Cuando lo imprescindible acompaña la persistencia

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”. La sentencia de Bertolt Brecht no es una consigna retórica, es una definición moral. Y cuando se piensa en una vida que encarna esa persistencia histórica, ese compromiso sin pausa y sin claudicaciones, surge con fuerza el nombre de Rafael Chaljub Mejía. Celebrar sus 84 años no es simplemente contar el tiempo transcurrido, es recorrer una biografía de combate, coherencia y entrega. Es honrar a un hombre que no ha vivido para sí, sino para una causa: la construcción de un país más justo, más humano y más consciente de su historia. Rafael pertenece a esa generación que no teorizó la lucha desde la comodidad, sino que la asumió en carne propia. Fue sobreviviente de la guerrilla de Manolo, aquella expresión heroica de resistencia que desafió el orden establecido con la convicción de que es “justo y decoroso morir por la Patria”, en momento en que la nación no podía seguir sometida a la injusticia y la opresión. No fue un observador distante: fue parte activa de esa epopeya. Y en los años oscuros de la dictadura de los doce años de Joaquín Balaguer, marcados por la persecución, la desaparición forzada y la represión sistemática, Rafael fue incluso declarado muerto en combate por las fuerzas represivas. La maquinaria del poder intentó borrarlo de la historia, pero sobrevivió. Y sobrevivir, en aquel contexto, fue también un acto político, una reafirmación de que la dignidad no se fusila. Ese episodio no es un detalle anecdótico, es una marca indeleble en su trayectoria. Significa que su compromiso no fue discursivo ni ornamental. Significa que arriesgó su vida por sus convicciones. Que enfrentó la violencia del Estado sin renunciar a sus principios. Que conoció la clandestinidad, el peligro y el estigma, y aun así decidió seguir persistiendo en sus ideales y luchar consecuentemente por alcanzar el poder. Pero la lucha de Rafael Chaljub no se limitó al terreno militar o a la resistencia directa. Comprendió, con lucidez estratégica, que la transformación social exige también batalla cultural e ideológica. En tiempos donde la política se banaliza y se mercantiliza, él defendió la ética como fundamento de la acción pública. Sostuvo que un proyecto emancipador no puede sostenerse sin formación, sin estudio, sin disciplina intelectual. Ha sido un adecentador de la política. Un hombre que ha insistido en que la militancia no es sinónimo de fanatismo, sino de conciencia crítica. Que el liderazgo no es un privilegio, sino responsabilidad. Que el poder solo tiene legitimidad cuando sirve al pueblo. En el terreno cultural, su aporte es igualmente trascendente. Defendió la identidad dominicana desde sus raíces más auténticas. Rescató y promovió el merengue típico, el perico ripiao, no como simple entretenimiento, sino como expresión viva de nuestra historia popular. Entendió que la cultura es territorio de disputa, que en la música, en la palabra y en la memoria también se libra la batalla contra la colonización ideológica. Rafael Chaljub Mejía ha sido maestro de generaciones. Ha orientado debates, formado cuadros y militantes, estimulado el pensamiento crítico. Su palabra es serena pero firme; su análisis es profundo pero accesible. No ha necesitado estridencias para sostener posiciones claras. Ha preferido la argumentación sólida al aplauso fácil. Ochenta y cuatro años después de su nacimiento, su figura no representa nostalgia, representa continuidad. Es puente entre la generación que enfrentó dictaduras y la juventud que hoy enfrenta nuevas formas de dominación: económicas, culturales, tecnológicas. Su vida demuestra que la lucha adopta distintas formas según el momento histórico, pero la coherencia es innegociable. En una época cuando muchos cambian de bandera según la conveniencia, Rafael Chaljub ha mantenido la suya en alto con la hoz y el martillo. En un tiempo de oportunismos, ha optado por la fidelidad a sus principios. Esa constancia es lo que lo convierte en imprescindible. Hoy no celebramos solo un cumpleaños, celebramos una historia de resistencia. Celebramos a un hombre que fue dado por muerto por la represión y regresó para seguir luchando. Celebramos a quien sobrevivió a la violencia política y decidió convertir esa experiencia en conciencia y organización. Que su ejemplo inspire a las nuevas generaciones. Que su coherencia sea faro en tiempos de confusión. Que su vida recuerde que la lucha no es un episodio, sino una vocación permanente. Porque, como escribió Brecht, los imprescindibles son los que luchan toda la vida. Y Rafael Chaljub Mejía ha hecho de esa lucha una forma de dignidad, de persistencia, de memoria y de esperanza para el pueblo dominicano.
Fidelidad de Rafael Chaljub Mejía hacia Manolo Tavarez Justo

La relación de Chaljub con Manolo no se limitó a los años de lucha en las décadas de 1950 y 1960; se extendió más allá de los eventos históricos que marcaron a ambos, Chaljub se convirtió en cronista de las gestas revolucionarias de Manolo, documentando con rigurosidad su vida y sacrificio. Esta labor no solo fue un ejercicio de memoria histórica, sino un acto de profunda lealtad hacia un compañero cuyo ejemplo el consideraba una brújula moral para la sociedad dominicana. Por Julio Disla Rafael Chaljub Mejía, destacado intelectual y político dominicano, es un nombre estrechamente asociado con los ideales de justicia, libertad y lucha por la democracia que encarnó Manolo Tavarez Justo. Su fidelidad y lealtad hacia Manolo no solo es la de un compañero de lucha, sino de un hombre profundamente comprometido con los principios y valores que marcaron la vida del líder inmolado en Las Manaclas. Manolo Tavarez Justo, fundador del Movimiento Revolucionario 14 de Junio(1J4), fue símbolo de resistencia contra la dictadura y la opresión en la República Dominicana. Su valentía y sacrificio en la búsqueda de una patria libre lo convirtieron en un referente de lucha para generaciones posteriores. Rafael Chaljub Mejía, por su parte, no solo fue un contemporáneo de Manolo, sino uno de los más fieles guardianes de su legado, contribuyendo con su pluma, palabra y acción en mantener vivo su ejemplo y a resaltar la vigencia de sus ideales. La Lealtad como Principio de vida La relación de Chaljub con Manolo no se limitó a los años de lucha en las décadas de 1950 y 1960; se extendió más allá de los eventos históricos que marcaron a ambos, Chaljub se convirtió en cronista de las gestas revolucionarias de Manolo, documentando con rigurosidad su vida y sacrificio. Esta labor no solo fue un ejercicio de memoria histórica, sino un acto de profunda lealtad hacia un compañero cuyo ejemplo el consideraba una brújula moral para la sociedad dominicana. En numerosas entrevistas y escritos, Chaljub ha destacado el carácter inquebrantable de Manolo, su capacidad y liderar con humildad su compromiso con los oprimidos. Chaljub, al igual que Manolo, entendió que la lucha por la libertad no era una tarea de un día, sino un compromiso de por vida. Este entendimiento lo lleva a defender siempre los ideales del 1J4, incluso en el contexto políticos y sociales donde estas posturas podían ser impopulares o fuera de contexto. El Legado de un Guardia del Ideal y la Lealtad La fidelidad de Chaljub Mejía hacia Manolo no solo se manifiesta en sus escritos todos los años, a propósito del aniversario del asesinato de Manolo el 21 de diciembre, bajo el título “Aquí estamos, Manolo”; sino, además, en sus actos y comportamiento personal. A través de los años, ha participado activamente en homenajes, foros y eventos dedicados a preservar la memoria de Tavarez Justo. Además, ha abogado por una interpretación justa de la historia, enfatizando la importancia de reconocer la relevancia de Manolo y los hombres y mujeres que integraron el 1J4 en la construcción de la democracia dominicana.
Recordando a Manolo Tavárez Justo: Un héroe de la libertad
El 21 de diciembre de 1963, las balas que resonaron en Las Manaclas no solo marcaron el fin de la vida de Manolo Tavárez Justo y 14 de sus compañeros, sino que también dejaron una herida abierta en la memoria colectiva de la República Dominicana. Este aniversario, que conmemora 61 años de uno de los episodios más oscuros de nuestra historia, nos invita a reflexionar sobre el legado de un hombre que se convirtió en símbolo de resistencia y lucha por la justicia. Manolo Tavárez Justo, líder del movimiento 14 de junio, no fue un simple activista; fue un ferviente defensor de la democracia, un hombre que se atrevió a alzar la voz frente a la opresión que se cernía sobre nuestro país tras el derrocamiento del gobierno del profesor Juan Bosch. Su captura y ejecución, junto a sus compañeros, no solo fueron un acto de barbarie, sino un intento deliberado de silenciar la esperanza de un pueblo que anhelaba un cambio. La brutalidad de este hecho pone de manifiesto una historia marcada por la violencia, donde las instituciones armadas han actuado como instrumentos de terror en lugar de ser garantes de la paz y la justicia. El momento que vivía el pais cuando se produjo una represión en el que se desarrolló la masacre de Las Manaclas es fundamental para entender la magnitud del sacrificio de Tavárez Justo. En un momento en que la voz de la oposición era perseguida, su firmeza y determinación se erguían como un faro de resistencia. La historia no debe olvidar que la lucha por la democracia y los derechos humanos requiere valentía, y Manolo encarnó esa valentía en su máxima expresión. Los testimonios de quienes sobrevivieron a aquel día fatídico, como el Dr. Emilio Cordero Michel, nos ofrecen una visión desgarradora de la realidad que enfrentaron. La imagen de hombres rendidos, ondeando banderas blancas y siendo asesinados a sangre fría, no puede ser silenciada ni relegada al olvido. Este crimen, clasificado como una masacre, exige justicia, no solo para honrar a sus víctimas, sino para asegurarnos de que nunca más se repita un episodio tan atroz en nuestra historia. En este sentido, el legado de Manolo Tavárez Justo debe ser un faro que guíe a las futuras generaciones. No podemos permitir que el nombre de un militar responsable de esta masacre, como Ramiro Matos González, continúe honrando instituciones educativas del país. Esta situación no solo es un despropósito, sino una ofensa a la memoria de aquellos que lucharon por la libertad. La justicia exige que la historia sea contada con veracidad, y que los héroes como Manolo sean recordados con dignidad. El aniversario de la masacre de Las Manaclas debe servir como un llamado a la acción. En un país que aún busca su rumbo, es imperativo que honremos la memoria de Tavárez Justo y sus compañeros, y que su sacrificio inspire un compromiso renovado con la verdad, la justicia y los derechos humanos. Recordar su lucha no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino una responsabilidad que todos debemos compartimos como dominicanos. La historia no debe ser olvidada. La figura de Manolo Tavárez Justo debe permanecer viva en nuestra conciencia colectiva, impulsándonos a seguir luchando por un país donde la violencia y la opresión no tengan cabida. Que su legado nos inspire a construir una sociedad más justa, donde nunca más se repitan masacres como la de Las Manaclas. La memoria de estos héroes es un llamado constante a la lucha por la libertad y la dignidad de todos los dominicanos.
La Masacre de Las Manaclas: Una herida abierta en la historia dominicana

Por Julio Guzmán Acosta El 21 de diciembre de 1963, el sonido de las balas resonó en Las Manaclas, marcando una de las páginas más sombrías de la historia de la República Dominicana. En este día, el país conmemora 61 años del fusilamiento de Manolo Tavárez Justo y 14 de sus compañeros del movimiento 14 de junio, quienes fueron capturados y asesinados por las fuerzas militares en un acto que, desde cualquier perspectiva, puede y debe ser calificado como una masacre. Este crimen deja clara la brutalidad con la que han actuado las instituciones armadas a lo largo de nuestra historia y plantea interrogantes sobre nuestra memoria colectiva y el papel de los militares en la construcción de una sociedad más justa y democrática. La masacre de Las Manaclas se inscribe en un contexto de represión política tras el golpe de Estado que derrocó al gobierno del profesor Juan Bosch. Este episodio no fue un evento aislado, sino parte de un patrón de violencia sistemática que ha caracterizado la historia dominicana, donde el uso de la fuerza se ha empleado para silenciar a quienes se atreven a alzar la voz en pro de la libertad y la justicia social. En este sentido, la captura y ejecución de Tavárez Justo y sus compañeros representa un claro intento de desmantelar la resistencia a un régimen que se sostenía sobre la opresión y el miedo. El acto perpetrado por las fuerzas armadas dominicanas se clasifica como una masacre, dado que se trató de un ataque colectivo con la intención deliberada de eliminar a un grupo de civiles desarmados. En el plano jurídico, este crimen se enmarca en las normas que rigen la protección de las víctimas de conflictos armados, como lo establece la Convención de Ginebra de 1949. Esto implica que aquellos que participaron en la ejecución de estos asesinatos, desde los soldados en el terreno hasta los oficiales superiores que dieron las órdenes, deben ser considerados responsables por sus acciones. Los testimonios de sobrevivientes, como los del Dr. Emilio Cordero Michel, brindan una visión desgarradora de los eventos que se desarrollaron ese día. La imagen de hombres rendidos, con banderas blancas, siendo asesinados a sangre fría, no solo es un recordatorio de la violencia sistemática que ha marcado nuestra historia, sino también un llamado a la reflexión sobre la ética del poder militar. La figura del general Ramiro Matos González, principal responsable de las operaciones en Las Manaclas se convierte en un símbolo de la impunidad que ha caracterizado a quienes han ejercido el poder militar en nuestro país. La masacre no solo dejó un saldo de vidas perdidas; también sembró un manto de silencio y olvido que ha perdurado a lo largo de las décadas. A pesar de que el tiempo ha pasado, las heridas permanecen abiertas y la memoria de esos hombres y mujeres que lucharon por la libertad y la justicia sigue viva. La falta de justicia y reconocimiento a sus sacrificios no solo ofende su memoria, sino que también perpetúa un ciclo de violencia que debemos urgentemente romper. En un país que aún lucha por encontrar su rumbo, es fundamental que la memoria de Manolo Tavárez Justo y sus compañeros sea honrada y que su legado se convierta en un faro para las futuras generaciones. No podemos permitir que el nombre de un militar responsable de una masacre honre instituciones educativas, como la Escuela de Graduados de Estudios Militares del Ejército de la República Dominicana. Esto no solo es un despropósito, sino una ofensa a la memoria de aquellos que dieron su vida por la libertad. Si tuviéramos un gobierno del pueblo y para el pueblo, el nombre de ese criminal, Ramiro Matos González, no podía ser el de una escuela y menos del ejercito de la Republica Dominicana. El nuevo aniversario de la masacre de Las Manaclas debe ser un momento de reflexión y acción. Es un llamado a asumir nuestra historia con honestidad y a trabajar por un futuro donde la justicia, la democracia y el respeto por los derechos humanos sean valores incuestionables. Recordar a Manolo Tavárez Justo y sus compañeros no es solo un ejercicio de memoria histórica; es un compromiso con la verdad y una lucha constante por la justicia en nuestra sociedad, los hombres y mujeres de bien no debemos descansar hasta lograr los objetivos por los que lucho Manolo y sus compañeros. La historia no debe ser olvidada. Que la memoria de estos héroes nos impulse a seguir luchando por un país donde nunca más se repitan masacres como la de Las Manaclas.
Manaclas 1963: masacre y crimen de guerra

A partir de lo que se recoge en un escrito publicado en el periódico El Siglo del 21 de junio de 1995, el doctor Emilio Cordero Michel señaló que “Manolo y el grupo venían a rendirse, traían camisetas y pañuelos blancos amarrados a varitas. Fueron hechos prisioneros; los colocaron de espaldas a un corte de una carretera y allí los fusilaron. Por Amaurys Pérez Vargas Hoy sábado 21 de diciembre se conmemora el 61 aniversario de la siembra de Manolo Tavárez Justo y 14 de sus compañeros del movimiento 14 de junio en Las Manaclas, ocurrida en diciembre de 1963. Desde el punto de vista histórico, el crimen se enmarca en un contexto de represión política tras el golpe de Estado que derrocó al gobierno constitucional del profesor Juan Bosch, recordándonos la brutalidad con que han actuado las fuerzas armadas dominicanas a lo largo de nuestra historia republicana. A nivel criminológico, este crimen está tipificado como una “masacre” ya que refiere a un acto colectivo donde hubo una clara intención por motivos políticos de provocar múltiples asesinatos que militares perpetraron contra civiles desarmados. En el plano jurídico, el crimen contra los catorcistas que bajaron “bandera blanca en mano” después de acogerse a la propuesta del Triunvirato que les conminaba a rendirse, se circunscribe a la Convención de Ginebra de 1949, la cual codifica las normas sobre la protección de las víctimas de conflictos armados, definiendo a su vez, los crímenes de guerra. Desde esa perspectiva, se puede aludir la responsabilidad de los militares implicados en el crimen véase aquellos que estuvieron vinculados materialmente y por la cadena de mando en las decisiones jerárquicas que se tomaron sobre el terreno. Al respecto, los testimonios de los sobrevivientes señalan al general Ramiro Matos González, como el principal responsable de las operaciones militares en Las Manaclas, por lo que su nombre aparece mencionado como la figura clave detrás de los fusilamientos. Ciertamente, la cadena de mando constituye la base operativa con que actúan las instituciones militares cuyas jerarquías establecen con claridad las asignaciones en torno a quién toma, ejecuta y supervisa las decisiones militares para su cumplimiento. Desde esta óptica, la estructura permite rastrear la responsabilidad tanto de los soldados sobre el terreno como la de los oficiales superiores que ordenaron las operaciones. A partir de lo que se recoge en un escrito publicado en el periódico El Siglo del 21 de junio de 1995, el doctor Emilio Cordero Michel señaló que “Manolo y el grupo venían a rendirse, traían camisetas y pañuelos blancos amarrados a varitas. Fueron hechos prisioneros; los colocaron de espaldas a un corte de una carretera y allí los fusilaron. Los familiares y personas que fueron a exhumar los cadáveres han testificado varias veces que las condiciones en que se encontraban esos compañeros: destrozados a balazos; algunos con bayonetazos; otros con un tiro de gracia en la nuca. Más aún, encontraron innumerables impactos de bala en el corte de la carretera, así pañuelos y camisetas blancas ensangrentadas”. Se recuerda que, en carta enviada desde la cárcel de La Victoria a Don Rafael Herrera Cabral en fecha 27 de diciembre de 1963, el Dr. Cordero Michel explicó que “Bajando prisionero de las montañas de San José de las Matas, escuché las expresiones de la soldadesca: «¡Matar a Tavárez Justo, aunque venga con bandera blanca y desarmado!». No dudé un segundo, que tenían instrucciones superiores de liquidar al compañero Manolo y a todo a quien le acompañase”. El único guerrillero del Frente Enrique Jiménez Moya que sobrevivió tras entregarse agregó además que “Deseo aclarar que el grupo de 12 compañeros que quedó detrás del que comandaba, y en el que venía el Dr. Manuel A. Tavárez Justo, también estaba enarbolando banderas y pañuelos blancos. No obstante, todos fueron asesinados porque así convenía a los intereses de los militares de la Aviación, quienes están tan acostumbrados a derramar la sangre del pueblo. Prueba de ello es que, al exhumarse los restos de mis 15 compañeros, dos días después, todos los cadáveres estaban desnudos o semidesnudos. Y si, director, un guerrillero no combate en paños menores y sin botas”. En ese orden, la masacre de Las Manaclas no fue un evento espontáneo ni una acción aislada ya que la captura y posterior ejecución de Manolo Tavárez Justo y sus compañeros estuvo relacionada con decisiones estratégicas que se tomaron dentro de la jerarquía militar cuya estructura de mando aseguraba que una orden de esa magnitud pasara necesariamente por sus altos mandos. Tal como es sabido, las operaciones estuvieron bajo la responsabilidad del general Ramiro Matos González, quien, como jefe militar, tenía autoridad sobre las tropas desplegadas en la zona. En ese sentido, las órdenes de fusilar a los guerrilleros sólo pudieron haber sido ejecutadas con su aprobación explícita o tácita. Incluso si no dio directamente las órdenes, Matos González tenía el deber de supervisar las operaciones para prevenir violaciones de derechos humanos. Por tanto, el hecho de que no pudo garantizar un trato justo para los prisioneros que fueron apresados por sus tropas lo convierte inexorablemente en responsable de los crímenes. Más allá de las implicaciones legales, el papel de Matos González en la masacre de Manaclas subraya una cuestión ética fundamental en nuestra sociedad sobre el rol de los militares que cegaron la vida de los que lucharon por nuestra libertad y democracia. En ese orden, el nombre que honra la Escuela de Graduados de Estudios Militares del Ejército de la República Dominicana constituye un despropósito y una ofensa a la memoria de sus víctimas, los héroes nacionales: Dr. Manuel Aurelio Tavarez Justo, Ing. Jaime Rafael Ricardo Socías, Dr. José Cabrera González, Juan Ramón Martínez (Monchi), Jesús Antonio Barreiro Rijo (Tony), José Daniel Fernández Matos, Ing. Rubén Díaz Moreno, Manuel de Jesús Fondeur (Piculín), Leonte Antonio Schott Michel, Fernando Arturo Martínez Torres, Antonio Filión (Manchao), Caonabo Abel, Manuel de los Santos Reyes Díaz (Reyito) Alfredo Peralta Michel (Alfredito) y Rubén Alfonso Marte Aguayo (Fonsito).