El fantasma de Duarte recorre San Isidro: ¿Celebramos 182 años de libertad o asistimos a su progresiva entrega?
En el mismo suelo que los Trinitarios liberaron con sangre y sacrificio, hoy ondean banderas extranjeras junto a fusiles foráneos. Mientras la nación conmemora su independencia, una presencia militar estadounidense se consolida en puntos estratégicos del país, levantando sospechas sobre una nueva forma de dominación. Por Julio Guzman Acosta Santo Domingo, 27 de febrero – Es un día de banderas en cada balcón y de discursos en cada tribuna. De rendición de cuentas del primer mandatario de la nación. La República Dominicana despierta engalanada para celebrar el 182 aniversario de la gesta que la vio nacer como nación libre. Los ecos del trabucazo de Mella resuenan todavía en la Puerta del Conde, y en el Altar de la Patria, las ofrendas florales rinden tributo a Duarte, Sánchez y Mella. Afuera, el pueblo corea el himno y los cadetes marchan con paso firme. Es la estampa clásica de la dominicanidad, el rito laico de una República que se sabe hija del sacrificio. Pero bajo el manto de la celebración, una sombra alargada y silenciosa se proyecta sobre el territorio que aquellos jóvenes soñadores liberaron de las garras de la ocupación. A pocos kilómetros del bullicio festivo, en la base aérea de San Isidro y en los alrededores del Aeropuerto Internacional de Las Américas (AILA), el olor a pólvora conmemorativa se mezcla con un aire distinto: el de una presencia armada que no responde al pabellón tricolor. Fuentes de inteligencia y testimonios de trabajadores aeroportuarios confirman lo que en los círculos patrióticos se susurra con creciente alarma: personal militar de los Estados Unidos, con equipos y logística de combate, opera con una naturalidad pasmosa en dos de los puntos más sensibles para la soberanía nacional. No son ejercicios puntuales ni visitas de cortesía. Es una instalación de facto que, al amparo de acuerdos opacos y de la política de puertas abiertas del gobierno del Partido Revolucionario Moderno (PRM) que encabeza Luis Abinader, convierte el suelo dominicano en una extensión de la estrategia militar norteamericana para la región. ¿Qué diría Juan Pablo Duarte, el visionario que fundó La Trinitaria para arrancar este pueblo de cualquier yugo extranjero, si viera que su \»Quisqueya la bella\» se ha convertido en una plataforma logística para potencias foráneas? La pregunta retumba en el silencio cómplice de los pasillos del poder. Los Trinitarios, aquellos jóvenes idealistas que lo dieron todo por el principio de \»Dios, Patria y Libertad\», jamás habrían permitido que su territorio fuera usado como base para agredir a otros pueblos hermanos, ni como moneda de cambio en juegos geopolíticos que nada tienen que ver con el interés nacional. Hoy, 27 de febrero, mientras los oradores ensalzan la valentía de los Padres Fundadores y se lanzan cohetes al aire, la independencia dominicana sufre una vulneración silenciosa, pero letal. No se trata de una invasión con cascos y bayonetas, como la de 1965, sino de una cesión solapada de soberanía, una entrega consentida de lo que tanto costó ganar. La historia nos juzgará no por cómo celebramos nuestra independencia, sino por cómo la defendemos cuando no está en juego una batalla, sino la esencia misma de la nación. Porque un pueblo que permite que otros decidan su destino y ocupen su suelo, aunque sea en nombre de la \»cooperación\», ha traicionado el legado de quienes hace 182 años soñaron con una República verdaderamente libre y soberana. El trabucazo de esta noche es un llamado a la historia; ojalá no se convierta en el lamento de una Patria que se apaga.
¿Por qué tras la Fundación de la República Dominicana no desembarcaron tropas francesas?

En la histórica asamblea del 26 de mayo de 1844 la población dominicana repudió el anexionismo persuadida por la movilización de Duarte y sus compañeros contra las negociaciones con los diplomáticos franceses, activa protesta que persistió hasta el mes de julio. Precisiones Por Santiago Castro Ventura Al discurrir 181 años de los acontecimientos derivados de la Fundación de la República Dominicana el 27 de Febrero de 1844, todavía nos queda la gran interrogante en torno a la abstención de desembarcar tropas francesas de la flotilla que dirigía el almirante Alfonso Des Moges durante ese lapso, y que circunnavegaban desde el puerto de Santo Domingo a la Bahía de Ocoa y en ocasiones a Puerto Príncipe, en supuesto respaldo al sector de los afrancesados que controlaba la Junta Central Gubernativa. Los franceses nunca entraron en acción. Se conoce que en atención al proyecto denominado Plan Levasseur, el 8 de marzo de 1844 la Junta Central Gubernativa emitió una sombría resolución procurando el protectorado de Francia y obsequiándole a perpetuidad la península de Samaná. Las negociaciones simulaban contar con el visto bueno de las autoridades francesas a través de su cancillería, que era gerenciada por un político muy sagaz como François Guizot. François Guizot Francia estaba bajo la égida monárquica de Luis Felipe, etapa caracterizada por la pugna entre monárquicos y republicanos. Guizot muy influyente y con muchas aspiraciones, de canciller ascendió al cargo de primer ministro hasta que triunfó la Segunda República en 1848. Estableció una política cautelosa en materia de política exterior para no suscitar contradicciones con Inglaterra, con quien su nación se disputaba el poder hegemónico. En 1843 Francia confrontaba problemas con la República de Haití que había dejado de cumplir con los abonos establecidos como indemnización por daños a las propiedades de los franceses durante la guerra de independencia de ese país. Dificultades económicas y políticas habían impedido al régimen haitiano cubrir la cuota correspondiente a ese año. El Gobierno francés envió un emisario a Haití para negociar el pago atrasado, el diplomático Adolphe Barrot tenía instrucciones ante la imposibilidad de saldar el desembolso pendiente, los haitianos debían entregar al país galo la península de Samaná como garantía para el pago. Esta posición contaba con el visto bueno de funcionarios civiles y militares franceses vinculados a este dilema. (Víctor Garrido. Política de Francia en Santo Domingo 1844-1846. Academia Dominicana de la Historia. Santo Domingo, 1962. pp. 6-7). El señor cobrador Barrot no arribó solo a Puerto Príncipe, sino acompañado de una flotilla de barcos de guerra dirigida por el almirante Alfonso Des Moges, jefe de la estación naval de Francia en Fort-Royal de Martinica. El acompañamiento militar se realizaba en atención a la incipiente “diplomacia de las cañoneras”. Ya instalada la moratoria armada frente a Puerto Príncipe, el almirante comunicaba a Guizot que salió rumbo a Martinica el 11 de julio de 1843, dejando tres barcos de guerra para continuar presionando con su intimidante presencia, acotando: “Los haitianos habrán visto de tal suerte, al mismo tiempo, en su rada principal, tres grandes fragatas, de las cuales una a vapor y dos barcos secundarios. Semejante demostración ha de haber producido su buen efecto, […] (Jean Price-Mars. La República de Haití y la República Dominicana. diversos aspectos de un problema histórico, geográfico y etnológico. Traducción Martin Aldao y José L. Muñoz. Colección del Tercer Cincuentenario de la Independencia de Haití. Puerto Príncipe, 1953. T. II p. 95). Las autoridades francesas a través de Guizot no estaban interesadas en una ocupación permanente de Samaná, sino hasta que los haitianos liquidaran el atraso en el pago de la deuda. El señor Barrot envió un oficio a su cancillería indagando cuál sería el procedimiento a asumir en caso de una negativa de los haitianos a satisfacer las demandas, recibiendo el 1 de octubre la siguiente respuesta: “El señor almirante De Moges dará a usted todo el apoyo moral que dependerá de él; pero se requiere una deliberación ulterior del gobierno del Rey para que pueda ir más lejos”. (Jean Price-Mars. Obra citada. p. 116). Esa nota es clave, aunque fue emitida cinco meses previos al estallido dominicano. De Moges tenía órdenes de presionar solo con apoyo moral, no estaba autorizado a ir más lejos o sea desembarcar tropas, salvo una decisión oficial desde París. Esa disposición de manera obvia se hizo extensiva ante los futuros reclamos de Pedro Santana y los afrancesados criollos, de insistir en el desembarco de tropas francesas para enfrentar a los haitianos, llamados que no lograron una respuesta directa de la jefatura francesa. No obstante, los cónsules Levasseur en Puerto Príncipe y Saint Denys en Santo Domingo, prácticamente se comprometieron con los criollos afrancesados en el sentido de pretender su país ofreciera un protectorado a la parte del Este de la isla, bajo la condición de entregarles de modo perpetuo la península de Samaná. Obviamente no tenían el poder para el desembarco militar, como previamente lo dejó entrever Guizot, aunque no desautorizó las diligencias anexionistas. Todo luce que Levasseur y Saint Denys, son quienes inducen a los afrancesados criollos a ofrecer Samaná a perpetuidad al Gobierno francés como un anzuelo, partiendo del previo interés de su cancillería al ordenar presionar a los haitianos exigiendo que si no podían costear la cuota de la deuda, lo único que aceptarían era la entrega de Samaná. El cónsul Saint Denys se hizo un abanderado de la fórmula anexionista, el 5 de febrero de 1844 se dirigía a su cancillería manifestando los dominicanos habían expresado su deseo de alianza con Colombia, España y Francia, advertía Inglaterra no les interesaba por las diferencias religiosas. Adicionaba como albricias: “La llegada de los agentes franceses era esperada con impaciencia por doquier. Con esta presencia parecería que se recuperaba la felicidad y la fe en el porvenir del país”. […] (Correspondencia del cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1846. Emilio Rodríguez Demorizi, edición y notas. Mu-Kien Adriana Sang, traductora. Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional. Santo Domingo, 1996. T. I pp. 14-15). Expresaba en su nota: “El Almirante De Moges y el