“En el imperialismo no se puede confiar ni un tantico”

Advirtió Ernesto Che Guevara—. No es una consigna congelada en el pasado; es una brújula política que conserva plena vigencia frente al ejercicio del poder estadounidense en nuestra región. Hoy, esa advertencia se vuelve especialmente pertinente cuando se evalúa la conducta y el discurso del presidente Donald Trump hacia América Latina e Irán. La experiencia histórica latinoamericana confirma que el imperialismo no actúa por error ni por improvisación moral, sino por cálculo. Intervenciones militares, golpes “blandos”, bloqueos económicos, sanciones selectivas y chantajes diplomáticos han sido instrumentos recurrentes para disciplinar gobiernos, condicionar economías y domesticar soberanías. La retórica puede variar —democracia, seguridad, lucha contra el narcotráfico—, pero el objetivo permanece: garantizar ventajas estratégicas y beneficios para las élites del Norte. Trump llevó esa lógica a su forma más descarnada. Sin el barniz diplomático tradicional, convirtió la amenaza en método y la humillación en lenguaje. Para América Latina, eso significó una política de presión abierta: sanciones que constriñen a pueblos, reconocimientos selectivos de autoridades “convenientes”, uso instrumental de organismos multilaterales y una constante disposición a la coerción. No hay allí “excesos” personales: hay coherencia imperial. El problema no es el estilo; es el proyecto. Confiar en Trump —o en cualquier administrador del mismo engranaje del imperialismo— implica olvidar una verdad elemental: el imperialismo no concede; exige. No acompaña procesos emancipadores; los combate. No respeta autodeterminaciones; las condiciona. Cuando promete cooperación, impone subordinación; cuando invoca seguridad, instala control; cuando habla de libertad, defiende privilegios. La frase del Che no llama al fatalismo, sino a la lucidez. Advierte contra la ingenuidad política que confunde gestos con garantías y palabras con compromisos. América Latina no puede construir su futuro sobre la expectativa de buena voluntad imperial, porque esa voluntad nunca ha sido neutral ni altruista. La historia demuestra que cada confianza depositada se paga con dependencia; cada concesión, con pérdida de soberanía. De ahí la tarea urgente: fortalecer la unidad regional, diversificar alianzas, afirmar proyectos propios y sostener una memoria activa que impida repetir errores. No se trata de un rechazo abstracto a una figura presidencial, sino de una crítica estructural a una forma de poder que, bajo Trump o bajo otros nombres, persiste en su afán de dominación. “Ni un tantito”, dijo el Che. No por odio, sino por conciencia histórica. En esa advertencia reside una ética política: la de no entregar el destino de los pueblos a quienes han demostrado, una y otra vez, que su interés no es nuestra dignidad, sino nuestros recursos naturales.
Fidel en Quisqueya: memorias de un revolucionario

A 99 años de su natalicio, el legado de Castro revive en RD Por Julio Guzmán Acosta La brisa caribeña que acaricia el Malecón de Santo Domingo parece llevar aún los ecos de aquel agosto de 1998, cuando Fidel Castro pisó tierra quisqueyana con la emoción del que cumple una promesa histórica. Hoy, al conmemorarse el 99 aniversario de su natalicio, Manuel Salazar, secretario general del Partido Comunista del Trabajo (PCT), rescata esa memoria con un mensaje que vibra de actualidad: \»Fidel nace cada día en las luchas contra el imperialismo\». Las palabras de Salazar, publicadas en redes sociales junto a la icónica imagen de Fidel y el Che Guevara, no son solo un homenaje, sino un puente tendido entre dos historias revolucionarias entrelazadas. Aquella visita de 1998 -la primera y única del líder cubano a preparativos de- fue el reencuentro de un hombre con los sueños de su juventud, cuando en 1947 formó parte en los preparativos de la fallida Expedición de Cayo Confites contra Trujillo. \»¿Qué puedo decirles? Me encuentro aquí, y casi no lo creo\», confesó Fidel al llegar, con esa mezcla de asombro y nostalgia que solo conocen quienes han esperado medio siglo para cumplir un sueño. Sus palabras resonaron entonces como un reconocimiento a los lazos invisibles que unen a Cuba y República Dominicana: desde los mambises dominicanos que lucharon por la independencia cubana, hasta los jóvenes idealistas que medio siglo después soñaron con derrocar a Trujillo. La historia tiene sus ironías. Aquel plan revolucionario de 1947 fue frustrado por la presión del embajador estadounidense en La Habana, Henry Norweb, el mismo poder que Fidel desafiaría once años después al triunfar la Revolución Cubana. Cuando finalmente pudo pisar suelo dominicano, ya no como conspirador sino como estadista, sus palabras (\»es mucho más lo que juntos debemos hacer en el futuro\») sellaron una nueva etapa en las relaciones bilaterales. Hoy, al evocar su figura, Salazar no solo recuerda al hombre que llegó en 1998, sino al joven revolucionario que alguna vez soñó con liberar a República Dominicana. En este aniversario, el legado de Fidel se mide no en monumentos, sino en esa capacidad de inspirar que trasciende fronteras y generaciones. Como escribió el líder del PCT: \»Vive en la conciencia y los puños de los pueblos que luchan\». Para República Dominicana, Fidel será siempre ese personaje dual: el joven expedicionario de Cayo Confites y el estadista maduro que volvió para cerrar un círculo histórico. Su visita quedó grabada no solo en los archivos diplomáticos, sino en la memoria emocional de dos pueblos que, como él mismo dijo, tienen \»mucho más que hacer juntos\».