Grandes Ligas. Del otro lado, Caracas apostó por la experiencia del veterano Eduardo Rodríguez. Y fue ahí, en ese duelo de estilos, donde los amantes del deporte reafirmaron su conexión más íntima con el diamante. McLean jugó con la mente de los bateadores caribeños con una navaja suiza que pasaba del sweeper al sinker con una naturalidad pasmosa. Mientras, el experimentado Rodríguez pasmó a jonroneros de época como Judge y Bregman con una técnica confiable y efectiva: el cambio de velocidad y la recta cortada. En ese toma y daca, los dos equipos llegaron a cero hasta que, en la tercera entrada, Maikel García —uno de los jugadores más valiosos del torneo— impulsó la primera carrera con un elevado de sacrificio. El éxito de McLean terminó abruptamente en la quinta, cuando Wilyer Abreu, el jardinero de los Red Sox que ya había sido verdugo de Japón en cuartos de final, conectó un jonrón solitario para poner el 2-0. Los venezolanos colgaron el cero hasta la fatídica octava. Fue entonces cuando el guion cambió, los fantasmas regresaron y los depredadores olieron la sangre. El relevista Andrés Machado regaló base por bola a Bobby Witt Jr. y, acto seguido, Bryce Harper —la gran figura de los Phillies de Filadelfia— mandó la pelota a volar para empatar el partido 2-2. Pero así no podía terminar. El contexto, el ambiente en el estadio y las sensaciones en el dugout venezolano al entrar en la alta de la novena no daban señales de rendición. Ni siquiera cuando subió a la loma Garrett Whitlock, el lanzador que hasta ese momento había tenido un torneo para enmarcar. El béisbol es también un ajedrez humano. Quienes no lo conocen piensan muchas veces que se trata de un deporte inerte. La realidad es que el movimiento es constante, pero ocurre en la cabeza de los estrategas. Y esa fue la diferencia en el momento más importante de la final. Luis Arráez trabajó a Whitlock en una batalla psicológica de la que terminó arrancando una base por bola. Acto seguido, los sudamericanos colocaron a Javier Sanoja como corredor emergente. Minutos más tarde, en una jugada de fotografía que quedará grabada en la memoria colectiva de un país, Sanoja robó la segunda base para poner en circulación la carrera de la victoria. Fue, probablemente, la jugada más importante en la historia del béisbol venezolano. Como acto de cierre del suspense, emergió Eugenio Suárez para cerrar la pinza de una estrategia impecable: conectó un doblete remolcador que permitió a Sanoja anotar el 3-2 definitivo. Quedaba la baja de la novena. Tensión máxima. El lanzador venezolano Daniel Palencia consumó la hazaña con tres outs de rutina que sonaron como un estallido de liberación para todo un pueblo. Venezuela conquistó su primera corona mundial, frente a Estados Unidos y a solo 100 kilómetros de Mar-a-Lago, la residencia de Donald Trump. La alegría desbordó las gradas del LoanDepot Park y se extendió como pólvora por cada rincón de Venezuela.
El Imperio sin Brújula : Cuando Washington Declara la Guerra al Orden Mundial
La administración Trump, lejos de ejercer un liderazgo responsable, ha optado por dinamitar los frágiles consensos internacionales, convirtiendo a Estados Unidos en el principal vector de caos y violencia global. El asesinato del ayatolá Jamenei no es un acto aislado, sino la confirmación de una doctrina imperial que empuja al mundo hacia el abismo de la fuerza bruta. Por JULIO GUZMÁN ACOSTA Hay momentos en la historia en que la locura deja de ser un atributo individual para convertirse en política de Estado. Lo que estamos presenciando desde la Casa Blanca, en esta nueva y alarmante fase del experimento trumpista, trasciende la simple torpeza diplomática o el exabrupto matutino en redes sociales. Nos hallamos ante la liquidación sistemática de ese delicado tejido de normas, pactos y organismos que, con todas sus imperfecciones, constituían el armazón de un orden internacional basado en consensos. El Imperio ha enloquecido. Y en su delirio de grandeza terminal, está incendiando la aldea global. La reciente escalada contra Irán, que ha cobrado la vida del ayatolá Alí Jamenei en los bombardeos del 28 de febrero, no es una operación quirúrgica contra una amenaza inminente. Es un mensaje cifrado en sangre para toda la humanidad: la negociación ha muerto. Washington, en su actual encarnación, no concibe la diplomacia como un puente, sino como un trofeo de guerra que se arrebata al vencido. La noción misma de \»rules-based order\», ese orden basado en reglas que Occidente pregonó durante décadas, ha sido arrojada por la borda como lastre innecesario. Y lo más grave es que, al hacerlo, han demostrado que aquellas instituciones —la ONU, los tribunales internacionales, los tratados de no proliferación— solo eran respetadas en la medida en que favorecían la correlación de fuerzas impuesta por el hegemon. Lo que comenzó como un genocidio televisado en Gaza, con la complicidad cómplice del gobierno de Biden, se ha convertido en el modelo de gobernanza global de la era Trump. La fuerza bruta, desnuda de todo ropaje jurídico, es el único idioma que entiende y profesa esta nueva administración. El secuestro de mandatarios, las amenazas anexionistas sobre Groenlandia, la desestabilización en el Caribe y, ahora, la guerra injustificada contra la República Islámica, no son piezas sueltas de un rompecabezas caótico. Son los latidos sincopados de un mismo corazón imperial que late al ritmo de la pólvora. La tragedia iraní encierra una lección cruda que ningún país del Sur Global debería ignorar. Teherán, durante los últimos dieciocho meses, tendió la mano de la diplomacia. Estuvo dispuesto a concesiones significativas, a poner sobre la mesa su programa nuclear a cambio de no ser despojado de toda capacidad disuasoria. La respuesta del eje israelí-estadounidense fue la bomba y el misil. El mensaje es terroríficamente claro: \»O te rindes sin condiciones, o te rendimos por la fuerza\». Ante esta disyuntiva, el cálculo racional de cualquier nación soberana que no se halle bajo el paraguas de la OTAN se vuelve perverso pero inevitable. Si Estados Unidos ha decretado que la ley del más fuerte es la única ley, ¿qué incentivo existe para no volverse más fuerte? ¿Qué razón de peso puede esgrimirse para que un país con capacidad tecnológica renuncie a desarrollar armas de destrucción masiva, si estas —particularmente el arma nuclear— representan el único seguro de vida creíble frente a la voracidad del Leviatán norteamericano? Las armas nucleares igualan. Nivelan el terreno de juego. Convierten una invasión en un cálculo de riesgos existenciales. Si Washington demuestra día tras día que no respeta soberanías, que no honra acuerdos y que considera a los líderes de otras naciones como objetivos militares legítimos, está empujando al mundo a una peligrosísima carrera por la disuasión atómica. Es la profecía autocumplida del caos: al destruir los mecanismos de consenso, siembran las semillas de un mundo donde cada quien busque su propia bomba para sentarse a la mesa de un juego que ya no tiene reglas. El complejo tecnológico-militar estadounidense, quizá el último bastión de una hegemonía en declive en otros órdenes, es lo suficientemente letal como para decapitar gobiernos en cuestión de días. Pero esa misma capacidad, ejercida sin brújula ética ni legal, convierte a Estados Unidos en el principal factor de inseguridad sistémica del planeta. Ya no es un faro de libertades, ni siquiera un mal necesario en el equilibrio de poderes. Es, sencillamente, un peligro para la humanidad. El mundo que nos propone el trumpismo es un mundo hobbesiano de todos contra todos, donde la única certeza es la violencia del más fuerte. Y si esa es la nueva normalidad impuesta por el jefe de la OTAN, no cabe sino preguntarse: ¿quién negociará mañana con un socio que ha roto todas las barajas? ¿Qué valor tendrá la firma de un tratado con un imperio que ha pisoteado sus propias instituciones? La locura de unos pocos no debería costarle la cordura —y la vida— a todo el planeta. Pero esa es, exactamente, la apuesta que la Casa Blanca ha hecho sobre el tablero mundial.
Venezuela y Estados Unidos Reanudan el Diálogo Directo en Caracas
Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, recibe a la enviada estadounidense Laura Dogu en Miraflores y designa al experimentado Félix Plasencia como representante diplomático en Washington, en un paso hacia una \»agenda de trabajo\» bilateral tras años de máxima tensión. Por Julio Guzmán Acosta CARACAS.— En un gesto que marca un nuevo capítulo en las agitadas relaciones bilaterales, la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, recibió este lunes 2 de febrero en el Palacio de Miraflores a la Encargada de Negocios de la Unidad de Asuntos para Venezuela de Estados Unidos, Laura Dogu. El encuentro, calificado de “trabajo” y “revisión exhaustiva”, culminó con un anuncio de peso: la designación del ex canciller Félix Plasencia como representante diplomático venezolano en Washington. La reunión, confirmada por el ministro de Comunicación, Miguel Ángel Pérez Pirela, se enmarca en la reactivación de contactos exploratorios entre ambos gobiernos, separados por sanciones económicas severas, disputas políticas y reconocimientos diplomáticos enfrentados. Según Pérez Pirela, el encuentro se realizó “en el marco de la agenda de trabajo entre la República Bolivariana de Venezuela y de los Estados Unidos de Norteamérica”. El canciller Yván Gil, quien también participó, ofreció un tono muy optimista. Destacó que en la cita “se cimentó la base para iniciar una agenda de trabajo que involucra el abordaje de las diferencias y controversias”. Gil describió el momento como “una etapa de trabajo” y “una revisión exhaustiva de todas las vías de cooperación” que podrían desarrollarse en los próximos meses, siempre bajo la premisa oficial de “construir una agenda productiva, una agenda de paz, una agenda de respeto”. Entre los temas abordados, el canciller mencionó discusiones sobre tópicos energéticos, políticos y económicos, sin entrar en precisiones. “Hemos hecho un repaso de la agenda de paz y de respeto”, recalcó. Un Enviado de Peso para Washington El movimiento más concreto y significativo surgido tras la visita de Dogu fue el anuncio de la designación de Félix Plasencia. Según detalló el ministro Pérez Pirela en redes sociales, la presidenta Rodríguez designó a Plasencia como “representante diplomático de Venezuela ante EEUU”, quien “se trasladará con su equipo a suelo estadounidense en los próximos días”. Plasencia no es un nombre nuevo en la diplomacia venezolana. Es un funcionario de amplia trayectoria dentro del chavismo: se desempeñó como ministro de Relaciones Exteriores entre agosto de 2021 y diciembre de 2022. Anteriormente, fue viceministro para Temas Multilaterales y para Asia, Medio Oriente y Oceanía, y ejerció como embajador en China entre 2020 y 2021. Su nombramiento más reciente, el 2 de abril de 2024, había sido como embajador ante el Reino Unido, cargo que ahora deja para asumir el delicado desafío en Washington. Esta designación representa el intento más firme del gobierno del presidente Nicolás Maduro por restablecer una presencia diplomática formal en la capital estadounidense, luego de años en que las relaciones se han gestionado a través de caminos indirectos o con oficinas de interés. Un Paso Medido en un Camino Espinoso El encuentro en Miraflores y el envío de Plasencia sugieren una voluntad de ambas partes por mantener abierta una línea de comunicación directa, en un contexto internacional complejo y con la mirada puesta en el mercado energético global. Sin embargo, los obstáculos sustanciales permanecen: el entramado de sanciones financieras y petroleras de Washington contra Caracas, las disputas sobre la legitimidad política interna venezolana y el estatus de figuras como el opositor encarcelado Javier Tarre. La administración estadounidense ha mantenido una política de presión y condicionalidad, aunque en los últimos meses mostró cierta flexibilidad al permitir transacciones limitadas con la industria petrolera venezolana. La visita de Laura Dogu y la aceptación tácita de un enviado como Plasencia parecen responder a esta fase de exploración pragmática. El gobierno venezolano, por su parte, presenta estos movimientos como fruto de su diplomacia de paz y respeto. Los próximos meses dirán si este “abordaje de las diferencias”, como lo llamó el canciller Gil, logra traducirse en avances concretos o si quedará en un diálogo más dentro de una larga historia de desencuentros.
La Farsa Jurídica del Imperio: El \’Cartel de los Soles\’, un Fantasma Mediático que la Justicia Estadounidense no se Atreve a Presentar ante un Juez
La nueva acusación del Departamento de Justicia, dirigida por abogados personales de Trump, abandona la narrativa de una organización terrorista estructurada y recurre a vagas \»culturas de corrupción\», exponiendo que la principal justificación para la agresión contra Venezuela era un castillo de naipes probatorio, fabricado en redacciones periodísticas y alimentado por testigos pagados. Por Servicios umbral.local/ En el teatro sombrío de la lawfare—la guerra jurídica como instrumento geopolítico—un protagonista crucial ha desaparecido abruptamente del guion. Se trata del llamado “Cartel de los Soles”, esa entelequia presentada durante años por Washington y sus medios afines como la encarnación del “narcoestado” venezolano, el monstruo que justificaba sanciones asfixiantes, designaciones terroristas y, finalmente, la operación militar y el secuestro del presidente Nicolás Maduro. Sin embargo, en la acusación formal sustitutiva presentada ante el juez Alvin Hellerstein de Nueva York, los fiscales del Departamento de Justicia—ahora liderados por los antiguos abogados personales de Donald Trump, Pam Bondi y Todd Blanche—han ejecutado un viraje probatorio de profundas implicaciones. El documento judicial, que acusa a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, de conspiración para el narcoterrorismo y tráfico de cocaína, evita por completo imputar al presidente la jefatura de una organización criminal estructurada. En un ejercicio de ambigüedad calculada, los fiscales reducen el “Cartel de los Soles” a un “sistema clientelar” y una “cultura de corrupción” que Maduro habría “participado, perpetuado y protegido”. Esta dilución semántica es diametralmente opuesta a la acusación de 2020, en el Distrito Sur de Nueva York, donde el cartel era nombrado 32 veces y Maduro señalado explícitamente como su líder. El abismo entre el estruendo político y el silencio judicial es ensordecedor. Como señala Elizabeth Dickinson, subdirectora para América Latina del International Crisis Group, este cambio “pone en tela de juicio la designación del Cartel de los Soles como una organización terrorista extranjera”, calificación empleada para equipararlo a Al-Qaeda y así legitimar acciones de fuerza extrema. “Las designaciones no tienen que demostrarse en un tribunal. Claramente, sabían que no podían probarlo en un tribunal”, sentencia Dickinson, desnudando el núcleo de la estrategia: una narratura para el consumo político y mediático, demasiado frágil para el escrutinio de un proceso legal. La acusación, que abarca el período 2000-2025, se sostiene sobre un andamiaje de testigos cooperantes—figuras como el exjefe de inteligencia Hugo “el Pollo” Carvajal, conocido por sus fabulaciones en cortes españolas, o el exgeneral Cliver Alcalá Cordones, organizador de la fallida Operación Gedeón—, interceptaciones telefónicas y registros financieros. Vincula a altos funcionarios chavistas con las FARC, el ELN, el Cártel de Sinaloa y el Tren de Aragua. Sin embargo, la “prueba reina” de esta conexión sería una sola llamada telefónica donde se habla de custodiar cargamentos. El origen del mito no está en un sumario policial, sino en una redacción periodística. Fue el corresponsal del diario español ABC en Washington, Emili J. Blasco, quien el 27 de enero de 2015, citando al exguardia presidencial Leamsy Salazar—convertido en informante de Estados Unidos—, lanzó al mundo el término “Cartel de los Soles”. El relato fue inmediatamente amplificado por el Wall Street Journal y el Washington Post, construyendo una verdad mediática que precedió y suplantó a cualquier evidencia jurídica sólida. Un fantasma nacido de una filtración, útil para una campaña de desprestigio ya en marcha. La inconsistencia es aún más flagrante al contrastarla con los informes oficiales sobre narcotráfico. Ni la DEA, en su Evaluación Nacional de la Amenaza de las Drogas, ni la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, en su Informe Mundial, han listado jamás a un “Cartel de los Soles” entre las principales organizaciones criminales. Los datos de la propia DEA indican que por aguas venezolanas transita solo el 8% de la cocaína que llega a Estados Unidos, y cero gramos de fentanilo, cifras que no corresponden con la retórica de un “narcoestado” de primer orden. Este retroceso táctico de la fiscalía revela una estrategia más peligrosa y flexible. Al sustituir la acusación de liderar un cartel por la de amparar una “cultura de corrupción”, Washington establece un precedente jurídico elástico y arbitrario. Bajo este nuevo paradigma, cualquier Jefe de Estado cuyas políticas disgusten a la potencia hegemónica podría ser acusado de fomentar un “sistema clientelar” similar, convirtiendo conceptos difusos en delitos extraditables. El caso evoca el precedente del guerrillero colombiano Simón Trinidad, cuyo juicio en Estados Unidos estuvo marcado, según documenta el periodista Jorge Botero, por la presión a testigos y la limitación del derecho a la defensa. Maduro y Flores, recluidos en la misma cárcel neoyorquina que albergó a Ghislaine Maxwell, enfrentan un proceso donde las reglas pueden torcerse para lograr un veredicto político. La desaparición del “Cartel de los Soles” de la acusación formal no es un detalle técnico. Es la confesión jurídica de una gran mentira propagandística. Expone que el principal sustento narrativo para justificar la agresión contra Venezuela—la guerra económica, la intentona golpista, la intervención militar—era, y es, un espectro. Un fantasma fabricado que, incapaz de comparecer ante un juez, sigue sin embargo actuando en el tribunal de la opinión pública internacional, donde las condenas más severas suelen dictarse sin necesidad de pruebas.
El Grito de los Sin Poder: La OEA, Escenario del Desgarro Continental entre la Barbarie Imperial y la Dignidad Soberana
Mientras Estados Unidos y sus acólitos del sur justifican el secuestro de un presidente, el bombardeo de una capital y la muerte de inocentes bajo el perverso eufemismo de \»acción de ley\», la voz de la conciencia irrumpe en el templo de la hipocresía para denunciar el robo descarado de petróleo y el funeral de la soberanía. Por Julio César Guzmán Acosta WASHINGTON, D.C.— El salón Simón Bolívar, bautizado con el nombre del libertador que soñó una América unida, se convirtió este martes 6 de enero en la cruda y resonante caja de resonancia de su pesadilla: un continente fracturado, un organismo paralizado y la ley del más fuerte disfrazada de orden. En una sesión extraordinaria del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA), convocada por la urgente y brutal agresión militar estadounidense contra Venezuela, no fueron solo los discursos diplomáticos los que definieron el día, sino un grito desgarrado que atravesó el protocolo: “¡Manos fuera de Venezuela!”. La voz fue de Medea Benjamin, fundadora de la organización feminista Codepink, quien irrumpió en el solemne recinto mientras el embajador estadounidense, Leandro Rizzuto Jr., intentaba maquillar de mera “acción de aplicación de la ley” la operación que, en la madrugada del 3 de enero, secuestró al presidente constitucional Nicolás Maduro y a su esposa, bombardeó puntos de Caracas y cobró la vida de al menos 80 personas, entre ellas decenas de ciudadanos cubanos. Con una pancarta que clamaba “US out of Venezuela now”, Benjamin desnudó ante los embajadores atónitos el verdadero núcleo del conflicto: “Esto no es un asunto de derechos humanos… es acerca de robar el petróleo de Venezuela”. Mientras la seguridad la arrastraba, su acusación final resonó como un veredicto: “Si les importa el pueblo de Venezuela, levantarían las brutales sanciones… Liberen a Maduro… Entierren de una vez por todas la doctrina Monroe”. La réplica de Rizzuto no pudo ser más elocuente para confirmar la denuncia. Recuperando el micrófono, desechó la retórica humanitaria y apeló al lenguaje crudo del hegemon: “Es nuestro vecindario”, citó al Secretario de Estado Marco Rubio. “No podemos permitir que las mayores reservas de petróleo del mundo queden en manos de los enemigos del hemisferio”. La máscara había caído. La justificación era geopolítica, energética y de dominación, un frío cálculo imperial que relegaba a la irrelevancia el derecho internacional y la soberanía nacional. La sesión desnudó una América Latina profundamente dividida, un mapa geopolítico trazado por la sumisión o la dignidad. De un lado, México, Colombia, Brasil, Uruguay, Honduras y Chile alzaron su voz para condenar con firmeza la flagrante violación al derecho internacional, defendiendo el principio sagrado de la autodeterminación de los pueblos. Del otro, los gobiernos de Argentina, Perú, Ecuador, El Salvador, Bolivia, Trinidad y Tobago y República Dominicana se alinearon con la narrativa agresora, justificando la acción militar, pidiendo una “transición” y, en el caso más grotesco, el representante peruano, solicitando un minuto de silencio por las “víctimas de violaciones de derechos humanos en Venezuela”, mudo homenaje a la complicidad y la hipocresía. Desde su sitial de observadora permanente, China lanzó un dardo directo al corazón del imperio. Su diplomática calificó la acción estadounidense de “arbitraria y hegemónica”, subrayando que “el uso de la fuerza contra un estado soberano y su líder viola seriamente el derecho internacional y amenaza la paz en la región”. Una admonición que resonó como un eco de lo que gran parte del mundo piensa, pero que muchos en la sala se negaban a decir. Hoy, en el salón que lleva el nombre del gran unificador, no se habló de unidad. Se esbozó, más bien, el acta de defunción de una organización secuestrada por intereses foráneos y la crónica de un crimen en desarrollo. Mientras Maduro permanece secuestrado, Venezuela bajo agresión y su pueblo sufriendo sanciones asfixiantes, el grito de “¡Manos fuera!” que atravesó la OEA no fue una interrupción. Fue, quizás, el único momento de verdad en un teatro de sombras. Es la conciencia moral de un continente que, aunque fracturado, aún encuentra voces para gritarle al imperio que su vecindario ya no le pertenece.
El Pentágono Revela la Envergadura de la Operación que Dejó 40 Muertos en Venezuela
El jefe del Estado Mayor Conjunto de EE.UU. detalló el uso de más de 150 aeronaves desde 20 bases para la captura de Maduro, mientras un reporte del New York Times cifra en 40 las víctimas fatales de los bombardeos. Por Servicios umbral.local/ WASHINGTON/CARACAS, domingo 4 de enero.— La agresión militar estadounidense contra Venezuela en la madrugada de este sábado dejó un saldo preliminar de al menos 40 personas fallecidas, según un reporte del diario The New York Times que cita a un funcionario venezolano bajo anonimato. La cifra de víctimas mortales emerge mientras el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de EE.UU., reveló en una conferencia de prensa conjunta con el presidente Donald Trump los detalles de una operación de una escala y complejidad sin precedentes en el hemisferio occidental, empleando más de 150 aeronaves desplegadas desde 20 bases terrestres y marítimas. El reporte del Times, elaborado por sus corresponsales en Caracas, da rostro humano a la tragedia. Relata el caso de Rosa González, de 80 años, fallecida en un bombardeo en Catia La Mar, zona costera cercana al aeropuerto de Maiquetía. Su sobrino, Wilman González, resultó herido con impactos de metralla que estuvieron a punto de costarle un ojo. El periódico describe cómo el ataque dejó al descubierto el interior de un apartamento, donde entre los escombros yacía un retrato del Libertador Simón Bolívar “acribillado” por la artillería. La mecánica de una “operación audaz” En una detallada exposición, el general Caine describió una misión meticulosamente planeada que extrajo lecciones de décadas de operaciones especiales. “Fue una operación audaz que solo Estados Unidos podía llevar a cabo”, afirmó el militar, flanqueado por el presidente Trump, el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Guerra, Pete Hegseth. Según Caine, la inteligencia estadounidense había recolectado desde diciembre información exhaustiva sobre los movimientos, hábitos e incluso las mascotas del presidente Nicolás Maduro. La operación, bautizada como una “extracción”, inició con el despegue nocturno de una fuerza combinada que incluía cazabombarderos de última generación F-22 y F-35, bombarderos B-1, aviones de guerra electrónica EA-18, aeronaves de vigilancia E-2 y una flota de drones. Mientras esta armada aérea se aproximaba a Caracas, su primer objetivo fue “desmantelar y desactivar los sistemas de defensa aérea en Venezuela” para permitir el paso seguro de los helicópteros con el equipo de captura, que volaba a apenas 30 metros sobre el nivel del mar. La captura y el costo humano Caine confirmó que una de las aeronaves fue impactada por la defensa antiaérea venezolana, pero logró regresar a su base. La fuerza de asalto terrestre, integrada por elementos militares y agentes del orden público, llegó al complejo residencial de Maduro a la 1:01 a.m. (hora del Este). “La fuerza de captura descendió… y se movió con rapidez, precisión y disciplina hacia su objetivo”, relató. El presidente Trump agregó que Maduro intentó refugiarse en una “especie de fortaleza” blindada dentro del complejo, pero fue detenido antes de lograrlo. Las declaraciones del alto mando militar contrastan con la cruda realidad reportada desde el terreno: los bombardeos previos y simultáneos a la incursión, presentados como acciones de “despeje” y “protección”, tuvieron un costo civil tangible. La cifra de 40 fallecidos, aún no confirmada oficialmente por el gobierno venezolano—que se encuentra en la fase de recopilación de información—, sugiere que la “máxima precisión” proclamada por el Pentágono no evitó una significativa pérdida de vidas en zonas residenciales. La conferencia del Pentágono, más que una justificación, fue una exhibición de poderío militar absoluto y una reivindicación de la doctrina de intervención unilateral. Mientras, en las calles de Caracas y en los pasillos de la ONU, el debate ya no gira solo en torno a la legalidad de la captura de un jefe de Estado, sino al precio en sangre que su búsqueda ha impuesto al pueblo venezolano.
El TSJ Ordena a Delcy Rodríguez Asumir la Presidencia Encargada de Venezuela
Ante la \»ausencia temporal\» de Maduro, declarada tras su detención en EE.UU., la vicepresidenta asumirá el cargo por 90 días renovables, mientras el gobierno muestra unidad en el Consejo de Defensa de la Nación. Por Virtudes Álvarez Sampedro CARACAS, sábado 3 de enero.— En una decisión de trascendencia histórica para el orden constitucional venezolano, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ordenó este sábado por la noche que la vicepresidenta Delcy Rodríguez asuma “inmediatamente la Presidencia Encargada de la República Bolivariana de Venezuela”. El fallo se produjo tras declarar “la ausencia temporal del Presidente de la República, Ciudadano Nicolás Maduro Moros, para todos los efectos legales correspondientes”, en atención a una solicitud de interpretación constitucional presentada por la propia Rodríguez. La decisión, emitida por la Sala Constitucional del máximo tribunal, se ampara en los artículos 233 y 234 de la Carta Magna. Estos establecen que, ante una ausencia temporal del presidente, el cargo será asumido por el vicepresidente ejecutivo por un período de 90 días, renovable por la Asamblea Nacional, sin que sea necesario convocar elecciones inmediatas. El movimiento institucional busca proveer de continuidad y estabilidad al gobierno en medio de la crisis sin precedentes generada por la captura y traslado forzoso del mandatario a territorio estadounidense. Unidad institucional en el Consejo de Defensa de la Nación Horas antes del fallo del TSJ, la vicepresidenta Rodríguez ya había encabezado una reunión del Consejo de Defensa de la Nación, el máximo órgano constitucional de consulta en materia de defensa y seguridad. En la sesión, transmitida en cadena nacional, participaron las más altas autoridades del Estado: el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez; el ministro de Defensa, Vladimir Padrino; el jefe del Comando Estratégico Operacional, general Domingo Hernández Lárez; el ministro del Interior, Diosdado Cabello; la presidenta del TSJ, Caryslia Rodríguez; el fiscal general Tarek W. Saab; y todos los vicepresidentes sectoriales. La imagen colectiva buscó —y logró— enviar un mensaje contundente al país y al mundo: pese al golpe devastador de la captura de su líder, la estructura del Estado bolivariano y sus poderes públicos permanecen unidos, en funcionamiento y operando dentro del marco constitucional. La designación de Rodríguez como presidenta encargada por la vía judicial corona esta estrategia de preservación institucional. Maduro, en prisión federal en Brooklyn Mientras en Caracas se tomaban estas medidas, las primeras imágenes del presidente Maduro como prisionero en Estados Unidos comenzaron a circular. Un video en redes sociales lo muestra ingresando a las instalaciones del Metropolitan Detention Center, una prisión federal en Brooklyn, Nueva York, donde pronuncia un escueto “Buenas Noches. Feliz Año Nuevo”. Según información judicial, Maduro y su esposa, Cilia Flores, serán presentados ante el Tribunal Federal del Distrito Sur en Manhattan a principios de la próxima semana para escuchar los cargos en su contra. La acusación penal, originalmente elaborada en 2020 y ahora actualizada, incluye cargos de “narcoterrorismo” y tráfico de cocaína, alegando que el mandatario conspiró durante décadas con carteles como el de Sinaloa y grupos como las FARC. La investigación también implica a otros altos funcionarios venezolanos. El juez asignado al caso es Alvin Hellerstein, magistrado veterano designado por el expresidente Bill Clinton. El gobierno venezolano, ahora bajo la presidencia encargada de Delcy Rodríguez, enfrenta el doble desafío de gestionar la crisis interna de legitimidad y estabilidad, mientras libra, en los tribunales de su principal acusador, una batalla legal que definirá el destino de su presidente cautivo. La transición de poder en Caracas, aunque constitucional, se desarrolla bajo la sombra alargada de una intervención militar extranjera.
Diosdado Cabello Llama a la Calma y Acusa a EE.UU. de una \»Masacre Cobarde\» en Venezuela
El ministro del Interior y número dos del chavismo, rodeado de militares, insta al pueblo a no \»facilitarle las cosas al enemigo invasor\» y cuestiona la complicidad de los organismos internacionales tras el ataque y captura de Maduro. Por Virtudes Álvarez Sampedro CARACAS, sábado.— En un mensaje de firmeza dirigido a una nación en estado de shock, el ministro del Interior de Venezuela y poderoso número dos del chavismo, Diosdado Cabello, hizo un llamado este sábado a la \»calma\» y a no \»facilitarle las cosas al enemigo invasor\», tras calificar como \»criminal y terrorista\» el ataque ejecutado por Estados Unidos, que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa. La alocución, transmitida por el canal estatal Venezolana de Televisión (VTV) con Cabello flanqueado por un alto mando militar, buscó proyectar unidad y control en medio del vacío de poder generado por la desaparición forzosa del mandatario. “Mucha calma, que nadie caiga en el desespero, que nadie caiga en facilitarle las cosas al enemigo invasor, al enemigo terrorista que nos atacó cobardemente”, afirmó Cabello, cuya figura se erige como uno de los pilares del gobierno en esta crisis. El ministro, dirigiéndose directamente a la ciudadanía, pidió confiar \»en el liderazgo\» y en la \»dirigencia del alto mando político, militar\», en un claro intento de cohesionar las filas del chavismo y disuadir cualquier acción de desorden interno que pudiera aprovechar la potencia invasora. Un desafío a la comunidad internacional Más allá del llamamiento interno, Cabello lanzó una andanada de durísimas preguntas retóricas hacia los organismos multilaterales, acusándolos de potencial complicidad por su silencio. “¿Van a hacer pública su complicidad ante el ataque invasor, ante el asesinato de civiles, bombas cayendo en edificios, en lugares habitados por civiles? ¿Van a ser los organismos internacionales cómplices de esa masacre?”, interrogó, elevando la gravedad de los hechos a la categoría de crimen de guerra y exigiendo un pronunciamiento que hasta ahora, salvo por las voces de Rusia, Cuba y algunos líderes regionales, no se ha producido con la contundencia que Caracas demanda. El ministro evaluó que Estados Unidos logró su objetivo \»parcialmente\», una referencia clara a la captura de Maduro, pero destacó como un éxito de resistencia que el pueblo no hubiera salido \»desbocado\», sugiriendo que la operación también buscaba provocar un caos social que no se materializó. Esta narrativa busca transformar la profunda vulnerabilidad demostrada por el ataque sorpresa en un relato de fortaleza y serenidad colectiva. El vacío y la incertidumbre El mensaje de Cabello opera en el tenso limbo creado por el anuncio del presidente Donald Trump en Truth Social, donde confirmó el “éxito” del “ataque a gran escala” y la captura y traslado aéreo de Maduro y Cilia Flores. Mientras, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien mantuvo una llamada con el canciller ruso Serguéi Lavrov, sigue admitiendo que el gobierno desconoce el paradero de ambos y exige una “prueba de vida”. La aparición de Cabello, un histórico de la revolución bolivariana con gran influencia en las Fuerzas Armadas, parece ser la respuesta del núcleo duro del chavismo para llenar el vacío de liderazgo visible y asegurar la continuidad del gobierno. Su discurso, entre la exhortación a la calma y la denuncia internacional, traza la hoja de ruta inmediata del régimen: mantener la cohesión interna, internacionalizar la crisis como una “masacre” y preparar el terreno para una prolongada batalla diplomática y de legitimidad, mientras el destino de su presidente máximo se decide en manos de una potencia extranjera.