UMBRAL, MARCAMOS TENDENCIA 

Conducta aberrante de “influenciadores”

VISIÓN GLOBAL PERSPECTIVA: Con mucha regularidad nos resulta difícil establecer la distancia que media entre la preocupación y la indignación cuando analizamos el terreno donde se mueven los especímenes que ahora se llaman “influenciadores” y que han hecho de las redes sociales un ecosistema altamente peligroso y tóxico para la convivencia civilizada y armónica. Hemos analizado en otros momentos la incertidumbre que plantea el comportamiento de cientos de irresponsables que asumen como conducta el desenfreno mediante la emisión de opiniones altamente contaminadas y sin consecuencias, dado el desierto legal que existe a partir del derecho a la libertad de expresión resguardado por nuestra Constitución. Justamente estos días se ha exacerbado el libertinaje a través de plataformas de internet, como derivado de la lamentable desaparición de la joven indo-estadounidense en una playa de Punta Cana, un hecho que le ha generado al país una abundante exposición mediática fuera de nuestras fronteras, no siempre en los mejores términos, si bien se trata de un caso aislado que nos ha turbado a todos. Una de las manifestaciones más deleznables y de extrema irresponsabilidad la observamos cuando un charlatán llegó al colmo de afirmar—ni siquiera como una especulación—que el hotel en cuya playa desapareció la visitante, había pagado a dos haitianos para que sepultaran su cuerpo. Al escuchar eso quedé pasmado, pues estábamos ante una expresión alarmante y una canallada sin límites, y asumí que en lo inmediato este irresponsable sería llamado por los investigadores policiales y del Ministerio Público para que aportara las pruebas de tan relevantes datos, pues estos serían claves para despejar las interrogantes no resueltas que ha dejado este suceso. Lamentablemente pasaron los días y ni los investigadores requirieron los datos ni el hotel—altamente lesionado en su imagen corporativa—ha procedido a demandar a este sinvergüenza ante los tribunales por daño reputacional. No faltarán quienes hasta se sorprendan de cómo un periodista puede abogar por la persecución legal de una persona que ha emitido un juicio de valor a través de un medio de internet. Y precisamente lo que buscamos es salvar la reputación de quienes nos hemos dedicado toda la vida al periodismo serio, el que no es capaz de lanzar semejante infundio, conociendo el daño que causa. Estos “comunicadores” sin conciencia ni rigor profesional resultan peor que una plaga para el oficio tan noble que es el periodismo, al punto de encontrarse entre los auxiliares más importante para la construcción de la historia. Aprovechar con sentido responsable y labor ciudadana los adelantos que nos ofrecen las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) debería de ser el punto esencial de quienes disponen de esas herramientas para construir relatos. Derivarse hacia la violación de las normales legales y de responsabilidad ciudadana debería generar sanciones importantes, si bien no de tipo penal—hasta que haya daños irreparables—por lo menos de tipo moral motivando a los internautas a no consumir estas toxicidades mediáticas. Nelsonencar10@gmail.com

El lado oscuro de las redes sociales

VISIÓN GLOBAL NELSON ENCARNACION   PERSPECTIVA: En cada momento de la historia de la humanidad, las personas se hicieron dependientes emocionales de los instrumentos de modernidad que correspondieron a cada época, los cuales fueron reemplazados por otros más adelantados, y estos por otros, y así hasta que el cautiverio se ha prolongado. Las herramientas de modernización jugaron su papel en cada etapa, instrumentalizando a las personas y convirtiéndolas en parte de un tinglado del que no pudieron escapar, sino hasta refugiarse en el otro mecanismo de dependencia. Así, de la radio se pasó a la televisión fija y de esta a las emisiones por cable, satélite e internet, y de estos mecanismos de comunicación caímos en el más brutal de todos: el teléfono celular, dominante, cautivador y adictivo. Sin embargo, ninguno, con toda y su brutalidad existencial, se puede comparar con las redes sociales, el ecosistema comunicacional y de interrelación más inhumano que jamás existió. Las redes sociales son un permanente campo de batalla donde lo humano carece de importancia y lo trivial es lo que domina, aunque sea un predominio tan fugaz como el relámpago. Nos hemos convencido de que somos importantes por la cantidad de seguidores que logremos captar o por los likes que genera nuestra exposición, aunque la “audiencia” esté conformada por cuasi humanos, cuyo pensamiento no alcanza para más de un saludo en la jerga mediática de moda. Nuestro mundo en las redes muchas veces nos convierte en individuos tóxicos, no porque lo seamos realmente, sino porque la línea en boga nos conduce a la dinámica factual de una civilización ciberespacial que nos utiliza sin nosotros percibirlo conscientemente. Ignoramos que no somos nosotros, sino que somos una pieza de un ajedrez cibernético que se juega en lugares que no sabemos; por mecanismos que no conocemos, aunque se ha demostrado que formamos parte utilitaria de los algoritmos que colonizan nuestras voluntades. En las redes compartimos pensamientos ajenos, pero al estar en el momento de las tendencias, participamos porque necesitamos ser “importantes”, cuando en realidad solo provocamos que la colonización de las ideas y de las emociones sirva para activar los mecanismos invisibles que nos aprisionan. Mientras esa implacable realidad del mundo actual es tan terriblemente avasallante, las aplicaciones que nos instrumentalizan se cotizan en miles de millones de dólares en las bolsas de valores, y sus desarrolladores se han convertido en los hombres más ricos del planeta, desplazando a quienes han hecho sus fortunas trabajando en la economía real. Estos individuos de las plataformas y aplicaciones llegaron en el momento más que oportuno a poner en práctica una forma de encarcelamiento emocional colectivo, una nociva manera de embrujar con alucinógenos no prohibidos, embruteciendo a miles de millones de gentes que no tienen tiempo de analizar ni aun su propio entorno, mucho menos el designio de una conquista planetaria para la cual no fueron necesarios los ejércitos de la Edad Media y mucho antes. La cosificación del individuo que procuraban las redes sociales, hijas legítimas de las plataformas y aplicaciones, se hizo más expedito en cuanto las personas asumimos que no podíamos prescindir de esos mecanismos de dominación.