\»Perreo\» en el jardín de Trump: la revolución en español de Bad Bunny
El niño de Vega Baja que, desde su casita en el medio tiempo más político de la historia, convirtió el español en un himno de batalla y el baile en un acto de desafío frente a la América monolingüe y el \»terrible\» espectáculo que denunció el expresidente. Por Julio Guzmán Acosta SANTA CLARA, California.— Una fantasía tejida con raíces y asfalto se desplegó ante los ojos del mundo. No era un decorado, era un país portátil. Un archipiélago emocional donde convivían, en trece minutos vertiginosos, las palmeras que se mecen con el viento del este y los postes de luz derribados por el huracán; las partidas de dominó en la acera y el brillo ultravioleta de uñas recién hechas; el aroma a caña dulce y el letrero neón de una licorería que dice, simplemente, “Conejo”. Es el mapa sentimental que Bad Bunny, el niño de Vega Baja devenido en titán cultural, trajo consigo al centro neurálgico del sueño americano: el medio tiempo de la Super Bowl. Y lo hizo no para pedir permiso, sino para plantar bandera. La suya: la de una estrella solitaria sobre un mar agitado. Fue este domingo, en el estadio Levi\’s, donde el fútbol americano hace templo, que Benito Antonio Martínez Ocasio libró su batalla más audaz. No contra un rival deportivo, sino contra un fantasma político que lleva una corbata roja y promete “la mayor deportación” de la historia. Mientras 130 millones de personas esperaban el segundo tiempo, Bad Bunny entregó un manifiesto sonoro y visual en puro español, un idioma que el presidente Donald Trump, horas después, calificaría como incomprensible en un espectáculo “terrible”. Esa fue, quizá, la victoria más dulce: haber obligado al hombre más poderoso del mundo a verlo, a escucharlo y a reaccionar con desprecio. El desprecio, siempre, es el tributo que el poder paga a lo que no puede silenciar. El show fue una odisea en dos actos. El primero, una reivindicación feroz del patrimonio puertorriqueño, insular y diaspórico. Allí estaba la “casita” colorida, refugio y fortaleza, idéntica a la de sus históricos conciertos en la isla. De sus ventanas asomaban, como santos laicos de una nueva religión, las estrellas que lo acompañan: Karol G, Jessica Alba, Pedro Pascal. Y en un guiño que recorrió el puente aéreo entre San Juan y Brooklyn, apareció La Toñita, icono nuyorican, sirviendo un “shot de cañita” mientras sonaba NUEVAYoL, un himno que convierte la distancia en proximidad: “PR se siente cerquita”. El segundo acto fue una proclamación panamericana. Un cuerpo de baile ondeó las banderas de toda la región, mientras Bad Bunny, con rabia y orgullo, recitaba los nombres de las patrias. Al final, elevó un balón de fútbol americano que declaraba: “Juntos somos América”. No America en singular y en inglés, sino América, plural, mestiza y en español. Un touchdown simbólico contra la idea de una fortaleza blanca y angloparlante. Fue el momento más político y perfecto: usar el artefacto sagrado del deporte estadounidense para lanzar un pase de unidad continental. No estuvo solo en esta reafirmación generacional. Ricky Martin, pionero en la conquista de estos escenarios, apareció con un cuatro, entonando Lo que le pasó a Hawaii, un tema de Bad Bunny que es un llamado a no olvidar las raíces. Fue un traspaso de cetro, un reconocimiento en clave de familia. Luego, Lady Gaga se sumó a la fiesta, transformando su balada Die with a Smile en un número salsero con Los Sobrinos, fundiéndose después en un “perreo” de igual a igual con el anfitrión. Era la constatación de un nuevo orden: el ritmo urbano caribeño, antes marginal, es ahora la lingua franca global. Pero el guion, magistral, guardaba su golpe más conmovedor para el final. Tras ganar dos Grammys la semana anterior y gritar “ICE fuera” en la ceremonia, Bad Bunny entregó uno de sus trofeos a un niño en el escenario. La imagen era un puñal de doble filo: recordaba al propio Benito de pequeño, soñador en Vega Baja, pero también, de manera escalofriante, a Liam Conejo, el niño de cinco años detenido por el ICE que se convirtió en símbolo de la brutalidad migratoria. No hizo falta una arenga. La metáfora fue perfecta: el futuro (el niño) recibe el reconocimiento (el Grammy) de manos de quien resiste (Bad Bunny), en un país que simultáneamente premia y deporta. Mientras esto ocurría, la otra América, la que añora un pasado mítico, tenía su propio espectáculo alternativo. La organización MAGA “Turning Point” ofrecía el “Intermedio Exclusivamente Estadounidense” con Kid Rock y cantantes country, una transmisión mortecina que congregó a una fracción del público. El contraste no pudo ser más elocuente: un show anclado en la nostalgia de un ayer dudoso, frente a una explosión anclada en el vibrante, complejo y diverso presente. “Es terrible… una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”, escribió Trump en Truth Social. Se quejó del baile “repugnante” y de que “nadie entiende una palabra”. No lo entendió. O quizás sí. Entendió, con rabia, que Bad Bunny logró lo imposible: convertir los trece minutos más comerciales del planeta en una plaza pública donde se habló de colonialismo, gentrificación (El apagón, cantado desde un poste de luz), resistencia migrante y orgullo latino. Donde el “perreo”, esa danza sensual y liberadora, se erigió en acto político de existencia y alegría frente a la pureza impuesta. Hace una década, en un hotel cercano a este estadio, Colin Kaepernick se arrodilló durante el himno. Hoy, la NFL, que mantuvo larga distancia de aquel gesto, eligió por sí misma a un artista que canta sólo en español y critica al ICE. Es el signo de los tiempos. Bad Bunny no es un inmigrante; es un ciudadano estadounidense de Puerto Rico, con la memoria larga de la segunda clase. Y desde esa posición, con la potencia de sus beats y la audacia de su puesta en escena, ha forzado el micrófono más grande del mundo a amplificar una conversación incómoda y necesaria. Al final, cuando el eco de DtMF y su
La guerra del petróleo: Trump ordena salida de empresas de Venezuela y endurece las sanciones a Venezuela

Por Servicios de umbral.local/ Washington/Caracas.— La administración del presidente Donald Trump ha lanzado una nueva ofensiva contra el gobierno de Nicolás Maduro, ordenando a varias petroleras extranjeras —incluyendo la empresa del multimillonario republicano Harry Sargeant III— que abandonen Venezuela antes de finales de mayo. La medida, revelada por The Wall Street Journal, intensifica el bloqueo económico contra el gobierno chavista y marca un giro en la política exterior estadounidense, que ahora apuesta por estrangular las finanzas del país con las mayores reservas de crudo del mundo. El golpe a Sargeant: Un aliado republicano en la mira Harry Sargeant III, magnate petrolero y donante del Partido Republicano, ha sido una figura clave en los últimos años como intermediario entre Washington y Caracas. Su empresa, Global Oil Terminals, operaba bajo licencia del Departamento del Tesoro desde mayo de 2024, exportando petróleo pesado venezolano utilizado incluso para asfaltar carreteras en EE.UU. Pero ahora, su licencia ha sido revocada, al igual que las de Repsol (España) y Chevron. Sargeant, conocido por sus conexiones con Trump (incluso jugaban golf juntos en Mar-a-Lago) y sus intentos discretos de moderar tensiones, ha quedado atrapado en la nueva estrategia de máxima presión. Según el WSJ, el Tesoro le dio hasta esta semana para liquidar pagos y salir del país. La orden ejecutiva: Aranceles del 25% y el fin de las excepciones La escalada no termina ahí. Esta semana, Trump firmó una orden que impone un arancel del 25% a cualquier país que compre petróleo venezolano a partir del miércoles. La medida ya ha tenido efecto: la india Reliance Industries —uno de los mayores compradores— comenzó a retirarse. El objetivo es claro: asfixiar al gobierno legítimo de Nicolás Maduro cuya economía depende en un 90% del crudo. Pero también hay un trasfondo migratorio. Según el secretario de Estado, Marco Rubio, Venezuela se negaba a recibir deportados desde EE.UU., lo que habría llevado a Trump a reactivar sanciones. Maduro responde: \»¡A Venezuela no la amenaza nadie!\» El presidente venezolano reaccionó con su claridad y firmeza habitual, llamando \»imbécil\» a Rubio después de que este amenazara con acciones militares desde Guyana. Pero en los hechos, Caracas ha tenido que ceder parcialmente: esta semana envió aviones a Honduras para repatriar a deportados, en un intento de aliviar la presión. ¿Jaque mate económico o más caos? Analistas advierten riesgos: – China y Rusia podrían llenar el vacío dejado por las petroleras occidentales. – La economía venezolana que se había transformado positivamente, podría retroceder aún y, disparar una nueva migración hacia EE.UU. – Chevron, la última gran estadounidense en Venezuela, recibió una prórroga hasta mayo, pero su salida sería un golpe definitivo. La batalla tras bambalinas: ¿Por qué ahora? Fuentes cercanas a la Casa Blanca sugieren que Trump actúa por: 1. Frustración con Maduro por no aceptar deportados en las condiciones infrahumanas que lo viene haciendo la administración estadounidense. 2. Presión de los halcones como Rubio, que buscan un cambio de gobierno en Venezuela y que todos los intentos anteriores les han fracasado. 3. Intereses electorales: Mostrar mano dura antes de las elecciones de varios estados importantes. Lo que viene: ¿Más sanciones o negociación? Mientras Biden había flexibilizado restricciones para incentivar elecciones libres (que Venezuela hizo y ganó Nicolás Maduro), Trump vuelve al garrote. La pregunta es si esta estrategia fracasará nuevamente como todos los intentos anteriores o logrará debilitar al chavismo y su gobierno legítimo, o solo profundizará el sufrimiento de los venezolanos. Lo cierto es que, por ahora, la guerra del petróleo acaba de entrar en una nueva fase. * Reportaje con estructura en bloques: contexto político, protagonistas clave, impacto económico y perspectivas. Incluye voces indirectas de actores y análisis de consecuencias.
La misma mierda con distintas pestilencias

Por Ramón Luna Los disturbios ocurridos en el pasado reciente en Los Estados Unidos de América, La República de Brasil, La dictadura de Nicaragua y la dictadura de Venezuela, son una clara señal de la amenaza que el populismo representa para la democracia. El populismo no tiene ideología, pero se sirve de ellas. Por tal razón, hay populistas de \»izquierda\» y populistas de \»derecha\». Muchos ciudadanos de países desarrollados, en un gesto de arrogante superioridad, se refieren a las naciones subdesarrolladas con la peyorativa expresión de \»República Bananera\». En este caso la palabra bananera, acuñada por el novelista William Sídney Porter en 1904, es sinónimo de dictadura, soborno, corrupción, pobreza y falta de institucionalidad. Nota: pila de come guineos, así llamamos a la banana en República Dominicana, ven con desprecio sus países de origen. Si analizamos figuras como las de Hugo Rafael Chávez Frías, José Daniel Ortega Saavedra, Jair Messias Bolsonaro, Donald John Trump y muchos otros, todos tienen algo en común: sus discursos no resisten el dato y odian a los medios de comunicación. Tampoco tienen estos personajes ningún tipo de respeto por las instituciones y ven los recursos del estado como un botín de guerra con el que pueden hacer lo que les dé gana. El desconocimiento de los resultados electorales en Venezuela es tan bananero como lo que ocurrió en los Estados Unidos de América el 6 de enero de 2021. Lo que hace Trump, Bolsonaro y Ortega es tan bananero como lo que está haciendo Nicolás Maduro en Venezuela. La diferencia es que, en Venezuela y Nicaragua no hay instituciones que puedan impedir que estos dictadores de pacotilla se salgan con la suya. El grupo de fanáticos que controlan la Corte Suprema de los Estados Unidos y Donald Trump son uña y mugre, por eso es la primera vez, desde la Guerra de Secesión (1861/1865), que la democracia de los Estados Unidos está en un verdadero peligro. Debo señalar, que ser juez del Tribunal Supremo es el único cargo vitalicio en el país de las barras y las estrellas. Naturalmente, no es fácil deshacer en cuatro u ocho años un imperio que se ha construido en 200 años o más, pero se podrían sentar precedentes con consecuencias catastrófica. Estos sujetos son el resultado de la Telerealidad en la que nos hemos sumergido. En algunos casos, como el de Nicolás Maduro, son el fruto de mafias y contubernios que convierten a una nación en la propiedad privada de un grupo de mangantes y, en el peor de los casos, son la consecuencia de décadas de explotación de la miseria más espantosa. \»Los inmigrantes se están comiendo las mascotas de los ciudadanos americanos de Springfield, Ohio\» Donald John Trump \»Hay estados donde los recién nacidos pueden ser ejecutados\» Donald John Trump. Yo soy más bonito, refiriéndose Kamala Harris, que ella\» Donald John Trump. Hacer un mitin para salir con semejante pendejá. \»Esa gente viene de países de mierda\» Donald John Trump. ¿Qué tal si inyectamos detergente para curar el COVID 19? Donald John Trump. \»Chévez me habló en forma de pajarito\» Nicolás Maduro Moros \»A Jesucristo lo crucificaron los españoles\» Nicolás Maduro Moros. No sé quién está más desquiciado, alguien capaz de decir estas sandeces o quienes le dan su apoyo a cal y canto. Ni en el peor guion de una comedia de Hollywood, podíamos imaginar un gobierno bananero en el Despacho Oval. Realidades que superan la ficción.