OTRA ARBITRARIEDAD DE WASHINGTON: EL FRENTE AMPLIO DENUNCIA LA NUEVA AGRESIÓN DE EE.UU. CONTRA CUBA

La organización política dominicana califica de “ilegítima y violatoria del derecho internacional” la inclusión del presidente Miguel Díaz-Canel, su familia e instituciones cubanas en una lista unilateral estadounidense. María Teresa Cabrera, presidenta del FA, subraya que estas acciones buscan doblegar la voluntad soberana del pueblo cubano, mientras la comunidad internacional ha condenado en reiteradas ocasiones el bloqueo económico y financiero impuesto por más de seis décadas. Por Arturo F. Guzmán Santo Domingo, 5 de junio El Frente Amplio (FA) de la República Dominicana alzó su voz este jueves para rechazar enérgicamente la más reciente provocación del Gobierno de Estados Unidos contra Cuba: la inclusión del presidente Miguel Díaz-Canel, miembros de su núcleo familiar, así como diversas instituciones, organizaciones y empresas de la isla, en una lista unilateral que profundiza el cerco de presión contra la nación caribeña. En un comunicado que evoca la prosa severa y elegante del periodismo clásico, la organización política tildó la medida de “nueva agresión contra la soberanía del pueblo cubano” y una expresión más del prolongado hostigamiento, bloqueo e injerencia que Washington mantiene desde hace más de sesenta años. La presidenta del Frente Amplio, María Teresa Cabrera, declaró a umbral.local/ que esta decisión carece por completo de legitimidad jurídica y moral. “Resulta inaceptable que una potencia extranjera pretenda erigirse en juez de otros países e imponer sanciones unilaterales contra autoridades legítimamente constituidas”, enfatizó. Y añadió, con firmeza retórica: “Estas acciones no persiguen la defensa de la democracia ni de los derechos humanos; forman parte de una estrategia de presión política destinada a doblegar la voluntad soberana del pueblo cubano”. La dirigente recordó que la comunidad internacional ha rechazado de manera reiterada y abrumadora el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto a Cuba —una política condenada durante décadas por la Asamblea General de las Naciones Unidas—, que ha causado graves daños al desarrollo económico y social de la isla. El Frente Amplio sostuvo que la inclusión del presidente Díaz-Canel en esa lista supone una peligrosa escalada en las agresiones contra Cuba, en un contexto de recrudecimiento de las medidas coercitivas impulsadas por la administración estadounidense. No obstante, la organización manifestó su inquebrantable solidaridad con el pueblo cubano, su gobierno y sus instituciones, destacando la proverbial capacidad de resistencia demostrada frente a las presiones externas. “El pueblo cubano ha demostrado a lo largo de su historia una extraordinaria capacidad para defender su independencia, su soberanía y su derecho a construir libremente su propio destino. Ninguna amenaza ni sanción podrá quebrantar esa voluntad”, sentenció la organización. Cabe recordar que el canciller cubano, Bruno Rodríguez, calificó la víspera de “vil” la inclusión del mandatario y su entorno en “una lista ilegítima y unilateral de Estados Unidos”, en un nuevo capítulo de las tensas relaciones entre La Habana y Washington.
Sesenta y siete años de bloqueo: la resistencia numantina de Cuba frente al asedio de Washington
Ni el cerco más largo de la historia ha logrado doblegar la dignidad de la isla, que hoy enfrenta su hora más crítica mientras el imperio dicta cátedra desde la comodidad de su propia orilla Por Julio Guzmán Acosta LA HABANA.- En el año 133 antes de Cristo, la ciudad celtíbera de Numancia cayó tras quince meses de asedio romano. Sus habitantes, diezmados por el hambre y la peste, prefirieron el suicidio colectivo antes que entregar sus hogares al invasor. Aquella gesta entró en la historia como símbolo supremo de la resistencia ante un poder abrumador. Cuba lleva 768 meses bajo bloqueo. Sesenta y siete años. Cincuenta y una veces lo que resistió Numancia . La diferencia no es solo temporal. Es, fundamentalmente, de resultado. Numancia fue arrasada. Cuba, en cambio, sigue en pie. Herida, asfixiada, con sus habitantes enfrentando carencias que en cualquier país desarrollado serían consideradas catástrofe humanitaria, pero en pie. Esa persistencia, esa obstinación por existir como nación soberana a sólo 140 kilómetros de la costa de Florida, constituye uno de los fenómenos geopolíticos más extraordinarios del siglo XX y lo que va del XXI. Pero la historia, como los ciclones del Caribe, retorna con violencia renovada. Esta semana, mientras el mundo miraba otros conflictos, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, compareció ante la prensa para dictar sentencia sobre el destino de la isla: \»Son un régimen que está cayendo. El país está derrumbándose y creemos que va en su interés realizar cambios muy drásticos muy pronto\». La declaración, pronunciada con la naturalidad de quien comenta el clima, encierra en pocas palabras la esencia de una política que trece administraciones estadounidenses —demócratas y republicanas por igual— han mantenido inalterable durante más de seis décadas: el derecho a decidir lo que Cuba debe hacer. I. Los orígenes del cerco: de Eisenhower a la orden ejecutiva de Kennedy Para comprender la dimensión de lo que hoy ocurre, es necesario retroceder hasta los albores de la Revolución Cubana. El 1° de enero de 1959, las columnas del Ejército Rebelde entraban en La Habana. Fulgencio Batista, el dictador que Estados Unidos había armado y sostenido durante años, huía del país con las arcas vaciadas . La reacción de Washington no se hizo esperar. Apenas tres meses después del triunfo rebelde, el subsecretario adjunto de Estado Lester Mallory redactó un memorando que el tiempo se encargaría de convertir en documento fundacional de la política exterior estadounidense hacia Cuba. Fechado el 6 de abril de 1960, el texto es de una claridad escalofriante: \»La mayoría de los cubanos apoya a Fidel Castro… La única manera previsible de restar apoyo interno es generar descontento y desesperanza mediante el deterioro de las condiciones económicas… Debemos emplear todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, aunque sea admirablemente correcta y legalmente posible, no implique el riesgo de una intervención militar, sea la de negar a Cuba dinero y suministros con el fin de reducir sus ingresos reales y salarios, provocar hambre, desesperanza y el derrocamiento del gobierno\» . El párrafo contiene, con precisión burocrática, el programa que se aplicaría durante los siguientes sesenta y siete años: hambre, desesperanza, derrocamiento. Todo ello sin necesidad de invadir. Todo ello, en palabras de Mallory, \»admirablemente correcto y legalmente posible\». El 3 de febrero de 1962, el presidente John F. Kennedy firmó la Orden Ejecutiva 3447, que establecía el bloqueo económico, comercial y financiero total contra Cuba, amparándose en la Ley de Comercio con el Enemigo de 1917, una legislación concebida originalmente para la Primera Guerra Mundial . La medida entraba en vigor el 7 de febrero de ese mismo año. Lo que comenzó como restricciones parciales se convertía así en cerco absoluto. Desde entonces, generaciones enteras de cubanos han nacido, crecido, envejecido y muerto bajo el asedio. Nadie en la isla menor de sesenta años recuerda cómo era vivir sin bloqueo . II. La arquitectura jurídica del asedio: leyes con nombre propio El bloqueo no es una simple acumulación de decretos presidenciales. Constituye un entramado legal de enorme complejidad, diseñado para cubrir todos los flancos por los que pudiera filtrarse cualquier resquicio de normalidad económica. La base del sistema descansa sobre la Sección 620a de la Ley de Ayuda Extranjera de 1961, que facultó al presidente para imponer las restricciones . Pero fueron las leyes aprobadas por el Congreso en las décadas siguientes las que convirtieron el cerco en una maquinaria de precisión quirúrgica. En 1992, bajo la administración de George H.W. Bush, el Congreso aprobó la Ley Torricelli, también conocida como Ley para la Democracia en Cuba. Esta norma prohibía a las subsidiarias de empresas estadounidenses en terceros países comerciar con Cuba y establecía sanciones a los barcos que atracaran en puertos cubanos. Por primera vez, el bloqueo adquiría carácter extraterritorial, violando abiertamente el derecho internacional al castigar a naciones soberanas por sus relaciones comerciales con la isla . Cuatro años después, en 1996, llegaría la Ley Helms-Burton (Ley para la Libertad y la Solidaridad Democrática Cubanas), posiblemente la pieza más agresiva de este andamiaje jurídico. La norma permitía a ciudadanos estadounidenses —incluyendo a aquellos que habían abandonado Cuba décadas atrás— demandar ante tribunales de Estados Unidos a empresas extranjeras que \»traficaran\» con propiedades confiscadas tras la Revolución. El objetivo era claro: ahuyentar cualquier inversión extranjera en la isla mediante la amenaza de juicios multimillonarios . A estas leyes se suman las Regulaciones para el Control de los Activos Cubanos de 1963, que prohíben prácticamente cualquier transacción financiera con Cuba, y la inclusión recurrente de la isla en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, una designación que el Departamento de Estado restableció en 2021 tras haber sido eliminada durante el breve deshielo de la era Obama. El resultado de este entramado legal es, en palabras del gobierno cubano, \»el sistema de medidas coercitivas unilaterales más prolongado y abarcador jamás aplicado contra nación alguna\» . III. Las cifras del dolor: el costo humano del bloqueo Detrás de
“Cuba No Está Sola”
Ante el nuevo bloqueo petrolero impuesto por Washington, el presidente Miguel Díaz-Canel agradece el apoyo de México y otros aliados, enuncia una cronología secreta de gestos de solidaridad internacional y anuncia un giro estratégico hacia las energías renovables, mientras prepara al país para una posible escalada de tensiones con Estados Unidos. Por Julio Guzmán Acosta LA HABANA.— La frase, pronunciada con la solemnidad de quien sabe que es más un juramento que una mera declaración, resonó en el aire cargado de la capital cubana: “Cuba no está sola”. El presidente Miguel Díaz-Canel, de pie frente a las cámaras en un mensaje televisado y luego en una conferencia de prensa este jueves, trazó un mapa alternativo de alianzas frente al cerco energético que Washington ha endurecido. No habló desde la angustia del asediado, sino desde la fortaleza calculada del que cuenta con respaldos en las sombras. Su agradecimiento público fue, significativamente, para la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, cuyo gobierno no solo defiende la ayuda humanitaria enviada, sino que evalúa un riesgoso envío de petróleo desafiando las amenazas de sanciones estadounidenses. El discurso de Díaz-Canel fue un ejercicio de geopolítica en tiempo real. Reconoció, con una franqueza inusual, que el bloqueo —que ha privado a la isla de suministro regular de crudo desde diciembre— busca “asfixiarnos completamente” y tendrá consecuencias severas. Pero rápidamente pivotó hacia el contraataque diplomático. Detalló una “cronología detallada” de muestras de solidaridad recibidas desde inicios de febrero, un archivo secreto de apoyos que incluye, además de México, a Rusia, China, Venezuela y “otros actores políticos”. Subrayó que tras los pronunciamientos públicos hay “gestiones diplomáticas y alternativas” que, por razones de seguridad, no pueden divulgarse. Era un mensaje claro para Washington y para los cubanos: el aislamiento es una ilusión; la red de resistencia está activa y es más profunda de lo que se ve. Frente a la asfixia energética, el mandatario anunció una respuesta doble: medidas de emergencia inmediatas y una apuesta estratégica de largo plazo. En un giro revelador, informó que Cuba ha instalado 49 parques fotovoltaicos en el último año, logrando elevar la participación de las energías renovables del 3% al 10% del consumo nacional. Es una cifra que, más que un logro técnico, es un símbolo político: la búsqueda de una soberanía energética que ya no dependa únicamente de los buques petroleros, sean estos venezolanos, mexicanos o de cualquier otro origen. Sin embargo, la sombra de la confrontación es alargada. Díaz-Canel reiteró que Cuba es “un país de paz”, pero admitió, con realismo frío, que se prepara para una “posible escalada de tensiones” con Estados Unidos. Criticó con dureza la decisión de la administración Trump de mantener a la isla en la lista de países “patrocinadores del terrorismo”, una etiqueta que calificó de “injustificada y falsa”, y que funciona como un multiplicador de sanciones económicas. Desde la Ciudad de México, el eco fue inmediato. La presidenta Sheinbaum, consolidando su postura como principal valedora regional de la isla, no solo defendió la ayuda enviada, sino que confirmó que su gobierno “analiza” el espinoso tema de un posible envío de petróleo. Es una consideración que pone a prueba la nueva doctrina de soberanía mexicana que ella misma enarboló días atrás en Querétaro, desafiando directamente las amenazas de aranceles de Trump hacia quienes exporten crudo a Cuba. Así, en un jueves de febrero, el pulso geopolítico del Caribe y América Latina se tensó un poco más. Díaz-Canel, con su mensaje, no hizo solo un inventario de apoyos; delineó los contornos de un nuevo frente diplomático y energético. La soledad de la que habla Washington se topa con una fraternidad articulada desde México, Moscú, Pekín y Caracas. Y en el horizonte, entre las sombras de las gestiones secretas y los paneles solares recién instalados, Cuba prepara su próximo movimiento en un juego donde la supervivencia es, en sí misma, la mayor declaración de independencia.
Trump ensañado contra Cuba

Desde su regreso a la casa Blanca el excéntrico y megalómano Donald John Trump, partidario de la Teoría del destino Manifest, ha enfilado su política contra sus vecinos a ambos lados de sus fronteras (Canadá y México), y siguiendo la política de su antigua administración se ha ensañado mucho más contra Cuba, Venezuela y Nicaragua. Dentro de sus primeras medidas fue la revocación de una de las últimas medidas de la administración de Joe Biden sacando a Cuba de los supuestos países que propician el terrorismo, para incluirla nuevamente en tan nefasta e injusta lista. No se han conformado con haber sometido a la revolución y al pueblo cubanos a un bloqueo criminal económico y financiero de más de 64 años. Desde aquel histórico primero de enero de 1959, fecha del triunfo de la Revolución, trece administraciones estadunidenses han tratado por todos los medios derrotarla y no han podido. A tan solo tres meses de su juramentación como el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos el ex senador del Estado de Massachusetts, John Fitzgerald Kennedy, siguiendo los planes de su antecesor Dwight D. Eisenhower, ordenó una invasión a Cuba. El 19 de abril de 1961, tropas mercenarios reclutadas y financiadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), brazo ejecutor de la política subversiva y de terror exterior de todas las administraciones de los EEUU, desembarcaron en Playa Girón, en el municipio de la Ciénaga de Zapata de la provincia de Matanzas, siendo derrotadas en menos de 72 horas por el gobierno y pueblo cubanos dirigido personalmente por el líder de la revolución Fidel Castro Ruz, hecho del que nunca se han repuesto los halcones del Pentágono. Es de ahí que lo que no pudieron con las armas, las administraciones yanquis de ambos partidos, Demócrata y Republicano, han pretendido hacerlo recurriendo a un bloqueo criminal económico y financiero que lleva más de 6 décadas, privando a esa hermana República y su heroico pueblo de elementos fundamentales para su desarrollo, económico, científico y de salud. Más de 240 leyes y medidas han sido dictadas contra el pueblo y la revolución cubana. Medidas como la Ley de Asistencia Exterior promulgada el 4 de septiembre de 1961; seguida de la Proclama Presidencial 3447, del presidente Kennedy, del 3 de febrero de 1962, que implementó el bloqueo comercial y financiero. A estas se suman otras regulaciones como la del Control de Activos Cubanos de 1963, y medidas administrativas que restringen el comercio, las finanzas y otras actividades. Como la Ley de Comercio con el Enemigo de 1917, Ley para la Administración de las Exportaciones (1979): la Ley Torricelli de 1992, Ley Helms-Burton de 1996. Desde 1992, el embargo estadounidense a Cuba tiene un carácter extraterritorial estableciendo sanciones a terceros países que acojan a subsidiarias de empresas cubanas. A esto se agrega la inclusión nuevamente de Cuba en la lista de países que supuestamente apoyan el terrorismo, y nuevas medidas que endurecen las ya existentes restricciones financieras y comerciales contra el gobierno y el pueblo cubano. Frente a esa política criminal, la Asamblea General de la ONU ha venido evacuando durante los últimos 33 años de manera permanente una resolución contra el bloqueo criminal. La última resolución de la ONU, la número 34 que condena el bloqueo a Cuba fue en 2024 dónde de 190 países presentes, 187(98%) votaron repudiando el bloqueo, dos a favor de mantenerlo, como es lógico Estados Unidos y sus socios sionistas de Israel, y una (1) abstención de la pequeña Moldavia. Frente a la posibilidad de que la condena abrumadora de los países miembros de la Organización de la Naciones Unidas se repita, la administración Trump amenaza y presiona a gobiernos en todo el mundo, especialmente en América y Europa, para que se sumen a votar por el mantenimiento de bloqueo contra el pueblo cubano, o que se abstengan de votar en ninguna dirección, lo cuál sería un triunfo para el gobierno estadounidense. El gobierno del presidente Luis Abinader no puede ceder frente al chantaje de la administración Trump frente al caso del bloqueo, como lo hizo con la exclusión de ese y otros países de la Cumbre de las Américas, y debe mantener la solidaridad fraternal entre nuestros pueblos sellada en el Manifiesto de Montecristi hace 130 años entre José Márti y Máximo Gómez, y la solidaridad del pueblo cubano en nuestra lucha contra la tiranía de Trujillo expresada en la fallida gesta de Cayo Confites en 1947 y en las patrióticas de 1959 de Constanza, Maimón y Estero Hondo. La política militarista y agresión de Trump debe ser rechazada. América Latina y el Caribe deben ser zonas de paz entré nuestros pueblos y naciones. No al bloqueo criminal contra Cuba.
El Voto de la Conciencia Universal: Treinta y Tres Años de Condena Ininterrumpida al Bloqueo que Ahoga a Cuba

En una jornada cargada de simbolismo diplomático, la Asamblea General de la ONU volvió a alzar su voz contra lo que las naciones soberanas califican de política ilegal e inhumana. Con 165 votos a favor y apenas 7 en contra, el mundo reafirmó su rechazo al cerco estadounidense, desafiando una campaña de presión sin precedentes y subrayando el aislamiento creciente de Washington en el escenario global. Por Virtudes Álvarez Sampedro NACIONES UNIDAS.— Como un ritual de condena que se repite con la persistencia de las mareas, la Asamblea General de las Naciones Unidas volvió a clamar al cielo. Por trigésima tercera vez consecutiva, el concierto de naciones soberanas elevó su voz para exigir el fin de un bloqueo económico, comercial y financiero que, con más de seis décadas de imposición, se ha convertido en el episodio de sanciones más longevo de la historia moderna. La resolución, presentada por Cuba, obtuvo 165 votos a favor, 7 en contra y 12 abstenciones, en una jornada marcada por la renovada coacción estadounidense y el debate sobre el impacto de un cerco que la mayoría considera ilegal y criminal. El resultado, no obstante, mostró las grietas abiertas por una campaña de presión político-diplomática orquestada desde Washington. El respaldo global sufrió un ligero retroceso: algunos países latinoamericanos y europeos, que tradicionalmente se alineaban con La Habana, modificaron su postura. Argentina, Paraguay, Hungría, Macedonia del Norte y Ucrania se sumaron a Estados Unidos e Israel en el voto negativo, mientras una docena de naciones optó por la abstención. Pese a estas deserciones, la abrumadora mayoría del Sur Global —África, Asia y el Caribe— se mantuvo firme, insistiendo en que el bloqueo “contraviene los principios de igualdad soberana y no injerencia” consagrados en la Carta de la ONU. Desde el púlpito de la sede neoyorquina, el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez, denunció con tono grave el carácter “extraterritorial e ilegal” de una política que calificó de “castigo colectivo”. “Se aplica con fría premeditación sobre millones de personas”, afirmó, revelando que el gobierno estadounidense desplegó una inusual ofensiva para torcer voluntades. “Algunos países recibieron llamadas directas del Departamento de Estado en los días previos a esta sesión”, acusó, en alusión a las tácticas de coerción que antecedieron al sufragio. La sesión estuvo marcada por la tensión diplomática. La delegación de Estados Unidos, que no contó con la presencia de su embajador permanente, Mike Waltz, protagonizó un episodio de rara agresividad. La intervención del representante estadounidense, descrita por varios observadores como “inusualmente grosera y calumniosa”, obligó a la presidencia a llamarlo al orden. Sobre sus palabras, Rodríguez sentenció con desdén: “No solo miente, sino que ofende con su grosería e incultura”. El bloqueo, iniciado formalmente en 1960 y reforzado con leyes como la Helms-Burton de 1996, ha supuesto para la isla pérdidas acumuladas superiores a los 160.000 millones de dólares, según cálculos oficiales. Sectores vitales como la salud, la energía y la alimentación sufren sus efectos asfixiantes, diseñados —en opinión de analistas— para generar descontento social y forzar un cambio de régimen. Sin embargo, este consenso moral anual carece de consecuencias prácticas. A diferencia de las resoluciones del Consejo de Seguridad, las de la Asamblea General no son vinculantes. Estados Unidos, pues, no tiene obligación legal de acatarlas, y de hecho ha ignorado sistemáticamente todas las condenas previas. No obstante, cada octubre, este ejercicio democrático global se convierte en un termómetro de la legitimidad internacional. Y el veredicto de 2025 vuelve a ser claro: Washington se encuentra cada vez más solo, aislado en su empeño de mantener una política que el mundo, casi unánimemente, juzga como un relicto de la Guerra Fría y un baldón para la dignidad de los pueblos.