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La frágil piel de la ciudad: el apagón que desnudó el desorden urbano

El apagón nacional ocurrido el martes 11 de noviembre en el país, volvió a poner en evidencia una verdad que muchos prefieren ignorar; los grandes colapsos urbanos no son consecuencia únicamente de fallas técnicas, sino de decisiones políticas. El capitalismo acelerado y la tendencia a privatizarlo todo, en nombre de una supuesta “eficiencia” que el Estado no ha sabido garantizar ni controlar, terminan reproduciendo vulnerabilidades estructurales. El resultado es una ciudad cada vez más frágil, donde un fallo eléctrico puede paralizar la vida cotidiana, el transporte y hasta la salud pública. La recién aprobada Ley de Ordenamiento Territorial, Uso de Suelo y Asentamientos Humanos (Ley 368-22), junto a su reglamento, deben convertirse en la herramienta fundamental para reorganizar el territorio y reducir el impacto de este tipo de emergencias. Sin embargo, el apagón de esta semana demostró que seguimos careciendo de planificación integral y de una visión urbana que priorice el bienestar colectivo sobre la improvisación y la dependencia energética. Durante las horas de blackout, imperó el caos, semáforos apagados, sistemas de transporte detenidos, colapso del tránsito, comercios cerrados, hospitales con dificultades operativas y un aumento de los incidentes viales. Pero más allá del apagón eléctrico, vivimos un apagón cívico. La falta de empatía, la ausencia de protocolos de emergencia y la poca coordinación institucional mostraron los límites de una gestión urbana que no está preparada para lo imprevisto. Las ciudades modernas deben contar con sistemas de contingencia y gestión de riesgo efectivos, capaces de responder ante desastres naturales, fallas técnicas o crisis energéticas. En el país, abundan los planes y los discursos sobre “resiliencia urbana”, pero pocas veces se traducen en acciones concretas. Si existieran verdaderas rutas de movilidad alternativa, redes de transporte integradas y descentralización de los servicios, los efectos del apagón no habrían sido tan devastadores. El derecho a la ciudad, como lo define Henri Lefebvre y más recientemente la ONU-Hábitat, implica mucho más que el simple acceso al espacio urbano. Supone el derecho colectivo a participar en su gestión, a disfrutar de su infraestructura y a exigir que funcione con equidad y sostenibilidad. Cuando una urbe depende casi exclusivamente de la electricidad para operar, desde la movilidad hasta la seguridad, su población queda expuesta a un riesgo permanente. La nueva ley de ordenamiento territorial propone precisamente un cambio de paradigma; planificar el territorio con criterios de sostenibilidad, seguridad y bienestar social. Sin embargo, su aplicación requiere voluntad política, recursos y participación ciudadana. De lo contrario, seguirá siendo letra muerta. El apagón también reveló una debilidad estructural: la ausencia de sistemas alternativos de transporte y movilidad. En ciudades como Santiago y Santo Domingo, el tránsito depende casi por completo del vehículo privado y de sistemas motorizados. El Metro y el Teleférico (aunque avances importantes) siguen siendo insuficientes y vulnerables ante fallas eléctricas. Es momento de repensar la ciudad: promover opciones colectivas, sostenibles y no motorizadas, como ciclovías, rutas peatonales y horarios laborales escalonados que desconcentren el flujo en los mismos centros urbanos. Un sistema urbano verdaderamente moderno no puede detenerse porque una planta generadora deje de funcionar. El Estado tiene la responsabilidad de garantizar la operatividad continua de los servicios esenciales: hospitales, centros de salud, sistemas de transporte, plantas de tratamiento de agua y alumbrado público. Las instituciones públicas deben contar con fuentes alternativas de energía, como paneles solares o sistemas híbridos, especialmente en servicios de emergencia. El problema, sin embargo, no es solo técnico. Es también cultural y educativo. Mientras el individualismo siga dominando la vida urbana, mientras la empatía ciudadana siga siendo una excepción y no una norma, los apagones (eléctricos o morales) continuarán. Paradójicamente, el mismo día del apagón el ministro de Educación graduaba a jóvenes del programa “Agentes al 100”, destinado a fortalecer los valores cívicos. Iniciativas así son importantes, pero insuficientes si no se acompañan de una educación ciudadana integral que fomente la convivencia, el respeto al espacio público y la corresponsabilidad social. Más que buscar culpables inmediatos por la falla eléctrica —aunque también es necesario—, debemos preguntarnos ¿qué tipo de ciudad queremos construir?. Una urbe que funcione solo cuando todo va bien, o una capaz de adaptarse y sostenerse ante la crisis. El derecho a la ciudad incluye el derecho al libre tránsito, a la seguridad, al acceso a servicios básicos y a un entorno urbano saludable y ordenado. No es un privilegio, es un deber del Estado y una conquista ciudadana. El apagón fue una advertencia; nuestras ciudades no están preparadas para la vulnerabilidad, si no fortalecemos la planificación territorial, la movilidad sostenible y la conciencia ciudadana, seguiremos viviendo al borde del colapso ante cualquier falla eléctrica. El apagón del día 11 fue solo una metáfora de algo más profundo, la necesidad urgente de repensar nuestro modelo urbano y reconstruir, con justicia y equidad, la luz de la ciudad que merecemos.

La Sombra del Colapso: El Gobierno Anuncia un Diagnóstico Exhaustivo del Apagón Nacional en Dos Semanas

El ministro de Energía y Minas, Joel Santos, reveló que la investigación del masivo apagón del martes último presenta un 65% de avance, con hallazgos preliminares clave, y que el informe final se dará a conocer en un plazo de catorce días, tras el análisis de más de un millón de registros técnicos aportados por las generadoras. Por Julio Guzmán Acosta SANTO DOMINGO. – Con la serenidad que imponen los momentos de crisis, el ministro de Energía y Minas, Joel Santos, compareció ante la prensa este viernes para ofrecer un parte de situación sobre la investigación del apagón general que sumió en tinieblas a la nación el pasado martes. Acompañado de Andrés Astacio, superintendente de Electricidad, y de Manuel López San Pablo, director ejecutivo del Organismo Coordinador del Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (OC-SENI), el titular de la cartera energética anunció que el comité técnico a cargo de las pesquisas ha alcanzado un 65% de avance y que el informe preliminar será dado a conocer en aproximadamente dos semanas. “La determinación precisa de las causas requiere un análisis exhaustivo y especializado, evitando interpretaciones simplistas que puedan inducir a conclusiones erróneas”, aseveró Santos, enfatizando el compromiso de su despacho con la rigurosidad técnica y la transparencia en cada etapa del proceso. El funcionario subrayó que la complejidad del evento no radica únicamente en identificar el punto de falla inicial, sino en reconstruir la cascada de eventos subsiguientes que, en cuestión de minutos, propagaron el colapso a través de todo el sistema interconectado. En un gesto que busca cimentar la credibilidad del proceso, el ministro reveló que las empresas generadoras han puesto a disposición del comité “más de un millón de registros técnicos”. Esta ingente cantidad de datos, explicó, se encuentra en fase de “procesamiento y evaluación detallada”, un trabajo meticuloso que se extenderá hasta el próximo viernes y que sentará las bases para un “diagnóstico integral y fundamentado”. Solo entonces, una vez consolidada la información, se procederá a la redacción del informe preliminar que será compartido con la ciudadanía. La comparecencia de Santos no solo buscó informar, sino también tranquilizar a un país cuya economía y vida cotidiana se vieron severamente afectadas por la interrupción del servicio. El ministro se reafirmó en que, “conforme avance la investigación y existan resultados concretos, verificables y debidamente sustentados, se informará al país con absoluta transparencia”. Tras el suceso, el objetivo declarado de las autoridades trasciende la mera identificación de responsabilidades. Según el titular de Energía y Minas, el fin último es “fortalecer la seguridad, la confiabilidad y la resiliencia del sistema eléctrico nacional”, mediante la implementación de un plan de mejora que minimice, en la medida de lo posible, la recurrencia de un evento de esta magnitud. Una promesa que, en el contexto de la crónica inestabilidad del sector, es recibida con una mezcla de esperanza y escepticismo por una población ávida de soluciones duraderas. El comité de análisis, integrado por expertos del Ministerio, la Superintendencia de Electricidad, el OC, la ETED y las distribuidoras y generadoras públicas y privadas, lleva sobre sus hombros no solo la tarea técnica de descifrar una falla sistémica, sino la carga política de restaurar la confianza en una de las infraestructuras más críticas y cuestionadas de la República Dominicana. Las próximas dos semanas marcarán la cuenta regresiva para un veredicto que el país espera con impaciencia.

Frente Amplio Sobre el Apagón Nacional: La Oscuridad que Ilumina una Crisis

El apagón nacional revela la profunda vulnerabilidad de un sistema eléctrico mal planificado y peor gestionado, donde la negligencia estructural parece ser la única constante en medio de recurrentes colapsos. Por Julio Guzmán Acosta SANTO DOMINGO.— La oscuridad que cubrió al país este martes fue más que una interrupción del suministro eléctrico; fue un síntoma brutal de una enfermedad crónica que aqueja al sistema energético nacional. Cuando una falla en la subestación de San Pedro de Macorís desencadenó el colapso en cadena de todo el sistema, quedó al descubierto, una vez más, la frágil arquitectura de un servicio público que parece condenado al fracaso recurrente. María Teresa Cabrera, secretaria general del Frente Amplio, articuló con precisión el sentir de millones de dominicanos cuando afirmó que \»este apagón no puede ser tratado como un simple evento técnico\». Sus palabras, cargadas de la frustración de quien ha visto demasiados \»colapsos históricos\», señalan directamente la falta de previsión técnica e institucional que caracteriza la gestión del sector. No es aceptable —y así debe decirse— que en pleno siglo XXI una falla localizada derive en una crisis nacional. Lo ocurrido este martes no es un incidente aislado. Es el reflejo de un sistema hipotecado por intereses privados y abandonado por la incapacidad estatal para ejercer una rectoría efectiva. Mientras el gobierno se limita a promesas de soluciones inmediatas, los mismos problemas de fondo —falta de inversión en modernización, mantenimiento preventivo y redundancia de sistemas— siguen sin abordarse con seriedad. El impacto de estos colapsos va mucho más allá de la incomodidad doméstica. Cada hora sin energía representa pérdidas millonarias para la industria, el comercio y los servicios esenciales, incluyendo hospitales que dependen de suministro eléctrico constante para salvar vidas. La ciudadanía, una vez más, paga los platos rotos de una negligencia que ya parece estructural. La exigencia de transparencia absoluta en la investigación de lo ocurrido no es un capricho opositor: es un derecho democrático. Los dominicanos merecen saber por qué seguimos vulnerables a estos colapsos y quiénes son los responsables de que un país con aspiraciones de desarrollo no pueda garantizar un servicio tan básico como la energía eléctrica. Mientras las autoridades se enredan en explicaciones técnicas, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿Hasta cuándo estará condenado el país a vivir entre apagones? La luz que se fue este martes debe servir para iluminar, de una vez por todas, los oscuros intereses que mantienen al sistema eléctrico nacional al borde del abismo.