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El amor a las madres se demuestra en vida, no ante su tumba

Reflexión sobre el respeto a las madres, la responsabilidad de los hijos y el deber de construir una sociedad que acompañe y proteja la maternidad.

Hay manos que envejecen antes de tiempo porque han pasado la vida sosteniendo a otros. Manos que preparan el alimento, acarician una frente enferma, remiendan una camisa y cuentan las monedas cuando el dinero no alcanza. Muchas de esas manos pertenecen a una madre. En ellas suele escribirse, sin tinta y sin testigos, una parte esencial de la historia de nuestras familias.

Vivimos tiempos en los que la prisa deja poco espacio para la gratitud. Entre las pantallas, las urgencias y el afán de tener, se debilitan vínculos que antes procurábamos cuidar. El respeto, la solidaridad y la disposición a escuchar parecen perder terreno. Sin embargo, en el corazón de la familia dominicana, la madre conserva un lugar de profundo afecto, una autoridad nacida tanto de su presencia como de lo que entrega cada día.

Ese lugar privilegiado debería sentirse también en su vida cotidiana. De poco sirve levantarle un altar en las palabras si después se la deja sola frente al cansancio, la enfermedad o la necesidad.

El respeto comienza dentro del hogar

Hay una contradicción dolorosa en nuestra manera de entender el honor. Algunos hijos son capaces de enfrentarse violentamente con cualquiera que mencione a su madre de forma ofensiva, mientras en su propia casa le hablan con desprecio, desoyen sus necesidades o la hieren con su indiferencia.

Se encienden ante el insulto ajeno, pero apenas reconocen el daño que ellos mismos causan.

¿Qué respeto se defiende en la calle cuando se quebranta dentro del hogar? ¿De qué sirve proclamar que una madre es sagrada si no se tiene paciencia para escucharla?

El cariño se reconoce en actos sencillos: una llamada sin motivo, una visita que no busca favores, una conversación sin mirar el teléfono. También en hacerse cargo de una responsabilidad antes de que ella tenga que pedirlo. Amar a una madre supone comprender que su fortaleza no la vuelve inmune al dolor y que su disposición a ayudar no significa que nunca necesite ayuda.

Una madre tiene derecho al descanso, a equivocarse, a poner límites y a construir una vida propia. Su dignidad no depende de cuánto sea capaz de sacrificarse.

Mujeres que sostienen más de una vida

En muchos hogares, las mujeres tejen una red de cuidados que se extiende por varias generaciones. Son madres y, al mismo tiempo, hijas que atienden a sus mayores, hermanas que orientan, tías que acogen y madrastras que construyen afectos con paciencia y dedicación.

Hay maternidades que nacen del parto y vínculos maternales que se forman en la convivencia: al acompañar una tarea escolar, velar una fiebre o permanecer cerca cuando llega una tristeza. En esos gestos también crece una familia.

Pero reconocer esa entrega exige compartirla. Hemos aprendido a elogiar a la mujer que puede con todo; nos falta aprender a evitar que tenga que poder con todo. Las tareas del hogar, la crianza y el cuidado de los mayores deben encontrar otras manos disponibles.

Madres solteras: el amor necesita compañía

Las madres que crían sin pareja merecen una mirada libre de prejuicios. Algunas eligen ese camino; otras llegan a él por una separación, una pérdida o el abandono de quien debió asumir su responsabilidad como padre.

Cada historia tiene sus circunstancias. Ninguna debería convertirse en una condena a la soledad.

Cuando un padre se desentiende de sus hijos, deja sobre otra persona obligaciones que también le corresponden. El esfuerzo de la madre puede sostener el hogar, pero no borra esa ausencia ni justifica la irresponsabilidad.

Detrás de una mujer que sale temprano a trabajar puede haber una noche sin dormir, la preocupación por quién cuidará a sus hijos o el temor de perder un ingreso indispensable. A esa madre hay que ofrecerle algo más que admiración: oportunidades para trabajar, estudiar, cuidar de su salud y criar con tranquilidad.

Proteger a las madres debe ser una prioridad pública

Un gobierno que aspire a la justicia tendría que medir su compromiso con las madres por las condiciones que ayuda a crear para ellas. La protección de la maternidad requiere continuidad, recursos y servicios que lleguen a quienes los necesitan.

Esa prioridad debe expresarse en cuidados infantiles accesibles, atención de salud digna, oportunidades de formación y empleo, y mecanismos eficaces para exigir la responsabilidad paterna. Las madres que sostienen solas sus hogares necesitan una atención particular, sin humillaciones ni favores políticos.

La maternidad no debería cerrar las puertas del porvenir. Ninguna mujer tendría que ver sus aspiraciones reducidas a la supervivencia por falta de apoyo para criar a sus hijos.

También la sociedad tiene una responsabilidad. Las empresas, las escuelas, las comunidades y las propias familias pueden contribuir a que cuidar deje de ser una carga que tantas mujeres llevan casi en silencio.

El feminicidio deja una ausencia irreparable

La reflexión se vuelve más dolorosa cuando una madre es asesinada. El feminicidio arrebata una vida y abre una herida que atraviesa a toda la familia. Para sus hijos, puede significar la pérdida de la voz que los tranquilizaba, de los brazos donde encontraban refugio y de una presencia alrededor de la cual organizaban su mundo.

Esos niños y niñas necesitan protección, acompañamiento psicológico, continuidad en sus estudios y personas que les ofrezcan seguridad y afecto. Su dolor no termina cuando desaparece la noticia.

Prevenir la violencia exige escuchar a las mujeres, atender las amenazas y actuar a tiempo. Una denuncia debe encontrar respuesta; una petición de auxilio debe movilizar protección. Después de una muerte, las condolencias nunca podrán sustituir la vida que debió ser cuidada.

Un cariño que se vuelva cuidado

El amor hacia las madres tiene que encontrar su verdad en la manera en que las tratamos. En la voz con que les hablamos. En el tiempo que les dedicamos. En las responsabilidades que compartimos y en las oportunidades que defendemos para ellas.

La madre dominicana merece conservar ese lugar de afecto que ocupa en nuestra cultura y disfrutar, además, de una vida con respeto, seguridad y posibilidades. Merece ser escuchada mientras está presente, acompañada cuando lo necesita y valorada más allá de su entrega a los demás.

Quizás la mejor manera de honrarla sea empezar por algo cercano: preguntarle cómo está y detenernos de verdad a escuchar la respuesta.

Porque una madre también necesita que alguien cuide de ella.

 

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