Estados Unidos Arma un Frente Militar Contra los “Cárteles” y Abinader Embarca a la República Dominicana en esa Aventura
El presidente Luis Abinader respalda la \»Coalición Anticárteles de las Américas\» impulsada por Donald Trump en la cumbre de Miami, mientras México pide mesura y Cuba denuncia una reedición de la Doctrina Monroe. Por Brendalis Reyes MIAMI. En el lujoso resort Trump National Doral, propiedad del mandatario anfitrión, se escenificó el pasado sábado un nuevo capítulo de la geopolítica hemisférica. Rodeado de 17 líderes aliados, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estampó su firma en una proclama que promete reconfigurar la lucha contra el narcotráfico en la región. Entre los presentes, el mandatario dominicano Luis Abinader recibió un trato distinguido: un breve cuchicheo y dos palmadas en el hombro izquierdo, justo antes de que Trump se dirigiera a su auditorio para advertir, con su característica ironía, que no tiene tiempo para aprender \»su maldito idioma\». La cita, bautizada como \»Escudo de las Américas\», dio origen a la Coalición Anticárteles de las Américas mediante la denominada Carta de Doral. El documento, en su tercer punto, establece que \»Estados Unidos entrenará y movilizará a los ejércitos de las naciones socias para lograr la fuerza de combate más eficaz necesaria para desmantelar los cárteles y su capacidad de exportar la violencia\». La iniciativa, que cuenta con el respaldo de países como Argentina, El Salvador, Ecuador, Chile y República Dominicana, busca coordinar acciones militares y de inteligencia para privar a estas organizaciones de \»todo control territorial y acceso a financiación\». Horas después del encuentro, Abinader publicaba en su cuenta de X: \»La República Dominicana reafirma su compromiso con la seguridad y la cooperación hemisférica\». El respaldo no se hizo esperar. La Cámara Americana de Comercio de la República Dominicana interpretó la invitación como un espaldarazo que posiciona al país caribeño como \»socio estratégico de Nivel 1\», augurando \»un estatus comercial preferencial e inversiones en infraestructura\». Sin embargo, la alineación de Quisqueya con la estrategia trumpista no ha sido óbice para que la cooperación antinarcóticos continúe su curso, incluso con la oficina de la DEA en el país cerrada desde febrero pasado por presuntos actos de corrupción de su extitular. Resquemor en el eje crítico Al sur del río Bravo, la recepción ha sido diametralmente opuesta. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum —notable ausente en la cumbre—, hizo un llamado a sus conciudadanos para mantener \»la cabeza fría\» ante las acusaciones de Trump, quien, si bien la elogió como \»una muy buena persona con una voz hermosa\», insistió en señalar a los cárteles mexicanos como los principales orquestadores de \»sangre y caos en el hemisferio\». México ha reiterado su negativa a permitir operaciones militares estadounidenses en su territorio. Más airada fue la reacción de Cuba. A través de un comunicado, el gobierno de la isla calificó el encuentro como una \»pequeña cumbre reaccionaria y neocolonial\» y un \»atentado contra la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz\». La Habana interpretó la coalición como \»una manifestación de la disposición a subordinarse ante los intereses del poderoso vecino del Norte bajo los preceptos de la Doctrina Monroe\». Mientras el tablero regional se reconfigura y los ecos de la proclama resuenan desde el Caribe hasta el Cono Sur, los hechos sobre el terreno ya se empiezan a contar. Desde septiembre de 2025, la interceptación de lanchas sospechosas de narcotráfico en el Caribe y el Pacífico Oriental se ha saldado con la muerte de al menos 150 personas, en lo que se perfila como el preludio letal de esta nueva cruzada hemisférica.
El Escudo y la Sombra: Abinader suscribe pacto militar regional en la cumbre de Trump
El mandatario dominicano estampó su firma en la \»Proclamación de Miami\» junto a once líderes afines al trumpismo, comprometiendo al país en una coalición militar hemisférica para combatir el narcotráfico. Mientras la Casa Blanca celebra una nueva alianza estratégica, analistas advierten que el acuerdo revive el espíritu intervencionista de la Doctrina Monroe y pone a prueba la autonomía de la política exterior dominicana. Por: VIRTUDES ÁLVAREZ SAMPEDRO MIAMI. – La mañana en Doral amaneció con el brillo metálico de los fairways y el peso de la historia geopolítica pisando la alfombra roja. A las 08:07, hora local, la comitiva presidencial dominicana cruzó las puertas del Centro de Convenciones del Trump National Doral Miami. Luis Abinader, vestido de traje oscuro y corbata azul, era recibido por Mónica Crowley, encargada de protocolo de la Casa Blanca, en un ceremonial milimétrico que dejaba claro quién es el anfitrión y quiénes los convidados. Minutos después, el mandatario se sentaba a una larga mesa de caoba junto a otros once líderes latinoamericanoso. En el centro, presidiendo la escena, Donald Trump observaba con la satisfacción del anfitrión que ha logrado reunir en su finca a un bloque ideológicamente afín. Sobre la mesa, un documento que pasará a la historia como la \»Proclamación de Miami\», el acta fundacional del \»Escudo de las Américas\». Abinader tomó la pluma y firmó. La imagen, difundida por la Dirección de Prensa del Presidente, lo muestra conversando animadamente con Trump mientras los asesores sellaban el acuerdo. En ese gesto, la República Dominicana se insertaba formalmente en una coalición militar regional cuyo objetivo declarado es \»combatir los carteles del narcotráfico\», pero cuyas implicaciones, advierten analistas, van mucho más allá de la retórica de la cooperación. Los términos del Escudo El acuerdo, según el comunicado oficial de la Presidencia, establece mecanismos de \»cooperación reforzada contra el crimen organizado\» y prevé el intercambio de inteligencia, la coordinación de operativos conjuntos y el fortalecimiento de las capacidades militares de los países miembros. Sin embargo, fuentes diplomáticas consultadas por umbral.local/ indican que el documento incluye cláusulas que permitirían el entrenamiento de fuerzas especiales por parte del Comando Sur de Estados Unidos y la posible instalación de centros de coordinación regional. Trump, en su intervención ante los mandatarios, fue claro en el espíritu que anima la alianza: \»Juntos vamos a proteger nuestra seguridad, soberanía compartida, libertad compartida e independencia\». Pero la retórica de la soberanía compartida contrasta con la asimetría evidente entre la superpotencia anfitriona y los doce países invitados. La cumbre, concebida como un foro de \»ideas afines\», excluye a las principales potencias democráticas de la región —México, Brasil, Colombia— que han mostrado reservas ante lo que consideran un regreso a las viejas prácticas intervencionistas. En su lugar, reúne a un arcoíris de la derecha hemisférica que va desde el libertarismo radical de Javier Milei hasta el autoritarismo pragmático de Nayib Bukele, pasando por el conservadurismo tradicional de Santiago Peña y la ultraderecha católica de José Antonio Kast. La sombra de Monroe Para la mirada histórica, el paralelismo resulta inevitable. En 1823, el presidente James Monroe proclamó la doctrina que lleva su nombre: \»América para los americanos\», un principio que durante dos siglos ha servido para justificar la hegemonía estadounidense en el hemisferio y su derecho a intervenir en los asuntos de sus vecinos del sur. Doscientos tres años después, la administración Trump ha encontrado un apodo para su versión actualizada: la \»doctrina Donroe\», un híbrido entre el ideario del magnate y la vieja aspiración imperial que nunca abandonó Washington. El \»Escudo de las Américas\» es su primera manifestación concreta. \»Este tipo de iniciativas responde al interés de Washington de consolidar alianzas en la región en línea con la histórica Doctrina Monroe\», advierten analistas internacionales consultados por este diario. Pero lo que en el siglo XIX se presentaba como protección frente a las potencias europeas, hoy se formula como un dique de contención frente a la influencia china y una militarización de la política migratoria. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo había adelantado en vísperas de la cumbre: la migración masiva es una amenaza para la civilización \»occidental y cristiana\». Ahora, con la firma de Abinader y sus pares, esa visión adquiere rango de compromiso internacional. El cálculo dominicano La Presidencia dominicana ha vendido la participación en la cumbre como una oportunidad para fortalecer los lazos con Washington y posicionar al país como socio estratégico. Abinader ha reiterado en diversas ocasiones que la relación con Estados Unidos es \»muy especial\», un pilar de su política exterior basado en fuertes lazos comerciales y valores democráticos compartidos. Pero el cálculo político tiene sus riesgos. Al sentarse a firmar esta alianza, Abinader vincula el destino del país a una agenda que en Estados Unidos es profundamente divisiva y en la región abiertamente excluyente. La foto con Trump, Bukele y Milei puede rendir frutos a corto plazo en términos de acceso a recursos o cooperación en seguridad, pero hipoteca la capacidad dominicana de mantener una política exterior equilibrada y autónoma. Horas antes de la firma, el Partido Comunista del Trabajo (PCT) había expresado su preocupación por las implicaciones del encuentro para la soberanía nacional. \»Podría tener implicaciones para la soberanía nacional y la de otros países de la región\», advirtió la organización en un comunicado. Una preocupación que, en los pasillos de Doral, pocos se atrevían a mencionar en voz alta. La jornada y sus ecos La cumbre no se agotó en la firma de la proclamación. A lo largo del día, Abinader sostuvo encuentros bilaterales con varios de los mandatarios presentes, en una intensa jornada de diplomacia paralela que incluyó un almuerzo ofrecido por Trump y una recepción nocturna del secretario de Estado, Marco Rubio. El presidente dominicano aprovechó la ocasión para impulsar iniciativas conjuntas en materia de seguridad regional y desarrollo económico, según informó su Dirección de Prensa. Pero el peso simbólico de la jornada ya estaba fijado: la firma, la foto, la mesa compartida. Mientras los líderes posaban para la imagen de familia, en las calles
Cumbre Escudo de las Américas : cuando un presidente se rinde sin condiciones
No se trata, como pretenden vender los voceros oficiales, de una mera gestión de relaciones internacionales para posicionar al país como \»socio estratégico\». Se trata de algo más hondo y, para quienes creemos en una política exterior basada en principios y no en alineamientos automáticos, profundamente preocupante. Lo que ocurrió este fin de semana en Miami no fue una cumbre diplomática convencional. Fue una concentración de la derecha radical del continente en la propiedad privada de un presidente estadounidense que ha hecho de la exclusión, el agravio y la visión neoimperialista su sello de identidad. Y allí estaba el mandatario dominicano, en primera fila, flanqueado por Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast, mientras las principales potencias democráticas de la región —México, Brasil, Colombia— brillaban por su ausencia. El contraste no puede ser más elocuente. Recordemos la historia reciente. La Cumbre de las Américas que debió celebrarse en diciembre pasado en República Dominicana fue cancelada porque Donald Trump no asistiría y porque las divisiones continentales resultaron insalvables. En aquel momento, Abinader se vio atrapado entre las presiones de Washington para excluir a Cuba, Nicaragua y Venezuela, y las amenazas de boicot de los gobiernos progresistas. Finalmente, optó por la cancelación. Hoy, el escenario es otro. Trump, el mismo que desairó al país, ha construido su propio foro a la medida, y Abinader acude dócilmente a su finca. La lección es brutal: las reglas las dicta Washington, y los líderes de la región se adaptan. Así de simple. Así de triste. Pero vayamos al fondo. La agenda del \»Escudo de las Américas\» no es inocente. Bajo la retórica de la cooperación contra el narcotráfico y la migración masiva, se esconde un proyecto de militarización de la política exterior estadounidense hacia la región. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo expresó con una claridad escalofriante al vincular la migración con la supervivencia de la civilización \»occidental y cristiana\». Ese lenguaje, que evoca las teorías del gran reemplazo y las pulsiones más oscuras de la ultraderecha global, es el mismo que Abinader suscribe con su presencia. ¿Es ese el socio estratégico que quiere ser República Dominicana? ¿El que aplaude, desde la primera fila, discursos que estigmatizan a los migrantes y criminalizan la pobreza? Y luego está China. El \»Escudo\» apunta directamente a reducir la influencia del gigante asiático en la región. Para un país como el nuestro, donde Pekín se ha convertido en un socio comercial relevante, alinearse acríticamente con esta postura implica riesgos que el gobierno parece no haber calculado. Mientras China ofrece comercio e inversión sin condicionamientos ideológicos, la administración Trump ofrece aranceles, deportaciones y un discurso de guerra fría. Abinader ha elegido bando. Es su derecho. Pero que no pretenda venderlo como una simple gestión diplomática. Es una definición ideológica de manual. La República Dominicana construyó durante décadas una política exterior basada en el diálogo y la apertura. Fuimos capaces de relacionarnos con todos sin someternos a ninguno. Eso se llamaba dignidad. Hoy, esa tradición parece haberse diluido en la alfombra roja de un club de golf en Miami. El \»Escudo de las Américas\» no protege a nadie. Es, más bien, un escudo que oculta la sumisión de quienes prefieren el abrazo del pugilista a la incomodidad de mantener la dignidad en un continente dividido. Abinader calcula, quizás, que los beneficios económicos o migratorios que pueda obtener de Washington compensan el costo ideológico. Quizás cree que esta es la nueva normalidad y que no hay alternativa. Pero al sentarse en esa mesa, sin distancia crítica, sin matices, sin preguntas, está renunciando a algo que no tiene precio: la capacidad de definir el rumbo del país con autonomía. La historia juzgará esta foto. Y cuando lo haga, no verá a un estadista defendiendo los intereses nacionales. Verá a un mandatario sonriente, en la finca del patrón, formando parte de una coalición que excluye a más de la mitad del continente y que abraza la visión más radical de la derecha hemisférica. Sin rubor. Sin distancia. Sin dignidad. Y eso, aunque duela decirlo, es lo que queda para el registro.
Cumbre el Escudo de las Américas: Luis Abinader y el abrazo del pugilista
La imagen vale más que mil discursos, pero en política a veces vale más que todo un programa de gobierno. Cuando el presidente Luis Abinader pisó la alfombra roja del Trump National Doral Miami, escoltado por el protocolo de la Casa Blanca, la fotografía no solo capturaba un instante diplomático; retrataba una definición ideológica sin ambages. El mandatario dominicano se sentaba, sin el menor rubor, a la mesa de la derecha más radical del continente. Por Julio Guzmán Acosta, Director de umbral.local/ La participación de Abinader en la cumbre \»Escudo de las Américas\» convocada por Donald Trump es mucho más que una gestión de relaciones internacionales. Es la culminación de un proceso de realineamiento que su gobierno ha venido construyendo con disciplina militar: la inserción plena de la República Dominicana en el bloque de países que suscriben la llamada \»doctrina Donroe\». El anfitrión y la metáfora del club Que la reunión se celebre en un club de golf no es un dato menor. No es la Casa Blanca, no es un foro multilateral con reglas consensuadas. Es la propiedad privada de Trump, un espacio íntimo donde los líderes invitados no acuden como pares, sino como convidados a la finca del patrón. Allí, Abinader compartirá un almuerzo de trabajo ofrecido por Trump y una recepción nocturna del secretario de Estado, Marco Rubio . La Presidencia dominicana ha vendido esta participación como una \»oportunidad clave para reafirmar su posición como socio estratégico en el Caribe\» . Pero habría que preguntarse: ¿socio estratégico de quién? Porque mientras México, Brasil y Colombia —las verdaderas potencias democráticas de la región— han quedado fuera de esta foto, Abinader aparece en primera fila, flanqueado por Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast. El contexto que Abinader elige ignorar No podemos olvidar cómo se llegó hasta aquí. La Cumbre de las Américas que debió celebrarse en diciembre pasado en República Dominicana fue cancelada porque Trump no asistiría y porque las divisiones en el continente eran demasiado profundas . En aquel momento, Abinader se vio presionado por la Casa Blanca para excluir a Cuba, Nicaragua y Venezuela, lo que provocó amenazas de boicot por parte de gobiernos progresistas. Ante la falta de compromiso de Trump, el mandatario dominicano optó por posponer el evento . Hoy, el escenario es otro. Trump ya no necesita una cumbre multilateral incómoda; ha construido su propio foro a la medida. Y Abinader, que entonces capeó el temporal con una cancelación diplomática, acude ahora dócilmente a la sede del anfitrión que antes le había fallado. La lección es clara: las reglas las pone Washington, y los líderes de la región se adaptan. La agenda de seguridad y el riesgo de la sumisión Los temas centrales de la cumbre —migración masiva, narcotráfico e influencia china— son presentados como preocupaciones compartidas . Pero detrás de la retórica de la \»cooperación hemisférica\» se esconde una realidad más cruda: la militarización de la política exterior estadounidense hacia la región. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo expresó sin tapujos en vísperas de la cumbre: \»Nos enfrentamos a una prueba esencial para determinar si nuestras naciones seguirán siendo naciones occidentales con características distintivas, naciones cristianas bajo Dios\». Ese lenguaje apocalíptico, que vincula migración con el fin de la civilización, es el mismo que ahora Abinader suscribe con su presencia. El presidente dominicano ha construido su capital político sobre una gestión ordenada de la economía y una lucha contra la corrupción que, aunque incompleta, le ha granjeado simpatías internacionales. Pero al sentarse en esa mesa, está vinculando el destino de la República Dominicana a una agenda que en Estados Unidos es profundamente divisiva y en la región abiertamente excluyente. El dilema de China y la soberanía Otro de los objetivos declarados del \»Escudo de las Américas\» es reducir la influencia china en la zona . La doctrina Donroe apunta directamente a los proyectos de infraestructura, la cooperación militar y las inversiones de Pekín. Para un país como el nuestro, donde China se ha convertido en un socio comercial relevante, alinearse acríticamente con esta postura implica riesgos considerables. Expertos internacionales han advertido que los líderes latinoamericanos se enfrentan al desafío de equilibrar su relación con Estados Unidos sin comprometer sus vínculos económicos con China . Mientras Pekín ofrece comercio e inversión, la administración Trump ofrece aranceles, deportaciones y militarización . Abinader parece haber elegido bando, pero habrá que ver a qué precio. La foto que no miente Doce líderes, una alfombra roja y un anfitrión que los recibe en su finca de Miami. Esa es la imagen del nuevo orden hemisférico. La República Dominicana, que durante décadas construyó una política exterior basada en el diálogo y la apertura, se reduce ahora a un invitado más en la coreografía del trumpismo. Abinader ha decidido jugar en esta liga sin el menor rubor. Quizás calcula que los beneficios económicos o migratorios que pueda obtener de Washington compensan el costo ideológico. Quizás simplemente cree que esta es la nueva normalidad. Pero al hacerlo, está renunciando a un principio fundamental de la política exterior dominicana: la capacidad de relacionarse con todos sin someterse a ninguno. El \»Escudo de las Américas\» no protege a nadie. Es, más bien, un escudo que oculta la sumisión de quienes, como Abinader, prefieren el abrazo del pugilista a la incomodidad de mantener la dignidad en un continente dividido. La historia juzgará esta foto. Por ahora, queda para el registro: el presidente dominicano, sonriente en la alfombra roja de Trump, formando parte de una coalición que excluye a más de la mitad del continente y que abraza, sin matices, la visión más radical de la derecha hemisférica. Sin rubor. Sin distancia. Sin preguntas.