Pluralismo o polarización
SUFRAGIO El pluralismo político está amenazado seriamente por los efectos de la confrontación desenfrenada de la política. Estas luchas callejeras, que fomentan la polarización en perjuicio del debate democrático, son encabezadas por líderes extremistas de países con tradición democrática. Al definir el pluralismo, en su Diccionario de Política, Norberto Bobbio dice lo siguiente: “En el lenguaje político se llama “p.” la concepción que propone como modelo una sociedad compuesta por muchos grupos o centros de poder, aun en conflicto entre ellos, a los cuales se les ha asignado la función de limitar, controlar, contrastar, e incluso de eliminar el centro de poder dominante históricamente identificado con el estado”. Donde reina el pluralismo está expresada la esencia misma de la democracia. Por el contrario, cuando la polarización política asalta a la democracia, la sociedad se divide en dos extremos opuestos que anulan las voces moderadas, la tolerancia y el debate democrático. Hablar de pluralismo en política es hablar de democracia en su sentido más profundo. El pluralismo democrático que apreció y plasmó Alexis de Tocqueville en su obra “La democracia en América”; se fundamentó en la vida asociativa de los norteamericanos, la cual predijo que corría el riesgo de ser destruida por el individualismo. Donde reina el pluralismo está expresada la esencia misma de la democracia. Para el influyente politólogo italiano, Giovanni Sartori, el pluralismo va más allá de la coexistencia de múltiples opiniones. Se trata de un principio estructural que permite articular la diversidad en un marco institucional que debe garantizar la libertad y evitar la tiranía de la mayoría o el dominio de un solo grupo. De igual manera, Sartori sostiene que la democracia no puede reducirse al gobierno de la mayoría, ya que una democracia genuina requiere contrapesos y mecanismos que protejan a las minorías. En ese sentido, el pluralismo implica la existencia en la sociedad de múltiples centros de poder que funcionan como mediadores entre el individuo y el poder político, entre los cuales se encuentran los partidos políticos, los sindicatos, las asociaciones civiles y los medios de comunicación. Las tensiones culturales, religiosas y políticas generadas en muchos países han provocado un grado de polarización tal que ha desplazado al pluralismo. En esas sociedades los adversarios son vistos como enemigos y el debate público se reduce a la descalificación mutua. No se puede esperar otra cosa en tiempos de las redes sociales, las cuales no tienen límites cuando de descalificar al adversario se trata. Conforme al criterio del referido politólogo “una sociedad democrática no es aquella donde una mayoría impone su voluntad sin restricciones, sino aquella donde las diferencias conviven bajo reglas comunes. Pluralismo significa aceptar que existen múltiples verdades, intereses y valores que merecen expresarse. No es, como algunos creen, sinónimo de relativismo o dispersión caótica; es más bien un sistema de equilibrio, donde ninguna voz se erige en monopolio y ninguna es condenada al silencio”. Las tensiones culturales, religiosas y políticas generadas en muchos países han provocado un grado de polarización tal que ha desplazado al pluralismo. Muchas democracias que fueron modelos de buenas prácticas pluralistas están sumidas en la polarización y la confrontación desenfrenada. Son sociedades en las que la polarización impide que sus líderes se reúnan a tratar temas de interés nacional, como lo han hecho en la República Dominicana el presidente, Luis Abinader, y los expresidentes, Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Danilo Medina.
Cuando el partido deja ser partido

ÁGORA Una de las expresiones de la crisis de los partidos es la propensión de la generalidad de sus dirigentes, una vez en el poder, a asumir altos cargos en el gobierno, desdeñar o abandonar sus labores partidarias y a sus bases, al tiempo de muchos de ellos sucumbir ante el virus de la cultura de la corrupción para enriquecerse como individuo o para financiar su colectividad política. Esa mala práctica determina que el partido pierda su esencia y arrastre a su gobierno hacia un irremediable descrédito. Es la causa principal del fracaso de muchos proyectos con perspectivas transformadoras, que provocan decepciones colectivas y el alejamiento de la gente de la política, profundizando la crisis de la democracia…y de los partidos. Son incontables las experiencias de gobiernos que sucumben debido a que el principal instrumento en que descansó su accionar como colectivo que lo llevó al poder (el partido) deja de comportarse como tal, cambiando su papel de aglutinador de voluntades para la acción, para el cambio y convertirse en agencia de empleos; vale decir, de compra de lealtades/voluntades para un proyecto que desde ese momento deja de ser de transformación para convertirse en un mero proyecto de poder. Esa circunstancia ha sido una constante en los partidos de todo signo: liberales, conservadores, de derecha y de izquierda. Lo registra la historia política. Es el reproche que, desde diversas posiciones, se les han hecho a esas colectividades. En nuestro país, uno de los ejemplos más salientes de ese aserto fue el efímero gobierno de Juan Bosch, recordemos que una vez este asumió el poder procedió a “congelar” el partido y no solo eso, intentó “congelar” las organizaciones gremiales y sindicales cercana al partido. En los sucesivos gobiernos que hemos tenido, consciente o inconscientemente el Ejecutivo ha puesto en los puestos más importantes de su gestión a los principales dirigentes partidarios, preferiblemente de su tendencia. Los resultados son harto conocidos; debilidad del partido y muchas veces fuente de división abierta y/o soterrada. Y es que la historia parece darle razón a quienes hace más de trescientos años predijeron que el gobierno de un partido termina siendo el gobierno de una facción. En nuestro país, la existencia de las facciones partidarias tiene muchas expresiones, algunas se forman alrededor de un jefe grupo que, en lucha contra la facción en el poder, que se supone es de su partido, es más tenaz que la oposición. Como ejemplo, podríamos recordar la del grupo del aspirante la presidencia, Jorge Blanco, contra el gobierno perredeísta de Antonio Guzmán. Sin llegar a esos extremos fue la de Danilo contra los gobiernos de Leonel y viceversa. Otra modalidad de la existencia de las facciones, son los grupos organizados alrededor de determinados lideres que compiten contra otros aspirantes del mismo partido, los cuales organizan sus seguidores en torno a lo que llaman “proyecto presidencia” del jefe grupo. Es evidente que si son funcionarios, alto dirigente del gobierno o de su partido, privilegian u orientan sus esfuerzos en el sentido de su “proyecto” y no en el cargo que tengan en gobierno o en su organización, sobre todo cuando no gozan o no gozarán con el apoyo del Ejecutivo e independientemente de que tengan en las siglas del partido su referencia política. En ese sentido, la diversidad de proyectos individuales, generalmente sin propuestas de sociedad sino de poder, junto a las campañas soterradas y a veces abiertas contra su contrincante se convierte en fuente de debilidad del gobierno y del partido mismo. En ese momento se produce lo que algunos autores llaman el germen destructivo de las facciones que terminan corroyendo su colectividad porque la facción eventualmente triunfante, repito, hace un gobierno de ella, no de su organización. Es el momento en que una colectividad política que conquista y asume el poder con una articulación o suma de voluntades se convierte en un archipiélago de intereses divergentes y hasta enfrentados con destructivo encono. Entonces el Partido deja de ser partido, deja de ser la referencia común y unificadora de toda su militancia, deviniendo borrosa su identidad… No siempre ha así, pero es una tendencia sociológica, antropológica o política que aún no ha sido lo suficientemente explicada. Sin embargo, sí podría decirse que mientras más fuerte es el liderazgo del primer dirigente del partido, mayores serán las posibilidades de lidiar, limitar o eliminar los efectos disgregadores de los proyectos individuales en su colectividad política. Abundan ejemplos. Lo mismo podría decirse de los jefes grupos/proyectos, si estos muestran habilidades para relacionarse con sus adversarios internos, tejer alianzas con ellos y con otras fuerzas externas, podrían articular un abanico de fuerzas con reales posibilidades de lograr una colectividad capaz de ser gobierno o tener incidencia a veces determinante en el sistema. Pero, desafortunadamente, los tiempos apunan en otro sentido, señalan un sostenido proceso de debilitamiento de los partidos y por ende, de la democracia. Para enfrentar esta tendencia se requiere habilidad y espíritu democrático tejiendo alianzas intra y extrapartidarias que superen la vieja concepción de partido.
Nuevos ejes de acumulación, democracia y el rol de la izquierda

(Ensayo político sobre el capitalismo digital, la disputa hegemónica y la democracia en crisis) Vivimos una mutación profunda del capitalismo global. A la tradicional acumulación por despojo —basada en la expropiación de bienes comunes, territorios, trabajo y derechos sociales—, se le suma hoy una nueva fase dominada por la extracción de datos, el control de la infraestructura digital y el dominio algorítmico de la vida cotidiana. Estos nuevos ejes de acumulación no solo transforman las bases materiales de la economía, sino que también reconfiguran las formas de dominación política y desestabilizan las estructuras democráticas clásicas. El problema es urgente: ¿cómo hablar de democracia en un sistema donde el poder ya no reside en los parlamentos sino en los nuevos servidores y las plataformas? De la fábrica a la nube: mutación del capital Durante el siglo XX, la acumulación capitalista estuvo centrada en la industria, el extractivismo primario-exportador y la financiarización global. Sin embargo, desde inicios del siglo XXI, con el ascenso de gigantes tecnológicos como Amazon, Google, Meta, Alibaba o Microsoft, el centro de gravedad de la acumulación se ha desplazado al control de datos, plataformas digitales, inteligencia artificial y vigilancia total. Esta economía digital no solo mercantiliza el tiempo libre y la atención de los usuarios, sino que convierte cada interacción humana en materia prima para la acumulación, lo que Shoshana Zuboff denomina “capitalismo de vigilancia”. En este modelo, el sujeto no es solo trabajador o consumidor: es también una fuente constante de datos para la predicción y manipulación de su conducta. La riqueza ya no se mide solamente en bienes producidos o tierras controladas, sino en infraestructuras digitales, patentes algorítmicas, control del tráfico de datos y poder de modelar la conducta social. La vieja economía sigue viva, pero subordinada a estas nuevas lógicas de acumulación. Sin echar a un lado los aportes de Piketi en su obra sobre la ideología del capital y los modos post-capitalista de producción, tampoco la afirmación de Andrew Tate sobre que “para que haya capitalismo tiene que haber una población numerosa que viva como esclavos” puede ser vista como una formulación popular y simplificada de una idea que tiene cierta raíz teórica en el marxismo, especialmente en el concepto de esclavitud asalariada desarrollada por Carlos Marx. Nuevas formas de dominación y crisis de la democracia liberal Esta mutación del capital tiene implicaciones devastadoras para la democracia. En primer lugar, porque la soberanía política es desplazada por el poder tecnocorporativo: gobiernos electos dependen de empresas privadas para comunicar, censurar, vigilar, organizar elecciones o prestar servicios esenciales. En segundo lugar, porque el sujeto democrático clásico —el ciudadano informado y deliberante— es reemplazado por un usuario fragmentado, atrapado en burbujas algorítmicas y sometido a una economía de la atención que premia el escándalo y la desinformación. Las plataformas digitales, lejos de democratizar el debate público, se han convertido en mecanismos de control conductual y polarización política, donde la lógica del clic sustituye el análisis crítico y el algoritmo decide lo visible y lo invisible. Todo esto genera una democracia degradada, en la que los parlamentos legislan sin soberanía, las elecciones se convierten en espectáculos mediáticos, y las élites económicas gobiernan sin rendición de cuentas. La llamada “democracia liberal” se vacía de contenido mientras el autoritarismo tecnocrático gana terreno. América Latina y el dilema del desarrollo digital En el contexto latinoamericano —y especialmente en países como República Dominicana—, esta transformación ocurre con una doble dependencia: a la dependencia estructural del capital extranjero se suma ahora la dependencia digital de plataformas extranjeras, servidores ajenos, software propietario y cadenas de valor tecnológicas fuera de control nacional. Los gobiernos que promueven la “transformación digital” lo hacen, en muchos casos, sin soberanía tecnológica ni regulaciones claras, favoreciendo modelos privatizadores, plataformas extranjeras y la tercerización de servicios públicos clave. Esto refuerza el modelo de acumulación sin redistribución, sin democracia participativa ni control popular sobre las nuevas infraestructuras. Si antes se discutía sobre “industrialización” como vía al desarrollo, hoy la gran pregunta es: ¿qué significa desarrollo sin soberanía tecnológica ni autonomía digital? ¿Qué democracia es posible en una economía dirigida por datos que no controlamos? Hacia una alternativa democrática y popular Frente a esta nueva forma de capitalismo y dominación, no basta con nostálgicas apelaciones a la democracia formal. Se requiere una reinvención radical del proyecto democrático desde abajo y desde fuera del mercado. Esa alternativa pasa por: Soberanía digital: acceso público y control democrático sobre las infraestructuras digitales. Implica software libre, regulación de plataformas, protección de datos, y construcción de tecnologías autónomas. Democracia económica: redistribuir no solo de la riqueza, sino también el poder sobre los medios de producción digitales y cognitivos, garantizando el acceso equitativo al conocimiento, la conectividad y la educación tecnológica. Democratización de los algoritmos: hoy los algoritmos deciden qué vemos, compramos y pensamos. Es urgente una ética y regulación política de la inteligencia artificial, basada en derechos colectivos y no en el lucro. Nueva organización política: construir una izquierda capaz de pensar esta mutación del capital, de articular luchas sociales con crítica tecnológica, y de forjar alternativas que integren democracia, ecología, feminismo y soberanía digital. Conclusión: democracia sin acumulación o acumulación sin democracia La pregunta no es si habrá más o menos tecnología, sino quién controla las tecnologías y para qué fines. El dilema que enfrentamos no es solo económico, sino civilizatorio: o construimos nuevas formas de acumulación basadas en el bien común, la cooperación y la participación popular, o aceptamos un mundo regido por algoritmos opacos, desigualdad estructural y democracia vaciada. La izquierda tiene el deber de encarar esta disputa. No basta con resistir: hay que disputar los nuevos ejes de acumulación, construir soberanía tecnológica desde los pueblos, y recuperar la democracia como poder del común. En este campo de batalla —material, simbólico y digital— se juega el futuro de la emancipación. Bibliografía y lecturas complementarias Zuboff, Shoshana. La era del capitalismo de vigilancia. Srnicek, Nick. Capitalismo de plataformas. García Linera, Álvaro. Geopolítica de la Amazonía y La potencia plebeya. Naomi Klein. La doctrina del shock
¿Importa la templanza en tiempos de redes?
SUFRAGIO A finales de la década de 1980, cuando ya empezaba a percibirse el desenfreno que caracterizaría al siglo XXI, el destacado pensador y filosofo del derecho, Norberto Bobbio, reaccionó con su ‘Elogio a la templanza’, como un llamado de atención sobre la amenaza de los excesos y su perjudicial impacto en la política. El Diccionario de la Real Academia Española define la templanza como moderación, sobriedad y continencia, mientras que para el cristianismo constituye una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón. Para el referido maestro y pensador político la templanza es una virtud que sustenta la supervivencia misma de la democracia, mucho más en la era de los excesos en que vivimos, dejando claro que la templanza no debe confundirse con tibieza, ya que es una forma de dominio de los límites. Fiel al pensamiento de Aristóteles y Tomás de Aquino, Bobbio considera la idea de virtud como una justa medida entre extremos. Sin embargo, avanza con esta noción hacia la modernidad pluralista. Para él se debe reconocer la pluralidad de perspectivas y contener la tentación de absolutizar la propia, dejando claro que la templanza exige autocontrol individual y autolimitación institucional, evitando que la pasión política se transforme en fanatismo. Refiriéndose a la relación entre ética y política, el autor plantea que “el problema de las relaciones entre ética y política es más grave porque la experiencia histórica ha mostrado, al menos desde la antítesis que opuso a Antígona y Creonte, y el sentido común parece haber aceptado, pacíficamente, que el hombre político puede comportarse de un modo diferente de la moral común”. Más adelante se pregunta: “Es sometible la acción política al juicio moral? De inmediato la interrogante queda respondida de la siguiente manera: “A diferencia de los otros ámbitos de la conducta humana, en la esfera de la política el problema que se ha planteado tradicionalmente no se refiere tanto a cuáles son las acciones moralmente lícitas y cuales ilícitas, sino si tiene algún sentido plantearse el problema de la licitud o ilicitud moral de las acciones políticas”. A propósito de esto, Bobbio sostiene que la democracia descansa sobre el principio de falibilidad, por lo que ninguna persona, partido o iglesia posee la verdad definitiva. Por tal razón, la templanza opera como un antídoto contra el dogmatismo, obligando a revisar argumentos, a sospechar de las certezas irrebatibles y a abrir espacios de deliberación, de lo que se deriva su crítica a las vanguardias revolucionarias que claman monopolizar el sentido de la historia, lo mismo que los tecnócratas que reducen la política a cálculo, lo que cancela, en consecuencia, la templanza. La templanza, sostiene el jurista turinés, abraza los tiempos lentos de la persuasión y el compromiso. Su coste es la frustración de los impacientes; su ganancia, la durabilidad del consenso. Para Bobbio, una democracia que olvida esa ganancia está condenada a alternar parálisis y estallidos. Nunca como ahora, en tiempos de la posverdad, la crisis climática, la desigualdad y el populismo digital, la templanza bobbiana fue tan necesaria para proteger la democracia de la impaciencia y la furia.
¿Cómo participar en la democracia representativa?

BATEANDO A LA IZQUIERDA La democracia representativa es democracia burguesa, para que no aleguen ignorancia alguna. Su esencia de clase descansa en la propiedad privada de los medios de producción y el libre mercado: precios e intercambiar bienes y servicios. Y la celebración periódica de elecciones para elegir a sus autoridades. Es el lugar hacia donde se dirigen los revolucionarios, respetando las reglas del juego al aceptar participar en su sistema democrático. Pareciera ser una irreverencia incursionar en ese contexto en el que se exalta y proteja la explotación de los seres humanos y las desigualdades. Y no es así. En la lucha política, el camino no es en línea recta para alcanzar los objetivos programados, son los resultados de condiciones objetivas y subjetivas de la realidad. Y las circunstancias que rodean a las fuerzas revolucionarias no son favorables para el enfrentamiento frontal y directo con los enemigos de clase. De ninguna manera convoco a la deslealtad y conciliación de clase, sino de adecuar y aprovechar un escenario coyuntural impuesto por situaciones materiales. Participar en democracia conlleva tener entidades políticas debidamente registradas en el órgano rector que administra y supervisa las actividades de los ciudadanos, los partidos y movimientos políticos. Ese organismo es la Junta Central Electoral (JCE). Sus resoluciones tienen que estar apegadas a lo establecido en la Constitución de la República y en las disposiciones legales emanadas de sus organismos. El Tribunal Constitucional puede variar sus decisiones cuando se violente lo referente en la Carta Magna. Alcanzar el poder apegado a lo que establece la Constitución de la República obliga la celebración de elecciones nacionales, congresuales y municipales. Se escogen por votaciones a las autoridades que van a dirigir e integrar los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Existen procedimientos para elegir a los principales jueces de la Justicia y JCE: entramados constitucionales que garantizan la dominación ideológica y política de la burguesía y la consolidación del sistema capitalista. Escenarios legales ignorados por la falta de conciencia política, saber echar el pleito en cualquier lugar y defender los intereses de la población y los trabajadores. No olviden: esta democracia solo favorece a los ricos, burgueses, la oligarquía y a los objetivos del imperialismo. Se aíslan de los debates públicos y en las instancias institucionales correspondientes para, última hora, previas a las elecciones, salir disvariando para justificar su abstención electoral y votaciones irrisorias obtenidas. El capitalismo no es un juego. En su incursión y alternancia por el poder, los revolucionarios pueden perder la vergüenza, su tradición de lucha y la credibilidad. El movimiento revolucionario de la región, y en particular el nuestro, tiene un retraso histórico muy marcado para entrar en la democracia. Al mantener durante un largo tiempo una táctica política, divorciada de la realidad, de lucha armada para alcanzar el poder. Ahora esa tardanza perjudica a los afanes electorales de la izquierda, beneficiando a la derecha y a la ultraderecha. Su ignorancia de la etapa democrática del capitalismo, el temor y la incredulidad ante los nuevos tiempos, les imposibilitan identificar con acierto a los amigos y a los enemigos. Tampoco tienen definido ¿qué buscar en democracia? Y lo más grave, desconocen la dinámica electoral del sistema, tomando en consideración que la ausencia del proletariado consciente eleva de manera exponencial la presencia de la pequeña burguesía que se mueve como un pez en el agua. Estamos delante de un capitalismo atípico que revela una desigual proporción en las clases sociales fundamentales del sistema, por el lento y deformado desarrollo de las relaciones de producción y de sus fuerzas productivas. En los países del tercer mundo, donde el imperialismo consigue imponer su voluntad, obstaculiza la evolución natural, fruto de la imposición y explotación insaciables de sus recursos, del curso de la historia de nuestros pueblos. América Latina y el Caribe, regiones de pequeños burgueses. ¡Impulsemos la proletarización! Con la breve descripción presentada se requiere participar en la democracia con un programa de gobierno, como consecuencia del estudio riguroso de la sociedad, de la realidad objetiva y de un proyecto de nación que corresponda, sin inventos ni copias, a las necesidades reales de la República Dominicana. Que sea un reflejo de sus fuerzas políticas, económicas y sociales interesadas en profundizar el proceso democrático y mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la gente. Su arteria principal debe ser, dentro del capitalismo, un programa de gobierno inclusivo y participativo que impulse el desarrollo y crecimiento de la economía en sus áreas fundamentales de producir bienes y servicios. Solo así, al tener un Proyecto de Nación, los revolucionarios pueden aprovechar su paso por el capitalismo y su democracia representativa. Dominar los puntos cardinales del programa de gobierno para que el discurso y la práctica diaria correspondan con la táctica coyuntural, acuerdos y maniobras, del momento. Su coherencia es la clave para ganar el corazón y la voluntad de la población y los trabajadores para la construcción de una nueva sociedad.
La izquierda ha luchado toda la vida por la democracia

BATEANDO A LA IZQUIERDA De buena a primera, encontramos oposición a la democracia con argumentos inverosímiles, extraídos de una película de ficción. Nunca de una opinión juiciosa, como dicen los colombianos, creativa e inteligente. Un intento para justificar el aislamiento electoral y a un rechazo sistémico sin ton ni son. Pretender un sistema político, imparcial y al servicio de la población, es ignorar su esencia de clase en países pobres, atrasados y dependientes. Lo que tenemos es una \»caricatura de democracia\», la misma que opera en América Latina y el Caribe, con instituciones sesgadas, incompetentes y contaminadas. Sin embargo, las fuerzas progresistas y de izquierda han obtenido triunfos y derrotas electorales en reiteradas ocasiones. Por un lado, se encuentra la oposición a participar en el proceso democrático, en específico en el periodo electoral, en las votaciones. Y, por el otro, están los divididos en fracciones que se involucran con intenciones muy diversas. No existe unificación de criterios en torno a ¿qué buscar en la democracia? Hasta ahora, los resultados han sido desastrosos y deprimentes: desde convertirse en comodín de los sectores oligárquicos y burgueses. Y concluir en ridículas presencias en el conteo final de los votos. Históricamente, entre dictadura y democracia, la izquierda ha preferido la democracia. Su posición la ha sustentado en los diversos programas de gobiernos presentados a la sociedad y a la población. Y en el respaldo militante, con las armas en las manos, a la Constitución de 1963 y al retorno a la presidencia, sin elecciones, del profesor Juan Bosch. En la actualidad se encuentra despistada y sin ideas claras. Desperdiciando la oportunidad para reencontrarse de nuevo, despojándose de posiciones que desnaturalizan su esencia revolucionaria. Las luchas de los hombres y mujeres de la izquierda han sido por la democracia. No se registra en los anales de la historia que lo hayan hecho para instalar el socialismo y el comunismo. Por lo menos, documentos fidedignos con planteamientos precisos no se han visto. Lo que se puede confirmar es su firme convicción de transitar el tramo democrático dentro del sistema actual. Y fue una acertada posición política e ideológica, solo que no comprendieron ni comprenden la estructura, el funcionamiento y su composición de clases en países enmarcados en las condiciones históricas, económicas y sociales como República Dominicana. Ha mediado, más o menos, del siglo pasado, las ideas de izquierda tomaron cuerpo y se relacionaron en el seno de un exclusivo sector de la intelectualidad y la clase trabajadora. Una vinculación dinámica que permitió que los principales medios de producción y de estudios de la época recibieran la presencia de sus integrantes. Encabezaron círculos de intelectuales, entidades educativas y fueron dirigentes de importantes sindicatos o uniones de trabajadores. En un periodo histórico de dictadura cruel y sangrienta. La presencia de las ideas de izquierda se sitúa en la etapa democrática del capitalismo, en su versión dictadura. Su objetivo fue alcanzar la democracia, oponiéndose a la tiranía de Trujillo. Por su trabajo en la clase trabajadora y en la intelectualidad, fueron perseguidos con sañas en todo el territorio nacional. No obstante la agresividad, lograron crear y organizar a los trabajadores en sindicatos fuertes que materializaron importantes manifestaciones para conseguir reivindicaciones sociales y económicas. Al desaparecer la dictadura de Trujillo, por su ajusticiamiento, el país entró en una etapa de inestabilidad política e institucional en que los bienes estatales pasaron a ser saqueados por el sector oligárquico que se oponía a la tiranía y a sus familiares. Las ideas democráticas y de izquierda se afianzan en la población y los trabajadores, creando una resistencia nacional para enfrentar al grupo social, dominante e insaciable, dispuesto a aplastar con sangre las manifestaciones por la institucionalidad democrática del Estado. En los periodos de 1960 a 1978, la izquierda pudo desempeñar episodios de glorias y enormes sacrificios por la democracia dominicana. Desde las conquistas de libertades públicas y políticas, garantías de los derechos humanos y la participación de la oposición en los certámenes electorales celebrados. Hasta el abonar con sangre, el camino que se transita en la actualidad. El asesinato cobarde y criminal del doctor Manuel Aurelio Tavárez Justo y sus compañeros, fue el inicio de una feroz cacería en contra de la cúpula y de militantes del movimiento revolucionario. De tal magnitud de que hoy, los revolucionarios no han podido recuperarse de ese fuego combinado de balas asesinas y de una muy sofisticada lucha ideológica con resultados sorprendentes. Alcanzar la “nueva democracia” continúa siendo el anhelo sagrado de la izquierda, con el compromiso de profundizar y completar la etapa democrática de un capitalismo atípico. En casi cinco décadas de gobernanza, la corrupción y la impunidad y la entrega de nuestros recursos naturales a potencias extranjeras han sido las prendas indelicadas de los que han cruzado por el poder. La revolución democrática burguesa puede ser conducida por progresistas, democráticos y revolucionarios; con la capacidad de gobernar con principios éticos y patrióticos que, garanticen no desviar el curso histórico de la democracia.