La creciente capacidad del capitalismo para producir riqueza convive con profundas desigualdades y un descontento social que se extiende por el mundo. Mientras las brechas en educación, salud y condiciones de vida alimentan la indignación, las fuerzas progresistas enfrentan dificultades para articular respuestas comunes y conectar con las demandas de la población.
ÁGORA
Las manifestaciones de críticas e indignación contra el orden establecido en todo el mundo no cesan en su extensión, variedad y contenidos. Esta circunstancia coincide con la conocida crisis de entendimiento de la realidad de parte de las organizaciones y singulares individuos que impugnan el sistema desde una perspectiva progresista, con sus dificultades para encontrar una vía de conectarse positivamente con el generalizado descontento de la población. Esto se convierte en causa y efecto, al mismo tiempo, de la dispersión e incapacidad de llegar a acuerdos mínimos para la acción unitaria, limitando significativamente el aprovechamiento de la irrupción de algunos movimientos de masas en determinadas coyunturas de las últimas décadas.
Aparentemente, resulta paradójico que esa indignación se expanda precisamente en esta época en que el sistema capitalista ha alcanzado una asombrosa capacidad de producir riqueza, superado la mera producción de bienes que garantizaba la sobrevivencia de sus inicios y produciendo las más variadas formas de vida en las que la ostentación, lujo, despilfarro y las diferencias sociales superan con creces la que llevaba la aristocracia de los siglos XVII Y XVIII. Digo aparentemente, porque se supone que la capacidad de producción de bienes, servicios y consumo de masas es sinónimo de incremento de la calidad de vida y no es así, necesariamente. Autores de signos ideológicos opuestos coinciden al establecer que el capitalismo en sus orígenes fue una revolución tecnológica, científica, urbana para crear riqueza.
También al decir que, si bien esa revolución multiplicó las formas de producir riqueza hasta lo inimaginable, multiplicó las peores formas de pobreza, de degradación de la vida de millones de seres humanos, la aparición de interminables superpoblados y fétidos tugurios en las ciudades que espacial y demográficamente crecían de manera exponencial. Era población mayoritariamente obrera como dice Hobsbawm, en su obra “La Era del Capital”, y también de capas media y baja principalmente en Londres y París. Esas condiciones de pobreza han disminuido en esas y otras ciudades europeas y de esta región, pero las desigualdades se han incrementado relativa, objetiva y subjetivamente.
Basta recorrer los centros de las principales ciudades de algunos países, incluso del nuestro, con sus zonas exclusivas, sus extensos barrios de capas medias y bajas con significativos niveles de consumo, los interminables barrios populares y las periferias con asentamientos humanos física, ambiental y socialmente degradadas como resultado de incontrolables procesos de metropolización qué engullen suelos de vocación agrícolas convirtiéndolos en edificables. Las distancias sociales, en términos de consumo y acceso a servicios fundamentales como la educación y la salud, son ostensibles. Por ejemplo, la brecha entre la educación pública y la privada siempre ha existido, pero no tan ancha como la de hoy. Se multiplican los centros educativos exclusivos para las élites, mientras se degrada el ambiente de los públicos.




